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AMBROSIO CRAMER

 

 el oficial napoleónico que peleó en Chacabuco, se hizo agrimensor y murió a orillas de la laguna de Chascomús

 

Adrián Pignatelli

La Prensa, 07 Feb, 2025

 

Cuando uno transita por la Autovía 2 en dirección a Mar del Plata y cruza el río Salado, muy cerca se levanta la estancia “La Postrera”, llamada así porque estaba en las postrimerías de la frontera con el indígena. Está cerca de “La Raquel”, ese castillo que se luce en medio de espléndidos jardines y que maravilla al automovilista que viaja hacia Mar del Plata.

 

Todos esos campos, antes de que fueran propiedad de Felicitas Guerrero, una joven viuda que a punto de casarse fue asesinada por un pretendiente, por 1822 habían pertenecido a un francés que había peleado con Napoleón y que encontró la muerte en noviembre de 1839, en la llamada Revolución de los Libres del Sur. Se llamaba Ambrosio Cramer.

 

Nacido en París el 7 de febrero de 1790 en el seno de una familia de alcurnia, a los 18 años era subteniente del Regimiento de Infantería Ligera y en 1813 fue capitán de Voltígeros, una unidad de infantería ligera, experimentados en el manejo de la bayoneta en la lucha cuerpo a cuerpo.

 

Integró el ejército francés en la invasión a España, fue herido en Pamplona y recibió en enero de 1814 la medalla de la Legión de Honor por su valor en combate.

 

Después de la caída de Napoleón Bonaparte en Waterloo en 1815, Cramer no tenía futuro en Europa y vino a América junto a otros connacionales como Federico de Brandsen, Jorge Enrique Vidt, Benjamín Viel y Jorge Beauchef, entre tantos otros franceses que probaron fortuna en estas tierras.

 

Lo primero que hizo fue castellanizar su nombre: de Ambroise Jérome pasó a ser Ambrosio. Cuando se presentó ante el gobierno, el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón le reconoció su grado militar. El 30 de julio de 1816 lo ascendió a sargento mayor y le dio un destino: debía ponerse a órdenes del general José de San Martín, enfrascado en su monumental proyecto del cruce de los Andes.

 

Organizó y fue el jefe del Batallón de Infantería N° 8, formado sobre la base del 2° Batallón de Cazadores, formado por treinta oficiales y 883 soldados, la mayoría esclavos negros.

 

En 1817 participó con el grado de teniente coronel en la expedición libertadora a Chile y el avance a bayoneta calada de la unidad que comandaba, más la del coronel Pedro Conde, fue vital en la victoria en la batalla de Chacabuco, lo que le valió recibir la Legión del Mérito de Chile.

 

Cuando la campaña continuó, San Martín le ordenó permanecer con la guarnición militar en Santiago de Chile. No se supo a ciencia cierta el porqué de la decisión del jefe de desprenderse de tan valeroso y experimentado oficial. Se especuló que el francés, soberbio y altanero, habría cuestionado algunas de las órdenes de San Martín y éste no habría estado de acuerdo con las sanciones disciplinarias que imponía a sus hombres.

 

Lo cierto es que Cramer solicitó la baja y ese mismo año estaba nuevamente en Buenos Aires, donde rápidamente encontró trabajo: fue nombrado edecán del general Manuel Belgrano, que estaba destinado en Tucumán.

 

Cuando el creador de la bandera fue relevado, hizo un viaje a su país y a su regreso, se incorporó al ejército de Buenos Aires, interviniendo en las batallas de Cepeda y Cañada de la Cruz y, al año siguiente, peleó contra el líder entrerriano Francisco Ramírez.

 

En 1821 el gobernador Martín Rodríguez lo envió a la zona de Carmen de Patagones. Naufragio mediante, en el que estuvo a punto de morir, se encontró con un precario poblado habitado por unos 400 habitantes, modestos ranchos de adobe y un puerto al que puso en condiciones, y cuyas modificaciones fueron valiosas cuando la guerra contra el Brasil llegó a esas costas.

 

Además, este francés realizó un valioso relevamiento de esas costas patagónicas y elaboró una serie de cartas geográficas.

 

En 1823, gracias a sus estudios de ingeniería militar que había hecho en su país, delineó el Fuerte Independencia, que daría origen al pueblo de Tandil. Cramer dibujó los planos del fuerte -que se levantaba donde ahora está la parroquia del Santísimo Sacramento, frente a la plaza principal- y trazó el ejido urbano.

 

Luego de acompañar al gobernador Rodríguez a una campaña a Bahía Blanca, decidió en 1826 dejar el ejército, reservándose el derecho del uso del uniforme, y rindió los exámenes ante la Comisión Topográfica encabezada por Felipe Senillosa: se transformó en agrimensor.

 

Se dedicó a recorrer el interior bonaerense, donde se abocó a la mensura de las tierras en las zonas de la frontera, con el peligro latente del malón, que estaba a la vuelta de la esquina.

