LA LEYENDA DE LA TIRANÍA


Por: Jordan Bruno Genta

 

Crítica revisionista, 26 de septiembre de 2022

 

Caseros es el primer triunfo decisivo de la política liberal en la Historia Argentina; no sólo extiende su influencia a todas las manifestaciones de la vida nacional, sino que logra imponer una gran falsificación de nuestra conciencia histórica para encubrir con la leyenda del tirano Rosas, la conducta desleal y oportunista de los emigrados, convictos y confesos de haber alentado la intervención extranjera y de haber negociado la desmembración del territorio; lo cual unido al oro que han recibido de los agentes imperialistas en pago de su inapreciable colaboración, configura la imagen siniestra de los "reos de lesa Patria", con la que ellos pretenden confundir a Rosas ante la posteridad. Y esta falsificación de nuestra Historia nos engaña acerca de lo que somos y tenemos que ser; nos extravía irremediablemente el juicio sobre las cosas que debemos respetar y las que debemos temer. La Patria es la Historia de la Patria.

 

¿Qué sentido del patriotismo y de sus deberes pueden tener los jóvenes argentinos que frecuentan el magisterio de los doctrinarios de la traición?

 

Leed y volved a leer esta respuesta de Alberdi a la pregunta sobre el deber argentino, con motivo del Bloqueo francés del Río de la Plata, publicada en "El Nacional" de Montevideo, el 28 de noviembre de 1838:

 

"¿Estará el deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al hermano? Sofisma miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano".

 

O esta apología de la traición de la Patria que Sarmiento hace en "Facundo", el más celebrado y difundido de sus libros; lectura obligatoria en nuestras escuelas públicas:

 

"… los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes: en una palabra, fuimos nosotros". (III Parte, cap. 2).

 

Y la verdad es que estos doctrinarios de la traición, los jóvenes esclarecidos de la brillante generación de Mayo, son mentores oficiales de la juventud argentina que los reverencia como a personalidades próceres y maestros de conducta civil, mientras Rosas continúa siendo "un reo de lesa Patria" y un monstruo moral.

 

Es necesario que el defensor de la soberanía nacional, sea execrado por los siglos de los siglos, a fin de que Urquiza, López, Mitre, Sarmiento y Alberdi, aparezcan revestidos con las acrisoladas virtudes del patriotismo y de 1a. fidelidad. Se trata de un fallo inapelable, de una sentencia definitiva, de un dogma secular que debe ser acatado en nuestras interpretaciones y valoraciones históricas. Nadie puede intentar la más leve modificación de este prejuicio, consagrado por los más celosos partidiarios de la variabilidad de todas las cosas. No hay como los declamadores democráticos de la Evolución Universal, para decretar inmutabilidades en el seno mismo de. lo que cambia indefectiblemente.

 

Dudar de la divinidad de Cristo es signo inequívoco de una mentalidad evolucionada y progresista; pero poner en duda la monstruosidad de Rosas es una aberración mental y un crimen inexcusable. Tal es el criterio de liberales y masones.

 

Los medios que se emplean para asegurar y mantener esta gran falsificación de nuestra Historia, superan en viieza y en cobardía a los que se usaron para combatir a Rosas en el poder. El ensañamiento contra Rosas muerto es todavía mayor que el mostrado hacia Rosas vivo. No se retrocede ante ninguna valla; si es necesario so oculta o se tergiversa la misma evidencia. No se respeta ni se considera en absoluto el juicio más autorizado, si ese juicio reconoce el patriotismo, la prudencia y la honestidad de Rosas; ni siquiera si es. San Martín quien lo dice.

 

Los mismos que estiman insuficiente la medida humana para exaltar a nuestro Gran Capitán y levantan altares laicos (grotesco intento de entronizar la idolatría del héroe por odio a Dios), no le escatiman agravios toda vez que declara su adhesión o le testimonia su gratitud argentina a Rosas. El penegírico se cambia en vituperio: San Martín es un viejo obcecado y reblandecido, un necio que habla con suficiencia de lo que no sabe o un padre agradecido por los favores dispensados a sus hijos.

