TAMBIÉN SOBRE BROWN, FELIPE PIGNA DIFUNDE ERRORES

INSTITUTO NACIONAL BROWNIANO


"Bouchard, el corsario de la Patria"
Por Felipe Pigna.

La comisión de Estudios Históricos ha analizado el texto de “Bouchard, el corsario de la patria”, de Felipe Pigna; considera que deben señalarse los siguientes errores históricos y pone al alcance de los interesados la bibliografía correspondiente.

1.- El reglamento español de Corso de 1801, no fue un “mamotreto” como escribe Pigna, sino “una completa legislación de larga aplicación en el Plata a partir de mayo de 1810” – Ver Rodríguez – Arguindeguy: El corso rioplatense, página 53.

2.- El hermano de Guillermo Brown, integrante de la expedición corsaria al Pacífico, se llamaba Miguel y no Luis como figura en dos oportunidades en el texto, lo que no es error de imprenta sino del autor.

3.- Felipe Pigna menciona al duque de Florida Blanca como Gobernador de Guayaquil y a su sobrina, la condesa de Camargo, ambos prisioneros en la fragata “Consecuencia”, nombres que no figuran en la Bibliografía responsable. En “Guillermo Brown. Apostillas a su vida” y en “El Corso rioplatense” de P. Arguindeguy y H. Rodríguez, páginas 111 y 177 respectivamente, leemos la lista de prisioneros de la fragata “Consecuencia”: (...) se hallan a bordo actualmente de la fragata Comandante nombrada el Hércules: Señor Brigadier D. Manuel de Mendiburu, Señor D. León Altolaguirre de la Orden de Carlos III, Intendente de Provincia y Contador Mayor del Real Tribunal de Cuentas de Lima; Señor D. Andrés Ximenes, juez subdelegado de la Provincia de Jauja; Señor José Antonio Navarrete, Diputado que fue en Cortes de la Provincia de Piura y hoy electo Fiscal de la Real Audiencia de Chile; Señor D. Francisco Iriarte, Teniente Coronel del Real Cuerpo de Ingenieros, destinado al Virreinatos del Perú, Manuel de Mendiburu era el Gobernador designado para Guayaquil. En ninguno de los textos se lo menciona como duque de Florida Blanca y menos aún figura la condesa de Camargo entre los prisioneros.

4.- Guillermo Brown no usó el pabellón nacional como poncho o chalina como se observa en los dibujos del libro sino que, como leemos en las “Memorias del Almirante Brown”, publicación de la Comisión Nacional de Homenaje al Almirante Brown en el centenario de su muerte, habiendo perdido todo la ropa en el saqueo, el comodoro Brown se vio obligado, para ir a tierra, a envolverse, nada menos que en el pabellón patriota que encontró en cubierta” – página 52.

5.- En cuanto el trato que recibió Brown, al que el dibujante representa en una celda, sentado en el suelo, leemos en su “Memoria” escrita en 3° persona, “Desde la playa donde el gobernador permanecía a caballo (...) fue conducido a la guardia por algunos oficiales de confianza y principales habitantes de la ciudad. Inmediatamente se le remitieron ropas y el Gobernador le invitó a comer. La calma que desplegó ante tal revés de fortuna, le mereció el respeto de todos los que se hallaban allí reunidos, así como la temeraria intrepidez que demostrara muy poco antes, había excitado su admiración, sobre todo la del Gobernador y del Obispo, quienes lo cumplimentaron de la manera más honrosa”, página 52.

En cuanto a los demás prisioneros, dice el Almirante: “Los oficiales y tripulación restantes fueron confinados con menos restricciones y el pueblo, al conversar con los prisioneros, se dio cuenta de la naturaleza de la revolución y del objeto de la expedición y deploró sobremanera haber cooperado en la defensa de la ciudad.” Página 53.

6.- Pigna describe un ataque demoledor a la ciudad por Bouchard y su tripulación quienes, por las armas, obligan a las autoridades, tras someterlas en la residencia oficial, a liberar a los prisioneros y especialmente, al Almirante Brown. La documentación histórica establece, sin dar lugar a dudas, que esa liberación se logró por tratativas entre Miguel Brown y Vasco Pascual.

Leemos en la “Memoria” del Almirante Brown: “Tan pronto como la pérdida del “Trinidad” se supo en la escuadrilla que estaba todavía en La Puna, la Hércules que había quedado al mando del capitán Miguel Brown y el Halcón zarparon y procedieron a remontar el río, resueltos a destruir la ciudad, si su jefe y compañeros de armas no eran tratados como prisioneros de guerra. Antes de que ellos estuvieran a la vista, el Gobernador despachó un parlamento proponiendo canje de prisioneros con tal de que retrocedieran a determinado punto. Esta propuesta se debió, evidentemente, al temor de que se alzaran los criollos y la negociación terminó en un intercambio de prisioneros a satisfacción de ambas partes”. Página 52.

En la carta de Guillermo Brown a su hermano Miguel y a Walter Chitty leemos: “Queridos Walter y Miguel: me hallo prisionero sin lesión en mi persona. El Gobernador es un hombre de un espíritu amable y militar. Ustedes no tratarán de subir; antes al contrario se retirarán. Yo he propuesto desechar a todos los prisioneros en tierra si me dan libertad pero temo no lograrlo. Yo he dicho que ustedes no se quedarán más que dos o tres días y que seguirán con sus prisioneros a Buenos Aires abandonándome a mi suerte (...). Página 111.

7.- Lenguaje inadecuado en un texto que pretende ser escrito para escolares. Nuestro idioma posee un riquísimo material sin necesidad de utilizar expresiones procaces que desvirtúan la finalidad educativa de la obra.

