Discurso

de Clausura del Año Sanmartiniano[1]

……
Un general, si es a la vez un conductor, no solo ha de mandar su ejército. Es menester que personalmente lo forme, que lo dote, lo organice, lo alimente y lo instruya. A menudo con el conductor muere también su ejército. Sobreviven de ellos su gloria, su tradición y su ejemplo.
He dicho que ello solo sucede cuando coincide en un hombre el general con el conductor. Asunto que rara vez ha sucedido en la historia.
El general se hace; el conductor nace.
El general es un técnico; el conductor es un artista.
San Martín, con Napoleón, son los dos únicos hombres que en el siglo XIX llenan tales características del arte guerrero; por eso son ellos también las más altas cumbres del genio de la historia militar de ese siglo.

Generalmente, un conductor es un maestro. Su escuela llena también su siglo. Su ejemplo adoctrina las sucesivas generaciones de un ejército o de un pueblo. La orientación sanmartiniana en nuestro ejército y en nuestro pueblo ha sido la más decisiva influencia de perfección y de grandeza.
La producción extraordinaria de su genio no fue más fecunda y arrolladora que la fuerza invencible de sus virtudes: por eso era un conductor.

Si era un estratega, era primero un hombre. Por eso puso al servicio de su causa la técnica de su profesión. Fue desde entonces el hombre y el conductor de una causa. Por eso era invencible.
Como no se concibe un hombre sin alma, nunca he concebido un conductor sin causa. La grandeza de San Martín fue precisamente la de haber sido el hombre de una causa: la independencia de la Patria. Él confiesa haber vivido sólo para esa causa.

La verdadera grandeza de los conductores estriba precisamente en que no viven para ellos, sino para los demás. Pareciera que la naturaleza, en su infinita sabiduría, al dotar a los hombres, carga extraordinariamente en la dosificación del egoísmo, pero evita cuidadosamente este ingrediente contamina las almas de los grandes hombres. Por eso son grandes.
A menudo la historia no acierta a discernir la infinita variedad de matices que la creación de los grandes hombres ofrece a la contemplación del futuro.

El arte militar, como los demás, presupone creación, que es la suprema condición del arte. San Martín es un artista; por eso no pudo conformarse con andar por entre las cosas ya creadas por los otros. Se puso febrilmente a crear, y con esa creación revolucionó las ideas y los hechos, ante la incredulidad de los mediocres, ante el escepticismo de los incapaces, y bajo la crítica, la intriga y la calumnia de los malintencionados. Sobre todos ellos triunfó, porque la victoria es de Dios.
Nada hay más adverso al genio que el mediocre; sobre todo, el mediocre evolucionado e ilustrado. No podrá concebir jamás que otro realice lo que no es capaz de realizar; porque cada uno concibe dentro de su capacidad de realización, y los mediocres vuelan bajo y en bandada, como los gorriones, en tanto que los cóndores van solos.
(…)

Conducir es arte simple y todo de ejecución; por eso es difícil. Es la aplicación armónicamente combinada de los principios del arte con los factores materiales y morales de las fuerzas, con el terreno y las circunstancias. A menudo, cuando solo se dispone de generales, las fuerzas son todo. Cuando se dispone de un conductor, decía Napoleón, el hombre lo es todo, los hombres no son nada.
El arte de la conducción tiene, como todas las artes, su técnica, representada por los propios principios que rigen la conducción y las reglas para el empleo mecánico de las fuerzas. Pero, por sobre todo ello, está el conductor. Lo primero representa la parte inerte del arte, el conductor es su parte vital.
(…)
Como técnico, San Martín es también la maravilla de la época. Formó un ejército de la nada, con el concepto de “la Nación en armas”, que solo un siglo después fue mencionado por los estrategas más famosos. Con ese ejército, que fue fuerza y escuela, pasó las cordilleras más elevadas que tropa alguna haya cruzado. Con una maniobra estratégica que maravilla por lo ingeniosa en su concepción y perfecta en su realización, llega a la batalla decisiva de Chacabuco, pero que la había ganado antes de ponerse en marcha, en Mendoza.
Esa extraordinaria previsión, esa perfecta preparación y esa acabada realización sólo se presentan cuando los genios conducen.
San Martín, como Napoleón en Europa, es un revolucionario en los métodos de guerra en esta parte del mundo. Es un creador, jamás un imitador. Por eso lo vemos como maestro, como jefe, como artesano, como político, como gobernante, como estadista y como guerrero. Los hombres superiores, a menudo, sirven para dirigir todo eso. Después de ellos, venimos los hombres comunes, que, bien dirigidos, servimos para todo o no servimos para nada.

