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¿LA CULPA ES DE COLÓN?

 


 las verdaderas motivaciones detrás del juicio póstumo al descubridor de América

 

Claudia Peiró

Infobae, 12 Oct, 2024

 

La primera mujer electa presidente de México se negó a invitar al Rey Felipe VI a su asunción, una afrenta ante la cual Pedro Sánchez anunció que el gobierno español no estaría presente en la ceremonia. Si el gesto resulta absurdo más lo son sus fundamentos.

 

La explicación o reclamo de Claudia Sheinbaum fue que, en 2019, el Rey no respondió la carta del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) con motivo de los 200 años de la independencia de México, en la que le proponía un trabajo bilateral en una hoja de ruta para hacer en 2021 “una ceremonia de alto nivel para que el Reino de España exprese de manera pública y oficial el reconocimiento de los agravios causados y que ambos países acuerden y redacten un relato compartido, público y socializado (¿?) de su historia común”, a fin de iniciar una nueva etapa en sus relaciones.

 

Sheinbaum se consideró agraviada porque esa misiva no recibió respuesta alguna de Felipe VI como según ella “hubiera correspondido a la mejor práctica diplomática de las relaciones bilaterales”. Digamos que la carta de AMLO, además del brutal sesgo histórico que expresaba, era de por sí ofensiva como para aspirar a una respuesta diplomática de la otra parte.

 

Es curiosa la obsesión del ex presidente de México con estos temas. Una posible explicación es que sea por influencia de su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, cuya tesis de maestría en la Universidad de Puebla en 2002 se tituló: “Memoria artificial en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”.

 

De todos modos, las motivaciones de los mandatarios progresistas de estas primeras décadas del siglo para abrazar el indigenismo y la leyenda negra antiespañola no son precisamente domésticas. Corresponden a una política que se repite calcada en todos lados y que está muy lejos de acarrear algún beneficio para los países de la región.

 

Hispanoamérica le debe su unidad cultural a España, pero nuestros políticos -y nuestras políticas- se empeñan en desconocerlo. Una excepción en la izquierda es el ex presidente de Uruguay José Mujica que ha dicho: “Los latinoamericanos tenemos dos grandes instituciones comunes: la lengua [y] la Iglesia católica. Esas son las columnas vertebrales comunes que tenemos en nuestra historia y no reconocerlo es un error garrafal en América Latina. Y yo, por más ateo que sea, no voy a cometer ese error”.

 

Claudia Sheinbaum dijo que la relación con España “se beneficiaría con una renovada perspectiva histórica”. Pero si se parte de la caracterización de la conquista y colonización española como un genocidio y se plantea la ridícula exigencia de que pidan perdón los de hoy por supuestos agravios de hace 500 años, sólo cabe imaginar perjuicios para la relación.

 

Es una manía propia de la cultura occidental en crisis esto de los arrepentimientos y pedidos de disculpas extemporáneos.

 

Claudia Sheinbaum también subrayó la importancia que tiene para ella el reconocimiento de los pueblos indígenas. Y acá nos acercamos a un aspecto del tema. No hablemos de culpas. De lo que corresponde hablar es de responsabilidad. ¿Quién tiene en el presente más responsabilidad por la situación de marginalidad en la que se encuentran muchas comunidades aborígenes en nuestros países? Pues precisamente los presidentes -y presidentAs- progresistas, bolivarianos, populistas, demagogos, de las últimas dos décadas y de la actual, porque en sus manos están los resortes políticos, económicos, sociales y culturales para poner remedio a esa situación, para favorecer el desarrollo de esas comunidades y para promover un mayor mestizaje étnico y cultural, porque ese es el camino virtuoso, y no -con la excusa del respeto- un apartheid. Pero es más fácil culpar a Colón.

 

Como dice el historiador español Juan Eslava Galán: “Mientras culpan a España no se ocupan de sus verdaderos problemas. España se fue de allí hace más de doscientos años. Son países potencialmente muy ricos pero tienen gravísimos problemas sociales y estructurales, algo se estará haciendo mal”.

 

Lo llamativo es la coordinación con la cual estos políticos se lanzaron a la cruzada antiespañola. Con iniciativas idénticas unas de otras. Con un mismo guión. Como si alguien los mandara…

 

Por caso, Claudia Sheinbaum y Cristina Kirchner no tienen en común solamente el hecho de reclamar que las llamen “presidentAAAA”; las dos experimentaron el mismo brote iconoclasta anti Colón.

 

La Sheinbaum lo hizo cuando era alcaldesa de la Ciudad de México. Retiró la estatua de Cristóbal Colón del Paseo de la Reforma para reemplazarla por la de una mujer indígena… De manual. “Claro que Colón fue un gran personaje universal y también hay que reconocerlo, pero creemos que, en el centro de nuestra ciudad, tiene que haber un reconocimiento a la mujer indígena”, justificó.

 

¿Por qué una cosa contra la otra? Desde el primer momento de la conquista de México por Hernán Cortés, muchas mujeres indígenas se casaron con españoles, dando lugar a lo que hoy es el pueblo mexicano, detalle que no parece importar a los gobernantes. La corona española tan denostada fue la promotora de los casamientos mixtos. La reina Isabel lo ordenó: “Cásense españoles con indias e indias con españoles”.

 

En 2012, el diario ABC publicó la impresionante lista de los atentados post mortem que ha padecido el descubridor (sí, descubridor) de América en estos años. Allí señalaban que Sheinbaum no tuvo en cuenta el valor patrimonial de la obra que removió y que era “el conjunto histórico más antiguo de la avenida”.

