SAN MARTÍN, UN SOLDADO ANDALUZ

 


Por Gustavo Druetta

Para Foro Patriótico, 18-9-21

 

Al contemplar los monumentos a San Martín en la Plaza homónima de la CABA, o el que corona el “Cerro de la Gloria” en Mendoza, brilla el guerrero que cruzó los Andes, libertó a Chile y fundó la libertad del Perú. Esto último hace exactamente 200 años. Pocos se preguntan cómo fue que adquirió sus cualidades guerreras. Y más aún, cómo se despertó su pasión por una misión que lo transformó, en sólo seis años de su vida, en un prócer sudamericano merecedor de la gloria. Con una conducta ejemplar, no exenta de errores humanos, que en la Argentina se elogia, pero no se imita. La formación de su extraordinaria personalidad es menos conocida que su paso por la tercera edad, representada por la estatua del abuelo Don José en compañía de sus dos nietas, erigida en Palermo Chico frente a la réplica de su casa de Grand Bourg cercana a París, donde vivió en los años 30 y 40 del s. XIX. Su breve e intenso accionar en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata entre 1812 y 1816, y en Chile y Perú de 1817 a 1822 (10 años y medio en total), y el posterior ostracismo en compañía de su hija Merceditas de 1824 a 1850 cuando fallece (25 años y medio), sólo agotan las etapas de la adultez y la vejez. Dando por sentado que era un personaje fuera de serie cuyo pasado español poco amerita conocerlo.

 

 Para comprender la primera mitad de su biografía, 26 años en España luego de sus primeros cinco años en el Yapeyú natal y en Buenos Aires, hay que trasladarse al último cuarto del siglo XVIII durante el reinado de Carlos IV y su reemplazo posterior por Fernando VII a inicios del siglo XIX.  Y comenzar por una estadía inicial de año y medio en Madrid, entre 1874 y 1875, luego de haber arribado al puerto de Cádiz con sus padres y cuatro hermanos. Con 5 añitos cumplidos a bordo de la nave “Santa Balbina” que portaba un millón de pesos oro para gastar en España. José Francisco y toda la familia, van a contemplar la frustración y amargura del progenitor, Capitán Juan de San Martín, campesino de Palencia enganchado en la milicia a los 18 años.

 

Esperanzado en el reconocimiento de sus servicios ultramarinos, había visto agotarse los 1.500 pesos oro ahorrados en 19 años a cargo de grandes estancias ex jesuíticas en los actuales Uruguay y Argentina, mientras peticionaba inútilmente, una y otra vez, su ascenso a Tte. Coronel. Y también un cómodo destino en España como jefe de una fortaleza, acorde con su edad avanzada, ya que superaba los 50 años. Incluso, ante una negativa, estaba dispuesto a regresar a América como alternativa favorable para su familia y el cuidado del patrimonio que había dejado en Buenos Aires. El rey y la nobleza cortesana no premiaron su lealtad. Su ingreso tardío al cuadro de oficiales desde su condición de soldado y suboficial, sin pasar por la formación de cadete, fijaba en el bajo grado de capitán el techo jerárquico para éste “hijosdalgo” sin ancestros nobiliarios. Sus justas aspiraciones denegadas de un plumazo, selló el anclaje familiar en Málaga.  Fue “agregado” a esa guarnición, con el sueldo reducido al no integrar el cuadro de mando. Aquel joven campesino de Cervatos de la Cueza que había enriquecido las arcas reales y episcopales, comandando indígenas en la producción agrícola y de ladrillos para Montevideo y Buenos Aires, y adiestrándolos para luchar contra bandoleros y bandeirantes esclavistas, empezaba a envejecer al borde de la pobreza.

 

 Vale caminar por el sinuoso barrio viejo de Málaga, donde Juan le alquilaba una casa a un coronel. En ese laberinto de calles y plazoletas jugaba el niño José Francisco con sus amigos y Rufino, un año mayor -también nacido en Yapeyú- mientras cursaban las “primeras letras” de la educación inicial. La primogénita María Elena, que era mujer, y sus otros dos hermanos mayores varones, Manuel Tadeo y Juan Fermín, habían nacido en Calera de las Vacas, en la Banda Oriental. Juan tuvo que malvender sus dos propiedades en Buenos Aires, mientras sus cuatro hijos varones ingresaban al ejército como cadetes, condición de partida que prefiguraba una profesión con mejor futuro que la del padre. 

 

Tenía 12 años y medio, o 13 según algunos autores, cuando en el verano andaluz José Francisco salió temprano de su casa, subió por un sendero empedrado una empinada ladera montañosa dejando atrás las ruinas de un anfiteatro romano, hasta superar la altura de los minaretes de una antigua alcazaba mora y llegar al poderoso fuerte de Gibralfaro. Desde sus almenas se domina el horizonte verde azul del Mediterráneo, más allá del cual se vislumbra el África. Cumplía la orden de presentarse a “sentar plaza” de cadete, como lo habían hecho un par de años antes sus dos hermanos mayores en otro regimiento. El 14 de julio de 1789 había sido admitido en el 2do. Batallón del Regimiento de Infantería de Murcia “El Leal”, instalado en Málaga. Sí, justo el día en que el pueblo francés tomaba la Bastilla y se desencadenaba la Revolución Francesa.  El uniforme que usaría hasta fines del siglo XVIII -como una premonición más- era blanquiceleste.

 

Embarcado en 1791 para combatir el alzamiento de jeques argelinos, estuvo de guarnición en Melilla y soportó 33 días de asedio en Orán. Allí, integrando la compañía de granaderos a pie, entre los 13 y 14 años de edad, San Martín se destacó en una peligrosa acción extramuros. Debían proteger a la descubierta y bajo fuego rebelde, a los zapadores que tapaban las excavaciones practicadas por el enemigo, cuyo fin era minar y hacer volar las murallas del fuerte asediado. Promisorio bautismo de fuego, precedente de otra guerra donde iba a probar su precoz aptitud para la conducción de hombres.