 

En 1822 se casó con Francisca Josefa Joaquina Estanislada Capdevila y se dedicó a administrar los campos de La Postrera, tierras que adquirió por el sistema de enfiteusis -un arrendamiento con un canon accesible con la condición de trabajarlas- dedicándose a la cría de ovejas merino, una raza que prácticamente era una novedad en el Río de la Plata. Además, cerca del Salado levantó la pulpería “Paso de la Postrera”, parada casi obligada para los que se aventuraban a adentrarse en tierra dominada por el indígena, a los que había combatido junto al sanguinario coronel Federico Rauch.

 

El fin

Desde 1838 la Confederación sufría por el bloqueo francés al Río de la Plata y a Cramer como tantos otros estancieros y productores les resultaba imposible comerciar, al cortarse las exportaciones de ganado, fuente de ingreso clave en la provincia de Buenos Aires. Al mismo tiempo, Juan Manuel de Rosas había cambiado drásticamente las condiciones para los enfiteutas, imponiéndoles la compra de las tierras o su devolución al Estado, cuyas arcas estaban por demás alicaídas a causa del bloqueo.

 

Rosas se mantuvo especialmente inflexible con aquellos a quienes tenía catalogados como opositores, a quienes exigió sumas exorbitantes para la adquisición de las tierras.

 

En el interior bonaerense fue generándose un clima de descontento y oposición, que rápidamente encontraron eco en los unitarios emigrados y en el general Juan Lavalle, quien planeaba una misión libertadora con un modesto ejército para terminar con el gobierno.

 

Paralelamente en la ciudad de Buenos Aires se conspiraba. Se eligió para liderar el movimiento a Ramón Maza, hijo del presidente de la Sala de Representantes Ramón Vicente Maza, amigo personal de Rosas.

 

Todo debía coordinarse: la invasión de Lavalle, el golpe en la ciudad y el levantamiento en el interior bonaerense, que se centraba en las ciudades de Chascomús, Dolores y Tandil.

 

Rosas se enteró de los planes y dejó hacer para medir el verdadero alcance de la conspiración. Cuando supo que el estallido del movimiento era inminente, hizo arrestar a Ramón Maza, a quien mandaría fusilar, mientras que su padre fue apuñalado por la Mazorca -una organización parapolicial al servicio de Rosas- en su despacho de la legislatura.

 

Lavalle, a quien los hacendados pedían que desembarcase al sur de la provincia de Buenos Aires, cambió de plan. Cedió al pedido de sus amigos uruguayos y usó sus tropas para enfrentar al gobernador entrerriano Pascual Echague, quien había invadido el Uruguay.

 

Los estancieros bonaerenses, que aún desconocían estos hechos, habían quedado solos. Las presiones de Rosas sobre el juez de paz de Dolores para que apresase a los cabecillas aceleró el estallido del movimiento, que pasó a la historia como “Revolución de los Libres del Sur” o “Grito de Dolores”. Los jefes militares eran Cramer, Pedro Castelli -el hijo del vocal de la Primera Junta- y Manuel Rico.

 

Se armó una suerte de cuartel general en el viejo cementerio de Dolores. Cramer, al ver que contaban con paisanos mal armados y peor disciplinados, hizo lo que pudo para organizarlos.

 

Hubo un solo encuentro. Fue el 7 de noviembre de 1839 a orillas de la laguna de Chascomús. En un primer momento, los revolucionarios hicieron retroceder a las tropas comandadas por Prudencio Rosas, pero el coronel Nicolás Granada volcó la suerte de las armas a favor del gobierno.

 

Muchos intentaron salvar sus vidas arrojándose a las aguas de la laguna, pero fueron rematados. Cramer murió a lanzazos.

 

Se dice que su cuerpo compartió el mismo destino que el del infortunado Castelli, quien había logrado huir pero fue finalmente apresado. Con sus cabezas cortadas, exhibidas en una pica como escarmiento. Los restos habrían sido enterrados por sus hombres. La mayoría de los que participación en el levantamiento terminaron siendo perdonados por el gobierno.

 

De esta forma, este francés arrogante y altanero encontró la muerte, muy lejos de los campos de batalla de las guerras napoleónicas, donde se había lucido con sus temerarios avances a bayoneta calada, desafiando al enemigo a pecho descubierto.

LA LEYENDA DE LAMADRID INMORTAL

 


 el militar que nunca se rendía y sobrevivió a 15 heridas de sable, bayonetas y una bala

 

Adrián Pignatelli

Infobae, 05 Ene, 2025

 

Ver la bandera negra con una calavera cruzada por dos tibias con la leyenda “Religión o Muerte”, el estandarte del líder riojano Facundo Quiroga, fue lo que lo perdió a Gregorio Aráoz de Lamadrid. Era la mañana del viernes 27 de octubre de 1826 en los campos de El Tala, en el sureste de la provincia de Catamarca, y este general tucumano se enfrentaba al caudillo riojano Facundo Quiroga, en uno de los tantísimos combates que desangraron al país en el marco de otra grieta, la de unitarios y federales.

 

En el medio del fragor de la lucha, Lamadrid, de 30 años, vio que un grupo del Batallón de los Cívicos se había hecho de la bandera en cuestión y él, junto a un grupo de jinetes, cometió la imprudencia de dirigirse a ese lugar, plagado de soldados enemigos.

