EL VERO ROSTRO DE LA PATRIA


 Y SU FALSIFICACION

 

  Edgardo Atilio Moreno

 

Crítica revisionista, 12 de mayo de 2019

 

Un revisionista notable, Federico Ibarguren, decía que “la vera imagen de la Patria, el Ser Nacional argentino, reconoce su origen en el catolicismo español de la contrarreforma religiosa”[1]. Y no se equivocaba. Basta con remontarnos a nuestros orígenes históricos, a los siglos XVI y XVII, es decir a la etapa en la que comenzamos a nacer como nación, para comprobar que esto es así. En efecto, son los valores del catolicismo y la cosmovisión de la hispanidad, con su visión trascendente de la vida terrena, los que están en la esencia y en las bases de nuestra identidad nacional.

 

Hoy sin embargo, considerando la espantosa decadencia moral y el ataque permanente al que se ven sometidos todos los fundamentos de nuestra nacionalidad; nuestras costumbres, cultura, religión, etc., resulta claro que esta Argentina actual no tiene nada que ver con aquella patria que heredamos de nuestros antepasados, aquella nación digna  que podía reivindicar para sí ser la hija legitima de un imperio civilizador que había conquistado y evangelizado medio orbe.

 

Sin lugar a dudas la Argentina de hoy seria irreconocible para quienes la forjaron. A lo largo de su devenir histórico se le fue imponiendo de forma paulatina una tradición contraria a los principios que le dieron el Ser; de tal modo que su vero rostro se desfiguró completamente, su identidad verdadera fue adulterada, y ello no sucedió por casualidad.

 

En efecto, el secular proceso de demolición de nuestra identidad nacional tiene un sujeto activo que fue su inspirador y su gestor; y que no es otro que el liberalismo. Ese error monstruoso, con su falso concepto de libertad, ha sido la perdición no solo de nuestra patria sino de todas las naciones cristianas que otrora configuraron la Cristiandad.

 

Por eso, la clave para entender el drama que signa toda la historia argentina estriba en tener presente la pugna que se dio entre su tradición hispano-católica, que daba primacía a las realizaciones espirituales; y la tradición liberal, extranjerizante y materialista, que es su antítesis.

 

Cabe aclarar que esta última tradición –es menester reconocerlo-, al igual que la primera, también nos vino de nuestra Madre Patria. Porque si bien la Argentina se fundó bajo el signo de la cruz y la espada, durante  el apogeo de la cristiandad hispánica;  sin embargo el plexo de valores de esa tradición fundacional comenzó a ser negado tempranamente con las ideas del despotismo ilustrado, racionalista, secularista y afrancesado, que en el siglo XVIII nos llegó desde España, gobernada a las sazón por la dinastía borbónica.

 

Fue entonces, durante ese periodo en el que reinaron los monarcas de la Casa de  los Borbones, que se introdujeron en España las ideas de la Ilustración; con su culto a la razón y su desprecio por la religión; con su dogma del Progreso Indefinido y su antropocentrismo prometeico. Y esas ideas, que luego en Francia serian el disparador de la endemoniada Revolución de 1789; en España serán el germen de la ruina y la destrucción del Imperio hispano-católico. Ello sobre todo durante el reinado de Carlos III; un rey que se rodeó de ministros masones (Floridablanca, el conde de Aranda, Campomanes, etc) y que bajo esa influencia dispuso la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús; una orden religiosa que había planteado una férrea oposición a las ideas de la Ilustración.

 

Ciertamente, fueron los jesuitas quienes, ante el avance del movimiento ilustrado, con más ardor defendieron la ortodoxia católica; y es por ello que los “Hombres de las Luces” trataron por todos los medios de neutralizarlos. Lo confiesa Voltaire en una carta a Helveticus, en la que decía: “cuando hayamos eliminado a los jesuitas habremos dado un gran paso adelante en nuestra lucha contra lo que detestamos”. Se refiere Voltaire, obviamente, a la Iglesia Católica.

 

Así pues, sacados del medio los padres de la Compañía de Jesús el gran paso que ansiaban dar los ilustrados fue dado, y con ello la difusión de los ideales del Iluminismo quedó asegurada. A partir de entonces los días del Imperio Hispanoamericano estaban contados.

 

En América, la formidable labor civilizadora y evangelizadora que desarrolló la Compañía es larga de enumerar. Sus misiones incluso jugaron un papel vital en la defensa de las fronteras del Imperio ante el avance portugués. Sus colegios y universidades fueron centros de enorme difusión cultural; en ellos se enseñaron las ideas filosóficas- políticas del padre Francisco Suarez, doctrina universalmente aceptada entre los católicos de entonces, que se oponía al absolutismo y al despotismo ilustrado.

 

Menéndez  Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, dirá que la expulsión de los jesuitas contribuyó indudablemente a acelerar la pérdida de las colonias americanas. En efecto, no hay dudas que tan impopular medida desprestigió gravemente a la autoridad española entre los criollos americanos y dejó un vacío casi imposible de llenar.

 

De todos modos los principios de la escolástica que estos enseñaron (especialmente la teoría suareciana de la retroversión del poder) calaron hondo en la inteligencia de los criollos, de tal forma que fueron esos los presupuestos filosóficos a los que se apeló durante las jornadas de Mayo de 1810; cuando desaparecida toda autoridad legítima en España los americanos se vieron obligados a dotarse de un gobierno propio. Por supuesto que ello amén de que la propia legislación española (.las Partidas de Alfonso el Sabio) preveía que esto fuera así; es decir que ante la muerte o ausencia del rey, sin que este haya dejado un regente, la soberanía se revirtiera en los pueblos.