 

Amenazada desde 1793 la frontera norte de España por la propagación revolucionaria francesa, ese año va a desembarcar en la costa catalana el “adolescente” San Martín para marchar con su regimiento unos 400 km., cargando su fusil, mochila y equipo de acampar, hasta Zaragoza. Y de allí a las fortificaciones de Seo de Urgel, al pie de los Pirineos centrales. Un pintoresco poblado medieval del este de Cataluña, hoy lindante con Andorra.

 

Sacado de la lista de ascensos por el favoritismo de un mal jefe con cadetes españoles nativos y de alcurnia, pero defendido por otro oficial veterano que lo conocía y destacó su valentía en Orán, el “indiano” San Martín ascendió a Subteniente 2do. cumplidos ya sus 15 años. Como oficial ahora portaba sable y mandaba una fracción de fusileros -la mayoría de edades superiores- de una de las compañías del regimiento. Con ellos atacó con audacia varios pequeños fuertes franceses contribuyendo al inicial éxito ofensivo español, lo que le facilitaría dos ascensos sucesivos hasta Teniente 2do. en 1795, cumplidos los 17 años ya de regreso en España. El año anterior habían sido derrotados por la imparable contraofensiva de la Convención republicana, mediante la leva general de un millón de ciudadanos en armas. San Martín y sus camaradas terminarían cayendo prisioneros en la defensa del fuerte de Colliure. Antes de repatriarlos con la promesa de no volver a combatir a Francia, y ya decapitados el borbón Luis XVI y María Antonieta, los oficiales jacobinos incitaban a los soldados y jóvenes cuadros españoles a imitarlos, colgando a los generales y ministros de la nobleza, el rey incluido, y liberándose de la opresión borbónica absolutista. Fue el primer y crudo contacto con el “liberalismo” político revolucionario del joven San Martín.  Lo retomaría más tarde leyendo a Voltaire, Montesquieu, Rousseau y otros autores de la Ilustración, todos presentes en la “librería” personal de 700 y pico de volúmenes que trajo consigo a América.

 

Otro episodio que marcó fuertemente su experiencia militar y percepción política, fue el de 1798 en el mar Mediterráneo. Se había embarcado el año anterior a los 19 años y navegaría por 13 meses en la fragata “Santa Dorotea”, a cargo del marino irlandés Félix O´Neil. San Martín comandaba a un centenar de soldados del regimiento de Murcia, que actuaban como “infantería de marina” por una paga mayor a la del servicio de armas terrestre. Además de combatir a los piratas bereberes, formaba parte de la flota española en la guerra contra Inglaterra (1796-1802). En el desigual combate de Cartagena (a 150 Km. de ese puerto) contra el poderoso navío “Lion” de la escuadra de Su Majestad, la nave española fue capturada luego de sufrir grandes destrozos, 20 muertos y 32 heridos. Valor y sangre derramada elogiados por el capitán enemigo Marley Dixon, antes de remitirlos a la isla de Menorca en manos inglesas, y enseguida dejarlos repatriarse a España con la promesa de no combatir contra Gran Bretaña mientras no se canjeara prisioneros y hasta que se hiciera la paz.

 

El futuro Libertador pudo así calibrar la importancia de la guerra por mar, lo que utilizaría para su campaña al Perú en 1820. También apreció el trato cordial recibido por parte de la potencia marítima imperial, cuyo régimen monárquico parlamentario era un deseo siempre frustrado de los liberales españoles y americanos, promotores de la sanción de la Constitución de Cádiz de 1812. Posteriormente diezmados por la represión ingrata y feroz de Fernando VII contra los hombres del “Trienio Liberal” (1820-1822). Un destino de torturas, horca, o larga prisión, que podría haber corrido San Martín, iniciado en las logias liberales e independentistas de Andalucía entre 1809 y 1811. Pero en enero del mismo año de la sanción de la “Pepa”, San Martín navegaba hacia el Río de la Plata, cumpliendo sus 34 años a bordo de la fragata “George Canning”. En su petición de retiro, sin sueldo, pero con uso del grado, uniforme y fuero militar, había mentido diciendo que viajaba a Lima para atender negocios familiares (inexistentes). Como finalmente arribó al Perú, aunque fue para libertarlo, su engaño resultó saldado. Pero el “ahorro” de un sueldo de oficial entre las razones por las que le otorgó su baja la Junta de Gobierno de la Isla de León que mandaba en Cádiz, único territorio español libre de invasores franceses, resultó desastroso para la corona borbónica.

 

Apenas San Martín desembarcó en las playas de Paracas el 8 de septiembre de 1820, su ya acendrada fama de “traidor” a España y al rey, tuvo un motivo más para afirmarse. Incluso y sorprendentemente, hasta el día de hoy, en algunos académicos, círculos y públicos de España. A pesar de que en la conferencia de Puncheuca de mayo de 1821, cerca de Lima, San Martín le propuso al virrey De la Serna firmar un armisticio, constituir una junta de gobierno de carácter liberal y pedir a la corona española en envío de un joven borbón para “reinar” en Perú, Alto Perú, Chile y la Argentina, previa jura de sus constituciones e independencia. Es decir, propuso una inédita unión hispanoamericana entre Estados autónomos pero asociados bajo el paraguas de una casa real. Si no española, podía sondearse a Suecia, Rusia u otra potencia europea no protestante.

 

Volviendo a España, los 30 años cumplidos por San Martín en febrero de 1808, coincidieron con ese año del levantamiento antifrancés del 2 de mayo en Madrid. Y una terrible experiencia en Cádiz donde estaba destinado. A fines de ese mes fue asaltada por una turba la casa del gobernador de Cádiz y capitán general de Andalucía, General Francisco Solano y Ortiz de Rosas, Marqués del Socorro, vástago de la nobleza virreinal venezolana. Linchado por obra de instigadores absolutistas y católicos tramontanos que lo acusaban de “afrancesado”. El capitán San Martín era su ayudante de campo y amigo. Por el parecido físico entre ambos fue confundido con Solano y acosado. Desbordado por el número de atacantes y a punto de ser asesinado por un grupo que lo corrió hasta la puerta de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, lo salvó un sacerdote blandiendo un crucifijo y gritando que San Martín no era Solano que ya estaba muerto.  Una medalla con la efigie del jefe sacrificado que consideraba un modelo de soldado y administrador político, y a cuyas tertulias era invitado, acompañó al Libertador hasta su muerte. Fue por el recuerdo imborrable de ese terror que siempre repudió la anarquía.

