RECORDAR A BELGRANO


NO SÓLO POR LA BANDERA

 

Al cumplirse 212 años de la creación de nuestra enseña patria, por Manuel Belgrano el 27-2-1812, considero necesario recordar a dicho héroe, no sólo por la bandera.

En 2011, el gobierno nacional, por Decreto 292, dispuso dedicar el año 2012 como homenaje al creador de la bandera argentina, a quien se menciona como el Dr. Manuel Belgrano, omitiendo su condición de militar. En realidad, nunca tuvo el grado académico de doctor, en cambio fue mayor de patricios, luego coronel, general y finalmente capitán general; por eso, deseo hacer breves comentarios sobre su rol militar.

No pretendo analizar la eficiencia técnica, sino exponer aquellos perfiles espirituales que nos permiten identificarlo como comandante de tropas, a través de las crónicas de la época y de sus propios escritos. El bautismo militar de Belgrano fue simultáneo con el de la patria. Cuenta en sus memorias: "hacía 10 años que era yo capitán de milicias urbanas, y me sentí avergonzado de ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia".

 

Luego de la primera invasión inglesa, Belgrano se dirige a Montevideo, para no jurar lealtad al rey de Inglaterra. En preparación de la reconquista, dice: “Resolví tener una parte activa en defensa de la patria, por lo que tomé un maestro que me diese alguna noción de las evoluciones más precisas y me enseñase por principios el manejo del arma. (comprendí) con el desengaño que había tenido en la primera operación militar, de que no era lo mismo vestir el uniforme de tal que serlo”.

La apetencia del conocimiento técnico que asegurase su eficacia militar de comandante, habrá de ser siempre distintiva de su conducta de soldado. Ello sería el complemento indispensable de la aptitud innata de conductor de hombres en campaña, que resultaba de su fría inteligencia y su corazón ardiente.

 

Cuando el gobierno dispuso enviar una expedición al Paraguay, aceptó ser representante de la Junta y general en jefe de la misma, pese a que era consciente de los riesgos: “sin embargo de que mis conocimientos militares eran pocos, deseaba hallarme en un servicio activo”. Ejemplo de responsabilidad, primera condición del que manda, y de valor moral. Demostró clara finalidad de objetivos, coherencia en las disposiciones del mando y férrea voluntad para superar los obstáculos. Incluso demostró habilidad en lo que en lenguaje moderno se denominaría operaciones psicológicas, ejecutadas con proclamas y oficios dirigidos al adversario y al propio gobierno.

 

El epílogo de la acción en Tacuarí, es digno de destacar. Relata Mitre que el parlamentario se presentó a Belgrano y lo intimó tres veces que se rindiera a discreción, pues de lo contrario sería pasado a cuchillo él y toda la poca fuerza que le quedaba. El patriota contestó que “las armas no se rinden en nuestras manos, dígale usted a su jefe que avance a quitarlas cuando guste”. Sólo esa determinación hizo posible a las diezmadas huestes de Buenos Aires, el armisticio con honor.

La decisión de crear una bandera que identificara a los ejércitos patriotas, revela el claro propósito de lograr un símbolo de unión entre los hombres.

 

En un momento difícil, en junio de 1812, emite un bando en Jujuy afirmando que: “cuando el interés general exige las atenciones de la sociedad, deben callar los intereses particulares, sean cuales fuesen los perjuicios que experimentasen”. Se refiere a la grave decisión de retirada y tierra arrasada que impone la epopeya titánica del éxodo jujeño. Sobre esto, comenta el General Paz: “estas providencias, aunque parezcan algo crueles, nos hicieron conocer que era una cuestión de vida o muerte la que se agitaba, y que era preciso resolverse a perecer o triunfar”.

Al respecto de este episodio de nuestra historia, quisiera mencionar una noticia que ha pasado desapercibida: la ley nacional 27.134 (4-6-15) que reconoce como símbolo patrio histórico a la llamada Bandera nacional de la Libertad Civil, creada por Belgrano y entregada al Cabildo de Jujuy el 25-5-1813 como gratificación por los sacrificios de su población en la lucha por la independencia.

 

La tradición militar nacional nos señala que el mando en la guerra exige personalidades capaces de sobrellevar sin agobios el peso de las responsabilidades sobre su corazón y su conciencia, en la soledad del mando. La decisión de interrumpir la retirada en Tucumán y librar batalla, desobedeciendo las instrucciones del gobierno, responsable de la conducción política, constituye por su naturaleza quizá la más grave de las determinaciones que pueda tomar un militar.

 

Tampoco el eclipse de su estrella en los campos de Vilcapugio y Ayohuma empañó la entereza de su ánimo. De su fuerza moral saca siempre energía y acierto para salvar lo fundamental y reparar, aún lo casi irreparable. Esto queda en evidencia en el parte de Vilcapugio: “Las armas de la patria que están a mi mando, han sufrido hoy en la pampa de Vilcapugio un contraste. Según creo el ejército enemigo está derrotado a pesar de haber quedado el campo como suyo. Mediante Dios, con las divisiones de Cochabamba y Chayanta y el ejército que mando, espero que sufra su destrucción total”.

 

Al día siguiente de la declaración de la Independencia, el Director Supremo designa al general Belgrano Comandante del Ejército del Norte, quien asume el mando y procede a la separación de sus cargos de los conspiradores y agitadores. Este hecho resultó decisivo para la consolidación de la autoridad del nuevo gobierno.

