BATALLA DE ITUZAINGÓ
la carga suicida de Federico de Brandsen, el
valeroso oficial francés condecorado por Napoleón
Adrián Pignatelli
Infobae, 20 de
Febrero de 2022
Era el martes 20
de febrero de 1827 y la batalla de Ituzaingó estaba en su apogeo. Nuestro
país estaba desde 1825 en guerra contra el Brasil, tanto en tierra como en
agua, disputándose lo que actualmente es Uruguay y parte del estado de Río
Grande do Sul, donde ese combate se estaba librando.
Carlos Luis
Federico de Brandsen era un parisino nacido el 28 de noviembre de 1785, hijo de
un médico holandés. A los 23 años ingresó a la carrera militar y tres años
después era alférez en el ejército napoleónico. A lo largo de las batallas en
las que participó, cosechó tantas heridas como condecoraciones y ascensos.
Herido en una pierna por un sablazo, luego por una bala de cañón, se destacó
por sus acciones heroicas, como en el combate de Bautzen donde, a bayoneta
calada, tomó una posición prusiana. Fue condecorado por el mismísimo Napoleón y
fue su ayudante de campo. La última vez que fue herido en Europa fue cuando
participó en la famosa campaña de los cien días de Bonaparte. Cuando éste fue
derrotado, pidió la baja.
En París conoció a
Bernardino Rivadavia, quien le propuso incorporarse al ejército en Buenos
Aires. Lo destinaron al regimiento de Granaderos, que estaba en Chile, con el
grado de capitán de caballería.
Estando el
ejército acampando en Chimbarongo, en el centro de Chile, el teniente Pedro
Ramos lo escuchó poner en duda la valentía de los argentinos. Ramos lo retó a
duelo a sable. El francés logró herirlo levemente cerca de un ojo, pero recibió
un planazo en la cabeza que lo dejó fuera de combate.
Descolló en los
combates en los que participó. En Chancay, con solo 36 soldados derrotó a 150
españoles y contuvo el avance de 2000 enemigos. Él mismo mató de un pistoletazo
a Bermejo, el jefe español.
En una
oportunidad, el general Juan Antonio Monet le preguntó a Tomás Guido: “¿Tienen
ustedes muchos oficiales como Brandsen? Guido respondió que “nadie lo supera en
valor, y en cuanto a conocimiento y pericia en el arte de la guerra, no es
fácil igualarle”. “Me alegro -respondió el español- porque si así fuera se nos
enredaría mucho más la madeja”.
San Martín lo
ascendió a coronel graduado y lo condecoró con la Orden del Sol. Continuó
combatiendo con Simón Bolívar y por un conflicto entre ambos, fue desterrado a
Chile.
Estando en Perú se
había casado en 1821 con Rosa de Jáuregui, y tuvo tres hijos. De regreso en
Buenos Aires, lo pusieron al frente del Regimiento 1 y marchó a la guerra con
el Brasil. “Soy francés y aventurero. Desde Caracas hasta Chiloé y desde Chiloé
hasta Buenos Aires, el suelo americano está humeando con la sangre de los
aventureros de todas las naciones que han perecido en defensa de su libertad”,
escribió en su diario.
Los jefes del
ejército republicano estaban desorientados con las cambiantes decisiones del
general Alvear. Hasta planearon rebelarse y separarlo de su cargo. No entendían
las órdenes y contraordenes del comandante.
El ejército
republicano estaba compuesto por unos 6200 hombres. El brasileño era superior
en número, gracias a los 3600 soldados austríacos al mando del general Braün,
con que el emperador de Austria había auxiliado a su yerno el emperador del
Brasil. Aun así, las fuerzas de Alvear habían cosechado triunfos parciales en
Camacuá, Bacacay y en El Ombú.
El ejército
republicano estaba en el actual estado de Río Grande do Sul, en un punto que
los brasileños conocen como Paso del Rosario. Habían llegado el 19 de febrero y
Alvear dispuso que la infantería y la artillería cruzasen el río Santa María.
Acamparon en un lugar que no era apto para el combate, con altos y espesos
matorrales que impedían operar a la caballería. Ese 20 de febrero de 1827 las
fuerzas enemigas -al mando de Felisberto Pontes de Oliveira e Horta, marqués de
Barbacena- estaba a unos 15 kilómetros. Jefes como el propio Brandsen, José
Valentín de Olavarría, José María Paz y Juan Lavalle le plantearon a Alvear que
estaban en una posición comprometida y que era necesario ir al encuentro del
enemigo en un terreno más beneficioso, y protegerse en las colinas que tenían
detrás. Se adelantó un batallón al mando de Félix de Olazábal, la caballería
comandada por el oriental Juan Antonio Lavalleja y una batería al mando del
capitán Chilavert, que tuvieron un encuentro con las tropas brasileñas, que se
envalentonaron creyendo que esas fuerzas cubrían la retirada del ejército
republicano.