 

La lluvia de balas que recibió hizo que su caballo rodase pero logró incorporarse mientras sus soldados cerraron un círculo para protegerlo. A su lado el mayor Gregorio Paz fue herido.

 

A los enemigos les gritaba que los indultaría si se le rendían. Como respuesta una nueva andanada de disparos, pero milagrosamente ninguno le impactó.

 

Lamadrid no se amilanó y alentó a su gente a puro grito e insultos a volver a cargar, pero su furia contrastaba con la falta de entusiasmo de sus soldados, que cada vez eran menos y que lo que querían era irse de allí. Eso lo sacó de quicio.

 

Una vida en el ejército

Es que a Lamadrid lo que le sobraba era coraje. Huérfano de padre a temprana edad, luego de sus primeros estudios en la Escuela de San Francisco, a los 16 años fue incorporado al Regimiento de Voluntarios de Caballería. Su bautismo de fuego fue una derrota, en el combate de Nazareno. Por su valor en las batallas de Tucumán y Salta, se ganó el ascenso a teniente del Regimiento de Caballería del Perú.

 

Fue ayudante de campo de José de San Martín, peleó con Rondeau y al general Fernández de la Cruz, lo salvó de una muerte segura en Sipe- Sipe. Por el derroche de valor fue nombrado teniente coronel y tenía solo 21 años cuando organizó el Cuerpo de Húsares de Tucumán.

 

Belgrano le encomendó recorrer con 150 húsares el trayecto que va desde Tucumán hasta Oruro. Para sorpresa de los españoles, se apoderó de Tarija pero fue rechazado en Chuquisaca e inició una retirada. A su regreso lo hicieron coronel.

 

Apoyó el nombramiento de Manuel Dorrego como gobernador de la provincia de Buenos Aires y contribuyó a la restitución en el poder del gobernador Martín Rodríguez, y con el gobernador santafesino Estanislao López derrotaron a Ramírez y participó en 1822 de la campaña contra el indígena.

 

El 26 de noviembre de 1825 derrocó al gobernador de Tucumán y ocupó su cargo. Su apoyo al presidente Rivadavia llevó a los gobernadores de Córdoba Juan Bautista Bustos y de La Rioja Facundo Quiroga a atacar la provincia de Tucumán.

 

Y así sobrevino El Tala.

 

La tercera arremetida contra el enemigo sería la última. Su caballo volvió a rodar y, aunque se levantó, no se movió. Tenía su pecho acribillado por las balas y el fiel animal quedó sobre sus patas, pero se estaba muriendo. Su jinete se percató que había quedado solo en medio de una nube de quince jinetes enemigos.

 

La pelea fue demasiado desigual. Los sablazos que tiraba a diestra y siniestra aún montado eran insuficientes para detener a tantos hombres que giraban a su alrededor.

 

Recibió once golpes de sable en su cráneo; le habían roto la nariz y la punta le quedó colgando sobre el labio superior. Su oreja derecha casi partida en dos estaba unida por un hilo de piel. Otro sablazo le cortó el bíceps del brazo izquierdo y un bayonetazo se clavó en su omóplato.

 

Cuando cayó al piso, sin soltar su sable, lo molieron a culatazos, lo pisotearon con sus caballos y le quebraron costillas. Cuando le quitaban sus armas y ropas, Lamadrid juntó fuerzas y como pudo gritó que no se rendía. Su cuerpo estaba bañado en sangre y lo remataron con un disparo en la espalda. Se fueron dándolo por muerto.

 

Sus ropas, sombrero y armas se las alcanzaron al coronel Bargas y se las llevaron a Facundo Quiroga, quien para nada se conformó con los trofeos de su enemigo y ordenó que le llevasen el cadáver.

 

Para reconocer el cuerpo fueron con Ciriaco Vélez, cuñado de Lamadrid, quien había sido hecho prisionero. Entre los cadáveres hinchados por las altas temperaturas que aceleraban la putrefacción, buscaron un cuerpo con una cicatriz en su muslo izquierdo, producto de un balazo recibido en la batalla de Salta, y la falta de un diente en su maxilar inferior.

 

Luego del regreso de uno de sus exilios, Lamadrid se alineó con Juan Lavalle en la lucha contra Rosas. El tucumano participaría en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852

Cuando al atardecer regresaron del campo de batalla, lo hicieron con las manos vacías. Su cuerpo no estaba.

 

En el interín, soldados tucumanos habían regresado para enterrar a su jefe y descubrieron que aún vivía. Casi desnudo, colgaba de su cuello el escapulario de la Virgen de las Mercedes que le había enviado su esposa María Luisa Díaz Vélez, con quien se había casado en 1820, y un cordón donde Lamadrid llevaba su reloj. Lo subieron a un caballo pero se asustaron cuando divisaron a jinetes, presumiblemente enemigos. Lamadrid se dejó caer del caballo y les ordenó que lo dejasen, que él iba a morir de todas formas.

 

Esos soldados se fueron y los jinetes que habían visto también eran tucumanos y, nuevamente, Lamadrid les dijo que lo dejasen. Así estuvo casi un día y medio hasta que lo encontró un cabo, quien debió caminar una legua para alcanzarle agua a Lamadrid, que con su lengua y labios hinchados, se quejaba de la sed. El soldado le insistió que debían irse cuanto antes porque el lugar estaba lleno de enemigos.

