LA MIRADA CUYANA DE SAN MARTÍN



Por Luis Alberto Romero.

Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”. La popular frase revela las frustraciones de un federalismo que no fue. En 1852, catorce provincias concurrieron a un acuerdo constitucional basado en una ficción verosímil: la igualdad de derechos. Pero la historia marchó en otro sentido. La formación del Estado y el desarrollo del capitalismo centralizaron al país federal y fortalecieron el papel de la ciudad capital.

Una centralización parecida ocurrió con el relato de la historia de la Nación, usualmente narrada desde la perspectiva de Buenos Aires. Esto resulta inevitable si se comienza, como es habitual, con dos episodios típicamente porteños: las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo. Con ese arranque, es difícil salir de una senda que, por ejemplo, denomina anarquía al período iniciado en 1820, cuando Buenos Aires perdió su control de las Provincias Unidas.

Las cosas serían diferentes si se mirara simultáneamente lo que ocurrió en Chuquisaca, Montevideo o Asunción; en Santiago de Chile, Caracas, Bogotá o México, pues entre 1808 y 1810 el Imperio hispánico se resquebrajó en varios puntos simultáneamente, También serían diferentes si se privilegiara, antes que la Revolución de Mayo, la Declaración de la Independencia en Tucumán, en 1816.

Contar las cosas desde Buenos Aires es algo difícil de evitar, aun para quienes se lo proponen. Muchos historiadores de las provincias suelen reivindicar con energía la especificidad de sus circunstancias, ya se trate de 1810 o de 1945, pero finalmente terminan ubicando su relato como una variante de la gran narración nacional con centro en Buenos Aires.

Como escribió el historiador Fernand Braudel, es difícil evadirse de estas “cárceles mentales”.

Para los mendocinos, y no solo para ellos, la conmemoración del bicentenario de la llegada de San Martín a Mendoza abre la posibilidad de desarrollar otra mirada. ¿Cómo fue esa historia desde la perspectiva de San Martín?

Recuérdese que nunca estuvo cómodo en Buenos Aires, ni Buenos Aires lo trató con mucha estima. Desde la Logia Lautaro ayudó a cambiar el rumbo del gobierno revolucionario, luego dio pruebas de su pericia profesional, pero debió ceder el campo a Carlos de Alvear, hijo dilecto de los porteños. En Cuyo, en cambio, se sintió a sus anchas. Desde allí miró a Tucumán y al Congreso, y jugó todas sus cartas.

También miró a Santiago, siguiendo atentamente los avatares de la política chilena, en la que intervino muy activamente. Atisbó a Lima, su objetivo final, y a Buenos Aires. En este caso, le bastó saber que su amigo Pueyrredón exprimiría los recursos locales para solventar al ejército en formación. No le interesó la política porteña, ni consideró que su gran proyecto estuviera ligado a la suerte de sus facciones o al enfrentamiento con el artiguismo. Su negativa a defender al Directorio es un hecho difícil de colocar en la historia de una nación argentina narrada desde Buenos Aires. Pero en rigor, en 1820 la Argentina era apenas un esbozo de proyecto, que muchos interpretaban de manera diferente.

Uno de ellos era San Martín, para quien la ciudad rioplatense era una pieza más en el gran rompecabezas hispanoamericano que tenía en mente. No es extraño que así fuera. Basta pensar que este hijo de españoles, luego de vivir cinco años en Yapeyú -un lugar cuya argentinidad estaba lejos de ser evidente por entonces- volvió a la tierra de sus padres, ingresó en el ejército y sirvió al rey durante casi treinta años. Allí se hizo liberal e ilustrado, trató con muchos otros hispanoamericanos, como él, y entre ellos al general Solano, caraqueño, muerto en Cádiz por una turba partidaria de Fernando VII.

Hispanoamérica no era una colonia sino una parte del Imperio español, y poco después, en 1812, las Cortes de Cádiz declararon que con España formaban una sola nación. Hispanoamericano en España, liberal y masón (sic), sumergido en las guerras desatadas por la invasión francesa, incómodo en un bando que incluía a quienes gritaban “vivan las cadenas”, San Martín depositó sus esperanzas en una Hispanoamérica liberada y liberal, donde construir un Estado fundado en la libertad y el orden.

Con esa mirada hispanoamericana concibió todo su proyecto, y asistió, quizá con cierto desconcierto, a la confusa emergencia de nuevos Estados, que comenzaban a privilegiar sus intereses locales. Resistió a la tentación, común a otros militares de entonces, de intervenir en los conflictos civiles. Fundó Estados, pero no perdió la esperanza en alguna forma futura de integración. Hizo lo posible para que todos tuvieran una matriz común, liberal y republicana. Estoy convencido de que no fue un prócer argentino, sino mucho más que eso.

La mirada de San Martín, cuyana e hispanoamericana, puede ayudarnos a entender la de Artigas, quien no imaginó estar fundando la República Oriental del Uruguay. O la de Güemes y la élite salteña, con el alma dividida entre Buenos Aires y el Alto Perú. O o la del General Paz, que buscó asentar en Córdoba un proyecto nacional, o la de Estanislao López, que tenía la misma esperanza con Santa Fe.