 

Un atropello patrimonial parecido al que ya había cometido Cristina Kirchner, cuando removió un hermoso conjunto escultórico donado por Italia, que decoraba elegantemente los fondos de la Casa de Gobierno, para poner en su lugar una pobre estatua de Juana Azurduy que luego hubo que quitar porque no resistía la intemperie...

 

Un atentado al buen gusto pero sobre todo un atentado a nuestra identidad. Somos parte de la cultura occidental por nuestra historia, les guste o no a los (y las) indigenistas.

 

También a Estados Unidos llegó la campaña de vandalización de monumentos a Colón y una estatua de bronce del navegante fue decapitada en un parque de Nueva York, en 2017, por acción de grupos pro derechos civiles de los afroamericanos para denunciar a los supremacistas blancos. ¿Qué culpa tiene Colón?

 

Varios gobernantes demócratas se sumaron a esta campaña, decía el ABC, “con medidas y argumentos ideológicos similares a los que esgrimió el chavismo”. Por ejemplo, suspendieron los tradicionales homenajes en muchos estados. “Es curioso que fuera una de las ciudades con raíces hispanas más profundas la que acabara también con el Día de Cristóbal Colón y lo sustituyera por el Día de los Pueblos Indígenas”, decía el diario, en referencia a Los Ángeles.

 

Lo mismo hicieron Denver (Colorado), Berkeley (California), Phoenix (Arizona), Albuquerque (Nuevo México), Minneapolis (Minnesota) y Seattle (Washington).

 

Es curioso que culpen a Colón por el exterminio aborigen que fue en realidad obra de los colonos blancos en su fiebre del oro. como explica Alfonso Borrego, bisnieto del célebre jefe apache Geronimo.

 

Los demócratas deberían además recordar lo que dijo uno de sus más destacados presidentes, John Fitzgerald Kennedy: “Una de las grandes omisiones de los americanos en este país, en lo que se refiere a su pasado, ha sido el desconocimiento en su totalidad de la influencia, exploración y desarrollo españoles a lo largo del siglo XVI en el sudeste de los EEUU lo que constituye una historia formidable. Desgraciadamente demasiados americanos piensan que América fue descubierta en 1620 y se olvidan de la formidable aventura que tuvo lugar durante el siglo XVI y principios del XVII en el sur y en el sureste de los Estados Unidos”.

 

En Venezuela, el estilo chavista metió la cola y el 12 de octubre de 2004, Cristobal Colón, es decir, su estatua, fue juzgada y condenada a muerte por “genocidio”. La pantomima consistió en ponerle una soga al cuello y derribarla. Todo un acto de arrojo. Colón fue arrastrado por el suelo y colgado en medio de cantos y bailes de euforia. Hugo Chávez cambió además el Día de la Raza por el Día de la Resistencia Indígena.

 

Payasadas similares se replicaron en Bolivia, donde en 2018 fue vandalizada la estatua de Colón ubicada en el Paseo del Prado de La Paz. ABC destaca que esto pasó justo después de que el alcalde de Los Angeles retirara la estatua de Colón, y que Evo Morales aplaudió esa iniciativa con un mensaje en Twitter: «Saludamos al hermano concejal de Los Ángeles, Mitch O’Farrell, descendiente de la tribu Wyandotte de Oklahoma, que logró que se retire la estatua de Cristóbal Colón del Grand Park de esa ciudad. Coincidimos con él en que el llamado descubrimiento fue un genocidio y un saqueo de los recursos naturales”.

 

Es curioso ver cómo estos referentes izquierdistas que antes quemaban banderas norteamericanas ahora se las toman con Colón…

 

Unos días antes de viajar a España en visita oficial, en mayo del 2023, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, reivindicó la lucha de su pueblo por “liberarse del yugo español; destronar reyes, duques y príncipes; acabar con privilegios y con un régimen productivo de esclavistas que condenaban al hombre negro a ser esclavo por perpetuidad”.

 

“Era una sociedad del yugo”, insistió en referencia a la América precolombina, pero no rechazó el collar de la Orden de Isabel La Católica que le dieron poco después…

 

Sheinbaum, como antes AMLO, Petro, Evo Morales y otros, son repetidores de la leyenda negra antiespañola. La ignorancia histórica no alcanza para explicar esto. Hay una deliberada opción por estos discursos y no tenemos por qué pensar que son ingenuos.

 

En la polémica entre México y España, varios referentes de Podemos se alinearon con el relato de Sheinbaum. Esto llevó al historiador español Gonzalo Rodríguez García, a decir: “La izquierda en España trabaja para que España deje de existir. Conspira para que España se deconstruya. La izquierda es antiespañola”.

 

“México es fruto de la acción de España en América -siguió diciendo-. México existe porque España llegó a América. Hernán Cortés destruyendo la tiranía antropófaga azteca es el creador de México. México existe por la labor civilizatoria de Cortés (que) lo logra gracias a los pueblos mexicas que lo ayudan a derrocar a una casta sacerdotal envilecida”.

 

Aunque se autoperciba azteca, AMLO no tiene una sola gota de sangre indígena. Es ciento por ciento español genéticamente hablando. Sus cuatro abuelos eran españoles. Si fuese coherente con su planteo debería subirse a un barco y marchar a España. Porque si los españoles del siglo XXI tienen alguna culpa por injusticias cometidas durante la Conquista -que las hubo- él es tan responsable como ellos.