8.- Tras Guayaquil, Buenaventura y Galápagos Brown navegó hacia el Atlántico por la ruta del Cabo de Hornos. Noticias sobre la presencia portuguesa en el Plata, lo obligaron a dirigirse a la isla Barbados para reparar su nave. La insidiosa intervención del capitán Stirling lo llevó a la Antigua donde fue juzgado por la Corte del Adelantazgo local.

Estos hechos aclaran que Brown no continuó la guerra de Corso en las Antillas como especifica Pigna.
Ver: Apostillas ..., ob.cit. Página 111 y Ratto; ob.cit, Página 120.

9.- El lugre mencionado como San José se denominaba Neptuno.

10.- Bouchard fue muy severo en su propiedad económica peruana, pero ello no debe llevar al lector al concepto de inhumanidad. No puede presentarse su imagen con trabajadores encadenados y engrillados como en épocas de dura esclavitud, sobre todo en un trabajo para escolares fácilmente influenciables.

La Comisión de Estudios Históricos no recomienda la difusión de este texto como bibliografía a nivel escolar.

(Publicado en la página www.inb.gov.ar )






SAN MARTÍN, DOS VECES TRAICIONADO DESDE LA HISTORIA



 Pablo Yurman



El 28 de julio de 1821 se declaraba, en Lima, la independencia del Perú, designándose al General José de San Martín Protector de su pueblo.

Resuenan aún en mis oídos las esclarecedoras palabras del pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, fallecido hace pocos años, quien al sintetizar el proceso histórico de emancipación política de las ex colonias españolas decía más o menos lo que sigue: “Con el colapso definitivo del Imperio Español, abiertos los procesos emancipatorios desde México a Chile y Argentina, hubo dos grandes líneas: la que liderarían, entre nosotros, José Gervasio de Artigas y José de San Martín, que apostó siempre a mantener la unidad de las ex colonias para formar una Patria Grande que no se desmembrara en minúsculos estados insignificantes; y otra, la comandada por Carlos María de Alvear y luego por Bernardino Rivadavia, que siguiendo dócilmente los dictados del Foreign Office apostó a pequeñas unidades políticas ligadas al comercio de los puertos del continente.”

En efecto, puede afirmarse que aquel 28 de julio fue casi la culminación del plan geoestratégico que San Martín, en combinación con Bolívar desde el norte, había ideado años antes: liberar las distintas ex colonias pero no para formar luego micro-estados, o como decía Methol Ferré, estados enanos que nada o muy poco podrían hacer ante la nueva potencia hegemónica mundial, es decir, Inglaterra, dueña de océanos y en avanzado proceso de industrialización. San Martín veía claramente lo que los unitarios porteños con su cortedad parroquiana no podían o no querían apreciar.

Seguramente por tal visión continental de conjunto, con base en diversas realidades políticas pero que habrían de formar una Patria Grande que conservara la unidad tras el colapso español, el ejército que cruzó Los Andes no fue un ejército nacional argentino, sino que se lo llamó, precisamente, Ejército de los Andes, teniendo por bandera no el pabellón de uno de los países a liberar primero para federar luego, sino un estandarte propio, capaz de cobijar a todos los pueblos americanos.

Esa misma visión continental es la que, si se me permite la extrapolación cronológica, yendo contracorriente inspiraría al Presidente peruano Fernando Belaúnde Terry a intervenir decididamente, como si de una reciprocidad con 1821 se tratara, a favor de la Argentina en pleno conflicto con Inglaterra y contra la OTAN en 1982, gesto que dice mucho, muchísimo, sobre la hidalguía con la que los peruanos siempre se han tomado los vínculos históricos que hermanan ambos pueblos, pese a que nuestra diplomacia no haya demostrado estar siempre a esa misma altura.

DOBLE MANIPULACIÓN HISTÓRICA

Derrotado definitivamente el proyecto de integración continental y triunfante la mirada atomizadora, que en Argentina se dio definitivamente a partir de la batalla de Pavón de 1861, era inevitable que la figura del Padre de la Patria se presentara de manera parcial y mezquina a las futuras generaciones, siendo la “Historia de San Martín” de Bartolomé Mitre paradigma de lo antes afirmado. Vino luego el revisionismo de primera generación a intentar corregir esos defectos, a través de una vasta bibliografía que no hace al presente trabajo aquí citar, y ahora, con el post-revisionismo, se corre el riesgo cierto de caer en una nueva manipulación, tal como la que consciente o inconscientemente realiza Norberto Galasso en su obra “Seamos libres, que lo demás no importa nada”, texto que inspiró el guión de la producción fílmica gubernamental llevada a la pantalla grande poco tiempo atrás.

Galasso, pese a su acierto en reafirmar la visión continentalista que atribuye documentadamente al Libertador, la cual no es, ciertamente, originaria del nombrado, se manca por otro costado no menos importante, incurriendo así en una suerte de “mitrismo” a la inversa, intentado presentar un San Martín “progre” y anticatólico infiriendo dicho autor poco menos que si aquél viviera entre nosotros podría confundírselo en una marcha por la legalización del aborto o que bien podría haber elegido como lugartenientes para sus campañas a Alex Freyre (plantitas incluidas) y los activistas de la FLGBT. Se parece mucho al viejo truco mitrista de pretender apropiarse del héroe mítico, del icono colectivo por antonomasia, para convalidar desde ese sitial las preferencias ideológicas actuales.