Esto es apenas el comienzo de un ejercicio que puede repetirse respecto de muchos otros momentos del pasado, sobre todo antes de que se generalizara la convicción de que Dios atendía en Buenos Aires. Pero además, ese relato complejo debe ser puesto en sintonía con las perspectivas del conjunto de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, con trayectorias parecidas y diferentes. No es tan difícil reconstruir cada una de estas miradas. El desafío para los historiadores es componerlas en un relato común y plural, como una fuga de Bach o un motete renacentista.

Ilusiones, quizá. Pero una historia más plural es parte de la construcción de un país plural en su dimensión regional, con muchos centros que desarrollen, cada uno, sus propias potencialidades, que se liberen de la tutela y las dádivas del gobierno central y que aporten, cada uno con lo suyo, a la construcción de una nación. Entonces Dios comenzará a atender en todas partes.

Fuente: diario Los Andes


A decir verdad, 14-9-14

HIMNO AL GENERAL SAN MARTÍN


Yerga el Ande su cumbre más alta,
dé la mar el metal de su voz
y entre cielos y nieves eternas
se alza el trono del Libertador

Suenen claras trompetas de gloria
y levanten un himno triunfal,
que la luz de la historia
agiganta la figura del Gran Capitán.

De las tierras del Plata a Mendoza,
de Santiago a la Lima gentil
fue sembrando en la ruta laureles
a su paso triunfal, San Martín.

San Martín, el señor de la guerra,
por secreto designio de Dios,
grande fue cuando el sol lo alumbraba
y más grande en la puesta del sol.

¡Padre augusto del pueblo argentino,
héroe magno de la libertad!
A tu sombra la patria se agranda
en virtud, en trabajo y en paz.

¡San Martín! ¡San Martín! Que tu nombre
honra y prez de los pueblos del sur
aseguren por siempre los rumbos
de la patria que alumbra tu luz.
 

(Música: Arturo Luzzatti - Letra: Segundo M. Argarañáz) 

UN YANQUI EN LA CORTE DE JUAN MANUEL


Coronel  JUAN  BAUTISTA  THORNE

Hoy 1º de Agosto se conmemora el 129º aniversario del fallecimiento de otro notable defensor de nuestra soberanía, especialmente en la paradigmática batalla de “Vuelta de Obligado”.
Repasemos su biografía:

Nació en Nueva York, el 3 de marzo de 1807, su padre Enrique Thorne, ingeniero naval luchó por la independencia de Estados Unidos.
Juan Bautista Thorne conoció Buenos Aires en un viaje de instrucción y siendo cadete de una Escuela de Marinería. Como marino viajó mucho antes de establecerse definitivamente en un país, conoció las principales capitales europeas y hasta residió un tiempo en Brasil.   Fallecido su padre, el joven Thorne solicitó su embarco a su tío, comandante de un barco corsario americano.. Finalmente recaló en Buenos Aires donde dejaría su vida 60 años más tarde,-tenía 18 años cuando llegó- tras ofrendarle su sangre en cuanta oportunidad pudo. Gracias a los oficios de José. M. Pinedo, se incorporó como voluntario a la Armada Nacional, y con ella hizo su primer viaje a Santa Fe, luego al Japón y China. En marzo de 1825, en vísperas de la primera guerra con Brasil, se incorporó definitivamente a nuestra marina.   Sobre esta actitud de defender la soberanía argentina, solía afirmar… “soy argentino por simpatía, y por haber adquirido con mi sangre tan glorioso título…” En los primeros meses de 1826, el general irlandés Guillermo Brown (1777-1857) comenzó a formar la escuadra argentina para la Guerra del Brasil; en esa flota se alistó Thorne en junio de 1826 como guardiamarina y piloto.

De allí en adelante, se sumaron a su foja de servicios, nombres heroicos; ya sea contra el Imperio, contra los anglo- franceses, y no le faltaron las batallas contra las fuerzas unitarias, donde él estuvo del lado del gobierno constituido, “a quien la gran mayoría del país obedecía”: Patagones, el río Colorado, Martín García, Obligado, Quebracho, Caaguazú, Cagancha, Pago Largo, Sauce Grande, no son sino algunos peldaños de la escalera que llevó a la gloria de Juan Bautista Thorne. Estando a bordo del “Chacabuco” – aspirante de 1º- tuvo lugar la primera acción de guerra para la Armada Argentina, y su iniciación no podía ser sino algo de la naturaleza de lo que ocurrió en “Carmen de Patagones”.