 

Ya en junio de 1808, alejado de Bailén e integrado al Ejército de Andalucía en el “Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor”, San Martín comanda una victoria relámpago en el combate de Arjonilla y se destaca como ayudante de campo del general Antonio Malet, Marqués de Coupigny, en el gran triunfo de Bailén del 19 de julio. Así logra su ascenso a Tte. Coronel de caballería. Un arma llena de oficiales de la nobleza. Lo sentiría una reivindicación de la aspiración paterna. Aunque como nunca será designado jefe de una unidad -difícil no siendo noble, ni rico, y peor siendo americano- permanecería en la categoría de “graduado”, o sea no efectivo (el reglamento decía no “vivo”), sin ejercer el mando de un batallón correspondiente a esa jerarquía y cobrando siempre el sueldo menor de capitán.

 

En tal situación, de nuevo ejerció la ayudantía de campo del marqués (que quería favorecerlo en su carrera) en la defensa de Gerona de 1809. Trasladado en 1810 Malet como jefe del estado mayor del Ejército de la Izquierda en las “Líneas de Torres Vedras”, Portugal, llamó a San Martín para que volviera a ayudarlo en las difíciles tareas de la logística y conducción de tropas. Allí no sólo conoció al futuro Duque de Wellington, jefe el ejército inglés y futuro vencedor de Napoleón en Waterloo. Era el principal aliado de  España y del ejército portugués comandado por Carr Beresford, el primer derrotado de la invasión inglesa de 1806/1807 al Río de la Plata. Sino que aprendió la arquitectura militar de las tres líneas de fortificaciones artilladas que estratégica, e inexpugnablemente, rodeaban a Lisboa. Obra del famoso general británico. Lección que aplicaría en Tucumán y en Mendoza para prevenir ataques realistas sorpresivos.

 

Tácticas de la infantería española, equipos y movimientos de la caballería francesa, tecnología de la artillería inglesa de campaña y fortificada, cartas de navegación de la marina de guerra británica. Nada dejó de aprender don José de San Martín, junto a las ideas de la Ilustración. Decía que la fundación de una biblioteca pública era más importante que 100 batallas ganadas. Por eso devolvió 10.000 pesos oro con que lo había premiado el Cabildo de Santiago de Chile para que fueran destinados a la construcción de la biblioteca nacional. Por eso fundó la de Lima, a la que donó unos 600 volúmenes de su propiedad que le quedaban, casi todos traídos de España. Haciendo el tranquilo servicio de guarnición en los años de paz, profundizó su conocimiento de la lengua francesa, ejerció su inspiración artística pintando acuarelas marinas en abanicos que vendía con éxito y pulsó su guitarra andaluza acompañando una afiatada voz, que sería famosa en las tertulias patrias cuando cantaba el himno como solista. Todo eso silencia el bronce de sus estatuas ecuestres.

HISPANISMO VS. ESPAÑOLISMO

 


Por: Edgardo Atilio Moreno


Crítica revisionista, 27 de abril de 2021

 

Una cosa es defender la Hispanidad, que es la concreción española de la Cristiandad, es decir del proyecto perfectible de un orden social cristiano trasladado a nuestras tierras; y por ende reivindicar aquellos valores perennes de nuestra cultura fundacional. Y otra cosa muy distinta es ser españolista.

 

El españolismo –que hoy se trata de difundir paradójicamente entre los nacionalistas argentinos- es un amor carnal a la España país, geografía, forma política; que historiográficamente implica una mirada miope del pasado, una interpretación falaz de los hechos; que como es lógico va acompañada de una conducta calumniadora e injuriadora hacia todos nuestros próceres; a quienes se los acusa, en base a suposiciones y sin prueba alguna, de ser todos una piara de traidores, perjuros y falsos católicos, que puestos al servicio de los intereses de Inglaterra y de la masonería conspiraron para destruir al Imperio español  .

 

Quienes propagan esas barbaridades, esas mentiras –faltando a la caridad y a la Ley de Dios que manda a honrar a los padres- les atribuyen a los hombres que nos dieron la independencia ser los responsables exclusivos de la destrucción del Imperio; sin contemplar la situación de la propia España, que con los Borbones defeccionó antes que nadie del ideal de la hispanidad; ideal que justamente era lo que legitimaba al proyecto imperial.

 

Por supuesto que los próceres americanos no fueron perfectos y que muchos de ellos cometieron errores; incluso –como ya lo tiene dicho el verdadero revisionismo histórico- hubo en aquel proceso personajes que respondía a oscuros intereses y que tenían un proyecto contrario a nuestra tradición histórica. Proyecto que a la larga termino imponiéndose, cosa que lamentamos, como lamentamos la destrucción del imperio católico español.

 

Sin embargo, generalizar la acusación y meter a todos en la misma bolsa es una total injusticia que llama más la atención cuando además va acompañada por un sugestivo silencio acerca de los graves errores y defecciones de la política peninsular borbónica, así como de la situación de España al momento, aliada de su antigua enemiga Inglaterra y podrida de masonería y de absolutismo.

 

Una España que en 1810 se encontraba acéfala, sin autoridad legítima alguna, con todo su territorio ocupado (salvo un islote insignificante con un gobierno ilegitimo y títere de Gran Bretaña que pretendía nuestro acatamiento), una España en la que la mitad de sus gentes se dividían en afrancesados por un lado y pro-ingleses por el otro, y que no dudaba en entregar como pato de la boda a ingleses o franceses a sus antiguos reinos de indias. Una España que se debatía entre el absolutismo iluminista y el liberalismo masónico. Una España cuyo epitome era un rey bastardo, felón y canalla, ora absolutista ora liberal.

