Semblanza de San Martín

(Un estudio del Dr. Mario Meneghini)
por José Antonio Riesco
Instituto de Teoría del Estado
Óleo de Guillermo Roux (2000)

En los últimos tiempos algunos académicos de cierto nombre (Pagni, Terragno, García Hamilton, etc.) dedicaron su pluma a desacralizar, en sentido cívico, la personalidad y la obra del general José de San Martín. Acaso con la intención de instalar la “verdad objetiva” en la conciencia de los argentinos, por un lado, o, también, para sentar plaza de originales aún a costa de cortarle los pies a los soportes históricos de la nacionalidad. Esto del revisionismo es un viejo vicio de ciertos intelectuales politizados que, sin mayor asidero científico, se esmeran por lograr mercado para sus libros, folletos y folletines.

De ahí que, con plena oportunidad, el doctor Mario Meneghini, titular del Instituto de Formación Política “Tomás Moro”, acaba de dar a luz una meritoria indagación sobre varios de los aspectos que ofrece la trayectoria del Libertador, con el legítimo afán de poner las cosas en su lugar. Con el sello de “Foro Sanmartiniano” (Córdoba, 2009, en 62 páginas) se ocupa de ciertos puntos de innegable significación para la vida y obra de San Martín y que, a la vez, permiten dilucidar la correspondiente problemática nacional. Son siete (7) capítulos, con adecuadas referencias documentales y bibliográficas, elaborados con admirable convicción y sin eludir, para nada, la temperatura polémica que les acompaña. A saber : i) Dudas y leyendas; ii) San Martín y la tradición nacional; iii) El diario de San Martín escrito por Terragno; iv) San Martín no fue masón; v) La amistad de San Martín y Belgrano; vi) San Martín y Rosas; vii) La salud de San Martín y el problema del opio.

En todos dichos tópicos se advierte en el autor la decisión de no eludir la confrontación con las tesis y versiones que, a su juicio, carecen de autenticidad. y en cada uno resalta la preocupación por lograr las necesarias bases documentales y testimoniales, y renglón seguido incorporar las reflexiones que sugieren los personajes y los acontecimientos. Y sin dejar de exhibir en los conceptos, las afirmaciones e incluso los enfoques críticos, la filiación católica que siempre se reconoció en el Dr. Meneghini. Al margen de coincidencias o diferencias, siempre califica positivamente al investigador del pasado el traer a éste al presente para vitalizarlo con su propia perspectiva doctrinaria.

Sólo como muestra –y sin excluir la importancia de los demás-- mencionamos los capítulos cuatro (“San Martín no fue masón”) y siete (La salud de San Martín”). El primero reedita la preocupación del autor por desmentir las reiteradas versiones sobre la supuesta índole “masónica” de la Logia Lautaro, de que el Libertador fue fundador en 1812 juntamente con Zapiola, Alvear, Chilavert y otros integrantes del grupo de argentinos que arribaron a Buenos Aires para empeñarse en la lucha por la independencia. El segundo contiene una muy interesante indagación sobre los problemas de salud que soportó San Martín durante toda su vida activa y más cuando su retiro; es un esfuerzo esclarecedor de mucha prolijidad junto a la opinión de testigos y médicos. En ello se destaca el tema del uso y abuso que aquél pudo haber hecho del opium (un derivado homeopático) para paliar dolores y enfermedades.

Creo, finalmente, que éste será un aporte valioso, a la vez incisivo, en una etapa argentina en que se deja ver la acción de tarascones con que desde ciertos ángulos se hace objeto a la imagen del Libertador. Y que no dejarán impune la participación del Dr. Meneghini en la batalla.-

(Prólogo y Debate, 25-11-09)

Tres amigos de San Martín, en el exilio


[Extractado de: Carlos A. Guzmán (La Plata) sobre los "Tres Amigos del Libertador en la Época de su Ostracismo"]


En su introducción destaca que, al honrar a nuestros próceres, deben también recordarse los colaboradores y amigos que permitieron la realización de "los planes trazados por los grandes capitanes de la Historia".
Esta recordación se refiere a los que en el sentido estricto de la palabra, no fueron "colaboradores" sino más bien "sus buenos amigos, los que aliviaron horas difíciles ante la indiferencia de los contemporáneos y dieron a compartir algo de lo que poseían, a veces simples honores y distinciones... reconocimientos que en nuestra flaqueza humana, alivia el dolor del alma".

