A 200 AÑOS


 de la formación de nuestras primeras milicias

 

Por Roberto L. Elissalde

La Prensa, 12.09.2026

 

El 12 de agosto de 1806 las improvisadas tropas de Buenos Aires, con la ayuda de las que envió el gobernador de Montevideo, el brigadier don Pascual Ruiz Huidobro -algo que no siempre se recuerda-, realizaron el ataque general por casi todas las calles que convergen en la Plaza Mayor, con tal éxito que el general Beresford, viéndose perdido y viendo morir a su ayudante junto a él, se replegó al Fuerte y levantó bandera de parlamento.

 

El general británico y sus oficiales entregaron sus espadas a Liniers, quien, con la hidalguía que lo caracterizaba, se las devolvió como homenaje al valor con que habían combatido.

 

Dos días después se convocó a un Cabildo Abierto y el pueblo exigió con vehemencia que el virrey Sobremonte no se hiciera cargo de nuevo del gobierno, que debería delegar en el capitán de navío don Santiago de Liniers para el mando de las tropas, y en el Regente y Oidores de la Real Audiencia, para el gobierno civil.

 

En cumplimiento de las instrucciones del Cabildo, Liniers convocó al vecindario para organizar milicias, con el objeto de prepararse para la defensa ante los refuerzos que los ingleses podrían enviar, luego de haber despachado a Londres los partes de la toma de la ciudad y el tesoro capturado.

El 6 de setiembre de 1806, después de elogiar la bravura de los hijos de Buenos Aires, los convocó a reunirse en cuerpos separados para la defensa del suelo que acababan de reconquistar.

 

En la proclama del día 9 les recordaba que "uno de los deberes más sagrados que tiene el hombre es la defensa de la Patria que le alimenta; y los habitantes de Buenos Aires han dado siempre las más relevantes pruebas de que conocen y saben cumplir con exactitud esta preciosa obligación… con este objeto… vengo en convocarlos… para que concurran a la Real Fortaleza, los días que abajo irán designados, a fin de arreglar los batallones y compañías nombrando los comandantes y sus segundos, los capitanes y sus tenientes, a voluntad de los mismos cuerpos".

 

Los días señalados para la concurrencia, a las dos y media de la tarde, fueron: miércoles 10, Catalanes; jueves 11, Vizcaínos o Cántabros, Gallegos y Asturianos; viernes 12, Andaluces, Castellanos y Levantiscos; y Patricios, el lunes 15. Y finalizaba la proclama con estas palabras: "Ninguna persona en estado de tomar las armas dejará de asistir, sin justa causa, a la citada reunión, so pena de ser tenida por sospechosa y notada de incivismo, quedando en tal caso sujeto a los cargos que deban hacérsele".

 

 

PRIMERA RESPUESTA PATRIOTICA

 

Merece reconocerse también que los primeros que se alistaron ante la invasión británica fueron un grupo de paisanos liderados por Juan Martín de Pueyrredón y sus hermanos Feliciano -párroco de Baradero-, José Cipriano y Juan Andrés; Martín Rodríguez, Diego de Herrera y Martín Rivero, que desde su estancia La Figura, en Chascomús, llegó con un buen contingente de paisanos. Don Juan Martín, de su propio peculio, se encargó del abastecimiento y abonó los primeros gastos de la empresa.

 

No es necesario comentar la acción de estos hombres en esos días, pero sí que el 23 de agosto, estando reunido el Cabildo, se presentó Pueyrredón y entregó el guión o estandarte del Regimiento 71, que había arrebatado el día de la Reconquista cuando quien lo portaba intentó ocultarlo. El 5 de setiembre, un día antes del llamado a las armas de Liniers, el Cabildo premió con una medalla a los que se habían reunido para combatir en Perdriel, que luego pasaron a la otra banda y participaron de la Reconquista, porque, según el documento, "se habían sostenido a su costa en todos los relacionados servicios y no han querido en obsequio de la Patria gratificación alguna".

