EN RECUERDO DEL DIA DE LA SOBERANIA
DE LA
SOTA EN EL COMBATE DE VUELTA DE OBLIGADO
En noviembre se
conmemora la batalla arriba enunciada y da lugar al fasto del “Día de la Soberanía Nacional ”,
parece oportuno señalar un aspecto singular de dicho acontecimiento enriqueciendo
el conocimiento del hecho recientemente difundido.
El título, un tanto capcioso
de esta nota, rememora un hecho real, cual fue la participación del teniente
Cayetano Lasota.
Este soldado fue un
antecesor de nuestro gobernador José Manuel de la Sota y para graficar esta
aparente diferencia debo aclarar que Sota es un patronímico tomado de un pueblo
de ese nombre, por ende son oriundos de esa región todos los apellidos como
Sota; Lasota y De la Sota. Estas
familias emigraron hacia el Río de la
Plata a comienzos del siglo XIX y se asentaron en localidades
ubicadas al norte de la provincia de Buenos Aires, los primeros en San Pedro y
en San Nicolás, otros lo harán en Ramallo, Pergamino, Azul y Tandil.
Provienen del pueblo
ya mencionado que pertenece a la
Provincia de San Pedro del Romeral (de allí la elección del primer
destino), en la
Comunidad Autónoma de Cantabria.
El Teniente Cayetano
Lasota combatió bravíamente en dicha lid mereciendo ser destacado en el parte
de batalla más importante que se produjo, ya que los primeros fueron redactados
por el Cnel. Francisco Crespo, que había quedado a cargo por encontrarse herido
el jefe del Ejército del Norte, Gral. Lucio N. Mansilla. Este último
confeccionará su parte recién, a un mes
de acontecido el hecho y en el que expresará lo siguiente:
De su puño y letra elevó al gobernador Rosas
un pormenorizado relato del Combate y estimó que sus fuerzas soportaron 15.000
proyectiles entre bombas y granadas. Destaca el comportamiento de todos sus
hombres, pero hace una especial referencia para los oficiales Francisco Crespo,
Álvaro Alzogaray, José Sereso, Laureano Anzoáteguy, Santiago Maurice, Ramón
Rodríguez, Manuel Virto, Avelino Garmendia, Juan de Dios Silva, Tomás Tapia, Cayetano
Lasota, Felipe Navarro, Prudencio Oyuela, Atanasio Romero, Bautista Rodríguez,
Pedro Díaz, Hilario Machado, Julián Ruiz, Ramón Canalez, Julián Moyano, Felipe
Botet, Fermín Osúa, y los cirujanos doctores Sabino O´Donnell y José Salvarezza
y al capataz de carretas para el transporte de los heridos José María Acosta.
También distingue la labor de doña Petrona Simonino, “la nicoleña” esposa del
Capitán Silva, por su abnegada atención a los heridos…Adviértase que resalta la
participación de una casi treintena de hombres entre 2.500 combatientes que participaron.
Otros
personajes de esa familia que se destacaron en nuestra historia fueron:
Clemente Ramón de la Sota ,
Capellán del Fuerte de Azul, quien oficio la boda del Cnel. Pedro Rosas y
Belgrano, cofundador de la ciudad de dicho nombre en consuno con su tío político
Gral. Prudencio Ortíz de Rozas. Otro destacado fue Mariano Benítez, hijo de
doña Estanislada Donata de la Sota. Este
hacendado, abogado y legislador donó los terrenos donde se construyó la
estación ferroviaria de Pergamino. El marino Regino de la Sota nacido en Ramallo hacia
finales del siglo XIX, fue conocido como “El caballero del Mar”, heredando el
apelativo con que se reconocía al Capitán Hipólito Bouchard. sus restos
mortales descansan en San Nicolás.
Finalmente resalto, el
término “Día de la Soberanía ”
fue acuñado por el historiador, José María Rosa y se estampó por primera vez,
públicamente, el 20 de noviembre de 1950 durante la presidencia del General
Perón.