 

Lamentablemente, luego de establecido el primer gobierno patrio surgió entre sus miembros dos tendencias claramente diferenciadas y enfrentadas. Por un lado una tendencia católica, sinceramente monárquica e hispanista; encabezada o representada por el jefe del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra. Y por el otro lado, una tendencia influenciada por las ideas de los filósofos de las luces, liberal y jacobina, cuyos principales exponentes fueron Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo.

 

Y aunque en esa primigenia etapa del proceso independentista los primeros gobiernos patrios aun hacían una expresa profesión de Fe católica, muy pronto emergieron los primeros intentos de apostasía social con la política irreligiosa de Martin Rodríguez y su nefasto ministro Bernardino Rivadavia. Pero los cimientos de la argentinidad aún estaban firmes, y contra dicha política impía se alzaron –lanza en mano- las mesnadas criollas conducidas por el caudillo riojano Facundo Quiroga bajo el estandarte medieval de “Religión o muerte”.

 

Esa confrontación de índole religioso signa todas las luchas entre unitarios y federales. De modo pues que se equivocan quienes ven en ellas un mero conflicto político o económico, una lucha entre la burguesía portuaria y los caudillos del interior, o entre la oligarquía ganadera y los sectores populares (como lo hacen los revisionistas de izquierda, clasistas o populistas). En realidad, a ambos bandos lo que en el fondo los dividía eran razones culturales y religiosas. Lo que estaba en pugna entonces eran dos diferentes cosmovisiones y dos formas distintas de entender a la patria. Por un lado estaban quienes, sintiéndose orgullosos de su cultura y religión, concebían a la Patria como un legado al que había que conservar y defender; y por el otro estaban aquellos que repudiaban todo lo que fuera autóctono, criollo, e hispano-católico, y que para imponerse no tenían ningún escrúpulo en unirse al enemigo extranjero.

 

Es por ello que mientras los caudillos federales pudieron contrarrestar la impiedad y la traición de unitarios y logistas, nuestra verdadera tradición histórica se mantuvo de pie y vigente; las cosas cambiarían a partir de la caída de Juan Manuel de Rosas.

 

 Rosas no fue solamente un dictador patriota que salvaguardó la unidad nacional y defendió la soberanía; tampoco fue un simple caudillo federal que respetó las autonomías provinciales y protegió las incipientes industrias del interior; fue mucho más que todo eso, fue un verdadero príncipe católico, un gobernante arquetípico que mantuvo vigente en nuestra patria el orden social cristiano heredado, el régimen de la Cristiandad hispánica. Durante su gobierno se puede afirmar sin temor a exagerar que la filosofía del Evangelio presidió todas las acciones de la autoridad política.

 

Prueba de ello es su famosa Proclama del 13 de abril de 1835 (efectuada al momento de asumir como gobernador por segunda vez) en la que dijo: “Ninguno de vosotros desconoce el cúmulo de males que agobia a nuestra amada patria, y su verdadero origen. Ninguno ignora que una fracción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad, de su avaricia, y de su infidelidad, y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha desvirtuado las leyes, y hécholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantido su impunidad; ha devorado la hacienda pública y destruido las fortunas particulares; ha hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales, y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y perfidia. La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio de estos males no puede sujetarse a formas, y que su aplicación debe ser pronta y expedita y tan acomodada a las circunstancias del momento. Habitantes todos de la ciudad y campaña: la Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia; resolvámonos pues a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto en confusión nuestra tierra; persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros, y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y espanto a los demás que puedan venir en adelante. No os arredre ninguna clase de peligros, ni el temor a errar en los medios que adoptemos para perseguirlos. La causa que vamos a defender es la de la Religión, la de la justicia y del orden público; es la causa recomendada por el Todopoderoso. Él dirigirá nuestros pasos y con su especial protección nuestro triunfo será seguro.”

 

El verdadero Rosas esta retratado en esta proclama que demuestra la importancia que el Restaurador le daba a la religión como fundamento del orden social. Como dice Antonio Caponnetto: “el Caudillo concibió a la Patria como un eco posible de la Civilización Cristiana”[2]; y contra esa idea tradicional de la Patria, se levantaron los unitarios y los representantes autóctonos del liberalismo; de tal modo que la continuidad histórica de la Argentina real y verdadera se truncó definitivamente cuando en 1852 en los campos de Caseros una coalición internacional al mando del Gral. Justo José de Urquiza, derrocó a Rosas y le abrió las puertas a la Republica liberal, masónica y laicista.

 

El primer paso en ese sentido fue el dictado en el año 1853 de una Constitución Nacional informada por los principios filosóficos del iluminismo racionalista y del liberalismo, cuyos pocos preceptos de tónica cristiana –como dijo el notable constitucionalista Arturo E. Sampay- fueron decisiones políticas de índole transaccional atento a que casi la totalidad de la población argentina profesaba en ese momento la religión católica[3].

 

Pero esa población católica, expresión viviente de la tradición fundacional, estaba en la mira de los liberales. Juan Bautista Alberdi, el inspirador de la Constitución, dirá categóricamente en el Capítulo XV de su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina: “Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos…”  Agregando, en el capítulo XXX: “Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella… La Constitución debe ser hecha para poblar el suelo solitario del país de nuevos habitantes, y para alterar y modificar la condición de la población actual.”

 

Esa Constitución, pergeñada por Alberdi y los liberales, será la herramienta jurídica que una sucesión de presidentes masones utilizaría para cambiar la fisonomía y la esencia de la nación argentina; implantando a sangre y fuego los “beneficios” del liberalismo y de la “civilización”. Por ello el profesor Jordan Bruno Genta enseñaba que: “…las Bases de Alberdi postulan el cambio del Ser Nacional como condición imprescindible para la civilización y el progreso  de la Nación. La organización constitucional debe hacerse para asegurar la ruptura y el desprendimiento con el pasado histórico.”[4]

 

Lamentablemente, todos los intentos de resistir y frenar ese proyecto centralista y liberal, como los levantamientos de las montoneras gauchas del Chacho Peñaloza y de Felipe Varela, fueron uno a uno salvajemente aplastados por los ejércitos mitristas.