 

El 20 de setiembre, Pueyrredón había formado y "uniformado costosamente y a sus solas expensas" al primer escuadrón de Húsares, que estaba bajo sus órdenes, mientras se organizaban los otros dos, con Lucas Vivas y Pedro Núñez al frente de ellos.

 

El obispo Lué, acompañado por Liniers y los cabildos eclesiástico y secular, presidió la misa que celebró el arcediano Andrés Ramírez; predicó y bendijo el estandarte de los Húsares el domingo 21 de setiembre, en una lucida ceremonia. Sin duda estos antecedentes demuestran que los primeros que acudieron en defensa de la Patria fueron los húsares que formó Pueyrredón por impulso del deber, sin que mediara convocatoria oficial de ninguna naturaleza, más que el sentimiento patriótico ante la invasión extranjera.

 

EL BAUTISMO

 

Todos concurrieron con puntualidad al llamado de Liniers. Y a medida que iban organizándose, procedieron a concurrir a las distintas iglesias con sus banderas para recibir la bendición. El 12 de octubre concurrieron a Santo Domingo los Cántabros y los Cazadores Correntinos, que por su poco número se habían unido a los primeros. El 19 de octubre, con la presencia de Liniers en la iglesia de la Recolección (la Basílica del Pilar), el obispo Lué, por ser el día de San Pedro Alcántara, celebró un pontifical y bendijo el estandarte del escuadrón de Húsares Voluntarios comandado por Lucas Vivas; la predicación estuvo a cargo de fray Francisco de Paula Castañeda.

 

El 30 de octubre, el diocesano bendijo en la Catedral las banderas de los Catalanes, y al día siguiente, en San Francisco, por la mañana, monseñor Lué bendijo el estandarte de los Húsares cuyo comandante era Diego de Herrera, y por la tarde, en la Catedral, la bandera de los Andaluces. Al sonido de las músicas acudía muchísima gente a presenciar estas ceremonias, que eran rubricadas por salvas de artillería y, en algunos casos, espléndidos banquetes en la casa de sus comandantes.

 

El escuadrón de Húsares de don Pedro Núñez hizo su presentación pública el 1° de noviembre en la iglesia de la Merced, mientras que esa misma mañana, en la Catedral, se bendecían las banderas del Tercio de Galicia.

 

El 9 de noviembre, en la Iglesia Mayor, se bendijeron las tres banderas del Cuerpo de Patricios y la de Cántabros o Montañeses. Todos los cuerpos estaban formados en la plaza y las banderas y estandartes fueron llevadas al altar, como apadrinando las nuevas, de modo que tanto color de sedas y tafetanes hicieron un espectáculo de magnífico esplendor, que conmovía el espíritu patriótico de los concurrentes. Después de la bendición por el obispo, al ruido de las músicas y la formidable descarga de fusilería de los Patricios, las banderas marcharon a la Sala Capitular, mientras que el cuerpo marchó a la casa de su jefe, don Cornelio de Saavedra, y se tiraban flores desde las ventanas y balcones.

 

Los Arribeños (de las provincias del Norte), por ser la mayor parte de ellos peones y jornaleros, recurrieron el 18 de noviembre al Cabildo para uniformarse, ya que no disponían de recursos. Ese mismo día el cuerpo acordó entregarles 1.500 pesos para que se uniformaran los más necesitados.

 

LA GRAN REVISTA

 

Ese ejército realizó el 15 de enero la gran revista militar, suspendida antes a causa de las fuertes lluvias del verano, que habían convertido los caminos en verdaderos fangales. A las dos y media de la mañana, desde la Fortaleza, cien tambores con brillantes bandas de música rompieron la generala, esparciéndose por todas las calles.