El Ejército del Norte no era ya el de las jornadas de Tucumán y Salta, sino sólo el que vivió la angustia de las retiradas, enfermo de molicie y deserciones. De este conjunto anarquizado, hará Belgrano un ejército que será bajo su mando el instrumento fundamental de disuasión en el norte argentino.

Esta etapa de la vida de Belgrano y su ejército no posee el brillo de los días de Salta y Tucumán, pero es lícito afirmar que allí, con el anónimo y cotidiano deber de servicio, también se luchaba por las victorias de Chacabuco y de Maipú, que consumarían la gigantesca tarea de la emancipación americana.

Expresa el prócer: “sé que estoy en peligro de muerte, pero la conservación del ejército pende de mi presencia. Aquí hay una capilla donde se entierran los soldados; también puede enterrarse en ella el general”.

 

Se ha señalado, que la cultura general del comandante es fundamental ya que es escuela y crisol del mando superior, y fue base indudable de la eficiencia militar de Belgrano. Por ella, el pensamiento se pone en condiciones de ejercitarse con orden; de discernir con disciplina y lógica lo esencial de lo accesorio; de elevarse a esa altura en que el conjunto aparece sin perjuicio del detalle y los matices.

Por eso decía el general De Gaulle que, en el fondo de las victorias de Alejandro Magno, encontraremos siempre a Aristóteles. La prueba suprema para un conductor de hombres, es la desgracia en la suerte adversa a las armas. Sólo un recio carácter y una personalidad excepcional será capaz de absorber estos rudos golpes del destino en la guerra, en la que prevalecen, por eso, la cualidades morales sobre las otras.

 

Belgrano tuvo una actuación múltiple: economista, educador, político. Puede decirse, sin embargo, que su fisonomía militar es la que integra todas las otras en una definida personalidad de soldado.

El balance sobre el Belgrano militar, está resumido en una carta de San Martín a Godoy Cruz (12-3-1816). Cuando Rondeau, que había asumido la jefatura del Ejército del Norte, fue relevado por el desastre de Sipe Sipe, San Martín propuso a Belgrano, que ya había regresado de Europa, argumentando: “éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América; lleno de integridad y talento natural, no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame Ud. que es el mejor que tenemos en América del Sur”.

 

El legado de su memoria es el de una conducta de desinterés y grandeza personales al servicio de la patria. De heroica fe en la empresa del destino nacional. Cayetano Rodríguez, resume sus cualidades: “Aprended de Belgrano a unir la política con la virtud, la cautela con la sencillez, la reserva con la verdad, la humanidad con la justicia, la severidad con el agrado, la integridad con la condescendencia, la prudencia con el valor, y el amor a la patria en todas las virtudes”.

 

Fuentes:

General Tomás Sánchez de Bustamante. “Vocación y estilo militar de Manuel Belgrano”.

P. Guillermo Furlong. “Belgrano, el santo de la espada y de la pluma”.

LA PRIMERA MUERTE DE SAN MARTÍN


Gabriel Camilli


La Prensa, 08.02.2024

 

El 10 de febrero de 1824, el General San Martin y su hija Mercedes, de siete años y medio, se embarcaban en Buenos Aires en el barco Le Bayonnais, con rumbo a Europa, al no serle propicias las circunstancias políticas por las que atravesaba la Argentina y, especialmente, Buenos Aires. Con el mayor dolor en su corazón por la muerte de su esposa y por la ingratitud de los pueblos que él libertó, se fue de su Argentina amada.

Se despidió de América en silencio, su partida no estuvo acompañada de palabras resonantes, fuesen de amargura o de autoelogio; se fue estoico, orgulloso y desinteresado, como un gran soldado y con gran personalidad.


En ocasión de repatriar, los restos mortales de nuestro Libertador, en mayo de 1880, el entonces Presidente de la Nación, el Dr. Nicolás Avellaneda, supo decir: “Los Pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos y los que se apoyan en sus tumbas gloriosas son los que mejor preparan su porvenir”. Proféticas y muy certeras palabras que hoy nos interpelan con una fuerza arrolladora. Pero también queremos llamar las cosas por su nombre.

 

LAS RAZONES

Debemos tener conciencia de por qué se fue el Padre de la Patria.

El propio General San Martín, el 28 de julio de 1821 en Lima, había dicho: “Al Americano Libre corresponde trasmitir a sus hijos la gloria de los que contribuyeron a la restauración de sus derechos”; claro mandato con una absoluta e incuestionable autoridad moral.


Más tarde, en 1910 se le encargó a la ilustre pluma de Don Leopoldo Lugones una frase contenedora para toda la Argentina sin que nadie quedara excluido: “La justicia con los muertos, especialmente los ilustres, que es el más alto deber de todo ciudadano de bien, consiste, sobre todo, en librarlos del olvido y ponerlos en acto”.


Hoy queremos ayudar a librar del olvido y la confusión esta importante y dolorosa partida del Libertador San Martín ocurrida hace 200 años y que seguramente hoy este país confundido no recordará.

En un libro testimonial, ‘La muerte del Martín Fierro’, de ese gran escritor y sacerdote que fue Leonardo Castellani, se le dedica un verso entrañable al quehacer Sanmartiniano:


“San Martín ha sido grande,

y hoy es grande su memoria,

pero no basta su gloria,

para cubrir un hijo ruin,

no es lo mismo San Martín,

que los que escriben su Historia”.