Asimismo, la batalla
de Obligado fue conmemorada, en 1953, por el gobernador de la provincia de
Buenos Aires, Carlos Aloé. En 1954 se creó la “Organización popular por
la repatriación de los restos del General Rosas”, presidida por José María Rosa
y Ernesto Palacio. A pedido y sugerencia
del historiador Rosa y por medio de la Ley N º 20.770, se instauró
el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional , en conmemoración a dicha
batalla. El primer festejo “legal” tuvo lugar en 1973, en la Provincia de Buenos
Aires, con Perón como Presidente y Bidegain como Gobernador.
De esta manera, en la
sesión del 25/26 de septiembre de 1974, se aprobaron las leyes: - 20.769, que
disponía: la repatriación de los restos del ex gobernador de Buenos Aires y
encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina ,
Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. Ley 20.770, que disponía: Día de la Soberanía. Declarando
el 20 de noviembre de cada año en conmemoración del Combate de Obligado, librado en 1845. (Sancionado: 26 de
septiembre 1974; promulgación: 3 octubre 1974; publicación: Boletín Oficial
16/10/74, o sea durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón). Como
quedó demostrado en el presente artículo, el anhelo de insertar el “día de la
soberanía” en el calendario nacional, como día festivo, data de varios años. En
consonancia con este deseo, el actual gobierno, a través del decreto número
1584/2010 lo estableció como feriado nacional. Sin embargo, éste asueto será móvil.
Lic. Carlos Pachá
Presidente
Fundación Historia y
Patria
SAN MARTÍN Y LA MASONERÍA
Mario
Meneghini (*)
En esta ocasión, me
parece oportuno hacer algunas reflexiones sobre nuestro héroe, puesto que debemos procurar que su actuación
sirva de ejemplo y guía para el presente. Y, para eso, es necesario ir más allá
de los hechos, tratando de investigar la causa de los hechos. Puesto que, “la
historia es en esencia justicia distributiva; discierne el mérito y la
responsabilidad” (Font Ezcurra).
En momentos de honda
crisis en nuestra patria, no podrá restaurarse la Argentina, mientras no se
afiance en sus raíces verdaderas. Ocurre, sin embargo, que desde hace unos años
han surgido de la nada, presuntos historiadores, empeñados en desmerecer la
personalidad y la obra de los próceres, sembrando confusión y desaliento.
En realidad, el
intento de desprestigiar a quienes consolidaron la nación, comienza muy atrás
en el tiempo. Recordemos por ejemplo, lo que escribió Alberdi, en su libro El
crimen de la guerra (T. II, pg. 213): “San Martín siguió la idea que le
inspiró, no su amor al suelo de su origen, sino el consejo de un general
inglés, de los que deseaban la emancipación de Sud-América para las necesidades
del comercio británico”. Por cierto que no presenta evidencia alguna, y en
cambio se conoce una comunicación de Manuel Castilla, que era el agente inglés
en Buenos Aires, dirigida al Cónsul Staples, el 13-8-1812, con motivo del
arribo de la fragata Canning, en la que viajó San Martín desde Londres. Allí
destaca la llegada de varios militares, y agrega: “Está también un coronel San
Martín…de quien…no tengo la menor duda está al servicio de Francia y es un
enemigo de los intereses británicos”.
En cambio, un
personaje de poca monta, Saturnino Rodríguez Peña, que ayudó a escapar al
General Beresford y otros oficiales ingleses, que estaban internados en Luján,
luego de la invasión de 1806, fue premiado por sus servicios al Imperio
Británico, con una pensión vitalicia de 1.500 pesos fuertes.
Por su parte, otro
General argentino, Carlos de Alvear, siendo Director Supremo de las Provincias
Unidas, firmó dos pliegos, en 1815, dirigidos a Lord Stranford y a Lord
Castlereagh, en los que decía: “Estas provincias desean pertenecer a la Gran
Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo
poderoso.” Estos documentos se conservan en el Archivo Nacional, y prueban una
actitud que nunca existió en San Martín, cuya conducta fue siempre transparente
y sincera.
Los ejemplos
mencionados de Alvear y de Rodríguez Peña, hacen necesario rastrear el pasado
para tratar de entender el motivo de sus actitudes. Desde antes de la ruptura
con España, ya había aparecido en el Río de la Plata una manera de interpretar
la realidad, diametralmente opuesta a la que surge de la actuación
sanmartiniana.
