MARTÍN FIERRO


 y la concordia argentina

 

Por Franco Ricoveri

 

La Prensa, 19.12.2022

 

El Martín Fierro es nuestro gran poema nacional y nos llena de orgullo. Esta afirmación, aunque es bien común entre los argentinos, contradice todo el artículo que Ezequiel Adamovsky publicó en La Prensa el pasado 21 ("Martín Fierro y el desacuerdo argentino").

 

Me disculpo por no contestar cada una de sus afirmaciones, porque en estos 150 años de vida que tiene la obra hernandiana, ya mostró de sobra sus quilates para defenderse sola. Pero es cierto que desde su misma aparición tuvo admiradores y detractores. Los argumentos que esgrime Adamovsky no son nuevos. Sobre todo aquella vieja tesis borgeana que señala al "Facundo" de Sarmiento como su contracara supuestamente positiva. Que el

 

"Facundo" sea una obra llena de falsedades, lo dice el mismo autor justificándolas con su intencionalidad política ("el relato" diríamos hoy). Y que Fierro sea portador de verdades, es lo que forjó su sitial en la Historia grande de la Patria como verdadero Poema nacional. Es cierto que para alcanzar ese lugar primero tuvo que hacerse paso entre aquellos detractores que mencionáramos. ¿Cómo? Primero con un gran éxito popular: el gauchaje se sabía presente en esa historia. Después sí vino el aplauso creciente de la crítica, refrendado cuando desde afuera hablaron admiradores de la talla de Unamuno o Menéndez y Pelayo, que lo destacaban como algo único. Nuestro gran poeta Leopoldo Lugones también jugó su papel, pero es injusto decir, como afirma Adamovsky que "esperaba convertir al poema de Hernández en la piedra angular de un culto nacionalista y autoritario". Injusto, anacrónico y es más, agraviante a la memoria de Lugones y al espíritu de sus conferencias tituladas "El payador", pero no hace al tema (al interesado lo remitiría a un libro imprescindible de José Isaacson: Martín Fierro. Cien años de crítica). El problema aquí es más grave.

 

Cuando pensamos que el gaucho es nuestro "arquetipo nacional" no estamos cayendo en ideologismos y miradas tendenciosas, no caemos en un relato más, desligado de las realidades argentinas, por el contrario, nos inclinamos a ver el rostro sufriente y real de nuestra Patria crucificada, como se ha dicho. Son las miradas ideologizadas, desatentas a la realidad argentina histórica y actual, aquellas que nos dividen y destruyen. Destruyeron la vida política, cultural, nuestra educación, hasta nuestra religiosidad. Y desde 1810 hasta nuestro triste presente. Siempre. Y desde ya que no es una división que creó "el gaucho", si no que la sufrió en su propio cuero y ahí, ante la injusticia, apareció Hernández que le dio voz. Pero el gaucho era más viejo que Hernández y supo llegar con su canto al corazón del pueblo para despertarlo.

 

La palabra "gaucho" que en tiempos "pre-Fierro" era fuertemente despectiva, fue rescatada por nuestro poeta y, a partir de entonces, es sinónimo de lo mejor que tenemos los argentinos. No es una "construcción" social o literaria, es una realidad profunda y multirracial (empapada tanto en sangre española como indígena). Encarna la trágica (y feliz) realidad de lo que significa ser argentinos. No es casualidad que en la frágil memoria popular, lo primero que brote son aquellos versos que nos llaman a la unidad ("los hermanos sean unidos."), pero partiendo de un "rumiar" nuestra realidad, no mirando para otro lado. Aunque duela. Pero hay que advertir que para entenderlo hace falta un corazón cristiano y criollo, que sepa perdonar y crea en la conversión.