 

Rodríguez García decía otra cosa muy cierta: “A quien más daña la confrontación es a los mismos americanos porque pierden una palanca fundamental de arraigo y comprensión de sí mismos”.

 

Por caso, en 2017, Petro decía: “El 12 de octubre se conmemora una invasión, un genocidio, una conquista, un saqueo. Jamás hubo un descubrimiento”. Se equivoca y en grande. Del 12 de octubre en adelante, no solo los españoles -y a través de ellos todos los europeos- descubrieron América; también lo hicieron los indígenas, que no tenían ni idea de que vivían en un territorio que era parte de un todo mayor, ni conciencia de la existencia de otras etnias indígenas a lo largo y ancho del continente. Salvo las vecinas con las que vivían en estado de guerra.

 

Ni hablar del genocidio que no se condice en absoluto con la política de mestizaje que dispuso la Corona desde el primer momento, ni con la creación de instituciones políticas, jurídicas y culturales, etc. Si prefieren un argumento más pragmático, más materialista, en modo alguno podían los conquistadores llevar a cabo un exterminio masivo de indios porque sin las poblaciones locales era imposible cualquier desarrollo o aprovechamiento de las riquezas y recursos del nuevo continente.

 

Eslava Galán sostiene que “con la conquista española no hubo etnocidio, sino mestizaje, se fomentaron los casamientos mixtos y una sociedad mestiza, algo que no se dio en ninguno de los demás colonialismos europeos”.

 

Otro argumento indigenista es la exaltación de la cultura precolombina, una fantasía. Los mismos que viven criticando la religión católica, reivindican los cultos nativos, pasando por alto su crueldad.

 

Claudia Sheinbaum dijo ser una persona de fe, aunque aseguró no profesar ninguna religión. Pero la de su familia, el primer monoteísmo -”nuestros hermanos mayores”, como decía Juan Pablo II-, no promovía los sacrificios humanos como la de los aztecas.

 

La azteca “era una religión despiadada -dice Eslava Galán- Abrían el pecho a la víctima y le sacaban el corazón palpitante”. “La arqueología nos sigue dando pruebas cada día, han aparecido cráneos mexicas de niños y mujeres atravesados por cuchillos. Se empieza a subrayar que era un sistema muy cruel. Los mexicanos lo saben” pero “hay algún demagogo, como López Obrador…”

 

Rodríguez García dijo también que “no hay izquierda nacional en España”. Tampoco la hay en Argentina, ni parece haberla en los demás países del continente.

 

La mala política es producto de la falsa historia, como dice el politólogo Marcelo Gullo. Estos discursos anti hispanistas e indigenistas no son inocuos. Son antinacionales y antipatrióticos. Van creando el clima para la división, la fragmentación territorial y social, además de servir para desviar la atención de los verdaderos problemas y de los “colonizadores” del presente.

EL VERO ROSTRO DE LA PATRIA


 Y SU FALSIFICACION

 

  Edgardo Atilio Moreno

 

Crítica revisionista, 12 de mayo de 2019

 

Un revisionista notable, Federico Ibarguren, decía que “la vera imagen de la Patria, el Ser Nacional argentino, reconoce su origen en el catolicismo español de la contrarreforma religiosa”[1]. Y no se equivocaba. Basta con remontarnos a nuestros orígenes históricos, a los siglos XVI y XVII, es decir a la etapa en la que comenzamos a nacer como nación, para comprobar que esto es así. En efecto, son los valores del catolicismo y la cosmovisión de la hispanidad, con su visión trascendente de la vida terrena, los que están en la esencia y en las bases de nuestra identidad nacional.

 

Hoy sin embargo, considerando la espantosa decadencia moral y el ataque permanente al que se ven sometidos todos los fundamentos de nuestra nacionalidad; nuestras costumbres, cultura, religión, etc., resulta claro que esta Argentina actual no tiene nada que ver con aquella patria que heredamos de nuestros antepasados, aquella nación digna  que podía reivindicar para sí ser la hija legitima de un imperio civilizador que había conquistado y evangelizado medio orbe.

 

Sin lugar a dudas la Argentina de hoy seria irreconocible para quienes la forjaron. A lo largo de su devenir histórico se le fue imponiendo de forma paulatina una tradición contraria a los principios que le dieron el Ser; de tal modo que su vero rostro se desfiguró completamente, su identidad verdadera fue adulterada, y ello no sucedió por casualidad.

 

En efecto, el secular proceso de demolición de nuestra identidad nacional tiene un sujeto activo que fue su inspirador y su gestor; y que no es otro que el liberalismo. Ese error monstruoso, con su falso concepto de libertad, ha sido la perdición no solo de nuestra patria sino de todas las naciones cristianas que otrora configuraron la Cristiandad.

 

Por eso, la clave para entender el drama que signa toda la historia argentina estriba en tener presente la pugna que se dio entre su tradición hispano-católica, que daba primacía a las realizaciones espirituales; y la tradición liberal, extranjerizante y materialista, que es su antítesis.

 

Cabe aclarar que esta última tradición –es menester reconocerlo-, al igual que la primera, también nos vino de nuestra Madre Patria. Porque si bien la Argentina se fundó bajo el signo de la cruz y la espada, durante  el apogeo de la cristiandad hispánica;  sin embargo el plexo de valores de esa tradición fundacional comenzó a ser negado tempranamente con las ideas del despotismo ilustrado, racionalista, secularista y afrancesado, que en el siglo XVIII nos llegó desde España, gobernada a las sazón por la dinastía borbónica.