Pero al igual que la historia oficial fundada por Mitre, este pseudo-revisionismo de ceño adusto y en clave deprimente que pareciera representar Galasso, incurre en una falsificación, menos grosera y ramplona que aquella, pero falsificación al fin. Si Mitre presentó un San Martín como genio militar pero lavado en términos políticos, que no habría tenido nunca definiciones respecto de los actores políticos nacionales, Galasso en cambio nos ofrece un San Martín abanderado del liberalismo político y, fundamentalmente, cultural dispuesto a desmontar uno por uno los valores y costumbres identitarios de los pueblos iberoamericanos, un quijote volteriano cuyo combustible habría sido, siguiendo ese revisionismo en su lógica sesgada e interesada, dirimir más una contienda entre “progresistas” y “oscurantistas” que la que realmente se libró entre, por un lado, disgregacionistas funcionales a Gran Bretaña y, por otra parte, americanistas en defensa de la unidad política de las ex colonias.

En su ya mencionado libro, Galasso incurre, sin perjuicio de su gran acierto en desbaratar al San Martín a-político y padre de una nacionalidad sólo argentina, tal como nos fuera presentado por Mitre, en contradicciones, o inferencias que obedecen acaso más a un deseo por apropiarse del Libertador para justificar preferencias ideológicas actuales, pero que carecen de adecuada documentación que las convalide.

Así, respecto de la afinidad entre el prócer y los caudillos federales que durante la década de 1820 se opondrían tenazmente a las ideas rivadavianas, nos dice: “Esta confluencia de los caudillos federales alrededor del General parece residir en que hallen en él una política nacional progresista y popular que cada uno de ellos, por sí solos, no alcanzan a formular. En este sentido conviene recordar las apreciaciones de Enrique Rivera, quien señala que los caudillos federales de las provincias interiores desarrollaron, frente a la prepotencia oligárquica porteña, una política defensiva, dirigida a proteger intereses locales que, incluso, a menudo recurría a formulaciones ideológicas reaccionarias, como lo sería, por ejemplo, el ‘Religión o muerte’  levantado en un momento por Facundo. Atacados por el librecambio porteño, que desintegra sus modestas economías -liquidando artesanías y gérmenes de manufacturas- así como por el monopolio de la aduana por parte de la oligarquía de Buenos Aires que le quitan medios de financiación, las provincias reaccionan con enorme debilidad y primitivismo.”

La afirmación de que los caudillos se referenciaban en San Martín por hallar en él una política que además de nacional y popular fuera “progresista” (con todo lo ambiguo de este último término) corre por cuenta del autor citado toda vez que tal palabra ni siquiera era parte del léxico de la época, aunque se vislumbra que la extrapolación no resulta ingenua por el sentido que dicho término tiene en la actualidad.

Pero quizás lo más de fondo en el planteo sea, por un lado, considerar “primitivismo” (lo que por cierto nada tiene que envidiarle a Sarmiento y Mitre) la defensa de los valores religiosos que eran expresión genuina de un pueblo que sabía que la independencia política de España no suponía desvincularse de las tradiciones y, por otro lado, omitir en el análisis que la reacción provincial, con obedecer a causas políticas (el unitarismo de las constituciones de 1819 y 1826, rechazadas airadamente por las provincias) y económicas vinculadas al librecambio preconizado desde el puerto de Buenos Aires (sustituido por Rosas en 1835 con la ley de aduana que fue aplaudida en el interior) no quedaba sólo en esos aspectos. En efecto, la bandera de Quiroga y sus gauchos, es decir, del pueblo, que rezaba “Religión o muerte” no se levantó sólo por redistribución de renta pública o por una constitución escrita más o menos federal o unitaria, sino en reacción contra la politica laicista desarrollada por Rivadavia y su círculo volteriano de amigos, primero en el ámbito de la provincia de Buenos Aires y luego con pretensiones de extenderla a todo el país.

Por ello, la visión de Galasso según la cual nos ofrece un San Martín, con visión continental, sí, pero liberal o “progresista” no logra explicar por qué motivos entonces no existe un solo documento firmado por él en el que avalara explícitamente las políticas de Rivadavia en temas tan sensibles y de tanta trascendencia estratégica, campo en el que, como en el militar, también se libraba y se seguiría librando una batalla contra el enemigo.

Al respecto, cabe recordar que en carta dirigida por San Martín a O’Higgins, luego del derrocamiento y fusilamiento de Manuel Dorrego, se lee con total claridad: “Por otra parte, los autores del movimiento de diciembre, son Rivadavia y sus satélites y a Ud. le constan los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo al país, sino al resto de América con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honra ha sufrido de estos hombres, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado.” Es difícil encontrar en la correspondencia del héroe conceptos tan fuertes dirigidos a destinatarios con nombre y apellido. El prestigio y la coherencia de vida del Libertador confieren a sus expresiones el valor de una trascendental definición.

Menos aún explica Galasso que cuando tras la firma del Pacto Federal de 1831, y su adhesión por parte del resto de las provincias, se iniciara entre nosotros la experiencia confederal, delegando las provincias en Juan Manuel de Rosas el manejo de las relaciones exteriores, no hubiera ocultado San Martín desde Europa su constante adhesión a la política llevada a cabo por el Restaurador, fundamentalmente en lo que a la defensa de la soberanía territorial refiere, teniendo un gesto que para un militar de sus quilates constituye un símbolo que ahorra miles de párrafos: legarle a Rosas nada menos que el sable que lo acompañó durante la guerra de la independencia. Salvo que Galasso lo atribuya, como hizo Sarmiento, a una “chochera” sanmartiniana.