 

La travesía fue lenta y trabajosa, porque el herido deliraba y, como cada tanto se quería tirar del caballo, el soldado lo ató.

 

Esa noche llegaron a un rancho y la mujer que los atendió mandó a su marido en busca de ayuda. Volvió con otros paisanos y con un curandero.

 

Allí Lamadrid recibió las primeras curaciones: además de ser lavado, le cosieron como pudieron la punta de la nariz, le terminaron de arrancar la parte de su oreja que aún le colgaba y lo vendaron. Como era peligroso permanecer en el lugar, improvisaron una camilla y caminando en el medio de la oscuridad, llegaron a Río Chico. Uno de los de la partida se adelantó a San Miguel de Tucumán para llevar la increíble noticia que Lamadrid, a pesar de sus heridas infectadas, de la pérdida de sangre, de la docena de golpes en la cabeza, de los bayonetazos y del balazo, estaba vivo.

 

Un pariente envió un carruaje a buscarlo. Desmayado entró a la ciudad en la mañana del 2 de noviembre. Los gritos de júbilo y el repicar de las campanas por su aparición lo sacaron de su inconsciencia. Cuando lo bajaron para alojarlo en la casa de una de sus primas, volvió a desmayarse y estuvo semanas sin recobrar la conciencia.

 

Permanecer en la ciudad no era seguro por la cercanía de las tropas de Quiroga, quien había ordenado fusilar a todo aquel que asegurase que su enemigo vivía, más aún cuando echó la rodar la leyenda de Lamadrid inmortal o “el resucitado del Tala”, como se referían a él. Lo llevaron al pueblo de Trancas donde, poco a poco, fue recuperándose.

 

Al despertarse, confesó que lo único que recordaba era haberse trenzado en lucha contra los riojanos. Nada más.

 

Para los médicos fue una terrible incógnita cómo no había muerto. Las heridas estaban infectadas, y los sablazos de la cabeza cicatrizaron solos, formando gruesas costras, ya que los profundos tajos no habían sido suturados, sin contar las costillas rotas y la bala que le había entrada por la espalda y que estaba alojada junto a su pulmón y que de casualidad no perforó. Además, no podía usar su brazo izquierdo.

 

Cuando supo que Quiroga ocupaba Tucumán, pidió papel y tinta y, sin que nadie supiera, le envió un mensaje al líder riojano: “El muerto del Tala desafía a los caciques Quiroga e Ibarra, para que lo esperen mañana a darle cuenta de las atrocidades que han cometido en su pueblo; pues la providencia le ha vuelto a la vida para que tenga la satisfacción de castigarlos como se merecen”.

 

Pero estaba demasiado débil, casi sin probar bocado y lo hicieron desistir de la locura que planeaba. Igual recibió la respuesta de Felipe Ibarra, su viejo amigo con quien había peleado en las guerras de la independencia: “Me alegro mucho de que ya estés mejorado para servir a tus amos los porteños: pero respecto al castigo con que nos amenazas, ¡lo veremos!”

 

Quiroga abandonaría la provincia y Lamadrid entraría a la capital el 5 de diciembre, ya libre de enemigos. Tenía otras cuestiones más urgentes para resolver: cómo recuperarse.

 

Los médicos insistían en quitarle el proyectil oculto entre las costillas, aunque no se sabía a ciencia cierta dónde estaba alojado. Costó trabajo convencerlo de que se dejase operar. No encontraron la bala, pero sí le extrajeron restos de una costilla y del omóplato.

 

Como insistía que debía volver a la campaña, lo hacía en carruaje porque no podía montar. Sus heridas de la oreja, en las costillas y de la espalda seguían supurando y hasta un médico lo intervino de urgencia en una posta del camino por un dolor agudo que sentía en su costado. Era otra astilla de costilla.

 

Un extraño tratamiento

En Santiago del Estero un paisano le aseguró que le curaría la herida de bayoneta de la espalda. El propio Lamadrid describió en sus memorias el procedimiento: “Poniéndose no se qué en la boca la aplica a la herida y me dio un chupón tan fuerte y continuado y sentí su impresión desde el fondo de la herida, como si me extrajeran algo como un fuelle; enseguida escupió una porción de humor, se enjuagó la boca con vino aguado y repitió otra con el mismo éxito. En efecto, sentí un consuelo, pues conocía visiblemente que se me había descargado un peso”.

 

Los resultados fueron evidentes: el hombre fue nombrado su médico de cabecera y no se apartaba de su lado por nada del mundo.

 

Ocho meses después Lamadrid volvería a combatir a Quiroga en Rincón de Valladares, y fue derrotado. En su fuga hacia Bolivia, sus heridas se le abrieron porque no había mantenido el reposo aconsejado. En Potosí la pasó mal con la altura y en Chuquisaca descubrió unas termas que lo aliviaron notoriamente.

