ARGENTINA ¿NACIÓ EN 1810?

 


POR GERMÁN MASSERDOTTI


La Prensa, 01.05.2022

 

Hace unos meses, salió publicado un libro titulado `Derecho, cultura jurídica e instituciones argentinas, siglos XVI a XIX. Los tres siglos monárquicos de nuestro pasado' (Buenos Aires, Educa, 2021). Sus autores son Alejandro A. Domínguez Benavides y Eduardo P. M. Ventura. La publicación merecería una reseña aparte. Lo que ahora nos importa destacar es un texto que ellos rescatan y que oficia a modo de proemio.­

 

Domínguez Benavides y Ventura citan un fragmento del discurso pronunciado por el académico Miguel Angel Cárcano en la sesión del 9 de septiembre de 1969 a propósito de la recepción pública del académico de número D. Raúl de Labougle. Dice Cárcano en la cita evocada por los autores: "A través de España hemos heredado la cultura del Mediterráneo, creada por las naciones más inteligentes, ingeniosas y sensibles de Europa. El pensamiento griego, las instituciones romanas, la religión cristiana, la industria y la ganadería árabe, el régimen jurídico y las especulaciones del espíritu, son sus mejores realizaciones (...) La historia de la conquista, la colonización y el virreinato, son trescientos años de historia argentina (...) Ningún historiador serio pretende que la historia comience en 1810".­

 

CONCEPTO DE HERENCIA­

 

El texto anterior, para ser exprimido, requeriría una nota más extensa. Apuntemos, ahora, algunas ideas. En primer lugar, el concepto de herencia. Los argentinos somos herederos de España. Así es, señores. Argentina no se explicaría sin la presencia de España en América. Es un hecho e información histórica. Resulta un dato inconmovible. Podrá ser timbre de gloria para los hispanistas como quien escribe esta nota o motivo de odio, de indiferencia o de lo que fuera para los que quieren sacudir los orígenes de la historia patria. Facts are facts, dicen los yankees. En este caso, no meras factualidades porque, a su vez, este hecho está preñado de riquísimas virtualidades que, con el correr del tiempo, fue dando frutos de civilización. Los argentinos no descendemos de los barcos del siglo XX, por favor. En todo caso, sí de los del siglo XVI. Por considerar un hecho, tanto histórico como, a la vez, simbólico, podríamos apuntar el 1º de abril de 1520, fecha en la que, en el contexto de la expedición de Hernando de Magallanes y de Sebastián Elcano con el apoyo de la Corona Castellana, fray Pedro de Valderrama, capellán de la expedición, celebró en San Julián (nuestra actual provincia de Santa Cruz), la primera misa en territorio patrio. Lo hizo en la Solemnidad del Domingo de Ramos.­

 

CULTURA FUNDACIONAL­

 

En segundo lugar, a partir de esta herencia hispánica se configura nuestra cultura fundacional. Bastaría recordar que, a contrapelo del orgullo porteño que se cree el ombligo de la Argentina, ella se vincula, estrechamente, con la corriente de población proveniente del Perú. Como señala el P. Cayetano Bruno en su Historia Argentina: la segunda corriente civilizadora -antes había mencionado a la del Río de la Plata y Paraná- es "la de la región así llamada del Tucumán, proveniente del Perú. Como descubrimiento reconoce su origen en 1536 con la expedición de Diego de Almagro a Chile. La ocupación comenzada por Diego de Rojas en 1543 y la efímera fundación de Medellín a principios del siguiente año, se consuman con Juan Nuñez de Prado y la fundación de la ciudad viajera del Barco de Avila, que sólo llega a estabilizarse en 1553 con Santiago del Estero y el conquistador Francisco de Aguirre".­

 

Gracias a España heredamos, como afirma Miguel Angel Cárcano en el texto que citan Alejandro A. Domínguez Benavides y Eduardo P. M. Ventura, a Grecia, a Roma y al Cristianismo. Resulta llamativo -agrego de mi parte- que algunos puedan sostener que la Argentina nació en 1810 o que haya habido un exjefe de gabinete de una administración nacional fracasada que haya dicho que era una de las cosas chiquitas pero simbólicas más lindas haber cambiado los próceres con animales porque "es la primera vez en la historia argentina que hay seres vivos en nuestra moneda nacional".­

 

En realidad, además de otros patriotas como San Martín y Belgrano, deberían figurar otros como Hernandarias. A decir verdad, resultaría un acto de justicia con nuestra cultura fundacional, por cierto, también a contrapelo de lo "políticamente incorrecto".­

 

Nuestra Patria, bautizada un Domingo de Ramos y que padece un Viernes Santo sin fin aparente, espera su Resurrección. La falsa solución de la presente crisis es la promesa de un futuro que no llega porque se busca remediarla olvidando nuestro pasado. Volvamos los ojos a nuestra historia que no comienza, por cierto, en 1810 sino mucho antes.­

CAMPAÑA AL DESIERTO

 


el plan de Roca y el trágico destino de los indígenas que lucharon como “demonios en las tinieblas”

 

Adrián Pignatelli


Infobae, 16 de Abril de 2022

 

“Esa zanja era un disparate”. Así evaluaba el tucumano Julio A. Roca ese larguísimo foso de dos metros de profundidad y tres de ancho que el ministro de Guerra y Marina Adolfo Alsina había mandado a cavar para frenar los malones indígenas, cuya obra estuvo en manos del ingeniero francés Alfredo Ebelot. El destino quiso que en unos de los viajes que Alsina hizo a Carhué, contrajo una enfermedad que lo mató el 29 de diciembre de 1877. El 4 de enero, el día que el ministro fallecido hubiese cumplido 48 años, el presidente Nicolás Avellaneda le comunicó a Roca que iba a ser el nuevo ministro de guerra. Estaba en el interior y viajó a la capital a pesar de estar atacado de fiebre tifoidea.