Aquél enfoque, surge
en enero de 1809, con el Tratado Apodaca-Canning, celebrado entre España e
Inglaterra, cuando este último país, que había sido derrotado militarmente en
el Río de la Plata, ofrece una alianza a España, contra Francia, a cambio de
facilidades para exportar sus productos. A este enfoque podemos llamarlo
Unitario-colonial.
Quienes atacaron a
San Martín y trabaron su gestión, hasta impulsarlo a alejarse del país, se
encuadran en el enfoque unitario. Son quienes consideraban más importante
adoptar la civilización europea, que lograr la independencia nacional, y por
“un indigno espíritu de partido” -decía San Martín- no vacilaron en aliarse al
extranjero en la guerra de Inglaterra y Francia contra la Confederación. Lo
mismo hicieron en la batalla de Caseros
-cuando se aliaron con el Imperio
de Brasil-, donde llegaron a combatir 3.000 mercenarios alemanes contratados
por Brasil. San Martín llegó a la conclusión de que “para que el país pueda
existir, es de absoluta necesidad que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca”
(carta a Guido, 1829).
Uno de las vías de
difusión de la mentalidad unitaria-colonial, fue la masonería, que influyó en
algunos próceres. Rodríguez Peña, por ejemplo, fue uno de los 58 residentes en
el Río de la Plata, que se incorporaron a las dos logias masónicas instaladas
durante las invasiones inglesas (Estrella del Sur, e Hijos de Hiram). Otros dos
formaron parte de la 1ra. Junta de gobierno: Mariano Moreno y Castelli
(Memorias del Cap. Gillespie).
Curiosamente, se ha
pretendido vincular a San Martín a la masonería, cuando, además de no existir
ninguna documentación que lo fundamente, toda su actuación resulta antinómica
con los principios de dicha institución. Cabe citar el testimonio de dos ex
presidentes de la República, que desempeñaron, además el cargo de Gran Maestre
de la Masonería Argentina.
Bartolomé Mitre
escribió: “La Logia Lautaro no formaba parte de la masonería y su objetivo era
sólo político”. Por su parte, Sarmiento agregó: “Cuatrocientos
hispanoamericanos diseminados en la península, en los colegios, en el comercio
o en los ejércitos se entendieron desde temprano para formar una sociedad
secreta, conocida en América con el nombre Lautaro. Para guardar secreto tan
comprometedor, se revistió de las fómulas, signos, juramentos y grados de las
sociedades masónicas, pero no eran una masonería como generalmente se ha
creído…”.
La Revista Masónica
Americana, en su Nº 485 del 15 de junio de 1873, publicó la nómina de las
logias que existieron en todo el mundo, y en ella no figura la Lautaro. El
mayor aporte para el esclarecimiento de esta cuestión, lo realizó el
historiador Patricio McGuire, quien consultó directamente a la Gran Logia Unida
de Inglaterra, recibiendo respuesta el 21-8-1979, firmada por el Gran
Secretario, James Stubbs, asegurando que la logia Lautaro “no tenía relación
alguna con la Francmasonería regular”, y que San Martín no fue miembro de la
misma. Para descartar cualquier posible duda, realizó la misma consulta a las
Grandes Logias de Irlanda y de Escocia, cuyas autoridades respondieron que, en
la primera mitad del siglo XIX, no hubo logias en Sudamérica, en dependencia de
dichas instituciones. La documentación respectiva fue publicada en la revista Masonería y otras sociedades secretas,
en noviembre y diciembre de 1981.
La leyenda, sin
embargo, continuó y a falta de otros
antecedentes, se mencionó una medalla acuñada en 1825 por la logia La perfecta amistad, de Bruselas. Se
conserva un solo ejemplar de la medalla en bronce, en la Biblioteca Real de
Bruselas, que tiene escrito, en el reverso (en francés):
“Logia La Perfecta
Amistad constituida al oriente de Bruseñas el 7 de julio de 5807 (1807) al
General San Martín 5825 (1825). En el
anverso, figura “General San Martín”, alrededor del retrato, y abajo “Simon F”,
indicando el nombre del grabador y su pertenencia a la masonería (F: frere,
hermano).
