UNA NIETA DE NAPOLEÓN


nació, y está sepultada, en Buenos Aires

Claudia Peiró

Infobae, 16 de Mayo de 2021

 

Son muchas las repercusiones que en nuestra historia ha tenido la figura de Napoleón Bonaparte. Lo suficientemente importantes como para que el Bicentenario de su muerte -el 5 de mayo pasado- no pasara tan inadvertido para el arco político argentino que, muy proclive a mantener vivas las querellas del pasado, no parece sin embargo estar dotado de la suficiente conciencia histórica.

 

Recordemos que fue el enfrentamiento de la Francia de Napoleón con Portugal y España lo que abrió la ventana de oportunidad a las revoluciones emancipatorias en las colonias americanas y que nuestro San Martín se formó en un ejército español “afrancesado” -al decir de la época-, es decir, fuertemente influido por las ideas francesas, tanto en materia de estrategia militar como política. En 1812, cuando el futuro Libertador llegó de España, cargaba consigo varios baúles con libros, de los cuales la mitad estaban escritos en francés, idioma que ya conocía muy bien. Y el Triunvirato de Buenos Aires lo recibió con sospecha creyéndolo agente del Emperador Napoleón... De hecho, Francia fue el país que eligió para afincarse desde 1830 hasta su muerte en 1850.

 

La historia del nacimiento de una nieta de Napoleón en Buenos Aires no tiene la envergadura de lo antes señalado, sino que es esencialmente anecdótica; sin embargo, se enmarca en acontecimientos post napoleónicos de gran interés.

 

El 9 de mayo de 1847, un ilustre viajero hacía su arribo al puerto de Buenos Aires. Una comitiva oficial lo esperaba para trasladarlo junto a su esposa y acompañantes a la casa que lo albergaría durante su estadía.

 

Juan Manuel de Rosas comunicaba a la Cámara de Representantes la llegada de este emisario oficial de Francia y de su comitiva y destacaba “la eminencia del gobierno que representan, la importancia e interés de su alta misión y también el elevado rango y recomendables cualidades personales” del huésped en cuestión.

 

Lo que no decía el mensaje era que el recién llegado Conde Walewski era hijo del mismísimo Napoleón Bonaparte, muerto en Santa Elena 25 años antes. Un secreto a voces.

 

Alexandre Florian Józef Colonna Walewski fue sangre de su sangre, aunque no llevara el célebre apellido. Basta observar su fisonomía, el contorno de la cara y la mirada, para reconocer los rasgos que nos son tan familiares. Alexandre, nacido el 4 de mayo de 1810 en el castillo de Walewice, en Polonia, fue el segundo hijo de Napoleón, fruto de su romance con la condesa polaca María Walewska, posiblemente la mujer que más sinceramente amó al Emperador de los franceses. Y, después de Josefina de Beauharnais, su primera esposa, la relación sentimental más intensa que haya tenido Napoleón.

 

En Santa Elena, donde fue desterrado hasta su muerte, Napoleón conservaba un anillo que ella le dio con la frase: “Si dejas de amarme, no olvides que yo te amo”.

 

En un artículo publicado el 24 de octubre pasado en el sitio gacetamercantil.com, Oscar Andrés De Masi, gran especialista en patrimonio argentino, rescataba el detalle de que los Walewski fueron alojados por decisión de Rosas en la mejor casa de Buenos Aires, la más moderna y con comodidades hasta entonces desconocidas, como un sistema de agua por cañerías, toda una novedad para la Buenos Aires de la época.

 

La casa, cuenta De Masi, pertenecía a Esteban Adrogué y estaba ubicada en el 117 de la calle Piedad -hoy Bartolomé Mitre-, entre Florida y Maipú. “Ahora no podríamos marcar el lugar de su fachada a causa de la traza de la Diagonal Norte, que trasegó aquellos solares”, explicó.

 

La familia Adrogué debió desalojarla temporariamente para cedérsela al enviado del gobierno francés, un favor solicitado por el Restaurador de las Leyes al que el empresario no pudo negarse. Debía su fortuna a los vínculos con el Gobierno como proveedor de cueros y botas.

 

En 1847, cuando con 37 años llegó a Buenos Aires como plenipotenciario del gobierno francés, Walewski ya tenía tras de sí una carrera de servicios diplomáticos, primero a su patria natal, Polonia, y luego, tras la ocupación de Varsovia por los rusos, a Francia, país cuya nacionalidad adoptó.