 

Su primera orden fue la suspensión de los trabajos de la zanja, que ya contaba con 370 kilómetros de largo. Dejaría de lado la estrategia defensiva para solucionar, de una vez por todas, el problema de los malones indígenas. Consideraba que la estrategia de Alsina dilataba la solución al problema. Roca se propuso desalojar a los indígenas del territorio al norte de los ríos Negro y Neuquén, adelantar la frontera, y asegurar los pasos de Choele Choel, Chichinal y Confluencia.

 

Entre los principales caciques a derrotar -muchos de ellos hacía rato que estaban en franca retirada- estaban los ranqueles Manuel Baigorrita, Ramón Cabral y Epumer Rosas; los araucanos Marcelo Nahuel y Tracaleu; los tehuelches Sayhueque y Juan Selpú y el célebre Namuncurá, el de la dinastía de los piedra, que terminaría rindiéndose en 1884. “Si ellos son de piedra, yo soy Roca”, advirtió el ministro.

 

Desde aquel lejano mayo de 1770 cuando el gobernador Francisco Bucarelli mandó a parlamentar con una docena de caciques pehuelches, fue arduo el camino transitado en la difícil convivencia con los pueblos indígenas. El refuerzo de las precarias fortificaciones y los planes de expandir la frontera con el indio que planeó la Primera Junta, quedaron en la nada. Por años, el río Salado fue la frontera natural. En 1833 Juan Manuel de Rosas planeó su propia conquista: se propuso correr al indígena hacia la cordillera. Al finalizar había recuperado un buen número de cautivos y de tierras y estableció relaciones amistosas con varios caciques, entre ellos Calfucurá.

 

En agosto de 1878 el gobierno envió un proyecto al Congreso en el que solicitaba 1.600.000 pesos fuertes para hacer cumplir la ley N° 215, de 1865, que establecía una frontera sobre la margen norte de los ríos Negro y Neuquén. Y el 11 de octubre de 1878 se promulgó la ley 954 de creación de la gobernación de la Patagonia. Las autoridades tendrían asiento en Mercedes de Patagones, hoy Viedma.

 

Roca movilizó al ejército, cuyos soldados iban armados con los modernos fusiles Remington que podían realizar seis disparos por minuto. Enfrente los indígenas iban a la pelea muñidos de una lanza tacuara, de unos cuatro metros de largo, que en su punta tenía asida una tijera de esquilar. También llevaban dos o tres boleadoras y cuchillo. Cabalgaban, en medio de una gritería infernal, como “demonios en las tinieblas”.

 

Roca pretendió formar una fuerza numerosa pero dividida en pequeños cuerpos que se moviera rápido. “El mayor fuerte para guerrear contra los indios y reducirlos de una vez, es un regimiento o una fracción de tropas de las dos armas, bien montadas, que anden constantemente recorriendo las guaridas de los indios y apareciéndoseles por donde menos lo piensen”.

 

En total serían 23 expediciones, cada una de ellas de 300 hombres. En tiempo récord, se logró movilizar a 6 mil soldados, 800 indios amigos, y se reunió 7 mil caballos y ganado vacuno para alimentación. En el medio de la campaña cuando se terminaron las vacas, lo que se consumió fue carne de yegua. No solo iban soldados, sino también un grupo de curas para evangelizar a los indígenas; incorporó a científicos extranjeros que estaban en el país desde la época de Sarmiento y cubrió la expedición el retratista Antonio Pozzo, que dejó un valioso testimonio fotográfico.

 

Entre los caciques que cedieron guerreros para el ejército se cuentan al borogano Coliqueo, al pampa Catriel y a los tehuelches Juan Sacamata y Manuel Quilchamal.

 

La expedición tuvo cinco divisiones operativas: la 1ª con Roca y su jefe de estado mayor coronel Conrado Villegas; la 2ª, a órdenes del coronel Nicolás Levalle; la 3ª, con el coronel Eduardo Racedo al frente; la 4ª bajo la dirección del teniente coronel Napoleón Uriburu y la 5ª con el coronel Hilario Lagos. De esta última se desprendieron dos columnas, una con Lagos y otra con el teniente coronel Enrique Godoy. Cada una debía llegar a un punto preciso.

 

Así como lo había hecho Rosas, en esta operación también se dispuso de columnas que salieron de distintos puntos. La del salteño Napoleón Uriburu salió desde San Rafael, Mendoza, al frente de la 4ª División y debía dirigirse a Neuquén. Fue la que se llevó la peor parte, porque además de las bajas temperaturas y el extenso territorio que debió cubrir, luchó contra indígenas armados con Remington provistos por chilenos a cambio de ganado. En el camino fundaron un fortín que dio origen a la ciudad de Chos Malal.

 

La que comandaba Roca partió de Carhué hacia la isla de Choele Choel. Racedo, futuro gobernador de Entre Ríos, partió de Villa Mercedes, en San Luis. Hacía dos años que luchaba contra los ranqueles y eliminó toda resistencia en esa zona. Cayó de sorpresa sobre los toldos de Epumer Rosas y tomó centenares de prisioneros. Levalle salió de Carhué hacia las tolderías de Namuncurá, que debieron correrse unos cien kilómetros más al oeste. Lagos, desde Trenque Lauquen debía dirigirse a Toay. También salió del mismo lugar Villegas con 300 hombres y con varios baqueanos, en busca de Pincén, a quien capturó en Malal, con otros 33 indios, aparte del rescate de cautivos y de hacienda.