 

Fue entonces, durante ese periodo en el que reinaron los monarcas de la Casa de  los Borbones, que se introdujeron en España las ideas de la Ilustración; con su culto a la razón y su desprecio por la religión; con su dogma del Progreso Indefinido y su antropocentrismo prometeico. Y esas ideas, que luego en Francia serian el disparador de la endemoniada Revolución de 1789; en España serán el germen de la ruina y la destrucción del Imperio hispano-católico. Ello sobre todo durante el reinado de Carlos III; un rey que se rodeó de ministros masones (Floridablanca, el conde de Aranda, Campomanes, etc) y que bajo esa influencia dispuso la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús; una orden religiosa que había planteado una férrea oposición a las ideas de la Ilustración.

 

Ciertamente, fueron los jesuitas quienes, ante el avance del movimiento ilustrado, con más ardor defendieron la ortodoxia católica; y es por ello que los “Hombres de las Luces” trataron por todos los medios de neutralizarlos. Lo confiesa Voltaire en una carta a Helveticus, en la que decía: “cuando hayamos eliminado a los jesuitas habremos dado un gran paso adelante en nuestra lucha contra lo que detestamos”. Se refiere Voltaire, obviamente, a la Iglesia Católica.

 

Así pues, sacados del medio los padres de la Compañía de Jesús el gran paso que ansiaban dar los ilustrados fue dado, y con ello la difusión de los ideales del Iluminismo quedó asegurada. A partir de entonces los días del Imperio Hispanoamericano estaban contados.

 

En América, la formidable labor civilizadora y evangelizadora que desarrolló la Compañía es larga de enumerar. Sus misiones incluso jugaron un papel vital en la defensa de las fronteras del Imperio ante el avance portugués. Sus colegios y universidades fueron centros de enorme difusión cultural; en ellos se enseñaron las ideas filosóficas- políticas del padre Francisco Suarez, doctrina universalmente aceptada entre los católicos de entonces, que se oponía al absolutismo y al despotismo ilustrado.

 

Menéndez  Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, dirá que la expulsión de los jesuitas contribuyó indudablemente a acelerar la pérdida de las colonias americanas. En efecto, no hay dudas que tan impopular medida desprestigió gravemente a la autoridad española entre los criollos americanos y dejó un vacío casi imposible de llenar.

 

De todos modos los principios de la escolástica que estos enseñaron (especialmente la teoría suareciana de la retroversión del poder) calaron hondo en la inteligencia de los criollos, de tal forma que fueron esos los presupuestos filosóficos a los que se apeló durante las jornadas de Mayo de 1810; cuando desaparecida toda autoridad legítima en España los americanos se vieron obligados a dotarse de un gobierno propio. Por supuesto que ello amén de que la propia legislación española (.las Partidas de Alfonso el Sabio) preveía que esto fuera así; es decir que ante la muerte o ausencia del rey, sin que este haya dejado un regente, la soberanía se revirtiera en los pueblos.

 

Lamentablemente, luego de establecido el primer gobierno patrio surgió entre sus miembros dos tendencias claramente diferenciadas y enfrentadas. Por un lado una tendencia católica, sinceramente monárquica e hispanista; encabezada o representada por el jefe del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra. Y por el otro lado, una tendencia influenciada por las ideas de los filósofos de las luces, liberal y jacobina, cuyos principales exponentes fueron Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo.

 

Y aunque en esa primigenia etapa del proceso independentista los primeros gobiernos patrios aun hacían una expresa profesión de Fe católica, muy pronto emergieron los primeros intentos de apostasía social con la política irreligiosa de Martin Rodríguez y su nefasto ministro Bernardino Rivadavia. Pero los cimientos de la argentinidad aún estaban firmes, y contra dicha política impía se alzaron –lanza en mano- las mesnadas criollas conducidas por el caudillo riojano Facundo Quiroga bajo el estandarte medieval de “Religión o muerte”.

 

Esa confrontación de índole religioso signa todas las luchas entre unitarios y federales. De modo pues que se equivocan quienes ven en ellas un mero conflicto político o económico, una lucha entre la burguesía portuaria y los caudillos del interior, o entre la oligarquía ganadera y los sectores populares (como lo hacen los revisionistas de izquierda, clasistas o populistas). En realidad, a ambos bandos lo que en el fondo los dividía eran razones culturales y religiosas. Lo que estaba en pugna entonces eran dos diferentes cosmovisiones y dos formas distintas de entender a la patria. Por un lado estaban quienes, sintiéndose orgullosos de su cultura y religión, concebían a la Patria como un legado al que había que conservar y defender; y por el otro estaban aquellos que repudiaban todo lo que fuera autóctono, criollo, e hispano-católico, y que para imponerse no tenían ningún escrúpulo en unirse al enemigo extranjero.

 

Es por ello que mientras los caudillos federales pudieron contrarrestar la impiedad y la traición de unitarios y logistas, nuestra verdadera tradición histórica se mantuvo de pie y vigente; las cosas cambiarían a partir de la caída de Juan Manuel de Rosas.

 

 Rosas no fue solamente un dictador patriota que salvaguardó la unidad nacional y defendió la soberanía; tampoco fue un simple caudillo federal que respetó las autonomías provinciales y protegió las incipientes industrias del interior; fue mucho más que todo eso, fue un verdadero príncipe católico, un gobernante arquetípico que mantuvo vigente en nuestra patria el orden social cristiano heredado, el régimen de la Cristiandad hispánica. Durante su gobierno se puede afirmar sin temor a exagerar que la filosofía del Evangelio presidió todas las acciones de la autoridad política.