 

Su misión en Buenos Aires estaba motivada por el conflicto de la Confederación Argentina con Francia e Inglaterra por la libre navegación de los ríos a la cual pretendían las potencias europeas.

 

De joven, el Conde se había iniciado en política buscando respaldo inglés para la causa de la independencia de Polonia. Walewski estaba en Francia cuando se produjo la revolución de julio de 1830 que puso fin a la monarquía absoluta de los Borbones e instauró en el trono de Francia al Duque de Orléans, Luis Felipe, que pasó a la historia como el rey burgués. El suyo fue el régimen que admiró San Martín mientras vivió en París, porque garantizaba el orden sin ser despótico. El Libertador fue incluso recibido en la Corte porque el monarca deseaba conocerlo. De hecho, fue la caída de Luis Felipe, último rey de Francia, lo que motivó la mudanza de la familia San Martín a Boulogne-sur-Mer, en 1848.

 

Alexandre Walewski también interesó al Duque de Orleáns, que lo convocó para varias misiones diplomáticas. Para subrayar su ruptura con la era borbónica y consciente de la fuerza del recuerdo de Napoleón en el corazón de los franceses, Luis Felipe restauró el nombre del Emperador y repatrió sus restos para depositarlos en el Panteón de Los Inválidos, cumpliendo así con la voluntad de Bonaparte, inscripta en el codicilo de su testamento el 16 de abril de 1821, sólo 20 días antes de morir, de ser inhumado “a orillas el Sena, en medio de ese pueblo francés tan amado”.

 

Waleski hizo también la carrera militar y tuvo alguna actuación, en 1831, durante la sublevación polaca contra los rusos, pero cuando éstos finalmente se adueñaron de Varsovia, ya no pudo regresar a Polonia. También fue empresario periodístico e incursionó en la escritura.

 

Casado en primeras nupcias con Lady Catherine Caroline Montagu, con quien tuvo dos hijos, enviudó muy pronto y volvió a contraer matrimonio, esta vez con María Ana di Ricci, la mujer que lo acompañó en su misión al Río de La Plata.

 

Imaginemos la conmoción en la todavía pequeña ciudad puerto al recibir ni más ni menos que a un hijo de Napoleón, un personaje de fama universal. Eso sí, a diferencia de su medio hermano Léon Dénuelle, también hijo extramatrimonial de Napoleón Bonaparte, Walewski no alardeaba de ese parentesco ni reclamaba el apellido del Emperador.

 

La esposa de Walewski, María Ana Catherina Cassandra di Ricci, condesa de Bentivoglio, estaba a punto de dar a luz, lo que finalmente sucedió en Buenos Aires, poco después de su llegada. El 12 de mayo nació una niña, nieta de Napoleón Bonaparte.

 

Lamentablemente, la pequeña no llegó a vivir dos meses. Rosas envió al doctor James Lepper, su médico personal, en auxilio de la familia, pero nada se pudo hacer. Según Roberto Elissalde, citado por De Masi, la niña llegó a ser bautizada como Isabel Elisa, el 13 de junio, en la iglesia de La Merced, por el sacerdote Pedro Durand. Los padrinos de bautismo fueron el jefe de la escuadra francesa, almirante Fortunato José Le Predour, y su esposa, la vizcondesa de Chavannes.

 

Pero el 3 de julio, en el “Libro de Inhumaciones de Mujeres”, quedó consignado el ingreso de la pequeña Isabel Elisa Walewski en el cementerio de la Recoleta. No se tiene el dato concreto de la ubicación de su tumba, tampoco registro de que haya sido repatriada a París, por lo que se puede suponer que sus restos siguen allí.

 

José Mármol le dedicó un poema a la Condesa Walewska en el cual comparaba su duelo con el de las madres argentinas que padecían por la violencia del régimen rosista, lo que demuestra que la tendencia al uso político de los muertos no es una novedad de nuestros tiempos.

 

“Ya, señora, entre vos y los proscritos / Hay algo de común que os simpatiza /…./ Disteis un ángel a la patria mía, / Pero al arrullo del materno anhelo / La tempestad del Plata respondía. / Y asustado, el Querube voló al cielo. / Ved, ¡ay! señora, en vuestro propio llanto / El llanto de mil madres argentinas / ¿Dónde sus hijos son? ….”, decía el dramático poema.

 

Recordemos que, en el marco del conflicto que enfrentó a la Confederación con Francia e Inglaterra, muchos exiliados unitarios se alinearon abiertamente con las potencias europeas.