 

Pozzo publicada en Caras y Caretas

De la campaña participó Rudecindo, el hermano menor de Roca. Se dedicó a transitar los territorios bañados por los ríos Atuel y Chapaleufú. A fines de 1878 hizo fusilar a unos 50 ranqueles enviados por los caciques Baigorrita, Namuncurá y Rosas que buscaban parlamentar, quienes habían ido confiados por un tratado de paz que habían firmado meses atrás. Finalizada la campaña, fue ascendido a coronel graduado.

 

El 25 en Choele Choel

La meta que Roca se impuso y que mantuvo en secreto era que el 25 de mayo de 1879 debía celebrarlo en Choele Choel. En Buenos Aires tomó el tren a Azul y de ahí se dirigió a Carhué, de donde partió el 29 de abril. Se transportaba en una berlina, donde le era más cómodo para trabajar con los mapas, documentos y libros. Cuando el 14 de mayo cruzó el río Colorado, homenajeó a su antecesor y bautizó el lugar como Paso Alsina, en el actual partido de Patagones.

 

Tal como lo había planeado, el 24 de mayo de 1879 llegó a Choele Choel. A las 6 de la mañana del 25, se tocó diana, se izó la bandera, hubo banda militar y misa. Estuvieron en el lugar una semana.

 

Estaba acompañado por Ignacio Hamilton Fotheringham, un inglés que había sido dado de baja de la marina de su país, veterano en todas las batallas de la guerra del Paraguay y que fuera amigo personal de Dominguito Sarmiento. En la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, hubo una bienvenida con clarines y tambores del Regimiento 6 de Infantería de Línea. En un telegrama al presidente Avellaneda, el jefe militar destacó que “en ninguna parte se siente uno tan cerca de Dios como en el desierto”.

 

Contemplando la fuerte corriente del río, Roca ofreció un premio a quien cruzase a la otra orilla. Los que lograron atravesar las turbulentas y por demás heladas aguas fueron Fotheringham y el mayor Fábregas. El premio se lo llevó el inglés por ser de mayor graduación. Ese lugar es hoy conocido como Paso Fotheringham.

 

Al no encontrar indígenas, cuatro días después estaban de regreso en Choele Choel. En el vapor “Triunfo” se dirigió a Carmen de Patagones donde fue recibido por los vecinos como un héroe. Y en la cañonera “Paraná” arribó el 8 de julio por la mañana al puerto de Buenos Aires. Era la primera vez que navegaba. Dejó el mando de las tropas a Conrado Villegas.

 

Trágico fin

La campaña dejó un saldo de por lo menos 14 mil indígenas muertos, producto de combates en campo abierto o en ataques sorpresivos a tolderías. Hombres y mujeres fueron separados para evitar la descendencia. Miles de mujeres y niños fueron condenados a una vida de semi esclavitud como servicio doméstico con familias porteñas. Los chicos también eran apartados para siempre de sus madres, en medio de escenas desgarradoras, y su destino era decidido por la Sociedad de Beneficencia.

 

Los guerreros prisioneros fueron empleados como mano de obra barata en estancias, en trabajos agrícolas en el oeste, en yerbatales y en algodonales en el noreste, en obrajes madereros o en ingenios azucareros en el norte. Otros fueron enrolados en las filas del ejército y la marina. Los que el gobierno consideraba más peligrosos, fueron confinados a la isla Martín García donde rompían piedras para el empedrado de la ciudad de Buenos Aires. Muchos murieron por la mala alimentación y las enfermedades.

 

Los caciques sobrevivientes no tuvieron más remedio que someterse y pudieron vivir tranquilos en parcelas asignadas por el gobierno.

 

Se recuperaron centenares de cautivos y el Estado tomó posesión de 500 mil kilómetros cuadrados de territorio, mucho del cual fue repartido entre políticos, hacendados y militares.

 

Las operaciones continuarían algunos años más. Los caciques Namuncurá y Baigorrita, aunque debilitados, aún no habían sido sometidos. Los malones, que se habían convertido en una pesadilla durante los gobiernos de Mitre y Sarmiento, terminaron. Pero a esa altura Roca, a sus 35 años, preparaba su siguiente empresa: la de ser presidente.

"DAR UN DÍA DE GLORIA A LA AMÉRICA DEL SUR"

 

Maipú:  la batalla que aseguró la independencia de Chile y consagró a San Martín

 

Juan Marcelo Calabria y Roberto Colimodio


Infobae, 6 de Abril de 2022

 

Las bajas patriotas ascendieron a unos 1000 hombres y las realistas, al doble, con 3000 prisioneros y una cantidad significativa de armamento capturado

 

El 25 de marzo de 1818 el Libertador de América José Francisco de San Martín ingresaba en la ciudad de Santiago de Chile, luego de trabajosas jornadas a partir de la derrota sufrida por el ejército patriota en Cancha Rayada. Una vez en la capital ante la multitud expectante y temerosa proclamaba: “El ejército de la Patria se sostiene con gloria al frente del enemigo. Los tiranos no han avanzado un punto de su atrincheramiento. La Patria existe y triunfará, y yo empeño mi palabra de honor de dar un día de gloria a la América del Sur”.