Como general, como conductor, como hombre y como ciudadano, San Martín es una sola cosa: lo que debe ser, según su propia sentencia.
En la vida y en el destino de las naciones, aparecen muy de tanto en tanto estos hombres extraordinarios que, con una época, fijan una gloria y establecen una tradición. En que los demás sepan emular su gloria y prolongar su tradición es en lo que estriba la grandeza de esos pueblos.
En este acta solemne de clausura del Año Sanmartiniano de 1950, desde este solar glorioso de Cuyo, en nombre de la Patria misma, deseo exhortar a todos los argentinos para que, emulando las virtudes del Gran Capitán, tengamos la mirada fija en los supremos intereses de la Patria, en la felicidad de todos sus habitantes y la realización de su grandeza.

Juan D. Perón

[1] Teatro Independencia de Mendoza, 31-12-1950: Clausura Congreso Nacional de Historia del Libertador Gral. José de San Martín.

SAN MARTÍN, EL CABALLO CRIOLLO Y LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA


Por Fernando Romero Carranza

fuente:
argentinagrandeza.blogspot.com

Antes de 1810 en el Río de la Plata, el único regimiento de caballería era el de “dragones de la patria” conocido como” húsares de Pueyrredón” de organización obsoleta; en 1812 José de San Martín llega de España fogueado en la guerra contra las tropas napoleónicas, y decide crear un cuerpo de caballería de elite, los granaderos a caballo.

Toma la idea de los granaderos que habían sido en Francia originalmente un cuerpo de infantería, en 1667 luis XIV crea un cuerpo de granaderos montados caracterizados por la “granadera” un saco conteniendo doce granadas, Luis Felipe de Orleáns, el rey populista, los disuelve en 1830 por considerar que los granaderos configuraban un arma excesivamente aristocrática.

San Martín basó la composición de su cuerpo de granaderos en una estricta selección de aspirantes, altos fuertes excelentes jinetes y de salud de hierro, su armamento es el sable corvo largo de 36 pulgadas con vaina metálica que al desenvainar producía un sonido que aterrorizaba al enemigo, llevaban también dos pistolas o tercerolas en los arzones de la silla..

Entre los arreos de montar San Martín impuso como silla para la tropa el lomillo o recado de creación y uso gauchesco, privilegiando así la equitación local, solo permitiendo en los oficiales el uso de la silla inglesa, para él la elección de los caballos su adiestramiento y su estado eran de gran importancia.

El 3 de febrero de 1813, en el combate de San Lorenzo se produce el bautismo de fuego de los granaderos y sus caballos criollos, se afirma que San Martín montaba un bayo, pelaje típico de la herencia del caballo español, pudo haber sido también un zaino y aún queda la duda respecto a su pelaje, ese caballo cae heroicamente en la refriega. Parish Robertson indica que era un caballo "bai" que en inglés significa zaino.

Mientras San Martín disciplina al máximo a sus granaderos, con esos mismos caballos criollos Manuel Belgrano vence al ejército realista en Salta y Tucumán, armando a los gauchos con chuzas lazos y boleadoras .

Güemes en Salta mantiene a raya con sus gauchos montados en caballos criollos a los ejércitos realistas, San Martín informa al gobierno de Buenos Aires como estos gauchos están frenando el avance realista en el norte, el texto de la nota es cambiado por La Gazeta, el diario oficial del Gobierno y se publica transformando los claros términos del Libertador que se refiere a "gauchos" en “paisanos patriotas”, el término “gaucho”, no resultaba conveniente para el Gobierno referido a una acción militar heroica, le quitaba méritos a los ejércitos regulares creados para luchar contra la armas realistas.

En 1814 San Martín comienza en Mendoza a preparar el ejército que cruzará los Andes para liberar a Chile y luego al Perú, los granaderos son enviados desde Buenos Aires hacia la cordillera, un joven teniente que sienta plaza en este regimiento , Juan Galo de Lavalle se distinguirá a partir de ese momento y llevará a los granaderos a sus más heroicas acciones, montados en caballos criollos, en ese momento se le propone incorporarse a los húsares y lo rechaza “el nombre de granaderos es grande y yo no cambio mi destino”, el destino de ese regimiento le dará luego la razón.

Con la gran preocupación de San Martín por los mas mínimos detalles , en la preparación de su ejército libertador, le hace manifestar al gobierno de Buenos Aires, que necesita 1500 caballos de pelea para los granaderos “esa caballería maniobrera que nos dará decidida ventaja por desconocerla en mucho por parte del enemigo”

Son esos caballos criollos con aptitudes y morfología apta para la acción rápida y la maniobra envolvente olvidada en España por los ejércitos de los Borbones, los que darán a San Martín la razón luego de los combates en que fueron utilizados.

Requiere 30.000 herraduras para que sus caballos no se destruyan en la travesía de los Andes.
Pide a Buenos Aires, lomillos para los recados de los granaderos, y clarines que no tiene en Mendoza. El Director Pueyrredon le manda 400 recados y los ¨únicos 2 clarines" que encuentra en la ciudad. Completa así los 750 lomillos que necesita para la tropa de granaderos , los oficiales usan montura inglesa.