 

Poco después del sepelio de su hija, Walewski emprendió el regreso a Europa, vía Montevideo. Su misión en Buenos Aires no tuvo resultados positivos desde los intereses de Francia ya que el gobierno rosista rechazó las pretensiones de las potencias europeas de que se concediera la libre navegación de los ríos de la cuenca del Plata.

 

El hijo de Napoleón se entrevistó varias veces con Rosas y con el canciller Felipe Arana. En cambio, no frecuentó demasiado la sociedad porteña. Tampoco quedaban muchos franceses con los cuales relacionarse ya que la mayoría había emigrado a Montevideo.

 

En Francia, en tanto, José de San Martín enviaba una carta al gobierno galo para aconsejarle que desistiera de su empeño en el Plata y su mensaje era leído en la Asamblea por el Ministro de Asuntos Exteriores lo que contribuyó a apaciguar el entusiasmo bélico de algunos legisladores. En la nota, San Martín les advertía que, aunque obtuvieran algunos triunfos al comienzo -como de hecho sucedió- no lograrían a la larga doblegar al pueblo argentino.

En Europa, Walewski retomó su carrera diplomática. Cuando el sobrino de Napoleón, y por ende primo suyo, Luis-Napoleón Bonaparte, fue electo presidente de la Segunda República francesa, Alexandre fue nombrado ministro en Florencia (1849) y embajador en Nápoles (1850), Madrid (1851) y Londres (1851). En este último destino le tocó a Walewski negociar el reconocimiento del Segundo Imperio Francés, creado por su primo en 1851.

 

En 1855, fue nombrado senador y ese mismo año, ministro de Asuntos Exteriores. Al año siguiente presidió en representación de su país la Conferencia de París que puso solución a la Guerra de Crimea. Renunció en 1860, por diferencias con su primo respecto de la política hacia Italia.

 

Murió en Estrasburgo el 27 de septiembre de 1868 y sus restos están sepultados en el cementerio de Père Lachaise, en París.

 

NAPOLEÓN Y MARÍA WALEWSKA

Alexandre Walewski fue concebido en Viena, durante una estadía de su madre en esa ciudad para estar cerca de Napoleón que se encontraba en campaña.

 

Antes de Alexandre, Napoleón tuvo otro hijo ilegítimo, el primero, fruto de una relación fugaz con Éléonore Dénuelle de la Plaigne, una joven de 18 años que estaba al servicio de su esposa, Josefina de Beauharnais. De ese vínculo nació un niño, el 13 de diciembre de 1806, al que Napoleón le dio un fragmento de su nombre, Léon, y en cuya partida de nacimiento se leía: “padre ausente”. En realidad, el Emperador se hizo cargo de la manutención del niño y de la madre, pero cortó toda relación con ésta.

 

Napoleón estaba casado desde 1796 con Josefina -Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie-, una viuda de 37 años, madre de dos hijos de su matrimonio con Alexandre de Beuaharnais, guillotinado durante el “reinado” de Robespierre. No habían tenido hijos y Bonaparte dudaba si ello se debía a la edad de ella o a su propia infertilidad. El nacimiento de Léon disipó esas dudas y alentó los planes, que concretaría más adelante, en 1810, de unirse, por motivos geopolíticos, a una dinastía europea y tener un heredero.

 

Bonaparte se había casado muy enamorado de Josefina, hasta que ella le rompió el corazón con sus sucesivas infidelidades y él empezó a coleccionar amantes. Sin embargo, el vínculo entre ambos seguía siendo afectuoso y cordial. Hasta que él decidió el divorcio, por causas estratégicas.

 

Hasta entonces, de todos los romances extramatrimoniales que tuvo, el único perdurable fue el que lo ligó a María Walewska, a quien conoció en 1807 en Polonia, durante un baile en su honor brindado por la ciudad de Varsovia. Napoleón estaba en la cumbre de su poder y para los polacos era un héroe, el hombre que podría darles la tan ansiada independencia.

 

Cuando Bonaparte puso sus ojos en María, una joven de 18 años, apasionadamente patriota y admiradora de Napoleón, pero casada, todo su entorno la alentó al romance, casi como una entrega patriótica.

 

Aun así, el Emperador tuvo que insistir y tener paciencia porque María era una mujer seria y piadosa, aunque su matrimonio con Walewski, un conde septuagenario, era de conveniencia. Por otra parte, su admiración a Napoleón surgía de su patriotismo y no de un interés arribista. Finalmente, acabó enamorada y de modo definitivo: “Todos mis pensamientos vienen de él y vuelan a él. El es todo para mí, mi porvenir y mi vida”.