 

Sarmiento en su biografía del General San Martín que figura en la galería de hombres célebres de Chile - Santiago, 1854, no vacila en mentir con su impavidez habitual, además de atribuir a la debilidad senil de San Martín su adhesión a la causa de Rosas:

 

"Nada de particular presentan los últimos años de San Martín, sino es el ofrecimiento hecho al dictador de Buenos Aires de sus servicios en defensa de la independencia americana que creía amenazada por las potencias europeas en el Río de la Plata. El poder absoluto del General Rosas sobre los pueblos argentinos no era parte a distraerle de la antigua y gloriosa preocupación de la independencia, idea única, absoluta y constante de toda su vida. A ella había consagrado sus días felices, a ella sacrificaba toda otra consideración. la libertad misma. Pocos meses antes de morir, escribió a un amigo algunas palabras exagerando las dificultades de, una invasión francesa en el Río de la Plata, con el conocido intento de apartar de la Asamblea Nacional de Francia, el pensamiento de hacer justicia a sus reclamaciones por medio de la guerra. A la hora de su muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo o deseando legársela a su patria, se la dedicó al general llosas, como defensor de la independencia americana... No murmuremos de esto error de rótulo en la misiva, que en su abono tiene su disculpa en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años del teatro de los acontecimientos, y las debilidades del juicio en el período septuagenario" (tomo III, página 296).

 

En otra página de su vastísima obra, comentando su visita a Grand Bourg, en el verano de 1845, emplea el mismo argumento para excusar a San Martín:

 

"…San Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza, anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada, y su ánimo noble se exalta y ofusca...

 

"…San Martín era un hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la veje z… " (tomo V, pág. 114).

 

El subrayado nos pertenece, y abarca casi todo el texto porque queremos destacar los recursos innobles de que se vale Sarmiento para desautorizar la actitud de San Martín hacia Rosas y, al mismo tiempo, para reducir la. agresión imperialista a un fantasma, engendrado por el delirio obsesivo de un pobre viejo. Y también porque es un testimonio de la falta de escrúpulos de que hace gala Sarmiento, toda vez que estima oportuno mentir para lograr un determinado efecto. Si escribe una biografía de San Martín para hacer el elogio del héroe de la independencia, no conviene en absoluto que el legado de su sable aparezca como una decisión lúcida y serena; nada más fácil para el llamado Maestro de América, que es un consumado maestro en estas habilidades: "A la hora de la muerte, acordóse que tenía una espada histórica, o creyendo y deseando legársela a su patria, se la dedicó al general Rosas… No murmuremos de este error de rótulo en la misiva que en su abono tiene su disculpa, en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de treinta y seis años (suponemos que esta cifra es un error tipográfico) del teatro de los acontecimientos y de las debilidades de juicio en el período septuagenario".

 

Hemos repetido esta parte del texto para mostrar que solamente un impostor de oficio puede incurrir en esta burda falsificación y en esta inexcusable irreverencia. Si Sarmiento ignora en 1854 que San Martín había redactado su testamento seis años antes de morir, en estado de plena lucidez y dominio de sí, no puede ignorar,, que está inventando las circunstancias de la muerte del héroe para que, el legado a Rosas, aparezca como el acto irresponsable de un anciano moribundo que no sabe lo que hace.

 

El presidente de la Comisión Argentina de Montevideo, Dr. Valentín Alsina, le escribe a su amigo D. Félix Frías con motivo de la muerte de San Martín que acaba de conocerse en el Río de la Plata. El rencor que ha tenido que disimular en la obligada nota necrológica, lo desahoga en la discreta intimidad de la carta que está fechada en Montevideo, el 9 de noviembre de 1850:

 

" …Como militar fué intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado por los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles contra el extranjero.... Nos ha "dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna  y. . . pero mejor es no hablar de esto... "

 

La verdad es que todavía "aturde, humilla e indigna" a los abogados de la Democracia. Dicen venerar al héroe nacional, pero descalifican sus juicios en cuanto se oponen a sus intereses creados. Prefieren las mentiras de Sarmiento a las verdades ele San Martín, porque son discípulos aprovechados de la escuela histórica que D. Salvador María del Carril inaugura en nuestra Patria, con sus recomendaciones a Lavalle después de la ejecución de Dorrego, en diciembre de, 1828:

 

"…si para llegar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad. se embrolla: y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos.. . "

 

Los empresarios de la falsificación metódica y sistemática de nuestra Historia, con aparato documental y crítica científica o sin estas formalidades aparentes, se sienten plenamente justificados por esta doctrina de la mentira patriótica, gemela de la que auspicia la mentira piadosa a fin de que el hombre muera como una vaca y no como un hombre.