 

Prueba de ello es su famosa Proclama del 13 de abril de 1835 (efectuada al momento de asumir como gobernador por segunda vez) en la que dijo: “Ninguno de vosotros desconoce el cúmulo de males que agobia a nuestra amada patria, y su verdadero origen. Ninguno ignora que una fracción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad, de su avaricia, y de su infidelidad, y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha desvirtuado las leyes, y hécholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantido su impunidad; ha devorado la hacienda pública y destruido las fortunas particulares; ha hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales, y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y perfidia. La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio de estos males no puede sujetarse a formas, y que su aplicación debe ser pronta y expedita y tan acomodada a las circunstancias del momento. Habitantes todos de la ciudad y campaña: la Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia; resolvámonos pues a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto en confusión nuestra tierra; persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros, y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y espanto a los demás que puedan venir en adelante. No os arredre ninguna clase de peligros, ni el temor a errar en los medios que adoptemos para perseguirlos. La causa que vamos a defender es la de la Religión, la de la justicia y del orden público; es la causa recomendada por el Todopoderoso. Él dirigirá nuestros pasos y con su especial protección nuestro triunfo será seguro.”

 

El verdadero Rosas esta retratado en esta proclama que demuestra la importancia que el Restaurador le daba a la religión como fundamento del orden social. Como dice Antonio Caponnetto: “el Caudillo concibió a la Patria como un eco posible de la Civilización Cristiana”[2]; y contra esa idea tradicional de la Patria, se levantaron los unitarios y los representantes autóctonos del liberalismo; de tal modo que la continuidad histórica de la Argentina real y verdadera se truncó definitivamente cuando en 1852 en los campos de Caseros una coalición internacional al mando del Gral. Justo José de Urquiza, derrocó a Rosas y le abrió las puertas a la Republica liberal, masónica y laicista.

 

El primer paso en ese sentido fue el dictado en el año 1853 de una Constitución Nacional informada por los principios filosóficos del iluminismo racionalista y del liberalismo, cuyos pocos preceptos de tónica cristiana –como dijo el notable constitucionalista Arturo E. Sampay- fueron decisiones políticas de índole transaccional atento a que casi la totalidad de la población argentina profesaba en ese momento la religión católica[3].

 

Pero esa población católica, expresión viviente de la tradición fundacional, estaba en la mira de los liberales. Juan Bautista Alberdi, el inspirador de la Constitución, dirá categóricamente en el Capítulo XV de su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina: “Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos…”  Agregando, en el capítulo XXX: “Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella… La Constitución debe ser hecha para poblar el suelo solitario del país de nuevos habitantes, y para alterar y modificar la condición de la población actual.”

 

Esa Constitución, pergeñada por Alberdi y los liberales, será la herramienta jurídica que una sucesión de presidentes masones utilizaría para cambiar la fisonomía y la esencia de la nación argentina; implantando a sangre y fuego los “beneficios” del liberalismo y de la “civilización”. Por ello el profesor Jordan Bruno Genta enseñaba que: “…las Bases de Alberdi postulan el cambio del Ser Nacional como condición imprescindible para la civilización y el progreso  de la Nación. La organización constitucional debe hacerse para asegurar la ruptura y el desprendimiento con el pasado histórico.”[4]

 

Lamentablemente, todos los intentos de resistir y frenar ese proyecto centralista y liberal, como los levantamientos de las montoneras gauchas del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela, fueron uno a uno salvajemente aplastados por los ejércitos mitristas.

 

En efecto, después de la batalla de Caseros, y sobre todo después de Pavon, los “hombres de las luces”, los “civilizados”, sembraron el terror en el país y cometieron una larga lista de crímenes políticos y de matanzas cuyo objetivo último no era otro que terminar con la Argentina tradicional. Así, en 1856 Mitre hizo fusilar al Gral. Jerónimo Costa junto a 126 de sus oficiales y suboficiales, estando rendidos y sin ningún tipo de proceso legal; Venancio Flores en 1861 perpetró la misma salvajada en Cañada de Gómez, degollando a unos 400 federales rendidos; igual destino corrieron los gauchos del Chacho Peñaloza, y el propio Chacho, cruelmente asesinado; por citar algunos casos emblemáticos.

 

Uno de los responsables de esa política criminal fue Domingo Faustino Sarmiento; este en su famosa carta a Bartolomé Mitre del 20 de septiembre de 1861, le decía: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos”; demostrando así el odio y el desprecio que la nueva clase gobernante le tenía al exponente típico de la argentinidad, al gaucho.

 

La idea fuerza de ese liberalismo triunfante, difundido por Alberdi y el masón Sarmiento; y llevado a la práctica por la llamada Generación del 80, quedó resumido de manera tajante en la formula sarmientina “Civilización y Barbarie”. Esa dicotomía expresaba perfectamente el rechazo absoluto por nuestra tradición primigenia, y el desprecio impío de nuestra cosmovisión hispano-católica, que el liberalismo planteaba, pues según ella “Civilización” venía a ser todo lo europeo y “Bárbaro” todo lo nuestro.[5] 

 

Otro hito fundamental para la imposición de la tradición iluminista, liberal, masónica y laicista que falsificó nuestra identidad nacional fue la sanción en el año 1884, durante el gobierno del Gral Julio A. Roca, de la Ley 1420 que estableció la educación laica en las escuelas.