El mismo General nos dejaba esta profunda reflexión, para aclarar tantas versiones actuales injuriosas al Padre de la Patria, que se escriben con total desparpajo y sin conocimientos sólidos y veraces. Sus palabras ayudan a comprender por qué se fue San Martin en 1824. “Sé que la Logia (dice San Martin) nunca me perdonó mi conducta, pero aún tengo la conciencia de que obré en el interés de la revolución de América; y de que, si hubiese ido a Buenos Aires, la campaña del Perú no habría tenido lugar, ni la guerra de la Independencia habría terminado tan pronto” (Cf. Cuccorese, Horacio, Catolicismo y masonería. Precisiones históricas a la luz de los documentos, Fundación Mater Dei, Buenos Aires, 1993).


Notables palabras de este gran estadista que vio siempre en grande la política americana. No desenvainó la espada para pelear luchas entre hermanos. Visto desde las fuentes y no desde la interpretación de confusos biógrafos, el General San Martin no provocó ninguna tormenta interna, como lo acusan sus enemigos de antaño y los actuales.


Como nos relata el Coronel Santiago Rospide en su reciente libro ‘El sueño frustrado de San Martin’:

“Era la envidia que generaba la sola figura de este hombre superior que tantos celos y enconos provocó en el partido liberal, principal obstáculo a su política independentista. Aunque la historia lo silencia y oculta, nosotros nos vimos en la obligación de refrescar a nuestros lectores las pruebas -otros lo han hecho en mejores tiempos- y por eso escribimos para desagraviar las calumnias y persecuciones cometidas contra su persona. En diciembre de 1823 después de su estadía en Mendoza el Gran Capitán regresó a Buenos Aires. Estanislao López le había advertido que lo querían detener -por eso le ofreció una escolta- y someter a juicio sumarísimo en un consejo de guerra, justamente por haber desatado esa ´tempestad´ de la que lo acusaban falsamente, al no haber querido repasar Los Andes para sumarse a las luchas internas que desangraron a los argentinos allá por 1820. Querían prender como a un delincuente al hombre que hizo un gran bien. Por un lado, lograba alejar la presencia enemiga de su patria con sus campañas militares y por el otro, evitaba derramar sangre de hermanos en una guerra que los unitarios desataron y que se prolongó hasta llegar al del fusilamiento de Dorrego”.


Pero la historia y los historiadores honestos nos enseñan que si alguna “tormenta” debemos recordar, es la que tiene a Bernardino Rivadavia y sus acólitos como protagonistas. A Rivadavia debemos recordarlo no como un gran estadista que sabe calmar tempestades políticas sino como el origen de las tempestades y calamidades de la historia argentina. Esos enemigos expulsaron a San Martin en 1824. Cuando nadie preveía algo tan bochornoso, allí estuvo Rivadavia. Y también después del triunfo de la Guerra contra el Brasil, allí nuevamente estaba Rivadavia para desencadenar la gran tormenta que culminó en el fusilamiento de Dorrego y en el inicio de las guerras civiles.

 

EL ARQUETIPO

La “vida” de San Martin terminaba, pero empezaba la vida del arquetipo. “Antes de derribar a don Quijote sobre la arena de la playa de Barcelona, el bachiller Sansón Carrasco (disfrazado para la ocasión de Caballero de la Blanca Luna) fija expresamente las reglas del desafío. Si don Quijote resulta vencido tendrá que retirarse en su aldea durante un año; vencido, pero antes tendrá que declarar que Dulcinea del Toboso no es la dama más hermosa del orbe. Haciéndolo abjurar de la dama de sus pensamientos, Sansón Carrasco pretende, en realidad, que el retiro de don Quijote sea definitivo; pues un caballero que dimite de su causa se convierte en un hombre sin misión. Pero, una vez derribado y a merced de su vencedor, con la lanza apuntando a su garganta, don Quijote, ´como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma´, se niega a renegar de su amada: ´Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo -afirma- , y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra´. Don Quijote se ha entregado a Dulcinea sin condiciones, sin pedir nada a cambio, sin hacer depender su lealtad de que Dulcinea le corresponda. ¿Por qué habría de depender, pues, la grandeza de Dulcinea de la flaqueza de su brazo? No es la fortaleza de don Quijote la que ha encumbrado a Dulcinea como la más hermosa dama del orbe, no es la opinión cambiante de los hombres lo que cambia la sustancia de la verdad. La lealtad de don Quijote a Dulcinea no se ha inmutado ni siquiera cuando la ha visto convertida en una zafia labradora; así que tampoco se inmutará cuando la lanza del Caballero de la Blanca Luna le aprieta la gorja. Y es tan hermosa la determinación de don Quijote que hasta el bellaco de Sansón Carrasco se rinde ante ella: ´Viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año´” (Juan Manuel de Prada, Enmienda a la totalidad).


Con ese capítulo final terminaba Don Quijote de la Mancha. Pero empezaba la vida del arquetipo Quijote que todavía vive, pese a nuestros tiempos tan poco heroicos, tan poco nobles. Y no solo vive todavía Quijote sino que parece que ya no habrá de morir.


Como hemos dicho en otras ocasiones, con el General José de San Martín pasa otro tanto. Él tuvo entre nosotros dos nacimientos y varias muertes. Nació en Yapeyú en 1778 pero volvió a nacer para su Patria en 1812, cuando ya era teniente coronel de caballería y se disponía a luchar por la independencia. Y fueron varias sus "muertes", siempre rodeado por la incomprensión y la envidia de varios de sus compatriotas. Así, murió por primera vez para la Patria cuando partió al exilio voluntario en 1824. Y volvió a morir unos pocos años después, en 1829, cuando su frustrado regreso lo devolvió otra vez a Europa.