 

A las cuatro salieron hacia Barracas por la calle de Santo Domingo, alertando a la población y a la perrada que, cuando había movimientos no comunes, alborotaba con sus ladridos. Cada cuerpo marchaba con sus banderas desplegadas y su música tocando marcha. Alrededor de las cinco de la mañana llegaron al bañado de Santa Lucía. Poco antes de las ocho lo hicieron las autoridades, y el obispo, que tras el toque de ordenanza comenzó la celebración de la misa.

 

En un magnífico altar, ubicado en el centro del cuadro en que habían formado las tropas, "para llegar al pie de la mesa tenía que subir doce gradas espaciosas, cubiertas con magníficas alfombras". Al comienzo de la misa, al Sanctus y al final, se hizo una descarga de fusilería, seguida por otra de artillería; a continuación, Liniers, con su estado mayor, revistó a las tropas, que eran más de 8.000 efectivos.

 

A la una de la tarde se sirvió un gran almuerzo que ofreció Liniers a las autoridades, el Cabildo, la Audiencia, el Obispo, los comandantes y un capitán, un teniente, un alférez y un soldado de cada cuerpo. Los soldados vivaquearon, al igual que muchas familias, en los sauzales cerca del Riachuelo, con las vituallas que había costeado el Cabildo, desde el pan hasta el vino, un barril por compañía. Terminada la comida, a las cuatro de la tarde se hizo una descarga general de fusilería y una de artillería que duró tres cuartos de hora y que debió escucharse hasta la Colonia del Sacramento, dando así noticia a los británicos apostados en Montevideo de los aprestos militares en la capital del virreinato.

 

Esta es, en síntesis, la historia de aquellos primeros momentos de nuestras tropas, a las que evocamos en estos días en que el Cuerpo de Patricios celebra el 220° aniversario de su creación.

 

Roberto L. Elissalde

Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.

 

 

EL TRISTE DESTINO

 

DE LOS GRANADEROS EN 1826


Por Jorge Eduardo Acosta *

 

En homenaje a los 200 años del regreso a la patria de los últimos granaderos libertadores, cuando fueron sometidos al exilio (en ese caso interno) que, según nos marca nuestra cíclica y atormentada historia, les fue reservado a todos los que hicieron algo por lo que descollaron al servicio de la patria.


• El retorno de San Martín – Brown y su mensaje

• El arribo de la “Chichester” y el escenario  político (1829)Política

• La recepción y la firme decisión de no desembarcar

• El eco de la renuncia y el destino de la gloria

 

El amargo retorno de José de San Martín en la “Countess of Chichester” en 1829 y el triste desamparo impuesto a sus Granaderos en 1826 operan en nuestra historia como el síntoma temprano de una tragedia recurrente: la dolorosa asimetría entre el desinterés de los héroes fundacionales y las mezquindades de las facciones políticas en pugna.

 

Las cartas del Libertador, preñadas de una lucidez sombría, no hacían más que constatar que sus antiguos soldados -aquellos que derramaron su sangre en un continente entero- habían sido aislados del tejido social y diluidos por el desprecio burocrático de un centralismo ciego a la gloria.

 

En ese espejo de ingratitud debió mirarse San Martín al negarse a desembarcar.

 

Es allí donde cobra una dimensión monumental el proceder del Almirante Guillermo Brown: ejerciendo el gobierno interino en medio de la borrasca civil, el marino de Irlanda comprendió de inmediato la estatura ética de la negativa sanmartiniana.

 

Aunque Brown representaba a las autoridades de Buenos Aires y necesitaba la espada del prócer para pacificar la provincia, optó por respetar su neutralidad, tendiendo puentes de correspondencia que resguardaron la dignidad del Padre de la Patria por encima del lodo de la guerra fratricida.

 

La repercusión histórica de este cruce de voluntades es elocuente.

 

Al blindar su sable contra las luchas intestinas, San Martín salvó su legado moral para la posteridad; mientras que Brown, quien poco después también renunciaría hastiado de los excesos políticos, legitimó con su caballerosidad el principio superior de que las armas de la patria sólo pertenecen a la libertad de los pueblos, jamás a la tiranía del odio doméstico.