 

Quiso ir a Buenos Aires, donde su esposa también estaba enferma. De paso por Santiago del Estero, fue recibido con toda amistad por Felipe Ibarra, con quien se había enfrentado. Allí le aplicaron unos medicamentos que lo mejoraron mucho. En Buenos Aires los médicos no entendían cómo había sobrevivido; insistían en que había que extraer el proyectil, pero Lamadrid se mantuvo firme, las operaciones eran un verdadero martirio, la herida se cerró y no volvió a supurar más.

 

Se había curado.

 

Ya repuesto, volvió a Tucumán, pero fue atacado, en 1827 y debió huir a Bolivia para salvar su vida. Con grandes penurias logró volver a Buenos Aires. A pesar de estar en la vereda de enfrente, acompañó a Dorrego en sus últimos momentos. Peleó en San Roque, La Tablada y Oncativo.

 

Involucrado en las guerras intestinas, por sus derrotas debió exiliarse nuevamente, primero en Bolivia y luego en Montevideo, y volvió a Buenos Aires en 1840.

 

Rosas lo envió a Tucumán para que se apoderase de la provincia pero terminó participando de la Coalición del Norte que apoyaba a Lavalle. Cuando Pacheco lo derrotó en Rodeo del Medio no le quedó más remedio que cruzar a Chile, donde sobrevivió viviendo de una panadería. Regresó para luchar junto a Urquiza en Caseros el 3 de febrero de 1852. Sarmiento, quien lo ayudó en el país trasandino, lo describió como “el más valiente de los valientes”.

 

Falleció en la ciudad de Buenos Aires el 5 de enero de 1857, treinta años después de El Tala, y enterrado en la Recoleta en la bóveda de los Díaz Vélez. Tenía 61 años.

 

Al cumplirse el centenario de su nacimiento, se dispuso trasladar sus restos a Tucumán. Al abrir el féretro, el asombro fue total. Impresionaban en el cráneo las marcas de los sablazos y, por supuesto, aún entre las costillas, el bendito proyectil que recibió por la espalda ese valiente tucumano que, pese a todo, nunca se rindió.

EUSTOQUIO FRÍAS


 el último granadero

 

Por Roberto L. Elissalde

La Prensa, 30.11.2024

 

Faltaban apenas unos meses para que cumpliera noventa años Eustoquio Frías, cuando el 16 de marzo de 1891 fallecía en Buenos Aires.

 

Había nacido en Cachi el último día del invierno de 1801. Su niñez fue gobernada por cinco virreyes (Avilés, del Pino, Sobre Monte, Liniers y Cisneros); y sus años adultos por las presidencias de Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman y Pellegrini. Fue beneficiado con la alta ancianidad; era unos días menor su camarada Gerónimo Espejo fallecido en 1889, el decano del ejército y uno los grandes hacedores de la Patria. A pesar de su alto grado de teniente general, nos aventuramos en llamarlo El último granadero.

 

Había recibido una educación acorde con la categoría social de sus padres don Pedro José de Frías y María Loreto Sánchez Peón. Comenzó a trabajar en una casa de comercio; ante la invasión de los realistas en el norte, la familia pasa a Tucumán, donde el muchachito sirve como aguatero de los artilleros de Holmberg en la batalla del Campo de las Carreras el 24 de setiembre de 1812, en la que su padre es herido y queda inválido al perder una pierna. Vuelve la familia a Salta después del triunfo de Belgrano en esa ciudad y empeñado en seguirlo a este general busca ingresar al ejército, aunque no tenía la edad reglamentaria. Volvió a insistir, pero la madre que se oponía a la carrera de las armas, temerosa de perder al muchacho decidió enviarlo a San Juan a la casa de unos tíos.

 

La distancia de poco sirvió porque con casi 15 años se encaminó con dos amigos a marchar como voluntario a Mendoza para unirse a la empresa sanmartiniana, corría el mes de marzo de 1816; fue rechazado por la edad y por su delgadez, pero la circunstancia providencial que se encontrara con el sargento mayor Mariano Necochea a quien había conocido conversando con sus padres en Tucumán le allanó el camino, y le dio el alta provisoriamente en su escuadrón. Eustoquio Frías era lo que deseaba ser: un granadero, lejos estaba de pensar que iba a ser el último de esos bravos.

 

No participó del cruce de los Andes ni de las batallas de Chacabuco o Maipo, su escuadrón el quinto quedó acampado en el Plumerillo en Mendoza y se transformó en 1817 en Granaderos a Caballo de la Escolta. Se desempeñó como cabo junto al Libertador durante su estadía en Mendoza en 1819 y en marzo del año siguiente cruzó la cordillera por el Paso del Portillo, y finalmente embarcó en la fragata Consecuencia rumbo al Perú en agosto de 1820 para desembarcar en Paracas, y comenzar la campaña del Perú.

 

No es el caso narrar en detalle esos años, pero tomó parte en dos campañas de la sierra al mando del general Arenales, sobre este tema el viernes próximo la editorial Villa presentará un libro en el Cabildo de Salta, oportunidad en la que su presidente, el Dr. Horacio Garcete, y el historiador Gregorio Caro Figueroa se referirán a la obra y se podrá apreciar el significado de esta empresa de la que Frías fue uno de los protagonistas.