 

DOSCIENTOS AÑOS

Volvemos al legado de San Martín en palabras de uno de sus mejores intérpretes el querido Mayor de Infantería Don José Antonioni quien en la Escuela Superior de Guerra Conjunta nos decía: “Es hora de cumplir acabadamente con este mandato imperioso nuestro Padre de la Patria, haciendo lo que debemos, sin falsas excusas, sin esperar condiciones ideales, en una siembra constante, haciendo el bien a cada paso de nuestros quehaceres, en la realidad actual de nuestra Nación, por difícil que sea. Es hora de conocer y reconocer ésta grandeza sanmartiniana, para después vivirla y practicarla, trasmitiéndola. Un antiguo, pero muy valioso y verdadero refrán popular, dice: ‘es de bien nacidos, ser agradecidos’. Cómo podemos agradecer esta Patria y sus dones, adquiridos con inmensos sacrificios, del Gran Capitán y de sus seguidores, de todas las edades, de todas condiciones: con una conducta digna, permanente, comprometida con el Bien Común, haciendo lo que debemos, aquí y ahora. Así debemos mostrar nuestra gratitud, en plenitud, en nuestros quehaceres, sean cuales fueran; es época de sembrar, de sembrar dignidad agradecida y especialmente activa”.

(...)


Gabriel Camilli

Cnl My (R) - Director del Instituto ELEVAN.­

ESTANISLAO ZEBALLOS


Julio Argentino Roca y la Campaña al Desierto

 

Pablo Vázquez


La Prensa, 30.01.2024

 

Pensando en la conformación del Estado Nación en nuestro país, en el siglo XIX, preocupó a los intelectuales y a la elite gobernante local la implementación de la Constitución, el constante flujo inmigratorio, cómo estaría el país inserto en el mercado mundial, el flujo de inversiones, la capitalización de Buenos Aires y el aun preocupante “problema del indio”.

 

Esa “república posible” iba a abrazar el credo positivista liberal, instaurando un régimen republicano, liberal, oligárquico; iba a ser “socia” de Gran Bretaña; a terminar de disciplinar a las provincias y a los últimos caudillos federales; combatiría al Paraguay y sería la proveedora de materia prima de Europa.

 

Estanislao Zeballos, legislador, etnógrafo y escritor, quien estuvo muy vinculado al diario La Prensa, al punto de ser, por pedido de José C. Paz, cronista, redactor en jefe y director de este, ejemplificó como nadie los parámetros positivistas de un “hombre de Estado” de la generación del ‘80. Su visión de científico, geógrafo, naturalista y antropólogo, junto a la idea de expansión y ocupación territorial a costa de las poblaciones incivilizadas de indígenas, explícita en sus obras, dieron prueba cabal del pensamiento de la época.

 

‘La conquista de 15.000 leguas’, ‘Episodios en los territorios del sur’, y ‘Viajes al país de los araucanos’, fueron algunas de las obras del ideólogo de la “conquista del desierto”.

 

Justamente la primera obra citada, publicada en 1878, fue la que le sirvió a Julio A. Roca para torcer la voluntad del Legislativo para financiar la avanzada militar a cargo del, por entonces ministro de Guerra del gobierno del presidente Nicolás Avellaneda, tras el fallecimiento del anterior ministro Adolfo Alsina.

 

El autor, según segunda edición de su obra publicada por La Prensa, detalló los antecedentes de exploración y ocupación territorial de las tierras del sur desde el periodo colonial, destacando que le cupo a Juan Manuel de Rosas“la primera y única tentativa fundamental de trasladar las fronteras al nuevo teatro, sobre las márgenes del Rio Negro, operando al frente del ejército de Buenos Aires”.

 

Zeballos, con su obra, dio racionalidad y números tangibles a la toma de tierras y al exterminio, donde acumuló méritos y cargos, tanto como cráneos de aborígenes patagónicos para su colección privada.

 

SOBRE ROCA

 

Según Fermín Chávez en ‘Historia del país de los argentinos’ (1967): “Sin demora, (Roca) prepara y emprende una campaña de buenos resultados, guiado por un brillante oficial que sabe mucho de fronteras y de indios: Manuel J. Olascoaga, uno de los revolucionarios ‘colorados’ de 1866. Consigue quitar a la indiada unas 15.000 leguas de territorio y reimponer la soberanía interior que Rosas había ganado cincuenta años antes. Al llegar al Río Negro, da el nombre de Paso Alsina al que debía vadear con sus efectivos, hacia el corazón de la Patagonia, región cantada no hacía mucho por el poeta Carlos Guido Spano”.

 

Para Ernesto Palacio en ‘Historia de la Argentina 1515 – 1938’ (1954): “Roca iniciaba la gran empresa que había ideado en su colaboración ministerial con Alsina, sin logar el auspicio de éste. Consistía especialmente en reproducir el plan de Rosas y arrebatarles a los salvajes, de una vez por todas, los territorios del sud. A los tres meses de ocupar el ministerio salió a campaña con 6.000 soldados. En pocos meses dio fin a la obra, destruyendo todas las tolderías hasta el río Negro, lo que constituía la primera parte del plan. Varias columnas operarían luego de los grandes afluentes del río para limpiar los valles cordilleranos. La supresión o el sometimiento del indio de la Patagonia quedó concluida en poco tiempo”.