 

*Capitán de Fragata VGM (Ret)

Prisionero Político

 

HERNÁN CORNUT


 nuevo titular del Instituto Nacional Sanmartiniano

 

La Prensa, 11.04.2026

 

Después del cierre el año pasado y la vuelta en vigencia por imperio del Congreso de la Nación, y una larga acefalía del Instituto Nacional Sanmartiniano, el más antiguo de las entidades de esa naturaleza, por el decreto 231/2026 publicado el viernes en el Boletín Oficial, ha nombrado presidente del mismo al doctor Hernán Federico Cornut. Su nombre había sido propuesto por la Academia Sanmartiniana a la Subsecretaría de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura en octubre del año pasado.

 

El Coronel Mayor (R) Hernán Cornut egresó del Colegio Militar de la Nación en 1982 como subteniente del arma de infantería, se desempeñó en distintas destinos y culminó su carrera como director de la Escuela Superior de Guerra. Miembro del Instituto de Historia Militar, del Grupo de Historia Militar de la Academia Nacional de la Historia, en el año 2023 fue electo miembro de número de la Academia Sanmartiniana y al año siguiente fue recibido en sesión publica en la que se refirió a la bibliografía sanmartiniana, destacando especialmente a los jefes militares que se ocuparon de la figura del Libertador.

 

En esa oportunidad recibió las Palmas Sanmartinianas, máxima condecoración otorgada por la entidad. Además mereció la Medalla de las Naciones Unidas -misión UNPROFOR-Croacia 1994; la Medalla del Pacificador del ejército brasilero y la Pluma académica de la Escuela Superior de Guerra, en el año 2006.

 

Responsable de numerosos artículos, es autor de varios libros. El último de ellos, ‘El espíritu de Atenea’, presentado hace pocos días mereció una nota en estas páginas. En dicha obra un capítulo está referido al honor en el pensamiento y el espíritu sanmartiniano, algo que cultiva y honra sin estridencias y en sumo grado el nuevo presidente de la entidad.

CUANDO LOS FRANCESES BLOQUEARON


 el Río de la Plata: prepotencia diplomática, la muerte de un litógrafo y el ofrecimiento de San Martín

 

Adrián Pignatelli

Infobae, 28 Mar, 2026

 

Las relaciones diplomáticas entre nuestro país y el reinado de Luis Felipe de Orleans, el monarca francés que había ascendido al trono en julio de 1830, empezaron con el pie izquierdo. El detonante fue una ley de 1821 que establecía que los ciudadanos extranjeros que tuvieran propiedades en el país, que ejercieran el comercio, con más de dos años de residencia, podían ser convocados, en caso de necesidad, al servicio de la milicia.

 

La leva de extranjeros no era nueva: había comenzado en 1815 y comprendía a hombres de entre 16 y 60 años con más de dos años de residencia en el país.

 

Desde tiempo atrás, la diplomacia francesa venía solicitando al gobierno que los ciudadanos galos fueran eximidos, tal como ocurría con los británicos. Era cierto: en diciembre de 1825, cuando Gran Bretaña reconoció nuestra independencia y se celebró un acuerdo comercial, por el que los ingleses gozaban de libertad de tránsito, de culto, podían disponer de sus propiedades, los comerciantes quedaron exentos del pago de derechos de tonelaje, puerto y pilotaje, también quedaron eximidos del servicio militar.

 

Durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, que comenzó en 1832, las relaciones con Francia no mejoraron. La actitud del vice cónsul francés Aimé Roger no contribuyó para nada, y su actitud iba en consonancia con las pretensiones imperialistas de Francia en América.

