DEFENSA DE LA HISPANIDAD
EN Y DESDE LA
ARGENTINA
Fernando Romero
Moreno
Fue mérito del
Presidente Don Hipólito Yrigoyen el haber instituido el Día de la Raza para
honrar la memoria de la España civilizadora y evangelizadora. Yrigoyen, (uno de
los fundadores de la Unión Cívica Radical), recibió, en reconocimiento a su
noble decreto, la condecoración del collar de Isabel la Católica en nombre del
Rey Alfonso XIII, que por entonces gobernaba de hecho el Reino de España. Nosotros, como aquel presidente, seguimos
viendo en el 12 de octubre una ocasión más para agradecer el legado del Imperio
Español en América y no para fomentar una relativista “diversidad cultural”,
anticatólica y antiespañola.
Con anterioridad
se habían pronunciado de forma favorable a la Tradición hispánica en nuestra
Patria Don Tomás Manuel de Anchorena, el Padre Castañeda, Don Juan Manuel de
Rosas y el presidente conservador Nicolás Avellaneda.
Años más tarde,
correspondió al Padre Zacarías de Vizcarra (nacido y muerto en España, pero que
vivió largos años en nuestro país) acuñar el término Hispanidad con el
significado que hoy le damos y a Don Ramiro de Maeztu – diplomático, político e
intelectual de la Madre Patria, que fuera embajador en la Argentina – su
enérgica defensa.
Podemos afirmar
sin mucho margen de error, que el concepto de Hispanidad terminó de perfilarse
entre Buenos Aires y Madrid, gracias al trato frecuente que el Padre Zacarías
de Vizcarra y Don Ramiro de Maeztu tuvieron en aquellos años con pensadores y
escritores argentinos como Ernesto Palacio, Julio y Rodolfo Irazusta, César
Pico, Tomás D. Casares, Alberto Ezcurra Medrano, Lisardo Zía y Mario Lassaga,
entre otros.
A su turno, la defensa de la Hispanidad sería
incorporada también a la Doctrina Justicialista por el Tte. Gral. Juan Domingo
Perón.
Menos conocido que
todo esto es, en cambio, el proyecto pro- hispánico (que no “españolista”) del
Gral. San Martín, resumido en la decisión de independizarnos del Rey (al
haberse agotado todas las instancias de una solución menos drástica) pero
seguir siendo fieles a los valores de la Hispanidad. Esto quedó claro cuando el
Libertador ofreció al Virrey De la Pezuela primero y al Virrey La Serna
después, la formación de una monarquía católica independiente, con un Príncipe
de la Casa de Borbón a la cabeza, un tratado comercial favorable a España, una
especie de doble ciudadanía para españoles americanos y peninsulares, y la
unión de los Ejércitos Realista y Patriota.
Las palabras
textuales del Libertador al Virrey del Perú en la Hacienda de Punchauca fueron
las siguientes: “General, considero este día como uno de los más felices de mi
vida. He venido al Perú desde las márgenes del Plata, no a derramar sangre,
sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma metrópoli ha hecho
alarde (…) La independencia del Perú no es inconciliable con los más grandes
intereses de España (…)
Pasó ya el tiempo
en que el sistema colonial pueda ser sostenido por la España. Sus ejércitos se
batirán con la bravura tradicional de su brillante historia militar. Pero los
bravos que V.E. manda, comprenden que aunque pudiera prolongarse la contienda,
el éxito no puede ser dudoso para millones de hombres resueltos a ser
independientes; y que servirán mejor a la humanidad y a su país, si en vez de
ventajas efímeras pueden ofrecerle emporios de comercio, relaciones fecundas y
la concordia permanente entre hombres de la misma raza que hablan la misma
lengua, y sienten con igual entusiasmo el generoso deseo de ser libres (…)
Si V.E. se presta
a la cesación de una lucha estéril y enlaza sus pabellones con los nuestros
para proclamar la independencia del Perú, se constituirá un gobierno
provisional, presidido por V.E. (quien) responderá de su honor y de su
disciplina; y yo marcharé a la península, si necesario fuere, a manifestar el
alcance de esta alta resolución (…) demostrando los beneficios para la misma
España de un sistema que, en armonía con los intereses dinásticos de la casa
reinante, fuese conciliable con el voto fundamental de la América
independiente”.
Don Manuel Abreu,
delegado de Fernando VII, quedó admirado por esta propuesta de San Martín,
hecha para “reunir de nuevo las familias y los intereses”, en expresión que él
atribuyó al Gran Capitán. San Martín había negociado los alcances de este
acuerdo, entre otros, con su hermano Justo Rufino, que era oficial de la
Secretaría de Guerra de Fernando VII en España. Y le había aclarado al
Arzobispo Las Heras de Lima, que sus ideas eran diametralmente opuestas a las
de la regicida y anticristiana Revolución Francesa. Lamentablemente su
propuesta, como otra similar hecha por el Libertador de México Don Agustín de
Ithurbide, no fue aprobada por influencia de la masonería, funcional a los intereses
imperialistas de Gran Bretaña.
Hoy nos corresponde a nosotros seguir
levantando la bandera de la Hispanidad como prenda de unión entre nuestros
pueblos ante al Nuevo Orden Mundial que pretende acabar con la Fe católica, la
Ley Natural, las soberanías nacionales y la familia tradicional. Y defender así
aquello que en sus versos inmortalizara el gran poeta nicaragüense Rubén Darío:
“la América ingenua que tiene sangre indígena/que aún reza a Jesucristo y aún
habla en español”.