 

Decir que nuestro Mayo autonomista, monárquico y católico, fue un acto de traición, de secesión, o una invasión inglesa, como dicen los españolistas, no solo soslaya el hecho clave de que Inglaterra lo que menos pretendía en ese momento era crearle problemas a España fomentando movimientos independentistas; sino que de fondo implica también desconocer el estatus jurídico de estas tierras americanas.

 

Quienes consideran ilegítimos los pronunciamientos americanos ignoran que estos Reinos de Indias eran reinos autónomos incorporados a la Corona de Castilla, por donación pontificia, propiedad del Rey y de sus sucesores, no de la nación española o del reino de Castilla; y que por lo tanto el único que tenía derecho a mandar aquí era el Rey.

 

De modo que faltando el Rey y pretendiendo gobernar lo que quedaba de España (que era prácticamente nada) un Consejo de Regencia  ilegitimo y títere de Inglaterra, que sin ningún derecho exigía el acatamiento de los americanos; aquí se hizo lo que mandaban las propias Leyes españolas (de Partidas y de Indias) es decir se conformaron Juntas Provisorias de gobierno que reasumieron la autoridad en nombre del Rey ausente, jurándole fidelidad. ¿Y qué hicieron ante esto los peninsulares? Nos hicieron la guerra. La traición estuvo allí, no en los americanos.

 

Si los españolistas buscan a quien culpar por la pérdida del Imperio es allá, en la península, por donde deben empezar. Es en la figura deplorable de Fernando VII en la que deben fijarse ante todo.

 

Si este déspota tirano y desagradecido no hubiera desconocido y violado los Pactos de Vasallaje firmados por Carlos V, que establecían derechos y obligaciones tanto para los americanos como para la Corona; y no hubiera rechazado todas las propuestas que a su regreso al trono le hicieron los americanos, la historia hubiera sido distinta, pero lamentablemente el españolismo ideológico necesita culpar de todo a los patriotas americanos.

 

Y esto que de por sí es una injusticia grave, en boca de los nacidos en estas tierras adquiere mayores proporciones. Constituye como dice Antonio Caponnetto un “patológico nihilismo antiargentino”*. Un menosprecio de la argentinidad y una exaltación injusta y maniquea de los supuestamente nobles, puros y muy católicos seguidores del Fernando VII.

 

Rechazar esa dialéctica falaz y miope del españolismo; y posicionarse ente nuestra historia con una mirada recta y veraz de lo acaecido es la única vía posible para conjugar la virtud del patriotismo y el ideal de la hispanidad. 

                                                                                                  

*Caponnetto, Antonio. Independencia y Nacionalismo. Ed Katejon. Pag 19

LA REVOLUCIÓN DE MAYO

 


 Los mitos de "la máscara de Fernando VII" y el ideal democrático que inspiró la Revolución*

Por: Roberto Marfany

 

Agradezco a la Universidad de Belgrano la invitación espontánea y cordial para ocupar esta cátedra de Historia Argentina con una conversación -no una conferencia- que tiene por objeto tratar el tema de la Revolución de Mayo, de especial gravitación en nuestra vida política y social. Hecho histórico de la mayor trascendencia, porque es la definición esencial de la voluntad de ser de una comunidad creada y formada bajo el dominio de la España Imperial, que le había impreso su propia modalidad y carácter.

 Se ha dicho que la Historia es al mismo tiempo pasado, presente y futuro. En realidad, la Historia es presente. Podríamos definirla diciendo que "son las cosas vivas de los tiempos muertos". Pasado es el tiempo, los hombres, los hechos. Presente, las realizaciones humanas que trascienden a la comunidad, infundiéndole nuevos comportamientos dentro de su propia índole, porque las transformaciones sociales con legitimidad histórica siempre se rigen por sus antecedentes; así, cada generación recibe los elementos fundamentales de la que procede, no obra a saltos o por improvisación.

Para entender la Revolución de Mayo debemos colocarnos en la situación a través de la cual nuestros antepasados contemplaron el mundo que los rodeaba. La Revolución fue, sin duda, pensada con responsabilidad, discerniendo los medios idóneos con que realizarla y las posibilidades futuras de subsistencia ante la transformación producida por el dominio de Napoleón en Europa y particularmente en España.

Tampoco se debe perder de vista la verdadera dimensión de la Revolución en sus principios generadores y en sus consecuencias. En primer lugar, es necesario saber que aquellos antepasados nuestros tenían conciencia de que formaban parte de un imperio que comprendía diversos países distribuidos por todo el globo, pero que fundamentalmente formaban parte de la nación española.

Para comprender los hechos históricos tenemos que ubicarnos en el plano mental de quienes los realizaron. Antes se decía "hacerse antiguo". Después, el filósofo e historiador Benedetto Crocce afirmó que la Historia es "idealmente contemporánea", refiriéndose a la relación del historiador con el acontecer que estudia. No trasladando los hechos a la contemporaneidad del observador, sino éste a los hechos pretéritos para hacerse contemporáneo de los mismos. Es el único método para conocer objetivamente la Historia, cuando se trata de recrear el pasado.

Por falta de comprensión y ubicación en el plano mental, social y político de los hombres de 1810, muchas veces se han interpretado erróneamente las causas y fines de aquel gran acontecimiento, que ha sido conocido -por falta de perspectiva- solamente en su aspecto episodio pero no en sus fines.

Por ese error interpretativo se ha dicho que la Revolución de Mayo fue un movimiento político de oposición a la monarquía española y a España, con la finalidad de crear un gobierno independiente y democrático. Ninguna de esas opiniones concuerda con la realidad. En 1810 Buenos Aires era una aldea de 60.000 habitantes, con sus aledaños, situada en el confín del inmenso mundo imperial, pero con suficiente energía como para afrontar una empresa política muy superior a su poder material. Había calidades, sin duda, en aquellos hombres; un sentido de destino colectivo que nosotros no conservamos con el mismo vigor. Nuestros antepasados dejaron testimonio de grandeza cuando, derrochando heroísmo, enfrentaron y derrotaron la primera y segunda invasión inglesa. También lo tuvieron para declarar la Independencia, para extender la guerra por Sudamérica, etcétera. De esas cúspides hemos ido descendiendo hasta perder el sentimiento patriótico que tenían nuestros mayores.