 

Claro está que esta doctrina suele revestirse con las denominaciones propias de las filosofías a la moda: y por esto es que en los días que corren, se llaman lo mismo existencialismo que pragmatismo.

 

La mentira patriótica es la "verdad existencial" o la "verdad pragmática"; algo así como una ficción consoladora, confortable y estimulante para la vida de las naciones y que debe administrarse de acuerdo con las necesidades de cada momento y al hilo de la existencia histórica.

 

Los pueblos, se dice, tienen necesidad de "mitos" o de "mística" para vivir. La confrontación existencial de la última, guerra ha confirmado que el mito de la Democracia y de la Libertad continúa siendo la razón vital de la humanidad, frente, a los caducos nacionalismos autoritarios. Esto significa para los vigías de la dialéctica existencial que el mito saludable, la mística vivificante de las naciones, es todavía la Democracia made in U.S.A. o made in U. R. S. S.

 

Y el resurgimiento democrático de post-guerra, en nuestra Patria, exige mantener la leyenda de la Tiranía, más un obligado complemento que es.

 

*Tomado del libro San Martin, doctrinario de la política de Rosas. Ediciones del Restaurador. Bs As. 1950.

LA PARADÓJICA CONSAGRACIÓN


 de Artigas: para honrarlo como prócer cercenaron su memoria

 

Pablo Yurman


Infobae, 23 de Septiembre de 2022

 

En Buenos Aires su figura es reconocida sólo como la de prócer de un país vecino y como “Padre de la Nación uruguaya”, no muy distinto a lo que podría corresponderle a Jorge Washington respecto de Estados Unidos o a Napoleón en relación a Francia. El problema con respecto a José Gervasio Artigas es que el mensaje implícito en dicha simbología es perjudicial por partida doble: por un lado, infunde en los argentinos del presente la errónea idea de que Artigas resulta ajeno a nuestra historia; por el otro, presentarlo como “padre de la nacionalidad uruguaya” es falso en términos históricos e incluso antagónico con sus propias ideas políticas, pese a ser entendible que a partir de 1830, al crearse la República Oriental del Uruguay gracias a la habilidad diplomática de Lord Ponsonby, a la élite montevideana le urgiese encontrar un “padre fundador” del nuevo Estado surgido en la boca del Plata.

 

Sería ingenuo pensar que la pretensión de borrar a Artigas de la memoria colectiva argentina obedezca a un descuido. Fue y lo sigue siendo adrede.

 

Para agregar ingredientes al entuerto, alejándonos de Buenos Aires, su figura no sólo es recordada con respeto por haber sido el “Protector de los Pueblos Libres”, es decir provincias que llegaron a aglutinar a la Banda Oriental, a toda la Mesopotamia e incluso Santa Fe y hasta Córdoba, sino que es reconocida como lo que fue: caudillo del pueblo oriental y de muchos otros, el primer puntal del federalismo rioplatense.

 

Su gran enemigo interno fue Carlos María de Alvear, quien pese a haber sido solo durante tres meses Director del Estado (enero a abril de 1815) posee una de las estatuas ecuestres más importantes de la Capital Federal. Monumento levantado acaso por los mismos, ideológicamente hablando, que decidieron erradicar a Artigas del imaginario social de los argentinos. La rivalidad entre ambos no fue tanto a título personal, sino emergente de lo que serán dos modelos antagónicos para el desarrollo de nuestros pueblos tras la desaparición del Imperio Español.

 

Con tan solo 24 años de edad, Alvear fue nombrado Presidente de la célebre Asamblea de 1813, cuerpo al que habían sido invitadas todas las provincias a enviar diputados y que, de acuerdo con los términos de la convocatoria, tendría por objeto principal declarar la independencia y dictar una constitución para organizar el nuevo Estado. Sabido es que no cumplió ninguno de los dos objetivos, dedicándose en consecuencia a sancionar una legislación “cosmética” que resultaba ajena a la realidad cotidiana y a las preocupaciones de las mayorías, pero a la que la prensa escrita de entonces dedicó amplia cobertura.