 

En parte eso es lo que le faltaba a Borges cuando proponía que nuestro modelo hubiese debido ser el Facundo sarmientino. Lejos de creer que "el emblema gaucho encapsula nuestros desacuerdos y enfrentamientos políticos, de clase, étnicos y raciales", como afirmaba Adamovsky, el gauchaje que adoptó a Fierro como maestro sabe abrirse al misterio profundo de la realidad humana. Misterio cristiano que como nadie Fierro explica en esta estrofa: "Junta experiencia en la vida / hasta pa"dar y prestar / quien la tiene que pasar / entre sufrimiento y llanto, / porque que nada enseña tanto / como el sufrir y el llorar." Misterio al fin que sólo se acepta desde la fe (aunque la Historia termina comprobándolo).

 

ARQUETIPO

 

Martín Fierro no es el arquetipo que nace perfecto, sino aquél que se redime a pesar de los maltratos y vejaciones que ha sufrido por parte de "los que mandan", es el que sabe perdonar y reconocer que el camino al bien (personal y social) no pasa ni por el odio, ni por la lucha estéril, pasa primero por" vencerse a sí mismo", para parafrasear al gran arquetipo de los argentinos, el Libertador General de San Martín.

 

Adamovsky señalaba que el gaucho era para él un "emblema de lo imposible", y que "no funciona como emblema de unidad, sino más bien de desunión".

 

Creo sinceramente que en el espíritu de los lectores, la palabra "gaucho" despierta lo contrario: sus mejores sentimientos. Hernández no sólo supo que era una realidad, sino también una bandera "posible", aunque no para todos... Para otros representaba una realidad que había que exterminar. Recordemos la famosa frase de Sarmiento en carta a Mitre que exteriorizaba lo que fue una política planificada: "No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos".(20-9-1861). Había que cambiar el componente racial de Argentina y para ello, el gaucho era un obstáculo. Por muchas razones el espíritu del gaucho es todavía un enemigo al que hay que aniquilar.

 

Martín Fierro, el gaucho, es un abanderado de la Argentina profunda y por eso molestaba y sigue molestando. Abanderado de una tierra que, humillando el poder del invasor inglés, supo expulsarlo repetidas veces; de la que cruzó los Andes para liberar América; la misma que dejó su sangre en Malvinas y sigue luchando por la tierra de sus padres, de sus hijos y nietos. Es el abanderado de una Argentina que, a pesar de sus dirigentes, "no sabe rendirse", porque aprendió que los males que nos tocan vivir, sirven para fortalecernos, y nunca, jamás, para quebrarnos. Lo es del que trabaja feliz, pero también del enfermo que sufre, sabiendo que ese sufrimiento tiene sentido. Por eso en Fierro está el poeta que canta, el niño que sueña, el padre que cuida, la madre que espera. Y su gauchaje es bandera de servicialidad, de hidalguía, de generosidad, fortaleza, coraje., y de todo lo bueno que llevamos adentro los argentinos. ¡tantas cosas lleva en su bandera que nos emociona sólo pensarlo!

 

Pero, ¿eso alcanza para alcanzar la "unidad" a la que estamos llamados? Y la respuesta es que obviamente no, porque hay dos Argentinas opuestas. Cuando el gran Capitán nos decía: "Serás lo que debas ser, si no, eres nada", también nos mostraba una grieta inconciliable entre los que aspiran y batallan para "ser lo que debemos ser" y los otros.

 

Es cuestión de "ser o no ser", de elegir una bandera y obrar en consecuencia. Y si la bandera tiene un alférez gaucho y cantor, ¡qué más podemos pedir!

LA ÚLTIMA BATALLA DE LA INDEPENDENCIA

 

 y la gloriosa carga de los últimos granaderos que selló la victoria patriota

 

Adrián Pignatelli

 

Infobae, 9 de Diciembre de 2022

 

La posición del ejército libertador era endeble. Contaba con 4500 colombianos, 1200 peruanos y los últimos 80 granaderos. Enfrente unos nueve mil enemigos. Estaba en un valle donde fácilmente podía ser atacado de frente o por su izquierda. Ese lugar se llamaba Ayacucho, una voz quechua que significa “rincón de los muertos”. Aún no lo sabían, pero se estaba por librar la última batalla contra los españoles en América del Sur.