(Fuente: Crítica
revisionista, 22 de octubre de 2019)
LA REPATRIACIÓN
de los restos de Rosas, que creó su propia
“pampa” en el exilio y tomaba mate con los ingleses
Adrián Pignatelli
Infobae, 30 de
Septiembre de 2022
Vivió al día y se
alimentaba de lo que producía en los 140 acres de la granja que alquilaba en
Swanthling, a unos kilómetros de Southampton, sobre el camino a Londres. Se
negaba o directamente ignoraba las invitaciones a recepciones porque no tenía
qué ponerse. Había quedado en el pasado las visitas que intercambiaba con su
amigo Lord Palmerston, que ya había fallecido.
Había dejado la
casa que ocupaba en la ciudad en 1862 y esa granja se transformó en su
residencia definitiva, donde moriría a las siete de la mañana del miércoles 14
de marzo de 1877, dos semanas antes de cumplir 84 años.
Juan Manuel de
Rosas había caído en cama por un enfriamiento que tomó, porque hasta último
momento trabajó en el campo, a pesar de su edad y de sus achaques, entre ellos
sus problemas de gota. A las ocho de la mañana comenzaba su jornada de trabajo
que interrumpía una hora al mediodía para almorzar. Luego seguía hasta las
cinco de la tarde, tiempo en que se ponía a escribir, preferentemente a lápiz.
Tenía varios con la punta preparada, para no perder tiempo.
En Argentina le
habían confiscado sus propiedades, la legislatura lo declaró en 1857 “reo de
lesa patria”, no tenía contacto con su familia ni con su hermano Prudencio, que
vivía holgadamente en un palacete en Sevilla. Se animó a escribirle a Justo
José de Urquiza por su situación, y éste lo ayudó económicamente. Lo seguiría
haciendo su viuda, cuando el entrerriano fue asesinado en 1870.
En el dormitorio
de su granja guardaba, en armarios, papeles, documentos y libros, que había
logrado rescatar cuando dejó Buenos Aires. Decía que los ayudarían a defenderse
de las acusaciones de sus enemigos.
Rosas siempre fue
personaje algo pintoresco para los lugareños. Lo recordaban montado a caballo y
con esa extraña costumbre de tomar mate, hábito que logró imponer entre los
ingleses del lugar. El idioma, que había empezado a estudiarlo junto a su hija
Manuelita en el barco que lo llevó a Gran Bretaña y que siguió con lecciones en
Southampton, lo hablaba mal pero lo hacía de corrido.
Lo que primero fue
un enfriamiento, el sábado 10 de marzo se había transformado en neumonía. Lo
atendió su vecino y amigo, el doctor John Wiblin.
Su hija Manuelita,
que vivía en Londres, y que solía visitarlo dos veces al año junto a su marido
Máximo Terrero y sus hijos Rodrigo Tomás y Manuel Máximo, recorrió los 120
kilómetros y llegó el lunes.
Tenía otro hijo,
Juan Bautista, que lo había acompañado junto a su familia en su exilio. Había
regresado a Buenos Aires en 1855, y no había ido a despedirlo.
Rosas tomó como
una traición el hecho de que su hija haya decidido casarse. No asistió a la
boda y en cartas a allegados se lamentaba que “me ha dejado abandonado”.
El anciano volaba
de fiebre y se conmovía con los accesos de tos. Si bien el martes había
mejorado, en las primeras horas del miércoles 14 de marzo su hija, que
dormitaba junto a su cama, lo besó como acostumbraba, y al hacerlo en la mano
la notó muy fría.
“¿Cómo se siente,
tatita?”.- Preguntó.
“No sé, m’ hija”.
Fueron sus últimas palabras.
El lunes siguiente
fueron los funerales en el cementerio local. El 24 el Southampton Times &
Hampshire Express publicó una breve necrológica, que informaba que “su
excelencia” el general Juan Manuel de Rosas había muerto de inflamación a los
pulmones.
El féretro de
roble inglés macizo y lustre francés, cubierto por un paño negro que tenía una
cruz blanca, fue acompañado por dos coches fúnebres. Fue una ceremonia corta,
de la que participaron unos pocos allegados. Se cumplió su deseo, de que en su
despedida al más allá solo se rezase una misa.
Muy lejos, en
Buenos Aires, al llegar la noticia, viejos federales salieron a manifestar, lo
que dio lugar a que otros viejos unitarios, que habían sufrido la persecución y
el exilio, hicieran lo mismo y tuvieran como blanco el sepulcro de Juan Facundo
Quiroga en La Recoleta, donde intentaron enlazar por el cuello a la Dolorosa,
la escultura que coronaba el sepulcro. El gobierno prohibió a los familiares de
Rosas rezar una misa en su memoria.
El 3 de febrero de
1899 su caserón de Palermo fue dinamitado y el extenso parque que lo rodeaba
pasó a llamarse, a partir de la presidencia de Domingo F. Sarmiento, Tres de
Febrero, que recordaba la batalla de Caseros. El 25 de mayo de 1900 un busto
del ex presidente fue colocado en el centro de lo que había sido la residencia
del ex gobernador de Buenos Aires.