 

Aunque sus palabras suenen duras contra los pobladores aborígenes, Palacio refirió una serie de ataques que afectaban nuestra seguridad como Nación: “En 1872 se había producido la gran invasión de Calfucurá, gran cacique de las Pampas, derrotado en San Carlos por el coronel Rivas; y poco después la de Namuncurá, en cuya represión se había distinguido el teniente coronel Levalle. El adelantamiento de la línea de fronteras bajo Alsina se había realizado a costa de permanentes combates contra la resistencia aborigen”. Y además que se le suman dos problemas que motivaban la rápida intervención de Roca: “Los intereses ligados a la vida fronteriza… con el producto de sus rapiñas negociadas en Chile… los usufructuarios del negocio constituían una permanente oposición” y que “los indios constituían una pieza importante del juego chileno, al que obedecían… El general Roca tuvo el mérito de elegir el momento adecuado para obrar: cuando la nación trasandina tenía sus fuerzas comprometidas en la guerra contra el Perú. El éxito de la campaña del Desierto entrañaba asimismo un triunfo estratégico sobre Chile”.

 

Oscar Terán en ‘Historia de las ideas en Argentina: Diez lecciones iniciales 1810 – 1980’ (2009) consideró que “la apropiación de los territorios hasta entonces ocupados por los indígenas… abrió para los vencedores un enorme territorio, sobre el cual las inversiones inglesas desplegarían una extensa red de vías férreas”. Y que “el emprendimiento llevado a cabo contra las poblaciones indígenas se apoyaba en una línea programática ampliamente compartida por las elites del mundo occidental: que las naciones viables eran aquellas dotadas de una población de raza blanca y de religión cristiana”.

 

Pero tamizó su análisis a los parámetros de época, donde “las reivindicaciones indígenas no habían nacido o estaban en pañales, por no hablar d ellos temas de hoy habituales del reconocimiento, respeto y aun estímulo de las diferencias, incluidas las étnicas”.

 

¿DÓNDE SE UBICÓ ZEBALLOS?

 

 Contento con el éxito de la primera edición de ‘15.000 leguas’, la cual aseguraba que fue pedida por Roca con el compromiso que sería pagada por el Estado. El liberal contó con los fondos estatales, hizo inmediatamente una segunda edición impresa en los talleres de La Prensa, corregida y aumentada, con las cartas de él remitidas a propio Roca. En 1979 fundó el Instituto Geográfico Argentino, y a fin de ese año hizo un extenso viaje por las tierras ya “conquistadas”, lo que se reflejó en su obra de 1881 ‘Viaje al país d ellos araucanos’.

 

Acompañó el proyecto político del roquismo como diputado nacional, queriendo, luego de finalizar su mandato, postularse como gobernador de Santa Fe, pero Roca no lo apoyó, ya que Zeballos apuntalaba la candidatura de Bernardo de Irigoyen a la presidencia en desmedro del candidato oficialista, el cuñado de Don Julio Argentino, el cordobés Miguel Juárez Celman. Así y todo, se las arregló Zeballos para renovar como diputado. Al tiempo fue presidente de la Sociedad Rural Argentina, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación y futuro Canciller. La revolución del ’90 poco lo molestó, ya que seguiría como ministro de Relaciones Exteriores con Carlos Pellegrini, posteriormente con José Figueroa Alcorta, y nuevamente presidente de la SRA. Un genuino “hombre de Estado”.

 

El general Julio Argentino Roca, finalmente, impulsor de la “Conquista del desierto”, expedición armada contra las últimas tribus de la Patagonia, terminó de consolidar el poder estatal, con el dominio del partido Autonomista Liberal (PAN), generando en su presidencia, una gran modernización, el incremento de la inmigración europea y de otras latitudes, un proceso de laicidad que le ganó la pulseada a la iglesia católica, imponiendo para la ciudadanía el registro, el matrimonio y los cementerios civiles. El “patriciado” dominó los resortes económicos y políticos de una época en la que la acción política se restringió a los sectores de la élite. Roca como primer mandatario, junto al elenco gubernamental y a los pensadores que lo apoyaban se les llamó la Generación del ’80.

 

*Licenciado en Ciencia Política; secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.

EL VERO ROSTRO DE LA PATRIA


 Y SU FALSIFICACION

 

  Edgardo Atilio Moreno

 

Crítica revisionista, 12 de mayo de 2019

 

Un revisionista notable, Federico Ibarguren, decía que “la vera imagen de la Patria, el Ser Nacional argentino, reconoce su origen en el catolicismo español de la contrarreforma religiosa”[1]. Y no se equivocaba. Basta con remontarnos a nuestros orígenes históricos, a los siglos XVI y XVII, es decir a la etapa en la que comenzamos a nacer como nación, para comprobar que esto es así. En efecto, son los valores del catolicismo y la cosmovisión de la hispanidad, con su visión trascendente de la vida terrena, los que están en la esencia y en las bases de nuestra identidad nacional.

 

Hoy sin embargo, considerando la espantosa decadencia moral y el ataque permanente al que se ven sometidos todos los fundamentos de nuestra nacionalidad; nuestras costumbres, cultura, religión, etc., resulta claro que esta Argentina actual no tiene nada que ver con aquella patria que heredamos de nuestros antepasados, aquella nación digna  que podía reivindicar para sí ser la hija legitima de un imperio civilizador que había conquistado y evangelizado medio orbe.

 

Sin lugar a dudas la Argentina de hoy seria irreconocible para quienes la forjaron. A lo largo de su devenir histórico se le fue imponiendo de forma paulatina una tradición contraria a los principios que le dieron el Ser; de tal modo que su vero rostro se desfiguró completamente, su identidad verdadera fue adulterada, y ello no sucedió por casualidad.

 

En efecto, el secular proceso de demolición de nuestra identidad nacional tiene un sujeto activo que fue su inspirador y su gestor; y que no es otro que el liberalismo. Ese error monstruoso, con su falso concepto de libertad, ha sido la perdición no solo de nuestra patria sino de todas las naciones cristianas que otrora configuraron la Cristiandad.