Acaso José Pablo Feinmann interprete fielmente el sentido más profundo que el federalismo asumiría con Rosas, con estas palabras: “Crearlo todo de nuevo proponía Rosas. Crearlo todo, era la tarea de Alberdi. Y en eso de nuevo que exige el caudillo y omite el escritor, está la secreta causa que los llevó a enfrentarse. Porque crearlo todo de nuevo no es crearlo todo sino restaurarlo todo (…). El fracaso del unitarismo había terminado por aclararle las cosas a Rosas. Los ‘doctores’, dedujo, no entendían nada. Obtenida esta certeza su aplicada lectura de los hechos le hizo concebir la idea de fortalecer las estructuras tradicionales del país (…). Aún estaba fuerte el recuerdo de Rivadavia. El laicismo impuesto por las exigencias inglesas, la Constitución antipopular, los empréstitos y el liberalismo ruinoso para las provincias. Para acabar con eso y, más aún, para erigir al país como una entidad autónoma, era necesario reconquistar una nacionalidad amenazada por un doble frente externo e interno. Y nada de proponerse buscar esa nacionalidad en Mayo, pues no era allí donde estaba, sino en las profundas y lejanas creaciones del pueblo: en sus instituciones jurídicas, en sus modalidades idiomáticas, artísticas y técnicas. No se trataba aquí de algo surgido apenas veintisiete años atrás, sino de una pretérita cultura de siglo. El españolismo de Rosas, que muchos liberales de izquierda y de derecha han entendido como restauración de la colonia, feudalismo o meramente barbarie, significa la clara percepción de un problema político: desligar a un pueblo de su pasado es debilitarlo como nación.”

UN CONDUCTOR CONSUSTANCIADO CON SU PUEBLO

Pero, ya que tocamos ese tema que constituye un clásico histórico entre nosotros y que vincula a caudillos y pueblos que ven en ellos la encarnación de sus anhelos colectivos, Galasso también opina lo siguiente: “…no bien aparece Juan Manuel de Rosas como importante figura de nuestras luchas políticas, San Martín lo observa con expectación, suponiendo que ese estanciero con poder económico y militar podría jugar un rol decisivo como fuerza integradora. Así, por lo menos, lo ve hacia 1830. Pero, al mismo tiempo, su liberalismo se disgusta ante la carga de valores tradicionales que sustenta el futuro Restaurador, especialmente en lo que se refiere al tema religioso.”

Decíamos más arriba que acaso el neo-revisionismo de nuevo cuño se asemeje al mitrismo histórico en esto de intentar acomodar los héroes del pasado a las preferencias políticas que se tienen.

Detengámonos un poco en el párrafo transcripto: en primer lugar, San Martín, y no sólo en base a lo ya dicho sobre su sable de militar, sino a partir de abundante correspondencia epistolar, no se limitaría a observar a la distancia la política rosista, sino que la aplaudiría en cuanta ocasión se le presentara. En todo caso, la expectativa de 1830 mutaría en decidido apoyo en los años posteriores.

En segundo lugar, el alegado “disgusto” del “progresista” Libertador ante la política de restauración en materia de moral pública (”temas religiosos” según Galasso) llevada a cabo por Rosas es, a lo sumo, una conjetura del autor citado, no convalidada con carta o nota alguna firmada por la pluma de San Martín. Acaso el disgusto acerca de esa temática, omnipresente en su obra ciertamente, corresponda a Galasso, y no tanto a San Martín. Y de nada sirve que el historiador abunde relatando actos ejecutivos llevados a cabo por San Martín una vez instalado en el gobierno de Lima destituyendo frailes o apercibiendo a algún que otro obispo del lugar, puesto que ello obedeció más a que la Iglesia se había vuelto rehén del Estado Español, es decir, regalista, en el último siglo, bajo el gobierno de los borbones. Ergo, tratándose de una Revolución, aquél que estuviera con el enemigo, fuese laico o sacerdote, podría ser tratado como un traidor a la causa de América, como efectivamente hizo San Martín. Pero eso no lo vuelve anticatólico. Semejante deducción sería como afirmar que Carlos V era también anticatólico porque sus tropas entraron a sangre y fuego en Roma en el famoso Gran Sacco de mayo de 1527. En ambos casos se trataba de disputas políticas y no religiosas de fondo.

Volviendo a San Martín, es posible afirmar que su visión de conjunto le permitiera vislumbrar, al decir de Feinmann, que cortar las raíces culturales de los pueblos fuese una forma más, junto con la militar y económica, de debilitarlo como nación.

Alejandro Pandra matiza recordándonos una anécdota que vincula a Belgrano con San Martín diciendo que “en carta a San Martín de 1814, el creador de la bandera aconsejaba: ‘Son muy respetables las preocupaciones de los pueblos, y mucho más aquellas que se apoyan, por poco que sea, en cosa que huela a religión. [...] La guerra no la ha de hacer usted allí [en el interior] con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes morales cristianas y religiosas. [...] Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico romano; cele usted de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto en cuanto diga nuestra santa religión; tenga presente no sólo a los generales del pueblo de Israel sino a los gentiles, y al gran Julio César que jamás dejó de invocar a los dioses inmortales’”

¿Fue lo de San Martín genuino o impostado en cuestiones como las que aquí analizamos? Las fuentes ideológicas que alimentaban y los intereses a quienes resultaban funcionales sus enemigos declarados por una parte, pero también la conducta que asumiría a lo largo de su carrera y vida, por otro lado, parecieran sugerir que lo suyo estaba guiado por un genuino convencimiento más que por mero cálculo o interés. Algunos ejemplos que confirman tal aseveración, entre muchos otros pero que se omiten para no aburrir al lector.