Las fuerzas
frenaron dos cargas brasileñas, lo que permitió darle tiempo a reunirse a la
mayoría de la caballería. Las fuerzas de Lavalle recibieron la orden de atacar
a la caballería enemiga al mando de Bento Goncalvez, pero su carga fue frenada
por un profundo arroyo seco y quedaron a merced de los tiradores brasileños.
Los brasileños
avanzaban. Alvear ordenó a la caballería que estaba al mando del coronel José
María Paz y Brandsen cargasen contra posiciones fuertemente defendidas por la
primera división imperial. Los ayudaba un profundo zanjón.
Brandsen le hizo
notar a Alvear que esa carga sería suicida, que no había ninguna posibilidad de
éxito. El jefe hirió el amor propio del francés. Algunos aseguran que Alvear le
dijo que seguramente no hubiese cuestionado una orden impartida por Napoleón. A
Brandsen no le quedó más remedio que obedecer. Con su uniforme que lucía sus
medallas, se puso al frente del Regimiento 1 y arremetió contra el zanjón.
Recibió una
cerrada carga de fusiles. Desmontado y herido, volvió a ordenar atacar. Junto a
media docena de sus oficiales y 60 hombres perdió la vida. En esa acción
también murió Ignacio Lavalle, el hermano menor del general.
La situación era
comprometida porque el ataque del cuerpo de Dragones y Coraceros también había
sido rechazado y se esperaba una arremetida enemiga.
Fue una genial
maniobra de Lavalle, que simuló retirarse del campo de batalla, que sorprendió
a las fuerzas brasileñas que lo perseguían, y las dispersó. Paralelamente, el
general Paz se lanzó sobre una división imperial y logró que la caballería
enemiga huyese, aún cuando el militar cordobés perdiera la mitad de sus hombres
por el fuego enemigo. Mientras tanto, los lanceros de Olavarría quebraron el
ala izquierda enemiga.
Los brasileños ya
no contaban con caballería y su infantería quedó desprotegida. Se retiraron del
campo de batalla luego de once horas de lucha.
Cuando Juan
Lavalle volvió de perseguir al enemigo, pasó por el lugar donde yacía el cuerpo
acribillado de Brandsen. Los brasileños le habían robado la ropa y se lo identificó
gracias a la cicatriz que tenía en la cabeza cuando se había batido a duelo con
Ramos. Ordenó a sus soldados presentar armas en honor a tan valiente militar.
Recogió su sable y su cartera, donde guardaba el diario de campaña de la
segunda división. La última anotación la había hecho nueve días atrás. Cuando
volvió a Buenos Aires, le llevó esas pertenencias a su viuda, quien le pidió
que se quedase con el diario, en homenaje a la amistad que los había unido.
A las dos y media
de la tarde del 4 de marzo llegó a Buenos Aires la noticia del triunfo. Hubo
salvas de artillería, repiques de las campanas de las iglesias, bailes y
durante tres noches seguidas la ciudad permaneció iluminada.
Entre los bagajes
que los brasileños abandonaron en el campo de batalla, se encontraba un cofre
en cuyo interior había una partitura de una marcha que el emperador Pedro I,
con veleidades de compositor, le dio al marqués de Barbacena para que la
ejecutase luego de la victoria que descontaba segura sobre los argentinos. Nuestro
país la usó por primera vez el 25 de mayo de 1827, lleva el nombre de la
batalla y se dispuso tocarla en los actos oficiales presididos por el
presidente.
El destino quiso
que la tumba de Brandsen, en el cementerio de La Recoleta, esté frente a donde descansa
el sueño eterno Alvear, aquel jefe que lo había mandado a una misión suicida y
que el francés haciendo honor a su valor, mostró su mejor cara a la muerte.
ASESINATO DE QUIROGA
Por: Manuel Galvez
*
Fines de enero.
Terrible noticia, que si no impresiona enormemente es porque al personaje no se
lo conoce en Buenos Aires: el general Pablo Latorre, héroe de la Independencia
y gobernador de Salta, que había caído prisionero el 19 de diciembre, ha sido,
diez días más tarde, asesinado en la cárcel y en su lecho por los unitarios
jujeños, que habían simulado pretender libertarle.
Y dos meses y
medio después de la partida de Quiroga, el 2 de marzo de 1835, lunes de
Carnaval, una pavorosa nueva consterna a todos: Quiroga y su comitiva han sido
asesinados en la posta de Barranca-Yaco, a diez y ocho leguas de Córdoba y cuando regresaba de su viaje. Suspéndese
las fiestas de Carnaval. Los diarios aparecen enlutados. En el mundo federal
hay pánico. Se teme que sigan los asesinatos. Rosas tenía razón.