 

Por eso, la clave para entender el drama que signa toda la historia argentina estriba en tener presente la pugna que se dio entre su tradición hispano-católica, que daba primacía a las realizaciones espirituales; y la tradición liberal, extranjerizante y materialista, que es su antítesis.

 

Cabe aclarar que esta última tradición –es menester reconocerlo-, al igual que la primera, también nos vino de nuestra Madre Patria. Porque si bien la Argentina se fundó bajo el signo de la cruz y la espada, durante  el apogeo de la cristiandad hispánica;  sin embargo el plexo de valores de esa tradición fundacional comenzó a ser negado tempranamente con las ideas del despotismo ilustrado, racionalista, secularista y afrancesado, que en el siglo XVIII nos llegó desde España, gobernada a las sazón por la dinastía borbónica.

 

Fue entonces, durante ese periodo en el que reinaron los monarcas de la Casa de  los Borbones, que se introdujeron en España las ideas de la Ilustración; con su culto a la razón y su desprecio por la religión; con su dogma del Progreso Indefinido y su antropocentrismo prometeico. Y esas ideas, que luego en Francia serian el disparador de la endemoniada Revolución de 1789; en España serán el germen de la ruina y la destrucción del Imperio hispano-católico. Ello sobre todo durante el reinado de Carlos III; un rey que se rodeó de ministros masones (Floridablanca, el conde de Aranda, Campomanes, etc) y que bajo esa influencia dispuso la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús; una orden religiosa que había planteado una férrea oposición a las ideas de la Ilustración.

 

Ciertamente, fueron los jesuitas quienes, ante el avance del movimiento ilustrado, con más ardor defendieron la ortodoxia católica; y es por ello que los “Hombres de las Luces” trataron por todos los medios de neutralizarlos. Lo confiesa Voltaire en una carta a Helveticus, en la que decía: “cuando hayamos eliminado a los jesuitas habremos dado un gran paso adelante en nuestra lucha contra lo que detestamos”. Se refiere Voltaire, obviamente, a la Iglesia Católica.

 

Así pues, sacados del medio los padres de la Compañía de Jesús el gran paso que ansiaban dar los ilustrados fue dado, y con ello la difusión de los ideales del Iluminismo quedó asegurada. A partir de entonces los días del Imperio Hispanoamericano estaban contados.

 

En América, la formidable labor civilizadora y evangelizadora que desarrolló la Compañía es larga de enumerar. Sus misiones incluso jugaron un papel vital en la defensa de las fronteras del Imperio ante el avance portugués. Sus colegios y universidades fueron centros de enorme difusión cultural; en ellos se enseñaron las ideas filosóficas- políticas del padre Francisco Suarez, doctrina universalmente aceptada entre los católicos de entonces, que se oponía al absolutismo y al despotismo ilustrado.

 

Menéndez  Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, dirá que la expulsión de los jesuitas contribuyó indudablemente a acelerar la pérdida de las colonias americanas. En efecto, no hay dudas que tan impopular medida desprestigió gravemente a la autoridad española entre los criollos americanos y dejó un vacío casi imposible de llenar.

 

De todos modos los principios de la escolástica que estos enseñaron (especialmente la teoría suareciana de la retroversión del poder) calaron hondo en la inteligencia de los criollos, de tal forma que fueron esos los presupuestos filosóficos a los que se apeló durante las jornadas de Mayo de 1810; cuando desaparecida toda autoridad legítima en España los americanos se vieron obligados a dotarse de un gobierno propio. Por supuesto que ello amén de que la propia legislación española (.las Partidas de Alfonso el Sabio) preveía que esto fuera así; es decir que ante la muerte o ausencia del rey, sin que este haya dejado un regente, la soberanía se revirtiera en los pueblos.

 

Lamentablemente, luego de establecido el primer gobierno patrio surgió entre sus miembros dos tendencias claramente diferenciadas y enfrentadas. Por un lado una tendencia católica, sinceramente monárquica e hispanista; encabezada o representada por el jefe del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra. Y por el otro lado, una tendencia influenciada por las ideas de los filósofos de las luces, liberal y jacobina, cuyos principales exponentes fueron Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo.

 

Y aunque en esa primigenia etapa del proceso independentista los primeros gobiernos patrios aun hacían una expresa profesión de Fe católica, muy pronto emergieron los primeros intentos de apostasía social con la política irreligiosa de Martin Rodríguez y su nefasto ministro Bernardino Rivadavia. Pero los cimientos de la argentinidad aún estaban firmes, y contra dicha política impía se alzaron –lanza en mano- las mesnadas criollas conducidas por el caudillo riojano Facundo Quiroga bajo el estandarte medieval de “Religión o muerte”.

 

Esa confrontación de índole religioso signa todas las luchas entre unitarios y federales. De modo pues que se equivocan quienes ven en ellas un mero conflicto político o económico, una lucha entre la burguesía portuaria y los caudillos del interior, o entre la oligarquía ganadera y los sectores populares (como lo hacen los revisionistas de izquierda, clasistas o populistas). En realidad, a ambos bandos lo que en el fondo los dividía eran razones culturales y religiosas. Lo que estaba en pugna entonces eran dos diferentes cosmovisiones y dos formas distintas de entender a la patria. Por un lado estaban quienes, sintiéndose orgullosos de su cultura y religión, concebían a la Patria como un legado al que había que conservar y defender; y por el otro estaban aquellos que repudiaban todo lo que fuera autóctono, criollo, e hispano-católico, y que para imponerse no tenían ningún escrúpulo en unirse al enemigo extranjero.