En vísperas de enfrentar acaso su mayor desafío como estratega militar que fue el cruce de Los Andes, habiendo establecido su campamento en El Plumerillo en las afueras de la ciudad de Mendoza, conciente de la disciplina y destreza que debían demostrar sus granaderos, el Libertador no descuidó la moral de su tropa. Se ha dicho que “Algunos días se hacían simulacros de combate y guerrillas, para acostumbrar al soldado a estar preparado para esos actos. Por la tarde volvía a comenzar el ejercicio de armas y de maniobras, hasta la oración, en que se pasaba lista, se rezaba el Rosario a la retreta, y entonces solamente iban a descansar.”

Según el historiador Pueyrredón, San Martín dio al ejército un cuaderno de leyes penales escrito por él mismo, de las que sólo se han conservado el principio y el fin, como se puede apreciar en el fragmento que sigue:

“LEYES PENALES DEL EJÉRCITO DE LOS ANDES PARA LEER EN LOS CUERPOS A LA TROPA; La Patria no

hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de esta ventaja, ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene.

La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta, cuando es creada para conservar el bueno orden de los pueblos, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al Gobierno para ejecutarlas y hacerse respetar de los malvados, que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares.

A proporción de estos grandes fines se dictaron las penas para sus delitos; y para que ninguno alegue ignorancia, se manda notificar a los cuerpos en los términos siguientes:

Art. 1º - Todo el que blasfemase contra el Santo Nombre de Dios, etc…

Las penas aquí establecidas y las que se dictasen según la ley serán aplicadas irremisiblemente: sea honrado el que no quiera sufrirlas: la Patria no es abrigadora de crímenes. Cuartel General en Mendoza: José de San Martín”.

En lo que son las ruinas de la antigua Iglesia Matriz de la ciudad de Mendoza, se lee que allí mismo “el 5 de enero de 1817, frente a esta iglesia, se alzó el altar con la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, donde San Martín la proclamó ‘Patrona y Generala del Ejército de los Andes’. En el acto litúrgico se bendijo a la Bandera del Ejército de los Andes y el bastón de mando.”

Asimismo, al ingresar al atrio del famoso Convento de San Carlos, en la ciudad de San Lorenzo, Provincia de Santa Fe, en una enorme placa de mármol se reproduce parte de la carta enviada al prior del convento tras el Combate que tuviera lugar el 3 de febrero de 1813 y que constituyera el bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos a Caballo por él creado. En esa carta el Libertador expresa su profunda gratitud a toda la comunidad franciscana no sólo por la ayuda que le prestara antes del combate sino también con posterioridad, fundamentalmente en lo que refiere a la atención de los heridos y las exequias por los muertos de ambos bandos. Esa carta, para quien la lea con un mínimo de objetividad, trasunta reconocimiento sincero, lo que no se condice, lamentablemente, con el guión de la película “San Martín: el combate de San Lorenzo” de 2008, que presenta un héroe recelando permanentemente del los frailes por sospecharlos en connivencia con el enemigo. Un desatino completo, a juzgar por la misiva a la que se hiciera referencia.

Por su parte, Cayetano Bruno nos ilustra documentadamente que San Martín tomó muy en serio la preparación espiritual de su tropa, citando una carta dirigida por él al Secretario de Guerra del Directorio, Marcos González Balcarce, en la que expresa: “se hace ya sensible la falta de un vicario castrense que, contraído por su carácter al servicio exclusivo del ejército, se halle éste mejor atendido en sus necesidades espirituales y religiosas… Conforme a ello, propongo para el vicario general castrense el Pbro. Dr. José Lorenzo Güiraldes. Este eclesiástico, que al buen desempeño de su ministerio reúne un patriotismo decidido, ejercerá aquel con la piedad y circunspección apetecibles.”

En síntesis, lo emblemático de la figura de San Martín constituye acaso siempre una tentación para acomodarla según las preferencias ideológicas del momento. Está muy bien abundar en lecturas históricas y escribir sobre historia, pero acaso ayude a comprender mejor la misma el tomar contacto directo con los sitios en los que la historia tuvo lugar, para así tener la oportunidad de, con tan sólo leer una placa, advertir posibles tergiversaciones de la misma.

Pablo Yurman
[Profesor Adjunto de la Cátedra de Historia Constitucional Argentina, Facultad de Derecho, Universidad Nacional de Rosario. Texto publicado en Pensamiento Nacional]



12 DE AGOSTO




Antonio Caponnetto


Hoy la ciudad acampa en su ribera,
el viento del sudeste empuja al río,
trazando orillas que no son de agua.

Albión está encallada en un estuario
que la cartografía de los mares
da por perdido al sur, ignoto y frío.

Sopla el invierno su canción helada,
rastro del mediodía, racha dura,
aire que no perdona al forastero.

Hoy es el día en la ciudad signada.

Bofarrul arengaba a los Miñones,
Juan Gutiérrez plegaba su velamen,
el polvorín de Alzaga está inquieto
y las anclas del bárbaro navío
yacen hundidas en la tierra infértil.

Los riachos del Tigre o San Isidro,
la Chacarita de los Colegiales,
o en Luján, los Corrales o en Olivos,
donde pasa Liniers todos lo aclaman

El ultimátum ya arribó hasta el Fuerte,
la mirada de Beresford se apaga:
“¿Cómo han llegado allí, de las orillas,
armados de trabucos antañones?
¿Quiénes son estos hombres de a caballo,
de a pie, de a puño limpio,o poncho al brazo?
¿De qué cuartel salen mujeres, chicos,
viejos, caudillos,veteranos, frailes,
en qué Academia las terrazas lanzan
aceite hirviendo, piedras o guijarros?
¿Qué táctica es aquella de facones,
de relinchos,caronas y cabestros?
¿Cuándo enseñó el Liceo entre sus aulas
que una reja es puñal o carabina,
cuándo se vio el repique de badajos
animando el coraje de plegarias?”