 

En efecto, después de la batalla de Caseros, y sobre todo después de Pavon, los “hombres de las luces”, los “civilizados”, sembraron el terror en el país y cometieron una larga lista de crímenes políticos y de matanzas cuyo objetivo último no era otro que terminar con la Argentina tradicional. Así, en 1856 Mitre hizo fusilar al Gral. Jerónimo Costa junto a 126 de sus oficiales y suboficiales, estando rendidos y sin ningún tipo de proceso legal; Venancio Flores en 1861 perpetró la misma salvajada en Cañada de Gómez, degollando a unos 400 federales rendidos; igual destino corrieron los gauchos del Chacho Peñaloza, y el propio Chacho, cruelmente asesinado; por citar algunos casos emblemáticos.

 

Uno de los responsables de esa política criminal fue Domingo Faustino Sarmiento; este en su famosa carta a Bartolomé Mitre del 20 de septiembre de 1861, le decía: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos”; demostrando así el odio y el desprecio que la nueva clase gobernante le tenía al exponente típico de la argentinidad, al gaucho.

 

La idea fuerza de ese liberalismo triunfante, difundido por Alberdi y el masón Sarmiento; y llevado a la práctica por la llamada Generación del 80, quedó resumido de manera tajante en la formula sarmientina “Civilización y Barbarie”. Esa dicotomía expresaba perfectamente el rechazo absoluto por nuestra tradición primigenia, y el desprecio impío de nuestra cosmovisión hispano-católica, que el liberalismo planteaba, pues según ella “Civilización” venía a ser todo lo europeo y “Bárbaro” todo lo nuestro.[5] 

 

Otro hito fundamental para la imposición de la tradición iluminista, liberal, masónica y laicista que falsificó nuestra identidad nacional fue la sanción en el año 1884, durante el gobierno del Gral Julio A. Roca, de la Ley 1420 que estableció la educación laica en las escuelas.

 

En efecto, los liberales de la Generación del 80 consideraban imprescindible para la consolidación de una sociedad materialista, orientada e imbuida por la filosofía positivista, la eliminación de la enseñanza católica en las escuelas. Con ese fin es que llevaron adelante su política educativa, y en esto coincidían plenamente con los objetivos de la Masonería que ansiaba expulsar a Cristo de las aulas como una forma de ir eliminando toda influencia del catolicismo en la sociedad.

 

Enrique Diaz Araujo dice sobre estos hombres que: “su ideal indiscutido era el progreso material, agnósticos o ateos en religión, optaron legislativamente por el laicismo anticlerical…”[6]

 

Concurrentemente con el establecimiento de la educación laica, los liberales se dieron también a otra tarea fundamental para imponer sus ideas, la de falsificar nuestra historia. Esa versión amañada de nuestro pasado, que comenzó con las obras de Bartolome Mitre y Vicente Fidel Lopez, se convirtió en la Historia Oficial de la Argentina y cualquier disenso con ella fue duramente anatemizado. Generaciones de argentinos fueron educados pues con esta historia falsificada que se escribió no para transmitir y recrear una cultura propia sino para copiar la ajena; y por supuesto, para justificar en definitiva toda la acción política de la oligarquía gobernante.

 

Contra esa historia oficial liberal, pero paradojalmente dogmática, se alzó la escuela revisionista, con exponentes como Alberto Ezcurra Medrano, Federico Ibarguren, Julio Irazusta, Vicente Sierra, Manuel Galvez y Ernesto Palacio, entre otros. Esta corriente historiográfica al desmontar la interpretación liberal de nuestra historia, develando sus ocultamientos y exponiendo sus mentiras, no solo recuperó la verdad histórica sino que mostró el verdadero rostro de la Patria. Como dice Antonio Caponnetto: “El revisionismo original procuró, mediante la rectificación de los errores a designios, el redescubrimiento y la consiguiente revalorización de nuestra estirpe hispano-católica”[7].

 

Esa tarea –que los primeros revisionistas cumplieron con creces- hoy lamentablemente se encuentra interrumpida ya que aquel revisionismo originario y verdadero prácticamente ha desaparecido. Su presencia es totalmente inadvertida y son muy pocos sus exponentes.

 

Lo que se publicita en su lugar es una adulteración del mismo, un neo-revisionismo ecléctico y acomodaticio, inspirado en historiadores seudo-revisionistas, izquierdistas y populistas, como Hernandez Arregui, Eduardo Astesano y Fermin Chavez, que se infiltraron en el auténtico revisionismo e introdujeron en él un análisis dialectico, clasista y materialista. Estos neo-revisionistas que hoy usufructan el prestigio de la vieja escuela revisionista, coinciden en el fondo con los historiadores académicos y profesionales, sean estos liberales, marxistas o sincretistas de toda laya, en su cosmovisión historicista, inmanentista y relativista[8]. Es por eso que todos ellos escamotean la verdad sobre nuestro Ser Nacional y rechazan nuestra tradición hispano-católica.

 

En este estado de cosas lo que se impone a todo historiador, que quiera prestar un servicio a la patria, es revivir y recrear al auténtico revisionismo. Tomar las enseñanzas de los primeros maestros y encarar nuevos estudios que saquen a la luz nuevamente nuestra verdadera tradición histórica. Solo así podremos recuperar nuestra identidad nacional y encontrar las fuerzas para resistir y reconquistar la Argentina real. Nuestro destino como nación depende de ello.