 

Al llegar a la Asamblea los seis representantes elegidos por el pueblo oriental fueron rechazados bajo excusas formales. Al respecto comenta el historiador Fernando Sabsay en su libro Rosas, el federalismo argentino que “Los diputados orientales hicieron su presentación oficial ante la Asamblea el 1º de junio [de 1813], acompañando sus diplomas con las firmas de los ciudadanos votantes; por dos veces consecutivas y con indudable arterismo, la Asamblea rechazó esos diplomas ‘hasta que viniesen en bastante forma sus respectivos poderes’; el liberalismo porteñista había logrado ya el apoyo de Alvear y algunos diputados, que formaban mayoría, y no podía exponerse a que los seis orientales modificaran la relación existente. El argumento era pueril, pues sería del caso comparar esos poderes de los orientales con los que fueron incorporados la mayor parte de los diputados.”

 

La excusa fueron las formas, pero el peligro que los alvearistas percibían era el contenido de las instrucciones con las que esos diputados de la otra margen del río estaban investidos por voluntad popular, ya que fue en el Congreso de las Tres Cruces en presencia de miles que fueron aprobadas.

 

Algunas de las instrucciones con las que los diputados orientales venían munidos ponían por escrito un proyecto diametralmente opuesto al de los intereses anglo-portuarios de los que Alvear sería tributario. Un simple vistazo a algunas de ellas, por ejemplo, declaración inmediata de nuestra independencia; constitución bajo el sistema republicano y confederal de todas las provincias argentinas; capital del Estado fuera de Buenos Aires; sistema económico de tipo proteccionista en resguardo de las industrias del Interior, entre otras, alcanza para entender la jugarreta por la que se impidió el ingreso a la Asamblea de los esos seis representantes orientales.

 

El enfrentamiento entre los ideales representados por el caudillo oriental, de profundo arraigo popular en todas las provincias, respetuoso de nuestras tradiciones y de mirada americanista, consciente de que la fractura con España no podía terminar en la balcanización del espacio sudamericano dotado de una herencia común, habrá de enfrentarse nuevamente al de Alvear -elitista, portuario, cosmopolita en su peor sentido de desprecio por lo propio y sumiso a la política británica sobre el continente- en 1815 cuando, como dijimos, éste ocupe el cargo de Director Supremo del Estado, vacante por la renuncia de su tío, Gervasio de Posadas.

 

Ante la inminencia de que la Liga Federal liderada por Artigas aumentara su poderío con la incorporación de nuevas provincias, Alvear pergeñó hacerle una oferta que a sus ojos de mercader y no de patriota resultaría irresistible. Al respecto nos dice Sabsay: “En cuanto a Artigas, con tal de sacarse de encima el conflicto y por conducto del coronel Galván, [le] ofreció la independencia oriental y que las provincias litoraleñas eligieran la protección de sus preferencias. Artigas, que distaba muchísimo de aspirar al desmembramiento del país, rechazó el ofrecimiento.”

 

Era una afrenta para un criollo que amaba profundamente la tierra oriental en la que había nacido pero para quien resultaba inconcebible entenderla separada del resto de las provincias que formaron otrora el Virreinato del Río de la Plata.

 

El resto de sus años activos hasta el fatídico 1820 los pasará defendiendo a su provincia de la invasión portuguesa y luchando contra la indiferencia y el desdén de las autoridades directoriales con sede en Buenos Aires. Y justo cuando todo parecía darle la victoria tras la batalla de Cepeda en febrero de 1820, la traición de su ex lugarteniente, el entrerriano Francisco Ramírez, lo obligará a buscar asilo en el Paraguay, lugar donde residirá hasta su muerte el 23 de septiembre de 1850, ante el más absoluto olvido e indiferencia de quienes conducían los destinos del suelo que lo había visto nacer.

 

Años más tarde sus restos serían trasladados a su Montevideo natal y se hallan actualmente preservados en una urna dentro del mausoleo levantado en su honor.

EL MAGNICIDIO FALLIDO


 contra Juan Manuel de Rosas con una “máquina infernal” que se trabó de milagro

 

Infobae, 5 de Septiembre de 2022

 

En la historia argentina, hubo varios casos de intentos de magnicidio: Domingo Faustino Sarmiento, Julio Argentino Roca, Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza, Juan Domingo Perón y Raúl Alfonsín, todos presidentes que sufrieron atentados contra su vida durante sus mandatos.

 

Como explicó el político e historiador argentino Pacho O’Donnell a Infobae Leamos, Juan Manuel de Rosas, dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires, también fue víctima de un atentado que involucró una “máquina infernal” que terminaría fallando.

 

En 1841, Rosas lidiaba, por un lado, con las consecuencias políticas de la interminable guerra civil entre unitarios y federales y, por el otro, con las consecuencias económicas de un bloqueo al que, por dos años, Francia había sometido al país. El horno no estaba para bollos.