 

Con la mirada en el horizonte de la libertad, el líder americano inspiraba a los pueblos tras sus pasos y empeña su palabra de honor en la culminación de la obra que había comenzado al dar inicio a “la gran empresa cuyana” desde Mendoza y a la que ha decidido consagrar su vida.

 

Luego del 19 de marzo los días se volvieron febriles y los preparativos para un enfrentamiento decisivo se aceleraron. El Ejército Unido logró rehacerse y gracias a los esfuerzos desplegados por el propio San Martín, O’Higgins, Las Heras, Freire, Guido, Rodríguez y demás jefes, oficiales y tropa consiguieron reunir una fuerza de más de 5.000 hombres y 21 cañones con la que el General en Jefe planeaba avanzar sobre el enemigo y librar la batalla decisiva. El libertador consideraba que no se debía dar tiempo al enemigo de capitalizar el triunfo obtenido en Cancha Rayada.

 

Al decir de Mitre: “Contando con el triunfo, el general de los Andes supo infundir a todos su confianza, dio instrucciones detalladas a sus jefes en vísperas de la batalla. Entre ellas, recomendaba a los jefes de caballería tomar siempre la ofensiva, por ser esta la índole del soldado americano, y llevar a su retaguardia un pelotón de veinticinco hombres para sablear a los que volvieran la cara y perseguir al enemigo”.

 

Por último les decía: “Esta batalla va a decidir la suerte de toda América, y es preferible una muerte honrosa en el campo del honor a sufrirla por manos de nuestros verdugos. Yo estoy seguro de la victoria con la ayuda de los jefes del ejército, a los que encargo tengan presente estas observaciones”.

 

Al amanecer del 5 de abril, San Martín, informado de las tácticas enemigas, quiso “cerciorarse por sus propios ojos del error estratégico y concertar sus movimientos tácticos, (para ello) se vistió con un poncho y un sombrero de campesino y, acompañado por su inseparable ayudante O’Brien y el ingeniero D’Albe, seguido de una pequeña escolta, se dirigió a gran galope al ángulo truncado de la Loma Blanca. Desde allí, pudo observar a la distancia de 400 metros con el auxilio de su catalejo, la marcha de flanco que en perfecto orden ejecutaban las columnas españolas a tambor batiente y banderas desplegadas, al posesionarse de la lomada triangular fronteriza prolongando su izquierda sobre el camino de Valparaíso. ‘¡Qué brutos son estos godos!’”, exclamó con esa mezcla de resolución y buen humor que lo caracterizaba.

 

Y agregó: “Osorio es más torpe de lo que yo pensaba”. Dirigiéndose luego a sus acompañantes, les dijo: “El triunfo de este día es nuestro. ¡El Sol por testigo!”, según relató el mismo Mitre.

 

A media mañana el ejército argentino - chileno rompió marcha y poco antes del medio día la artillería patriota rompió fuego y poco después se inició el ataque. La lucha duró varias horas y finalmente el ejército realista fue diezmado por completo. Maipú significó la primera victoria decisiva de la lucha por la Independencia, y así como la Batalla de Tucumán del 24 de septiembre de 1812 salvó la Revolución de Mayo, sin duda Maipú abrió la puerta a los futuros triunfos patriotas en todo el continente. En ese momento, la figura de estratega de San Martín alcanzaba uno de sus instantes sublimes, pero sobre todo resaltaban las condiciones de líder: aquel que logra capitalizar las vicisitudes y ve en los obstáculos y crisis la oportunidad de resurgir y jugar el todo por el todo. Recordemos que este triunfo se logró a tan sólo dos semanas de la sorpresa de Cancha Rayada donde el ejército patriota quedó reducido a casi la mitad de su fuerza y sin embargo la decisión, actividad y trabajo desplegados en los días posteriores permitieron obtener los resultados de ese 5 de abril de 1818.

 

Las dificultades y vicisitudes golpearon al Libertador, sin embargo su preparación, ímpetu, valentía, habilidades y competencias desarrolladas durante los años de preparación en España y los de liderazgo en América forjaron su carácter y dispusieron su mente para tomar decisiones claves, en el tiempo justo, con la claridad y visión que las circunstancias demandaban. Así San Martín demostró ser “el hombre justo en el momento indicado”.

 

El 27 de abril, desde Salta, Martín Miguel de Güemes, como muchos otros, al conocer el triunfo de Maipú, le escribía a José Francisco en los siguientes términos: “No es esta la primera vez que dirijo mis justos respetos a V.E., aunque con el desconsuelo de que la pluma y no la lengua sea el intérprete, cuando aquella no es bastante a explicar los conceptos de un alma agradecida. Las armas de la nueva Nación manejadas por la diestra mano de V.E., repiten sus triunfos dando mayor timbre al valor americano, y sirviendo de terror y espanto al orgulloso peninsular. Muy pronto verá este que el estandarte de la libertad flamea aún en sus mismos muros, que supone impenetrables. Ya, pues, que la suerte no ha querido que al lado de V.E. tenga mi espada una pequeña parte en la venturosa gloria del día 5 del actual, quiera al menos dar acogida al amor y respeto con que tengo el honor de felicitar a V.E. y acompañarle desde aquí, en el objeto de sus complacencias, Dios guarde a V.E. muchos años”.

