REFERENCIA A ESTE SITIO

 

La página de la Catedral de Buenos Aires, al describir su historia, menciona un artículo publicado en nuestro blog, cuestionando la afirmación de la filiación masónica de nuestro héroe máximo. Reiteramos a continuación dicho trabajo.


https://www.urbipedia.org/hoja/Catedral_Metropolitana_de_Buenos_Aires


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FORO SANMARTINIANO

 

San Martín no fue masón

 

El propósito de este artículo es difundir tres Documentos, publicados en una revista especializada [1], cuyo director, Patricio Maguire, ha realizado un aporte extraordinario a la historia argentina, demostrando lo que afirmamos en el título. Desde mediados del siglo pasado algunos historiadores han sostenido que el General San Martín fue masón, e incluso, interpretan su retiro del Perú como resultado de una decisión masónica disponiendo que Bolívar se hiciera cargo del mando en la gesta libertadora.

 

Recientemente, con motivo de cumplirse el aniversario de las batallas de San Lorenzo y de Caseros, la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones publicó una carta en La Nación (26/1/98), manifestando que la masonería argentina “desea expresar, con serena unción, que San Martín y Urquiza han integrado el rol de sus miembros más conspicuos”.

 

Lo más triste es que hasta autores católicos han aceptado la hipótesis como válida. Por ejemplo, Carlos Steffens Soler afirma que nuestro héroe máximo “comienza su aventura americana con un juramento formal en las logias inglesas” [2]. Sorprende este tipo de aseveraciones, ya que, como lo admite uno de sus biógrafos más conocidos “no existe ningún documento para probar que San Martín haya sido masón” [3]. Cabe agregar el testimonio de dos ex- presidentes de la República, que desempeñaron, además, el cargo de Gran Maestre de la Masonería Argentina. Bartolomé Mitre escribió: “La Logia Lautaro no formaba parte de la masonería y su objetivo era sólo político [4]. Es importante destacar que para esta cuestión Mitre consultó al General Matías Zapiola, quien había integrado la Logia. Por su parte, Domingo Faustino Sarmiento opinó: “Cuatrocientos hispanoamericanos diseminados en la península, en los colegios, en el comercio o en los ejércitos se entendieron desde temprano para formar una sociedad secreta, conocida en América con el nombre de Lautaro. Para guardar secreto tan comprometedor, se revistió de las fórmulas, signos, juramentos y grados de las sociedades masónicas, pero no eran una masonería como generalmente se ha creído...” [5].

 

La Revista Masónica Americana, en su Nº 485 del 15 de junio de 1873, publicó la nómina de las logias que existieron en todo el mundo hasta 1872, y en ella no figura la Lautaro[ 6]. Así, el único antecedente que pueden exhibir quienes defienden la hipótesis comentada, es una medalla acuñada por la logia “La Parfaite Amitié”, de Bruselas, en 1825. Al respecto puede señalarse que la medalla sólo contiene la efigie del General y la inscripción “Au General San Martín”, sin dársele el tratamiento de “hermano” (H..). Como la Masonería no limita los homenajes a sus propios miembros, y la figura del Libertador era suficientemente conocida en Europa, dicho elemento no aporta ninguna evidencia [7]. Además, se ha llegado a determinar que en 1825 el rey de Bélgica, Guillermo I, dispuso acuñar diez medallas diseñadas por el grabador oficial del reino, Juan Henri Simeon, con la efigie de otras tantas personalidades de la época. Aparentemente, debido a las necesidades políticas internas, el rey concedió a la logia citada la acuñación de la medalla destinada a San Martín. Hay que añadir que eso ocurrió en 1825, y en los siguientes veinticinco años que vivió San Martín en el viejo continente, no se produjo ningún hecho ni documento que lo vinculara a la organización.

 

Sobre la posición de San Martín en materia religiosa, ha investigado especialmente el P. Guillermo Furlong, quien llega a esta conclusión: “Hemos de aseverar que San Martín no sólo fue un católico práctico o militante, sin que fue además, un católico ferviente y hasta apostólico” [8].

 

Pero hay un testimonio curioso, que viene a confirmar lo dicho, con ocasión de una misión pontificia en Buenos Aires, presidida por Mons. Muzi, en 1824, estando San Martín ya alejado de toda función oficial. En esa oportunidad, el Gobernador Rivadavia no recibió al Vicario Apostólico, y tuvo actitudes sumamente descorteses. Pues bien, el testimonio corresponde a un integrante de esta misión, el P. Mastai Ferreti; quien sería luego el Papa Pío IX, apuntó en su Diario de Viaje: “San Martín(...)recibido por el Vicario, le hizo las más cordiales manifestaciones” [9].