 

Estaban a unos 400 kilómetros de Lima, en una planicie de un kilómetro y medio de largo por 700 de ancho, entre el cerro Condorkanqui y el caserío de Quinua, un terreno partido al medio por el cauce de un arroyo seco.

 

Al amanecer de un fresco jueves 9 de diciembre de 1824, el general Antonio José Francisco de Sucre, un venezolano de 29 años, arengó a sus hombres: “De los esfuerzos de este día depende la suerte de la América del Sur”, los entusiasmó.

 

La derecha estaba comandada por el general José María Córdoba, de 25 años, con cuatro batallones colombianos. El centro, a órdenes de Guillermo Miller, estaba conformado por los escuadrones peruanos Húsares de Junín, los regimientos de Granaderos y Húsares de Colombia y el escuadrón de Granaderos a Caballo de Buenos Aires. A la izquierda, a las órdenes del general José de La Mar -quien había convencido a Sucre de dar batalla allí- se agolpaba la legión peruana y los batallones 1, 2 y 3 de Perú.

 

Un refuerzo que los patriotas esperaban desde Jauja había sido aniquilado en el camino.

 

A las 8 de la mañana, el general español Juan Antonio Monet, acompañado de su ayudante de campo, se adelantó a las posiciones patriotas. Le propuso al general Córdoba que, ya que en ambos ejércitos había jefes y oficiales ligados por lazos de amistad o parentesco, “darse un abrazo antes de rompernos la crisma”. Con la autorización de Sucre, cerca de 100 oficiales se saludaron caballerosamente antes de matarse en el campo de batalla. Algunos deslizarían maliciosamente que la suerte de la batalla ya había sido decidida de antemano y que los españoles se presentaron para salvar el honor.

 

A las 9, con un sol resplandeciente, comenzó la acción con fuegos intermitentes y el intercambio de cañonazos.

 

Fueron los españoles los que dieron el primer paso. Es lo que esperaba Sucre para poder aprovechar el primer error enemigo. Avanzaron con su centro y su izquierda, con la intención de que con su derecha rodear a la izquierda patriota. El que comandaba el centro enemigo era el propio virrey José De la Serna e Hinojosa. Su error fue querer maniobrar en un espacio reducido y acometer contra posiciones fuertemente ocupadas, al alcance del fuego patriota y a plena luz del día.

 

Por la izquierda, el general realista Alejandro González Villalobos, arremetió contra los hombres de Córdoba, quien frenó el ataque. El general Gerónimo Valdéz atacó a las fuerzas del general La Mar, y Sucre mandó a la división de Lara en su auxilio.

 

El español Monet, que comandaba el centro, ordenó a sus fuerzas pasar un zanjón que partía al medio el campo de batalla. Algunos lo lograron, pero la feroz arremetida del coronel argentino Manuel Isidoro Suárez, al mando de los Húsares de Junín y los Granaderos de Buenos Aires, produjo un ataque tan violento que arrojó a los españoles dentro del zanjón, provocando confusión y pánico en el enemigo.

 

Esa fue la última carga de los granaderos de San Martín por la libertad de América.

 

Fue la arenga de Córdoba lo que terminó de aplastar a la división realista del general Valdés: “¡División de frente! Armas a discreción. ¡Paso de vencedores!”

 

Cuando la división de Monet fue desbaratada, el propio virrey se lanzó con el “Fernando VII”, pero su caballo fue derribado herido de muerte y fue hecho prisionero, junto a un millar de soldados.

 

En una lucha cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada, la División de Córdoba fue empujando a los confundidos realistas hasta el pie del cerro Condorkanqui. En la cima, ya flameaba la bandera colombiana.

 

El general español Valdez, sabiendo que habían sido derrotados, se sentó en una piedra buscando que lo matasen, pero lo convencieron de continuar con la retirada.

 

Era las 13 horas y los españoles habían sido derrotados. Tuvieron 1400 muertos y 700 heridos. La mayoría fue tomada prisionera, salvo un grupo de 500 hombres que logró escapar. Los patriotas tuvieron 309 muertos y 660 heridos.