LA MÁS REÑIDA BATALLA

 

en la guerra de los indios de la que se tenga memoria: a 150 años del combate de San Carlos


Luis Furlán


Infobae, 8 de Marzo de 2022

 

El 8 de marzo de 1872 se produjo el combate de San Carlos, acontecimiento clave de la lucha contra los pueblos aborígenes y de la Conquista del Desierto. Aquel enfrentamiento tuvo lugar al norte de la ciudad de San Carlos de Bolívar, cabecera del partido de Bolívar, en la provincia de Buenos Aires.

 

Hacia 1872, la frontera interna sur con el aborigen se apoyaba en una línea militar desplegada por el sur de las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe, pasando por el norte, oeste, centro, sur y costa sur de la provincia de Buenos Aires, hasta Bahía Blanca y Carmen de Patagones. En la frontera interna norte, existía una línea militar contra los aborígenes del Gran Chaco.

 

Los pueblos aborígenes ubicados fuera de aquellas líneas fronterizas mantenían inestables relaciones con los gobiernos y con las autoridades políticas y militares de las fronteras interiores. A través de tratados que no garantizaban pacífica convivencia, se entregaban a los caciques artículos y beneficios a cambio de no invadir las provincias. Las inciertas relaciones con los aborígenes profundizaban los problemas de una Argentina con permanentes conflictos internos (montoneras federales) y tensiones externas (Brasil, Chile), y dificultaban sus esfuerzos para consolidarse como Estado nacional unificado.

 

En un escenario tan complejo, los aborígenes atravesaban las líneas militares y atacaban estancias y poblaciones para apoderarse de ganado, capturar personas, saquear y depredar. Dichas acciones desprestigiaban y humillaban a los gobiernos, debilitaban la defensa fronteriza, afectaban la integridad territorial y perjudicaban el progreso económico, la ocupación y colonización del territorio y los proyectos de modernización. El general Bartolomé Mitre advirtió que el problema aborigen se solucionaría en 300 años…

 

La guerra del Paraguay (1865-1870) y el conflicto del Litoral (1870-1871) descuidaron las fronteras interiores, que aprovecharon los aborígenes para realizar sus incursiones. A través de caminos bien definidos (rastrilladas), los aborígenes llevaban el ganado robado desde la provincia de Buenos Aires hacia Chile, donde era vendido o intercambiado por armas de fuego (la principal rastrillada era el Camino de los Chilenos), dinámica que instalaba a la tensión con Chile como nueva preocupación para Argentina.

 

El cacique más poderoso de aquellos años fue el mapuche-araucano Calfucurá, nacido en Chile entre 1770 y 1790, que desde 1834 se hallaba en nuestras tierras. Se estableció en Salinas Grandes (actual provincia de La Pampa), y en Chiliué fijó residencia y cuartel general. Calfucurá se convirtió en el principal cacique de los aborígenes de Pampa y Patagonia. Formó una Confederación, con centro en Chilihué, compuesta por mapuche-araucanos, ranqueles, pampas, salineros y otros pueblos más, de la cual fue líder indiscutido. Su extendido prestigio ganó adhesión entre los mapuche-araucanos chilenos.

 

Se destacó por su astucia política, habilidad diplomática y pragmatismo en las vinculaciones con los gobiernos y con las autoridades de las fronteras internas. Logró beneficiosos tratados, y mantuvo la iniciativa en sus relaciones con los blancos (huincas). Conocía muy bien la Pampa y Patagonia, especialmente las rastrilladas que comunicaban la provincia de Buenos Aires y Chile. Pilar fundamental de su poder fue el triángulo estratégico Salinas Grandes (residencia, cuartel general, nudo de comunicaciones y área de valor económico por sus recursos salineros); Carhué (zona de pastos para alimentar caballos y ganado saqueado); y Choele Choel (paso clave de la “rastrillada” hacia Chile).

 

Talentoso y hábil conductor en la guerra, adaptó la organización militar huinca al mundo aborigen. Apoyó su poder en la caballería y en sus numerosos “guerreros de lanza”, superiores a nuestras reducidas tropas de las fronteras del Desierto. Fue conocido como “Napoleón del Desierto o de las Pampas”.

 

Muy atento a los conflictos del período 1835-1873, Calfucurá forzó a nuestros gobiernos a firmar tratados de paz, aprovechó las desinteligencias políticas huincas, y continuó con sus invasiones (con o sin tratados), especialmente sobre la provincia de Buenos Aires, abundante en ganado, pastos y aguadas. Calfucurá consolidó su poder político y militar sobre la Confederación de Salinas Grandes, y se convirtió en auténtico amo y señor del vasto Desierto de Pampa y Patagonia entre 1835 y 1873.

 

El 5 de marzo de 1872, Calfucurá inició la mayor invasión conocida hasta el momento sobre la provincia de Buenos Aires, para lo cual reunió 6000 aborígenes. El poderoso cacique buscaba un golpe contundente para afianzar su prestigio y desalentar los proyectos del gobierno nacional de explorar el Río Negro y ocupar Choele Choel, clave en su triángulo estratégico. Entre el 5 y el 8 de marzo de 1872, Calfucurá arrasó los partidos bonaerenses de 9 de Julio, 25 de Mayo y Alvear. Sus fuerzas se apoderaron de numeroso ganado (entre 150 mil y 200 mil animales), se llevaron 500 personas cautivas y asesinaron 300 pobladores.