Desde entonces,
hubo varios intentos y proyectos de repatriar sus restos. El 30 de octubre de
1973 la misma legislatura que lo había condenado retiró los cargos, hubo un proyecto
en el tercer gobierno de Juan D. Perón que su muerte frustró, y en el comienzo
del gobierno de Carlos Menem se concretó.
El 21 de
septiembre de 1989, a las tres de la tarde, se realizó la exhumación. Trámites
que la burocracia inglesa prolonga por semanas, lo abrevió a solo una.
Presenciaron el desentierro su tataranieto Martín Silva Garretón y Manuel de
Anchorena. El féretro estaba en un nicho de mampostería, debajo de los de su
hija Manuelita y su yerno Máximo Terrero. Al estar debajo de todo el trabajo
demoró horas y se usó una pala mecánica para excavar. Tenía la tapa
deteriorada. La inexperta manipulación había provocado la destrucción de
algunos huesos. Los restos se pasaron a otro ataúd y fueron llevados a la
funeraria Mallum.
El viernes 22 por
la tarde el Boeing 707 de la Fuerza Aérea que llevaba los despojos aterrizó en
el aeropuerto francés de Orly, en el sector reservado a los jefes de Estado.
Habían colocado una alfombra roja y banderas argentinas y francesas a media
asta. El féretro de madera clara, que contenía a otro estaba cubierto por dos
banderas, la azul y blanca federal y la celeste y blanca, la misma que hasta el
2 de abril de 1982 había flameado en la entrada de la embajada argentina en
Londres. Acompañaban los restos miembros de la Comisión Nacional de
Repatriación, con Julio Mera Figueroa a la cabeza. Un grupo de gremialistas que
se encontraba en Europa depositaron un poncho punzó sobre el ataúd.
El 27 de
septiembre se abrió el féretro ante la presencia de sus descendientes. Los
huesos, desarticulados, eran de color castaño y muchos estaban casi destruidos.
El cráneo estaba volcado hacia la derecha y la mandíbula aún aprisionaba una
dentadura postiza. Era todo lo que quedaba del que durante un cuarto de siglo
había manejado con gobernado con mano de hierro la Confederación Argentina. Se
hallaron además un crucifijo de madera y un plato de porcelana, que podría
haber sido usado para colocar agua bendita durante el velatorio.
De Francia, el
vuelo hizo escala en las islas Canarias y en Recife. El 30 de septiembre por la
mañana llegó a Rosario, donde se hizo un acto en el Monumento a la Bandera, con
misa y con la presencia de descendientes directos. Allí Carlos Menem pronunció
su primer discurso como presidente e hizo una apelación a la unidad nacional.
“Al darle la bienvenida al Brigadier General don Juan Manuel de Rosas también
estamos despidiendo a un país viejo, malgastado, anacrónico, absurdo (…) En la
unidad nacional nadie está obligado a renunciar a sus ideas ni a su juicio histórico;
en la unidad nacional nadie está obligado a claudicar en sus opiniones sobre
nuestro pasado”.
En el buque de la
Armada Murature fue llevado por el Paraná hacia Buenos Aires. Una parada de
rigor fue en la Vuelta de Obligado, con salvas y homenaje.
El 1 de octubre
llegó al puerto de Buenos Aires y un multitudinario cortejo de jinetes vestidos
a la usanza federal incluidos, acompañó el féretro a su destino final, la
bóveda de los Ortiz de Rozas en el cementerio de La Recoleta.
No se cumplió la
premonición de José Mármol de que “ni el polvo de sus huesos esta tierra
tendrá”. En noviembre de ese año se inauguró un monumento con su figura que
mira fijo al busto de Sarmiento, acérrimo opositor. Y el billete de veinte
pesos llevó el rostro de ese anciano un tanto ermitaño que hablaba mal el
inglés y que había convertido su granja en un rincón de la pampa argentina.
LA LEYENDA DE LA TIRANÍA
Por: Jordan Bruno
Genta
Crítica
revisionista, 26 de septiembre de 2022
Caseros es el
primer triunfo decisivo de la política liberal en la Historia Argentina; no sólo
extiende su influencia a todas las manifestaciones de la vida nacional, sino
que logra imponer una gran falsificación de nuestra conciencia histórica para
encubrir con la leyenda del tirano Rosas, la conducta desleal y oportunista de
los emigrados, convictos y confesos de haber alentado la intervención
extranjera y de haber negociado la desmembración del territorio; lo cual unido
al oro que han recibido de los agentes imperialistas en pago de su inapreciable
colaboración, configura la imagen siniestra de los "reos de lesa
Patria", con la que ellos pretenden confundir a Rosas ante la posteridad.
Y esta falsificación de nuestra Historia nos engaña acerca de lo que somos y
tenemos que ser; nos extravía irremediablemente el juicio sobre las cosas que
debemos respetar y las que debemos temer. La Patria es la Historia de la
Patria.
¿Qué sentido del
patriotismo y de sus deberes pueden tener los jóvenes argentinos que frecuentan
el magisterio de los doctrinarios de la traición?
Leed y volved a
leer esta respuesta de Alberdi a la pregunta sobre el deber argentino, con
motivo del Bloqueo francés del Río de la Plata, publicada en "El
Nacional" de Montevideo, el 28 de noviembre de 1838:
"¿Estará el
deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al hermano? Sofisma
miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano".