Como no hemos sido capaces de hacer obras que superen a las de los antepasados, repetimos conceptos que ellos pronunciaron con convicción, porque caracterizaban su propia conducta. Cuando decimos "Sean eternos los laureles que supimos conseguir", hay que preguntarse si es cierto, si hemos conseguido laureles por nuestros méritos propios. Creo que no. Ellos sí consiguieron laureles, porque fue la generación que hizo la Revolución de 1810, instauró un gobierno autónomo y luchó en la Guerra de la Independencia.

Nuestra Revolución de Mayo es producto legítimo del espíritu español. En España, pongamos por caso, entra el ejército de Napoléon y ocupa Madrid ante el asombro, la confusión y la indignación de sus habitantes. En esas circunstancias trágicas en que se paraliza la reacción, el alcalde de Móstoles, una pequeña aldea cercana a Madrid, declara públicamente la guerra a Napoleón y enciende la hoguera con poco más de un centenar de hombres armados con escopetas, horquillas y agujas de coser colchones. Entre nosotros sucede algo parecido. Buenos Aires, una aldea del Imperio español, se yergue contra el inmenso poder de Napoleón. La desproporción es asombrosa. La Revolución repito, no se hace contra el rey ni contra la España Imperial, sino contra Napoleón, a quien llaman "tirano", y contra la ideología y los hechos de la Revolución Francesa.

La interpretación de que en 1810 se produce un cambio total de valores se aplicaría también al problema de la libertad. Los teólogos y juristas españoles dicen que el hombre nunca pierde la libertad, aunque quisiera, porque la libertad está implícita en la naturaleza humana. Así, nuestros antepasados no podían ni querían transformar los principios originarios y fundamentales de su comunidad, que tenía una antigüedad de tres siglos, para jugarla en una aventura política de alcances imprevisibles.

La prueba de que respetaron esa estructura es el hecho de que la Junta de Gobierno, que llamamos Junta Patria, gobernó, según propias palabras, "a nombre de Fernando VII". Esa adhesión a Fernando, que era el centro del Imperio y su forma de gobierno, continuaba la tradición histórica.

No es fácil que entendamos esa proyección histórica, porque no tenemos conducta histórica. Estamos acostumbrados a la rotación de los hombres de gobierno en períodos breves, sin que exista entre ellos el mismo concepto de ideales nacionales, y por eso cambiamos de dirección continuamente, sin que tengamos una tabla de valores esenciales que debamos cumplir inexorablemente.

En 1810, por el contrario, había una idea clara de continuidad. Por eso, la adhesión a Fernando VII no es el acatamiento a su persona, sino que se trata de mantener en él la unidad del Imperio dentro del sistema político y social que le daba subsistencia. Ellos tenían sentido histórico y nosotros no.

Cuando hablamos de Historia no nos introducimos en ella con brío vital, sino por preocupación intelectual, y lo importante es que nuestro acercamiento sea vital. Aquellos antepasados nuestros tenían conciencia histórica y por esa convicción pudieron hacer la Revolución. Porque en los grandes sucesos tiene que haber una actitud plena y un convencimiento absoluto.

La Revolución de Mayo promueve el cambio del gobierno local -la destitución del virrey- no para suplantar a la monarquía, a la cual se jura fidelidad sincera -lo cual no fue una "máscara", como han interpretado con evidente error la mayor parte de nuestros historiadores, que confundieron los fines de la Revolución-. El propio Mariano Moreno, para citar el caso al que más se recurre para justificar la supuesta implantación de la democracia, en artículos publicados en "La Gaceta" de Buenos Aires -periódico oficial de la Junta Patria-, propone que se dicte una constitución para el "deseado Fernando". La misma Junta -"a nombre de Fernando VII"-, en diversos comunicados que en su mayoría se publicaron en "La Gaceta", proclama fidelidad al monarca español cautivo de Napoleón. La Junta es una especie de regencia del rey en el Río de la Plata, sustitutiva del virrey, que asume la soberanía del rey, llamado también soberano, y no la soberanía del pueblo. Esta solución no era improvisada; tenía realidad jurídica y doctrinaria.

Las obras jurídicas españolas que en esa época usaban los abogados de América reconocen el derecho de que faltando el rey, la potestad vuelve a la comunidad, que suple la vacancia; esto deriva del principio de que el poder de gobernar se origina en la comunidad. Y aunque se admite que el rey gobierna "por la Gracia de Dios", esto no quiere decir que Dios lo haya nombrado directamente, sino que recibió el poder a través de la comunidad en la cual Dios infundió en cada individuo el derecho a ser elegido.

 Los historiadores han encarecido la filiación democrática de la Revolución de Mayo, y sobre todo la intención de Mariano Moreno a favor de ese sistema de gobierno, inspirado en Rousseau. Es verdad que Moreno fue epígono de Rousseau, pero éste no exaltó la democracia como el mejor sistema de gobierno. Lo que Rousseau y Moreno defendieron fue la "República" que, como dice el propio Rousseau, se puede dar con cualquier sistema de gobierno, ya sea monarquía, aristocracia o democracia, con tal de que tenga el consentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Esto es lo que se llama "República".

Sin duda, es un error garrafal considerar a Rousseau como el penegirista de la democracia y el detractor de la monarquía. Rousseau, a quien se atribuye la paternidad de la democracia moderna, no fue su defensor, pues dice en el "Contrato Social"  que no hay gobierno más dado a las disensiones y guerras domésticas que el democrático o popular, porque todos quieren mandar y quienes están en el gobierno no lo quieren soltar. Sucede que uno de los problemas de la democracia es la igualdad. Somos iguales desde el punto de vista jurídico, pero somos distintos, dado que de cada hombre hay un solo ejemplar; dentro de la multitud, cada persona es un ser inconfundible. Afirma Rousseau que "si existiera un país de dioses -es decir, todos iguales- se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no es para hombres". Este es el juicio de Rousseau sobre la democracia, muy distinto, por cierto, al que suelen enseñar los profesores de esa asignatura anodina que llaman "Educación Democrática".