 

El responsable de enfrentar aquella gran invasión fue el general Ignacio Rivas, quien desde 1870 se desempeñaba en la provincia de Buenos Aires como Comandante General de la Frontera Sur, Costa Sur y Bahía Blanca. Nacido en 1827 en Paysandú (Uruguay), poseía una enorme carrera militar forjada en las guerras contra Rosas (1844-1852); en las batallas de Caseros (1852), Cepeda (1859) y Pavón (1861); en la guerra contra montoneras federales (1862); y en la guerra del Paraguay (1865-1870). Tenía también gran experiencia en la frontera y en las relaciones y la guerra contra el aborigen: enfrentó varias veces a Calfucurá (a quien conocía bien), y trató con caciques afines al gobierno nacional.

 

El general Rivas partió desde su comando en Azul el 6 de marzo de 1872 hacia la zona del fuerte San Carlos, donde los aborígenes continuaban sus actividades y preparaban su regreso a Salinas Grandes, vía “Camino de los Chilenos”. En San Carlos se hallaba el coronel Juan Boerr con el batallón 5 de infantería, Guardias Nacionales de 9 de Julio, vecinos bonaerenses y aborígenes aliados del cacique mapuche-araucano Coliqueo.

 

Acompañaban al general Rivas su escolta, el batallón 2 de infantería, el regimiento 9 de caballería y aborígenes aliados del cacique pampa Catriel. Antes de partir, sofocó sublevaciones aborígenes en las filas de Catriel y del teniente coronel Leyría. Para anticiparse a las fuerzas de Calfucurá y cerrarles el paso hacia Salinas Grandes, el general Rivas se dirigió hacia “Cabeza del Buey”, zona de aguadas que aprovecharían los invasores, donde los esperaría para batirlos. Por errores del baqueano, las fuerzas nacionales se perdieron en la inmensa campaña. Corregido el rumbo, marcharon al fuerte San Carlos, por pedido del coronel Boerr, quien temía ser sitiado allí. En la madrugada del 8 de marzo de 1872, el general Rivas llegaba al fuerte San Carlos.

 

En San Carlos se reunieron 1.800 hombres, la mayoría aborígenes aliados. Los coroneles Boerr y Nicolás Ocampo (comandantes de las Fronteras Oeste y Sur de Buenos Aires, respectivamente) y los tenientes coroneles Nicolás Levalle y Francisco Leyría eran veteranos de nuestras guerras civiles, del Paraguay y de la lucha contra el aborigen.

 

Confirmado el rumbo de las fuerzas de Calfucurá hacia Salinas Grandes, el general Rivas marchó para cerrarles el paso y darles batalla. Así organizó sus fuerzas: sobre el ala derecha los aborígenes de Catriel; al centro (coronel Ocampo) el batallón 2 de infantería y el regimiento 9 de caballería; ala izquierda (coronel Boerr) conformada por el batallón 5 de infantería, los aborígenes de Coliqueo, los Guardias Nacionales de 9 de Julio, vecinos bonaerenses y el regimiento 5 de caballería; en la reserva (teniente coronel Leyría) se quedaban los Guardias Nacionales y otros aborígenes.

 

Calfucurá contaba con 3500 aborígenes “de lanza”, entre mapuche-araucanos, ranqueles, pampas y salineros. Organizó tres formaciones principales de 1000 aborígenes cada una y una reserva de 500, que mandaban Manuel Namuncurá (derecha), los caciques Catricurá y Pincén (centro), el cacique Renquecurá (izquierda) y el cacique Mariano Rosas (reserva). De sus 6.000 aborígenes, 2500 transportaban ganado hacia Salinas Grandes y no contaban para el combate.

 

En la mañana del 8 de marzo de 1872 comenzó el combate, en el paraje Pichi Carhué, al norte de San Carlos. Las fuerzas del general Rivas combatieron a pie, y Calfucurá ordenó a sus aborígenes dejar los caballos (una de sus fortalezas) para enfrentar a las fuerzas nacionales de igual a igual. Nuestras tropas hicieron fuego con carabina y fusil, pero la lucha se convirtió en encarnizado entrevero, un choque cuerpo a cuerpo, a bayoneta, lanza, sable y boleadora. Según el general Rivas, “trabóse el más reñido y sangriento combate, sin ejemplo en estas guerras”.

 

Las fuerzas de Manuel Namuncurá arrebataron los caballos al sector del coronel Boerr, luego auxiliado por la reserva del teniente coronel Leyría. Reorganizado y formando cuadro, recibió apoyo del batallón 5 de infantería y rechazó las cargas enemigas. La lucha cuerpo a cuerpo se renovó con ferocidad, sin definir la situación.

 

Los aborígenes de Catriel retrocedieron, pero el cacique los arengó con energía y solicitó al general Rivas su escolta para fusilar a quienes eludían combatir. Reorganizadas sus fuerzas, cargó y rechazó al enemigo, pero sin resultado decisivo.En sus cargas, los aborígenes de Calfucurá se estrellaron contra los sólidos cuadros formados por las tropas nacionales: varios resultaron ensartados por las bayonetas, o volteados por culatazos y sablazos de nuestros soldados.

 

Calfucurá resistió sucesivas cargas de las fuerzas nacionales para dar tiempo a sus aborígenes a arrear el ganado saqueado hacia Salinas Grandes. Los constantes esfuerzos para cargar y contraatacar prolongaban la incertidumbre de la lucha. Para definir el combate, el general Rivas formó un fuerte bloque para quebrar la resistencia enemiga y, bajo su mando personal, ordenó una carga tan vigorosa y violenta, que rompió, desarticuló y derrumbó la formación enemiga, logrando finalmente la victoria. Los guerreros de Calfucurá se retiraron desordenados y divididos.