Hasta ese momento las órdenes de mando en la caballería patriota se daban de viva voz, San Martín considera que "el clarín es imprescindible y resulta para la caballería como el redoble del tambor para la infantería", los clarines que le han fabricado de latón en Mendoza no le satisfacen por su sonido apagado y ronco , pareciera que el bronce se hizo para los héroes y para animar a sus caballos.

San Martín necesitará además 15.000 mulas que le proveen los mendocinos.
También aquí debemos rendir homenaje a las miles de yeguas criollas destinadas a la producción de mulas, sin las cuales no se hubiera podido cruzar los Andes, los granaderos sus jefes y oficiales y el propio San Martín montaron en mulas hasta que enfrentaron a los realistas montando en esa instancia a sus maniobreros caballos de pelea.

El ejército libertador cruza los andes con 750 granaderos, librando éstos sus primeros combates en Las Achupallas y en Las Coimas o Putaendo donde Necochea con Soler y Pacheco, sin esperar refuerzos se lanza con dos escuadrones de granaderos en una astuta maniobra desbaratando a 300 jinetes y 200 infantes realistas


El 12 de febrero de 1817 en Chacabuco la acción de la caballería criolla es decisiva, comportándose a la altura de las tácticas de Anibal en la batalla de Cannas, contra Roma, el propio San Martín tomó en sus manos el estandarte y se puso al mando de los granaderos como lo había hecho en San Lorenzo, y así esa “ caballería maniobrera” tan alabada por su jefe obtiene su primer gran triunfo para la libertad de América

San Martín con pocas palabras definió la acción en el parte oficial de la batalla “Chacabuco puede decirse es la obra de los escuadrones de granaderos a caballo”

Se encontraron en el campo de batalla cabezas cortadas de un solo tajo, un cráneo cercenado por la mitad de un sablazo y un fusil con su caño cortado de un golpe de sable.

Luego de la batalla algunos españoles prisioneros quisieron sobornar a los granaderos con oro para obtener su libertad, un sargento les contestó “los argentinos no nos vendemos porque no tenemos precio”.

A pesar de la posterior derrota de Cancha Rayada , donde la gesta libertadora parece fracasar, Las Heras salva 3500 hombres y los granaderos a caballo solo piensan en la revancha, en 15 días San Martín rehace el ejercito y bate definitivamente a los realistas en Maipú.

En 1820 los granaderos siguen a San Martín en su campaña del Perú, mientras tanto del otro lado de la cordillera en la nueva Patria que han dejado atrás, los caballos criollos serán protagonistas de las desgraciadas luchas civiles entre criollos de bandos antagónicos, las cargas de las indisciplinadas montoneras se convirtieron en la única táctica de pelea ecuestre. entre los caudillos y el gobierno central..

Mientras tanto Bolivar ha triunfado en Boyacá y Carabobo, liberando todo el norte, y manda al general Sucre al Perú, que pide refuerzos a San Martín quien le envía 1600 hombres entre ellos el primer escuadrón de granaderos a caballo al mando de Lavalle que galopan 500 kilómetros y se reúnen al pie del Chimborazo para seguir la campaña al mando de su nuevo jefe,
Allí será donde en dos acciones Lavalle sus granaderos y sus caballos criollos asombran a sus enemigos y nos asombran a nosotros aún hoy.

En Riobamba. el 12 de abril de 1822 , Lavalle con 96 granaderos carga contra 420 húsares y carabineros a caballo realistas. Finge inicialmente una retirada para atraer al enemigo y retrocede para rearmarse. En ese momento Sucre que presencia la maniobra comenta “si Lavalle quiere perderse que se pierda solo “, pero el escuadrón rehace las filas, vuelve la cara y carga a degüello y en 15 minutos de combate desbarata completamente a la caballería enemiga. perdiendo solo un hombre

Luego de sablear en Pichincha consolidando la victoria de Sucre , Bolivar se encuentra en Guayaquil con San Martín quien se retira al Perú y de alli abandonará definitivamente la vida pública

Los granaderos siguen en el ejército al mando de Alvarez de Arenales que es vencido por los realistas en Torata y Moquegua. La protección de la retaguardia de los vencidos es encomendada a 300 granaderos que comanda el coronel Lavalle que debe permitir que esas tropas se embarquen en el puerto de Illo rechazando el hostigamiento de 1.000 jinetes realistas al mando del general Carratalá.

En un corredor de cuarenta kilómetros, los granaderos dan veinte cargas seguidas en tres horas y permiten a todo el ejército embarcarse.
Solo jinetes de excepción con caballos fuera de lo común pudieron hacer esta hazaña, piensen que en un partido de polo en diez o doce minutos de acción los caballos se agotan y deben ser cambiados.