Creo que con lo dicho han quedado en claro los planteos generales, es decir, el panorama que se abre para los hombres de Mayo de 1810 en Buenos Aires: establecer un gobierno para cubrir la acefalía producida por la caída del gobierno español de la península.

(...)


 *Roberto Marfany y Federico Ibarguren, La Revolución de Mayo, en AA. VV., "Historia Argentina", Editorial de Belgrano, 1977, Buenos Aires, pp. 11-16


Tomado de: Crítica revisionista, 24 de mayo de 2021

LA MESA DEL LIBERTADOR

 


POR ROBERTO L. ELISSALDE

La Prensa, 16 y 20.08.2021

 

­Un aspecto pocas veces tratado ha sido la comida de los próceres. Vamos a comentar una faz casi desconocida de la vida de José de San Martín, gobernador intendente de Cuyo, que entre otros muchos quehaceres también se dedicó a fomentar la industria vitivinícola.­

 

A poco de llegar a Buenos Aires el teniente coronel San Martín visitó la casa de don Antonio José de Escalada, con cuya hija María de los Remedios habría de casarse después. Sin duda probó las famosas humitas que se preparaban en la casa y que muchas veces don Antonio, seguido por un negro esclavo con una gran fuente de plata cubierta con una servilleta, llevaba como agasajo a la casa de sus amigos; y que él mismo comía sin mayores ceremonias, mientras los otros comensales elogiaban el plato, hasta que la montaña desaparecía.­

 

Según el viajero inglés J. P. Robertson, cuando se encontraba en viaje a la Asunción, descansando en su carruaje cerca de la posta de San Lorenzo, un tropel de caballos, ruido de sables y rudas voces de mando lo despertaron con temor de ser los realistas. Al primer interrogatorio no demasiado cortés, siguió la voz de alguien que parecía ser el jefe, quien dijo a los hombres: "No sean groseros; no es enemigo, sino un caballero inglés en viaje al Paraguay".­

 

Inmediatamente Robertson, reconoció a San Martín, quien se divirtió francamente al enterarse del susto de su amigo. Con gentileza el inglés ordenó a su sirviente buscar vino "con que refrescar a mis muy bien venidos huéspedes". A pesar de estar apagadas las luces para evitar que los enemigos reconocieran su posición, "nos manejamos muy bien para beber nuestro vino en la oscuridad y fue literalmente la copa del estribo; porque todos los hombres estaban parados al lado de sus caballos". En la mañana siguiente el 3 de febrero de 1813, el futuro Libertador al frente de sus granaderos, después de esa copa de vino, libró su único combate en territorio argentino que fue el bautismo de fuego de su regimiento.­

 

­AGUARDIENTE DIPLOMATICO­

 

Como gobernador intendente de Cuyo, mientras organizaba el Ejército de los Andes, San Martín invitó a parlamentar a los indios al sur de Mendoza, ya que debía atravesar sus tierras en la campaña a Chile. Como era costumbre en estas reuniones los indios esperaban y pedían regalos, uno de ellos, quizás el más esperado era el aguardiente, como una buena dosis les había servido de desayuno, en la reunión los naturales prorrumpieron en alaridos y vidas a San Martín, abrazándolo con efusividad y prometiéndole dar la vida. Concluida la conferencia el general tuvo que retirarse de prisa a mudarse toda la ropa por el mal olor que le habían dejado después de tamaña libación, además de varios "granaderos hijos del desierto", como llamaba a los piojos que caminaban por sobre su uniforme.­

 

Sin duda conoció el gobernador la mesa de algunos caracterizados vecinos, entre ellos quizás la más importante la de don Rafael Vargas, sujeto de gran fortuna, con los mejores muebles y comodidades de la época, que disponía de una abundante vajilla de plata y de porcelana de China. Como un detalle de la exquisitez de Vargas, había enviado a Buenos Aires a 16 esclavos de su propiedad para que tomaran clases de música con el maestro Víctor de la Prada, establecido en esta ciudad en 1810. Esta banda era infaltable en las fiestas del dueño de casa, y requerida en las procesiones o actos públicos de la ciudad de Mendoza. En agosto de 1816 se la obsequió al Libertador para que pasara a integrar el batallón N° 11.­

 

­UN PUCHERO SENCILLO­

 

Manuel Alejandro Pueyrredón joven oficial que estuvo con San Martín, recuerda que éste en Mendoza, comía solo en su cuarto, a las doce del día, un puchero sencillo, un asado, con vino de Burdeos y un poco de dulce. Lo hacía en una pequeña mesa, sentado en una silla baja y "no usaba sino un solo cubierto". Después del sobrio almuerzo dormía unas dos horas de siesta. A las tres de la tarde asistía a la mesa de los oficiales, que presidía, pero solo a conversar.­

 

Un tema que preocupó al militar fue la alimentación de la tropa durante el cruce de los Andes, tema que fue resuelto satisfactoriamente por San Martín y el médico Diego Paroissien. Las provisiones consistían además de unas 700 cabezas de ganado en pie, 35 toneladas de charque (alrededor de 7 kilos por soldado), transformado en charquican; a esto se agregaba una cantidad proporcional de ají, cebollas, grasa, yerba y queso. El Dr. José Luis Molinari en su estudio sobre el particular afirma los beneficios de esta dieta; el ají, no es solo vasodilatador, sino uno de los vegetales más ricos en vitaminas A y C, después de la alfalfa y el perejil. La harina de maíz tostado, junto con el charquicán bien hervido forma un excelente potaje de alto valor calórico. El queso parece la proteína más completa y es el alimento más rico en calcio que se conoce. Sin duda a pesar de no ser mencionada por Mitre, no debió faltar la yerba mate. Es sabido que es un clásico entre los arrieros mendocinos llevar una bolsita para los vicios (azúcar, yerba, tabaco, café y sal). ­

 