O esta apología de
la traición de la Patria que Sarmiento hace en "Facundo", el más
celebrado y difundido de sus libros; lectura obligatoria en nuestras escuelas
públicas:
"… los que
cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de
Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas
en las orillas del Plata, fueron los jóvenes: en una palabra, fuimos
nosotros". (III Parte, cap. 2).
Y la verdad es que
estos doctrinarios de la traición, los jóvenes esclarecidos de la brillante
generación de Mayo, son mentores oficiales de la juventud argentina que los
reverencia como a personalidades próceres y maestros de conducta civil, mientras
Rosas continúa siendo "un reo de lesa Patria" y un monstruo moral.
Es necesario que
el defensor de la soberanía nacional, sea execrado por los siglos de los
siglos, a fin de que Urquiza, López, Mitre, Sarmiento y Alberdi, aparezcan
revestidos con las acrisoladas virtudes del patriotismo y de 1a. fidelidad. Se
trata de un fallo inapelable, de una sentencia definitiva, de un dogma secular
que debe ser acatado en nuestras interpretaciones y valoraciones históricas.
Nadie puede intentar la más leve modificación de este prejuicio, consagrado por
los más celosos partidiarios de la variabilidad de todas las cosas. No hay como
los declamadores democráticos de la Evolución Universal, para decretar
inmutabilidades en el seno mismo de. lo que cambia indefectiblemente.
Dudar de la
divinidad de Cristo es signo inequívoco de una mentalidad evolucionada y
progresista; pero poner en duda la monstruosidad de Rosas es una aberración
mental y un crimen inexcusable. Tal es el criterio de liberales y masones.
Los medios que se
emplean para asegurar y mantener esta gran falsificación de nuestra Historia,
superan en viieza y en cobardía a los que se usaron para combatir a Rosas en el
poder. El ensañamiento contra Rosas muerto es todavía mayor que el mostrado
hacia Rosas vivo. No se retrocede ante ninguna valla; si es necesario so oculta
o se tergiversa la misma evidencia. No se respeta ni se considera en absoluto
el juicio más autorizado, si ese juicio reconoce el patriotismo, la prudencia y
la honestidad de Rosas; ni siquiera si es. San Martín quien lo dice.
Los mismos que
estiman insuficiente la medida humana para exaltar a nuestro Gran Capitán y
levantan altares laicos (grotesco intento de entronizar la idolatría del héroe
por odio a Dios), no le escatiman agravios toda vez que declara su adhesión o
le testimonia su gratitud argentina a Rosas. El penegírico se cambia en
vituperio: San Martín es un viejo obcecado y reblandecido, un necio que habla
con suficiencia de lo que no sabe o un padre agradecido por los favores dispensados
a sus hijos.
Sarmiento en su
biografía del General San Martín que figura en la galería de hombres célebres
de Chile - Santiago, 1854, no vacila en mentir con su impavidez habitual,
además de atribuir a la debilidad senil de San Martín su adhesión a la causa de
Rosas:
"Nada de
particular presentan los últimos años de San Martín, sino es el ofrecimiento
hecho al dictador de Buenos Aires de sus servicios en defensa de la
independencia americana que creía amenazada por las potencias europeas en el Río
de la Plata. El poder absoluto del General Rosas sobre los pueblos argentinos
no era parte a distraerle de la antigua y gloriosa preocupación de la
independencia, idea única, absoluta y constante de toda su vida. A ella había
consagrado sus días felices, a ella sacrificaba toda otra consideración. la
libertad misma. Pocos meses antes de morir, escribió a un amigo algunas
palabras exagerando las dificultades de, una invasión francesa en el Río de la
Plata, con el conocido intento de apartar de la Asamblea Nacional de Francia,
el pensamiento de hacer justicia a sus reclamaciones por medio de la guerra. A
la hora de su muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo o
deseando legársela a su patria, se la dedicó al general llosas, como defensor de
la independencia americana... No murmuremos de esto error de rótulo en la
misiva, que en su abono tiene su disculpa en la inexacta apreciación de los
hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años del
teatro de los acontecimientos, y las debilidades del juicio en el período
septuagenario" (tomo III, página 296).
En otra página de
su vastísima obra, comentando su visita a Grand Bourg, en el verano de 1845,
emplea el mismo argumento para excusar a San Martín:
"…San Martín
es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles;
hombre de una pieza, anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve
en Rosas al defensor de la independencia amenazada, y su ánimo noble se exalta
y ofusca...
"…San Martín
era un hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu
adquiridas en la veje z… " (tomo V, pág. 114).
El subrayado nos
pertenece, y abarca casi todo el texto porque queremos destacar los recursos
innobles de que se vale Sarmiento para desautorizar la actitud de San Martín
hacia Rosas y, al mismo tiempo, para reducir la. agresión imperialista a un
fantasma, engendrado por el delirio obsesivo de un pobre viejo. Y también
porque es un testimonio de la falta de escrúpulos de que hace gala Sarmiento,
toda vez que estima oportuno mentir para lograr un determinado efecto. Si
escribe una biografía de San Martín para hacer el elogio del héroe de la
independencia, no conviene en absoluto que el legado de su sable aparezca como
una decisión lúcida y serena; nada más fácil para el llamado Maestro de
América, que es un consumado maestro en estas habilidades: "A la hora de
la muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo y deseando
legársela a su patria, se la dedicó al general Rosas… No murmuremos de este
error de rótulo en la misiva que en su abono tiene su disculpa, en la inexacta
apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de
treinta y seis años (suponemos que esta cifra es un error tipográfico) del teatro
de los acontecimientos y de las debilidades de juicio en el período
septuagenario".