 

Es por ello que mientras los caudillos federales pudieron contrarrestar la impiedad y la traición de unitarios y logistas, nuestra verdadera tradición histórica se mantuvo de pie y vigente; las cosas cambiarían a partir de la caída de Juan Manuel de Rosas.

 

 Rosas no fue solamente un dictador patriota que salvaguardó la unidad nacional y defendió la soberanía; tampoco fue un simple caudillo federal que respetó las autonomías provinciales y protegió las incipientes industrias del interior; fue mucho más que todo eso, fue un verdadero príncipe católico, un gobernante arquetípico que mantuvo vigente en nuestra patria el orden social cristiano heredado, el régimen de la Cristiandad hispánica. Durante su gobierno se puede afirmar sin temor a exagerar que la filosofía del Evangelio presidió todas las acciones de la autoridad política.

 

Prueba de ello es su famosa Proclama del 13 de abril de 1835 (efectuada al momento de asumir como gobernador por segunda vez) en la que dijo: “Ninguno de vosotros desconoce el cúmulo de males que agobia a nuestra amada patria, y su verdadero origen. Ninguno ignora que una fracción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad, de su avaricia, y de su infidelidad, y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha desvirtuado las leyes, y hécholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantido su impunidad; ha devorado la hacienda pública y destruido las fortunas particulares; ha hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales, y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y perfidia. La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio de estos males no puede sujetarse a formas, y que su aplicación debe ser pronta y expedita y tan acomodada a las circunstancias del momento. Habitantes todos de la ciudad y campaña: la Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia; resolvámonos pues a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto en confusión nuestra tierra; persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros, y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y espanto a los demás que puedan venir en adelante. No os arredre ninguna clase de peligros, ni el temor a errar en los medios que adoptemos para perseguirlos. La causa que vamos a defender es la de la Religión, la de la justicia y del orden público; es la causa recomendada por el Todopoderoso. Él dirigirá nuestros pasos y con su especial protección nuestro triunfo será seguro.”

 

El verdadero Rosas esta retratado en esta proclama que demuestra la importancia que el Restaurador le daba a la religión como fundamento del orden social. Como dice Antonio Caponnetto: “el Caudillo concibió a la Patria como un eco posible de la Civilización Cristiana”[2]; y contra esa idea tradicional de la Patria, se levantaron los unitarios y los representantes autóctonos del liberalismo; de tal modo que la continuidad histórica de la Argentina real y verdadera se truncó definitivamente cuando en 1852 en los campos de Caseros una coalición internacional al mando del Gral. Justo José de Urquiza, derrocó a Rosas y le abrió las puertas a la Republica liberal, masónica y laicista.

 

El primer paso en ese sentido fue el dictado en el año 1853 de una Constitución Nacional informada por los principios filosóficos del iluminismo racionalista y del liberalismo, cuyos pocos preceptos de tónica cristiana –como dijo el notable constitucionalista Arturo E. Sampay- fueron decisiones políticas de índole transaccional atento a que casi la totalidad de la población argentina profesaba en ese momento la religión católica[3].

 

Pero esa población católica, expresión viviente de la tradición fundacional, estaba en la mira de los liberales. Juan Bautista Alberdi, el inspirador de la Constitución, dirá categóricamente en el Capítulo XV de su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina: “Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos…”  Agregando, en el capítulo XXX: “Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella… La Constitución debe ser hecha para poblar el suelo solitario del país de nuevos habitantes, y para alterar y modificar la condición de la población actual.”

 

Esa Constitución, pergeñada por Alberdi y los liberales, será la herramienta jurídica que una sucesión de presidentes masones utilizaría para cambiar la fisonomía y la esencia de la nación argentina; implantando a sangre y fuego los “beneficios” del liberalismo y de la “civilización”. Por ello el profesor Jordan Bruno Genta enseñaba que: “…las Bases de Alberdi postulan el cambio del Ser Nacional como condición imprescindible para la civilización y el progreso  de la Nación. La organización constitucional debe hacerse para asegurar la ruptura y el desprendimiento con el pasado histórico.”[4]

 

Lamentablemente, todos los intentos de resistir y frenar ese proyecto centralista y liberal, como los levantamientos de las montoneras gauchas del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela, fueron uno a uno salvajemente aplastados por los ejércitos mitristas.

 

En efecto, después de la batalla de Caseros, y sobre todo después de Pavon, los “hombres de las luces”, los “civilizados”, sembraron el terror en el país y cometieron una larga lista de crímenes políticos y de matanzas cuyo objetivo último no era otro que terminar con la Argentina tradicional. Así, en 1856 Mitre hizo fusilar al Gral. Jerónimo Costa junto a 126 de sus oficiales y suboficiales, estando rendidos y sin ningún tipo de proceso legal; Venancio Flores en 1861 perpetró la misma salvajada en Cañada de Gómez, degollando a unos 400 federales rendidos; igual destino corrieron los gauchos del Chacho Peñaloza, y el propio Chacho, cruelmente asesinado; por citar algunos casos emblemáticos.

 

Uno de los responsables de esa política criminal fue Domingo Faustino Sarmiento; este en su famosa carta a Bartolomé Mitre del 20 de septiembre de 1861, le decía: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos”; demostrando así el odio y el desprecio que la nueva clase gobernante le tenía al exponente típico de la argentinidad, al gaucho.