En el período del exilio (desde 1824), los amigos fueron elogiados por San Martín, tiempo aquel "cuando no hay nada para repartir y sólo podía prodigar sus consejos, su hombría de bien y en algún caso, su buena palabra". Estos tres hombres: Alejandro María Aguado (español), James Duff (inglés) y Adolph Gérard (francés), tendieron sus manos abiertas al Libertador en sus días aciagos y casi son desconocidos para los argentinos. Resumimos las múltiples referencias que nos presenta este autor con la finalidad de "sacarle del olvido y así pagar una vieja deuda de gratitud".

Compañero de armas

Comenzando por A. Aguado, San Martín le recuerda en una carta como "un antiguo compañero de armas... en la guerra de la península". Nacido en Sevilla, muy joven ingresó al ejército y según los estudiosos se habrían encontrado con San Martín en el bloqueo del Campo de Gibraltar (luego de 1802) y más tarde, en el Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor donde servía San Martín y que se distinguiera en las luchas contra las invasiones napoleónicas. Aguado se radicó mas tarde en París, dedicándose a la actividad comercial y llegando a tener una sólida fortuna. Con ella ayudó varias veces al tesoro español y Fernando VII le dio el título de Marqués de las Marismas del Guadalquivir. Además fue un conocido mecenas de artistas y escritores.

Al llegar San Martín a Francia (1830), se reencontró en forma casual con el ex camarada de armas. En la finca de Grand Bourg, consagrado a sus nietas, recordará en varias correspondencias su relación con Aguado. Así a O'Higgins, a su amigo Zenteno en Chile, a Guillermo Miller, expresando constantemente su agradecimiento al "bienhechor", con su generosidad, diciendo "soy deudor de no haber muerto en un hospital, de resulta de mi larga enfermedad". Antes de morir (en 1842) Aguado le nombró a San Martín "albacea testamentario", legándole parte de sus joyas y dinero. Este gesto no será olvidado por San Martín: "el amigo que acabo de perder, que lo había cubierto de la indigencia".
En Buenos Aires, una calle de Palermo Chico y una estatua, son los testimonios del reconocimiento argentino hacia el noble español, llamado "El Bienhechor".

El pasaporte y el rol de Duff

James Duff, el otro amigo, es poco mencionado. Su estirpe comienza con los primeros reyes de Escocia, heredando el título de Conde de Fife. Incorporado al ejército, en España luchó contra la invasión napoleónica, iniciando en esta guerra la amistad con San Martín. Fue designado Grande de España y ascendido a General.
Cuando en 1811, San Martín obtiene su retiro del ejército español para lograr "la libertad de su tierra nativa", fue a Londres a "la Gran Reunión de Patriotas Americanos" y precisando un pasaporte, la tradición señala a Duff como el gestor de dicho certificado, difícil de lograr en ese momento. Desde que San Martín llegó al Río de la Plata en 1812, la relación entre ambos continúa en forma epistolar, destacándose la carta de Duff en 1817, felicitando a San Martín por la Victoria de Chacabuco y la respuesta de nuestro Héroe con su habitual modestia, agradeciendo las congratulaciones.

Al alejarse de América (1824) el Libertador llegará a Inglaterra con su pequeña hija Mercedes y Duff le acompaña y agasaja: lo lleva al Condado de Bauff en Escocia, siendo designado "ciudadano honorario de esa ciudad", acontecimiento que está bien documentado. Con emocionados términos, Duff le despide al trasladarse San Martín a Bélgica y ésta fue tal vez, la última carta entre ambos.
Muy querido y notable en Escocia, Duff supo vislumbrar el genio político y militar de su ex compañero de armas en la independencia española.

Necrológica de Gerard

El 22 de agosto de 1850 en el periódico "L'Impartial" de Boulogne sur Mer apareció el primer artículo de carácter necrológico sobre San Martín. Elaborado por A. Gérard, el último amigo que tuvo [en esa época], esta extensa crónica era una síntesis biográfica que revelaba un profundo conocimiento del prócer y un trato afectuoso y cotidiano. Escrito en francés, decía entre otros términos: "San Martín era un hermoso anciano... sus modales llenos de afabilidad, su instrucción de las más vastas... hablaba el francés, el inglés y el italiano... su caridad sin límite... él decía a todos y por sobre todo la verdad!".