 

                                                                 Edgardo Atilio Moreno

 

[1] Ibarguren, Federico. Nuestro Ser Nacional en peligro. Bs. As. Ed Vieja Guardia. 1987, pag 12

[2] Caponnetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas. Bs As., Ed Katejon, 2013, pag 31

[3] Sampay, Arturo Enrique. La filosofía del Iluminismo y la Constitución argentina de 1853. Revista Verbo N° 303, pag. 43

[4] Genta, Jordan Bruno. Jordan B. Genta. Bs As. 1976. Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino. pag 385.

[5] Por otra parte dicho planteamiento también traía consigo, como conclusión forzada, un sentimiento de inferioridad y un descreimiento en nuestras capacidades para forjarnos un destino independiente; lo cual llevaría a que de la mano de la pregonada “Civilización” se impusiera en lo económico la teoría del librecambio y de la división internacional del trabajo que subordinó nuestro destino a los intereses extranjeros y convirtió al Estado en un agente de los mismos.

[6] Diaz Araujo, Enrique. Aquello que se llamó la Argentina. Ed. El Testigo. Mendoza. 2002. Pag. 51

[7] Caponnetto, Antonio. La polémica sobre Rosas. Revista Verbo N° 297, pag. 87

[8] Al respecto ver Caponnetto; Antonio. Los críticos del revisionismo histórico. Tomo 3

ÁVAREZ CONDARCO

 

La increíble misión del ingeniero que memorizó dos caminos para que San Martín cruzara los Andes

 

Adrián Pignatelli

 

Infobae, 17 Dic, 2023

 

El teniente de artillería José Antonio Álvarez Condarco estaba a cargo de la fábrica de pólvora que se había instalado en los terrenos que la cordobesa Tiburcia Haedo -la mamá del futuro general José María Paz- tenía entre la quinta de Allende y el pueblo de La Toma. Tuvo la idea de construir un molino que salió de su cabeza, y así se dejó de hacer la pólvora a mano. De dos quintales diarios, se la llevó a cerca de 400 libras, y resultó ser de mejor calidad que la que se compraba a otros países.

 

El tucumano Condarco, nacido en 1780, que había estudiado ingeniería y se las arreglaba con la física y con la química, usó la fuerza motriz del agua que suplía la falta de mano de obra para la refinación del salitre.

 

Habría sido el autor de la orden de que nadie con espuelas podía ingresar al depósito de pólvora, a riesgo que el roce del metal provocase una chispa que hiciese volar todo por los aires. Y que por esa orden un centinela le había prohibido la entrada al propio San Martín, quien acató la disposición y además felicitó, en plena formación, al centinela en cuestión.

 

Lo que José de San Martín conocía de este ingeniero era su prodigiosa memoria. Lo desvelaba reconocer al dedillo los distintos pasos para cruzar esa tremenda mole que es la cordillera de los Andes. El mismo hizo varias incursiones y mandó a diversos oficiales con el mismo propósito. Sin embargo, sabía que alguien haría el trabajo a la perfección.

 

Debía encargar a alguien una misión por demás delicada.

 

San Martín contaba con espías del otro lado de la cordillera, como era el caso de Juan Pablo Ramírez, que le informaba todo lo que pasaba en Concepción y en Talcahuano. También estaba Diego Guzmán, Ramón Picarte y Manuel Fuentes en la capital chilena, y Manuel Rodríguez en la región del Aconcagua. Además, San Martín envió distintos desertores, entre ellos dos sargentos de su más entera confianza, que proporcionaban datos falsos a los españoles.

 

De la misma forma, el jefe del ejército libertador debía cuidarse de los espías que rondaban por Cuyo. Pero tenía un sistema aceitadísimo. Si lo supo fray Bernardo López, agente secreto del gobernador español de Chile, el mariscal Casimiro Marcó del Pont. El religioso fue apresado ni bien llegó a Mendoza. Cuando San Martín ordenó fusilarlo en 24 horas, el fraile reveló todo y entregó las cartas que llevaba escondidas en el forro de su sombrero, que debía entregar a diversos vecinos españoles.

 

A Pedro Vargas le ordenó simular que se había pasado a los españoles, lo hizo encarcelar a propósito, y así ganarse la confianza de los españoles locales. Dicen que tan bien interpretó su papel que hasta su propia esposa estuvo por romper el matrimonio con su marido traidor.

 

A Álvarez Condarco le encargó que atravesase la cordillera, memorizase todos los detalles, llegase a Chile y regresase a Mendoza, donde debía volcar en papel lo que había visto.

 

Iría bajo el paraguas de una misión parlamentaria. La orden era que fuera a Santiago de Chile y entregase a Marcó del Pont un mensaje, en el que San Martín lo invitaba a reconocer la declaración de independencia.

 

Debía ir por el camino de Los Patos, que era el más largo. San Martín sabía que el jefe español, si es que no lo mandaba a fusilar, lo haría regresar por el paso más corto, que era el de Uspallata. De esta forma, podría reconstruir dos caminos.

 

“Quiero que me levante en su cabeza un plano de los pasos de Los Patos y de Uspallata, sin hacer ningún apunte, pero sin olvidarse ni de una piedra”, le ordenó San Martín.

 

Era un hombre con experiencia. En 1813 manejó el arsenal del batallón de Auxiliares Cordobeses que estaba al mando del coronel Juan Gregorio de Las Heras. Cuando San Martín lo conoció, no lo dejó ir: lo nombró su ayudante de campo, también fue su secretario privado y como era un ingeniero con amplios conocimientos, fue el director de los talleres militares y el subdirector de la fábrica de pólvora.