El origen de esta
medalla es la decisión del Rey de Bélgica, Guillermo I, de hacer acuñar diez
medallas diseñadas por el grabador oficial del reino, Juan Henri Simeon, con la
efigie de otras tantas personalidades de la época, una de los cuales era el
Libertador de América, que estaba residiendo en ese país. Para esta medalla el
general posó expresamente, y se logró el único retrato de perfil de nuestro
héroe.
Se puede deducir que
la medalla de la logia, fue confeccionada sobre el molde de la oficial,
facilitado por el grabador que era masón, y no hay constancias de que San
Martín la haya recibido, ni mencionó nunca esa distinción. Hay que añadir que
eso ocurrió en 1825, y en los siguientes veinticinco años que vivió San Martín
en el viejo continente, no se produjo ningún hecho ni documento que lo
vinculara a la masonería. La afirmación de la historiadora Patricia Pascuali,
de que San Martín frecuentaba en Bruselas la logia Amigos del comercio, constituye un grueso error pues esa logia
funcionaba y funciona en la ciudad de Amberes, y el archivista de la misma
aclaró por escrito que en los archivos de la logia no se ha encontrado ninguna
mención al nombre del general argentino.
Lamentablemente, el
Dr. Terragno –actual académico sanmartiniano-, en su libro Maitland & San Martín, introdujo otra duda al recordar que
Bélgica fue ocupada en la 2da. Guerra Mundial, y los alemanes incautaron los
archivos de la masonería; luego esos archivos quedaron en poder de la Unión
Soviética, en Moscú. Por eso, Terragno alegó: “Cuando todos los materiales estén
clasificados y al alcance de los investigadores, quizá surjan nuevos elementos
sobre la Perfecta Amistad y los vínculos masónicos de San Martín en Bruselas”.
Pues bien,
desaparecida la Unión Soviética, Bélgica recuperó esa documentación; la
referida a la masonería, representaba unas 200.000 carpetas. El Dr. Guillermo
Jacovella, que se desempeñó como Embajador argentino en Bruselas, entre el 2004
y el 2008, se interesó en el tema, y realizó una investigación en el Centro de
Documentación Masónica de Bruselas,
donde se encuentra el archivo de la logia Perfecta
Amistad, contando con la colaboración del director, Frank Langenauken. En
conclusión, no se pudo encontrar ninguna mención al general San Martín o al
homenaje de la referida medalla.
Consideramos muy
valiosa la información aportada por el señor Jacovella, publicada en la revista
Todo es Historia, de agosto de 2009, para
desmentir una falsedad histórica, y dar por terminada definitivamente esta
cuestión.
Debemos discrepar,
sin embargo, con la afirmacion del autor de que la masonería no estuvo
condenada por la Iglesia hasta 1884, y por lo tanto “si San Martín hubiera
querido iniciarse en la masonería durante los largos años que vivió en Europa
(hasta 1850), ello no hubiera sido abiertamente incompatible con su condición
de católico”.
La encíclica de 1884,
a la que se refiere el autor, es la Humanum
genus, de León XIII. Pues bien, ese documento ratifica expresamente otros
anteriores, y en el documento más antiguo, la Constitución In eminenti, de 1738, promulgada por el papa Clemente XII, se
prohibe “a todos los fieles, sean laicos o clérigos… que entren por cualquier
causa y bajo ningún pretexto en tales centros …bajo pena de excomunión”. Esta
condenación fue confirmada por Benedicto XIV en la Constitución Providas, de 1751, y como consecuencia,
fue prohibida la masonería, también, en España, ese año, por una pragmática de
Fernando VI.
Recordemos que sobre
la posición religiosa de San Martín, ha investigado especialmente el P.
Guillermo Fourlong, quien llega a esta conclusión: “Hemos de aseverar que San
Martín no sólo fue un católico práctico o militante, sino que fue además, un
católico ferviente y hasta apostólico”. Entonces, es importante esclarecer este
punto, pues “el catolicismo profesado por San Martín establece una incompatibilidad
con la masonería, a menos que fuera infiel a uno o a la otra”. Consta en las Memorias de Tomás de Iriarte,
que Belgrano rechazó la posibilidad de ingresar en la organización, aduciendo
precisamente la condenación eclesiástica que pesaba sobre la secta.
Precisamente Belgrano, en carta a San Martín, del 6 de abril de 1814, le
comenta, obviamente conociendo su posición: “no deje de implorar a N. Sra. de
las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala y no olvide los escapularios
a la tropa”.