 

La idea fuerza de ese liberalismo triunfante, difundido por Alberdi y el masón Sarmiento; y llevado a la práctica por la llamada Generación del 80, quedó resumido de manera tajante en la formula sarmientina “Civilización y Barbarie”. Esa dicotomía expresaba perfectamente el rechazo absoluto por nuestra tradición primigenia, y el desprecio impío de nuestra cosmovisión hispano-católica, que el liberalismo planteaba, pues según ella “Civilización” venía a ser todo lo europeo y “Bárbaro” todo lo nuestro.[5] 

 

Otro hito fundamental para la imposición de la tradición iluminista, liberal, masónica y laicista que falsificó nuestra identidad nacional fue la sanción en el año 1884, durante el gobierno del Gral Julio A. Roca, de la Ley 1420 que estableció la educación laica en las escuelas.

 

En efecto, los liberales de la Generación del 80 consideraban imprescindible para la consolidación de una sociedad materialista, orientada e imbuida por la filosofía positivista, la eliminación de la enseñanza católica en las escuelas. Con ese fin es que llevaron adelante su política educativa, y en esto coincidían plenamente con los objetivos de la Masonería que ansiaba expulsar a Cristo de las aulas como una forma de ir eliminando toda influencia del catolicismo en la sociedad.

 

Enrique Diaz Araujo dice sobre estos hombres que: “su ideal indiscutido era el progreso material, agnósticos o ateos en religión, optaron legislativamente por el laicismo anticlerical…”[6]

 

Concurrentemente con el establecimiento de la educación laica, los liberales se dieron también a otra tarea fundamental para imponer sus ideas, la de falsificar nuestra historia. Esa versión amañada de nuestro pasado, que comenzó con las obras de Bartolome Mitre y Vicente Fidel Lopez, se convirtió en la Historia Oficial de la Argentina y cualquier disenso con ella fue duramente anatemizado. Generaciones de argentinos fueron educados pues con esta historia falsificada que se escribió no para transmitir y recrear una cultura propia sino para copiar la ajena; y por supuesto, para justificar en definitiva toda la acción política de la oligarquía gobernante.

 

Contra esa historia oficial liberal, pero paradojalmente dogmática, se alzó la escuela revisionista, con exponentes como Alberto Ezcurra Medrano, Federico Ibarguren, Julio Irazusta, Vicente Sierra, Manuel Galvez y Ernesto Palacio, entre otros. Esta corriente historiográfica al desmontar la interpretación liberal de nuestra historia, develando sus ocultamientos y exponiendo sus mentiras, no solo recuperó la verdad histórica sino que mostró el verdadero rostro de la Patria. Como dice Antonio Caponnetto: “El revisionismo original procuró, mediante la rectificación de los errores a designios, el redescubrimiento y la consiguiente revalorización de nuestra estirpe hispano-católica”[7].

 

Esa tarea –que los primeros revisionistas cumplieron con creces- hoy lamentablemente se encuentra interrumpida ya que aquel revisionismo originario y verdadero prácticamente ha desaparecido. Su presencia es totalmente inadvertida y son muy pocos sus exponentes.

 

Lo que se publicita en su lugar es una adulteración del mismo, un neo-revisionismo ecléctico y acomodaticio, inspirado en historiadores seudo-revisionistas, izquierdistas y populistas, como Hernandez Arregui, Eduardo Astesano y Fermin Chavez, que se infiltraron en el auténtico revisionismo e introdujeron en él un análisis dialectico, clasista y materialista. Estos neo-revisionistas que hoy usufructan el prestigio de la vieja escuela revisionista, coinciden en el fondo con los historiadores académicos y profesionales, sean estos liberales, marxistas o sincretistas de toda laya, en su cosmovisión historicista, inmanentista y relativista[8]. Es por eso que todos ellos escamotean la verdad sobre nuestro Ser Nacional y rechazan nuestra tradición hispano-católica.

 

En este estado de cosas lo que se impone a todo historiador, que quiera prestar un servicio a la patria, es revivir y recrear al auténtico revisionismo. Tomar las enseñanzas de los primeros maestros y encarar nuevos estudios que saquen a la luz nuevamente nuestra verdadera tradición histórica. Solo así podremos recuperar nuestra identidad nacional y encontrar las fuerzas para resistir y reconquistar la Argentina real. Nuestro destino como nación depende de ello.

 

                                                                 Edgardo Atilio Moreno

 

[1] Ibarguren, Federico. Nuestro Ser Nacional en peligro. Bs. As. Ed Vieja Guardia. 1987, pag 12

[2] Caponnetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas. Bs As., Ed Katejon, 2013, pag 31

[3] Sampay, Arturo Enrique. La filosofía del Iluminismo y la Constitución argentina de 1853. Revista Verbo N° 303, pag. 43

[4] Genta, Jordan Bruno. Jordan B. Genta. Bs As. 1976. Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino. pag 385.

[5] Por otra parte dicho planteamiento también traía consigo, como conclusión forzada, un sentimiento de inferioridad y un descreimiento en nuestras capacidades para forjarnos un destino independiente; lo cual llevaría a que de la mano de la pregonada “Civilización” se impusiera en lo económico la teoría del librecambio y de la división internacional del trabajo que subordinó nuestro destino a los intereses extranjeros y convirtió al Estado en un agente de los mismos.

[6] Diaz Araujo, Enrique. Aquello que se llamó la Argentina. Ed. El Testigo. Mendoza. 2002. Pag. 51

[7] Caponnetto, Antonio. La polémica sobre Rosas. Revista Verbo N° 297, pag. 87

[8] Al respecto ver Caponnetto; Antonio. Los críticos del revisionismo histórico. Tomo 3