­EN EXTREMO FRUGAL­

 

Según Tomás Guido, "el almuerzo general era en extremo frugal, y a la una del día, con militar desenfado, pasaba a la cocina y pedía al cocinero lo que le parecía más apetitoso. Se sentaba solo, a la mesa que le estaba preparada con su cubierto, y allí se le pasaba aviso de los que solicitaban verlo, y cuando se le anunciaban personas de su predilección y confianza, les permitía entrar. En tan humilde sitio ventilábase toda clase de asuntos, como si se estuviera en un salón, pero con franca llaneza, frecuentemente amenizada con agudezas geniales. Sus jefes predilectos eran los que gozaban más a menudo de esas sabrosas pláticas. Este hábito, que revelaba en el fondo un gran despego a toda clase de ostentación, y la sencillez republicana que lo distinguía, no era casi nunca alterada por el general, considerándola -decía él en tono de chanza- un eficaz preservativo del peligro de tomar en mesa opípara algún alimento dañoso para la debilidad del su estómago".­

 

A pesar de su sencillez en la comida, la mesa de sus oficiales que se servía a las cuatro de la tarde, que si el general faltaba, era presidida por el coronel Tomás Guido, era preparada "por reposteros de primera clase, dirigidos por el famoso Truche de gastronómica memoria. Asistían a ella jefes y personas notables, invitadas o que ocasionalmente se hallaban en palacio a la indicada hora. El general solía concurrir a los postres, tomando en sociedad un café, y dando expansión a su genio en conversaciones festivas". Todos los contemporáneos opinan que el Libertador era en extremo frugal.­

 

Volviendo al testimonio de Pueyrredón, San Martín "era gran conocedor de vinos y se complacía en hacer comparaciones entre los diferentes vinos de Europa, pero particularmente de los de España, que nombraba uno por uno describiendo sus diferencias, los lugares en que se producían y la calidad de terrenos en que se cultivaban las viñas. Estas conversaciones, las promovía especialmente cuando había algún vecino de Mendoza o San Juan, y sospecho que lo hacía como por una lección a la industria vinariega a la que por lo general se dedican esos pueblos".­

 

­MAGNIFICA RECEPCION­

 

La batalla de Chacabuco hizo reavivar el la esperanza y sentimiento de libertad en la sociedad trasandina. Para festejar la elevación de don Bernardo O'Higgins como Director Supremo, se ofreció una magnífica recepción en la residencia de don Juan Enrique Rosales, que años después narró su nieto Vicente Pérez Rosales: "Una improvisada y magnífica mesa sobre cuyos manteles de orillas añascadas, lucía su valor, junto con platos y fuentes de plata maciza que para esto sólo se desenterraron, la antigua y preciada loza de la China. Ninguno de los más selectos manjares de aquel tiempo dejó de tener su representante sobre aquel opíparo retablo, al cual servían de acompañamiento y de adorno, pavos con cabezas doradas y banderas en los picos, cochinitos rellenos con sus guapas naranjas en el hocico y su colita coquetamente ensortijada, jamones de Chiloé, almendrados de las monjas, coronillas, manjar blanco, huevos quimbos y mil otras golosinas, amén de muchas cuñitas de queso de Chanco, aceitunas sajadas con ají, cabezas de cebolla en escabeche, y otros combustibles cuyo incendio debía apagarse a fuerza de chacolí de Santiago, de asoleado de Concepción y no pocos vinos peninsulares".­

 

Después del generoso banquete siguió el baile y no podían faltar los brindis tan bien regados como la comida, más largos o más breves dirigiendo loas a la Patria, a los generales victoriosos.­

 

El de San Martín fue breve, y según el testigo: "en actitud de arrojar la copa en que acababa de beber, dirigiéndose al dueño de casa dijo: -`¿Solar, es permitido?'... y habiendo éste contestado que esa copa y cuanto había en la mesa estaba allí puesto para romperse, ya no se propuso un solo brindis sin que dejase de arrojarse al suelo la copa para que nadie pudiese profanarla después con otro que exprésase contrario pensamiento. El suelo, pues, quedó como un campo de batalla lleno de despedazadas copas, vasos y botellas".­

Samuel Haigh, recuerda la fiesta y baile que el General San Martín ofreció en honor del comodoro Bowles, comandante británico en el Pacífico, cuya fragata Amphion estaba anclada en la bahía de Valparaíso. A pesar de no haber quedado detalle de esa comida, si sabemos que se sirvió de manera suntuosa y espléndida, con muchos brindis entre el comandante y los funcionarios civiles y militares que concurrieron, tal como era costumbre.

 

Momentos antes de la batalla de Maipú, el Libertador recibió en su tienda de campaña a un agente del gobierno norteamericano Mr. Worthington, quien remitió a su ministro un detallado informe sobre la personalidad de San Martín: "Sobrio en el comer y beber; quizás esto último lo considere necesario para conservar su salud, especialmente la sobriedad en el beber".

 

Días después el diplomático asistió a la colocación de la piedra fundamental de la iglesia que se iba a levantar en los llanos de Maipú, y compartió un almuerzo campestre con San Martín, O"Higgins o otros oficiales: "Los encontré comiendo sin platos, y casi todos con una pierna de pavo en una mano y con un trozo de pan en la otra. En seguida me invitaron a participar de la comida. San Martín, levantándose me ofreció un trozo de pan y otro de pavo, que tenía ante él. Brindé con el Director, bebiendo hasta la última gota de un vaso de vino carlón, a la usanza soldadesca".

 

El marino inglés Basilio Hall, narró una de sus comidas en una hacienda rural en Chile, de seguro estos platos alguna vez fueron probados por San Martín: "A la hora de la comida, el dueño de casa insistió en que colocase a la cabecera de la mesa, costumbre de la que, dijo, no podía dispensarse. Se nos sirvió como primer plato una sopa de pan de un gusto agradable hecha además con pescado. Después, un puchero, plato muy afamado en todos los lugares donde se habla la lengua española. Se compone de carne de buey cocida, rodeada de legumbres de toda clase y cubierta de garbanzos. La carne y los garbanzos son inseparables para los gastrónomos de estas regiones, como el tocino y el repollo para los de Inglaterra. El último plato fue un asado de buey que no se parecía en nada a nuestro roast-beeff. Era un largo y delgado pedazo de carne muy reseco, sin hueso y al que se había juntado la grasa. A los postres vimos aparecer higos, uvas excelentes y una enorme sandía color de púrpura, principal alimento de la clase baja. La comida fue rociada con un agradable vinillo que, se me dijo, había sido fabricado por la esposa de nuestro huésped, que estaba ausente".