La verdad histórica
debe ser defendida y difundida, sin aceptarse distorsiones que confunden y
desalientan. El Presidente Avellaneda, en un discurso famoso, con motivo del
regreso a la Argentina de los restos del Gral. San Martín, sostuvo que: “los pueblos que olvidan sus
tradiciones pierden la conciencia de sus destinos; y los que se apoyan sobre
tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir”.
(*) Exposición en la Legislatura de
Córdoba, el 4-11-2014, al recibir las Palmas Sanmartinianas.
Fuentes:
Jacovella, Guillermo.
“San Martín y los ideales masónicos”; Todo es Historia, Nº 505, agosto de 2009,
páginas 20-25.
McGuire, Patricio.
Revista Masonería y otras sociedades secretas; Nº 2, noviembre 1981, pgs.
20-25; Nº 3, diciembre 1981, pgs. 15-20; Nº 5, febrero 1982, pgs. 30-35.
Terragno, Rodolfo H.
“Maitland & San Martín”; Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes,
1999, p. 193.
PALMAS SANMARTINIANAS EN CÓRDOBA
El Instituto Nacional Sanmartiniano realizará un acto académico en la sala Regino Maders de la Legislatura Provincial, el día martes 4 de noviembre, desde las 18,30 horas, durante el cual se impondrán las Palmas Sanmartinianas a cinco académicos de Córdoba.
El Instituto estará representado por su Vicepresidente 1º, Dr. Rodolfo Argañaraz Alcorta, y el Académico de Número, Cnel. ® Dr. José Luis Picciuolo.
La distinción mencionada se otorgará a:
Efraín U. Bischoff (post mortem),
Lic. Pedro Bustos Peralta,
Dr. Mario Meneghini,
Prof. Alberto Abecasis, y
Tnel. ® Dr. Juan Carlos Lona.
LA MIRADA CUYANA DE SAN MARTÍN
Por Luis Alberto
Romero.
Dios está en todas
partes pero atiende en Buenos Aires”. La popular frase revela las frustraciones
de un federalismo que no fue. En 1852, catorce provincias concurrieron a un
acuerdo constitucional basado en una ficción verosímil: la igualdad de
derechos. Pero la historia marchó en otro sentido. La formación del Estado y el
desarrollo del capitalismo centralizaron al país federal y fortalecieron el
papel de la ciudad capital.
Una centralización
parecida ocurrió con el relato de la historia de la Nación, usualmente narrada
desde la perspectiva de Buenos Aires. Esto resulta inevitable si se comienza,
como es habitual, con dos episodios típicamente porteños: las Invasiones
Inglesas y la Revolución de Mayo. Con ese arranque, es difícil salir de una
senda que, por ejemplo, denomina anarquía al período iniciado en 1820, cuando
Buenos Aires perdió su control de las Provincias Unidas.
Las cosas serían
diferentes si se mirara simultáneamente lo que ocurrió en Chuquisaca,
Montevideo o Asunción; en Santiago de Chile, Caracas, Bogotá o México, pues
entre 1808 y 1810 el Imperio hispánico se resquebrajó en varios puntos
simultáneamente, También serían diferentes si se privilegiara, antes que la
Revolución de Mayo, la Declaración de la Independencia en Tucumán, en 1816.
Contar las cosas
desde Buenos Aires es algo difícil de evitar, aun para quienes se lo proponen.
Muchos historiadores de las provincias suelen reivindicar con energía la
especificidad de sus circunstancias, ya se trate de 1810 o de 1945, pero
finalmente terminan ubicando su relato como una variante de la gran narración
nacional con centro en Buenos Aires.
Como escribió el
historiador Fernand Braudel, es difícil evadirse de estas “cárceles mentales”.
Para los mendocinos,
y no solo para ellos, la conmemoración del bicentenario de la llegada de San
Martín a Mendoza abre la posibilidad de desarrollar otra mirada. ¿Cómo fue esa
historia desde la perspectiva de San Martín?