 

Vestido de paisano, y sin portar ninguna documentación que lo pudiera comprometer, se puso en marcha. Cuando llegó al primer puesto español, al oeste de Los Patos, el oficial a cargo lo hizo seguir. Pero como estaba anocheciendo y no podría registrar las características del camino, se hizo el enfermo, y así lo recorrió a plena luz del día.

 

Todo salió según lo previsto. Llevado en presencia de Marcó del Pont, el español se ofuscó de tal manera, que ordenó que al día siguiente el verdugo quemase en la plaza la declaración de la independencia que le había entregado Condarco.

 

Mientras tanto, el mensajero fue alojado en la casa del coronel Antonio Morgado, jefe del Regimiento de Dragones de Concepción. Marcó del Pont lo tenía entre ceja y ceja, olía algo sospechoso y sus oficiales debieron convencerlo para que el tucumano no terminase en el paredón de fusilamiento. Antes de dejarlo ir, el mariscal le advirtió que cualquier otro parlamentario que enviase San Martín “no merecerá la inviolabilidad y atención con que dejo regresar al de esta misión”. Y sentenció: “Yo firmo con mano blanca y no como lo de su general que es negra”, aludiendo a su traición al rey de España.

 

Al otro día fue despachado. Por el camino más corto.

 

En 1817 participó en la batalla de Chacabuco: fue el que llevó a orden de San Martín a Soler que apurase su ataque por el flanco para que O’Higgins no recibiese todo el fuego. Cuando Marcó del Pont fue apresado luego de Chacabuco, al intentar escapar en barco, lo llevaron a la presencia de San Martín. Cuando el jefe español intentó entregar su espada, aquel le respondió: “Venga esa mano blanca, mi general”.

 

Condarco también estuvo en Maipú y en 1818 lo mandaron a Gran Bretaña para negociar la compra de buques para la campaña libertadora del Perú. Contrató para jefe de esa flota al controvertido almirante Thomas Cochrane.

 

Ya retirado, Chile lo contrató para encargarse del departamento de Ingenieros y Caminos, y se las arreglaba dando clases de matemática. Cuando quiso regresar al país, no pudo hacerlo porque era antirrosista. Vivió en el país vecino donde murió el 17 de diciembre de 1855.

 

Pobre Condarco. No tenía un peso en el bolsillo y para el sepelio sus amigos debieron levantar una suscripción pública para que el que había memorizado los pasos cordilleranos y que tanto había hecho en la campaña libertadora, tuviera una sepultura como la gente.

REHABILITACIÓN DE ROCA

 


 injustamente vilipendiado en los últimos años

 

Al hablar desde las escalinatas del Congreso, el flamante presidente de los argentinos hizo justicia con el prócer cuyo nombre está ligado a conceptos tan fundacionales como el territorio, el Estado, el ejército nacional, la capital federal o la educación pública

 

Claudia Peiró

 

Infobae, 11 Dic, 2023

 

Es natural que Javier Milei se referencie en Julio Argentino Roca, el prócer cuya figura es blanco de constantes ataques en nombre de un indigenismo intensificado en los últimos años a partir de una caprichosa interpretación de la historia.

 

Varias calles de ciudades del sur del país han visto su nombre cambiado (de Roca a Néstor Kirchner) y la estatua ecuestre del dos veces presidente de los argentinos ubicada en el centro cívico de Bariloche es constantemente vandalizada.

 

Para la memoria de Julio Argentino Roca llegó la hora de la reivindicación.

 

En un discurso inaugural muy marcado por referencias a la gravedad de la crisis económica, al peso de la herencia recibida y a las medidas de shock necesarias para no caer en un colapso mayor, Javier Milei insistió en que “no hay alternativa” a la austeridad presupuestaria.

 

Y, en respaldo a ese diagnóstico, citó una frase del general que aseguró la soberanía argentina sobre la Patagonia: “Será duro. Pero como dijo Julio Argentino Roca, ‘nada grande, nada estable y duradero se conquista en el mundo, cuando se trata de la libertad de los hombres y del engrandecimiento de los pueblos, si no es a costa de supremos esfuerzos y dolorosos sacrificios’”.

 

La frase fue pronunciada por Julio Argentino Roca, el 12 de octubre de 1880, en el discurso inaugural de su primer mandato presidencial, ante el Congreso Nacional. Asumía en un año crítico, marcado por nuevos enfrentamientos entre porteños y nacionales, en la eterna disputa por los recursos del puerto y la “propiedad” de la ciudad de Buenos Aires, en la que los presidentes eran tratados como huéspedes... A todo eso le puso fin el gobierno de orden y progreso de Roca.

 

Territorio, Estado, ejército nacional, capital federal, educación pública, laicidad: son algunos de los títulos de la extensa obra de Roca que sus detractores obvian cuando lo toman como blanco de su furia iconoclasta.

 

Sin embargo, en los últimos años, fuimos testigos de constantes iniciativas antirroquistas por parte de políticos que hacen gala de falta de patriotismo y de ignorancia histórica. Todo vale a la hora de la demagogia.

 

El último atentado contra la figura y trayectoria de Julio Argentino Roca es el proyecto de relocalización del monumento ecuestre que lo recuerda en el centro cívico de Bariloche, con el argumento de que “los pueblos originarios se sienten afectados por la presencia de Roca”...

 

No es la primera vez que Milei reivindica al dos veces presidente de la Nación. Y cabe esperar que no sea la última, y que asistamos, a partir de ahora, al fin de la iconoclasia antirroquista, difícil de entender por parte de quienes se dicen nacionalistas.

 

Actitud aun más inexplicable si se considera la trayectoria extensa, multifacética y prolífica de este general y estadista que le dejó al país un legado esencial que hoy se pretende desconocer.

