de la formación de nuestras primeras milicias
Por Roberto L.
Elissalde
La Prensa,
12.09.2026
El 12 de agosto de
1806 las improvisadas tropas de Buenos Aires, con la ayuda de las que envió el
gobernador de Montevideo, el brigadier don Pascual Ruiz Huidobro -algo que no
siempre se recuerda-, realizaron el ataque general por casi todas las calles
que convergen en la Plaza Mayor, con tal éxito que el general Beresford,
viéndose perdido y viendo morir a su ayudante junto a él, se replegó al Fuerte
y levantó bandera de parlamento.
El general
británico y sus oficiales entregaron sus espadas a Liniers, quien, con la
hidalguía que lo caracterizaba, se las devolvió como homenaje al valor con que
habían combatido.
Dos días después
se convocó a un Cabildo Abierto y el pueblo exigió con vehemencia que el virrey
Sobremonte no se hiciera cargo de nuevo del gobierno, que debería delegar en el
capitán de navío don Santiago de Liniers para el mando de las tropas, y en el
Regente y Oidores de la Real Audiencia, para el gobierno civil.
En cumplimiento de
las instrucciones del Cabildo, Liniers convocó al vecindario para organizar
milicias, con el objeto de prepararse para la defensa ante los refuerzos que
los ingleses podrían enviar, luego de haber despachado a Londres los partes de
la toma de la ciudad y el tesoro capturado.
El 6 de setiembre
de 1806, después de elogiar la bravura de los hijos de Buenos Aires, los
convocó a reunirse en cuerpos separados para la defensa del suelo que acababan
de reconquistar.
En la proclama del
día 9 les recordaba que "uno de los deberes más sagrados que tiene el
hombre es la defensa de la Patria que le alimenta; y los habitantes de Buenos
Aires han dado siempre las más relevantes pruebas de que conocen y saben
cumplir con exactitud esta preciosa obligación… con este objeto… vengo en
convocarlos… para que concurran a la Real Fortaleza, los días que abajo irán
designados, a fin de arreglar los batallones y compañías nombrando los
comandantes y sus segundos, los capitanes y sus tenientes, a voluntad de los
mismos cuerpos".
Los días señalados
para la concurrencia, a las dos y media de la tarde, fueron: miércoles 10,
Catalanes; jueves 11, Vizcaínos o Cántabros, Gallegos y Asturianos; viernes 12,
Andaluces, Castellanos y Levantiscos; y Patricios, el lunes 15. Y finalizaba la
proclama con estas palabras: "Ninguna persona en estado de tomar las armas
dejará de asistir, sin justa causa, a la citada reunión, so pena de ser tenida
por sospechosa y notada de incivismo, quedando en tal caso sujeto a los cargos
que deban hacérsele".
PRIMERA RESPUESTA
PATRIOTICA
Merece reconocerse
también que los primeros que se alistaron ante la invasión británica fueron un
grupo de paisanos liderados por Juan Martín de Pueyrredón y sus hermanos
Feliciano -párroco de Baradero-, José Cipriano y Juan Andrés; Martín Rodríguez,
Diego de Herrera y Martín Rivero, que desde su estancia La Figura, en
Chascomús, llegó con un buen contingente de paisanos. Don Juan Martín, de su
propio peculio, se encargó del abastecimiento y abonó los primeros gastos de la
empresa.
No es necesario
comentar la acción de estos hombres en esos días, pero sí que el 23 de agosto,
estando reunido el Cabildo, se presentó Pueyrredón y entregó el guión o
estandarte del Regimiento 71, que había arrebatado el día de la Reconquista
cuando quien lo portaba intentó ocultarlo. El 5 de setiembre, un día antes del
llamado a las armas de Liniers, el Cabildo premió con una medalla a los que se
habían reunido para combatir en Perdriel, que luego pasaron a la otra banda y
participaron de la Reconquista, porque, según el documento, "se habían
sostenido a su costa en todos los relacionados servicios y no han querido en
obsequio de la Patria gratificación alguna".
El 20 de
setiembre, Pueyrredón había formado y "uniformado costosamente y a sus
solas expensas" al primer escuadrón de Húsares, que estaba bajo sus
órdenes, mientras se organizaban los otros dos, con Lucas Vivas y Pedro Núñez
al frente de ellos.
El obispo Lué,
acompañado por Liniers y los cabildos eclesiástico y secular, presidió la misa
que celebró el arcediano Andrés Ramírez; predicó y bendijo el estandarte de los
Húsares el domingo 21 de setiembre, en una lucida ceremonia. Sin duda estos
antecedentes demuestran que los primeros que acudieron en defensa de la Patria
fueron los húsares que formó Pueyrredón por impulso del deber, sin que mediara
convocatoria oficial de ninguna naturaleza, más que el sentimiento patriótico
ante la invasión extranjera.