 

El historiador dijo que “los jóvenes unitarios, muchos exiliados en Montevideo, Uruguay, no dudaban en facilitar una invasión extranjera a su propio país y el general Lavalle, con el apoyo de los franceses, quiso invadir Entre Ríos y Santa Fe”. Con poco más de mil hombres, los unitarios se enfrentaron al ejército rosista y, ante la disparidad de números -los federales eran casi 20 mil- fracasaron rotundamente.

 

Pero el enfrentamiento no terminó ahí y, lejos de las atrocidades del campo de batalla, el 27 de marzo de 1841 la guerra se coló dentro de la casa del entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires. Cuenta O’Donnell: “Ese día Rosas recibe una caja que, supuestamente, era una colección de monedas de una sociedad de anticuarios traída por el almirante francés Dupotet, lo que hace que Rosas no lo abra”.

 

La que manejaba la correspondencia del gobernador era Manuelita, su hija, a la que el paquete importado le había despertado una gran curiosidad. “En el momento en que la hija de Rosas pone la llave que hace saltar la tapa, aparece el contenido: una hilera de pequeños tubos de caños de pistola, como si fueran seis o siete armas de fuego que apuntaban hacia la persona que abriera la caja y que debían descargar sus balas simultáneamente. Pero falla...”, dice O’Donnell.

 

El 20 de marzo de 1841, Rosas anuncia que habían intentado matarlo “con una máquina infernal” y que, si seguía con vida, era porque “Dios había querido”. Una multitud salió a la calle al grito de “Mueran los salvajes unitarios, viva la Santa Federación”.

 

A raíz del fracaso de ese atentado, el obispo de Buenos Aires, Medrano -que era rosista- entrega una nota firmada por el clero en la que se leía: ¿Quiere vuestra excelencia conocer más claramente que Dios lo tiene escogido para presidir los destinos del país que lo vio nacer? ¿No se apercibirá de que es disposición del Eterno que continúe sus sacrificios, y que el único propósito que domine a vuestra excelencia sea el de llevarlos hasta donde lo exigen los intereses de la República? Esta necesidad ya se la ha hecho sentir a vuestra excelencia la voz del pueblo: ahora se hace entender más enérgicamente la voz del cielo, la voz del milagro”.

 

 

SANTIAGO DE LINIERS


el fusilamiento del “Conde de la Lealtad” y la lucha entre sus hijos por los restos

 

Omar López Mato

Médico, historiador y autor del sitio Historia Hoy

 

Infobae, 26 de Agosto de 2022

 

 

La vida de Santiago Antonio María de Liniers y Bremond podría resumirse en el título nobiliario con el que fue honrado después de defender al virreinato del ataque británico. Liniers fue leal a la corona por más que existiesen recelos por su origen francés y lo fue hasta las últimas consecuencias, no solo ante las amenazas externas sino también cuando la insurgencia criolla aspiró a separarse de España, dividida por la invasión napoleónica.

 

Por ser el cuarto hijo de nueve hermanos, el título familiar de Conde de Liniers, lo recibió su hermano mayor Jacques Louis Henri quien, además, fue caballero de la Real Orden de San Luis y socio de su hermano en varios emprendimientos en el Río de la Plata.

 

Por pactos entre España y Francia, Santiago pudo ponerse al servicio de la corona peninsular y ser admitido a la Orden de Malta con solo 12 años.

 

Cuando los ingleses invadieron Buenos Aires, Santiago de Liniers era dueño de una extensa foja de servicios a la corona: había servido como teniente de caballería y capitán de navío de la Real Armada Española. Después de una breve campaña contra los piratas berberiscos, viajó en 1776 al virreinato del Río de la Plata donde intervino en la toma de Colonia del Sacramento, por entonces bajo el dominio portugués.

 

Vuelto a España, se destacó en varios enfrentamientos en el Mediterráneo contra los ingleses. Por estos actos de servicio llegó a capitán de fragata.

 

Casado con Juana Úrsula de Menvielle y Latourrete volvió al Río de la Plata donde, desgraciadamente, mueren su esposa y su único hijo.

 

El 3 de agosto de 1791 contrajo nupcias con María Martina de Sarratea y Altolaguirre, miembro de una adinerada familia porteña, hermana a su vez de Martín de Sarratea, de destacada actuación en nuestros primeros gobiernos patrios, quien terminaría su carrera como diplomático en Europa del gobierno de Juan Manuel de Rosas.