Unos pocos de esos caballos criollos volvieron a su patria, y cargados de heridas de combate , terminaron sus días pastando en las llanuras que los vieron nacer.

Luego de consolidada la independencia, finalizadas las guerras civiles, organizada la nación, creado el ejército nacional moderno y estableciéndose las estancias progresistas, el caballo criollo pasó al olvido y al menosprecio por ser considerado un caballo de gauchos e indios, comparado ahora con los poderosos caballos de tiro y elegantes caballos europeos con los que fueron mestizadas las yeguadas criollas y equipados los regimientos de caballería.

No obstante hoy el regimiento de granaderos a caballo los reivindica y honra con un escuadrón el “Escuadrón RioBamba" montado en caballos criollos, donados por criadores de la raza.

Cuando vean pasar en los desfiles a esos jinetes y recuerden que la Patria se hizo a caballo, piensen que fué sobre ese caballo que los granaderos sablearon en San Lorenzo , en Achupallas y Las Coimas , en Chacabuco y en Maipú , en Nazca , en RíoBamba , en Pichincha , en Torata y en Moquegua y en otros muchos combates, y que con ellos y los gauchos tucumanos y salteños , vencieron a los realistas en Salta y Tucumán comandados por Belgrano y Güemes consolidando así la libertad de medio continente.

Y recordando a esos héroes que dieron su vida en todos esos combates montando sus caballos criollos, citaré a un amigo poeta que en sus encendidos versos profetizaba cantando:

“ cuando ya se hayan ido para siempre los centauros jinetes de mi raza..
los que por diversión hacían la guerra, los que por devoción hicieron mi Patria.
yo solo se donde podré encontrarlos con sus corvos sus pingos y sus lanzas...
los hallaré en el cielo de la gloria , en el mundo infinito de las almas
porque esta tierra les quedó muy chica para la más cortita de sus cargas.”


GRANADEROS A CABALLO

Leopoldo Lugones

Con arrebato de horda va el corcel formidable.
Enredado a sus crines ruge el viento de Dios.
Sobre el bosque de hierro vibra en llamas un sable
Que divide a lo lejos el firmamento en dos.

La montaña congénere donde el cóndor empluja,
Sonreída de aurora despertó a ese tropel
De Patria, y la simétrica marea ungió en la espuma
De un brindis gigantesco los flancos del corcel.

La tierra devorada por los cascos, se abisma
En el tremendo vértigo que arrastra aquel alud.
Y el Himno natal surge del trueno con la misma
Voz que estalló en clarines en los campos del Sud.

¡Tufo de potro; aroma de sangre; olor de gloria!
La hueste bebe el triunfo cual sublime alcohol,
Y la muerte despliega sobre su trayectoria,
Acabada la tierra, la mar de luz del sol.

UN NIÑO Y SAN MARTÍN


César Fernández Moreno

San Martín, fatigado de galopar el cielo,
En el pueblo y mi plaza puso fin a su vuelo:
Ved ahora su brazo que hacia el azul señala,
Tan firme sobre el viento como si fuera un ala.
Desde su pedestal altísimo de piedra
Es el gran capitán del ombú y de la hiedra,
Y también de las flores que adornan los canteros;
De los ligustros graves, de los pastos terreros
Donde empuja su lodoel negro escarabajo...
Porque es el capitán de lo alto y de lo bajo,
De lo fuerte y lo débil, de lo humilde y altivo.
Lo puedo decir yo, que ante su plaza vivo,
Y, con mis compañeros, en ella río y lloro
Mientras él con justicia reparte el sol de oro.

Cuando en su pedestal juego a las escondidas
Y me toca contar en sus piedras sabidas,
Hacia él mi mirada sube entre dedo y dedo
Y en su actitud de bronce aprendo su denuedo.
Si él quisiera tomarlo de un manotazo airado,
El cielo le cabría en un puño cerrado;
Si él quisiera dos cielos, de un tajo formidable
En dos lo partiría con su virgíneo sable.
Pero él no quiere nada. Le basta lo que tiene:
El don de señalar el rumbo que conviene;
Porque donde él indica, allí el Norte se asoma,
La rosa de los vientos por él cambia de aroma.
¡Oh general del cielo! Junto a tu pedestal,
A tus plantas rendido, se desvanece el mal.
Contigo raya el día donde la noche raya,
Recíbeme en tu sombra cuando la luz se vaya.

ANTE LOS RESTOS DEL GENERAL SAN MARTÍN



Carlos Guido y Spano

Faltaba esa reliquia a nuestra tierra,
Este homenaje a nuestro honor faltaba;
La memoria del héroe reclamaba
En la patria el sepulcro que hoy se cierra

Ante él se inclina el genio de la guerra,
Cuya luz su alta mente iluminaba
Cuando el libre pendón triunfante alzaba,
Del mundo asombro, en la gigante sierra.

Fue su gloria sin mancha y sin ocaso:
De Mayo el verde lauro la eternice,
Y antes de hollarle América sucumba.

Rompió el alma inmortal su frágil vaso:
“Yace aquí San Martín”, el mármol dice;
Pero a tal hombre es pórtico la tumba.

EL SABLE DE SAN MARTÍN




Por Gabriel O. Turone

Recordemos que el General José de San Martín le lega su glorioso sable libertador a Juan Manuel de Rosas el día 23 de enero de 1844, que es cuando escribe su testamento político en París, Francia.

La tercera cláusula del documento, decía lo siguiente:

“El Sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina D. Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

Sin embargo, el Restaurador de las Leyes recién se enterará de semejante gesto de gratitud una vez que muere San Martín. En carta del 30 de agosto de 1850, Mariano Balcarce, a la sazón hijo político de aquél, comunica a Rosas sobre la muerte del ilustre argentino, ocurrida el día 17 de ese mismo mes y año, y, seguidamente, le hace saber de la cláusula número 3 de su testamento político. Luego de transcribirla, Balcarce le dice a Rosas: “Tan pronto como se presente una ocasión segura, tendré el honor de remitir a V. E. esa preciosa memoria legada al Defensor de la Independencia Americana por un viejo soldado cuyos servicios a la Patria se ha dignado V. E. recordar constantemente en términos tan lisonjeros como honrosos”. Así las cosas, en el pueblo quedó instalado que San Martín había homenajeado a Rosas por la defensa que éste hizo de la soberanía nacional en Vuelta de Obligado (20 de noviembre de 1845), cuando, en verdad, ya el Padre de la Patria le había heredado su máxima presea militar casi dos años antes.

Cuando se produce la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852, donde una coalición de traidores y ejércitos extranjeros expulsa a Juan Manuel de Rosas del poder, el anhelo de ver en suelo patrio la espada del Libertador queda deshecho. La consigna de los nuevos tiempos era olvidar todo aquello que rememore al régimen federal depuesto; en ello va la suerte de la espada de San Martín: poco y nada se sabrá de ella desde la caída de Rosas en adelante. Tampoco era objeto de interés para los gobiernos liberales y masónicos que se sucedieron desde entonces, algunos de cuyos artífices, como Domingo Faustino Sarmiento, vieron en San Martín a un “viejo abatido y ajado por las revoluciones americanas, [que] ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca”.

El sable en tierras inglesas

Asentado en Southampton, Inglaterra, Rosas recibe el sable del Libertador, dándose cumplimiento a lo establecido en la tercera cláusula testamentaria de San Martín de 1844. En su chacra de Burguess Street Farm, Juan Manuel de Rosas tenía exhibida la reliquia dentro de un cofre, en cuya tapa hizo colocar una chapa de bronce en la que estaba grabada la cláusula del testamento ya citado.

En el mismo pueblo inglés, Rosas redacta su testamento político con fecha 28 de agosto de 1862. Allí deja constancia de la distribución total de sus bienes que deja a familiares y amigos de toda la vida. En la cláusula 18, dice: “A mi primer amigo el señor Dn. Juan Nepomuceno Terrero, se entregará la espada que me dejó el Excelentísimo Señor Capitán General Dn. José de San Martín (…) Muerto mi dicho amigo, pasará a su Esposa la Señora Da. Juanita Rábago de Terrero, y por su muerte a cada uno de sus hijos, e hijas, por escala de mayor edad”.

Juan Nepomuceno Terrero era el padre de Máximo Terrero, esposo de Manuelita Robustiana Rosas (hija del Restaurador). Juan Nepomuceno fue amigo de toda la vida de Juan Manuel de Rosas, incluso fueron socios en el primer negocio que ambos emprendieron: el Saladero “Rosas, Terrero y Cía.”, abierto a finales de 1815. Al morir Rosas el 14 de marzo de 1877, el sable legado quedó en poder de Máximo Terrero, dado que los padres de éste ya habían fallecido.

Repatriación de la espada gloriosa

A mediados de 1896, el doctor Adolfo P. Carranza, entonces director del Museo Histórico Nacional, se interesó en la idea de repatriar el sable de San Martín. Gracias a los oficios de Antonino Reyes, ex edecán de Rosas, Carranza le manda decir a Manuela Rosas de Terrero que done el sable corvo de las campañas libertadoras al museo que dirige. En un tramo, señala Carranza: “Vengo a rogar a V. haga la donación al Museo Histórico, en nombre de su señor padre, del sable que recibió”. Esta carta, fechada el 5 de septiembre de 1896, fue respondida el 27 de noviembre de ese mismo año por Manuela Rosas, quien le aclara a Carranza que “al fin mi esposo, con la entera aprobación mía y de nuestros hijos, se ha decidido en donar a la Nación Argentina este monumento de gloria para ella, reconociendo que el verdadero hogar del sable del Libertador, debiera ser en el seno del país que libertó”.

Tiempo más tarde, el 31 de enero de 1897, Manuela Rosas de Terrero le vuelve a escribir a Adolfo Carranza, esta vez señalándole que, además del sable corvo, se adjuntarán dos objetos históricos más: uno es la bandera “que llevó el Benemérito Ejército Expedicionario al Desierto a las órdenes de mi padre el General don Juan Manuel de Rosas, contra los indios salvajes que asolaban nuestra campaña”, y el otro era “un trofeo del General Arenales, (en el año 1820) presentado por su hijo el Coronel don José Arenales, a mi padre, cuya dedicatoria está estampada en el trofeo”.

Máximo Terrero, cónyuge de Manuela Rosas, le manda decir al presidente de la Nación, doctor José Uriburu, el 1° de febrero de 1897 desde Londres que “el sable será remitido en estos días a mi sobrino político, el señor Juan Manuel Ortiz de Rozas, bajo todas las precauciones y formalidades del caso, y este señor en representación nuestra, tendrá el honor de ponerlo en manos de V.E.”. Concretados los trámites para la definitiva repatriación de la espada de San Martín, el 5 de febrero salió de Southampton para Buenos Aires el vapor “Danube”, trayendo a bordo el sable glorioso. La noticia fue confirmada telegráficamente a Manuela Rosas ese mismo día, mientras que el periódico “El Día” de La Plata, publicaba la novedad el 6 de febrero.

En los días siguientes, previo al arribo, los medios vertieron las más diversas opiniones sobre la reliquia en cuestión, dando lugar a debates largos y tediosos que, sin embargo, ya no podían empañar el acontecimiento en sí. También se había suscitado un problema, el cual consistía en saber cómo iban a ser los festejos, los desfiles, la recepción, etc., etc. Como el tiempo apremiaba, se decidió, por fin, que el “Danube” llegara al puerto de La Plata y que, desde aquél, se traspasara el sable a la corbeta “La Argentina”. Luego, una comisión compuesta por oficiales del Ejército y por el sobrino político de Máximo Terrero, Juan Manuel Ortiz de Rozas, arribaría al puerto de Buenos Aires y, acto seguido, le obsequiaría la espada de San Martín al presidente Uriburu en la Casa Rosada.

A pesar de la magnitud del evento, solamente la Asociación de la Prensa fue la única entidad que dirigió al pueblo una invitación para que éste se adhiriera al acto patriótico, pero con la carga de que dicha invitación fue formulada el mismo día del arribo del vapor “Danube”. Las vacilaciones de las autoridades encargadas de formular el programa de festejos, motivaron este tipo de improvisaciones. La invitación, por lo tanto, no tuvo el éxito que se esperaba.

Finalmente, el “Danube” arribó con el sable del Libertador en la mañana del domingo 28 de febrero de 1897. Los únicos asistentes al acto fueron un grupo de personas allegadas a Juan Manuel Ortiz de Rozas, algunos miembros de la Asociación de la Prensa de la ciudad de La Plata y uno que otro representante de los diarios de Buenos Aires, a los que se sumaba un pequeño grupo de vecinos de Ensenada. Nadie más.

Veamos, sino, lo que publicaba el diario “La Prensa” el 1° de marzo de 1897: “Desagradable impresión ha causado entre la poca concurrencia que acudió ayer a presenciar el trasbordo de la espada que perteneció al General San Martín, desde el vapor mercante “Danube” que lo ha conducido desde Southampton, a la corbeta “La Argentina”. La ausencia de representación de los gobiernos, y la poca publicidad dada al acto, contribuyó a que aquella ceremonia solo fuera presenciada por unas pocas personas”.

La corbeta “La Argentina” quedó fondeada en el puerto de La Plata hasta el 3 de marzo de 1897, ocasión en que zarpó al puerto de la ciudad capital. La reliquia militar llegaba a Buenos Aires en la mañana del 4 de marzo, día fijado para su recepción por el presidente de la Nación, José Evaristo Uriburu. Aguardaban en el puerto la Escuela de Grumetes de la Armada con su banda de música, lo mismo que una veintena de niños del Patronato de la Infancia. Sin embargo, la comisión de generales designada por el Estado Mayor del Ejército para que conduzca el sable hasta la Casa Rosada estuvo ausente. Ante esta vergüenza, en el momento hubo que nombrar a un presidente para la acéfala comisión, cargo que recayó en el teniente general retirado Donato Álvarez. Como puede verse, las pasiones facciosas no estaban del todo disipadas, sino no se entiende el poco interés demostrado para recibir la espada que ciñó el Padre de la Patria y que heredó, enhorabuena, a Juan Manuel de Rosas.

La espada estaba dentro de una caja y con su respectivo documento que avalaba la autenticidad de la pieza. La caja era sostenida por cuatro marineros de la dotación de la corbeta “La Argentina”. Delante de aquélla se ubicaban Donato Álvarez y Juan Manuel Ortiz de Rozas, y, detrás del cofre, le seguían los integrantes de la Comisión Militar (coroneles y tenientes coroneles, pues ningún general se hizo presente), la Escuela de Grumetes de la Armada (bajo el mando del teniente de Navío Bárcena) y unas 1.200 personas que eran parte del público que no quiso perderse la emoción de lo que se estaba viviendo.

Con solemnidad, el sable corvo le fue entregado al presidente José Uriburu, quien aguardaba dentro de la Casa de Gobierno junto a sus Ministros, Jefes y Oficiales del Ejército y la Armada. Un decreto firmado por Uriburu un día antes, el 3 de marzo, manifestaba en su artículo 1° que “el sable que usó el Gral. Dn. José de San Martín en las campañas de la Independencia Sudamericana, remitido al Presidente de la República por el Sr. Máximo Terrero y del que hará entrega el Sr. Juan Ortiz de Rozas, se depositará en el Museo Histórico”.

A partir de entonces, los argentinos hemos tenido el privilegio de contemplar la espada que empuñó el capitán general José de San Martín, la misma que luego heredó al preclaro defensor de la soberanía nacional, brigadier general Juan Manuel de Rosas. Para 1897, un acto de justicia acababa de concretarse.

Bibliografía
Ortega Peña, Rodolfo y Duhalde, Eduardo Luis. “San Martín y Rosas. Política Nacionalista en América”, Editorial Sudestada, Buenos Aires 1968.
Ortiz de Rozas, Nicolás. “El Sable de San Martín”, La Plata, Año del Libertador General San Martín, 1950.

www.revisionistas.com.ar

politicaydesarrollo.com.ar, 23-1-11

RECORDAR EL PASADO GLORIOSO, PARA NO PERDER LA ESPERANZA


El 20 de noviembre pasado, recordamos el combate de La Vuelta de Obligado, que se ha fijado como símbolo de la Soberanía Argentina. En este boletín queremos relatar lo que sucedió después de dicha gesta, resumiendo lo publicado en la bibliografía citada.
El enemigo sufrió averías en los buques San Martín, Fulton, Dolphin y Pandour, especialmente, y la escuadra debió quedarse cuarenta días en Obligado para efectuar reparaciones. El jefe francés, capitán de navío Trehouart, reconoció en el parte de guerra: Siento vivamente que esta gallarda proeza se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas [las propias], pero considerando la fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que no haya sido mayor.

Los extranjeros no habían previsto que se trabara un combate, y tampoco lo esperaban los argentinos unitarios. Valentín Alsina le escribe a Félix Frías:
Rosas ha tenido la locura de querer impedir el paso con batería y buque acorazado; locura digo, porque lo es querer competir tan luego en agua con aquellas naciones que además de la enorme ventaja de los vapores, tienen la de su tremenda artillería a lo Peysar que Rosas y su gente no conocen todavía.

Hasta esa fecha, los periódicos de otros países habían comentado, más que nada, los infundios de Las Tablas de Sangre; pero luego, como sostiene Aníbal Riú, al tronar glorias nativas el cañón de Obligado, su eco se escucharía en el mundo entero. San Martín le escribe a Guido: Ya sabía la acción de Obligado; ¡que iniquidad! De todos modos los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca.

Comienza entonces, un lento trabajo diplomático de Rosas que culmina exitosamente. El representante inglés Southern aceptó el 6 de abril de 1849 el proyecto de convención:

1) Inglaterra evacuaba Martín García, devolvía los buques argentinos de guerra “en tanto le fuera posible en el mismo estado en que fueron tomados” y desagraviaba la bandera con 21 cañonazos.
2) Devolverá las presas del bloqueo.
3) Las divisiones argentinas en la República Oriental quedarían hasta “que el gobierno francés desarme a la legión extranjera, y a todos los demás extranjeros que se hallan en las armas y forman la guarnición de la ciudad de Montevideo, evacue el territorio de las dos repúblicas del Plata, abandone su posición hostil y celebre un tratado de paz”. Inglaterra “emplearía sus buenos oficios” para ese tratado.
4) Se reconoce que la navegación del Paraná “era interior de la República Argentina sujeta solamente a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del Uruguay en común con la República Oriental”.
5) Se reconoce la plena soberanía argentina “y si en el curso de los sucesos de la República Oriental ha hecho que las potencias aliadas interrumpan por cierto tiempo el ejercicio de los derechos beligerantes de la República Argentina, queda plenamente admitido que los principios bajo los cuales han obrado, en iguales circunstancias habrían sido aplicables ya a la Gran Bretaña y a la Francia. Queda convenido que el gobierno argentino, en cuanto a esta declaración, reserva su derecho para discutirlo oportunamente con la Gran Bretaña, en la parte relativa a la ampliación del principio”.
6) Oribe, como “Presidente de la República Oriental y aliado de la Confederación Argentina”, daría su conformidad”.