Recuérdese que nunca
estuvo cómodo en Buenos Aires, ni Buenos Aires lo trató con mucha estima. Desde
la Logia Lautaro ayudó a cambiar el rumbo del gobierno revolucionario, luego
dio pruebas de su pericia profesional, pero debió ceder el campo a Carlos de
Alvear, hijo dilecto de los porteños. En Cuyo, en cambio, se sintió a sus
anchas. Desde allí miró a Tucumán y al Congreso, y jugó todas sus cartas.
También miró a
Santiago, siguiendo atentamente los avatares de la política chilena, en la que
intervino muy activamente. Atisbó a Lima, su objetivo final, y a Buenos Aires.
En este caso, le bastó saber que su amigo Pueyrredón exprimiría los recursos
locales para solventar al ejército en formación. No le interesó la política
porteña, ni consideró que su gran proyecto estuviera ligado a la suerte de sus
facciones o al enfrentamiento con el artiguismo. Su negativa a defender al
Directorio es un hecho difícil de colocar en la historia de una nación
argentina narrada desde Buenos Aires. Pero en rigor, en 1820 la Argentina era
apenas un esbozo de proyecto, que muchos interpretaban de manera diferente.
Uno de ellos era San
Martín, para quien la ciudad rioplatense era una pieza más en el gran
rompecabezas hispanoamericano que tenía en mente. No es extraño que así fuera.
Basta pensar que este hijo de españoles, luego de vivir cinco años en Yapeyú
-un lugar cuya argentinidad estaba lejos de ser evidente por entonces- volvió a
la tierra de sus padres, ingresó en el ejército y sirvió al rey durante casi
treinta años. Allí se hizo liberal e ilustrado, trató con muchos otros
hispanoamericanos, como él, y entre ellos al general Solano, caraqueño, muerto
en Cádiz por una turba partidaria de Fernando VII.
Hispanoamérica no era
una colonia sino una parte del Imperio español, y poco después, en 1812, las
Cortes de Cádiz declararon que con España formaban una sola nación.
Hispanoamericano en España, liberal y masón (sic), sumergido en las guerras desatadas
por la invasión francesa, incómodo en un bando que incluía a quienes gritaban
“vivan las cadenas”, San Martín depositó sus esperanzas en una Hispanoamérica
liberada y liberal, donde construir un Estado fundado en la libertad y el orden.
Con esa mirada
hispanoamericana concibió todo su proyecto, y asistió, quizá con cierto
desconcierto, a la confusa emergencia de nuevos Estados, que comenzaban a
privilegiar sus intereses locales. Resistió a la tentación, común a otros
militares de entonces, de intervenir en los conflictos civiles. Fundó Estados,
pero no perdió la esperanza en alguna forma futura de integración. Hizo lo
posible para que todos tuvieran una matriz común, liberal y republicana. Estoy
convencido de que no fue un prócer argentino, sino mucho más que eso.
La mirada de San
Martín, cuyana e hispanoamericana, puede ayudarnos a entender la de Artigas,
quien no imaginó estar fundando la República Oriental del Uruguay. O la de
Güemes y la élite salteña, con el alma dividida entre Buenos Aires y el Alto
Perú. O o la del General Paz, que buscó asentar en Córdoba un proyecto
nacional, o la de Estanislao López, que tenía la misma esperanza con Santa Fe.
Esto es apenas el
comienzo de un ejercicio que puede repetirse respecto de muchos otros momentos
del pasado, sobre todo antes de que se generalizara la convicción de que Dios
atendía en Buenos Aires. Pero además, ese relato complejo debe ser puesto en
sintonía con las perspectivas del conjunto de las nuevas repúblicas
hispanoamericanas, con trayectorias parecidas y diferentes. No es tan difícil
reconstruir cada una de estas miradas. El desafío para los historiadores es
componerlas en un relato común y plural, como una fuga de Bach o un motete
renacentista.
Ilusiones, quizá.
Pero una historia más plural es parte de la construcción de un país plural en
su dimensión regional, con muchos centros que desarrollen, cada uno, sus
propias potencialidades, que se liberen de la tutela y las dádivas del gobierno
central y que aporten, cada uno con lo suyo, a la construcción de una nación.
Entonces Dios comenzará a atender en todas partes.