 

En el momento en que Julio Argentino Roca, destacado militar de profesión, inició su actuación civil -en enero de 1878, cuando el presidente Nicolás Avellaneda lo nombró Ministro de Guerra y Marina– en la Argentina había dos grandes problemas irresueltos, dos obstáculos a la consolidación nacional y al desarrollo del país: la frontera móvil e insegura y el llamado “problema de la Capital”.

 

Menos de tres años después, el 12 de octubre de 1880, el general Roca asumía por primera vez la presidencia en un país cuyo Estado nacional había extendido su control a un territorio que representa un tercio del total de la actual superficie continental argentina; la Capital había sido federalizada y pertenecía a todos los argentinos y la corriente porteña que deseaba prevalecer sobre el resto del país y usufructuar rentas que debían ser de todos había sido doblegada.

 

Fue la resolución del primer problema, la Campaña del Desierto, la que le dio a Roca la proyección nacional, la autoridad y las herramientas necesarias para resolver el segundo.

 

En abril de 1878, a sólo tres meses de haber sido nombrado ministro de Guerra por Avellaneda, Roca inicia la campaña del desierto con 6000 soldados, abandonando la táctica militar estática de Alsina. En poco tiempo está concluida.

 

“La solución de este problema que parecía insoluble y a cuya prolongación indefinida se hallaban resignados la mayor parte de los hombres públicos de entonces, significó para el joven general que la había concebido y ejecutado un título de gloria que lo equiparaba a las primeras figuras de la República”, escribe Ernesto Palacio en Historia de la Argentina 1515-1938 (Ediciones Alpe, 1954).

 

En 1872 había tenido lugar una gran invasión del cacique Calfucurá, que se consideraba chileno, y luego una ofensiva de uno de sus hijos, Namuncurá. El botín de esas incursiones y malones era contrabandeado a través de la frontera, donde estaba siempre latente el conflicto territorial con el país vecino.

 

La campaña al desierto no tuvo por resultado únicamente el poner fin a la inseguridad: fueron liberados centenares de cautivos y desmovilizado el grueso de los efectivos necesarios para el cuidado de la frontera -lo que además puso fin al infortunio del gaucho en los fortines que tan bien describe José Hernández en el Martín Fierro- y fueron incorporadas veinte mil leguas cuadradas de tierras gracias a la consolidación de las fronteras patagónicas.

 

Oriundo de Tucumán, hijo de un coronel que había combatido en la Independencia, educado en el Colegio de Concepción del Uruguay, creado por Urquiza, el joven Roca luchó junto a él en Cepeda y Pavón.

 

Participó luego en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay; guerra en la que murieron su padre y dos de sus hermanos, y de la que él regresó con rango de coronel. Luego, como miembro del ejército nacional, combatió contra los últimos caudillos.

 

Durante la Revolución de 1874 venció al general rebelde José Miguel Arredondo, que respondía a Mitre.

 

“Un hilo conductor no desdeñable se ve con claridad: Roca aparece siempre del lado del poder nacional”, dicen Carlos Floria y César García Belsunce en Historia de los argentinos (Larousse, 1995), como anticipando lo que sería su destino.

 

El ejército en el cual se ha formado se perfila cada vez más como un instrumento de nacionalización, como la herramienta de la lucha del interior por limitar la supremacía de la capital y nacionalizar los recursos del puerto. Y Roca será el referente de esas aspiraciones.

 

A su alrededor se irán nucleando intelectuales y políticos de diferentes orígenes: los hombres del Paraná, es decir, los que se habían alineado con la Confederación Argentina cuando Buenos Aires se separó del resto del país, y la que será llamada Generación del 80.

 

Carlos Pellegrini, Dardo Rocha, José Hernández, el autor del Martín Fierro, y su hermano Rafael, Carlos Guido y Spano, Lucio Mansilla, etcétera. Todos ellos fueron “roquistas”. Incluso un joven Hipólito Yrigoyen se alineó con Roca en aquel último episodio de la resistencia porteña.

 

Hasta la llegada de Roca al poder, en 1880, los presidentes argentinos eran tratados por los porteños como huéspedes en Buenos Aires; eran intrusos. A Sarmiento le pusieron palos en la rueda; a Avellaneda no cesaban de humillarlo. Hacia el fin del mandato de este último, Bartolomé Mitre se preparaba para controlar la sucesión, elegir el candidato y preservar así los privilegios de Buenos Aires, para lo cual ya había separado a la provincia del resto del país luego de promulgada la Constitución.

 

Pero surge entonces el tremendo obstáculo de la proyección nacional adquirida por el joven general Roca y la voluntad de muchas provincias de respaldar su candidatura.

 

Junto con la candidatura de Roca viene el proyecto de federalización de Buenos Aires, teorizado por Juan Bautista Alberdi -otro referente evocado siempre por Javier Milei-, promovido por Avellaneda y Roca, y deseado por muchas provincias.

 

Contra la imagen que se nos transmite, el año 1880 no fue una sucesión tranquila entre miembros de una elite homogénea y unida en torno a los mismos intereses. La realidad es que hubo un enfrentamiento de sectores que encarnaban intereses distintos; unos eran la parte, la facción, y otros representaban el todo. Y eso es lo que encarnaba Roca. Para hacer respetar la voluntad del Congreso de federalizar Buenos Aires y la voluntad de las provincias que lo habían elegido presidente, Roca tuvo que entrar a sangre y fuego a una capital en pie de guerra.

 

En síntesis, frente a la victoria de Roca en las presidenciales -con el apoyo de todo el interior, excepto Corrientes-, el partido porteño optó por desconocer el resultado y levantarse en armas. Roca aplastó esa rebelión. Fue la última.