La Nación empeñada en una guerra con el Imperio parecía ofrecer a éste una fácil presa en dicha localidad. No contaron con el carácter de los hombres que enfrentaban.  Frente al puerto se hallaban tres naves recientemente capturadas al Brasil. El orgullo brasileño y el deseo de revancha los impulsaban a intentar el rescate de sus barcos.
La flota agresora estaba compuesta por  varios navíos de guerra. En ese aspecto es justo aclarar que Brasil poseía una poderosa Armada, pero por contrapartida sus soldados carecían del valor y empeño de nuestros compatriotas, tanto es así que en muchas ocasiones debieron engrosar sus ejércitos con mercenarios alemanes o suizos, que como mercenarios que eran podían ser comprados y cambiaban de bando. Rosas hizo uso de esas falencias y en algunas ocasiones sobornó a tropas alemanas. La nota emocionante de la jornada la constituyó el abordaje del “Itaparica”. Acción decidida por iniciativa de Thorne, que dominó de esa manera a una tripulación de 120 hombres, como era el buque imperial. El fracaso de esas fuerzas fue total. No sólo desde el punto de vista moral, sino que la pérdida de 28 cañones, 30 oficiales, 600 soldados y siete banderas fue un rudo golpe para su potencia material. 

  Thorne sufrirá prisión, luego de ser herido cinco veces, todo “por mi patria argentina”  según sus propias palabras. En prisión permaneció hasta la paz, y su vuelta le permitió relacionarse con otro marino de su calibre: Leonardo Rosales, que comandaba la  “Sarandí”. Entre sus muchos cargos, destinos, combates, heridas y cautiverio que cosechó y sufrió en la agitada epopeya de su vida. Sobre estos avatares solía expresar: “…Llevo en mi cuerpo las severas impresiones del plomo del Brasil, del plomo de la Francia, del plomo de la Gran Bretaña, y estos signos me hermosean a mi vista y estos signos me enorgullecen al contemplarlos…”   intentaré reflejar algunos de los más destacados episodios.
De regreso en Buenos Aires fue recibido con honores y designado 2º Comandante del famoso Bergantín “Republicano”.
En 1833 y como segundo al mando de la Goleta “Margarita” hizo la campaña al desierto a las órdenes del Jefe del ala izquierda de la expedición, Don Juan Manuel de Rosas. Thorne fue el primero   que se internó, con su nave, en el extenso brazo del Río Colorado.

La guerra del Paraná
Luego de la Campaña al Desierto fue condecorado y ascendido a Comandante de la Goleta “Sofía”. 
  En 1838 fue puesto a cargo de la defensa de la isla Martín García, como jefe naval de la misma, y segundo del jefe de la guarnición militar, el coronel Jerónimo Costa. Fue el jefe de la artillería en la defensa de esa isla contra el ataque francés de octubre de 1838, en que, con apenas un centenar de gauchos, resistieron durante varias horas el ataque de toda una escuadra armada de cientos de cañones. Fue tomado prisionero por los franceses junto con Costa y los demás oficiales. Pero, en premio al valor mostrado, fueron trasladados a Buenos Aires.
El Comandante de la Armada francesa, Almte. Hipólito Daguenet tuvo la hidalguía de destacar por escrito, en comunicación a Rosas, el comportamiento de estos valientes. Poco tiempo después Thorne se tomaría el desquite contra los franceses en las márgenes del río Paraná.

Se incorporó a  la campaña contra Genaro Berón de Astrada en 1839. Fue el jefe de artillería del ejército vencedor en la batalla de Pago Largo. Y también participó como jefe de la artillería en la invasión a Uruguay, que terminó en el desastre de Cagancha,  en el que fue seriamente herido.
Combatió contra Lavalle en las batallas de “Don Cristóbal”  donde los federales obtuvieron un rotundo triunfo en el otoño de 1840. Volvió a chocar con la llamada “Legión Libertadora” en “Sauce Grande”, donde fue herido de un lanzazo. Casi en convalecencia se enfrentó con contingentes franceses en Río Seco (Santa Fe).
El 1º de noviembre de 1840 fue ascendido al grado de coronel, ya en 1841 sufrió la derrota de Echagüe a manos de las fuerzas que comandaba José María Paz en la gravosa contienda de “Caaguazú”, donde nuevamente fue herido. 
El “Manco” Paz relata en sus memorias dicha batalla y elogia el manejo de la artillería enemiga por parte de un oficial extranjero cuyo nombre no recuerda.

Ese oficial extranjero era Juan Bautista Thorne, cuya artillería apagó los fuegos de la de Paz, y le habría desmoralizado su infantería si ésta no hubiese iniciado un movimiento de frente, simultáneamente con las caballerías de Nuñez y Ramirez que decidieron la retirada de Echagüe. En la retirada cuando Paz se acercaba, Echagüe hacía alto, la artillería de Thorne recomenzaba sus fuegos y proseguía la retirada después de haberlo contenido. Ello concretará la posibilidad de la retirada en orden de que habla Paz, y el hecho de evitar la caída total de Echagüe. El precio de esa acción es una herida de lanza, que le traerá trastornos más tarde.  En 1842 retornó al servicio naval, esta vez a las órdenes del ilustre Almirante Guillermo Brown, para apoyar el bloqueo a Montevideo.  Participó en la gloriosa jornada de la batalla de “Costa Brava”, en donde las fuerzas argentinas consiguieron una trascendente victoria ante Giuseppe Garibaldi, conocido como    “chacal pirata” a pesar de contar éste con el apoyo de galos y sajones.    Hasta diciembre de 1844 se extenderá su vigilancia en la zona, llevará tropas o acompañará buques mercantes con provisiones.  La escuadra federal de río, al mando de Thorne, se ve desmantelada por la necesidad de fortificar la costa- asediada por fuerzas enemigas- con su artillería.