EL BAUTISMO
Todos concurrieron
con puntualidad al llamado de Liniers. Y a medida que iban organizándose,
procedieron a concurrir a las distintas iglesias con sus banderas para recibir
la bendición. El 12 de octubre concurrieron a Santo Domingo los Cántabros y los
Cazadores Correntinos, que por su poco número se habían unido a los primeros.
El 19 de octubre, con la presencia de Liniers en la iglesia de la Recolección
(la Basílica del Pilar), el obispo Lué, por ser el día de San Pedro Alcántara,
celebró un pontifical y bendijo el estandarte del escuadrón de Húsares
Voluntarios comandado por Lucas Vivas; la predicación estuvo a cargo de fray
Francisco de Paula Castañeda.
El 30 de octubre,
el diocesano bendijo en la Catedral las banderas de los Catalanes, y al día
siguiente, en San Francisco, por la mañana, monseñor Lué bendijo el estandarte
de los Húsares cuyo comandante era Diego de Herrera, y por la tarde, en la
Catedral, la bandera de los Andaluces. Al sonido de las músicas acudía
muchísima gente a presenciar estas ceremonias, que eran rubricadas por salvas
de artillería y, en algunos casos, espléndidos banquetes en la casa de sus
comandantes.
El escuadrón de
Húsares de don Pedro Núñez hizo su presentación pública el 1° de noviembre en
la iglesia de la Merced, mientras que esa misma mañana, en la Catedral, se
bendecían las banderas del Tercio de Galicia.
El 9 de noviembre,
en la Iglesia Mayor, se bendijeron las tres banderas del Cuerpo de Patricios y
la de Cántabros o Montañeses. Todos los cuerpos estaban formados en la plaza y
las banderas y estandartes fueron llevadas al altar, como apadrinando las
nuevas, de modo que tanto color de sedas y tafetanes hicieron un espectáculo de
magnífico esplendor, que conmovía el espíritu patriótico de los concurrentes.
Después de la bendición por el obispo, al ruido de las músicas y la formidable
descarga de fusilería de los Patricios, las banderas marcharon a la Sala
Capitular, mientras que el cuerpo marchó a la casa de su jefe, don Cornelio de
Saavedra, y se tiraban flores desde las ventanas y balcones.
Los Arribeños (de
las provincias del Norte), por ser la mayor parte de ellos peones y jornaleros,
recurrieron el 18 de noviembre al Cabildo para uniformarse, ya que no disponían
de recursos. Ese mismo día el cuerpo acordó entregarles 1.500 pesos para que se
uniformaran los más necesitados.
LA GRAN REVISTA
Ese ejército
realizó el 15 de enero la gran revista militar, suspendida antes a causa de las
fuertes lluvias del verano, que habían convertido los caminos en verdaderos
fangales. A las dos y media de la mañana, desde la Fortaleza, cien tambores con
brillantes bandas de música rompieron la generala, esparciéndose por todas las
calles.
A las cuatro
salieron hacia Barracas por la calle de Santo Domingo, alertando a la población
y a la perrada que, cuando había movimientos no comunes, alborotaba con sus
ladridos. Cada cuerpo marchaba con sus banderas desplegadas y su música tocando
marcha. Alrededor de las cinco de la mañana llegaron al bañado de Santa Lucía.
Poco antes de las ocho lo hicieron las autoridades, y el obispo, que tras el
toque de ordenanza comenzó la celebración de la misa.
En un magnífico
altar, ubicado en el centro del cuadro en que habían formado las tropas,
"para llegar al pie de la mesa tenía que subir doce gradas espaciosas,
cubiertas con magníficas alfombras". Al comienzo de la misa, al Sanctus y
al final, se hizo una descarga de fusilería, seguida por otra de artillería; a
continuación, Liniers, con su estado mayor, revistó a las tropas, que eran más
de 8.000 efectivos.
A la una de la
tarde se sirvió un gran almuerzo que ofreció Liniers a las autoridades, el
Cabildo, la Audiencia, el Obispo, los comandantes y un capitán, un teniente, un
alférez y un soldado de cada cuerpo. Los soldados vivaquearon, al igual que
muchas familias, en los sauzales cerca del Riachuelo, con las vituallas que
había costeado el Cabildo, desde el pan hasta el vino, un barril por compañía.
Terminada la comida, a las cuatro de la tarde se hizo una descarga general de
fusilería y una de artillería que duró tres cuartos de hora y que debió
escucharse hasta la Colonia del Sacramento, dando así noticia a los británicos
apostados en Montevideo de los aprestos militares en la capital del virreinato.
Esta es, en
síntesis, la historia de aquellos primeros momentos de nuestras tropas, a las
que evocamos en estos días en que el Cuerpo de Patricios celebra el 220°
aniversario de su creación.
Roberto L.
Elissalde
Historiador.
Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.