Reúnese la
legislatura. Maza no quiere conservar el mando. No hay una persona que no
comprenda la necesidad de poner el gobierno en manos de Rosas. Los diputados,
interpretando el deseo de toda la población y el propio, y como quien se
refugia del miedo y del abandono –“el nublado se nos viene encima” dice un
diputado- en el único apoyo, en la única fuerza grande existente, nombran
gobernador a don Juan Manuel de Rosas, por cinco años y con la suma del poder
público. No se trata de las facultades extraordinarias sino de mucho más.
Buenos Aires quiere que Juan Manuel de Rosas, único hombre en quien cree, mande
él solo, que él solo legisle y haga justicia, que encarcele y destierre y
fusile cuando lo considere necesario. Buenos Aires quiere ser dominado
despóticamente por el bello hombre rubio y poderoso.
Él solicita unos
días para contestar. Carteles en las paredes piden orden y ruegan a Rosas que
no abandone a sus amigos a la saña de los unitarios. Su respuesta desde la
quinta de Terrero en San José de Flores es la de un legalitario y un demócrata:
quiere que el pueblo vote si está conforme o no con la suma del poder público.
Tres días dura la votación. Todos votan afirmativamente salvo, entre millares,
unos cuantos corajudos que ni llegan a diez. Uno de ellos dice estar conforme
con el elegido, pero no con el poder que se le otorga. Sus adversarios también
votaron como todos. Domingo Sarmiento dirá más tarde que “nunca hubo un
gobierno más popular, más deseado”. Otro de sus conspicuos adversarios, Esteban
Echeverria, poeta y pensador, escribirá: “su popularidad era indiscutible; la
juventud, la clase pudiente, hasta sus enemigos más acérrimos, lo deseaban, lo
esperaban cuando empuño la suma del poder”. En 1842, el diario de Montevideo
que más le calumnia e injuria dice: hablando de lo que él fue en este tiempo:
“habría sido una injusticia no darle el titulo supremo de hombre de esperanzas,
de poder, capaz de fijar los destinos argentinos”. Y agrega: “Rosas se paseaba
triunfante por las calles de Buenos Aires, hacía gala de su popularidad,
recibía a todo el mundo; era un eco de alegría y de aplausos el que se alzaba
por donde él pasase; su cara era el pueblo, el pueblo le amaba”.
Juan Manuel de
Rosas acepta ahora el cargo de gobernador. Acepta el desafío de los unitarios y
se dispone para salvar al país. Buenos Aires exulta de júbilo. El pueblo
celebra el triunfo con canciones. Los federales saben que ya nada podrán sus
enemigos. La sociedad entera se siente segura, defendida. Todos hacen suyas las
palabras pronunciadas en la Sala por uno de los más cultos e inteligentes
diputados, por Juan Antonio Argerich, ex coronel y hoy sacerdote: “el pueblo
aspira a que mande el ciudadano Juan Manuel de Rosas, pero que mande sin reato,
y que mande y despliegue todo ese genio con que la naturaleza le ha dotado en beneficio de nuestra Patria;
todo el pueblo le marca, le desea, y, en una palabra, cree que él solo puede
arar y trillar el campo para que la felicidad vuelva a nuestro país. No quiere
limites el pueblo…”
Los escritores que
más tarde harán oposición a Rosas llamándole “tirano”, y los historiadores
actuales, parecen ignorar esas palabras. Ellas, sin embargo, revelan la opinión
del pueblo entero. No es un solo hombre quien habla por boca de Argerich: es
toda la Provincia, y él así lo dice. Esas palabras, y otra muchas, entre ellas
las de Echeverria, demuestran que, para los contemporáneos de Rosas, ciertos
actos suyos del primer gobierno, como la ejecución de Montero y los
fusilamientos en San Nicolás, tan condenados por los unitarios y por los
historiadores oficiales, no han tenido excesiva importancia o han estado
justificados. No ha de haber sido Rosas tan tirano cuando todos, voluntariamente,
claman por su vuelta al poder. Rosas no se ha apoderado del gobierno. A él lo
han buscado, le han rogado. Ricos y pobres, todos creen que él solo, con su
dura mano, puede gobernar. Todos saben que él solo puede imponer el orden,
destruir la anarquía y organizar de nuevo la nación. Todos saben que él solo
tiene el patriotismo y la capacidad de sacrificio para cumplir la misión
trágica que anunciaban las palabras proféticas del general San Martin.
*Galvez, Manuel.
Vida de don Juan Manuel de Rosas.
(Fuente: Crítica
Revisionista, diciembre 2014)
EL FUSILAMIENTO DE DORREGO
cartas desgarradoras, el tormento tardío de
Lavalle y una viuda abandonada
Adrián Pignatelli
Infobae, 13 de
Diciembre de 2021
Había sido la
esposa del gobernador de Buenos Aires y estaba en la indigencia. Angela
Baudrix, de 33 años, cuando le negaron una y otra vez la pensión que le
correspondía por su esposo, gobernador fusilado, debió ganarse la vida cosiendo
uniformes en la ropería de Simón Pereyra. Le pagaban una miseria, un oficio que
era muy mal pagado en la Buenos Aires colonial.
En 1811, cuando
contaba 16 años, había conocido a Manuel Dorrego, de 28. Se casaron en 1815,
aún con la oposición de los padres de ella. Tendrían dos hijas: Isabel, en 1816
y Angelita, en 1821.
Manuel Críspulo
Bernabé do Rego nació el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires. Estudió en el
Colegio de San Carlos y luego jurisprudencia en Chile, donde participó en 1810
de la revolución. Incorporado al Ejército del Norte, las dos heridas en el
combate de Sipe-Sipe le valieron el ascenso a teniente coronel.
Volvió a demostrar
su arrojo en las batallas de Tucumán y Salta, al mando de Belgrano, quien lo
ascendió a coronel. Era tan valeroso como indisciplinado e irreverente, lo que
le valió varios arrestos. Debido a su temperamento, el creador de la bandera lo
marginó de la campaña que finalizaría con las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.
Belgrano llegó a decir que con Dorrego a su lado, no hubiese sido derrotado en
estos combates.
Cuando San Martín
se hizo cargo del Ejército del Norte, también fue sancionado por burlarse en
público de Belgrano. Volvería a las armas para pelear contra Artigas.
Su oposición al
Director Pueyrredón le valió un destierro, que debía ser en Santo Domingo, pero
que las contingencias lo llevó a Estados Unidos, donde vio el funcionamiento
del federalismo. Cuando regresó, el país era un caos y la anarquía del año 20
de pronto lo sorprendió como gobernador interino. Con Martín Rodríguez y Bernardino
Rivadavia en el poder, debió alejarse nuevamente. En 1827, luego de haber caído
el gobierno, el Partido Federal lo nombró gobernador en agosto. Había recibido
el apoyo de las provincias para continuar la guerra con Brasil y llegar a una
paz aceptable. Presionado por los ganaderos y por la diplomacia inglesa y
obstaculizado su propio gobierno por la burocracia que aún respondía a
Rivadavia, debió rubricar la paz con Brasil, por la que aceptaba la
independencia de la Banda Oriental. El coronel, de pensamiento auténticamente
federal, de fuerte predicamento entre los gauchos y los más humildes, debió
enfrentar el descontento de las tropas al sentirse traicionadas por el acuerdo
de paz. Y comenzó la conspiración.
Que Juan Galo de
Lavalle intentaba derrocarlo, fue una de las tantas advertencias que desechó.
Pero lo cierto era que la revolución era un secreto que todos conocían. El
antiguo granadero no estaba solo, sino que viejos compañeros de armas, como
Soler, Alvear, Paz y otros tramaban a sus espaldas. Lavalle era un militar de
31 años recién cumplidos que había alcanzado su prestigio en los campos de
batalla, primero con la campaña libertadora y luego en la guerra contra el
Brasil. En buena ley se había ganado el apodo de “el león de Río Bamba”.
Ante el avance de
las tropas de Lavalle, que no quería saber nada con parlamentar, el 1 de
diciembre de 1828 Dorrego debió dejar la ciudad y se dirigió a la estancia de
Rosas. Una elección exprés de unitarios realizada a la una de la tarde en la
capilla de San Roque ungió a Lavalle gobernador por 79 contra dos, uno por
Carlos de Alvear y el otro para Vicente López.
En su huida al sur
de la provincia, descartó el consejo de Rosas que fuera para Santa Fe, dominios
del caudillo Estanislao López. Decidió lo peor: enfrentar a las tropas de
Lavalle en Navarro, con 2000 hombres y cuatro piezas de artillería, sumados
unos doscientos indios pampas, que tenían sus tolderías en los dominios de
Rosas. Este se quejaría más tarde: “Yo se muy bien que Dorrego es un loco”.
campos de batalla.
En política, demostró ser influenciable
El 9 de diciembre
fue rápidamente derrotado y en su huida, fue traicionado por dos oficiales a
los que consideraba leales, Bernardino Escribano -que el año anterior había
fundado Junín- y Mariano Acha. Dorrego fue arrestado en Salto y llevado a
Navarro, donde acampaba Lavalle. Su primer impulso fue escribirle a Guillermo
Brown, interinamente a cargo del gobierno. Le pidió garantías para dejar el
país.
El general
golpista era presionado por los hombres de levita de Buenos Aires. El 12 por la
noche, recibió una misiva de Juan Cruz Varela: “Este pueblo espera todo de
usted, y usted debe darlo todo (…) Cartas como estas se rompen…” Del Carril le
enviaría cinco. En una afirmaba que “este país se fatiga 18 años hace, en
revoluciones, sin que una sola haya producido un escarmiento (…) habrá usted
perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra…”
Dorrego había
llegado a las 13 horas del 13 de diciembre, escoltado por cincuenta hombres del
Regimiento de Húsares al mando del coronel Federico Rauch, y quedó detenido en
el casco de una estancia. El general golpista, alojado en el establecimiento de
Juan de Almeyra, al norte de Navarro, se negó a recibirlo, mientras el detenido
esperaba expectante en el carruaje.
Tamaña sorpresa le
produjo a su edecán, Juan Estanislao Elías, cuando su jefe le ordenó
comunicarle a Dorrego que, en el término de una hora, sería fusilado por
traición.
Dorrego no lo
podía creer. “¡Santo Dios!” exclamó mientras se golpeaba la frente. “A un
desertor al frente del enemigo, a un enemigo, a un bandido, se le da más
término y no se lo condena sin permitirle su defensa. ¿Dónde estamos? ¿Quién ha
dado esa facultad a un general sublevado? Hágase de mi lo que se quiera, pero
cuidado con las consecuencias”, le dijo a Lamadrid.
Dorrego pidió
hablar con Lavalle. Este se negó. “General, por qué no lo oye un momento aunque
lo fusile después”, intercedió Gregorio Araoz de Lamadrid. “¡No lo quiero!”,
gritó.
Lavalle no pensaba
por sí mismo ni tampoco en las consecuencias. En una reunión la noche previa al
estallido del golpe, lo convencieron de que el gobernador debía morir. Julián
Seguro Agüero, Salvador María del Carril, los hermanos Florencio y Juan Cruz
Varela, Ignacio Alvarez Thomas, José Miguel Díaz Vélez, Valentín Alsina
encabezaban la lista de conspiradores. También Rosas estaba en la lista de
individuos a matar, pero Lavalle se negó.
Dorrego pidió un
cura y lápiz y papel. Le escribió a su esposa: “Mi querida Angelita: En este
momento me intiman que dentro de una hora debo morir. Ignoro por qué; más la
Providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha
querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso
alguno en desagravio de lo recibido por mi. Mi vida: educa a esas amables
criaturas. Se feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado
Manuel Dorrego”.
Luego, fue el
turno de sus hijas. “Mi querida Angelita: te acompaño esta sortija para memoria
de tu desgraciado padre”; “Mi querida Isabel: te devuelvo los tiradores que
hiciste a tu infortunado padre”.
Otra carta fue
para Estanislao López, y le pidió que perdonase a sus victimarios, y que su
muerte no fuera causa de más derramamiento de sangre.
Se confesó con su
primo, el padre Juan José Castañer, el cura de Navarro. Siempre estuvo
acompañado por Lamadrid, su amigo y adversario ocasional. Dorrego era padrino
de Bárbara, una de sus hijas. Este valiente hasta la temeridad, no tuvo el
valor de acompañarlo en el último momento. A pedido del condenado, le dio su
chaqueta para morir, ya que pidió que se le acercase la suya a su esposa, junto
con sus tiradores y un anillo para sus hijas. Era todo lo que tenía.
En compañía del
cura, caminó unos cien metros hasta un corral, ubicado detrás de la iglesia de
Navarro. Se le vendó los ojos con un pañuelo amarillo. Lo esperaba un pelotón
del 5° de Línea al mando del capitán Páez. Eran las 14:30 cuando fue fusilado.
El propio padre Castañer lo enterró.
Lavalle asumió
toda la responsabilidad. “Participo al Gobierno Delegado que el coronel don
Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos
que componen esta división.
La Historia, señor
ministro, juzgará imparcialmente si el señor Dorrego ha debido o no morir, y si
al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber
estado poseído de otro sentimiento que el del bien público.
Quiera el pueblo
de Buenos Aires persuadirse que la muerte del coronel Dorrego es el mayor
sacrificio que puedo hacer en su obsequio.
Saludo al señor
ministro con toda consideración, Juan Lavalle.”
La noticia cayó de
la peor manera en Buenos Aires, que se enteró del desenlace al día siguiente.
Juan Manuel Beruti escribió en sus Memorias Curiosas que “mientras gobernó, no
hizo mal a ninguno; no entró al gobierno por revolución sino por la junta de la
provincia que lo nombró”.
El cónsul
norteamericano escribió que “es difícil describir el pavor y profunda tristeza
que esta noticia ha infundido en la ciudad”.
Lavalle intentó
justificarse cuando dijo que “sacrifiqué a Dorrego con la intención más sana”.
Sin embargo, en sus memorias Félix Frías recordó que Lavalle “comenzó a
sentirse atormentado por esta decisión. Con los años la carga no haría más que
incrementarse de una manera insoportable”. Del Carril le aconsejó mentir y
labrar un acta falsa.