 

El 2 de junio de 1821 el general San Martín se entrevistó con el teniente general José de la Serna, a la sazón virrey del Perú en la hacienda de Punchauca, al norte de Lima. Los esfuerzos por una paz finalizaron según el testimonio de Tomás Guido, testigo presencial del encuentro "con una mesa frugal, a cuya cabecera se sentaron ambos generales. el general La Mar, inspector general de infantería y caballería del ejército español, y después de una alocución llena de fuego y del sentimiento americano que desbordaba en su pecho, bebió una copa al venturoso día de la unión y a la solemne declaración de la independencia del Perú".

 

El general Monet, circunspecto y moderado abandonó su postura habitual, y parado sobre una silla para hacerse escuchar pronunció un ardoroso brindis. Parece que los oficiales y comisarios del Ejército Unido argentino-chileno, no cedieron en su vehemencia, y la reunión finalizó con una serie de libaciones entusiastas a la libertad e independencia del Perú. El general español Andrés García Camba en sus Memorias, apuntó que el virrey de la Serna brindó por el feliz éxito de la reunión en Punchauca y que el Libertador lo hizo por la prosperidad de la España y de la América, como así también de los otros brindis alusivos a la unión y fraternidad entre españoles europeos y americanos.

 

MARIA GRAHAM

 

El 20 de setiembre de 1822, el Libertador renunció al protectorado ante el congreso reunido en Lima, en la mañana del día siguiente se alejó definitivamente del Perú. A poco de llegar a Chile trató la inglesa María Graham. Esta mujer tenía una especial consideración por el almirante británico Alejandro Cochrane y lógicamente una especial animadversión hacia San Martín, de quien dejó un retrato muy desfavorable. Sin embargo la vez que el general llegó a su casa con otros amigos, escribe: "...me alegré que el té viniera a interrumpirlas, de las que no habría tomado nota si no hubiera intervenido en ellas también San Martín. Les pedí excusas por no poder ofrecerles mate, pero supe que el general y Zenteno acostumbraban tomar té puro, después del cual fumaron sus cigarros".

 

Cuando estaba en las cumbres cerca de Mendoza, el 3 de febrero de 1823, diez años exactos de su primera y única acción militar en su suelo natal; fue recibido por su antiguo oficial don Manuel de Olazábal. Allí después del abrazo y la emoción tomó un mate de café, con un bizcochuelo, hasta que mirando fijamente a su camarada exclamó: "¡Tiempo hace, hijo, que mi boca no saborea un manjar tan exquisito! Bueno será, quizá, que bajemos ya de esta eminencia desde donde en otro tiempo me contempló la América".

 

Cuando San Martín pasó a Chile dejó en su chacra cincuenta botellas de vino moscatel que le había regalado el vecino don José Godoy. Corría 1823 y en su última visita a Mendoza, ya había olvidado aquella reserva, pero su administrador Pedro Advíncula Moyano, hombre honrado al fin, le trajo unas cuantas botellas. Inmediatamente le dijo que esa noche iba a recibir a unos amigos "y Ud. verá lo que somos los americanos, que en todo damos preferencia al extranjero". Cambió entonces las etiquetas al de Málaga le puso Mendoza y viceversa. Primero sirvió el Málaga con el rótulo de Mendoza. Los convidados dijeron que era un rico vino pero que le faltaba fragancia. En seguida se llenaron nuevas copas con el falso Málaga, al momento los invitados prorrumpieron en exclamaciones. "Hay una inmensa diferencia, esto es exquisito, no hay punto de comparación". San Martín con una gran risa, les dijo: "Uds. Son unos pillos que se alucinan con el timbre".

 

En otra circunstancia se encontraba don Antonio Arcos, antiguo jefe de ingenieros del Ejército de los Andes, que se preciaba de su inteligencia para despostar un ave. Con este motivo cierto día el Libertador le dijo: "Vamos, señor Arcos, a ver que tal lo hace Ud. con ese pato". En el acto tomó el trinchante, narra Olazábal testigo presencial del encuentro "y principió la autopsia. Pero el cadáver, de propósito, no estaba bien asado, y la cuchilla desafilada. Arcos sudaba y todos se reían de sus aparatos con especialidad el general. Al fin, le fue preciso apelar a todo trance y cargar con la rechifla. Todo el que hubiera visto al general sin conocer su epopeya, imposible que creyera que aquel hombre simbolizaba las más grandes glorias de las repúblicas Argentina, Chilena y Peruana".

 

Pocos datos hay de los hábitos de San Martín en los años de su estadía en Europa. Sin embargo debió continuar con su moderación en la comida y en la bebida ya que según su propio testimonio en el otoño de 1833, estuvo afectado "de agudos ataques nerviosos al estómago, que han desaparecido con cama y dieta". A pesar de esta circunstancia el general no abandonaba su buen humor porque en carta a su íntimo amigo Tomás Guido, le decía con respectos a los médicos "de los Esculapios Dios nos libre de ellos".

 

Ya al final de su existencia usó esta metáfora gastronómica para referirse a la acción de Obligado: "Los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca".

 

Y el cubano José Martí en unas breves líneas trazó esta semblanza del Libertador: "Triunfó sin obstáculo, por el imperio de lo real, aquel hombre que se hacia el desayuno por sus propias manos, se sentaba al lado del trabajador, veía porque herrasen la mula con piedad, daba audiencia en la cocina -entre el puchero y el cigarro negro- y dormía al aire, en un cuero tendido".

 

Roberto L. Elissalde

Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.