 

Roger evaluó que un éxito diplomático lo posicionaría de la mejor manera en la corte de Luis Felipe. Sin tener las credenciales en orden, Roger, de temperamento arrogante y agresivo, exigió el fin del servicio militar para los franceses y solicitó la libertad de Pedro Lavié, un cantinero francés enrolado en la milicia, condenado a cinco meses a la cárcel por robo. Y también puso en la mesa el proceso y muerte de César Hipólito Bacle, un ginebrino nacionalizado francés que había llegado al país por 1825.

Bacle había sido un excelente litógrafo, caricaturista, tipógrafo, crítico literario e investigador científico, y en 1829, Rosas lo nombró director de Litografía del Estado.

 

Fundó el Boletín de Comercio, le tomó cinco años elaborar la Colección General de marcas de ganado de la Provincia de Buenos Aires y editó Trajes y costumbres de la Provincia de Buenos Aires. El mismo vendía lo que exhibía en su vidriera.

 

Cuando sus finanzas declinaron probó suerte en Chile, donde se lo nombró Impresor y Litógrafo del Estado. Con el ministro de Guerra Diego Portales hablaron de política y de una cuestión delicadísima: los emigrados argentinos.

 

A su regreso de su viaje, Rosas ya estaba al tanto de sus opiniones. Bacle se condenó con una carta en la que se revelaba contenido comprometedor con el funcionario chileno. Se lo acusó de ponerse en contacto con los unitarios y de vender mapas secretos de las fronteras argentinas a Bolivia. Encarcelado, se lo condenó a muerte. Desesperado, le pidió ayuda al cónsul francés y logró que le conmutasen la pena. Luego de cinco meses preso en las peores condiciones, sometido a malos tratos, enfermó. Recuperó la libertad y falleció en su casa el 4 de enero de 1838 por una gastritis por una excesiva ingesta de opio. Su cadáver fue acompañado al cementerio por una multitud de franceses, que tomaron la muerte de su compatriota como un insulto hacia el gobierno de su país.

 

Sus bienes fueron embargados por Chile, al considerar que no había cumplido con su contrato de trabajo. La viuda y sus hijos quedaron prácticamente en la calle.

 

Así fue como fue que Roger también apoyaba la reclamación de la viuda de Bacle y de paso en la lista incluyó al francés Pedro Gascogne a quien el gobierno le había clausurado todos sus negocios al negarse a contribuir con dinero para una fiesta en honor a Rosas. También exigía que fueran dados de baja los conciudadanos Martín Larré y Jourdan Pons, que estaban en la milicia, pero por su propia voluntad.

 

Lo primero que hizo Rosas fue pedir la lista de los franceses que permanecían detenidos. Se sorprendió al saber que había solo dos. El marinero Pedro Jusson, acusado de asesinar a Matías Cañete y Pedro Lavié.

 

Rosas ninguneó a Roger. Respondió que para atender dichos reclamos, exigió que fuera ante un diplomático con las credenciales correspondientes. Roger no las tenía porque reemplazaba al cónsul que se había ausentado de Buenos Aires.

 

A las primeras reclamaciones diplomáticas, de fines de 1837 el ministro de Relaciones Exteriores Felipe Arana respondía cuando quería y a cuentagotas. Encima le hizo saber que discutiría los términos de la ley del servicio militar con un diplomático acreditado.

 

Roger, en un informe a su gobierno, echó más leña al fuego. Que Rosas era despótico, un tirano, y que el único camino que quedaba para resolver el entuerto era el de la fuerza.

 

París lo autorizó a usar dos naves del almirante Luis Francisco Leblanc, que estaban en Río de Janeiro. Roger respondió que dos naves no alcanzaban, que era necesaria una verdadera demostración de fuerza. Nadie se detuvo entonces en Francia en analizar cómo se habían dado los hechos, le creyeron a Roger a pie juntillas, pero aun así, le pidieron que intentara un último acercamiento con Buenos Aires.

 

El 7 de marzo de 1838 Rosas recibió a Roger durante dos horas. Ninguno dio el brazo a torcer. El encuentro terminó a los gritos. Que Francia se uniría a los enemigos de Rosas, amenazó Roger y el gobernador respondió que todo el país lo apoyaría y que los unitarios desaparecerían. El 13 de marzo, Arana le devolvió los pasaportes a Roger.