 

En 1802 el virrey Joaquín del Pino nombró a Liniers gobernador interino de las misiones guaraníes. En 1804 volvió a Buenos Aires y una vez más la desgracia cruzó su destino: su esposa Martina Sarratea murió después de dar a luz al octavo hijo del matrimonio. Días más tarde moriría también su hijo Francisco de Paula, de tan solo dos años.

 

Fue después de este doloroso episodio, cuando se unió a su hermano en el proyecto de establecer una fábrica de “pastillas de carne condensada” para proveer a las naves que paraban en Buenos Aires, pero el negocio fue un completo fracaso.

 

El momento de gloria llegó en 1806 cuando ante la huida del virrey Sobremonte, Liniers organizó la reconquista de Buenos Aires desde Montevideo. Esta victoria lo convirtió en héroe y caudillo. Su figura dio lugar al primer acto de autodeterminación criollo, la consagración de Santiago de Liniers como virrey del Río de la Plata.

 

En vistas de un nuevo ataque británico, Liniers militarizó a la ciudad con milicias organizadas según el lugar de origen de sus integrantes. Así surgieron los Arribeños, los Patricios y los grupos combatientes de distintas provincias ibéricas. A pesar de la preparación, el desembarco de diez mil efectivos británicos puso en jaque a las tropas porteñas que fueron derrotadas en el Combate de Miserere (1807). Liniers pensó en capitular pero la resistencia organizada por Martín de Alzaga logró vencer completamente a los británicos quienes también se vieron obligados a entregar Montevideo. Fue entonces cuando el virrey fue honrado con los títulos de mariscal de campo y “conde de Buenos Aires”. El Cabildo de la ciudad rechazó esta denominación y lo reemplazó por el de Conde de la Lealtad que honró hasta el último de sus días.

 

Lamentablemente los negocios turbios de su hermano mayor alzaron voces acusatorias de nepotismo, cohecho y peculado. Su relación sentimental con madame Marie Anne Périchon (una noble francesa de agitada vida social y erótica, además de supuestas actividades como espía) no mejoró la reputación de don Santiago, quien también fue acusado de traición por haber recibido al marqués de Sassenay, un enviado de Napoleón.

 

Javier de Elio alzó la ciudad de Montevideo contra Liniers y no tardó Martín de Alzaga en insubordinarse y pedir la destitución del virrey en Buenos Aires. Gracias al apoyo de Cornelio Saavedra y sus patricios –la tropa porteña más numerosa– logró derrotar la conjura y desterró a Martin de Alzaga a Carmen de Patagones.

 

A pesar de los reconocimientos, la Junta de Sevilla prefirió un virrey español en estas costas y lo nombró a Baltazar Hidalgo de Cisneros, un marino español de extensa carrera que se había comportado como un valiente durante el desastre de Trafalgar.

 

El nuevo virrey a su llegada a Buenos Aires, se reunió con Liniers quien, entre otras cosas, le recomendó no deshacer las milicias porteñas. Sin saberlo, el ex virrey estaba firmando su acta de defunción y la del fin del dominio español sobre este virreinato.

 

Liniers se instaló en Córdoba y cuando se enteró de la Revolución de Mayo, junto al obispo Orellana y otros españoles decidieron hacer frente al ejército porteño. A su criterio, la aviesa conducta de la Primera Junta era “una puñalada al régimen español” a quien había jurado fidelidad.

 

La contrarrevolución fue un fracaso y Liniers junto a las otras autoridades pro-españolistas fueron capturados, maltratados y sus bienes robados.

 

La Primera Junta ordenó el fusilamiento de los cabecillas, pero el comandante Francisco Ortiz de Ocampo, quien había sido subordinado de Liniers, se negó a cumplir el mandato y decidió remitir a Liniers y demás contrarrevolucionarios a Buenos Aires.

 

La Junta, conociendo la popularidad del exvirrey, ordenó la inmediata ejecución de Liniers y demás cabecillas (hecha la excepción del obispo), acto que se ejecutó el 26 de agosto de 1810, en Cabeza de Tigre (Córdoba).

 

Allí, el héroe de la reconquista, fue desnudado y arrojado a una fosa común. Por años el exvirrey fue olvidado hasta que el presidente Santiago Derqui designó una delegación para localizar los restos de los ejecutados. Uno de los testigos del fusilamiento identificó el lugar del entierro y allí se hallaron los restos del virrey junto a los demás fusilados. Liniers pudo ser identificado por un botón con una corona.