Combate de la Vuelta de Obligado
En el marco de la llamada “Guerra del Paraná” descollará en  la acción bélica más importante de esa contienda y me estoy refiriendo al “Combate de la Vuelta de Obligado” efectuado el 20 de noviembre de 1845, fecha que es designada como día de la “Soberanía Nacional”. En la misma actúa como jefe de la batería “Manuelita” – una de las cuatro emplazadas por Mansilla – que es la más expuesta por su posición, agreguemos que en todo momento se  arriesgaba de manera temeraria, paseándose por toda la batería arengando a sus tropas y dirigiendo los disparos.
Combatió heroicamente contra las fuerzas anglo-francesas que finalmente forzaron el paso. Thorne al permanecer, como era su costumbre, en la primera línea de batalla, sufrió gravísimas heridas. Las esquirlas de una granada le fracturó un brazo y parte del cráneo, derribado por el impacto del proyectil se incorporó prestamente afirmando “…no ha sido nada…” sin embargo había quedado sordo para siempre y con secuelas en su brazo.  

Combatió también en la batalla de Punta o Angostura del Quebracho (4 de junio de 1846) contra las escuadras bloqueadoras.
El Expéditive destruyó a la Batería Nº 1.  La poderosa artillería de dicha nave disparó durante 3 horas a la Batería Nº 1 matando prácticamente a todos. A las 4 PM el asistente de Alzogaray disparó su última andanada de un cañón de 24 libras. El teniente Felipe Palacio y el teniente de Navío Eduardo Brown tenían baterías rasantes y por ende no estuvieron involucrados en esta acción.
Juan Bautista Thorne con no más de ocho cañones de 10 libras tuvo que combatir contra doce cañones de 64 libras, dos de 80 libras y ocho de 33 libras. A las 5 PM se encontraba prácticamente sin municiones. Thorne recibió dos veces la orden de retirarse pero contestó que aún le quedaban algunos disparos por realizar.    Según algunos historiadores fue sordo desde entonces.  Sin embargo, Thorne siempre sostuvo que su sordera se debió al combate de Angostura del Quebracho.  De todas formas a partir de aquí fue apodado “el sordo de Obligado”. 

Al final de su carrera militar Thorne presentaba un eczema cicatrizal causado por una herida de metralla, proyectiles en ambas piernas (que rehusó sacarse) y un montón de cicatrices en su brazo, tórax y espalda. Repuesto de sus heridas fue nombrado Comandante en Jefe de la costa del Río Paraná. Defendió esas costas en 1846, contra la misma flota anglo-francesa que regresaba de Paraguay, participando de las batallas y escaramuzas designadas como “San Lorenzo”; “El Quebracho”; “Acevedo”; “El Tonelero” y otras. 

  El 9 de enero Mansilla participa a Manuel Corbalán (Edecán de Rosas): “Navegaban (los enemigos) nuestro majestuoso Paraná convoyando cincuenta transportes de infames piratas especuladores bajo diferentes pabellones de naciones amigas, indebidamente enarbolados en un río interior de nuestra República”. El mismo parte da cuenta de los choques entre ambas fuerzas y luego agrega, “…El entusiasmo de nuestros artilleros, señor General, es digno del mayor encomio, lo mismo que su destreza y ojo certero. El teniente coronel D. Juan Bautista Thorne, capitán Santiago Maurice y mis ayudantes de órdenes han llenado valerosamente su deber, despreciando los peligros como verdaderos argentinos federales”.

El general Martín de Santa Coloma eleva el parte de Thorne a Mansilla, agregando:
“Felicita y recomienda a la consideración del General Mansilla al teniente coronel Juan B. Thorne y a todos los denodados oficiales y tropas; todos se han disputado la gloria de pelear y buscar los puestos más peligrosos en medio de entusiastas aclamaciones”
 Thorne fue un militar al servicio del país, y según su propio testimonio siempre estuvo de parte del orden legal, del gobierno a quien seguía la mayoría del país. Por ello, peleó al lado de Rosas. Es indiscutible, no obstante, la simpatía por el partido federal, y parece que ello lo llevaba a pintar sus mástiles de color rojo. Su unión con el gobernante argentino fue muy estrecha, y éste lo condecoró varias veces.  CASEROS lo encuentra en servicio, que sólo interrumpió por cortos períodos de tiempo, según vimos. Luego de varios destinos se hallaba empeñado, en ese entonces en la formación de una escuadra con el objeto de impedir el paso de Urquiza por el Paraná. Luego del derrocamiento de Rosas, Thorne no escapó a la revancha unitaria y quedó separado del servicio, sin explicaciones de ninguna especie, por superior decreto del gobierno provincial. Thorne solicitó a Valentín Alsina su pase a inválidos, para recibir una pensión que entiende merecer. ¡Vaya si la merecía! Sin embargo le fue dada la baja absoluta de las fuerzas militares. A Thorne, lo hicieron pasar por las “Horcas caudinas”   degradándolo públicamente.