Gérard compartió varios meses de amistad con San Martín ya que en su casa de Boulogne sur Mer, nuestro Héroe alquiló el segundo piso para vivir con su familia y allí murió en 1850. Hoy esta vivienda es la "Casa Argentina", sede de un museo Sanmartiniano y, en la Avenida Costanera de esa ciudad, se levanta un monumento al "Gran Capitán de Los Andes", obra del francés Aullard (inaugurada en 1909).
Producido el deceso de San Martín, Gérard tomó a su cargo todos los trámites relativos al sepelio, registrando su defunción, firmando como testigo, pidiendo un oficio religioso en la Iglesia de San Nicolás y gestionando la colocación de ataúd en la Catedral de Notre Dame (en Boulogne sur Mer). Allí estuvieron sus restos hasta ser llevados a Brunoy (1860) desde donde llegaron a Buenos Aires, treinta años después después de su muerte. Otros numerosos testimonios han quedado del afecto de Gérard al "Americano Guerrero". Por ejemplo: la carta de pésame a Mariano Balcarce (yerno de San Martín), el bautizar a su pequeña hija con el nombre de Mercedes, entre otros aspectos.

Adolph Gérard se destacó en el periodismo, también como abogado y bibliotecario, brindando siempre su apoyo en obras para la ciudad. Fue llamado "el artesano desconocido en el desarrollo de Boulogne, durante el siglo XIX". Recibió además la condecoración de la "Legión de Honor".
Al perder su hijo mayor se retiró de sus trabajos y los mantuvo solo en forma honoraria. Al morir, fue colocado cerca del doctor Jordán, el médico que cerrara los ojos del más grande de los argentinos.

(Tomado de: Diario El Siglo, 17-8-08)

COMENTARIO SOBRE "SAN MARTÍN NO FUE MASÓN"

Recientemente, hemos tomado conocimiento de un comentario crítico sobre nuestro artículo "San Martín no fue masón", realizado en una página web masónica [1]. El artículo, publicado originalmente en 1998, se encuentra en este blog, en:
En el número 67, de septiembre de 2005, la Revista Hiram Abif incluye la opinión del director de la misma, Ricardo Polo, que sostiene una argumentación novedosa, al menos para nosotros, y que consideramos necesario consignar.

Afirma el Sr. Polo que, efectivamente, la Logia Lautaro no puede haber sido reconocida por las Grandes Logias de Inglaterra, Escocia e Irlanda, que pertenecían a la Masonería Moderna y Especulativa. El motivo sería que las logias “Gran Reunión Americana”, “Caballeros Racionales” y las “Lautarinas”, aún siendo masónicas, no respondían a los Landmarck’s o linderos establecidos en las Constituciones de Anderson, y sí en cambio a los principios de la “Masonería Progresista Universal del Rito Primitivo” y en base a la Constitución de la Asamblea de Masones de París de 1523, operada por la Masonería Operativa y en el caso de Francia por el Rito Francés Antiguo.
Agrega este comentario, que las logias lautarinas apoyaban “la guerra revolucionaria” contra los realistas”, mientras que las logias de la Masonería Especulativa se subordinaban a la monarquía.

El autor no ofrece ninguna prueba de lo que afirma, es decir, que las logias lautarinas pertenecían a la Masonería Progresista Universal del Rito Primitivo. Su tesis no está avalada por ninguno de los historiadores –varios de ellos masones- que han escrito sobre la masonería en nuestro país; al respecto, detallamos en el Anexo las obras que hemos consultado personalmente. Considera el autor que en nuestro modesto trabajo hemos “sido llevados por su evidente y conocido fundamentalismo religioso, que les impide despojarse de prejuicios e inexactitudes históricas”. En realidad, el motivo que nos impulsó a investigar el tema fue la necesidad de esclarecer las dudas que aquejaban, y siguen aquejando, a muchos argentinos e incluso a muchos católicos, sobre este tema. De allí la importancia que asignamos al logro de la documentación fehaciente obtenida por el Profesor Maguire.