 

En efecto, los liberales de la Generación del 80 consideraban imprescindible para la consolidación de una sociedad materialista, orientada e imbuida por la filosofía positivista, la eliminación de la enseñanza católica en las escuelas. Con ese fin es que llevaron adelante su política educativa, y en esto coincidían plenamente con los objetivos de la Masonería que ansiaba expulsar a Cristo de las aulas como una forma de ir eliminando toda influencia del catolicismo en la sociedad.

 

Enrique Diaz Araujo dice sobre estos hombres que: “su ideal indiscutido era el progreso material, agnósticos o ateos en religión, optaron legislativamente por el laicismo anticlerical…”[6]

 

Concurrentemente con el establecimiento de la educación laica, los liberales se dieron también a otra tarea fundamental para imponer sus ideas, la de falsificar nuestra historia. Esa versión amañada de nuestro pasado, que comenzó con las obras de Bartolome Mitre y Vicente Fidel Lopez, se convirtió en la Historia Oficial de la Argentina y cualquier disenso con ella fue duramente anatemizado. Generaciones de argentinos fueron educados pues con esta historia falsificada que se escribió no para transmitir y recrear una cultura propia sino para copiar la ajena; y por supuesto, para justificar en definitiva toda la acción política de la oligarquía gobernante.

 

Contra esa historia oficial liberal, pero paradojalmente dogmática, se alzó la escuela revisionista, con exponentes como Alberto Ezcurra Medrano, Federico Ibarguren, Julio Irazusta, Vicente Sierra, Manuel Galvez y Ernesto Palacio, entre otros. Esta corriente historiográfica al desmontar la interpretación liberal de nuestra historia, develando sus ocultamientos y exponiendo sus mentiras, no solo recuperó la verdad histórica sino que mostró el verdadero rostro de la Patria. Como dice Antonio Caponnetto: “El revisionismo original procuró, mediante la rectificación de los errores a designios, el redescubrimiento y la consiguiente revalorización de nuestra estirpe hispano-católica”[7].

 

Esa tarea –que los primeros revisionistas cumplieron con creces- hoy lamentablemente se encuentra interrumpida ya que aquel revisionismo originario y verdadero prácticamente ha desaparecido. Su presencia es totalmente inadvertida y son muy pocos sus exponentes.

 

Lo que se publicita en su lugar es una adulteración del mismo, un neo-revisionismo ecléctico y acomodaticio, inspirado en historiadores seudo-revisionistas, izquierdistas y populistas, como Hernandez Arregui, Eduardo Astesano y Fermin Chavez, que se infiltraron en el auténtico revisionismo e introdujeron en él un análisis dialectico, clasista y materialista. Estos neo-revisionistas que hoy usufructan el prestigio de la vieja escuela revisionista, coinciden en el fondo con los historiadores académicos y profesionales, sean estos liberales, marxistas o sincretistas de toda laya, en su cosmovisión historicista, inmanentista y relativista[8]. Es por eso que todos ellos escamotean la verdad sobre nuestro Ser Nacional y rechazan nuestra tradición hispano-católica.

 

En este estado de cosas lo que se impone a todo historiador, que quiera prestar un servicio a la patria, es revivir y recrear al auténtico revisionismo. Tomar las enseñanzas de los primeros maestros y encarar nuevos estudios que saquen a la luz nuevamente nuestra verdadera tradición histórica. Solo así podremos recuperar nuestra identidad nacional y encontrar las fuerzas para resistir y reconquistar la Argentina real. Nuestro destino como nación depende de ello.

 

                                                                 Edgardo Atilio Moreno

 

[1] Ibarguren, Federico. Nuestro Ser Nacional en peligro. Bs. As. Ed Vieja Guardia. 1987, pag 12

[2] Caponnetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas. Bs As., Ed Katejon, 2013, pag 31

[3] Sampay, Arturo Enrique. La filosofía del Iluminismo y la Constitución argentina de 1853. Revista Verbo N° 303, pag. 43

[4] Genta, Jordan Bruno. Jordan B. Genta. Bs As. 1976. Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino. pag 385.

[5] Por otra parte dicho planteamiento también traía consigo, como conclusión forzada, un sentimiento de inferioridad y un descreimiento en nuestras capacidades para forjarnos un destino independiente; lo cual llevaría a que de la mano de la pregonada “Civilización” se impusiera en lo económico la teoría del librecambio y de la división internacional del trabajo que subordinó nuestro destino a los intereses extranjeros y convirtió al Estado en un agente de los mismos.

[6] Diaz Araujo, Enrique. Aquello que se llamó la Argentina. Ed. El Testigo. Mendoza. 2002. Pag. 51

[7] Caponnetto, Antonio. La polémica sobre Rosas. Revista Verbo N° 297, pag. 87

[8] Al respecto ver Caponnetto; Antonio. Los críticos del revisionismo histórico. Tomo 3

DE LA ESPADA DE BOLIVAR

 

 a la de San Martín

 

 Por: Iris Speroni

 

Crítica revisionista, 7 de diciembre de 2022

 

El 11 de agosto EL MANIFIESTO publicó “La Espada” de Sertorio, autor por quien siento admiración y respeto. Sin embargo, mi visión sobre el proceso que nosotros los americanos, denominamos “La Independencia” y que los españoles peninsulares ven, con justa razón, como el desmoronamiento de un Imperio, necesariamente discrepa.

 

Debo aclarar que mi opinión es la mayoritaria, con matices, entre todos los historiadores profesionales y aficionados argentinos. Aquellos que añoran el dominio español son pocos y no muy bien vistos. En general, estamos muy orgullosos de nuestra gesta emancipadora del tirano Borbón.