  A fines de 1852 (con 45 años de edad) se unió a las fuerzas del general Hilario Lagos en su lucha contra el gobierno unitario de Buenos Aires. Participó en el sitio contra Buenos Aires al año siguiente.     Una comisión constituida por el general Zapiola, Goyena y Manuel Lynch le dio de baja según el decreto emitido por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires del 23 de Febrero.
En su libro Ratto transcribe la emotiva carta escrita por Thorne el 29 de mayo de 1852 donde solicita se lo retire a inválidos con el sueldo de tal. Recién en 1861 se le otorgo una pensión vitalicia como teniente coronel.

Así les pagamos a nuestros héroes
Sus últimos días
  Los porteños no le  perdonarían su adhesión a la revuelta federal y sin condenas le aplicarían un ostracismo encubierto y lo sumirían en la miseria desconociendo los servicios prestados al país. Como capitán de un barco mercante, viajó varias veces a la India; trabajó en variadas tareas como perito naval en ese país. Pero había formado su familia en la Argentina, por lo que quiso regresar.

Thorne en la senectud          
En Septiembre de 1868 (con 61 años de edad) fue indultado por ley y reinscripto con su grado de coronel. Pero no volvió a tener mando de buques de guerra. El Coronel Juan Bautista Thorne falleció pobre y olvidado en Buenos Aires el 1º de agosto de 1885, a los 78 años de edad, en su casa de calle Tucumán 1482, en Buenos Aires, siendo las 7 de la mañana del mencionado día. Dejando viuda a Doña María Abad que lo sobrevivió hasta 1929, casi nonagenaria. Thorne, según Ratto, falleció de un ataque de broconeumonía, quien cuenta además el Dr. Castillo, su médico, necesitando hacerle una cura de ventosas, no pudo hacerlo,  porque se lo impedían las cicatrices del guerrero.

“Tribuna Nacional”, en su edición del día siguiente, manifestó, por su parte, que el fallecimiento se produjo por falla del corazón. En aquella edición del 2 de agosto, el diario mencionado, dice textualmente: “Juan Bautista Thorne. Ayer a las 7 de la mañana dejo de existir, victima de un ataque al corazón, el anciano jefe de la Armada, coronel D. Juan Bautista Thorne, el cual sirvió a las órdenes del almirante Brown en diferentes combates navales. Por el ministerio respectivo se decretaron los honores militares que corresponden a su rango.
Hoy a las 4 de la tarde serán conducidos sus restos mortales al cementerio del Norte. Paz en la tumba de ese buen servidor de la Patria”. 

El eximio poeta Héctor Pedro Blomberg   en su brillante obra “Cantos Navales Argentinos”, le dedicó un poema a Juan Bautista Thorne que tituló:

LAS   NAVES   ROJAS   DE   LA  FEDERACIÓN

Rojos son las mesanas y los trinquetes,
Las cureñas, las bandas; rojas, sangrantes,
Las camisas que llevan los tripulantes,
Desde los condestables a los grumetes,

Y usan galones rojos los comandantes,
Allá van por las aguas del patrio río,
Clavados en el mástil los pabellones:
En el puente de cada rojo navío
Se oye la voz de un “cielo” ronco y bravío,

Junto a la negra boca de los cañones.
Son las goletas rojas de Costa Brava,
Son las que respondieron en Obligado
Al clamor iracundo que las llamaba
Para batir la flota que navegaba

El Paraná invadido y ensangrentado.
¡Bergantines de Thorne! La voz del viento
Dice en la arboladura la copla errante
Que recuerda en su recio y extraño acento

Aquellas que en el viejo puente sangriento
Se oían en los tiempos del Almirante.
Con sus rojas banderas en la mesana,

Allá van sus bravías tripulaciones:
“Federación o Muerte”, se oye, lejana,
La canción que cantaban en la mañana
Junto a la negra boca de los cañones.













EL OTRO ÁLVARO ALZOGARAY



Carlos Pachá

Seguramente cuando lea este nombre el lector no podrá evitar un respingo, pero antes  deseo aclarar que no se trata del despreciable homónimo que fungió en la década del 60 como ministro de economía de nuestro país, que nos propinó un álgido invierno y un fraudulento empréstito “9 de Julio”. A quien quiero conmemorar en el 135º aniversario de su deceso es a su bisabuelo, el Cnel. de Marina Álvaro José de Alzogaray. (Afortunadamente algunos de sus descendientes tergiversaron la grafía de su apellido por Alsogaray).

El Coronel provenía de una familia acaudalada que le procuró una excelente educación que aparte de poseer abundantes conocimientos,  hablaba correctamente varios idiomas.

 Se dedicó  a la ingeniería naval tarea en la que descolló. Y dentro de ella se perfeccionó como artillero, una de las especialidades más complejas. 
 A los 15 años se incorporó a la escuadra argentina organizada a consecuencia de la guerra con Brasil.  La mencionada arma fue puesta bajo la dirección del hacedor de nuestra Armada: el insigne Almirante Guillermo Brown.