 

El todo fue superior a las partes y la unidad nacional se vio fortalecida. Fue obra de la generación del 80. Y en particular de Roca, el hombre que hizo efectiva la autoridad del Estado sobre todo el territorio nacional; elemento indispensable en la construcción de la Nación.

Por eso es alentador que quienes se disponen a conducir el país se interesen en la trayectoria de Roca y en la coyuntura del 80, momento fundante del Estado nacional, en el cual su protagonismo fue clave para superar la fragmentación del país.

 

Volviendo a la coyuntura del 80, hay otras lecciones que sacar. Domingo Faustino Sarmiento no había respaldado la candidatura de Roca, sin embargo, ya como presidente, éste lo convocó, lo nombró Superintendente de Escuelas y promovió su proyecto de ley de educación pública. Las ideas educativas de Sarmiento conocieron su mayor concreción durante la presidencia de Roca: creación del Consejo Nacional de Educación, convocatoria al Primer Congreso Pedagógico, promulgación de la Ley 1420 de Educación Común y creación de 600 escuelas. Una política que consolidó la identidad de los argentinos y favoreció la asimilación de los inmigrantes.

 

También debemos a Roca la edición de las obras completas de Alberdi y de Sarmiento, la promulgación de la Ley 1130 de Moneda Nacional (que permitió tener un sistema unificado de moneda hasta entonces inexistente), la organización de los Territorios Nacionales de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chaco y Formosa, (otro paso en las consolidación de las fronteras), la Ley de creación de la capital bonaerense (La Plata), la creación de los Tribunales de Justicia y el Registro Civil de la Capital, entre otras iniciativas. Y en su segunda presidencia la creación del Servicio Militar Obligatorio.

 

Más importante aún -y vinculado a la campaña del desierto- la firma del Tratado de Límites con Chile, en 1881, que consagraba el dominio argentino sobre la Patagonia y da origen a los territorios de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

 

La furibunda campaña antirroquista de los últimos años, ha reducido la obra de Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la Argentina (1880-1886 y 1898-1904), a la Conquista del Desierto, anacrónicamente presentada como un genocidio, a la vez que otras políticas y realizaciones de su gestión son ensalzadas sin mencionar su autoría: la federalización de Buenos Aires, la derrota del porteñismo, la educación pública, e incluso la laicización del Estado que hoy tantos progresistas invocan como si no existiera ya.

 

Roca lo hizo, hace más de un siglo.

 

Esperemos que haya legado la hora de volvérselo a reconocer.

¿ESTAMOS EN GUERRA CON BUENOS AIRES?

 


 el debate que la Vuelta de Obligado suscitó en los parlamentos de Inglaterra y Francia

 

Pablo Yurman

 

Infobae, 18 Nov, 2023

 

La guerra que sostuvo nuestro país, por espacio de cinco años, contra la armada anglo-francesa en la década de 1840, y que tuvo como fecha icónica el 20 de noviembre de 1845, día del Combate de la Vuelta de Obligado sobre el río Paraná, fue cubierta con marcado interés por la prensa internacional y, además, constituyó tema de permanente debate en los parlamentos tanto de Inglaterra como de Francia.

 

Para comprender los motivos por los que ambas potencias decidieron financiar una armada que superaba el centenar de buques, en su mayoría mercantes, escoltados por una veintena de naves de guerra, debe tenerse en cuenta el contexto internacional de mediados del siglo XIX.

 

Eran años en los que en varias partes del mundo se asistía a una expansión del colonialismo británico, y también francés, que por la vía diplomática o por el uso de la fuerza -recordemos que se trataba de las principales potencias militares y económicas de la época- obtenían en todos lados las más variadas concesiones de diversos pueblos sometidos. Por ejemplo, el primer ministro Lord Robert Peel logró la firma del Tratado de Nankín con China en 1842 por el cual se puso fin a la primera guerra del opio, y le permitió a Inglaterra apoderarse de la célebre isla de Hong Kong (cuyo control retuvo hasta su cesión en 1997) y la apertura económica de China a sus productos industriales. Era una época en la que la diplomacia británica no aceptaba de buen grado una negativa a sus demandas por parte de otros países.

 

Los franceses no se quedaban muy atrás. Y en tren de reivindicaciones territoriales sostenían un vasto imperio colonial en todos los continentes. Al tiempo que inventaban el término “Latinoamérica” (jamás usado en los siglos precedentes), no se privaron ni de bombardear el puerto mexicano de Veracruz (1838) ni de instalar a un emperador dócil a la sugerencia de establecer un tutelaje galo sobre México, como fue el caso del desdichado Maximiliano (1864-1867).

 

Era, por tanto, cuestión de esgrimir una buena excusa para iniciar formalmente hostilidades contra una nación que, como la Argentina, controlaba la comercialmente estratégica boca del estuario del río de la Plata, la que a su vez constituía el paso previo para la navegación por los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, que eran la llave de ingreso al interior del continente.

 

Máxime cuando había un punto débil para la Argentina de aquellos años que será astutamente aprovechado por las potencias invasoras: nuestra guerra civil entre unitarios y federales que había provocado el exilio de muchos de los primeros en Montevideo, desde donde prestarían su ayuda a los enemigos externos del país.

 

Francia usó como excusa el reclamo al gobierno presidido por Juan Manuel de Rosas de que a sus ciudadanos se les diera el mismo trato privilegiado que ya tenían los residentes británicos en nuestro país (concesión que venía de tiempos de Bernardino Rivadavia). Por su parte Inglaterra reclamaba que los ríos internos en territorio argentino fuesen de libre navegación internacional, es decir, que naves de bandera británica circularan por ellos sin necesidad de autorización del gobierno argentino.