 

El 24 de marzo apareció frente a Buenos Aires la flota francesa. Traían tres pretensiones: la eximición del servicio militar a franceses, indemnización a ciudadanos perjudicados y reclamaban a Lavié, para que fuese juzgado y ver si en realidad era culpable.

 

Rosas no admitió negociar en una situación de fuerza. Decía que sentaría un precedente y cualquier país, en el futuro, se sentiría con derecho a hacer lo mismo.

 

Ante la negativa, Leblanc declaró el miércoles 28 de marzo de 1838 que bloqueaba el puerto de Buenos Aires y el litoral del río perteneciente a nuestro país. Los franceses estaban convencidos de que en dos semanas la cuestión quedaría zanjada, ya que la economía local sentiría fuerte el bloqueo.

 

Rosas ajustó el cinturón. Aplicó fuertes recortes, especialmente en sueldos de funcionarios, eliminó muchos, entre ellos el suyo. Cortó el apoyo económico a la Universidad de Buenos Aires, a la Casa de Niños Expósitos, a la Sociedad de Beneficencia y a los hospitales, y que cada uno se proveyera de los fondos con colectas para pagar sueldos, porque mientras durase el bloqueo, no podría girarle un peso más.

 

Hizo del bloqueo una causa nacional y fogoneó la xenofobia entre sus seguidores al hacer correr la versión de que Francia pretendía colonizarnos.

 

Para la actividad agrícola ganadera, el bloqueo fue un mazazo letal: recién se estaban recuperando de la increíble sequía de 1836.

 

Para colmo de males, la Confederación, desde principios de ese año, mantenía una guerra con Bolivia y miraba de reojo los movimientos de los unitarios, que no demoraron en aliarse a los franceses.

 

Rosas dispuso una importante baja de la tasa de ingreso de productos importados, estimulando el contrabando. Tanto comerciantes argentinos como extranjeros contribuyeron con un empréstito voluntario.

 

El 25 de mayo la ciudad apareció empapelada con carteles con la leyenda “¡Viva el 25 de mayo! ¡Muera el tirano Rosas!”. Su primo Anchorena fue a su casa a advertirle que había un plan para asesinarlo.

 

El gobernador había decidido someter a la legislatura la correspondencia oficial que mantenía con los franceses para acordar los pasos a seguir, y se conoció un plan para declararlo incapaz para gobernar y reemplazarlo por un triunvirato. Pero los legisladores no hicieron nada.

 

Desde su exilio, José de San Martín se enteró del bloqueo. En una carta del 5 de agosto de 1838 a Rosas escribió que si aquel lo creyera necesario, esperaría sus órdenes, y que tres días después dijo: “me pondré en marcha para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine”.

 

San Martín describió el bloqueo en una carta del 10 de julio como “violento abuso del poder”. Criticó la actitud de los unitarios, unidos a los franceses: “…no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

 

El 20 de octubre Rosas sufriría otro golpe, la muerte de su esposa Encarnación Ezcurra. Al regreso del entierro, el coronel Vicente González sugirió llevar un cintillo punzó en el quepi militar, arriba del crespón negro por el luto. Se popularizó tanto que su uso se generalizó y acompañó la divisa federal que se debía lucir en el pecho.

 

A comienzos de 1839 Rosas supo de un complot entre unitarios, franceses y algunos federales, que pasaría a la historia como la conjuración de Maza, que debía estallar en una acción combinada de insurrección en la ciudad y en la campaña bonaerense, al que se sumaría el desembarco de Juan Lavalle. Los conjurados terminaron derrotados en el combate de Chascomús, hubo fusilados como Ramón Maza y asesinados, como su padre Manuel Vicente, por la Mazorca.

 

El desgaste y el intríngulis político en que se vio envuelto Francia, que no veía ningún avance concreto con el bloqueo, la llevó a ser más práctica y el 29 de octubre de 1840 se firmó, a bordo del buque francés Bolonnaise un acuerdo entre el ministro de exteriores Felipe Arana y el vicealmirante Angel René Armand de Mackau. En ese acuerdo se estableció que el gobierno argentino reconocería indemnizaciones a franceses que hubieran sido perjudicados, y cada caso sería estudiado por media docena de árbitros. Francia levantaba el bloqueo, devolvía la isla Martín García, que la había tomado el 11 de octubre de 1838, y de ahí en adelante los ciudadanos franceses tendrían las mismas prerrogativas y derechos que cualquier otro extranjero.

 

Rosas salió como ganador y los unitarios, al ser ignorados por los franceses, quedaron librados a su suerte. No sería el fin de la historia. El país sufriría otro bloqueo, habría combates y mucha épica.

 

Fuentes: Historia de la Confederación Argentina, tomo II, de Adolfo Saldías; El gran bloqueo, por Antonio E. Castello; Historia Naval Argentina, de Teodoro Caillet-Bois.

UN PRÓCER FALSIFICADO


Por Franco Ricoveri

La Prensa, 14.01.2026

 

- Abuelo, ¿no estaríamos mucho mejor si San Martín nos hubiese gobernado en vez de irse del país?

 

- ¡Qué complicado lo que me preguntás! La política argentina de entonces, como la de siempre, era un asco. Hecha de mentiras, traiciones, protagonizada muchas veces por personajes incapaces pero ambiciosos. San Martín se va cansado de tanta porquería. Lo echamos con nuestras trampas, miserias, envidias…Se fue en 1824 y nunca más volvió. Lo hubiese querido y hasta lo intentó, pero al llegar al puerto, ni bajar pudo. Desde entonces creo que los argentinos tenemos el deber de “hacer una Patria sanmartiniana”, cumplir con sus sueños… Ya sabés que “naturalmente” me cuesta ser optimista, pero lo soy “sobrenaturalmente”. Y si Dios nos dio una figura tan grande es que espera de nosotros algo inmenso. Fijate lo que siempre les digo: no hay figura en la Historia contemporánea que se le compare. ¡Ni siquiera los yanquis tienen un San Martín entre sus próceres! Y, para no irme por las ramas y contestarte, remarco una sola de sus muchas virtudes: la coherencia.

 

Y justamente la falta de coherencia es lo que destruyó (y destruye) la vida política de las naciones. A nosotros nos duele especialmente la nuestra, y está bien, pero es “mal de muchos…”

 

- … consuelo de tontos”.

 

- Exacto. Voy a contarte lo que pensaba el gran José de San Martín sobre la política. No era un hombre que se metiera mucho en esas cosas; él mismo decía que de política entendía “menos que de nada” y que tenía una “espantosa antipatía a todo mando político”. Pero lo cierto es que cuando tocó juzgar nuestra política, lo hizo con una claridad impresionante, siempre poniendo por delante el bien del país y no las banderías de partido.

 

Mirá, San Martín no era ni probritánico, ni liberal, ni republicano fervoroso como muchos quieren pintarlo hoy. Él creía, con toda franqueza, que la Argentina –y las nuevas naciones americanas– solo encontrarían paz, libertad y prosperidad bajo una monarquía constitucional.

 

Lo dijo claro en 1829, cuando le ofrecieron el gobierno de Buenos Aires después del fusilamiento de Dorrego: “Es conocida mi opinión de que el país no hallará jamás quietud, libertad ni prosperidad sino bajo la forma monárquica de gobierno”. Ya lo había sostenido años antes en el Congreso de Tucumán. Y advertía que, si no se adoptaba eso, vendrían “mil desgracias” antes de llegar al mismo punto. Y fíjate, han pasado siglos y todavía andamos tropezando con muchas de esas desgracias que él vaticinó. San Martín siempre actuó no por ambición personal, sino porque entendía que lo primero era ser independientes; la política debía subordinarse a eso.