Alzogaray fue su ayudante durante la guerra contra el Imperio de Brasil (1825-1828). Actuaba como su secretario, incluso escribiendo   el “Diario de Operaciones de la Escuadra Republicana”, desde   1826 hasta  1828, día por día.
Fue ascendiendo por todo el escalafón militar hasta alcanzar la máxima jerarquía y distinciones a su valor en combate. Cada galón   lo obtuvo en el campo de batalla.
Sirvan como ejemplo: Venció a Coe en Montevideo, a “Mascarilla López en “Mal Abrigo”; Tomó la “Isla de las ratas”; venció en “Santa Lucía”, etc.
Brown no hablaba castellano; Alzogaray, traducía sus órdenes a la tripulación y  tropa.
Durante todo el año 1842, Alzogaray se halló sirviendo en la Escuadra  fondeada en Los Pozos. En enero de 1844, Alzogaray al mando de 50 hombres rechazó un ataque de 400 hombres dirigidos por los coroneles   Centurión, Silva y  Freire, que intentaban apoderarse de la Plaza de Maldonado. Antes de iniciar el ataque el Coronel Silva intimó a Alzogaray a rendirse por la superioridad numérica de los atacantes.

Respondiéndole  Alzogaray : “Diga Ud. al jefe invasor que cuando se confía la defensa de un punto militar a un Oficial Argentino, no se entra en él hasta concluir con el último de los valientes que lo defienden; que en esta virtud puede cuando guste dar principio al asalto.” Atacaron de inmediato y Alzogaray impidió que  se abriera fuego hasta tener cerca al enemigo provocándole muchas bajas, la batalla   duró 8 horas, la victoria fue completa.

  El 23-12-1844,  comandando el Bergantín “General San Martín”    derrotaron al mercenario conocido como el “Chacal de los tigres Anglo-franceses”: Giuseppe Garibaldi, en el combate de “Punta del Cerro de Montevideo”, poniendo en fuga a siete goletas enemigas.

Garibaldi era muy  “valiente” cuando atacaba a poblaciones inermes   que saqueaba protegido por la flota imperialista.  Cuando encontraba resistencia, huía. Brown le propinó tremenda paliza en  Costa Brava (15-8-42), lo capturó pero cometió el error de liberar al taimado bandolero.

Obligado está a la vuelta

Regresando de esa misión Alzogaray recibió órdenes de   Mansilla de incorporarse a la División del Norte. 

El 17 de septiembre arribó, con dicha División, al sitio donde iban a encontrarse con  la historia, las tierras de la familia Obligado.  

La intervención armada anglo-francesa: En septiembre de 1845, ambas potencias declararon el bloqueo a Buenos Aires. Para enfrentar a los atacantes, los criollos se instalaron en un paraje conocido como la Vuelta de Obligado.

A nuestro biografiado se le ordenó instalar la primera batería a cuyo fin le entregaron dos cañones de bronce de a 24, cuatro de 16 también de bronce (Material y calibre muy inferior al que poseían los invasores), tres oficiales y 80 reclutas. En dos meses tuvo la batería instalada y sus servidores perfectamente entrenados. Durante la lucha combatió hasta agotar sus municiones.

En el parte de guerra de aquella jornada memorable se lee “El comandante de la batería “Restaurador” don Álvaro J. de Alzogaray es digno del renombre de intrépido y sereno guerrero…”   

En enero del 46   combatió en “San Lorenzo”.

Participó en “Angostura del Quebracho”, donde la flota enemiga se retiró, derrotada.  (04-06-1846).

En junio de 1846, Alzogaray fue nombrado por  Mansilla, comandante del Cuartel General Divisionario del Departamento del Norte, cargo que ocupó hasta  fines de 1849 debiendo regresar a Buenos Aires   para preparar una nueva escuadrilla, se avecinaba otra guerra con Brasil.  Ese año lo destinó a ingeniería en la reparación, armado, construcción y artillado de barcos.

 En enero de 1853  (Derrocado Rosas) lo sacaron del medio, enviándolo a Santa Fe donde será conchabado como administrador de correos, por espacio de seis años.   (Nunca más obtuvo mando de tropas o naves.)

 A partir de allí todos serán cargos de oficina, por último pasó a ser Inspector General de la Armada en 1875 y desempeñando ese rol falleció el 31 de julio de 1879.

Sus restos mortales   descansan en el cementerio de la Recoleta.

Lic. Carlos Pachá

Presidente


Fundación Historia y Patria

HISTORIA MAPUCHE



Por Rolando Hanglin

Para LA NACION

Muchos creen que los mapuches fueron el pueblo originario de nuestro país, y que la civilización blanca, empezando por los virreyes españoles y terminando con el General Roca, los exterminó en un largo genocidio. Si aceptamos esta historia, cargaremos a nuestros descendientes con una culpa criminal, completamente imaginaria. Este artículo pretende despertar la curiosidad del lector hacia la historia argentina: hay muchísimos libros, ensayos y estudios publicados sobre estas cuestiones. El que decida leerlos descubrirá que la historia no es así, que nunca lo fue, que no puede dividirse en buenos y malos. Por eso consignamos algunas pistas.