 

Años antes habíamos mantenido un conflicto militar similar con Francia, entre 1838 y 1840, que se concluyó con la firma del Tratado Arana-Mackau. Al respecto señala Edmundo Heredia (en Un conflicto regional e internacional en el Plata. La vuelta de Obligado) que “la prepotencia francesa desnudó su imperialismo al mezclar sus pretensiones comerciales con su apoyo a los unitarios proscriptos, entrometiéndose así en una cuestión interna de los rioplatenses. Las concretas intervenciones de fuerzas navales francesas acompañadas de declaraciones y otras actitudes nada amistosas del gobierno de Francia, eran una demostración ostensible de su decisión de mantener siempre una presencia activa en el continente”.

 

La negativa argentina, expresada en un incesante intercambio de notas diplomáticas entre nuestro canciller, Felipe Arana, y los funcionarios europeos, se mantuvo incólume, lo que derivó en el inicio de hostilidades. La resistencia militar argentina en la Vuelta de Obligado fue saludada por los pueblos americanos que la reivindicaron al nivel de una segunda guerra por nuestra independencia. Resultó que nuevamente ingleses y franceses deberían lidiar con uno de los pocos pueblos del planeta dispuesto a hacerles frente.

 

Dice Vicente Sierra en su Historia de la Argentina que “ya en enero de 1846 en el Parlamento inglés se hizo escuchar la voz de la oposición liberal ante un desarrollo de los hechos del Plata que no se ajustaba a lo que la mayoría había supuesto.” (tomo IX, pág. 275). Y agrega respecto de las bases para una salida negociada a la crisis, propuesta formulada por Rosas a través del representante argentino en Londres, Manuel Moreno, que “Lord Aberdeen dijo ante la Cámara de los Lores, el 19 de febrero de 1846, que si bien se trataba de proposiciones inadmisibles, ‘podían muy prontamente conducir a un arreglo amistoso de toda la cuestión.”

 

El 23 de marzo de 1846 Lord Peel fue interpelado en el parlamento, sitio en el que tuvo que responder las preguntas del vocero de la oposición, Lord Aberdeen (tiempo después pasará de la oposición al gobierno). A las preguntas relacionadas con el estado de la cuestión del Plata, a saber: si existía un estado de guerra entre Gran Bretaña y la Confederación Argentina, y fundamentalmente, sobre las perspectivas que razonablemente tendría el asunto, Peel respondió diciendo: “¿Estamos en guerra con Buenos Aires? No ha habido declaración de guerra. Hay un bloqueo de ciertos puertos del Río de la Plata pertenecientes a Buenos Aires; pero no entiendo que el establecimiento de un bloqueo importe necesariamente un estado de guerra. La segunda pregunta del noble Lord es si las operaciones de carácter más hostil en las márgenes del río Paraná tenían la sanción previa del Gobierno. Dije ya que no había dado instrucciones ningunas al representante del gobierno o al comandante de las fuerzas navales además de las que fueron comunicadas a la Cámara, y aunque parezca singular hasta hoy no se ha recibido aún una explicación amplia o satisfactoria de los motivos que hubo para la expedición del Paraná…”(citado por Vicente Sierra en Historia de la Argentina).

 

Sostiene Heredia que “las razones por las cuales, entre otras alternativas, la flota conjunta decidió forzar el paso fluvial en lugar de atacar un puerto o llevar a cabo alguna otra medida de fuerza, o hasta declarar la guerra, son por ahora objeto de conjeturas. Resulta extraña la pretensión de colocar mercaderías contenidas en casi una centena de barcos, en un mercado incierto y de escasa población; es poco creíble que comerciantes y fuerzas armadas creyeran realizar un buen negocio, en términos estrictamente comerciales. La hipótesis que parece más plausible, que puede inferirse por los hechos ocurridos, es que la opción procuraba movilizar en contra de Rosas a las provincias situadas al Norte (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes) y al Paraguay; es decir, producir un hecho detonante que provocara una reacción generalizada contra Rosas.”

 

En efecto, varios documentos y testimonios de la época dan cuenta del interés por parte del Brasil de sacar ventajas de la intervención europea en perjuicio de la Argentina, procurando su debilitamiento en combinación con el Paraguay. Llegó a manejarse la posibilidad de crear una artificial República de la Mesopotamia, es decir, el desmembramiento del territorio argentino.

 

Las tensiones parlamentarias en Francia estaban a la orden del día a raíz de los sucesos en Sudamérica. François Guizot era el ministro de relaciones exteriores francés y será poco tiempo después primer ministro coincidiendo con el reinado de Luis Felipe. Al comparecer a la Asamblea Nacional fue duramente interpelado por un viejo adversario, Adolfo Thiers, en línea similar a la de los parlamentarios ingleses.

 

Al respecto expresa Sierra que “Guizot no podía defenderse muy eficazmente, pues su política rioplatense distaba de ser coherente, revelaba contradicciones, de manera que se limitó a exponer que no se podía aún hablar de que la intervención hubiera fracasado. La verdad era, en cambio, que ni Guizot ni Aberdeen lograban explicarse cómo no habían triunfado.”

 

Constituye un lugar común en ciertos sectores de nuestra historiografía, guiados más por prejuicios que por rigor y exhaustividad histórica, considerar a la actitud argentina de resistir las demandas extranjeras como un capricho de Rosas. Además de omitir decir que ese conflicto culminó con una victoria diplomática de nuestro país, olvidan que al tiempo que fue una guerra internacional, también lo fue regional, en la que por una suma de intereses y circunstancias se jugaba nuestro destino: o salvaguardar nuestra integridad y dignidad, o atomizarnos en un mosaico de pequeños estados irrelevantes en el tablero internacional.