En conclusión, sigue siendo válido lo que tuvo que admitir el Dr. Augusto Barcia Trelles, masón del grado 33, quien escribió varios volumenes sobre San Martín, investigando incluso en los archivos de las logias de Francia y de Bélgica, para detectar antecedentes de la actividad masónica del Libertador en Europa. En efecto, este historiador reconoció: “Todas las gestiones por nosotros realizadas hasta hoy han sido estériles e ineficaces, ya que en el momento en que escribimos, ningún documento, objeto, ni siquiera noticias o informes sobre la suerte que hayan corrido puedieron ser obtenidos” [2]
.

2) "San Martín en Europa"; Cap. II, pág. 72, cit. por Bruno Genta, op. cit., pág. 14.


ANEXO

BIBLIOGRAFÍA SOBRE SAN MARTÍN Y LA MASONERÍA

Aragon, Roque Raúl. “La Política de San Martín”; Córdoba, Universidad Nacional de Entre Ríos, 1982.

Bra, Gerardo. “San Martín ¿fue masón?; en: revista Todo es Historia, Nº 186, Noviembre/1982, págs. 36/47.

Bruno, Cayetano. “La religiosidad del General San Martín”; Buenos Aires, Ediciones Don Bosco, 1978.

Corbiere, Emilio. “La Masonería. Política y sociedades secretas en la Argentina”; Buenos Aires, Sudamericana, 1998.

Corbiere, Emilio. “La Masonería II. Tradición y revolución”; Sudamericana, 2001.

Cuccorese, Horacio Juan. “San Martín. Catolicismo y Masonería”; Rosario, Instituto Nacional Sanmartiniano – Fundación Mater Dei; 1993.

Chindemi, Norberto. “Historia y Política. Función política de la Historia. San Martín; pensamiento y acción; las logias”; Buenos Aires, Editorial Los Nacionales – Fundación Doctrina; 1996.

Díaz Araujo, Enrique. “Don José y los chatarreros”; Mendoza, Ediciones Dike – Foro de Cuyo, 2001.

Filippo, Virgilio. “Imperialismo y masonería”; Buenos Aires, Organización San José, 1967.

Furlong SJ, Guillermo. “El General San Martín. ¿Masón – Católico – Deísta?; Buenos Aires, Theoria, 1963.

Genta, Jordán Bruno. “La Masonería en la Historia Argentina”; Buenos Aires, Ediciones del Restaurador, 1949.

Maguire, Patricio. Revista Masonería y otras sociedades secretas, Buenos Aires, Nº 2, noviembre de 1981, págs. 20-25; Nº 3, diciembre de 1981, págs. 15-20; Nº 5, febrero de 1982, págs 30-35.

Maguire, Patricio. “La Masonería y la Emancipación del Río de la Plata”; Buenos Aires, Editorial Santiago Apóstol – Ediciones Nueva Hispanidad, 2000.

Rottjer, Anibal. “La Masonería en la Argentina y en el mundo”; Buenos Aires, Editorial Nuevo Orden; 1973 (cuarta edición).

Steffens Soler, Carlos. “San Martín en su conflicto con los liberales”; Buenos Aires, Librería Huemul, 1883.

Tonelli, Armando. “El General San Martín y la Masonería”; Buenos Aires, 1944.

Terragno, Rodolfo H. “Maitland & San Martín”; Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1999.

Triana, Alberto. “Hermanos tres puntos”; Buenos Aires, Editorial DE-DU, 1959 (tercera edición).

Uzal, Francisco Hipólito. “San Martín contrataataca”; Buenos Aires, Ediciones Theoria; 2002.


















Otra novela histórica


EL DIARIO DE SAN MARTÍN, ESCRITO POR TERRAGNO[1]

Mario Meneghini

Nos interesa efectuar un breve comentario sobre el libro recientemente publicado por el doctor Rodolfo Terragno, de cuya capacidad intelectual no dudamos, y que ha tenido, además, una vasta actuación pública: diputado y senador nacional, ministro y jefe de gabinete.

1. Se advierte en el libro que: “No se trata de una novela: cada dato, circunstancia o anécdota surge de una escrupulosa investigación histórica con base en fuentes y manuscritos que aún permanecen inéditos”. Sin embargo, ha adoptado la forma literaria de un diario personal, redactado en tiempo presente, por el autor, es decir, el doctor Terragno.