 

Las cenizas fueron trasladadas primero a Rosario y después a Paraná para ser homenajeados (recordemos que entonces esa ciudad era sede del poder ejecutivo). Dos hijos de Liniers, que vivían en España, agradecieron este “acto de justicia” y pidieron en 1862 al general Mitre (por entonces presidente de la República) que los restos fuesen trasladados a España.

 

Una de las hijas se opuso y los restos de Liniers fueron al cementerio de la Recoleta, al panteón familiar. Sin embargo, los hijos españoles, dolidos por el destrato que había sufrido su padre, insistieron y lograron que sus restos fuesen trasladados a España y sepultados en Cádiz, en el Panteón de los Marinos Ilustres.

 

El gobierno argentino colocó una placa que reproduce la frase final de la biografía de Santiago de Liniers, escrita por Paul Groussac: “Los últimos héroes de la Patria vieja fueron las primeras víctimas de la Patria nueva”

GÜEMES


 Primer Gobernador Autónomo de Salta y su lucha por la Patria Grande

 

Prof. Jorge E. Camacho Ruiz

 

El Gral. Martín Miguel de Güemes, luego de derrotar al ejército realista en Puesto del Marqués en 1815, fue aclamado gobernador de la Intendencia de Salta un 6 de mayo de ese mismo año, convirtiéndose así  en el primer gobernador autónomo elegido por el pueblo de Salta, ya que  hasta entonces los gobernadores eran designados en Buenos Aires.

 

Un año antes el Director Supremo Gervasio Posadas, había dividido la Gobernación de Salta del Tucumán, en dos Intendencias: la de Salta, que abarcaba, Salta, Jujuy, Tarija y la parte occidental del Chaco y Formosa; y la del Tucumán que comprendía Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca.

 

Junto al cargo de Gobernador, Güemes, ejerció el comando de las fuerzas armadas de la Intendencia hasta su muerte ocurrida seis años más tarde; por lo que tuvo que lidiar con la realidad acuciante en tiempos de guerra y carestía, lo que lo obligo a tomar medidas poco simpáticas, puesto que afectaron a estancieros y comerciantes, resintiendo la economía de la antes esplendida Intendencia, alimentando así la a sus opositores y los enemigos de la causa patriótica.

 

Entre esas medidas odiosas estaban: la prohibición del comercio con el Alto Perú (que favorecía a los realistas que se abastecían de mulas en territorio salteño), medida impuesta anteriormente con el acuerdo del Gral. Manuel Belgrano; la eximición del pago del arriendo a los gauchos que no cobraban sueldo y estaban al servicio de la Patria (“estos pagan con su sangre decía” Güemes); y la implementación e incremento del tipo de monto de contribuciones obligatorias a favor de la causa Patriota.

 

Pero volviendo sobre las circunstancias en las cuales fue elegido Gobernador. El Directorio debió aceptarlo pues no tenía más alternativa, dadas las tempestades políticas del momento. Tengamos en cuenta que en ese momento se presentaba un cierto vacío de poder político a nivel nacional. El Director Supremo Alvear había sido depuesto un 10 de abril de 1815, asumiendo transitoriamente el gobierno, el Cabildo de Buenos Aires, hasta el nombramiento del nuevo Directorio como sucesor, designándoselo a Rondeau y a su remplazante Álvarez Thomas, por encontrarse el primero al frente del ejército del norte. Tampoco podemos obviar la influencia de San Martín en la actitud de Güemes y de un Álvarez Thomas, quién fuera éste el promotor de la sublevación de Fontezuela, contra Alvear opositor político de San Martín, en inteligencia con un “partido vecinal” en donde uno de sus participantes fue el señor Escalada, suegro de San Martín.

 

Además tengamos presente que bajo esas circunstancias los directoriales porteños, también se vieron forzados a aceptar a gobernadores autónomos como José Javier Díaz en Córdoba o Francisco Candioti en Santa Fe. Esa etapa de las autonomías versus centralismo fue anterior a lo que como resultado de esa confrontación haría su aparición seguidamente dos sectores políticos irreconciliables, el federalismo y el unitarismo, y por la cual tanta sangre se derramaría.