 

Napoleón no era menos apasionado: “¡María, mi dulce María, mi primer pensamiento te pertenece! Mi primer deseo es volver a verte. ¿No es verdad que volverás? Me lo has prometido. Si no, el águila volará hacia ti”.

 

Pero, a diferencia de ella, Napoleón tiene otras cosas en juego y, llegado el momento, priorizará su Imperio y el vínculo con María se irá espaciando. Entre tanto, había nacido Alexandre, a quien el esposo de María, el Conde Walewski, reconoció como legítimo.

 

Ella se había instalado en París, para estar cerca de Napoleón. Allí, por consideración a Josefina, llevó una discreta vida de reclusión. Aun así, en los corrillos era llamada la “esposa polaca” o la “reina polaca”.

 

Cuando Napoleón partió una vez más en campaña, ella lo siguió. Y así fue que, en Varsovia, quedó encinta. Tras el nacimiento de Alexandre, en 1810, volvió a París con el niño. Pero cuando Napoléon, ya divorciado, contrajo matrimonio con María Luisa de Austria, la relación se fue enfriando sobre todo porque él temía que sirviera de excusa a sus enemigos.

 

Sin embargo, nunca la olvidó. En su atrapante biografía de Napoleón, Emil Ludwig cuenta que, en su retirada de Rusia, perseguido por el ejército zarista, viajando de incógnito, con unos pocos acompañantes para no levantar sospechas, y enfundado en un saco de piel de oso, con botas forradas y un gorro bien calzado hasta los ojos, al recorrer el Gran Ducado de Varsovia, y sabiendo que María Walewska estaba en su castillo, Napoleón tuvo el fuerte impulso de desviarse de su ruta para visitarla.

 

“Huyendo de Rusia, con el cerebro desbordado de proyectos, forzado a abandonar su ejército porque París [N.de la R: donde sus enemigos de adentro habían aprovechado su ausencia para intentar un golpe de Estado] lo necesita y él necesita a París... y, no obstante, súbitamente, la nostalgia de su idilio frustrado se apodera de él. Pero las súplicas y los razonamientos de sus compañeros, que le hacen ver los peligros de la situación, rodeados como se hallan de cosacos, que recorren la comarca, pueden más que su deseo y le hacen renunciar”, describe Ludwig.

 

Cuando el Emperador abdicó por primera vez, en 1814, su esposa María Luisa regresó a Austria y nunca más le dio noticias, ni suyas, ni de su hijo legítimo y heredero, Napoleón II, nacido el 20 de marzo de 1811.

 

En cambio, en la isla de Elba, el 3 de septiembre de 1814, el Emperador recibió la visita de María Walewska con Alexandre, que entonces tenía 4 años. A ese hijo, Napoleón le legó varios bienes, inmuebles, terrenos y dinero.

 

En el año 2013, investigadores del Instituto de Antropología Molecular de París compararon el ADN de los descendientes de Walewska con el de miembros de la familia de Jerónimo Bonaparte, hermano menor de Napoleón, estudio que confirmó la pertenencia de Alexandre al linaje del Emperador. Casi una prueba superfluo, considerando las fotografías de Walewski y la conducta de Napoleón hacia él.

 

De los varios supuestos hijos naturales de Bonaparte, sólo Léon y Alexandre fueron discretamente reconocidos, al menos en los hechos.

 

El único hijo legítimo de Napoleón murió muy joven, a los 21 años, de tuberculosis.

 

Sin embargo, el linaje Bonaparte siguió dando que hablar: un sobrino nieto de Napoleón, descendiente directo de su hermano menor, Jerôme, Charles Joseph Bonaparte, nacido en los Estados Unidos, fue el creador del Federal Bureau of Investigation, el célebre FBI. Formado en Leyes en Harvard, era un estrecho colaborador de Theodore Roosevelt durante su presidencia (1901-1909).

 

Y fue también una Bonaparte, Marie, la que contribuyó a la difusión del psicoanálisis en Europa y más allá, y la que además intervino personalmente para salvarle la vida a Sigmund Freud, cuando ya se insinuaba contra él la amenaza de la persecución nazi. La princesa Marie Bonaparte, escritora y psicoanalista, era bisnieta de Lucien Bonaparte, el hermano que le seguía a Napoleón, protagonista destacado del 18 Brumario, la jornada del 9 de noviembre de 1799, que llevó al poder al futuro Emperador de los franceses.


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