 

Discrepo en la importancia dada a la injerencia inglesa en general y la influencia que pudo llegar a tener la Leyenda Negra en particular. Se denomina así a la propaganda creada por Inglaterra y Holanda, mayormente para uso interno, con poco asidero fáctico. Resultaba poco creíble para quienes vivían en América a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, quienes sí tenían bien en claro cómo eran las relaciones con indígenas, negros, mulatos, mestizos y zainos en esos tiempos. Gente pragmática que jamás compraría fantasías insustanciales. Esta fábula, como todo lo whig, fue retomada por el marxismo, el cual nunca se caracterizó en ser apegado a los hechos. En Argentina, la Leyenda Negra entró en circulación a partir de la segunda mitad del siglo XX de la mano de intelectuales universitarios de izquierdas. La acompañan con una Segunda Leyenda Negra sobre la Conquista de la Patagonia (Conquista del Desierto).

 

La Guerra por la Independencia fue una guerra civil. De español contra español. La divisoria de aguas era si se renovaba la lealtad al monarca o no, luego de la vergonzosa abdicación ante Napoleón. Los sustentos ideológicos principales fueron la teoría de la reversión de la soberanía al pueblo del padre jesuita Francisco Suárez y los iluministas franceses. Recomiendo la obra de José Carlos Chiaramonte, "Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846)", Editorial Ariel, Buenos Aires, 1997.

 

¿Por qué nos quisimos divorciar de los Borbones?

 

Voy a hablar únicamente por el Virreinato del Río de la Plata. Mi conocimiento de Bolívar es mínimo por lo que me limitaré a lo que me apasiona que es la historia de mi Patria. Nosotros, quienes admiramos a los Generales Don José de San Martín, Martín Miguel de Güemes y al Almirante Guillermo Brown miramos con cortesía y cierta condescendencia al prócer de Colombia y Venezuela. Prosigo.

 

El final de la Casa de los Austrias fue trágico para América. Las reformas que implementó Carlos III - que, convengamos, fue el mejor de todos los Borbones - fueron devastadoras para los españoles en América. Enumeraré los errores principales:

 

Apoyo a la Independencia de los Estados Unidos. Fue costoso para los reinos de Francia y España. Para Francia, significó la bancarrota y finalmente la pérdida del trono. Para España, una sangría de dinero que solventó América, reforma impositiva mediante.

El decreto real que diferencia a los españoles nacidos en América y en la Península. Durante los Austrias, los súbditos nacidos en América tenían la misma jerarquía que los nacidos en Europa. Era razonable. Los servidores reales desarrollaban una carrera burocrática en diferentes ciudades del Imperio. Ejemplo: cuatro años en Manila, cuatro en El Callao, cuatro en Cartagena de Indias y así. Eran hombres casados cuyos niños nacían en el camino. Muchos, de adultos, entraban al servicio del Rey como sus padres. La incomprensible decisión de Carlos III dejaba fuera de la carrera profesional a decenas de miles nacidos a donde el Rey había enviado a sus padres. En términos modernos equivaldría a negarle a los hijos de un ejecutivo de una multinacional nacido azarosamente en Singapur poder ingresar a una universidad de la Ivy League y luego hacer carrera en Wall Street.

 

La expulsión de los jesuitas. Creo que ésta es la más fuerte de todas. Los jesuitas formaron a la mayoría de las élites españolas en América. Pusieron el cuerpo en la colonización de enormes áreas, los peores lugares a donde el resto no quería ir. Si el Rey le dio la espalda a quien le fue tan fiel (según ojos americanos), ¿por qué no lo haría con el resto de sus fieles súbditos? Más aún cuando, se supuso, fue una decisión tomada por pedido del Borbón francés.

 

El Virreinato del Río de la Plata

La historia nuestra es particular, respecto a otros virreinatos. Para empezar, éramos pobres - comparados con Manila, Nueva España o Perú -.

 

Parte del territorio del Virreinato estaba bajo la administración de los jesuitas sin perjuicio de las concesiones a muchas otras órdenes religiosas y a particulares. Especial mención las Misiones Jesuíticas Guaraníticas, al Noreste de la hoy Argentina. Eran una barrera de contención contra los intentos imperiales de Portugal. Al punto que el Rey dio dispensa legal para armar y entrenar a los indios guaraníes —cosa prohibida—, quienes derrotaron una voluminosa expedición portuguesa (Guerra Guaranítica 1754-1756). Así mismo administraban amplias extensiones en Córdoba y Salta, colegios secundarios y universidades en Córdoba y en el Alto Perú.

 

La expulsión de los jesuitas fue avisada con antelación al rey de Portugal quien preparó una invasión luego de que la decisión real fuera efectiva. El Imperio de Brasil se apoderó de kilómetros cuadrados que hoy integran el sur de ese país (actualmente Río Grande del Sur), además de apresar miles de guaraníes como esclavos y matar otros tantos. Dicho de otra forma: el rey abandonó a sus súbditos a manos de un imperio extranjero. Porque antes, cuando los Austrias, los guaraníes eran súbditos que merecían la protección real (remito al testamento de Isabel la Católica).