A bayoneta y paso de carrera
otra vez Bofarrul se abre camino
entre dos centenares de invasores.
Y Liniers en vanguardia, sable enhiesto,
en las calles, la plaza, la recova,
en el pórtico antiguo del santuario,
multiplicando esfuerzos y victorias.
Tres balas condecoran su uniforme,
él escucha un clamor: “¡avance, avance!”
Su nombre y su destino eran Santiago.

Las murallas del Fuerte por asalto,
el puente levadizo que se tumba,
el mástil rojo y gualda, nuevamente,
desfila la derrota, silenciosa.

Hoy es el día en la ciudad signada,
un día medieval, templario, andante.
Santa María de la Reconquista
se llama desde entonces Buenos Aires.



EFRAÍN U. BISCHOFF


El Foro Sanmartiniano comparte el pesar por el fallecimiento de este destacado cordobés, que nos abandona, físicamente, poco antes de cumplir 101 años de una vida dedicada al estudio y difusión del pasado argentino. Era miembro de número de la Academia Sanmartiniana, y miembro correspondiente de la Academia Argentina de la Historia.
A modo de modesto homenaje, agregamos dos antecedentes detallados en un diario de la fecha.
Don Efraín, descanse en paz.





Publicaciones

Ocho décadas de escritura
La vastedad de los textos escritos durante su vida por Efraín U. Bischoff dificulta la tarea de realizar un recuento exacto de sus libros, artículos periodísticos y obras teatrales y radiofónicas. De todas maneras y a grandes rasgos, se estima que, considerados en forma individual, se trató de casi medio millar de trabajos.

Entre sus libros, se destaca como un texto imprescindible de consulta y estudio Historia de Córdoba, que alcanzó su quinta edición (apareció por primera vez en 1969). Otras obras de relevancia son: Historia de los barrios de Córdoba (1986), Barullos en el Monserrat (1988), La Córdoba que vio el Libertador (1948), La Córdoba de antaño (1949), El General San Martín en Córdoba (1950), El cura Brochero (1953), Lecciones de historia de Córdoba (1961) y Tres siglos de teatro en Córdoba 1600-1900 (1961).
También, Córdoba y el tango. Crónica de un azaroso fervor (1966), Los jesuitas y Córdoba (1968), Historia general del periodismo y del periodismo argentino (1975), La Revolución de Mayo y el interior (1978), La Inquisición en Córdoba (1992) y Las avispas de El Panal (1996).

Las obras teatrales, son más de 40, escritas desde 1932. Se destacan Cuando cantan las guitarras (1932), Como la flor del aire (1936), Las mujeres son del Diablo (1938), El guarda 510 (1940), Millonario de ocasión (1940) y La fundación de Córdoba (1980).

También fue importante su producción en obras de radioteatro, ya que por casi 40 años se pusieron al aire más de un millar de capítulos de su autoría. Se trató de capítulos unitarios y de novelas de un mes de duración. Algunos de los títulos son: Rufo, el cantor (1932), Con los jazmines en flor (1934), El romance de Elisa Brown (1935), Sueño de amor (1940), El resplandor de la sangre (1952), Paralelo 32 (1953), El hombre que amaba a las nubes (1954), Una rosa en la pared (1954), La estatua de cristal (1955), El desierto no perdona (1956) y El hijo e’ la Juana (1956), entre muchos otros.

Son innumerables sus artículos para medios como La Voz del Interior, Los Principios y Comercio y Justicia, donde el miércoles se publicó su última nota y al final pidió disculpas por los errores.


Distinciones y premios

Logró el Primer Premio Provincial de Periodistas Cordobeses, en 1951; Segundo Premio Provincial de Literatura, en 1950. Accedería al máximo galardón de este mismo premio en 1952 por su novela Los esclavos no saben morir y lo repetiría en 1953 por Y tendréis un león en vuestra casa.

Fue Premio Universidad Nacional de Córdoba en el Año Sanmartiniano por su libro Córdoba y la Campaña de los Andes; Primer Premio Año Sanmartiniano de la Caja Popular de Ahorro de Córdoba, en 1950, por el libro La Batalla de Maipú y Córdoba; Premio en Concurso del Círculo de la Prensa de Buenos Aires Pérez Companc, en 1971, por Carta para un aniversario, y Premio Adepa por Historia de cuatro siglos de Córdoba (1974).

Logró el Segundo Premio Nacional por Diario cordobés de la Independencia (1966); Premio Soaje Echagüe por la investigación histórica y su labor en la UNC; Premio Jerónimo Luis de Cabrera, otorgado por la Municipalidad de Córdoba (1994); diploma al mérito en Historia de la Fundación Konex (1994); y plaqueta Enrique García Velloso, de Argentores, por su labor autoral.

El 21 de marzo de 1995 fue declarado Ciudadano Ilustre de Córdoba por el Concejo Deliberante de la Capital. Fue elegido entre las 100 mejores figuras de la última década de las letras argentinas. El 10 de junio de 2003, recibió el título de doctor honoris causa de la UNC, entre otros.