 

Es verdad que quedó El Callao como único foco de resistencia, que se rindió al año siguiente, pero en Ayacucho terminaban quince años de guerra.

 

Con el virrey prisionero y con siete heridas, ya que había combatido cuerpo a cuerpo, el que decidió la capitulación fue el general José de Canterac, jefe de la reserva. A los 14 generales españoles se les ofreció la posibilidad de retornar a España y todos aceptaron. Pero el pueblo español no sería benévolo con ellos. Se ganarían el apodo despectivo de “ayacuchos”.

 

La mayoría de las guarniciones realistas acantonadas en distintos puntos del territorio aceptaron la capitulación, y los últimos que se habían negado a dejar las armas, se rindieron el 16 de enero de 1826.

 

La noticia del triunfo de Ayacucho demoró en llegar a Buenos Aires. El teniente coronel Medina, el correo que llevaba los pliegos oficiales, fue muerto en Guando por una partida de rebeldes que no lo reconocieron. Recién en la noche del 21 de enero de 1825, gracias a una carta enviada desde Lima por el comerciante inglés Cochrane, los porteños se enteraron de la victoria. Hubo festejos, fuegos artificiales y manifestaciones callejeras.

 

En la posada con patio del inglés James Faunch, en la esquina de Rivadavia y 25 de mayo, uno de los mejores alojamientos de la ciudad, los comerciantes británicos ofrecieron un banquete con 100 cubiertos, al que asistieron ministros, diplomáticos y ciudadanos. Se reconocieron a viva voz a militares vivos y muertos y se recordaron batallas en 14 brindis. También hubo festejo en el Consulado ofrecido por los ministros de Gobierno y de Guerra, que reunió a lo más calificado de la sociedad porteña. En todas las celebraciones, los salones fueron adornados con los retratos de Bolívar, Sucre, Necochea y con las banderas de varios países americanos.

 

No se recuerda que alguien haya propuesto un brindis por José de San Martín ni que se haya pronunciado su nombre. Desde que dejó Perú, debió soportar una intensa campaña de desprestigio y hubo planes para asesinarlo cuando intentase viajar de Mendoza a Buenos Aires. El 10 de febrero de ese año había partido a Europa.

 

Sin ningún comité de bienvenida, el lunes 13 de febrero de 1826 llegaron a la Plaza de la Victoria 78 granaderos. De ellos, siete tenían el récord de haber peleado desde el combate de San Lorenzo, librado trece años atrás: el paraguayo José Félix Bogado, el cordobés José Paulino Rojas, el catamarqueño Francisco Olmos, el puntano Eduardo Damasio Rosales, Segundo Patricio Gómez, Francisco Vargas y el guaraní Miguel Chepoya, trompa de órdenes. Traían a sus compañeros que se habían sublevado en El Callao.

 

Participarían en la guerra con el Brasil y luego desaparecerían de la escena. Habían pasado 11 años desde el histórico combate de San Lorenzo. Para ellos, la misión había sido cumplida.

RELACIÓN ENTRE SAN MARTÍN Y GUEMES


Conferencia magistral de incorporación como miembro de número de la Academia Sanmartiniana del General de Brigada (R) Rafael José Barni.

 

 

CONSULTA DE BIBLIOGRAFIA.

No digo que he consultado a todos los autores buscando una descripción de cual, cuando y de qué manera había sido la relación entre ambos próceres, pero sí creo haber consultado a los más importantes, entre ellos: Mitre, Pacífico Otero, Ricardo Rojas y los 8 tomos que con motivo del primer congreso internacional sobre San Martín en el año 1978, llevó a cabo el Instituto Sanmartiniano, pero las precisiones más importantes las encontré en los autores Güemesianos, comenzando por los 12 tomos de Luis Güemes de “Güemes documentado”, Atilio y Abel Cornejo, Bernardo Frías, Luis Colmenares, Sara Mata y Susana Martorell de Lanconi.