La situación
política fue capitalizada por Rosas, que comenzó su rápido camino al poder
desde la campaña bonaerense. Lavalle terminaría retirándose.
Hasta el fin de
sus días, siempre recordó el 13 de diciembre.
El domingo 20 de
diciembre de 1829, un año y una semana después de haber sido fusilado, entró a
la ciudad la urna con sus restos. Cuando la carroza estuvo a la altura del
pueblo de Flores, el centenar de ciudadanos que había ido a su encuentro,
desengancharon los caballos y condujeron el carruaje a pulso hasta la iglesia
parroquial de Nuestra Señora de la Piedad. Un grupo de curas se había
adelantado cuatro cuadras a recibir la carroza, en medio de la gente que se
agolpaba en las calles y que muchos pujaban por entrar al templo colmadísimo,
donde se ofició una misa.
Toda la ciudad le
rindió homenaje. Los soldados con brazaletes negros, las banderas con
crespones, las campanas de las iglesias desde el mediodía de ese día hasta las
8 de la noche del siguiente no dejaron de tocar a muerto y hasta los postes de
la vereda los cubrieron con ramos de olivo.
En un cortejo encabezado
por el gobernador, quien había asumido el 8 de diciembre de ese año, y detrás
sus funcionarios -todos de luto- acompañaron los despojos a una capilla, donde
se volvió a rezar. Cañonazos cada media hora, altares alusivos, guardias de
honor. Todo refería al desgraciado que había sido fusilado en San Lorenzo de
Navarro.
Al día siguiente
más misas y procesiones. Nuevamente la iglesia, más ceremonias, cañonazos,
otros recuerdos y alabanzas. A las seis de la tarde todos fueron al cementerio,
al que llegaron dos horas después. Dicen que el gobernador estaba conmovido.
Cuando éste dejó caer una guirnalda sobre la fosa, todo concluyó.
Cayeron en saco
los reclamos de la viuda Angela Baudrix para obtener la pensión que le
correspondían por su marido militar y gobernador. Debería esperar 17 años para
que Rosas autorizase el reconocimiento. Dicen que el pedido había sido
cajoneado por Encarnación Ezcurra, la esposa de Rosas, ya que consideraba a
Dorrego un federal cismático, y no apostólico.
Su hija Isabel nunca
se casó, y desde el día del fusilamiento de su padre, siempre vistió de luto.
En 1868 Mariano
Miró inauguró su mansión, en la manzana comprendida entre Avenida Córdoba,
Viamonte, Libertad y Talcahuano. Once años más tarde, justo enfrente se instaló
el monumento a Juan Lavalle. Para la esposa de Miró fue como una burla atroz:
ella era Felisa Dorrego, sobrina del fusilado. Desde ese momento hasta el día
de su muerte, puertas y ventanas que daban al monumento permanecieron siempre
cerradas. En repudio al que había ordenado el fusilamiento de quien tuvo que
pedir prestada una chaqueta para morir.
EJERCICIO DE MEMORIA
contra los
falsificadores del pasado
La Prensa,
14.11.2021
Libro: Volver a la patria
Por Centro de Estudios Salta
Argentinidad. 644 páginas
Hay un contraste
muy marcado entre el deseo de tantos jóvenes de irse hoy del país y las
aventuras, sacrificios y actos heroicos con que otros hombres y mujeres se
prodigaron por la patria a lo largo de los siglos XX y XXI. La comparación la
propone en este libro el Centro de Estudios en Historia, Política y Derechos
Humanos de Salta (CES) y debería dar que pensar. El ánimo de los jóvenes,
palpable para cualquier observador, fue objeto de una encuesta de los autores
el año pasado, cuyos resultados se desglosan al final de este volumen. Hoy ya
lo dicen otras consultoras: casi cien jóvenes por día se marchan del país.
Entre las muchas
razones que hay para ello, el CES postula que esa reacción se debe también a
que las ofrendas de quienes nos precedieron van siendo borradas de la memoria
colectiva junto con nuestras tradiciones, en un proceso de sustitución cultural
y falseamiento de la historia que busca reconfigurar nuestro futuro. Por eso el
CES se propuso acometer la tarea de recordar historias que pudieran servir de
estímulo para detener esta ofensiva.
Volver a la patria
es por lo tanto un libro ambicioso, con más de un propósito. A grandes rasgos
podríamos señalar tres, aunque hay más. Uno es recuperar los ejemplos olvidados
de bravura, ingenio, piedad religiosa y entrega de la propia vida de decenas de
personas que forjaron nuestra independencia o ayudaron a preservarla hasta el
final del siglo pasado, sea en la guerra contra el terrorismo o en Malvinas.
Otro objetivo es denunciar cómo el olvido de esas figuras y acontecimientos es
el producto de una obra paciente de subversión cultural que lleva hoy a
homenajear a terroristas y mantener en prisión perpetua a los militares que los
combatieron. Y el tercero, iluminar las hipótesis de conflicto que se presentan
hoy mismo en el país, en medio de este estado general de desarme físico y espiritual.
Todo esto se va
desplegando a lo largo de casi un centenar de escritos breves, de diversos
géneros -crónicas, notas de opinión, reseñas de libros, entrevistas, memorias-
y autores, pero con un mismo tono desafiante. Un tercio de los artículos evoca
combates de la guerra revolucionaria. Singular interés despierta en este
sentido el testimonio de los mismos protagonistas, como el relato que se
incluye aquí desde adentro de la Operación Independencia.
Surtido,
provocador, Volver a la patria es un ejercicio de memoria contra el engaño, la
ingratitud y la molicie, una invitación a reflexionar con la esperanza de
retemplar los espíritus para salvar a la Argentina de la disgregación.
Juan B. Aspiazu
PARALELOS
entre el Sultán
Tipu, Tigre de Mysore, y Juan M. de Rosas, el Gran Americano
Pablo Vázquez
La Prensa,
18.11.2021
Ante la
conmemoración del Día de la Soberanía Nacional, en recuerdo de la Batalla de la
Vuelta de Obligado, del 20 de noviembre de 1845, muchos se han preguntado a lo
largo de la historia si Juan Manuel de Rosas se encontraba capacitado para el
ejercicio político y si midió las consecuencias que tendría enfrentarse con el
Reino Unido y Francia, las dos superpotencias de la época.
Desde trabajos
académicos de Adolfo Saldías, Carlos Ibarguren, Dardo Corvalán Mendilaharsu,
Julio Irazusta, Jorge Myers y Fermín Chávez, entre otros, dan cuenta de su
formación intelectual y análisis político, a la vez su aguda intuición para la
cuestión diplomática y el estudio de casos históricos que podían servir de
ejemplo a cuestiones que se presentaban como análogas.
Prueba de ello fue
su abultada biblioteca que consultaba permanentemente en su residencia de San
Benito de Palermo.
En `La biblioteca
hallada en la Casa de gobierno después de Caseros', de Julio César González,
incluido en Anuario de Historia Argentina (1941) se da un detallado listado de
una gran cantidad de obras, que tras Caseros las autoridades de facto
bonaerense incorporarían a la Biblioteca Pública, amén de temas sobre
administración y leyes locales, americanas e hispánicas, también se hallaron
textos de derecho internacional, de derecho francés y anglosajón, historia
norteamericana y europea, tratados internacionales, libros sobre cuestiones
bélicas, relatos de viajes y descubrimientos y manuales diplomáticos.
Destaco una obra,
`Memorias' de Fippoo Zaib (dos tomos), del resto. El nombre completo y correcto
es `Memorias de Typpo-Zaïb, Sultán de Masur; o vicisitudes de la India en el
siglo XVIII; procedidas de los establecimientos ingleses y franceses sobre
aquellas costas, escritas por dicho sultán, y traducidas al francés del idioma
malabar'. Publicadas por el ciudadano francés Desodoards y vertidas al
castellano por el teniente coronel D. Bernardo María de Calzada, publicado en
Madrid en 1800.
FATH ALI TIPU
Estos dos tomos
hacen alusión al gobernante de Mysore, en el sur de la India, que se enfrentó a
las fuerzas francesas británicas. Su nombre era Fath Alí Tipu, conocido como
Tipu Sahib, el Señor Tipu. R. H. Shamsuddín Elía, en `La epopeya de Tipu
Sultán, el Tigre de Mysore' (1996) ofrece una reseña del mandatario guerrero:
"El y su padre, Haidar Alí (1722-1782) lucharán durante cuarenta años
contra los británicos con la ayuda de oficiales franceses, persas y otomanos.
La última de las cuatro guerras conocidas como Guerras de Mysore (1799) verá
finalmente caer la fortaleza de Seringapatam (Srirangapatnam, Puerta del Señor
del mundo), la renombrada capital. Oponiéndose con firmeza a los planes
coloniales en el sur de la India, Tipu se ganó de los británicos la fama de
cruel tirano, aunque lo admiraron por sus dotes político-militares, y hasta
copiaron algunas de sus técnicas de combate. Se interesó en la construcción de
barcos para equipar a su marina de guerra, y en el diseño de las armas y la
artillería para el ejército mysoreano, convirtiéndose en el precursor de la
moderna cohetería militar".
CONTACTO CON EL
RESTAURADOR
Si la descripción
inicial del autor brinda muchos puntos de contacto con el perfil del
Restaurador, el siguiente detalle profundiza la obra de gobierno del Sultán:
"Pero este personaje no fue tan sólo un guerrero y estratega apasionado y
fuera d común, a quien buscó Napoleón y envidiaron los ingleses. Hombre de gran
cultura, erudición, y una cosmovisión generosa y pluralista, Tipu supo también
incursionar con éxito en una economía autosuficiente. Fundó un departamento de
agricultura para multiplicar y procrear la flora y la fauna, consiguiendo un
ganado ejemplar y la más fina raza caballar. La horticultura, la pesquería de
perlas, la sericultura, la silvicultura y la técnica de injertos alcanzaros
igualmente niveles de calidad no conocidos".
Su aporte a la
cohetería fue fundamental, ya que, si bien su utilización venía de antaño con
los chinos en el siglo XIII, Tipu releyó manuales de China e India, los
actualizó. Esos artefactos estaban conformados por un "tubo de hierro de
40 cm. de largo aproximadamente, pesaba unos 6 kilos y estaba sujeto a una caña
que servía de lanzador. Cuando era disparado despedía una llamarada rosa y
explotaba como un obús...tenía un alcance de unos 800 metros".
Agregó Shamsuddín
que: "la brigada cohetera de Tipu inspiró al artillero inglés Sir William
Congreve (1772-1828) a desarrollar el arma que fue utilizada en las Guerras
Napoleónicas. En efecto, el cohete de Tipu reaparecerá en 1808. en las batallas
de Leipzig, Nueva Orleans y Waterloo". Y, otra nota en común con Rosas,
reaparecerán con la flota anglo-francesa que en 1845/46 atacó posiciones de la
Confederación Argentina al remontar nuestros ríos interiores, disparando
"cohetes a la Congreve" en Obligado, Tonelero y Quebracho, según L.
B. Mackinnon en `La escuadra Anglo-Francesa en el Paraná' (1957) y en dos obras
de Eduardo Campos: `Veleros franceses en Obligado' (2012), y en `9:50 a.m.
Fuego! Fire! Feu! El combate de la Vuelta de Obligado' (2014).
DESTINO TRAGICO
El destino de Tipu
fue trágico, según detalló Gustave Von Grunebaum, en `El Islam: Desde la caída
de Constantinopla hasta nuestros días' (1975): "La principal resistencia
musulmana contra los ingleses fue la ofrecida por los gobernantes de Mysore, en
el Sur, donde Haidar Alí se creó un reino propio en 1761. Su heroico hijo, Tipu
Sultán, administró el país con brillantez y justicia, buscó en vano ayuda
contra los ingleses en Napoleón Bonaparte, y en los sultanes otomanos y fue
finalmente vencido y muerto en lucha desigual contra una alianza de los
ingleses, los maratas y en Nizam de Haiderabad".
El 4 de mayo de
1799 Tipu murió en combate, y su leyenda nació. Apasionado de los tigres, no
sólo utilizado como emblema personal, sino que su impronta, casi como Juan
Facundo Quiroga, marcaría en Tipu su propia identidad. Su frase "En este
mundo, es preferible vivir dos días como un tigre que doscientos como una
oveja", popularizada por Alexander Beatson en su obra de 1800, fue un
clásico refrán del siglo XIX que marcó toda una época de resistencia anticolonialista.
En Inglaterra, por
su fascinación ante el formidable enemigo, hubo una gran difusión de su vida en
textos y obra de teatro sobre el personaje. Lo mismo que en Francia, donde en
su momento habían recibido una representación diplomática del reino de Mysore,
ya sea en la obra que cité, por la traducción de Desodoards, y por Julio Verne,
quien basó en Tipu la creación de su más famoso personaje, Nemo, capitán del
Nautilus, personaje de `Veinte mil leguas de viaje submarino' y `La isla
misteriosa'.
¿DESTINO EN COMUN?
España no pudo
sustraerse de prestarle atención a la figura de Tipu, de allí la edición
madrileña de la obra que tuvo Juan Manuel de Rosas como dueño y que integró su
biblioteca. Décadas y kilómetros los separaron al Tigre de Mysore y al
"Campeón de la Independencia Americana", tal como Rosas fue
denominado por un diplomático francés en 1847. ¿Habrá sentido Juan Manuel un
destino en común con el Sultán de la India al leer sus memorias? ¿Se percató
que tuvo que soportar su ejército la cohetería británica desarrollada años
antes por Tipu? ¿Vivenció Rosas la asimilación del personaje por la cultura
inglesa en su exilio en Southampton?
De la derrota
militar el triunfo político: triunfos criollos en las costas argentinas,
fracaso en el intercambio comercial y desmoralización del invasor. De los
cañonazos de guerra a los cañonazos para desagraviar a nuestra enseña de la
Confederación. De la sangre derramada a la victoria del pueblo argentino por la
Soberanía Nacional.