 

La elección de Güemes como gobernador, no sólo fue popular, esto es con el apoyo de todo el pueblo salteño en general, sino también con el respaldo de la gente más distinguida, entiéndase bien, no se trataba de un sufragio mediante las urnas como en la actualidad, no. Eran los representantes del Cabildo los electores, pero en esta ocasión con la algarabía de un consenso generalizado.

 

Güemes, una vez en el ejercicio del gobierno se dispuso a buscar el consenso de una ciudad hostil como Jujuy y finalmente lo logró. Posteriormente, durante los intensos debates en torno al congreso de Tucumán, Güemes en sintonía con San Martín, y en esos momentos, apoyó la monarquía constitucional; como también luego y desde su autonomía provincial apoyó la Constitución de 1819 y la unión nacional, a pesar de que muchos gobernadores de las provincias la rechazaran por centralista, Güemes lo hizo, por razones pragmáticas, ante la urgencia y la importancia de la unión, a los efectos de que no mermaran los recursos y los apoyos logísticos necesario para nutrir a las fuerzas del norte, tan necesario para la lucha contra los invasores realistas.

 

Al respecto entre los historiadores se desato un gran debate, entre los que sostuvieron que Güemes estableció así su adhesión al unitarismo y los que lo afiliaban con el federalismo.

 

No cabe duda que Guemes al aceptar su cargo como gobernador autónomo, tiene un ineludible vínculo con el federalismo y en absoluto con el unitarismo. Pero Güemes concibió un federalismo desde su propia coyuntura, es decir en el contexto de la lucha por la independencia. O sea que para entenderlo debemos ahondar en su percepción política, puesto que siempre combatió el anarquismo rioplatense, sea este de tendencia unitaria o federal que ponía en peligro la causa de la independencia. Ocurre que desde el lugar geopolítico en el cual se encontraba,  para Guemes era más urgente y fundamental terminar la guerra con España y conservar el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata en forma íntegra, que la definición por la forma federal o unitaria de gobierno; y esto lo pone a la altura de los sueños de un Belgrano y un San Martín, por consolidar la Patria Grande y evitar la disgregación pergeñada por la inteligencia del imperio británico de lo cual contaba con información reservada.

 

Pero ¿de dónde le procedía esa fuente de información? De su ministro de hacienda Pedro de Cevallos, éste era hijo del creador del Virreinato del Río de la Plata, nada menos; y por herencia familiar y una tenaz labor investigativa, se lo consideraba el más entendido sobre los proyectos y ambiciones lusitanas y británicas. De todo esto nos da cuenta un informe geopolítico del año 1816 del tratadista Miguel José Lastarria y Villanueva (1). Pero además Güemes quién había tenido su bautismo de fuego combatiendo durante las invasiones inglesas en 1806 y 1807 estaba totalmente compenetrado de quiénes eran nuestros históricos enemigos.

 

Si Güemes con su ejército hubiese logrado unirse con San Martín en el Perú, como estaba planificado, muy difícilmente se habría disgregado las Provincias Unidas del Río de la Plata, y la Patria Grande se hubiera preservado. Curiosamente, cuatro  días antes de que Güemes emprendiera la marcha hacia el Perú, fue herido de muerte, triste fue su destino, el de su familia, y así también se consumieron los sueños de una gran Nación Bioceánica.

 

Finalmente cabe señalar respecto al Federalismo de Güemes, lo que el historiador Atilio Cornejo en su Historia de Güemes, expresa: “El federalismo de Salta consistía en el respeto que exigía de sí misma como integrante de las Provincias Unidas. Aspiraba a colaborar en la dirección de los destinos de la Nación y en su grandeza, no como Salta en sí misma, sino como la Argentina. No era un espíritu local el que la animaba, sino nacional. Más se preocupó de la Patria grande que de la Patria chica; más de la Nación, que de sí misma. Por ello también, de ella se olvidaron y permaneció tanto tiempo pobre y abandonada; pero, siempre, guardando celosamente sus tradiciones y sus glorias en cerrado cofre, junto con el perfume típico de su personalidad que la distingue. Y así como Salta fue firme columna de la libertad, como reza la leyenda de su escudo, fue también columna de la unidad nacional” (2).

 

Crítica revisionista, 10 de agosto de 2022

 

Notas:

1.       En Estrategia Nº 58, mayo – junio 1979, El Cid Editor: Un Informe Geopolítico del Dr. Miguel de Lastarria en 1816.

2.       2da. edición, Artes Gráfico S. A., Salta, 1971, p. 171.