 

A excepción de los autores güemesianos, el resto de los que han escrito algo, lo hacen muy tangencialmente pero en casi todos los casos, no mencionan lo que tuvo que hacer Güemes para mantener esa relación, que no era ni más ni menos que formar parte activa y fundamental del Plan Continental de San Martín.

 

Quien expresa esto con mayor claridad es Ricardo Rojas en  “El santo de la espada” cuando dice “la guerra gaucha que subsistió hasta 1821, formó parte del Plan Continental, uno hostilizaba al Perú desde Salta y el otro desde Chile y el Pacífico….., la muerte de Güemes (17 junio 1821) hace fracasar una parte del plan. Esta convivencia consta en documentos y no ha sido debidamente consignado por los historiadores”.

 

Más recientemente, historiadores salteños manifestaron que “Güemes no está reconocido. Fue y sigue empequeñecido en la historia oficial por los porteños”. Esta queja reapareció en 1999 con motivo de la publicación de la “Nueva Historia Argentina”, de la Academia Nacional de la Historia.

 

Las quejas deben haber continuado, pues en el año 2006, se sancionó la ley Nro 26125, que declaró a Güemes héroe nacional.

 

Aprecio, con mi escasa experiencia en el ámbito de la Historia Argentina, que hay algo de cierto en lo que dice Ricardo Rojas y las recientes quejas de los historiadores salteños, pero también es cierto que el reconocimiento a Güemes, comenzó casi un siglo después de su muerte, cuando Bernardo Frías publicó en 1902 el primer tomo de su “Historia de Güemes” y fue Leopoldo Lugones en 1905 con “La Guerra Gaucha” quien mirando hacia los confines de la patria, incorporó el paisaje y la historia del Noroeste al mapa de la Argentina.

 

A ello habría que agregar, que la historia escrita por autores porteños, vio la luz mucho antes que la escrita por historiadores del interior y porque claramente tuvo mayor y mejor difusión.

 

Ninguna es perfecta ni absoluta, ambas contienen enfoques de la zona a la que pertenecen.

 

DESARROLLO

¿Desde cuándo comienza la relación entre ambos próceres?

 

Luis Güemes hace una larga explicación de dos personas que llegan a Buenos Aires en 1777 con la expedición del Teniente General Pedro de Cevallos. Son primos entre sí, José María Bustillo y Cevallos y el hijo de Manuel Escalada Bustillo y Cevallos, que es Antonio José de Escalada, futuro suegro de San Martín.

 

José M. Bustillo debe viajar al Alto Perú en 1779 y allí toma contacto con quien estaba a cargo de la tesorería, Gabriel Güemes, padre de nuestro prócer y por ser ambos del mismo pueblo en España, estaban unidos por parentesco y amistad y años más tarde, Bustillo será tutor de Martín Miguel, cuando este cursaba los estudios militares en Buenos Aires.

 

Hay una lejana relación de parentesco que probablemente San Martín y Güemes desconocían.

 

Además de otros detalles, Luis Güemes manifiesta que durante el año 1813, San Martín y Güemes residieron en Buenos Aires. Recordemos que Güemes fue expulsado por el General Belgrano del Ejército del Norte y destinado a Buenos Aires. Allí  se conocieron ambos próceres y trataron, forjándose una amistad y esta sería la única explicación lógica, a la nota que Güemes elevó a San Martín, para ser incorporado a la fuerza que se alistaba para hacerse cargo del Ejército del Norte y particularmente a la respuesta de San Martín.

 

Luis Colmenares manifiesta que San Martín marchó a Tucumán con la primera fracción y Güemes con la última, pero Atilio Cornejo, en su libro “San Martín y Salta”, expresa que viajaron juntos. Güemes era el único oficial de su ejército que conocía la zona donde operaría el Ejército del Norte y por supuesto la situación y el estado de la causa patriota en el norte.