La Voz del Interior, 8-8-13

Investigación histórica



         Quesada y su método histórico-hermenéutico


                                                                     Alberto Buela

Cuando Ernesto Quesada (1858-1934) publica en 1893 su pequeño libro La Decapitación de Acha: El historiador Saldías y el General Pacheco y  continúa luego con una serie de monografías publicadas en los folletines del diario El Tiempo(en junio y julio de 1896); en la revista La Quincena de 1897 y en la Revista Nacional (1896), y en 1898 La Época de Rosas, no pensó que iba a producir el cambio metodológico más significativo en la ciencias del espíritu en esta parte del mundo.

Todos estos trabajos, junto a otros, fueron reunidos en una sola obra titulada La Epoca de Rosas publicada en una primera edición de 1926, que consta de cinco volúmenes: Lamadrid y la liga del norte (1840), el primero; Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado, después; Pacheco y la campaña de Cuyo (1841), el tercero; Acha y la batalla de Angaco y el quinto Los Unitarios y la traición a la patria.
Como en el ordenamiento de estos volúmenes se siguió un criterio cronológico, el opúsculo sobre la época de Rosas que presta el título a la obra se encuentra incluido en este último volumen. Y su introducción, que es a todos los tomos, se colocó aquí, al final y no al principio como podría esperarse. Quesada lo explica. El primer volumen en editarse fue el quinto y no el primero. Lo más probable es que el editor haya hecho prevalecer su criterio comercial pensando que se podría vender más y mejor una obra con el título de Rosas que una sobre Lamadrid, Lavalle, Pacheco o Acha. Así comprando el primer volumen quedaban enganchados los futuros compradores de los otros.
Lo cierto es que en la Introducción a la Epoca de Rosas  es en el único lugar donde Quesada habla de los instrumentos teóricos y metodológicos de que se valió para su tarea, que en este caso se desarrolla en el domino histórico.

En un trabajo titulado Historia y Memoria nacional, comunicación al primer Congreso europeo de latinoamericanistas (Salamanca, junio 1996) sosteníamos: “La historia revisionista, como su nombre lo indica, es la que revisa la historia oficial, transformándose en su contrapartida.
Esta corriente se inicia con la reivindicación de la figura de Juan Manuel de Rosas y tiene como antecedentes a Manuel Bilbao y su “Historia de Rosas”(1872) y a Adolfo Saldías con “Historia de la Confederación Argentina”(1892). Pero el revisionismo como corriente historiográfica nace con el trabajo de Ernesto Quesada “La época de Rosas”(1898), que es cuando por primera vez se denunció la necesidad de superar el método lineal-positivista de la historiografía liberal. Tanto Bilbao como Saldías tienen un propósito reivindicatorio, pero su método histórico es el liberal, pues “ninguno de los dos consiguió desaferrarse de la sujeción estricta a la letra escrita”(1), en cambio Quesada establece la diferencia metodológica entre la explicación liberal-positivista y la comprensión histórico -hermenéutica. De modo que el aporte de la corriente revisionista no se agota en lo reivindicativo sino que se extiende a lo metodológico”(2).

En este trabajo buscaremos fundamentar esta afirmación.
En primer lugar cabe destacar que la Introducción y los capítulos I y II, fueron escritos entre 1896 y 1897, época temprana en el desarrollo intelectual de Quesada, habida cuenta que hasta entonces solo había trabajado sobre una sola monografía histórica (La decapitación de Acha) y, sí, varios temas de derecho (Sobre quiebras, Unificación de la deuda Argentina, Impuesto a la renta, La cuestión social y la Iglesia, Derecho de gracia), pues su título era de abogado.

La segunda época de Quesada se inaugura con el descubrimiento del controvertido pensador Oswald Spengler(1880-1936) autor de la renombrada, en su época,  Decadencia de Occidente (1918-1922) que como hace notar Horacio Cagni “ Aún no había aparecido el tomo II de la Decadencia cuando el Dr. Ernesto Quesada, antes que en ningún otro lugar del mundo fuera de Alemania, dedicaba el entero año 1921 a la “sociología relativista spengleriana”, cuarenta y cuatro conferencias dictadas en su cátedra de las Universidades de Buenos Aires y La Plata”(3).
 Y a partir de este momento los trabajos sobre el pensador alemán ocupan todo su interés intelectual: La sociología relativista  spengleriana(1921); La nueva doctrina sociológica (1922); La evolución sociológica del derecho según la doctrina spengleriana(1923); La evolución del derecho público según la doctrina spengleriana(1924); Spengler en el movimiento intelectual contemporáneo(1926).

Volviendo a nuestro tema, Ernesto Quesada comienza su Introducción afirmando: “La época más oscura y compleja de la historia argentina es, sin duda, la de Rosas”. El estudio de esta época lo apasiona en razón misma de los obstáculos que hay que vencer: a) avalancha de escritos de todas formas y lugares de parte de los unitarios enemigos de Rosas, y b) y solo la escueta información oficial del gobierno de Rosas.
Su lema es entonces el festina lente que aconsejaban los antepasados. Esto es, “apresurar con calma”, o “presuroso con circunspección”. En una palabra, obrar con máxima prudencia pero actuar rápido.
Y viene acá el meollo de su método: “ publicar fragmentariamente el resultado de la investigación en tal o cual punto o faz de la cuestión (festina), procurando así provocar la rectificación, aclaración o complemento eventual (lente), por parte de cualquiera de los que tengan posibilidad de hacerlo. Sea por conservar vivaces aún los recuerdos de cerca de un siglo entero, sea por poseer papeles o documentos que puedan arrojar vivísima luz sobre lo que parece, a primera vista, inexplicable”.
No es necesario ser un genio para darse cuenta que este método, el festina lente, al exigir la descripción del fenómeno (publicar fragmentariamente el resultado) y  reclamar la verificación intersubjetiva (provocar la rectificación o aclaración) de la investigación realizada, está más cerca del método fenomenológico de Husserl y del historicismo de Dilthey, que del positivismo de Comte o Spencer.