 

Y así lo hizo toda su vida: en 1819, cuando le ordenaron volver con el Ejército de los Andes para imponer la Constitución unitaria de Buenos Aires a las provincias, desobedeció. Cruzó los Andes, liberó Perú y aseguró la independencia. Muchos lo criticaron, diciendo que abandonó la patria en guerra civil, pero él sabía que imponer por la fuerza un unitarismo rechazado por las provincias solo traería más desastre. Y tenía razón: evitó que el país se desangrara.

 

EN EL EXILIO

 

Cuando estaba en el exilio, tanto unitarios como federales le ofrecieron el mando para pacificar el país, y él rechazó a ambos. En una carta al general Guido explicó por qué: el país estaba tan dividido que quien gobernara tendría que apoyarse en una facción y convertirse en “verdugo” de la otra. Predijo con exactitud lo que vendría: un gobierno militar fuerte, la necesidad de eliminar a uno de los partidos. Y eso hizo Rosas. San Martín no solo lo predijo, sino que lo comprendió y lo admiró.

 

Vio en Rosas al hombre que, con mano firme, logró la unidad nacional y defendió la soberanía contra las potencias europeas. Criticaba duramente a la oligarquía porteña, a los que sabía responsables de “inmensos males” por su “infernal conducta”: centralismo egoísta, descuido de la guerra independentista, tratados humillantes, guerra civil provocada. Decía que preferían ver el país destruido con tal de que Buenos Aires brillara.

 

Y cuando los unitarios se aliaron con Francia durante el bloqueo, San Martín los tildó de traidores: “lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

 

En 1850, poco antes de morir, expresó su orgullo por ver la paz, el orden y el honor restablecidos bajo Rosas. Y en su testamento le legó su sable corvo al “Restaurador”, reconociéndolo como el continuador de la obra de unidad nacional. La izquierda siempre lo detestó, pero el liberalismo histórico, en cambio, quiso sumarlo a sus filas y borrar estas opiniones. Preferían, “una leyenda cómoda”. Como no pudieron ocultarlo, lo “falsificaron”.

 

- ¿Cómo?

 

- Los liberales argentinos –esos que empezaron con Moreno y Rivadavia y siguen vivos y vivillos– han “pegado” a San Martín a su ideología como si fuera parte de ella, pero en realidad lo persiguieron, calumniaron y después, cuando ya no podían borrarlo, lo falsificaron para justificar sus propios fines. Lo recibieron en 1812 llegando de Londres en un barco inglés, le dieron mando rápido porque servía a sus planes, pero después lo hostigaron hasta obligarlo a irse a Europa “como a un facineroso”, según las propias palabras. Y tras su muerte, lo elevaron a los altares cívicos, inventándole una historia a medida: un San Martín liberal, masón, amigo de los ingleses, que “renunció” noblemente al poder para no entrometerse en la política. Pero todo eso es pura mentira…

 

Escribieron una historia falsa en donde ellos eran la “civilización” y el interior la “barbarie”, justificando así traiciones y entregas territoriales. Esa historia oficial ocultó al San Martín real. Y falsificándolo nos alejó de nuestro pasado heroico: las victorias de Rosas contra Brasil, Francia e Inglaterra que salvaron la integridad americana. Nos hizo perder territorio (Patagonia, Misiones) y nos dejó con problemas de ayer que son los de hoy. ¡Hasta nos alejó de la heroica derrota de nuestros guerreros de Malvinas!

 

No hay que inventar un San Martín liberal, sino reconocer al real: patriota hispánico, católico en lo profundo, enemigo de la secta liberal-masónica-inglesa y “algo más” que nos dominó y sigue dominando.

 

Y reencontrándonos con el Libertador, haremos lo que se espera: una Patria sanmartiniana.