 

A los pocos días de hacerse cargo San Martín y ante la necesidad de concentrar todo su ejército en Tucumán, particularmente la vanguardia del mismo, la cual contaba con elementos valiosos como dos Escuadrones de Granaderos a caballo y oficiales de prestigio como el Coronel Dorrego, consultó a éste si era factible dicho repliegue y su reemplazo por milicias y partidas de gauchos, y de resultas de su respuesta San Martín decide replegar todas las fuerzas y cubrir los caminos principales de invasión realista a Tucumán con partidas de gauchos, designando a Apolinario Saravia en Guachipas y a Güemes en la línea del Río Pasaje.

 

Entre otros autores Mitre, manifiesta que Salta era la puerta y la barrera de las invasiones realistas, no sólo la ciudad, sino los valles longitudinales  que se extienden al sur, el de Lerma y el del Río Pasaje, pues allí estaba la logística de las invasiones para continuar hacia el sur (Forraje, ganado y caballada).

 

Ante la inactividad realista, Güemes se aproximó a la ciudad de Salta y el 29 de marzo de 1814, entró en combate con el  Coronel Saturnino Castro, a quien derrota en el combate del Tuscal de Velarde, muy próximo a la ciudad de Salta. Este Coronel, de origen salteño, al servicio del ejército realista, era considerado la primera espada de la caballería realista por su acción decisiva en la Batalla de Ayohuma. Esta acción de Güemes, permitió tener cercada por bastante tiempo a la ciudad de Salta.

 

San Martín elevó un oficio al Director Supremo, relatando el combate, ponderando a Güemes y proponiendo su ascenso a Teniente Coronel, propuesta que es aceptada con la firma de Posadas el 9 de mayo de 1814.

 

En febrero de 1814, Güemes había cumplido 29 años y luego de varias penurias fue reivindicado por San Martín, quien por ese entonces había comenzado a pergeñar su Plan Continental y puso sus ojos en Güemes como la pieza necesaria para una parte de su plan. Conocía a los hombres y a pesar de haber oficiales más antiguos y experimentados, eligió al salteño como la figura necesaria.

 

En su correspondencia lo pondera “de coraje temerario, mimetización popular y clara lucidez intelectual”.

 

Palabras más o menos, este es el comentario que hace Pacífico Otero y este es sólo uno de los ejemplos que mencioné al comienzo sobre la visión que cada historiador tiene sobre los hechos y de la manera que lo escribe y trasmite.

 

En el tomo I de su “Historia del Libertador Don José de San Martín”, en los Capítulos 12 y 13, en donde se refiere al momento que asume el mando del Ejército del Norte hasta que se retira a Córdoba, a Güemes sólo lo menciona una vez y para expresar en escasos renglones, el concepto que San Martín tenía sobre él, sin embargo abunda en detalles de la correspondencia, en ese periodo, que tuvo San Martín con el Director Supremo, Gervasio Posadas.

 

En el tiempo que estuvieron juntos, San Martín le transfirió cuanto pudo de su experiencia.

 

Le pasó el reglamento que había escrito para su Regimiento de Granaderos a Caballo y Güemes formó un Escuadrón de Granaderos a Caballo.

 

Le recomendó la importancia de la inteligencia y el conocimiento del enemigo y Güemes formó un cuerpo de exploradores llamados bomberos, quienes operaban en pareja, eran seleccionados, debían saber leer y escribir y tenían prioridad en la asignación de cabalgaduras.

 

La educación de oficiales era fundamental y para ello Güemes formó el Regimiento de Coraceros que en la práctica funcionó como academia militar.

 

Le transfirió su experiencia de la guerra de guerrillas usada por el Ejército español durante la invasión napoleónica a la península.

 

Tiempo después, Güemes terminó formando un ejército organizado con dos tipos de Caballería, la Caballería de línea que era el Regimiento de Infernales, Escuadrón de Granaderos a caballo y el Regimiento de Coraceros y la Caballería gaucha: constituida por 2 a 5 escuadrones por jurisdicción de Salta y de Jujuy, y tomó del Regimiento de Granaderos a Caballo, el espíritu de cuerpo, la disciplina y la educación militar, era un ejército amoldado al tipo de lucha, terreno y enemigo a enfrentar.