 

La Masonería fue condenada por el Papa Clemente XII mediante la Bula In Eminenti, del 4 de mayo de 1738, donde se prohibe “muy expresamente(...)a todos los fieles, sean laicos o clérigos (...) que entren por cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros(...)bajo pena de excomunión...”. Esta condenación fue confirmada por el Papa Benedicto XIV en la Constitución Apostólica Providas del 15 de abril de 1751, y como consecuencia, fue también prohibida la Masonería en España, ese año, por una pragmática de Fernando VI. Por ello es importante esclarecer este punto, pues “el catolicismo profesado por San Martín establece una incompatibilidad con la Masonería, a menos que fuera infiel a uno o a la otra” [10]. Consta en las Memorias de Tomás de Iriarte, que Belgrano rechazó la posibilidad de ingresar en la organización, “aduciendo precisamente, la condenación eclesiástica que pesaba sobre la secta [11].

 

Consideramos que los documentos obtenidos por Maguire aclaran definitivamente esta cuestión. El primero, responde a un cuestionario solicitando informes sobre:

Logias: Lautaro, Caballeros Racionales Nº 7 y Gran Reunión Americana.

Las personas siguientes: Francisco Miranda, Carlos María de Alvear, Simón Bolívar [12], José de San Martín, Matías Zapiola, Vicente Chilabert, Bernardo O’Higgins, Luis López Méndez y Andrés Bello.

 

El segundo documento es la respuesta de la Gran Logia de Escocia, y el tercero, la correspondiente a la Gran Logia de Irlanda. Transcribimos a continuación la traducción de los tres documentos, y luego las copias de los originales inglés.

 

En conclusión, si no existe ningún documento que contradiga el contenido de estas cartas de las propias autoridades masónicas, y, además, el análisis de su obra demuestra que el Gran Capitán “hizo lo contrario de lo que la Masonería procuraba y fue hostigado por ésta [13]”, el veredicto no merece ninguna duda: San Martín no fue Masón.

 

Córdoba, 3-6-2008

 

Anexos:

 

DOCUMENTO I

 

Gran Logia Unida de Inglaterra

Londres, 21 de agosto de 1979

Estimado Señor,

Su carta del 7 de agosto de 1979, dirigida al Gran Maestre, me ha sido derivada para su contestación.

1. La Logia Lautaro era una sociedad secreta política, fundada en Buenos Aires en 1812, y no tenía relación alguna con la Francmasonería regular.

2. La tres Logias que Ud. menciona en su carta, jamás aparecieron anotadas en el registro o en los Archivos ni de los Antiguos ni de los Modernos ni de la Gran Logia Unida de Inglaterra: no hubieran sido reconocidas como masónicas en este país entonces o posteriormente.

3. Las seis personas mencionadas en su carta, de acuerdo a nuestros archivos, nunca fueron miembros de Logias bajo la jurisdicción de la Gran Logia Unida de Inglaterra.

4. La Gran Logia de Inglaterra no era el único organismo masónico existente durante el período en el cual Ud. está interesado. Existían Grandes Logias independientes en Irlanda, Escocia, Francia, Holanda y Estados Unidos de América, todas las cuales autorizaban la instalación de logias propias.

5. Nunca han existido medios legales para prohibir que extranjeros en Inglaterra crearan sus propias Logias, pero tal acción siempre ha sido considerada por la Gran Logia de Inglaterra como una invasión de su soberanía territorial, y las logias así creadas no serían reconocidas como regulares, ni se permitiría a sus miembros concurrir a las Logias inglesas, o que los masones ingleses concurrieran a aquellas.

Sinceramente suyo,

James William Stubbs

Gran Secretario

 

 

DOCUMENTO II

 

Gran Logia de Escocia

Edimburgo, 30 de junio de 1980

Estimado Señor,

Con eferencia a su carta del 17 de junio concerniente a las seis personas mencionadas en su comunicación, le informo que las conexiones que la Gran Logia de Escocia tuvo con Sudamérica fueron establecidas en fecha muy posterior a las de la Gran Logia Unida de Inglaterra, ya que la primera Logia Escocesa no fue autorizada hasta 1867.

Lamento no poder ayudarle en su investigación.