2. Ahora bien, un diario, según el diccionario de la Real Academia Española, es la “relación histórica de lo que ha ido sucediendo por días, o día por día”. Por ello, el diario es un subgénero de la biografía, más precisamente de la autobiografía. Por lo tanto, si el autor escribe como si fuese otro quien lo hace, efectuando un relato imaginario, se trata en realidad de una novela.

3. De nada sirve que se detalle una extensa bibliografía, pues al omitirse citas al pie de página, y agrupar las fuentes al fin de cada capítulo, no puede determinarse que fundamento posee cada frase. A esto se agrega, como ya mencionamos, que el autor alega haber consultado “fuentes y manuscritos que aún permanecen inéditos”, la mayoría de los cuales, obran en archivos europeos. De modo que quien quisiera corroborar dichos antecedentes, debería viajar al viejo continente para hacerlo.
Nos parece, entonces, que el libro comentado no es una obra histórica, pues carece de la precisión que “debe extenderse a los más mínimos pormenores”, como enseñaba don Marcelino Menéndez y Pelayo
[2].

4. Terragno ya demostró, en una obra anterior sobre San Martín
[3], lo que considera antecedente válido para una reconstrucción histórica. En efecto, escribió un libro de 261 páginas, en torno a 47 hojas manuscritas (“Plan Maitland”), que descubrió casualmente en el Archivo General de Escocia. Ese escrito no constituye un documento, pues no tiene destinatario, ni fecha, ni firma.

5. En el mismo libro, el autor mantiene la duda sobre el carácter de masón de San Martín, pese a revelar –casi 20 años después- que el Bibliotecario y Curador de la Gran Logia Unida de Inglaterra le aseguró en 1980 en una comunicación escrita personal que: “La Logia Lautaro no fue una logia masónica sino una sociedad política secreta. Es posible que haya adoptado algún rito o formas pseudomasónicas, pero la masonería regular no tuvo conexión con la Logia Lautaro y no habría respaldado a esa organización ni sus actividades”.

6. En una muestra sorprendente de imprecisión, menciona tres supuestos:

“1. Que San Martín haya sido masón.
2. Que la masonería inglesa o escocesa haya tratado a las logias pseudo-masónicas de americanos independentistas como organizaciones fraternas que, por compartir ciertos objetivos, debían conocer algunos secretos.
3. Que, conociendo los planes y el carácter excepcionalmente reservado de San Martín, algunos de sus numerosos amigos masones haya compartido con él (si no otros secretos de la masonería) información sobre proyectos en los cuales la masonería servía informalmente el interés del Reino Unido.

Todo mi esfuerzo, en este capítulo, consiste en demostrar que alguno de estos supuestos es cierto”
[4].

7. En la extensa bibliografía del Diario, no se incluye ninguno de los libros que demuestran, con datos y argumentos, que San Martín no fue masón. Destacamos, al respecto, el aporte extraordinario que realizó Patricio Maguire para terminar, definitivamente, con las dudas sobre este tema. Dicho investigador consultó directamente a las autoridades de las Grandes Logias de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Recibió respuesta por escrito de las tres, que coincidieron en que la logia Lautaro nunca estuvo registrada en dichas instituciones, y que San Martín no figura en los archivos como miembro. Maguire recibió las comunicaciones respectivas en 1979 y 1980, publicándolas de inmediato. Reproducimos los documentos en:
http://forosanmartiniano.blogia.com/temas/san-martin-y-la-masoneria.php

8. En conclusión, el libro comentado puede resultar de interés para los aficionados a las novelas históricas, pero carece de significación para la historia sanmartiniana.

[1] Terragno, Rodolfo. “Diario íntimo de San Martín. Londres 1824, una misión secreta”; Buenos Aires, Sudamericana, 2009.
[2] Cit. Por: Picciuolo, José Luis. “Reverendo Padre Cayetano Bruno sdb, sacerdote e historiador eclesiástico”; Buenos Aires, Junta de Historia Eclesiástica Argentina, 2008, pág. 24.
[3] Terragno, Rodolfo. “Maitland & San Martín”; Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1999.
[4] Ibidem, pág. 178.