 

También tenían un pensamiento político muy coincidente. Así nos ilustra Carlos Romero Sosa en su ponencia en el mencionado congreso internacional sobre San Martín.

 

Previo a la partida de San Martín a Córdoba por razones de salud, nombra a Güemes Comandante General de Vanguardia del Ejército del Norte.  

 

El nombre de Güemes llega hasta Lima, en donde el Virrey sabe lo que le cuesta a su ejército, la hostilidad de aquel salteño.

 

La caída de Montevideo, luego de la batalla del Buceo, más la acción ofensiva permanente de Güemes, decidieron a Pezuela replegar sus fuerzas hasta Cotagaita.

 

Después de Sipe-Sipe (29 Nov 1815), el flamante Director Supremo Pueyrredón, hizo replegar el ejército a Tucumán y en una clara muestra de confianza, dejó a Güemes a cargo de la vanguardia en Salta y Jujuy.

 

En realidad, el ejército de Güemes, era lo más combativo y preparado que había para enfrentar cualquier invasión realista, ya que el Ejército del Norte que se replegaba a Tucumán, era un rejuntado de hombres, desorganizado y desmoralizado luego de la derrota. Le costará varios meses a su nuevo Comandante, nuevamente el General Belgrano, a partir de agosto de 1816, comenzar a poner en forma a esa fuerza.

 

San Martín le había encargado a Güemes que impidiera el paso de cualquier invasión realista hasta que hubiera cumplido sus objetivos en Chile y Güemes le prometió que “de Salta no pasarán”, fácil decirlo y de gran esfuerzo poder cumplirlo.

 

El General Belgrano, ya a cargo del Ejército del Norte, había iniciado una sincera amistad con Güemes y lo apoyaba con los muy escasos recursos que podía.

 

En diciembre de 1816 se inició  la principal invasión de todas las que tuvo que soportar Güemes, se trataba de la invasión del Mariscal De la Serna. 6000 hombres, con Unidades experimentadas en las guerras napoleónicas, una importante logística y una gran determinación en su comandante. Su objetivo principal fue detener al Ejército de los Andes, antes de que cruzara la cordillera y logrado esto, marchar sobre Buenos Aires para recuperar el último bastión en manos patriotas.

 

Fue una larga y dificultosa campaña para Güemes de la cual estuvo muy pendiente el Grl San Martín, duró casi 5 meses y terminó con la batalla del Valle de Lerma y la persecución hasta Tupiza de los restos del ejército realista, el que llegó a pie y en condiciones paupérrimas.

 

Durante esta campaña, San Martín envió correspondencia a Güemes, felicitándolo por el resultado del combate de San Pedrito (26 Feb 1817 - En las afueras de San Salvador de Jujuy) y él lo celebró en Santiago de Chile con salvas de artillería.

 

La próxima comunicación entre ambos próceres fue debido al resultado de la batalla de Maipú.

 

Atilio Cornejo desarrolla con gran precisión el concepto del Plan Continental y rol trascendente que jugaba Güemes en el mismo, en particular en el momento que se está planificando la campaña al Perú. Esto queda ratificado en una carta de San Martín a Artigas, el 13 de marzo de 1819, en donde le manifiesta con asombro del daño que le causa a sus planes las luchas internas con el litoral y Buenos Aires, más aún cuando ordenan desplazar el Ejército del Norte a Buenos Aires, con lo cual se queda sin el brazo sur de su plan.

 

A comienzos de 1820, San Martín le solicita a Güemes que procure aferrar la mayor cantidad de fuerzas y el mayor tiempo posible, a fin de que las mismas no puedan incidir en su desembarco en las costas peruanas.

 

Esto lo deja claro Güemes en una carta a Bustos y claramente lo lleva a la práctica durante la invasión del General Ramírez de Orozco, en  la Batalla de las Cuestas, en donde de ex profeso, deja penetrar a los realistas hasta el Río Pasaje, pudiendo haberlo detenido mucho antes.