 

Se distinguió en Nazca y Pasco, fue uno de los sitiadores de la Real Fortaleza de El Callao, participó en la campaña de Quito, se batió en Rio Bamba, Pichincha, Chunganga, Junín y Ayacucho.

 

EN CASA

Regresó con los granaderos que en febrero de 1826 llegaron a Buenos Aires al mando del bravo paraguayo el coronel José Félix Bogado; pero el merecido descanso no llegó y pronto estaba en la guerra contra el imperio del Brasil. Acompañó a Lavalle en la revolución de 1828 y aquella espada de la libertad se vio envuelta en los enfrentamientos de Navarro, Zapallar, Arroyo del Medio y Puente de Márquez.

 

Disgustado con la política de Rosas pidió el retiro y se refugió en Montevideo en 1839, desde hacía varios años ostentaba las insignias de sargento mayor. Participó en la campaña de Lavalle y en la defensa de la Nueva Troya. Se alistó con el ejército de Urquiza y participó en la batalla de Caseros, después de la que fue promovido a coronel de caballería y se le otorgó el mando del Regimiento de Guardias Nacionales, con el que pasó a guarnecer la Guardia de San Miguel del Monte.

 

Combatió a los indios y fue destacado después a la frontera en Rojas, donde en el combate de la Cañada de la Paja, les arrebató más de 5.000 cabezas de ganado vacuno y 1.000 yeguarizos, producto de sus ataques a las estancias.

 

Estuvo en Pavón y cuando pasó a retiro estuvo en la lista de los Guerreros de la Independencia. Hace un siglo y medio fue miembro del Consejo de Guerra que juzgó a los implicados en la revolución de setiembre de 1874. Fue promovido en 1879 a brigadier general y en 1882 a teniente general.

Todos estos méritos, no fueron acompañados con una vida económicamente digna. Los presidentes Mitre y Sarmiento debieron intervenir para que el Estado le abonase los sueldos atrasados, atendiendo a la indigencia en que vivía el anciano, sin reclamo alguno.

 

COMO EN ROMA

El 9 de julio de 1889 el Club de Gimnasia y Esgrima con la participación del pueblo le tributó un gran homenaje y lo paseó por Buenos Aires de modo triunfal como aquellos generales romanos que volvían de las campañas, entregándole una medalla de oro y plata. Sarmiento pidió al intendente Torcuato de Alvear que se le cediese un terreno en la Recoleta para que llegado el día descansaran sus restos con el debido decoro y merecieran el reconocimiento de la posteridad.

 

A su muerte en 1891 fue sepultado con grandes honores, fue despedido por el presidente Carlos Pellegrini quien recordó en su discurso esta conversación:

 

 “Le pregunté un día si conservaba alguna de sus espadas de la guerra de la independencia; me contestó: ‘No, aunque he cuidado mucho mis armas porque la patria era pobre y yo también. El sable que me dio Necochea en Mendoza lo rompí en Junín ¡estaba algo sentido’. Con razón debía estar sentido el sable del granadero de Rio Bamba y Ayacucho, pues las heridas de lanza y bayoneta, que ostentaba su cuerpo, probaban que el enemigo nunca estuvo lejos del alcance de su brazo”.

 

Manuel Rawson mandó construir una urna de bronce para depositar sus restos, los que fueron trasladados al Panteón de las Glorias del Norte en Salta, donde hoy descansan y del que este diario en marzo de 1963 hiciera una detallada crónica.

 

Este año su nombre volvió a ser evocado en el Panteón con una formación, en la que Martín Villagrán San Millán hizo su elogio y en su Cachi natal, donde los granaderos honraron su memoria, a instancias de Viviana Frías que lleva el mandato familiar del amor a la Patria y el culto a los antepasados en sus venas. Don Eustoquio había casado con Juana Sauco y Valdez.

 

LA BIOGRAFIA

El general Miguel Podestá con envidiable pluma le acaba de dedicar una biografía novelada con el título Eustoquio Frías, un granadero de Ayacucho. 1824, basada en abundante documentación y seria bibliografía consultada en archivos y repositorios como el Servicio Histórico del Ejército, el Museo Mitre, el Instituto Nacional Sanmartiniano, la Escuela Superior de Guerra y el Regimiento de Granaderos a Caballo entre otras instituciones, donde fue asesorado por destacados referentes y profesionales, encargados a la custodia, conocedores como pocos de esos anaqueles y estanterías, cuyos nombres consigna por su generosidad.

 

El volumen editado por Maizal Ediciones, se presentará mañana en el Regimiento de Granaderos a Caballo Gral. San Martín.

Podemos afirmar que Frías cruza la historia argentina, y como Podestá señalar que “sirvió a las órdenes de Necochea, Arenales, Lavalle, Sucre, Bolívar, Olavarría, Alvear, Niceto Vega, Pacheco, Paz, Rosas, Urquiza, Emilio y Bartolomé Mitre que además lo consultó como testigo de sus historias y por supuesto su arquetipo militar: San Martín”.

 

En las vísperas de comenzar los actos de Ayacucho, sobresale la figura de don Eustoquio Frías, sus recuerdos que permanecen inéditos merecen ser rescatados, mientras que la estampa señera del viejo general en una fotografía de Witcomb de 1870, lo muestra junto a un asistente de color, mientras sus ojos claros enfocan la cámara a la vez que luce en su pecho las medallas de sus campañas, los cordones y los escudos de paño que son la prueba acabada de sus largos años al servicio de la Patria.

CORNELIO SAAVEDRA

 


 el rico comerciante que se negaba a ser el presidente de la Primera Junta y su triste final

 

Adrián Pignatelli

 

Infobae, 29-3-2024

 

Había sido uno de los comerciantes más ricos de Buenos Aires, el elegido casi por aclamación por los propios soldados para que fuera el jefe de los Patricios y también el poderoso presidente de la Primera Junta. El destino se empeñó en ponerlo en la impensable situación de cruzar la cordillera a las apuradas tanto a la ida hacia Chile, cuando era perseguido por las autoridades porteñas, como a la vuelta, cuando lo buscaban los españoles para fusilarlo.

 

Cornelio Judas Tadeo de Saavedra nació en Potosí el 15 de septiembre de 1759 en el seno de una familia de la elite local que, cuando contaba 8 años, todos se mudaron a Buenos Aires. Estudió en el Colegio de San Carlos y luego se dedicó al comercio. Tenía 28 años cuando se casó con María Francisca Cabrera, su prima hermana y cuando ésta falleció, volvió a casarse en 1801 con Saturnina Bárbara de Otárola y de Rivero, de 29 años, hija del coronel José Antonio de Otárola, un rico comerciante. Con ella tuvo siete hijos, tres de los cuales fallecieron de corta edad.

 

Ocupó diversos cargos en el cabildo, como alcalde de segundo voto y juez de menores.

 

Tenía 49 años cuando tuvo el honor de ser elegido, por los propios soldados, como jefe de la Legión de Patricios Voluntarios Urbanos de Buenos Aires, una unidad de milicia urbana creada a instancias de Santiago de Liniers luego de que los criollos echasen por primera vez a los ingleses de Buenos Aires. En sus memorias, admitió que ese fue el origen de su carrera militar.

 

El 18 de mayo de 1810 estaba en San Isidro cuando recibió una esquela del sargento mayor de Patricios Juan José Viamonte, instándolo a que fuese a la ciudad lo más rápido posible: se había conocido la noticia de que había caído la Junta de Sevilla, la última resistencia a la invasión francesa y España estaba en poder de Bonaparte.

 

En la casa de Viamonte acordaron que el momento había llegado. Se le encomendó que, junto a Belgrano, fueran a solicitarle a Juan José Lezica, alcalde de primer voto y a Julián de Leyva, síndico procurador, para que convocaran a un cabildo abierto. Los funcionarios vieron que ambos hablaban en serio y dieron curso al pedido.

 

Pero el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, con el propósito de estirar lo máximo posible lo inevitable, pidió conocer la opinión de todos los jefes militares antes de firmar la autorización. En la reunión celebrada al día siguiente a las siete de la tarde, el virrey les dijo que en la península aún no estaba todo perdido y quería saber si contaba con el apoyo de las armas, tal como lo habían hecho con Liniers en 1809. Como nadie hablaba, Saavedra le respondió que las épocas eran distintas, y que si bien aún resistían Cádiz y la isla de León, el jefe de los Patricios afirmó que no querían ser dominados por los franceses y que deseaban ejercer el derecho de gobernarse por ellos mismos, y que como el rey español estaba preso de Napoleón el virrey dejaba de tener autoridad. Cerró diciendo que no contase con los Patricios. Cisneros debió ceder.

 

El cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 dispuso la separación del virrey y, luego de intentos de los españoles en armar una junta de cinco miembros con mayoría española, el 25 se conformó lo que pasó a la historia como la Primera Junta.

 

Cuando se lo propuso como presidente, intentó excusarse. No quería aparecer que había participado de semejante movimiento solo por interés propio, pero sus compañeros de ruta insistieron. Se cuenta que era el miembro de la Junta con mayor fortuna personal. Vivía en la actual calle Reconquista, entre Corrientes y Lavalle.

 

En la Junta no todos vieron con buenos ojos que Saavedra se moviera con el carruaje que había pertenecido al virrey Cisneros, y se quejaban de la diferencia de sueldos. Mientras don Cornelio, que se hizo ascender a brigadier ganaba 8 mil pesos, los otros percibían tres mil. Hubo otros, como Azcuénaga, que donó su sueldo, así como hizo con los anteriores puestos que había ocupado en el Estado y Belgrano pidió rebajarse el suyo. Además no caía bien que su esposa se moviera por la ciudad con escolta militar.

 

Francisco Javier de Elío, el último virrey del Río de la Plata, dijo sobre Saavedra que era “un zorro astuto” y que encubría “la ambición más desenfrenada”.

 

El 11 de junio el moderado presidente fue nombrado brigadier y contó con el apoyo de la mayoría de los diputados del interior, a quienes conocía a partir de sus vínculos comerciales. Cada vez era más notorio el contraste con la posición más radical de Moreno y Castelli.

 

Aborrecía tanto los que sostenían los principios de la Revolución Francesa como los que eran afectos a una alianza con los británicos. La grieta no demoró en profundizarse con el sector morenista. Aludía al secretario de la Junta como “el malvado Robespierre”.

 

El festejo en el cuartel de Patricios por el triunfo de Suipacha fue otro detonante. En el banquete, el capitán Atanasio Duarte, un poco pasado de copas, tomó una corona hecha de azúcar y declaró a Saavedra algo así como emperador de América, lo que llegó a oídos de Mariano Moreno y disparó el famoso decreto de supresión de honores, que ponía en un mismo nivel de igualdad a todos los miembros de la junta, el mando militar del presidente pasaba a todo el gobierno, se excluía de cualquier privilegio a las esposas de los miembros del cuerpo gubernativo, y al infeliz de Duarte que, seguramente cuando se le pasó los efectos del alcohol, no recordaría lo que había dicho, se lo condenó a destierro.

 

La incorporación de los diputados del interior al gobierno motivó la cerrada oposición de Moreno, quien sostenía que debía respetarse que dichos representantes debían ejercer labores legislativas, como había sido acordado. En la sesión del 18 de diciembre, la mayoría de la junta votó su incorporación al gobierno. Moreno estaba en minoría, ya que Belgrano y Castelli estaban en campaña. El secretario renunció y en misión diplomática a Gran Bretaña, encontró la muerte en alta mar.

 

Los morenistas no se dieron por vencidos, formaron la Sociedad Patriótica y French y Beruti, al mando del regimiento de la Estrella, idearon un golpe que fue descubierto y desbaratado por las fuerzas militares la noche del 5 de abril de 1811, cuando Joaquín Campana y el alcalde Tomás Grigera movilizó a la plebe, provocando el fracaso del golpe. Todos los morenistas fueron destituidos y se creó un Tribunal de Vigilancia para perseguir a los opositores.

 

Saavedra aseguró que, si bien se mantuvo al margen de estos sucesos, fue el principio del fin de su carrera política. Quiso renunciar, pero no lo aceptaron. El 20 de agosto lo enviaron al norte a hacerse cargo del ejército que había sido derrotado en Huaqui y cuando llegó a Salta se enteró de la disolución de la Junta, que Pueyrredón había sido nombrado jefe del ejército y que él era desterrado en San Juan.

 

Los morenistas lo tenían en la mira. El Primer Triunvirato lo encerró y la Asamblea del Año XIII lo sometió, junto a otros compañeros de ruta, un juicio de residencia. Le costó hallar quien pudiera representarlo. Lo acusaban de querer ejercer el poder total y de una supuesta connivencia con los españoles. No fue incluido dentro del perdón dictado por Gervasio Posadas el 5 de febrero de 1814 y decidió escapar a Chile junto a su hijo de diez años y se estableció en Coquimbo. El cruce fue desesperado y estuvieron a punto de morir congelados. En el país vecino fue considerado un asilado político mientras en Buenos Aires continuaba su juicio, se pedía un escarmiento y ni medio miramiento de piedad.

 

La mala suerte lo acompañaba. Luego del desastre de Rancagua del 1 y 2 de octubre de 1814, cuando los realistas recuperaron Chile, pretendieron encerrarlo y juzgarlo sumariamente. Sabía que si permanecía en el país terminaría frente a un pelotón de fusilamiento.

 

Fue su esposa Saturnina quien le suplicó a José de San Martín, gobernador de Cuyo, que ayudase a su marido a volver. San Martín, haciendo caso omiso al gobierno porteño, lo ayudó y lo confinó nuevamente en San Juan.

 

En 1815 se reunió con el director supremo Carlos María de Alvear y lo único en que insistió fue en su rehabilitación. Cuando consiguió que le devolviesen el grado militar y los honores perdidos, el nuevo director Alvarez Thomas se los quitó. Recién en 1818 se lo declaró inocente, se le devolvió el grado de brigadier general y se dispuso una indemnización.

 

Volvió al ruedo aplicando un plan para controlar a los indios ranqueles y cuando su antiguo compañero Martín Rodríguez asumió como gobernador, en 1822 pidió el retiro, aunque cuando estalló la guerra contra el Brasil ofreció sus servicios, pero lo rechazaron por su edad.

 

En su estancia de Zárate “Rincón de Cabrera”, herencia de su suegro, se dedicó a trabajar la tierra y a escribir sus memorias. Un ataque al corazón lo sorprendió la noche del 29 de mayo de 1829. Su viejo subordinado Viamonte, gobernador de Buenos Aires, dispuso que fuese enterrado en el cementerio de la Recoleta con honores, y sus memorias -dedicadas a sus hijos- fueron depositadas en la biblioteca pública.

 

Cuando se levantó un monumento a su memoria, se lo instaló en la plaza Primera Junta. Un ilustre descendiente, Carlos Saavedra Lamas -premio Nobel de la Paz 1936- movió sus influencias para que fuera trasladado a la céntrica esquina de Callao y Córdoba, donde ya estaba la estatua de Azcuénaga quien, de buenas a primeras, lo llevaron al pedestal que Saavedra había dejado vacío.

 

Así moría el viejo comandante de Patricios que, cuando asumió al frente de la Primera Junta, lo hizo con la justificación de otros habían querido que fuera presidente.