Josefa Balcarce, nieta de San Martín


Por Juan José Cresto


EL testamento de Josefa Balcarce, nieta de José de San Martín, es considerado un texto de fundamental importancia en relación con la figura del Libertador y con un período de la historia argentina. El documento, que era conocido por los investigadores, estuvo hasta hace poco en manos privadas y se encuentra ahora en el Museo Histórico Nacional

El general San Martín envejecía lentamente en su casa de Grand Bourg. Sus cabellos fueron blanqueándose; sus ojos que se iban apagando por la ceguera, y los variados achaques de su salud, que nunca fue del todo buena, le hicieron temer por su corta familia, constituida por su hija, Mercedes Tomasa San Martín y Escalada; su yerno, Mariano Severo Balcarce, hijo de su camarada de armas, el vencedor de Suipacha, y sus dos nietas, María Mercedes y Josefa Dominga.

Su amigo Aguado, marqués de las Marismas había muerto. San Martín tenía setenta años y vivía de las pensiones militares que cobraba de los países en los que había actuado. El dinero no siempre se recibía con regularidad.

Ese año de 1848, estallaron en distintos lugares de Europa violentos desórdenes sociales, justificados por las pésimas condiciones de vida de los obreros de la Primera Revolución Industrial. Frente a esos acontecimientos, San Martín decidió trasladarse a una localidad alejada de París y poco habitada, que no pudiera ser escenario de conflictos y que tuviera además un clima marítimo más benigno. El lugar elegido fue Boulogne-sur-Mer.

Su mayor preocupación eran sus nietas. María Mercedes, la mayor, había nacido en Buenos Aires, cuando sus padres habían visitado la ciudad en 1833; tenía, por lo tanto, quince años en 1848, cuando se mudaron de casa, y diecisiete cuando el abuelo murió. Josefa Dominga, nacida en Francia el 14 de julio de 1836, tenía apenas doce cuando se trasladaron y catorce cuando falleció San Martín.

Vicisitudes de una familia

El 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde, la vida del Libertador se apagó. El pequeño funeral pasó inadvertido. Fue enterrado en la cripta de la basílica, Catedral de Notre Dame de Boulogne-sur-Mer, y allí honraron sus restos los primeros visitantes que llegaban desde la lejana América.

Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Mariano Balcarce fue representante de la Confederación Argentina ante Francia. Cuando, después del 11 de septiembre de 1852, la Nación quedó fracturada en dos entidades políticas, pasó a ser representante de la provincia de Buenos Aires. Esto duró hasta el Pacto de San José de Flores, el 11 de noviembre de 1859, por el que la unidad del país quedó restablecida. Terminadas sus funciones como representante, Balcarce se trasladó a la pequeña localidad de Brunoy, cerca de París, donde compró una casa.

Pocos años después, en 1860, su hija mayor, María Mercedes, moría soltera antes de cumplir los 27 años. Sus contritos padres hicieron construir para ella una bóveda en el cementerio de esa villa y, el 21 de noviembre de 1861, trasladaron también allí al abuelo, para honrarlos juntos. Ese mismo año Josefa Dominga contrajo matrimonio con el diplomático mexicano Eduardo María de los Dolores Gutiérrez de Estrada y Gómez de la Cortina, con quien no tuvo descendencia. Mercedes, única hija del Libertador y madre de Josefa, falleció en febrero de 1875; el 20 de febrero de 1885, su esposo supérstite, Mariano Balcarce. Josefa y su esposo quedaron solos en el castillo de Brunoy.

Con los años, se desarrolló en la nieta de San Martín un agudo sentido de solidaridad social. Todos los viajeros que llegaron hasta ella la elogiaron por su manera de ser. Hablaba correctamente el español, que aprendió de sus padres siendo niña, puesto que era el idioma que hablaban en el hogar y conocía al detalle los sucesos de la patria lejana de ellos y de su abuelo, padre de su libertad. El 29 de noviembre de 1904 murió su esposo y quedó viuda y sola, a los sesenta y ocho años. Así habría de vivir aún veinte años más.

Josefa hizo un culto de la memoria de su ilustre abuelo. Ella representaba, entre los argentinos de aquí y los visitantes de allí, el último pedazo vivo de San Martín. Bartolomé Mitre le escribió y juntos entablaron una correspondencia valiosa. Al gran historiador y humanista Josefa le entregó cuanta información poseía acerca del general. Fue una contribución enorme a la primera biografía documentada de San Martín. Cuando, una vez finalizada, Mitre le remitió un ejemplar de la obra, Josefa le dijo en un párrafo de su respuesta: "(...) a estos sentimientos (de aprecio) se agrega toda mi gratitud por el monumento imperecedero que usted ha levando a la memoria de mi abuelo, el general San Martín (...)."