Hemos repetido
esta parte del texto para mostrar que solamente un impostor de oficio puede
incurrir en esta burda falsificación y en esta inexcusable irreverencia. Si Sarmiento
ignora en 1854 que San Martín había redactado su testamento seis años antes de
morir, en estado de plena lucidez y dominio de sí, no puede ignorar,, que está
inventando las circunstancias de la muerte del héroe para que, el legado a
Rosas, aparezca como el acto irresponsable de un anciano moribundo que no sabe
lo que hace.
El presidente de
la Comisión Argentina de Montevideo, Dr. Valentín Alsina, le escribe a su amigo
D. Félix Frías con motivo de la muerte de San Martín que acaba de conocerse en
el Río de la Plata. El rencor que ha tenido que disimular en la obligada nota
necrológica, lo desahoga en la discreta intimidad de la carta que está fechada
en Montevideo, el 9 de noviembre de 1850:
" …Como
militar fué intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado por los
enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones,
casi agrestes y serviles contra el extranjero.... Nos ha "dañado mucho
fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y
todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e
indigna y. . . pero mejor es no hablar
de esto... "
La verdad es que
todavía "aturde, humilla e indigna" a los abogados de la Democracia.
Dicen venerar al héroe nacional, pero descalifican sus juicios en cuanto se
oponen a sus intereses creados. Prefieren las mentiras de Sarmiento a las
verdades ele San Martín, porque son discípulos aprovechados de la escuela
histórica que D. Salvador María del Carril inaugura en nuestra Patria, con sus
recomendaciones a Lavalle después de la ejecución de Dorrego, en diciembre de,
1828:
"…si para
llegar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con
los pasaportes de la verdad. se embrolla: y si es necesario mentir a la
posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos.. . "
Los empresarios de
la falsificación metódica y sistemática de nuestra Historia, con aparato
documental y crítica científica o sin estas formalidades aparentes, se sienten
plenamente justificados por esta doctrina de la mentira patriótica, gemela de
la que auspicia la mentira piadosa a fin de que el hombre muera como una vaca y
no como un hombre.
Claro está que
esta doctrina suele revestirse con las denominaciones propias de las filosofías
a la moda: y por esto es que en los días que corren, se llaman lo mismo
existencialismo que pragmatismo.
La mentira
patriótica es la "verdad existencial" o la "verdad
pragmática"; algo así como una ficción consoladora, confortable y
estimulante para la vida de las naciones y que debe administrarse de acuerdo
con las necesidades de cada momento y al hilo de la existencia histórica.
Los pueblos, se
dice, tienen necesidad de "mitos" o de "mística" para
vivir. La confrontación existencial de la última, guerra ha confirmado que el
mito de la Democracia y de la Libertad continúa siendo la razón vital de la
humanidad, frente, a los caducos nacionalismos autoritarios. Esto significa
para los vigías de la dialéctica existencial que el mito saludable, la mística
vivificante de las naciones, es todavía la Democracia made in U.S.A. o made in
U. R. S. S.
Y el resurgimiento
democrático de post-guerra, en nuestra Patria, exige mantener la leyenda de la
Tiranía, más un obligado complemento que es.
*Tomado del libro
San Martin, doctrinario de la política de Rosas. Ediciones del Restaurador. Bs
As. 1950.
LA PARADÓJICA CONSAGRACIÓN
de Artigas: para honrarlo como prócer
cercenaron su memoria
Pablo Yurman
Infobae, 23 de
Septiembre de 2022
En Buenos Aires su
figura es reconocida sólo como la de prócer de un país vecino y como “Padre de
la Nación uruguaya”, no muy distinto a lo que podría corresponderle a Jorge
Washington respecto de Estados Unidos o a Napoleón en relación a Francia. El
problema con respecto a José Gervasio Artigas es que el mensaje implícito en
dicha simbología es perjudicial por partida doble: por un lado, infunde en los
argentinos del presente la errónea idea de que Artigas resulta ajeno a nuestra
historia; por el otro, presentarlo como “padre de la nacionalidad uruguaya” es
falso en términos históricos e incluso antagónico con sus propias ideas
políticas, pese a ser entendible que a partir de 1830, al crearse la República
Oriental del Uruguay gracias a la habilidad diplomática de Lord Ponsonby, a la
élite montevideana le urgiese encontrar un “padre fundador” del nuevo Estado
surgido en la boca del Plata.
Sería ingenuo
pensar que la pretensión de borrar a Artigas de la memoria colectiva argentina
obedezca a un descuido. Fue y lo sigue siendo adrede.
Para agregar
ingredientes al entuerto, alejándonos de Buenos Aires, su figura no sólo es recordada
con respeto por haber sido el “Protector de los Pueblos Libres”, es decir
provincias que llegaron a aglutinar a la Banda Oriental, a toda la Mesopotamia
e incluso Santa Fe y hasta Córdoba, sino que es reconocida como lo que fue:
caudillo del pueblo oriental y de muchos otros, el primer puntal del
federalismo rioplatense.