Uno de los personajes más trascendentes de la historia argentina es el cacique chileno Juan Calfucurá, nacido a fines del Siglo XVIII. En una carta datada el 27 de abril de 1861 y dirigida "a un hermano", dice: "Yo no estoy en estas tierras por mi gusto, ni tampoco soy de aquí, porque estaba en Chile y soy chileno, pero fui llamado por don Juan Manuel; ahora hace treinta años que estoy en estas tierras".

El don Juan Manuel de referencia sería Rosas, el Restaurador de las Leyes, gobernador de Buenos Aires para los tiempos en que Calfucurá cruzó la cordillera de los Andes y se instaló en Salinas Grandes (La Pampa-Buenos Aires) donde levantó su toldo principal. Pero Rosas no tenía autoridad ni mando para "llamar" a un cacique extranjero, y obligarlo a permanecer en nuestro país durante 39 años. En cambio sí es posible, como sostienen algunos historiadores, que Rosas haya favorecido la entrada de Calfucurá a la vasta llanura central de nuestro país, para unificar el frente indio. En adelante, sería más simple negociar con un emperador que discutir con mil caciques y capitanejos de raza y lengua diversas. Todas las acciones de Calfucurá sugieren una enorme ambición personal, de modo que su larga aventura en nuestro país mal puede describirse como un acto de obediencia a un gobernador extranjero que "lo mandó llamar".

El autor que narra esta historia con mayor detalle es Estanislao Zeballos ("Callvucurá y la dinastía de los Piedra", 1928, Buenos Aires) consignando que el cacique huiliche ("gente del sur") visita en 1833 a sus lejanos parientes de la parcialidad voroga, o vorogana, es decir originaria de Vorohué, Chile, instalada en Salinas Grandes, Argentina. Calfucurá manifiesta que viene a comerciar pacíficamente, de modo que el cacique Rondeau lo autoriza a desmontar, con sus hombres. Al día siguiente se produciría la feria de ponchos, matras, piezas de plata, aguardiente, etcétera. Pero en lugar de hacer lo convenido, Calfucurá ordena a sus conas (guerreros) que de inmediato muden caballos, monten sus potros de combate y ataquen las tolderías indefensas. La matanza se produce en plena madrugada: el jefe Rondeau y sus principales lugartenientes son degollados en el lugar. Otros huyen. La mayoría de la tribu permanece en estado de shock. Después será anexada por los araucanos de Calfucurá.

El nuevo jefe habla a los vorogas: "Ha cambiado el gobierno de la pampa, porque así conviene a la voluntad de Dios. Siendo elegido por el Ser Todopoderoso para reemplazar a los perjuros Rondeau y sus hermanos, la misión se ha desempeñado con toda felicidad, con lo cual queda demostrado que todo es obra de Dios. Quiero la paz con todos mis hermanos, pues traigo de la Providencia la misión de hacer desaparecer a los culpables y unir a la familia araucana en un vasto e invencible imperio, en prueba de lo cual volaría en socorro de los caciques que se vieran amenazados por los cristianos".

Estas palabras están contenidas en un curioso manuscrito de 150 fojas que halló el profesor Estanislao Zeballos en 1879, cerca de General Acha, cuando los lanceros indios huían de las tropas del general Levalle, que eran parte de la avanzada de Roca. En efecto, aquellos hombres llevaban archivos de sus acciones y declaraciones, al tiempo que poseían sellos y papelería correspondientes a la Confederación de Salinas Grandes. 

Calfucurá mostraba un marcado carácter militar. En sus tiempos fue conocido como "el Napoleón de las Pampas". Se sumaron a sus filas, dedicadas al robo de ganados y secuestro de cautivas blancas, que eran vendidas como esclavas o utilizadas como sirvientas de cama, numerosas agrupaciones de indios pampas, y también blancos prófugos de la ley, o de las autoridades políticas. Recién a fines de 1856, las parcialidades araucanas, plenas de ganados, sin mayores sobresaltos, resuelven exigir a Calfucurá que disuelva la Confederación, para que cada cual disponga libremente de tratar y comerciar con indios y cristianos. Algunas indiadas retornan a Chile, otras al sur de los ríos Negro y Limay. Calfucurá permanece en su santuario de Salinas Grandes, con unos 800 lanceros y una cantidad imprecisa de "chusma" (esto es, población no combatiente) integrada por viejos, viejas, mujeres y niños.

Toda la carrera de Calfucurá, desde 1833 hasta 1872, es una sucesión de astutas maniobras y triunfos militares. Agrupando a capitanes de distintas parcialidades argentinas y chilenas, el cacique general asalta y saquea poblaciones argentinas de Buenos Aires, Santa Fe, San Luis, Córdoba, Mendoza, arrebatando arreos de hasta 200.000 animales, más cientos de cautivas blancas, y dejando un tendal de paisanos degollados, lanceados y casas incendiadas.

En 1872, con el propósito de vengar a las tribus de sus aliados Manuel Grande y Chipitruz, diezmadas por don Juan Catriel, indio amigo del gobierno, Calfucurá arrasa la ciudad de 25 de mayo, llevándose 150.000 cabezas de ganado y 500 cautivos. Los 6000 lanceros dejan un saldo de 300 pobladores muertos. Pero el general Ignacio Rivas, con escasas tropas y los indios amigos del cacique argentino Cipriano Catriel, se interna en el desierto, uniéndose a las fuerzas del coronel Boer, jefe de la frontera centro, en los campos de San Carlos.