En 1895, Adolfo Carranza, el primer director del Museo Histórico Nacional, le pidió a Josefa Balcarce los objetos y muebles del Libertador para que fueran exhibidos en el repositorio que guardaba -y sigue guardando- los tesoros de la patria lejana. El 30 de mayo de 1899 la anciana dama escribió:

"En vista de todos estos patrióticos empeños que tanto honran la memoria de mi venerado abuelo, he decidido -prescindiendo de mis sentimientos íntimos- conforme lo participo a Ud. por la presente, donar desde ahora al Museo Histórico Nacional no sólo todos los muebles de mi abuelo que conservaba yo religiosamente en el mismo orden que guardaban en su cuarto en vida de él (...)."

Hizo a tal efecto un listado de dichos bienes y un croquis del dormitorio del Libertador, que el Museo ha respetado escrupulosamente en los últimos cien años.

Siendo ya viuda, creó en Brunoy la Fundación Balcarce y Gutiérrez de Estrada, el 1° de diciembre de 1905, para dar albergue y alimentos a los ancianos de la región, que aún hoy se mantiene, y cuyos miembros honran su memoria. En 1914 estalló la guerra más sangrienta de la historia hasta ese momento. Josefa transformó su casa en "hospital de sangre" y atendió a los heridos que incesantemente llegaban desde el frente de lucha. Un día le avisaron que había llegado un carro con soldados alemanes y le preguntaron si podía pasar. Desde una ventana doña Josefa preguntó: "¿Son ellos heridos? Pues bien, éntrelos."

Al término de la contienda, Francia la condecoró con la Legión de Honor.

La patria soñada
En el testamento hecho de su puño y letra, con rasgos firmes pese a sus ochenta y cuatro años, legó sus bienes en la Argentina, la patria soñada de sus padres, al Patronato de la Infancia. También donó parte de su patrimonio a sus sobrinos, a sus amigos, a sus albaceas. En carta a Florencio Lanús dice: "Que Dios proteja a la querida Francia y a "nuestro" querido país (...)."

Asimismo, concede en otra cláusula la facultad de continuar su obra en Brunoy, después de su muerte, a la sociedad Filantrópica de París, fundada en 1780. Josefa falleció el 17 de abril de 1924.

En el testamento intervino una firma francesa de notarios, la casa Huillier, de París, que fueron escribanos de San Martín y, probablemente, de Aguado. Ese testamento, que se hallaba depositado en el archivo de dicha escribanía y después en el de la familia Dodero Balcarce, le fue entregado al autor de este artículo. Debe exhibirse en el Museo Histórico Nacional que "guarda bajo sus techos todas las glorias argentinas", como se dispuso en el acto de su fundación centenaria. Se lo descubrió en el templete hecho a tal efecto, en la ceremonia del sesquicentenario de la muerte del Libertador el 17 de agosto de 2000.

La calle principal de Brunoy recuerda el nombre de Josefa Balcarce. Nuestro país aún le debe un merecido homenaje.


El autor es doctor en Historia. Fue director del Museo Histórico Nacional.

(Fuente: La Nación, 17-8-01)

Nuestra Señora del Carmen


Generala del Ejército Argentino
Por tierras cuyanas
va San Martín galopando
con veteranía de caballero.
Sus ojos se detienen en la cima
del Ande. Imaginan el horizonte
que se oculta tras las montañas,
el resplandor azul y blanco de las
aguas golpeando la nieve.
Otea el vuelo del cóndor, mide
la altura de la estrella, pesa el
cansancio sobre sus hombros.
Nada podrá conseguirse sin
la custodia de María.
Y la nombró Patrona y Generala
de las Armas Argentinas.
Ella cruzó por Uspallata y
Los Patos, entre pendones, rifles,
cañones y maromas. Ella salió
en procesión a la vanguardia de
los héroes. Ella cuidó la
retaguardia en el peligro, y
avanzó entre tambores y clarines
que anunciaban la Independencia.
Su presencia marcaba las horas
del brío y el tiempo del responso.
El Angelus de la tropa la
encontraba engalanada, y
algunas cuerdas de guitarra le
dedicaban sus sones como trofeos.
Bajo la protección de Ntra. Sra.
del Carmen, recemos los misterios
gozosos de la Patria. Para que
nos resulte posible entender e
imitar, a aquella argentina épica y
batalladora, que resguardaba su
soberanía como se cuida la risa
intacta en el rostro de la madre.
(Cabildo, Nº 82)

Ascienden a General a Juana Azurduy

La presidente argentina, Cristina Fernández, ascendió hoy al grado de general a Juana Azurduy, la primera mujer en ingresar al Ejército argentino y quien fue parte de las luchas contra los españoles por la independencia.
Fuentes oficiales informaron que la presidente firmó un decreto "de ascenso de grado post-mortem" a Juana Arzuduy, en una ceremonia en su despacho de la Casa de Gobierno.

EFE, 14-7-09

Biografía

Azurduy y su esposo, Manuel Ascensio Padilla, se sumaron a la Revolución de Chuquisaca que el 25 de mayo de 1809 destituyó al presidente de la Real Audiencia de Charcas, en la que tuvo protagonismo Juan Antonio Álvarez de Arenales. Ligados con las expediciones enviadas desde Buenos Aires, al mando primero de Antonio González Balcarce y luego de Manuel Belgrano, combatieron a los realistas defendiendo la zona comprendida entre Chuquisaca y las selvas que mediaban hacia Santa Cruz de la Sierra. Vio morir a sus cuatro hijos y combatió embarazada de su quinta hija.

Tras la derrota del Ejército del Norte en la batalla de Huaqui el 20 de junio de 1811, los realistas al mando de José Manuel de Goyeneche recuperaron el control del Alto Perú y las propiedades de los Padilla junto con las cosechas y sus ganados fueron confiscadas, siendo apresada Juana Azurduy y sus hijos, pero Padilla logró rescatarlos refugiándose en las alturas de Tarabuco.

En 1813 Padilla y Juana Azurduy se pusieron a las órdenes de Belgrano, nuevo jefe del Ejército del Norte, llegando a reclutar 10.000 milicianos. Durante la Batalla de Vilcapugio, Padilla y sus milicianos debieron transportar la artillería sin participar en el combate. Juana Azurduy organizó luego el "Batallón Leales" que participó en la batalla de Ayohuma el 9 de noviembre de 1813, que significó el retiro de los ejércitos argentinos del Alto Perú. A partir de ese momento Padilla y sus milicianos se dedicaron a realizar acciones guerrilleras contra los realistas.

Azurduy lideró la guerrilla que atacó el cerro de Potosí, tomándolo el 8 de marzo de 1816. Debido a su actuación, tras el triunfo logrado en el combate del Villar recibió el rango de teniente coronel por un decreto firmado por Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 13 de agosto de 1816. Tras ello, el general Belgrano le hizo entrega simbólica de su sable.[3]

El 14 de noviembre de 1816 fue herida en la batalla de La Laguna, su marido acudió a rescatarla y en este acto fue herido de muerte.

El cambio de planes militares, que abandonó la ruta altoperuana para combatir a los realistas afincados en el Perú por vía chilena, disminuyó el apoyo logístico a la guerrilla comandada por Azurduy, que se replegó hacia el sur, uniéndose finalmente a Martín Miguel de Güemes. A la muerte de Güemes se vio reducida a la pobreza. En una carta escrita en 1830, cuando vagaba por las selvas del Chaco argentino:

"A las muy honorables juntas Provinciales: Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de Teniente Coronel por el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y digo: Que para concitar la compasión de V. H. y llamar vuestra atención sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución.(...)Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de V.E. quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una numerosa familia y de una tierna hija que no tiene más patrimonio que mis lágrimas; ellas son las que ahora me revisten de una gran confianza para presentar a V.E. la funesta lámina de mis desgracias, para que teniéndolas en consideración se digne ordenar el goce de la viudedad de mi finado marido el sueldo que por mi propia graduación puede corresponderme".
Pasó varios años en Salta solicitando al gobierno boliviano, ya independiente, sus bienes confiscados. El mariscal Antonio José de Sucre le otorgó una pensión, que le fue quitada en 1857 bajo el gobierno de José María Linares. Murió indigente el día 25 de mayo de 1862 cuando estaba por cumplir 82 años y fue enterrada en una fosa común.

Su restos fueron exhumados 100 años después, para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje en la ciudad de Sucre.

(Wikipedia)