 

Ante la desaparición del Ejército del Norte de Tucumán, el 8 de junio de 1820, San Martín designó a Güemes General en Jefe del Ejército de Observación, ejército que debía terminar de armar Güemes para incidir sobre el Perú.

 

En agosto de 1820, Güemes agradece la designación y le informa a San Martín lo que tiene disponible y lo que le falta para terminar de armar su ejército y cumplir la parte de su plan.

 

Güemes ordenó al Coronel José Miguel Lanza, prestigioso oficial de su ejército, que debía trasladarse a La Paz, formar un ejército, constituirse en la avanzada del Ejército de Observación y establecer contacto con el Ejército de San Martín tan pronto desembarcaran. Luego de serias vicisitudes Lanza logró formar una fuerza de 200 infantes y 100 hombres de caballería, tomó contacto con Miller luego del desembarco y mantuvo el enlace por correspondencia entre San Martín y Güemes.

 

O’Higgins le informó a Güemes de la partida del Ejército Libertador del Perú desde Valparaíso el 20 de agosto de 1820 y el 2 de noviembre Güemes le responde que nada ha recibido de apoyo de las Provincias Unidas del Río de la Plata y que ya ha adelantado una división a Humahuaca.

 

Por este tiempo jugó un papel muy importante en las interferencias que sufría Güemes para cumplir la parte del plan que le había encomendado San Martín el gobernador de Tucumán Bernabé Araoz, que no sólo no colaboró con Güemes en la preparación de ese ejército sino que también impidió que el gobernador de Santiago del Estero lo hiciera.

 

Esto obligó a Güemes a marchar a Tucumán, en donde fue derrotado y tuvo que regresar a Salta. En su ausencia había sido destituido de la gobernación, la que retomó a su regreso, huyendo de la provincia todos los conspiradores, que a partir de ese momento comenzaron a preparar junto con los realistas, la eliminación física de Güemes.

 

El 17 de junio de 1821 muere Güemes y con él una parte importante del Plan Continental de San Martín.

 

La noticia de su muerte fue trágica para San Martín, por dos razones;  la pérdida de su gran colaborador y más grave aún, por el armisticio que había firmado la provincia de Salta con el comandante de la invasión, el General Olañeta, quien se comprometió a retirar sus fuerzas al norte de la Quiaca a cambio de la promesa de que no se emprenderían operaciones contra los realistas.

 

Esto significaba para San Martín un refuerzo importante de su enemigo que ya por ese entonces era bastante superior a su ejército.

 

A pesar de los intentos de San Martín de movilizar una fuerza para que cumpliera el rol de Güemes, nunca lo logró.

 

Güemes, según la mayoría de los escritores, pasó a la historia como el Defensor de la Frontera Norte, lo cual no es poca cosa, pero tampoco es exacta. Por ese título que le ponen, es que nuestra Gendarmería Nacional se lo apropia como su héroe máximo.

 

En realidad fue algo más que el defensor de la frontera norte.

 

Su presencia en Salta, su prestigio y el respeto que le tenían sus enemigos, fue lo que disuadió cualquier intento de invasión en 1816, lo que permitió la reunión del Congreso de Tucumán y la declaración de la independencia.

 

Haber detenido a la invasión de De la Serna, fue fundamental para el normal desarrollo del cruce de los Andes y recuperación de Chile por parte de San Martín.

 

Haber protegido el flanco de San Martín durante toda su campaña en Chile y posterior preparación de la campaña al Perú, fue invalorable para San Martín.

 

La muerte de Güemes frustró la última parte del Plan Continental concebido por San Martín, que de haberse cumplido, otra hubiera sido la historia de la independencia de Sudamérica.

 

Queda de esta manera expuesta la estrecha relación entre ambos próceres, que comenzó en 1813 y finalizó en 1821, fue sincera, estrecha, permanente y fundamental para el General San Martín.