Los araucanos presentan batalla frontal, que no era su fuerte. De cualquier manera, el brillante Calfucurá aún disponía de 2500 lanzas, y Rivas sólo de 600 soldados y mil lanceros de Catriel y Coliqueo (indios amigos) que resultaron la fuerza decisiva. Calfucurá fue derrotado y su gente se desbandó. Pocos meses después, el Napoleón de la Pampa moría de pena en su toldo de Chilihué ("Pequeño Chile") en Salinas Grandes. Mientras tanto, sus aliados caminaban hacia Chile, por la famosa Rastrillada de los Chilenos, para vender el botín de vacunos, caballares y lanares, que tan caro les había costado.
 Así comenzó el ocaso del imperio araucano, siete años antes de la Campaña al Desierto de Roca, en 1879.

Una vez vencidos los araucanos, Argentina y Chile resolvieron sus principales conflictos de límites, en 1881.
Algunos autores hablan de una Invasión Araucana en 1825, al consolidarse la independencia de Chile. La mayor parte de las tribus había elegido el bando realista, y luego tuvo que refugiarse en la Argentina para evitar represalias. En las crónicas de la época no figura la palabra mapuche, mencionándose muchas otras parcialidades indígenas como serranos, puelches, pampas, vorogas, ranqueles y araucanos.

Nota Final: Dijo Calfucurá de sus hermanos de sangre, los indios pampas de la Argentina: "¡No voy a dejar uno vivo!"..


Autores de referencia: R.P. Meinrado Hux, Estanislao Zeballos, Juan Carlos Walther, Alfredo Ebelot.


ROSAS Y EL 25 DE MAYO

                    

1. Discurso pronunciado por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas ante el cuerpo diplomático y autoridades,  en el fuerte del 25 de Mayo de 1836.

"¡Qué grande, señores, y qué plausible debe ser para todo argentino este día consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía popular, que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año mil ochocientos diez! ¡Y cuán glorioso es para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y una dignidad sin ejemplo! 

No para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en su desgracia. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella, y no ser arrastrados al abismo de males en que se hallaba sumida España.

Estos, señores, fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo abierto celebrado en esta ciudad en 22 de Mayo de mil ochocientos diez, cuya acta deberá grabarse en láminas de oro para honra y gloria intensa del pueblo porteño. Pero ¡ah!... ¡Quién lo hubiera creído!...Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación española y a su desgraciado Monarca: un acto que ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente como una rebelión disfrazada, por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente.

Y he aquí, señores, otra circunstancia que realza sobre manera la gloria del pueblo argentino, pues que ofendidos con tamaña ingratitud, hostigados y perseguidos de muerte por el gobierno español, perseveramos siete años en aquella noble resolución, hasta que cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin, y profunda-mente conmovidos del triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición anegada e nuestra sangre inocente con ferocidad indecible por quienes debían economizarla más que la suya propia , nos pusimos en manos de la Di-vina Providencia, y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera.

El Cielo, señores, oyó nuestras súplicas. El cielo premió aquel constante amor del orden establecido, que había excitado hasta entonces nuestro valor, avivado nuestra lealtad, y fortalecido nuestra fidelidad para no separarnos de la dependencia de los Reyes de España, a pesar de la negra ingratitud con que estaba empeñada la Corte de Madrid en asolar nuestro país. Sea pues nuestro regocijo tal cual lo manifestáis en las felicitaciones que acabáis de dirigir al gobernador por tan fausto día; pero sea renovando aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la Causa Nacional de la Federación, que ha proclamado toda la República. De esta causa popular bajo cuyos auspicios en medio de las dulzuras de la paz, de la tranquilidad, podamos dirigir nuestras alabanzas al Todo Poderoso y aclamar llenos de entusiasmo y alegría.

Viva el Veinte y Cinco de Mayo
Viva la Confederación Argentina
Mueran los Unitarios impíos.



2. Interpretación histórica
No se podrá negar que este discurso encierra una notable hermenéutica de la revolución argentina. Tal vez la más próxima a la verdad. Ella es la que mejor enlaza los destinos del país independiente, con las tradiciones del pa-sado colonial. La que mejor concilia el hecho de la emancipación, con el lealismo imperial y monárquico de nues-tro primer gobierno autónomo. La única que salva la dignidad nacional de la tacha de perfidia colectiva en la decla-ración de la independencia por los mismos hombres, sobre poco más o menos, que habían jurado lealtad a Fernando VII. Jamás el Estado argentino se pensó a sí mismo, por el órgano de uno de sus magistrados supremos, con más nobleza y racionalidad que en la alocución maya de Rosas.


3. Fuentes:
- Irazusta, Julio, Vida política de Juan Manuel a través de su correspondencia, Tomo III. La suma del poder y los conflictos exteriores 1836-1841, pág. 83. Edición corregida y aumentada. Jorge E. Llopis, Buenos Aires 1975).
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar