el Río de la Plata: prepotencia diplomática,
la muerte de un litógrafo y el ofrecimiento de San Martín
Adrián Pignatelli
Infobae, 28 Mar,
2026
Las relaciones
diplomáticas entre nuestro país y el reinado de Luis Felipe de Orleans, el
monarca francés que había ascendido al trono en julio de 1830, empezaron con el
pie izquierdo. El detonante fue una ley de 1821 que establecía que los
ciudadanos extranjeros que tuvieran propiedades en el país, que ejercieran el
comercio, con más de dos años de residencia, podían ser convocados, en caso de
necesidad, al servicio de la milicia.
La leva de
extranjeros no era nueva: había comenzado en 1815 y comprendía a hombres de
entre 16 y 60 años con más de dos años de residencia en el país.
Desde tiempo
atrás, la diplomacia francesa venía solicitando al gobierno que los ciudadanos
galos fueran eximidos, tal como ocurría con los británicos. Era cierto: en
diciembre de 1825, cuando Gran Bretaña reconoció nuestra independencia y se
celebró un acuerdo comercial, por el que los ingleses gozaban de libertad de
tránsito, de culto, podían disponer de sus propiedades, los comerciantes
quedaron exentos del pago de derechos de tonelaje, puerto y pilotaje, también
quedaron eximidos del servicio militar.
Durante el segundo
gobierno de Juan Manuel de Rosas, que comenzó en 1832, las relaciones con
Francia no mejoraron. La actitud del vice cónsul francés Aimé Roger no
contribuyó para nada, y su actitud iba en consonancia con las pretensiones
imperialistas de Francia en América.
Roger evaluó que
un éxito diplomático lo posicionaría de la mejor manera en la corte de Luis
Felipe. Sin tener las credenciales en orden, Roger, de temperamento arrogante y
agresivo, exigió el fin del servicio militar para los franceses y solicitó la
libertad de Pedro Lavié, un cantinero francés enrolado en la milicia, condenado
a cinco meses a la cárcel por robo. Y también puso en la mesa el proceso y
muerte de César Hipólito Bacle, un ginebrino nacionalizado francés que había
llegado al país por 1825.
Bacle había sido
un excelente litógrafo, caricaturista, tipógrafo, crítico literario e
investigador científico, y en 1829, Rosas lo nombró director de Litografía del
Estado.
Fundó el Boletín
de Comercio, le tomó cinco años elaborar la Colección General de marcas de
ganado de la Provincia de Buenos Aires y editó Trajes y costumbres de la
Provincia de Buenos Aires. El mismo vendía lo que exhibía en su vidriera.
Cuando sus
finanzas declinaron probó suerte en Chile, donde se lo nombró Impresor y
Litógrafo del Estado. Con el ministro de Guerra Diego Portales hablaron de
política y de una cuestión delicadísima: los emigrados argentinos.
A su regreso de su
viaje, Rosas ya estaba al tanto de sus opiniones. Bacle se condenó con una
carta en la que se revelaba contenido comprometedor con el funcionario chileno.
Se lo acusó de ponerse en contacto con los unitarios y de vender mapas secretos
de las fronteras argentinas a Bolivia. Encarcelado, se lo condenó a muerte. Desesperado,
le pidió ayuda al cónsul francés y logró que le conmutasen la pena. Luego de
cinco meses preso en las peores condiciones, sometido a malos tratos, enfermó.
Recuperó la libertad y falleció en su casa el 4 de enero de 1838 por una
gastritis por una excesiva ingesta de opio. Su cadáver fue acompañado al
cementerio por una multitud de franceses, que tomaron la muerte de su
compatriota como un insulto hacia el gobierno de su país.
Sus bienes fueron
embargados por Chile, al considerar que no había cumplido con su contrato de
trabajo. La viuda y sus hijos quedaron prácticamente en la calle.
Así fue como fue
que Roger también apoyaba la reclamación de la viuda de Bacle y de paso en la
lista incluyó al francés Pedro Gascogne a quien el gobierno le había clausurado
todos sus negocios al negarse a contribuir con dinero para una fiesta en honor
a Rosas. También exigía que fueran dados de baja los conciudadanos Martín Larré
y Jourdan Pons, que estaban en la milicia, pero por su propia voluntad.
Lo primero que
hizo Rosas fue pedir la lista de los franceses que permanecían detenidos. Se
sorprendió al saber que había solo dos. El marinero Pedro Jusson, acusado de
asesinar a Matías Cañete y Pedro Lavié.
Rosas ninguneó a
Roger. Respondió que para atender dichos reclamos, exigió que fuera ante un
diplomático con las credenciales correspondientes. Roger no las tenía porque
reemplazaba al cónsul que se había ausentado de Buenos Aires.
A las primeras
reclamaciones diplomáticas, de fines de 1837 el ministro de Relaciones
Exteriores Felipe Arana respondía cuando quería y a cuentagotas. Encima le hizo
saber que discutiría los términos de la ley del servicio militar con un
diplomático acreditado.
Roger, en un
informe a su gobierno, echó más leña al fuego. Que Rosas era despótico, un
tirano, y que el único camino que quedaba para resolver el entuerto era el de
la fuerza.
París lo autorizó
a usar dos naves del almirante Luis Francisco Leblanc, que estaban en Río de
Janeiro. Roger respondió que dos naves no alcanzaban, que era necesaria una
verdadera demostración de fuerza. Nadie se detuvo entonces en Francia en
analizar cómo se habían dado los hechos, le creyeron a Roger a pie juntillas,
pero aun así, le pidieron que intentara un último acercamiento con Buenos
Aires.
El 7 de marzo de
1838 Rosas recibió a Roger durante dos horas. Ninguno dio el brazo a torcer. El
encuentro terminó a los gritos. Que Francia se uniría a los enemigos de Rosas,
amenazó Roger y el gobernador respondió que todo el país lo apoyaría y que los
unitarios desaparecerían. El 13 de marzo, Arana le devolvió los pasaportes a
Roger.
El 24 de marzo
apareció frente a Buenos Aires la flota francesa. Traían tres pretensiones: la
eximición del servicio militar a franceses, indemnización a ciudadanos
perjudicados y reclamaban a Lavié, para que fuese juzgado y ver si en realidad
era culpable.
Rosas no admitió
negociar en una situación de fuerza. Decía que sentaría un precedente y
cualquier país, en el futuro, se sentiría con derecho a hacer lo mismo.
Ante la negativa,
Leblanc declaró el miércoles 28 de marzo de 1838 que bloqueaba el puerto de
Buenos Aires y el litoral del río perteneciente a nuestro país. Los franceses
estaban convencidos de que en dos semanas la cuestión quedaría zanjada, ya que
la economía local sentiría fuerte el bloqueo.
Rosas ajustó el
cinturón. Aplicó fuertes recortes, especialmente en sueldos de funcionarios,
eliminó muchos, entre ellos el suyo. Cortó el apoyo económico a la Universidad
de Buenos Aires, a la Casa de Niños Expósitos, a la Sociedad de Beneficencia y
a los hospitales, y que cada uno se proveyera de los fondos con colectas para
pagar sueldos, porque mientras durase el bloqueo, no podría girarle un peso
más.
Hizo del bloqueo
una causa nacional y fogoneó la xenofobia entre sus seguidores al hacer correr
la versión de que Francia pretendía colonizarnos.
Para la actividad
agrícola ganadera, el bloqueo fue un mazazo letal: recién se estaban
recuperando de la increíble sequía de 1836.
Para colmo de
males, la Confederación, desde principios de ese año, mantenía una guerra con
Bolivia y miraba de reojo los movimientos de los unitarios, que no demoraron en
aliarse a los franceses.
Rosas dispuso una
importante baja de la tasa de ingreso de productos importados, estimulando el
contrabando. Tanto comerciantes argentinos como extranjeros contribuyeron con
un empréstito voluntario.
El 25 de mayo la
ciudad apareció empapelada con carteles con la leyenda “¡Viva el 25 de mayo!
¡Muera el tirano Rosas!”. Su primo Anchorena fue a su casa a advertirle que
había un plan para asesinarlo.
El gobernador
había decidido someter a la legislatura la correspondencia oficial que mantenía
con los franceses para acordar los pasos a seguir, y se conoció un plan para declararlo
incapaz para gobernar y reemplazarlo por un triunvirato. Pero los legisladores
no hicieron nada.
Desde su exilio,
José de San Martín se enteró del bloqueo. En una carta del 5 de agosto de 1838
a Rosas escribió que si aquel lo creyera necesario, esperaría sus órdenes, y
que tres días después dijo: “me pondré en marcha para servir a la patria
honradamente, en cualquier clase que se me destine”.
San Martín
describió el bloqueo en una carta del 10 de julio como “violento abuso del
poder”. Criticó la actitud de los unitarios, unidos a los franceses: “…no
puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido
se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición
peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía
ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.
El 20 de octubre
Rosas sufriría otro golpe, la muerte de su esposa Encarnación Ezcurra. Al
regreso del entierro, el coronel Vicente González sugirió llevar un cintillo
punzó en el quepi militar, arriba del crespón negro por el luto. Se popularizó
tanto que su uso se generalizó y acompañó la divisa federal que se debía lucir
en el pecho.
A comienzos de
1839 Rosas supo de un complot entre unitarios, franceses y algunos federales,
que pasaría a la historia como la conjuración de Maza, que debía estallar en
una acción combinada de insurrección en la ciudad y en la campaña bonaerense,
al que se sumaría el desembarco de Juan Lavalle. Los conjurados terminaron
derrotados en el combate de Chascomús, hubo fusilados como Ramón Maza y
asesinados, como su padre Manuel Vicente, por la Mazorca.
El desgaste y el
intríngulis político en que se vio envuelto Francia, que no veía ningún avance
concreto con el bloqueo, la llevó a ser más práctica y el 29 de octubre de 1840
se firmó, a bordo del buque francés Bolonnaise un acuerdo entre el ministro de
exteriores Felipe Arana y el vicealmirante Angel René Armand de Mackau. En ese
acuerdo se estableció que el gobierno argentino reconocería indemnizaciones a
franceses que hubieran sido perjudicados, y cada caso sería estudiado por media
docena de árbitros. Francia levantaba el bloqueo, devolvía la isla Martín
García, que la había tomado el 11 de octubre de 1838, y de ahí en adelante los
ciudadanos franceses tendrían las mismas prerrogativas y derechos que cualquier
otro extranjero.
Rosas salió como
ganador y los unitarios, al ser ignorados por los franceses, quedaron librados
a su suerte. No sería el fin de la
historia. El país sufriría otro bloqueo, habría combates y mucha épica.
Fuentes: Historia
de la Confederación Argentina, tomo II, de Adolfo Saldías; El gran bloqueo, por
Antonio E. Castello; Historia Naval Argentina, de Teodoro Caillet-Bois.
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