Su gran enemigo
interno fue Carlos María de Alvear, quien pese a haber sido solo durante tres
meses Director del Estado (enero a abril de 1815) posee una de las estatuas
ecuestres más importantes de la Capital Federal. Monumento levantado acaso por
los mismos, ideológicamente hablando, que decidieron erradicar a Artigas del
imaginario social de los argentinos. La rivalidad entre ambos no fue tanto a
título personal, sino emergente de lo que serán dos modelos antagónicos para el
desarrollo de nuestros pueblos tras la desaparición del Imperio Español.
Con tan solo 24
años de edad, Alvear fue nombrado Presidente de la célebre Asamblea de 1813,
cuerpo al que habían sido invitadas todas las provincias a enviar diputados y
que, de acuerdo con los términos de la convocatoria, tendría por objeto
principal declarar la independencia y dictar una constitución para organizar el
nuevo Estado. Sabido es que no cumplió ninguno de los dos objetivos,
dedicándose en consecuencia a sancionar una legislación “cosmética” que
resultaba ajena a la realidad cotidiana y a las preocupaciones de las mayorías,
pero a la que la prensa escrita de entonces dedicó amplia cobertura.
Al llegar a la
Asamblea los seis representantes elegidos por el pueblo oriental fueron
rechazados bajo excusas formales. Al respecto comenta el historiador Fernando
Sabsay en su libro Rosas, el federalismo argentino que “Los diputados
orientales hicieron su presentación oficial ante la Asamblea el 1º de junio [de
1813], acompañando sus diplomas con las firmas de los ciudadanos votantes; por
dos veces consecutivas y con indudable arterismo, la Asamblea rechazó esos
diplomas ‘hasta que viniesen en bastante forma sus respectivos poderes’; el
liberalismo porteñista había logrado ya el apoyo de Alvear y algunos diputados,
que formaban mayoría, y no podía exponerse a que los seis orientales
modificaran la relación existente. El argumento era pueril, pues sería del caso
comparar esos poderes de los orientales con los que fueron incorporados la
mayor parte de los diputados.”
La excusa fueron
las formas, pero el peligro que los alvearistas percibían era el contenido de
las instrucciones con las que esos diputados de la otra margen del río estaban
investidos por voluntad popular, ya que fue en el Congreso de las Tres Cruces
en presencia de miles que fueron aprobadas.
Algunas de las
instrucciones con las que los diputados orientales venían munidos ponían por
escrito un proyecto diametralmente opuesto al de los intereses anglo-portuarios
de los que Alvear sería tributario. Un simple vistazo a algunas de ellas, por
ejemplo, declaración inmediata de nuestra independencia; constitución bajo el
sistema republicano y confederal de todas las provincias argentinas; capital
del Estado fuera de Buenos Aires; sistema económico de tipo proteccionista en
resguardo de las industrias del Interior, entre otras, alcanza para entender la
jugarreta por la que se impidió el ingreso a la Asamblea de los esos seis
representantes orientales.
El enfrentamiento
entre los ideales representados por el caudillo oriental, de profundo arraigo
popular en todas las provincias, respetuoso de nuestras tradiciones y de mirada
americanista, consciente de que la fractura con España no podía terminar en la
balcanización del espacio sudamericano dotado de una herencia común, habrá de
enfrentarse nuevamente al de Alvear -elitista, portuario, cosmopolita en su
peor sentido de desprecio por lo propio y sumiso a la política británica sobre
el continente- en 1815 cuando, como dijimos, éste ocupe el cargo de Director
Supremo del Estado, vacante por la renuncia de su tío, Gervasio de Posadas.
Ante la inminencia
de que la Liga Federal liderada por Artigas aumentara su poderío con la
incorporación de nuevas provincias, Alvear pergeñó hacerle una oferta que a sus
ojos de mercader y no de patriota resultaría irresistible. Al respecto nos dice
Sabsay: “En cuanto a Artigas, con tal de sacarse de encima el conflicto y por
conducto del coronel Galván, [le] ofreció la independencia oriental y que las
provincias litoraleñas eligieran la protección de sus preferencias. Artigas,
que distaba muchísimo de aspirar al desmembramiento del país, rechazó el
ofrecimiento.”
Era una afrenta
para un criollo que amaba profundamente la tierra oriental en la que había
nacido pero para quien resultaba inconcebible entenderla separada del resto de
las provincias que formaron otrora el Virreinato del Río de la Plata.
El resto de sus
años activos hasta el fatídico 1820 los pasará defendiendo a su provincia de la
invasión portuguesa y luchando contra la indiferencia y el desdén de las
autoridades directoriales con sede en Buenos Aires. Y justo cuando todo parecía
darle la victoria tras la batalla de Cepeda en febrero de 1820, la traición de
su ex lugarteniente, el entrerriano Francisco Ramírez, lo obligará a buscar
asilo en el Paraguay, lugar donde residirá hasta su muerte el 23 de septiembre
de 1850, ante el más absoluto olvido e indiferencia de quienes conducían los
destinos del suelo que lo había visto nacer.
Años más tarde sus
restos serían trasladados a su Montevideo natal y se hallan actualmente
preservados en una urna dentro del mausoleo levantado en su honor.
EL MAGNICIDIO FALLIDO
contra Juan Manuel de Rosas con una “máquina
infernal” que se trabó de milagro
Infobae, 5 de
Septiembre de 2022
En la historia
argentina, hubo varios casos de intentos de magnicidio: Domingo Faustino
Sarmiento, Julio Argentino Roca, Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta,
Victorino de la Plaza, Juan Domingo Perón y Raúl Alfonsín, todos presidentes
que sufrieron atentados contra su vida durante sus mandatos.
Como explicó el
político e historiador argentino Pacho O’Donnell a Infobae Leamos, Juan Manuel
de Rosas, dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires, también fue
víctima de un atentado que involucró una “máquina infernal” que terminaría
fallando.
En 1841, Rosas
lidiaba, por un lado, con las consecuencias políticas de la interminable guerra
civil entre unitarios y federales y, por el otro, con las consecuencias
económicas de un bloqueo al que, por dos años, Francia había sometido al país.
El horno no estaba para bollos.
El historiador
dijo que “los jóvenes unitarios, muchos exiliados en Montevideo, Uruguay, no
dudaban en facilitar una invasión extranjera a su propio país y el general
Lavalle, con el apoyo de los franceses, quiso invadir Entre Ríos y Santa Fe”.
Con poco más de mil hombres, los unitarios se enfrentaron al ejército rosista
y, ante la disparidad de números -los federales eran casi 20 mil- fracasaron
rotundamente.
Pero el
enfrentamiento no terminó ahí y, lejos de las atrocidades del campo de batalla,
el 27 de marzo de 1841 la guerra se coló dentro de la casa del entonces
gobernador de la provincia de Buenos Aires. Cuenta O’Donnell: “Ese día Rosas
recibe una caja que, supuestamente, era una colección de monedas de una
sociedad de anticuarios traída por el almirante francés Dupotet, lo que hace
que Rosas no lo abra”.
La que manejaba la
correspondencia del gobernador era Manuelita, su hija, a la que el paquete
importado le había despertado una gran curiosidad. “En el momento en que la
hija de Rosas pone la llave que hace saltar la tapa, aparece el contenido: una
hilera de pequeños tubos de caños de pistola, como si fueran seis o siete armas
de fuego que apuntaban hacia la persona que abriera la caja y que debían
descargar sus balas simultáneamente. Pero falla...”, dice O’Donnell.
El 20 de marzo de
1841, Rosas anuncia que habían intentado matarlo “con una máquina infernal” y
que, si seguía con vida, era porque “Dios había querido”. Una multitud salió a
la calle al grito de “Mueran los salvajes unitarios, viva la Santa Federación”.
A raíz del fracaso
de ese atentado, el obispo de Buenos Aires, Medrano -que era rosista- entrega
una nota firmada por el clero en la que se leía: ¿Quiere vuestra excelencia
conocer más claramente que Dios lo tiene escogido para presidir los destinos
del país que lo vio nacer? ¿No se apercibirá de que es disposición del Eterno
que continúe sus sacrificios, y que el único propósito que domine a vuestra
excelencia sea el de llevarlos hasta donde lo exigen los intereses de la
República? Esta necesidad ya se la ha hecho sentir a vuestra excelencia la voz
del pueblo: ahora se hace entender más enérgicamente la voz del cielo, la voz
del milagro”.
SANTIAGO DE LINIERS
el fusilamiento
del “Conde de la Lealtad” y la lucha entre sus hijos por los restos
Omar López Mato
Médico,
historiador y autor del sitio Historia Hoy
Infobae, 26 de
Agosto de 2022
La vida de
Santiago Antonio María de Liniers y Bremond podría resumirse en el título
nobiliario con el que fue honrado después de defender al virreinato del ataque
británico. Liniers fue leal a la corona por más que existiesen recelos por su
origen francés y lo fue hasta las últimas consecuencias, no solo ante las
amenazas externas sino también cuando la insurgencia criolla aspiró a separarse
de España, dividida por la invasión napoleónica.
Por ser el cuarto
hijo de nueve hermanos, el título familiar de Conde de Liniers, lo recibió su
hermano mayor Jacques Louis Henri quien, además, fue caballero de la Real Orden
de San Luis y socio de su hermano en varios emprendimientos en el Río de la
Plata.
Por pactos entre
España y Francia, Santiago pudo ponerse al servicio de la corona peninsular y
ser admitido a la Orden de Malta con solo 12 años.
Cuando los
ingleses invadieron Buenos Aires, Santiago de Liniers era dueño de una extensa
foja de servicios a la corona: había servido como teniente de caballería y
capitán de navío de la Real Armada Española. Después de una breve campaña
contra los piratas berberiscos, viajó en 1776 al virreinato del Río de la Plata
donde intervino en la toma de Colonia del Sacramento, por entonces bajo el
dominio portugués.
Vuelto a España,
se destacó en varios enfrentamientos en el Mediterráneo contra los ingleses.
Por estos actos de servicio llegó a capitán de fragata.
Casado con Juana
Úrsula de Menvielle y Latourrete volvió al Río de la Plata donde,
desgraciadamente, mueren su esposa y su único hijo.
El 3 de agosto de
1791 contrajo nupcias con María Martina de Sarratea y Altolaguirre, miembro de
una adinerada familia porteña, hermana a su vez de Martín de Sarratea, de
destacada actuación en nuestros primeros gobiernos patrios, quien terminaría su
carrera como diplomático en Europa del gobierno de Juan Manuel de Rosas.