El estudio de la historia deja de tener por objeto formular leyes y preveer el futuro sino que busca comprender las intencionalidades que produjeron los hechos a través de un análisis de los vínculos de significación. Los historiadores a partir de Quesada buscaran hallar “las conexiones intencionales (significativas) teleológicas”, en lograda expresión de Franz Brentano y que incansablemente repitiera Pérez Amuchástegui desde su  cátedra de Introducción a la historia en la Universidad de Buenos Aires.     
Ya no es como en Saldías o Bilbao el método de “sujeción estricta a la letra escrita del documento”, según la sagaz observación del mencionado Amuchástegui.
Quesada le agrega y exige la hermenéutica, la interpretación intersubjetiva del documento, el descubrimiento de la intencionalidad.
Y es sabido que la hemenéutica, la ciencia de la interpretación, tiene por objeto vincular la comprensión y la explicación. En la comprensión se estudia el sentido del fenómeno estudiado y con la explicación se estudia la referencia al contexto.

Así Quesada busca una comprensión, en este caso la época de Rosas, sin perder la referencia, esto es, el contexto de la época. Intenta una representación plena; unir en un solo acto comprensión y explicación; sentido y referencia; intencionalidad y contexto.
Buscando la referencia del fenómeno (la época de Rosas) Quesada comienza por desmitificar las mentiras a designio de Sarmiento quien, “con el soberbio dogmatismo que lo caracterizó y tras el cual ocultaba magistralmente el vacío, a veces profundo, de su educación autodidacta y enemiga de las investigaciones profundas”, popularizó el error de sostener que el federalismo argentino fue implantado artificialmente por espíritu de imitación de Estados Unidos.

Por el contrario la génesis de la federación argentina está en la herencia de la confederación de los reinos españoles, de Castilla, Aragón, Navarra y la región vascongada con su legislación peculiar, sus fueros y sus ayuntamientos más o menos autónomos. Ello es lo que constituyó el régimen de la monarquía histórica.
La idea federativa entendida como la unión de entidades de soberanía limitada, con cabildos autónomos es la idea madre de la federación. Y esto es español por lo cuatro costados.
Y observa Quesada, agudamente: “lo nuevo, lo moderno, fue el nombre, porque federal, federación, confederación. No eran vocablos coloniales”.
El rey a pesar de ser absoluto y representar el poder supremo no absorbió ni centralizó la administración, que por los fueros, quedó en los reinos y en las comunas.
La sociedad colonial del Río de La Plata heredó del español su defensa de la descentralización administrativa que fue la base de los fueros.
El organismo colonial argentino, que no es el del Chile que por su configuración geográfica fue desde siempre una gobernación centralizada como capitanía, gira alrededor de la intendencias (el virreinato tuvo ocho) que tienen influencia regionales, y al calor de los cabildos con influencia local. “La idea federal estaba en la vida colonial por la naturaleza de las cosas”.

En cuanto al sentido del fenómeno (la época de Rosas) Quesada lo encuentra en la acción que durante 25 años de gobierno, deshizo el caudillaje, sofrenó los partidos, nacionalizó el país y cimentó el respeto a la autoridad central.
Conviene recordar que Rosas surge como consecuencia que al regreso de Brasil dos generales –Lavalle y Paz- cometen la acción incalificable de sublevarlo (al ejercito) y hacerlo servir a sus miras políticas. Lavalle toma Buenos Aires y fusila a Dorrego y Paz asalta Córdoba. La indignación fue tan profunda que el país entero se puso de pie. Rosas en Buenos Aires expulsa a Lavalle, López en Santa Fe captura a Paz  y Quiroga en Cuyo destroza a Lamadrid.
Rosas, caudillo como los otros,  comienza paciente y afanosamente a apaciguar primero y a dominar después a los otros caudillos y a acostumbrarlos “al principio de acatamiento de la entidad moral que se llamó Confederación argentina, e imponiéndoles al fin la preeminencia del gobierno nacional” . La inquebrantable firmeza en medio de un período terrible con invasiones constantes de los unitarios y guerras con naciones más poderosas, sin recursos y luchando con todo género de inconvenientes internos y externos, hicieron que el sentido de su época fuera el de la consolidación nacional.

En este trabajo de hermenéutica histórica que realiza Ernesto Quesada queda por último el juicio valorativo, en este caso del historiador. “El error de Rosas fue creer que el régimen confederado era el ideal porque dejaba así a muchas provincias entregadas a la cuasi barbarie, y expuesta la estabilidad nacional a la inconsistencia. Su  política solo habría podido realizarse con un régimen de federación que imposibilitara a las provincias para considerarse republiquetas y que diera cohesión al país”.  Esto hubiera evitado la segregación de las provincias bolivianas, del Uruguay y del Paraguay. En Rosas está aun vigente el ideario de restauración del viejo Virreinato del Río de La Plata y es por ello que entiende la unidad como Confederación y no como Federación.

1.- Pérez Amuchástegui, Antonio: Federalismo e historiografía, Revista de la Escuela de Defensa Nacional N°13, p.21, Buenos Aires (sin fecha, circa 1973).
2.- Publicado luego en el libro Ensayos de Disenso, Ed. Nueva República, Barcelona, 1999, p.163.-
3.- Cagni, Horacio: Miradas cruzadas: Spengler en Iberoamérica, Buenos Aires, edición en Internet, 2003, p. 2.-