Afectuosamente suyo,

Gran Secretario

 

 

 

DOCUMENTO III

 

Gran Logia de Irlanda

Dublin, 24 de junio de 1980

Estimado Señor,

Gracias por su carta del 17 de junio y por la copia de las cartas que Ud. recibió de la Gran Logia Unida de Inglaterra.

La Gran Logia de Irlanda nunca estuvo activa en Sud América y no hemos tenido relación alguna con los organismos que Ud. menciona.

La respuesta a las preguntas que Ud. específicamente formula son:

1. No hemos emitido patentes (Cartas de Instalación) a ninguna de las Logias arriba mencionadas y no existe registro alguno de ninguno de los nombres que menciona, como miembros de logias irlandesas.

2. No existe posibilidad alguna de que una logia nuestra haya emitido patentes o iniciado a ninguna de las personas mencionadas, por cuanto no estaban activas en sus áreas.

3. Desde el establecimiento de la Gran Logia de Irlanda en 1725 se estableció que temas de Política o Religión no podían ser considerados en ninguna de nuestras logias, ni éstas tampoco debían comprometerse en actividad política alguna. Este principio permanece vigente hasta el presente día.

Sinceramente suyo,

J.O. Harte

Gran Secretario

 

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Boletín Acción, Nº 44, marzo de 1998

Editor: Centro de Estudios Cívicos

Redacción: Mario Meneghini

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Referencias:

[1] Revista Masonería y otras sociedades secretas, Buenos Aires, Nº 2, noviembre de 1981, págs. 20-25; Nº 3, diciembre de 1981, págs. 15-20; Nº 5, febrero de 1982, págs 30-35.

[2] Carlos Steffens Soler: San Martín en su conflicto con los liberales, Librería Huemul, Buenos Aires, 1983, pág 27.

[3] Ricardo Rojas :El Santo de la Espada, Buenos Aires, 1983, pág. 71.

[4] Cit. por Héctor Piccinali: Testimonios católicos del General San Martín, Revista Mikael, Buenos Aires Nº 16, 1978, pág. 90.

[5] El General San Martín, cit. por H. Piccinali, op.cit. pág. 90

[6] Armando Tonelli: El General San Martín y la Masonería, Buenos Aires, 1944, págs 23-24.

[7] Roque Raúl Aragón: La Política de San Martín, Córdoba, Universidad Nacional de Entre Ríos, 1982, pág. 18-19; Cayetano Bruno: La religiosidad del General San Martín, Ed. Don Bosco, Boulogne, Buenos Aires, 1978, págs 21-22. A. J. Pérez Amuchástegui, sin prestar ninguna evidencia, opina que “es obvio que el General, como dice Le Belge, tenía que estar vinculado a esa hermandad para que le honrase” (Ideología y Acción de San Martín, Buenos Aires, Eudeba, 1966, pág. 88).

[8] Guillermo Furlong: El General San Martín, ¿ Masón -Católico- Deísta?, Buenos Aires, Theoría, 1963, pág 136.

[9] P. Cayetano Bruno: Historia de la Iglesia en la Argentina, cit. por Héctor Piccinali en San Martín y el Liberalismo, Revista Gladius, Buenos Aires, Nº 19, 25/12/90, pág. 116.

[10] Roque Raúl Aragón, op.cit., pág.19.

[11] Tomás de Iriarte: Memorias. Tomo I, cit. por Aragón, op.cit., nota 8, pág.19.

[12] Existe documentación probatoria de que Bolívar perteneció a una logia de París, dependiente de la Masonería Francesa, por eso no figura registrado en la rama anglosajona.

[13] Aragón, op. cit., pág. 21.


DÍA DE LA ARMADA

 

Fracturado y con una flota inferior: la victoria de Brown que puso fin al dominio español en el Río de la Plata

 

Adrián Pignatelli

 

Infobae, 17 May, 2023

 

Una vez producido el 25 de mayo de 1810, Montevideo -que no se subió a la ola revolucionaria- se transformó en un enclave naval español en el Río de la Plata. A partir de 1812 se implementó un bloqueo terrestre y desde abril de 1814 se aplicó uno por el río. La ciudad quedó aislada. Ningún barco entraba o salía y hasta los pescadores que se aventuraban a salir, corrían el riesgo de recibir el fuego de la flota sitiadora.

 

El bloqueo cumplía dos objetivos: rendir la plaza para que no fuera usada por una hipotética flota que España pudiera enviar y evitar que José Artigas les ganase de mano y ocupase antes la ciudad.

 

La intención de Guillermo Brown, en mayo de 1814, fue provocar un combate con la fuerza naval realista lo más alejado posible de Montevideo, donde sus pobladores se agolparon en la costa y en los techos para seguir las alternativas del combate.

 

El mes anterior el catalán Gaspar de Vigodet, último gobernador colonial español del Río de la Plata, había convocado a una junta de guerra para arbitrar un plan para terminar con el bloqueo a la ciudad. Disponían de más barcos y mejor armados que la escuadra que se había armado a los ponchazos en Buenos Aires, tripulada por hombres muchos de ellos reclutados de diversos regimientos. Hasta la Hércules, la nave insignia, lucía parches de cueros de vaca que tapaban los agujeros de bala, recuerdos del combate de Martín García. Vigodet describió a los buques enemigos de “cascos sencillos como construidos por mercantones”.

 

Pero Vigodet no la tenía fácil. Tenía problemas de reclutamiento ya que los pobladores de Montevideo, poco convencidos del éxito español, cansados del bloqueo, algunos miraban con simpatía la revolución de Buenos Aires, otros seguían a José Gervasio de Artigas, y le esquivaban el bulto a la leva. Muchos de los que incorporaban nunca habían navegado y no había tiempo para la instrucción.

 

Brown y su escuadra, que había zarpado del puerto de Buenos Aires para su campaña el 7 de marzo, se situó frente al puerto. Su estrategia fue la de interponerse entre el puerto y los buques enemigos y atacarlos. Estaba frente a la pequeña bahía del Puerto del Buceo, el lugar que las fuerzas invasoras inglesas al mando de Samuel Auchmuty habían elegido para desembarcar en 1807.

 

Las fuerzas de Brown estaban compuestas por la fragata Hércules; las corbetas Céfiro, Belfast, Agradable y Halcón; el bergantín Nancy; las sumacas Itatí y Trinidad; las goletas Esperanza, Juliet y Fortuna; la balandra Carmen y la cañonera Americana. Más tarde se agregarían los faluchos San Martín y San Luis.

 

Estaba al frente de la escuadra española el capitán de navío Miguel de la Sierra, comandante del Apostadero de Montevideo. Había llegado en 1811 trayendo de España a Francisco Javier de Elío, el último virrey designado para las Provincias Unidas del Río de la Plata.

 

Contaba con el queche Hiena, con las corbetas Mercurio, Neptuno y Mercedes; la goleta Paloma; los bergantines San José y Cisne; la balandra Potrera; el lugre San Carlos y el falucho Fama.

 

La acción se desarrolló a unas diez millas náuticas al este del puerto de Montevideo. Brown quería que la acción se desarrollase fuera del alcance de los 175 cañones con los que contaba la ciudad para la defensa. El día 14 el almirante enfiló hacia la isla de Flores y los españoles lo siguieron durante dos horas, cayendo en su trampa, gracias a la habilidad de los marineros y a la ligereza de los buques. Cuando Brown consideró que estaban lo suficientemente lejos del puerto, los buques patriotas dieron la vuelta y se desató un violento intercambio de metralla por cerca de media hora y ambas flotas se alejaron.

 

Sin embargo, la balandra española La Podrida logró apresar al falucho patriota San Luis y a dos pequeñas embarcaciones. Sus tripulaciones se arrojaron al agua y murió ahogado el subteniente Nicolás Picón, que estaba herido.

 

Ese día terminó sin un claro vencedor.

 

Al día siguiente, el mal tiempo impidió llevar adelante cualquier acción. A la una de la tarde, ambas flotas fondearon. El 16, gracias al viento que lo favorecía, Brown dio la orden de perseguir al enemigo, pero al mediodía el viento amainó y fue necesario el auxilio de lanchas para el remolque.

 

Por la tarde con el tiempo mejorado el jefe patriota, que había abordado la sumaca Itatí -ligera y ágil para maniobrar- armada con 18 cañones, encabezó el ataque sobre un bergantín español que se había retrasado. Sufrió la fractura de una pierna por el retroceso de un cañon y fue llevado a la Hércules desde donde, entablillado por el cirujano Bernardo Campbell en la misma cubierta, continuó impartiendo órdenes.

 

La Hércules apuntó su fuego contra los buques que estaban en retaguardia, provocando la rendición del San José, Neptuno y Paloma.

 

El resto de los buques enemigos, amparados por la noche, huyeron hacia el puerto, siendo perseguidos por la Hércules y llegó tan cerca de la costa que quedó a tiro de las baterías.

 

El bergantín Cisne, la balandra de Castro y una goleta, al ver que no podían llegar a puerto, se internaron en una bahía e incendiaron dos embarcaciones, y sus tripulaciones huyeron hacia el cerro de Montevideo.

 

En la mañana del 17 todo había terminado. Al ingresar Brown a la rada de Montevideo, disparó 25 cañonazos. Carlos María de Alvear, que ese día asumió el mando de las tropas sitiadoras de la ciudad, anunció que “el sol y la victoria se presentaron a un mismo tiempo en este memorable día”.

 

El 19, a las seis y media de la tarde los repiques de campana en Buenos Aires anunciaron la victoria; la buena nueva la había llevado la goleta Itatí.

 

El 23 Brown entró al puerto de Buenos Aires, con tres barcos capturados y con 417 prisioneros, entre ellos 33 oficiales y centenares de marineros. Había dejado al mando del bloqueo a Oliverio Russell. Al día siguiente, llegaron los barcos patriotas. Habían capturado una enorme cantidad de armas, municiones y cañones.

 

El bloqueo continuó con el Belfast, la Zephir, Juliet y la corbeta Halcón hasta que el 23 de junio Montevideo se rindió. El 6 de julio, recién cuando supo que la ciudad había caído, hizo lo propio el experimentado marino Jacinto de Romarate, quien se trasladó a Río de Janeiro y regresó a España.

 

Luego de esta victoria, Brown recibió el grado de almirante.

 

Desde Cuyo, José de San Martín dijo que el triunfo de Brown había sido lo más grande que hasta entonces había logrado la revolución iniciada en 1810. Fue el fin del predominio español de las aguas del Río de la Plata.

 

Desde 1960, se instituyó el 17 de mayo como el Día de la Armada y evoca una de las tantas hazañas de ese genial irlandés que con lo justo hizo demasiado por la independencia de América.

JUAN MANUEL DE ROSAS Y EL PARAGUAY

 

 

POR PABLO A. VÁZQUEZ

 

La Prensa, 03.05.2023

 

Aunque las relaciones entre el gobierno de Buenos Aires y el de Asunción en época de la Confederación Argentina fueron tensas, poco se detalla sobre los motivos de Juan Manuel de Rosas por no reconocer la independencia paraguaya al considerar a ésta una “provincia” que debía reincorporarse a nuestra potestad.

 

Producida la Revolución de Mayo de 1810, Bernardo de Velazco, gobernador del Paraguay resuelve en asamblea que guardaría fidelidad al Consejo de Regencia español, y que tendría amistad con Buenos Aires pero no se sometería a su autoridad.

 

La respuesta de Buenos Aires fue militar, con Manuel Belgrano al frente de la expedición, la que resultó vencida por las armas paraguayas. Por un lado con el prócer se firma un acuerdo con Buenos Aires y el dominio de Velazco, aunque éste poco duró al ser presionado por un complot dirigido por José Gaspar Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero y los hermanos Yegros.

 

Primero se lo obligó a cogobernar junto a Francia y Juan Valeriano Cevallos, hasta que fue depuesto el 9 de junio de 1811 por entablar tratativas con los realistas y “sostener la total división de esta Provincia… sin querer reducirse a enviar sus diputados al Congreso General de las Provincias”, y separarse de “un pueblo tan generoso e ilustrado como el de Buenos Aires”.

 

JUNTA DE GOBIERNO

 

Reunido el Congreso de las Provincia ese mes de junio, se determinó la “creación de una Junta de Gobierno”, con Francia y Caballero, más Francisco Javier Bogatí y Fernando de la Nora, se nombraba un diputado, el mismo Francia, para ir a Buenos Aires “en el Congreso General anunciado pro al Junta de Buenos Aires”, y “que se suspenda toda relación con España, hasta la suprema decisión del Congreso General de Buenos Aires”.

 

Esta propuesta del diputado Mola, aprobada por aclamación, no fue acatada por Francia y se remitió una nota, del 20 de julio, donde, para algunos se notifica la independencia paraguaya, mientras que otros ven la voluntad de la “Provincia del Paraguay” de unirse con esa ciudad (Buenos Aires) y demás confederadas”.

 

Según Alberto Ezcurra Medrano, en “La Independencia del Paraguay” (1941), reeditado por el Instituto Juan Manuel de Rosas en 1999, refirió: “El tratado del 12 de octubre de 1811, negociado entre Francia por parte del Paraguay y Belgrano y Echevarría por parte de Buenos Aires, confirma la unión con las demás provincias argentinas… El artículo 4 sujeta a la decisión del Congreso de todas las provincias la demarcación de los límites del Paraguay y Corrientes. Y el artículo 5 establece la unión federativa y alianza indisoluble del Paraguay con las demás provincias confederadas… Todavía en nota oficial del 19 de agosto de 1812 el Gobierno del Paraguay declaraba que ´no aprovechará jamás en trance alguno las ocasiones que pudieran dispensarlo de la obligación sagrada que contrajo con el pueblo de Buenos Aires´”.

 

REPUBLICA DEL PARAGUAY

 

Todo indicaba que Paraguay estaba unido a las Provincias Unidas del Río de la Plata, pero, dictadura del Dr. Francia mediante, no se materializó. Se denominó República del Paraguay, con bandera y emblemas. Para Ezcurra Medrano, como el resto de los historiadores revisionistas, no era impedimento en seguir considerándola “provincia”, ya que igual pasó con Tucumán y Entre Ríos, y no se las tachó de separatistas, lo mismo su no concurrencia al Congreso de 1816 ya que las provincias artiguistas litoraleñas tampoco asistieron.

 

Sí, es cierto, Buenos Aires no tuvo políticas de acercamiento con Asunción ni consideraciones económicas por sus productos. Paradójicamente Rosas, que no reconocía su independencia, sí tuvo algunas deferencias. Según José María Rosa en “La caída de Rosas” (1958): “La obstinación de Rosas en considerar argentino al Paraguay favorece económicamente a (Carlos Antonio) López. Pues los productos paraguayos llevados a la a Buenos Aires como ´argentinos´ están exentos de derechos de aduana. Paraguay proveía la totalidad del gran consumo de yerba de la Confederación, pues competía en ventaja con la brasileña gravada por un arancel prohibitivo; también introducía cigarros (en competencia con los tarijeños de Salta, de menor calidad y mayor coste), tejidos y madera”.

 

Esto puede ser atendible, pero, también debe recordarse que la incursión anglofrancesa buscó, con acuerdo de ambas partes, comerciar con la levantisca Corrientes y la díscola Paraguay, ya que ambas habían firmado un tratado de amistad en 1841, actuando juntas durante varios años contra el Restaurador.

 

Humberto Calabrese, en “Juan Manuel de Rosas: cien respuestas acerca de su dictadura” (1975) refirió: “Los cónsules Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, sucesores del dictador fallecido, declararon entonces, el 25 de noviembre de 1842, la independencia de la Provincia, incitados por el Brasil… Rosas, sin embargo, no podía consentir jamás con la ridícula separación “legal” de esa provincia argentina... Y a pesar de actos inamistosos y hasta hostiles de aquel gobierno, nunca don Juan Manuel quiso emplear la fuerza contra el Paraguay; aunque en 1849 estuvo a punto de hacerlo, cuando Carlos Antonio López invadió el territorio de Misiones y sacó de sus casillas al Dictador. Aun así, Rosas consideraba que la ´irregular´ situación se corregiría por sí sola, volviendo la Provincia separatista, pro su propia voluntad, a entrar en el seno de la Patria Grande; cosa que se hubiera conseguido de no mediar el desastre de Caseros”.

 

Rosa sumó: “Cuando se forma el ejército “libertador” de Paz en Corrientes… López… declara formalmente la guerra “a Rosas” y envía una columna paraguaya a las órdenes de su hijo el joven Francisco Solano. Pero Rosas no hace caso de su declaración de guerra, y da instrucciones a Urquiza de no invadir el Paraguay”.

 

ESTRATEGIA DE URQUIZA

 

Rosas, ante la invasión paraguaya de junio de 1849, más que protestar contra los guaraníes lo hará contra el Imperio del Brasil, previendo una futura guerra, la que sí se desatará con la ayuda, Pronunciamiento del 1° de mayo de 1851 mediante, de Urquiza junto a los “colorados uruguayos”, cuyo resultado final fue la batalla de Caseros.

 

El 17 de julio de 1852, ante el compromiso contraído con los brasileños del 21 de noviembre de 1851 al planificar la ofensiva contra Rosas, Urquiza reconoció la independencia del Paraguay. Pero poco le valió, ya que más de una década después se desató la guerra de la Triple Alianza en su contra.


Rosas partió a su exilio inglés, pero aún en la lejanía estuvo atento a los acontecimientos del Río de la Plata. Siempre reafirmó lo expresado en su época en el periódico “El Archivo Americano” que detalló las razones por las cuales “La provincia del Paraguay pertenece a la República Argentina desde el tiempo en que ésta ejerció el primer acto de soberanía popular del 25 de mayo de 1810”, considerando que “la entrada por agua a la provincia del Paraguay no puede efectuarse sino por el río Paraná, que pertenece a la Confederación Argentina, a la que corresponderá también la margen derecha del Paraguay, aún en el caso de la pretendida independencia de esa provincia”, y que si “la franquease a un Estado diferente arruinaría la nacionalidad argentina”.

 

Aun así, ante la heroicidad del Mariscal López y su valeroso pueblo, Rosas imitó el gesto que tuvo el Libertador San Martín con él, y le legó su propio sable, el 17 de febrero de 1869, al dignatario paraguayo. Su muerte, en manos del ejército brasileño, del 1° de marzo de 1870, frustró dicha acción.

 

 

 

Pablo A. Vázquez

*Licenciado en Ciencia Política; Docente de la UCES; Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.

INSTITUTO NACIONAL SANMARTINIANO

 

Celebra su noventa aniversario el decano de los institutos nacionales

 

Roberto Elissalde


La Prensa,  30.03.2023

 

Celebrará el próximo 5 de abril su 90 aniversario el Instituto Nacional Sanmartiniano, que como en la mayoría de estas instituciones nació en forma privada hasta que posteriormente alcanzó su nacionalización algo que sucedió con sus similares: Browniano, Belgraniano, Juan Manuel de Rosas, Yrigoyeniano y Juan Domingo Perón.­

 

A iniciativa de don José Pacífico Otero, se reunieron un grupo de interesados en la difusión y estudio de la figura del Libertador, en la sede del Círculo Militar no en la actual del Palacio Paz frente al monumento a San Martín que la entidad adquirió en 1938, sino en la anterior ubicada en la tradicional calle Florida 770. Era el 5 de abril y se conmemoraba el 115 aniversario de la batalla de Maipú.­

 

Otero tenía por entonces 59 años, había recibido una sólida formación intelectual, sacerdote de la Orden Franciscana, mostró una afición a la historia y dedicó no pocos estudios a la misma y a algunos destacados miembros como frailes Luis Bolaños, Cayetano Rodríguez y el Francisco de Paula Castañeda, entre otras. Desvinculado en 1910 del estado sacerdotal, comenzó con meticulosidad a estudiar al general San Martín, no sólo en nuestro país en archivos y bibliotecas, sino que recorrió otros países americanos y europeos. Con un acervo no menor de información, publicó la Historia del Libertador Don José de San Martín, en varios volúmenes que mereció la reedición por el Círculo Militar. A ello debemos agregar no pocos trabajos, artículos y conferencias, hoy casi inhallables que merecen una edición aunque sea en forma digital.

 

DEUDA IMPAGA­

 

Otero dedicó su existencia a San Martín, por eso en esa conferencia hace nueve décadas afirmó que había una deuda "todavía impaga'' para con el héroe, "que no la pagarán los bronces, ni los mármoles, ni los colores de la paleta, es la deuda del espíritu''. Por eso el Instituto se presentaba esa tarde respondiendo "a los dictados de una razón primordial y sagrada, con los vivos deseos de dar forma tangible a esta ejecutoria''.

 

Por eso pocos días después reunió a un grupo de estudiosos y en el Museo Histórico Nacional rubricaron el acta de fundación y nombraron la primera Comisión Directiva que Otero presidió por lógica gravitación. Lo acompañaron en las vicepresidencias el general Francisco Medina y el vicealmirante Daniel Rojas Torres; secretario: Antonio Apraiz; bibliotecario: Ismael Bucich Escobar; vocales: Nicolás Accame , Juan Esteban Vaccareza, Adrián Ruiz Moreno, Francisco Beverina, Héctor Pelerson, Héctor M. Ratto, Pedro Etchepare, Benjamín Villegas Basavilbaso, Rodolfo Medina, Federico Santa Coloma Brandsen, Enrique de Gan´dia, Rómulo Zabala, Juan Pablo Echagüe, Máximo Soto Hall y Ricardo Staud.

 

Ricardo Levene, Carlos Alberto Pueyrredon, José Torre Revello y Julio César Raffo de la Reta, formaron parte al poco tiempo entre otros de ese grupo fundacional, que presidió Otero hasta su fallecimiento el 14 de mayo de 1937.

 

Su mujer Manuela Stegmann fue la generosa donante de la casa que se levanta en Palermo, réplica de la de Grand Bourg, que hoy es la sede el Instituto Nacional.­

 

El coronel Bartolomé Descalzo, el capitán Jacinto R. Yabén, los generales Ernesto J. Florit, Carlos A. Salas, Joaquín Aguilar Pinedo, Manuel Laprida, Tomás Sánchez de Bustamante y Diego A. Soria, se sucedieron en la presidencia de la entidad en la mayoría de los casos por largos años; cargo que ocupa hoy el Lic. Eduardo García Caffi. Alguna vez la vacancia de la presidencia fue desempeñada por los distintos vicepresidentes: escribano Oscar Carbone, el profesor José Carlos Astolfi y el Dr. Rodolfo Argañaraz Alcorta.

 

Otero, con visión trascendente hace 90 años afirmaba que el Instituto con "su creación llena un vacío en nuestras agrupaciones culturales, históricas y docentes. No la pide a nuestro entender, una razón de fortuito interés. La pide el progreso de nuestra nacionalidad, la pide el crecimiento de nuestro acervo histórico y documental''.

 

La entidad lo ha cumplido, de manera cabal. La revista San Martín en la primera época, la edición junto con el Museo Histórico Nacional y después por su parte de los Documentos para la Historia del Libertador, y numerosos folletos y publicaciones han poblado las bibliotecas públicas de escuelas y pueblos del interior, dando a conocer la figura de San Martín. Las Asociaciones Culturales en el país cumplen esa meritoria función y en el exterior: Bélgica (Bruselas); Bolivia (La Paz); Brasil (Río de Janeiro); Colombia (Bogotá); Costa Rica (San José y Puerto Limón); Chile (Santiago); Ecuador (Quito y Guayaquil); El Salvador (San Salvador); España (Madrid, Sevilla y Cádiz); Estados Unidos (Washington DC, Nueva York y Los Angeles); Francia (París y Boulogne-sur-Mer); Guatemala (Guatemala); Honduras (Tegucigalpa); Italia (Roma); México (México DF); Nicaragua (Managua); Paraguay (Asunción); Perú (Lima y Cuzco); Panamá (Panamá); Uruguay (Montevideo y Colonia del Sacramento) y Venezuela (Caracas).

 

A esto se debe agregar la creación del Colegio de Estudios Superiores Sanmartinianos en 1958 convertido en Academia Sanmartiniana en 1960, que con sus 20 volúmenes de los Anales ha dado a conocer valiosos aportes sobre la figura del Libertador, sus colaborades, su iconografía, las piezas museológicas, su relación con las provincias, la numismática y otros tantos temas. Rescatar los nombres de sus miembros fallecidos, además de los ya mencionados, es un homenaje a quienes trabajaron en ella y supieron enriquecerla: Adolfo Espíndola, Carlos A. Courtaux Pellegrini, Humberto F, Burzio, Rosauro Pérez Aubone. Ernesto J. Fitte, Leopoldo R. Ornstein, Ricardo Piccirilli, Belisario J. Otamendi. Juan Angel Fariní, José A. Oría, Oscar H. Elía, César Díaz Cisneros, Marcos de Estrada, Julio César González, José Luis Molinari, Leoncio Gianello, Carlos Heras, Gustavo Martínez Zuviría, Alberto Palcos, Joaquín Pérez, Carlos J. Mosquera, Raúl de Labougle, Leonidas de Vedia, Atilio Cornejo, Enrique M. Barba, Bonifacio del Carril, Alfredo González Filgueira, Exequiel César Ortega, Cayetano Bruno, Juan Draghi Lucero, Antonio J. Pérez Amuchástegui, Laurio H. Destéfani, Horacio J. Cuccoresse, Marco Aurelio Risolía, Luis Santiago Sanz, Ricardo Zorraquín Becú, Julio César Gancedo, Jorge M Ramallo, Aníbal Luzuriaga, Mario S. Dreyer, Mario Phordoy, Osiris Villegas, Federico Ibarguren, Emilio A. Bidondo, Héctor J. Piccinalli, Patricia Pasquali, Luis González Balcarce, Enrique Mario Mayocchi y Carlos Guzmán.­

 

Al celebrar este aniversario, en un día tan trascendente como fue el que selló la libertad de Chile, el Instituto Nacional Sanmartiniano, renueva su compromiso con el futuro enorgulleciéndose de este pasado que lo honra y al que honra en forma permanente