Dos días antes, el 4 de abril, el ministro argentino Arana y el representante francés, contralmirante Lepredour, concluyen el proyecto respectivo:

1) Suspensión de hostilidades.
2) El representante francés exigirá a las “autoridades” de Montevideo el desarme de la Legión extranjera “y de todos los demás extranjeros que se hallen bajo las armas y forman la guarnición de la ciudad o que estén en armas en cualquier otro punto del territorio oriental”, debiendo hacerse ante un veedor argentino y otro francés.
3) “Efectuado el desarme, el gobierno argentino hará evacuar del territorio oriental las divisiones argentinas que existan en su territorio”.
4) Simultáneamente con la suspensión de hostilidades, Francia evacuará a Martín García, devolverá los buques argentinos “tanto como sea posible en el estado en que fueron tomados” y desagraviará la bandera con 21 cañonazos.
5) Devolverá las presas del bloqueo.
6) El Paraná era navegación interior argentina “sujeta a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del Uruguay en común con el Estado Oriental”.
7) Se reconoce la soberanía argentina en la misma forma que en el tratado inglés.
8) Si Montevideo se negaba a cumplir las estipulaciones “o retardase si necesidad la ejecución de las medidas”, el representante francés declarará “que cesa su intervención y se retirará”.
9) Oribe debería dar su aquiescencia como aliado de la Confederación.
10) Se someterían a Oribe “los puntos relativos a los asuntos domésticos de la República Oriental”.
11) Oribe era llamado “Presidente de la República Oriental” en el texto español y brigadier general en el francés; las autoridades de la Defensa gobierno de Montevideo en el francés, y autoridades de hecho en Montevideo en el español.
12) Quedaba restablecida la paz “y su anterior estado de buena inteligencia y cordialidad”.

Otorgada la plenipotencia real, el tratado con Inglaterra es firmado por Arana y Southern el 24 de noviembre de 1949, y ratificado por Rosas el 24 de enero de 1850. El contralmirante Barrington Reynolds, jefe de la estación naval en Sudamérica, el día 27 de febrero hace izar a proa de la fragata Southampton la bandera argentina, y ordena que sea solemnemente desagraviada con 21 cañonazos, como estaba convenido. Las ceremonias finalizan cuando la batería Libertad efectúa una salva “en reconocimiento a Dios Nuestro Señor” por la victoria argentina.

Al conocerse en Francia que la reina Victoria había autorizado el tratado con la Confederación, la prensa francesa criticó la derrota de Inglaterra frente a Rosas. Como desquite, el London Times del 1 de agosto publica el texto del convenio Lepredour, lo que origina duros debates en el parlamento, siendo obligado el gobierno a nombrar un negociador armado que debería presionar a Rosas para ponerle condiciones. Es designado nuevamente Lepredour, que sólo consigue leves modificaciones al texto original, firmando el tratado el 31 de agosto de 1851 y enviándolo a Francia. Pero, Rosas exige el desagravio a la bandera, sin esperar la confirmación francesa, y ello se produce -con similar protocolo al realizado por los ingleses-, en la fragata Astrolabe. Recién en junio de 1852, se pronuncia la comisión respectiva del parlamento, aconsejando la aprobación del tratado: “En fait de folies, les plus courtes sont les meilleurs” (tratándose de locuras, las más cortas son las mejores).
No hay constancia de que el emperador haya ratificado el tratado, y el gobierno de la Confederación había caído. “Menos mal que Rosas, como si presumiera su caída, se había adelantado a exigir a Lepredour que los cañones franceses del Astrolabe desagraviasen la bandera argentina” (Rosas, p. 353).

Ambos tratados, con Inglaterra y Francia, forman parte de una misma estrategia que culmina con un éxito sin precedentes en disputas con las dos grandes potencias de la época: “…la agresión conjunta anglo-francesa, no resistida en ningún punto del globo y que permitió a las potencias coaligadas abrir el África, la China, el Japón y crear dos de los mayores imperios conocidos, fracasó en el Plata” (Irazusta, p. 135).


Fuentes:

Fernández Cistac, Roberto. “Sesquicentenario del glorioso Tratado Arana-Lepredour”; en: Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Nº 59, abril/junio 2000.

Irazusta, Julio. “Breve historia de la Argentina”; Buenos Aires, Editorial Independencia, 1981.

Rosa, José María. “Historia Argentina”; Buenos Aires, Editor Juan Granda, 1965, tomo 5.

(Boletín Acción, 140)