 

En 1806 una flota militar británica toma Ciudad del Cabo al sur de África luego de una batalla encarnizada en la cual miles de boers perecieron. Luego de aprovisionarse zarpa para la desembocadura del Río de la Plata. El virrey abandonó la ciudad con el fin de proteger el tesoro (no está mal). La tropa real era escasa y no pudo defender la plaza la cual cayó rápidamente ante el invasor. El comportamiento inglés fue nefasto. Pillaje en conventos, iglesias, comercios y casas de familia, violaciones de mujeres, vejación de monjas de clausura. Lo usual. Tras 47 días de violencia y abusos, tropas venidas del interior junto a civiles armados retomaron la ciudad con un alto costo en sangre. Lo llamamos La Reconquista. Las banderas apoderadas al 71º Regimiento de Highlanders son exhibidas desde entonces hasta la actualidad en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y Convento de Santo Domingo, de la orden dominica, en Buenos Aires.

 

Existe una segunda invasión en 1807, El lapso entre ambas expediciones fue empleado por los porteños para entrenar milicias civiles y pertrecharse. La rendición de los ingleses tras el segundo desembarco fue inmediata.

 

Estos hechos aunados conforman en la población la convicción de que al rey no le importa la protección de sus súbditos, única obligación de un monarca absoluto.

 

La invasión de la Península por el ejército napoleónico

 

¿Qué puede esperar un pueblo de un rey que deja ingresar a su territorio a un ejército extranjero y de tal forma poner el patrimonio y la vida de sus súbditos y la virtud de sus súbditas a riesgo? ¿Qué clase de persona es? ¿Por qué alguien querría ser vasallo de un monstruo traidor semejante?

 

El gobierno de Cádiz a partir de 1808 más la resistencia que duró seis años fueron financiados desde América, en particular desde el Perú. Uno a uno los virreinatos decidieron autogobernarse mientras el Rey estuviera en Valençay, con excepción de Perú que respondía a la Junta de Cádiz.

 

Fernando VII, reinstaurado al trono por potencias extranjeras, se negó a jurar la Constitución de 1812. Ordenó fusilar a quienes se lo pedían, a pesar de haber cuidado el reino en su nombre y resistido al invasor, cosa que él no hizo. Mandó ejércitos a América a recuperar su territorio. Resistimos, cual aldea de Astérix, las Provincias Unidas del Río de la Plata con sede en Buenos Aires. También Asunción (la cual se había emancipado en 1810). Hasta Montevideo había caído.

 

La Independencia de las Provincias del Río de la Plata se declara en 1816. Fue luego de largas negociaciones entre nuestra máxima autoridad Don Juan Martín de Pueyrredón y el embajador del rey. Nuestra única exigencia para renovar la lealtad era que Fernando VII aceptara la Constitución de Cádiz. Meses se demoró la Declaración de la Independencia a la espera de estas tratativas. El rey no dio el brazo a torcer. Nosotros nos divorciamos el 9 de julio de 1816 de la Corona Española y diez días después de toda potencia extranjera.

 

Nos peleamos con el ejército realista durante diez años. En la frontera norte, en el Río de la Plata (Batalla de Montevideo). El Ejército de los Andes liberó Chile y Perú. Guerreamos contra los portugueses (a quienes les ganamos en Ituzaingó y Carmen de Patagones), rechazamos invasiones francesas e inglesas que bloquearon el Río de la Plata intermitentemente durante dos décadas.

 

Estamos orgullosos de nuestra herencia católica, de nuestro idioma y de nuestro acervo todo. Nuestra constitución reza: “Artículo 2º.- El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. Su preámbulo “....invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia…”. Y no hace falta enumerar las contribuciones argentinas a la lengua castellana en los últimos doscientos años.

 

Nos hemos peleado con los ingleses todas las veces que fue necesario y lo volveremos hacer hasta recuperar nuestras Islas Malvinas.

 

Creo que los historiadores modernos españoles recargan las tintas sobre los ingleses porque es autoexculpatorio. Es fácil echarle la culpa de todos los pesares a los ingleses y hacer la vista gorda a los errores propios. “El imperio no se desmoronó por los Borbones, sino porque Gran Bretaña es mala”. Muy fácil.

 

¿Quiso Inglaterra medrar con el Imperio Español? Seguro que sí. ¿Aprovechó las luchas civiles americanas? Sí. ¿Trató que América fuera su mercado luego de perder Estados Unidos? Sí. ¿Contribuyó a la Revolución francesa? Probablemente. Eso no quiere decir que hayan podido hacer mucho. No pusieron ni plata ni hombres ni dinero, excepto en situaciones marginales (Cochrane en Chile y con plata chilena). Sí tuvimos contribución por parte de oficiales napoleónicos en el exilio, pero eso es otra historia. La Independencia fue financiada por nosotros, bañada con nuestra sangre, por decisión nuestra. Porque creímos y creemos que cualquier suerte es mejor que estar bajo un Borbón.

 

Nos habrá ido bien, mal o regular, pero estamos orgullosos de nuestra costosa elección. Subo la apuesta: Argentina volverá a crecer y ser una nación orgullosa bajo la faz de la tierra. Seremos, una vez más, el refugio de todo cristiano, quienes serán perseguidos en Europa cuando ésta caiga indefectiblemente en el paganismo si continúa el actual derrotero.

 

Porque así, ahora como antes, seremos un lugar de resistencia, integrado por hombres y mujeres bravos.

 

En cuanto a España, no soy yo quien para decir qué está bien o mal. Pero a Fernando VII debieron decapitarlo cuando volvió. La Casa de Borbón ha sido la promotora de la disolución general, con la pérdida de Florida, Puerto Rico, Cuba y la disgregación actual de la Península. Cuanto antes se desentiendan de esa gente, mejor.