 

Las victoriosas fuerzas del general Rivas persiguieron a las hordas de Calfucurá para completar su derrota y arrebatarle el ganado robado, pero regresaron por el cansancio de los caballos, la falta de agua, el calor, las nubes de polvo y la falta de baqueanos.

 

Al caer la tarde, el combate había finalizado. Se recuperó gran número de vacunos (70.000 – 80.000), caballos (15.000 – 16.000) y ovejas. Fueron liberadas 74 personas cautivas. El enemigo tuvo más de 200 muertos y varios heridos; las tropas nacionales, 34 muertos y 16 heridos. Según el general Rivas, “la mortandad de los indios enemigos ha sido tan espantosa, que desde muchos años hasta ahora no se había visto una igual”.

 

El general Rivas destacó que el cacique Catriel, “en ningún momento desmintió su valor indomable, ni la fibra que caracteriza a la raza indígena, para darme una prueba de su firmeza, pidió una escolta para fusilar a individuos que dieran espalda al enemigo”.

 

Para el general Rivas, el triunfo en San Carlos fue “el más espléndido de cuantos hasta hoy se han conseguido sobre estos crueles enemigos, con el cual se ha quebrado por primera vez, y acaso para siempre, el poder salvaje de Calfucurá que por tan dilatados años ha sido el azote devastador de nuestras fronteras”; para Eduardo Gutiérrez, fue “la más reñida batalla en la guerra de los indios de la que se tenga memoria”.

 

Distintas calles de San Carlos de Bolívar recuerdan con sus nombres al general Ignacio Rivas, a sus valientes subordinados del Ejército Nacional y a sus fieles caciques aliados.

 

La victoria de San Carlos inició la declinación del poder de Calfucurá y de sus devastadoras incursiones. Su prestigio de a poco se apagó, y sus posteriores acciones no tuvieron la fuerza arrolladora de otras épocas. El 4 de junio de 1873 Calfucurá falleció en Chilihué. En su testamento advirtió: “No entregar Carhué al huinca”. En San Carlos de Bolívar, dos murales en la terminal de ómnibus y el nombre de una avenida, recuerdan su figura histórica.

 

Su hijo Manuel Namuncurá (padre de Ceferino), asumió la conducción de la Confederación de Salinas Grandes, que no recuperará la fuerza de su ilustre antecesor.

 

La victoria de las armas nacionales en San Carlos también preparó nuevos proyectos del gobierno nacional para las fronteras y la lucha contra el aborigen (como la “Zanja de Alsina”), y creó las condiciones para la decisiva campaña sobre el Desierto pampeano-patagónico del general Julio A. Roca a partir de 1879.

BATALLA DE ITUZAINGÓ


 la carga suicida de Federico de Brandsen, el valeroso oficial francés condecorado por Napoleón


Adrián Pignatelli


Infobae, 20 de Febrero de 2022

 

Era el martes 20 de febrero de 1827 y la batalla de Ituzaingó estaba en su apogeo. Nuestro país estaba desde 1825 en guerra contra el Brasil, tanto en tierra como en agua, disputándose lo que actualmente es Uruguay y parte del estado de Río Grande do Sul, donde ese combate se estaba librando.

 

Carlos Luis Federico de Brandsen era un parisino nacido el 28 de noviembre de 1785, hijo de un médico holandés. A los 23 años ingresó a la carrera militar y tres años después era alférez en el ejército napoleónico. A lo largo de las batallas en las que participó, cosechó tantas heridas como condecoraciones y ascensos. Herido en una pierna por un sablazo, luego por una bala de cañón, se destacó por sus acciones heroicas, como en el combate de Bautzen donde, a bayoneta calada, tomó una posición prusiana. Fue condecorado por el mismísimo Napoleón y fue su ayudante de campo. La última vez que fue herido en Europa fue cuando participó en la famosa campaña de los cien días de Bonaparte. Cuando éste fue derrotado, pidió la baja.

 

En París conoció a Bernardino Rivadavia, quien le propuso incorporarse al ejército en Buenos Aires. Lo destinaron al regimiento de Granaderos, que estaba en Chile, con el grado de capitán de caballería.

 

Estando el ejército acampando en Chimbarongo, en el centro de Chile, el teniente Pedro Ramos lo escuchó poner en duda la valentía de los argentinos. Ramos lo retó a duelo a sable. El francés logró herirlo levemente cerca de un ojo, pero recibió un planazo en la cabeza que lo dejó fuera de combate.

 

Descolló en los combates en los que participó. En Chancay, con solo 36 soldados derrotó a 150 españoles y contuvo el avance de 2000 enemigos. Él mismo mató de un pistoletazo a Bermejo, el jefe español.

 

En una oportunidad, el general Juan Antonio Monet le preguntó a Tomás Guido: “¿Tienen ustedes muchos oficiales como Brandsen? Guido respondió que “nadie lo supera en valor, y en cuanto a conocimiento y pericia en el arte de la guerra, no es fácil igualarle”. “Me alegro -respondió el español- porque si así fuera se nos enredaría mucho más la madeja”.

 

San Martín lo ascendió a coronel graduado y lo condecoró con la Orden del Sol. Continuó combatiendo con Simón Bolívar y por un conflicto entre ambos, fue desterrado a Chile.

 

Estando en Perú se había casado en 1821 con Rosa de Jáuregui, y tuvo tres hijos. De regreso en Buenos Aires, lo pusieron al frente del Regimiento 1 y marchó a la guerra con el Brasil. “Soy francés y aventurero. Desde Caracas hasta Chiloé y desde Chiloé hasta Buenos Aires, el suelo americano está humeando con la sangre de los aventureros de todas las naciones que han perecido en defensa de su libertad”, escribió en su diario.