En 1802 el virrey
Joaquín del Pino nombró a Liniers gobernador interino de las misiones
guaraníes. En 1804 volvió a Buenos Aires y una vez más la desgracia cruzó su
destino: su esposa Martina Sarratea murió después de dar a luz al octavo hijo
del matrimonio. Días más tarde moriría también su hijo Francisco de Paula, de
tan solo dos años.
Fue después de
este doloroso episodio, cuando se unió a su hermano en el proyecto de
establecer una fábrica de “pastillas de carne condensada” para proveer a las
naves que paraban en Buenos Aires, pero el negocio fue un completo fracaso.
El momento de
gloria llegó en 1806 cuando ante la huida del virrey Sobremonte, Liniers
organizó la reconquista de Buenos Aires desde Montevideo. Esta victoria lo
convirtió en héroe y caudillo. Su figura dio lugar al primer acto de
autodeterminación criollo, la consagración de Santiago de Liniers como virrey
del Río de la Plata.
En vistas de un
nuevo ataque británico, Liniers militarizó a la ciudad con milicias organizadas
según el lugar de origen de sus integrantes. Así surgieron los Arribeños, los
Patricios y los grupos combatientes de distintas provincias ibéricas. A pesar
de la preparación, el desembarco de diez mil efectivos británicos puso en jaque
a las tropas porteñas que fueron derrotadas en el Combate de Miserere (1807).
Liniers pensó en capitular pero la resistencia organizada por Martín de Alzaga
logró vencer completamente a los británicos quienes también se vieron obligados
a entregar Montevideo. Fue entonces cuando el virrey fue honrado con los
títulos de mariscal de campo y “conde de Buenos Aires”. El Cabildo de la ciudad
rechazó esta denominación y lo reemplazó por el de Conde de la Lealtad que
honró hasta el último de sus días.
Lamentablemente
los negocios turbios de su hermano mayor alzaron voces acusatorias de
nepotismo, cohecho y peculado. Su relación sentimental con madame Marie Anne
Périchon (una noble francesa de agitada vida social y erótica, además de
supuestas actividades como espía) no mejoró la reputación de don Santiago,
quien también fue acusado de traición por haber recibido al marqués de
Sassenay, un enviado de Napoleón.
Javier de Elio
alzó la ciudad de Montevideo contra Liniers y no tardó Martín de Alzaga en
insubordinarse y pedir la destitución del virrey en Buenos Aires. Gracias al
apoyo de Cornelio Saavedra y sus patricios –la tropa porteña más numerosa–
logró derrotar la conjura y desterró a Martin de Alzaga a Carmen de Patagones.
A pesar de los
reconocimientos, la Junta de Sevilla prefirió un virrey español en estas costas
y lo nombró a Baltazar Hidalgo de Cisneros, un marino español de extensa
carrera que se había comportado como un valiente durante el desastre de
Trafalgar.
El nuevo virrey a
su llegada a Buenos Aires, se reunió con Liniers quien, entre otras cosas, le
recomendó no deshacer las milicias porteñas. Sin saberlo, el ex virrey estaba
firmando su acta de defunción y la del fin del dominio español sobre este
virreinato.
Liniers se instaló
en Córdoba y cuando se enteró de la Revolución de Mayo, junto al obispo
Orellana y otros españoles decidieron hacer frente al ejército porteño. A su
criterio, la aviesa conducta de la Primera Junta era “una puñalada al régimen
español” a quien había jurado fidelidad.
La
contrarrevolución fue un fracaso y Liniers junto a las otras autoridades
pro-españolistas fueron capturados, maltratados y sus bienes robados.
La Primera Junta
ordenó el fusilamiento de los cabecillas, pero el comandante Francisco Ortiz de
Ocampo, quien había sido subordinado de Liniers, se negó a cumplir el mandato y
decidió remitir a Liniers y demás contrarrevolucionarios a Buenos Aires.
La Junta,
conociendo la popularidad del exvirrey, ordenó la inmediata ejecución de
Liniers y demás cabecillas (hecha la excepción del obispo), acto que se ejecutó
el 26 de agosto de 1810, en Cabeza de Tigre (Córdoba).
Allí, el héroe de
la reconquista, fue desnudado y arrojado a una fosa común. Por años el exvirrey
fue olvidado hasta que el presidente Santiago Derqui designó una delegación
para localizar los restos de los ejecutados. Uno de los testigos del
fusilamiento identificó el lugar del entierro y allí se hallaron los restos del
virrey junto a los demás fusilados. Liniers pudo ser identificado por un botón
con una corona.
Las cenizas fueron
trasladadas primero a Rosario y después a Paraná para ser homenajeados
(recordemos que entonces esa ciudad era sede del poder ejecutivo). Dos hijos de
Liniers, que vivían en España, agradecieron este “acto de justicia” y pidieron
en 1862 al general Mitre (por entonces presidente de la República) que los
restos fuesen trasladados a España.
Una de las hijas
se opuso y los restos de Liniers fueron al cementerio de la Recoleta, al
panteón familiar. Sin embargo, los hijos españoles, dolidos por el destrato que
había sufrido su padre, insistieron y lograron que sus restos fuesen
trasladados a España y sepultados en Cádiz, en el Panteón de los Marinos
Ilustres.
El gobierno
argentino colocó una placa que reproduce la frase final de la biografía de
Santiago de Liniers, escrita por Paul Groussac: “Los últimos héroes de la
Patria vieja fueron las primeras víctimas de la Patria nueva”