 

Los jefes del ejército republicano estaban desorientados con las cambiantes decisiones del general Alvear. Hasta planearon rebelarse y separarlo de su cargo. No entendían las órdenes y contraordenes del comandante.

 

El ejército republicano estaba compuesto por unos 6200 hombres. El brasileño era superior en número, gracias a los 3600 soldados austríacos al mando del general Braün, con que el emperador de Austria había auxiliado a su yerno el emperador del Brasil. Aun así, las fuerzas de Alvear habían cosechado triunfos parciales en Camacuá, Bacacay y en El Ombú.

 

El ejército republicano estaba en el actual estado de Río Grande do Sul, en un punto que los brasileños conocen como Paso del Rosario. Habían llegado el 19 de febrero y Alvear dispuso que la infantería y la artillería cruzasen el río Santa María. Acamparon en un lugar que no era apto para el combate, con altos y espesos matorrales que impedían operar a la caballería. Ese 20 de febrero de 1827 las fuerzas enemigas -al mando de Felisberto Pontes de Oliveira e Horta, marqués de Barbacena- estaba a unos 15 kilómetros. Jefes como el propio Brandsen, José Valentín de Olavarría, José María Paz y Juan Lavalle le plantearon a Alvear que estaban en una posición comprometida y que era necesario ir al encuentro del enemigo en un terreno más beneficioso, y protegerse en las colinas que tenían detrás. Se adelantó un batallón al mando de Félix de Olazábal, la caballería comandada por el oriental Juan Antonio Lavalleja y una batería al mando del capitán Chilavert, que tuvieron un encuentro con las tropas brasileñas, que se envalentonaron creyendo que esas fuerzas cubrían la retirada del ejército republicano.

 

Las fuerzas frenaron dos cargas brasileñas, lo que permitió darle tiempo a reunirse a la mayoría de la caballería. Las fuerzas de Lavalle recibieron la orden de atacar a la caballería enemiga al mando de Bento Goncalvez, pero su carga fue frenada por un profundo arroyo seco y quedaron a merced de los tiradores brasileños.

 

Los brasileños avanzaban. Alvear ordenó a la caballería que estaba al mando del coronel José María Paz y Brandsen cargasen contra posiciones fuertemente defendidas por la primera división imperial. Los ayudaba un profundo zanjón.

 

Brandsen le hizo notar a Alvear que esa carga sería suicida, que no había ninguna posibilidad de éxito. El jefe hirió el amor propio del francés. Algunos aseguran que Alvear le dijo que seguramente no hubiese cuestionado una orden impartida por Napoleón. A Brandsen no le quedó más remedio que obedecer. Con su uniforme que lucía sus medallas, se puso al frente del Regimiento 1 y arremetió contra el zanjón.

 

Recibió una cerrada carga de fusiles. Desmontado y herido, volvió a ordenar atacar. Junto a media docena de sus oficiales y 60 hombres perdió la vida. En esa acción también murió Ignacio Lavalle, el hermano menor del general.

 

La situación era comprometida porque el ataque del cuerpo de Dragones y Coraceros también había sido rechazado y se esperaba una arremetida enemiga.

 

Fue una genial maniobra de Lavalle, que simuló retirarse del campo de batalla, que sorprendió a las fuerzas brasileñas que lo perseguían, y las dispersó. Paralelamente, el general Paz se lanzó sobre una división imperial y logró que la caballería enemiga huyese, aún cuando el militar cordobés perdiera la mitad de sus hombres por el fuego enemigo. Mientras tanto, los lanceros de Olavarría quebraron el ala izquierda enemiga.

 

Los brasileños ya no contaban con caballería y su infantería quedó desprotegida. Se retiraron del campo de batalla luego de once horas de lucha.

 

Cuando Juan Lavalle volvió de perseguir al enemigo, pasó por el lugar donde yacía el cuerpo acribillado de Brandsen. Los brasileños le habían robado la ropa y se lo identificó gracias a la cicatriz que tenía en la cabeza cuando se había batido a duelo con Ramos. Ordenó a sus soldados presentar armas en honor a tan valiente militar. Recogió su sable y su cartera, donde guardaba el diario de campaña de la segunda división. La última anotación la había hecho nueve días atrás. Cuando volvió a Buenos Aires, le llevó esas pertenencias a su viuda, quien le pidió que se quedase con el diario, en homenaje a la amistad que los había unido.

 

A las dos y media de la tarde del 4 de marzo llegó a Buenos Aires la noticia del triunfo. Hubo salvas de artillería, repiques de las campanas de las iglesias, bailes y durante tres noches seguidas la ciudad permaneció iluminada.

 

Entre los bagajes que los brasileños abandonaron en el campo de batalla, se encontraba un cofre en cuyo interior había una partitura de una marcha que el emperador Pedro I, con veleidades de compositor, le dio al marqués de Barbacena para que la ejecutase luego de la victoria que descontaba segura sobre los argentinos. Nuestro país la usó por primera vez el 25 de mayo de 1827, lleva el nombre de la batalla y se dispuso tocarla en los actos oficiales presididos por el presidente.

 

El destino quiso que la tumba de Brandsen, en el cementerio de La Recoleta, esté frente a donde descansa el sueño eterno Alvear, aquel jefe que lo había mandado a una misión suicida y que el francés haciendo honor a su valor, mostró su mejor cara a la muerte.