Fuente: diario Los
Andes
A decir verdad,
14-9-14
HIMNO AL GENERAL SAN MARTÍN
Yerga el Ande su
cumbre más alta,
dé la mar el metal de
su voz
y entre cielos y
nieves eternas
se alza el trono del
Libertador
Suenen claras
trompetas de gloria
y levanten un himno
triunfal,
que la luz de la
historia
agiganta la figura
del Gran Capitán.
De las tierras del
Plata a Mendoza,
de Santiago a la Lima gentil
fue sembrando en la
ruta laureles
a su paso triunfal,
San Martín.
San Martín, el señor
de la guerra,
por secreto designio
de Dios,
grande fue cuando el
sol lo alumbraba
y más grande en la
puesta del sol.
¡Padre augusto del
pueblo argentino,
héroe magno de la
libertad!
A tu sombra la patria
se agranda
en virtud, en trabajo
y en paz.
¡San Martín! ¡San
Martín! Que tu nombre
honra y prez de los
pueblos del sur
aseguren por siempre
los rumbos
de la patria que
alumbra tu luz.
(Música: Arturo
Luzzatti - Letra: Segundo M. Argarañáz)
UN YANQUI EN LA CORTE DE JUAN MANUEL
Coronel JUAN
BAUTISTA THORNE
Hoy 1º de Agosto se
conmemora el 129º aniversario del fallecimiento de otro notable defensor de
nuestra soberanía, especialmente en la paradigmática batalla de “Vuelta de
Obligado”.
Repasemos su
biografía:
Nació en Nueva York,
el 3 de marzo de 1807, su padre Enrique Thorne, ingeniero naval luchó por la
independencia de Estados Unidos.
Juan Bautista Thorne
conoció Buenos Aires en un viaje de instrucción y siendo cadete de una Escuela de
Marinería. Como marino viajó mucho antes de establecerse definitivamente en un
país, conoció las principales capitales europeas y hasta residió un tiempo en
Brasil. Fallecido su padre, el joven
Thorne solicitó su embarco a su tío, comandante de un barco corsario
americano.. Finalmente recaló en Buenos Aires donde dejaría su vida 60 años más
tarde,-tenía 18 años cuando llegó- tras ofrendarle su sangre en cuanta
oportunidad pudo. Gracias a los oficios de José. M. Pinedo, se incorporó como
voluntario a la Armada
Nacional , y con ella hizo su primer viaje a Santa Fe, luego
al Japón y China. En marzo de 1825, en vísperas de la primera guerra con
Brasil, se incorporó definitivamente a nuestra marina. Sobre esta actitud de defender la soberanía
argentina, solía afirmar… “soy argentino por simpatía, y por haber adquirido
con mi sangre tan glorioso título…” En los primeros meses de 1826, el general
irlandés Guillermo Brown (1777-1857) comenzó a formar la escuadra argentina
para la Guerra
del Brasil; en esa flota se alistó Thorne en junio de 1826 como guardiamarina y
piloto.
De allí en adelante,
se sumaron a su foja de servicios, nombres heroicos; ya sea contra el Imperio,
contra los anglo- franceses, y no le faltaron las batallas contra las fuerzas
unitarias, donde él estuvo del lado del gobierno constituido, “a quien la gran
mayoría del país obedecía”: Patagones, el río Colorado, Martín García,
Obligado, Quebracho, Caaguazú, Cagancha, Pago Largo, Sauce Grande, no son sino
algunos peldaños de la escalera que llevó a la gloria de Juan Bautista Thorne.
Estando a bordo del “Chacabuco” – aspirante de 1º- tuvo lugar la primera acción
de guerra para la
Armada Argentina , y su iniciación no podía ser sino algo de
la naturaleza de lo que ocurrió en “Carmen de Patagones”.
La flota agresora
estaba compuesta por varios navíos de
guerra. En ese aspecto es justo aclarar que Brasil poseía una poderosa Armada,
pero por contrapartida sus soldados carecían del valor y empeño de nuestros
compatriotas, tanto es así que en muchas ocasiones debieron engrosar sus
ejércitos con mercenarios alemanes o suizos, que como mercenarios que eran
podían ser comprados y cambiaban de bando. Rosas hizo uso de esas falencias y
en algunas ocasiones sobornó a tropas alemanas. La nota emocionante de la
jornada la constituyó el abordaje del “Itaparica”. Acción decidida por
iniciativa de Thorne, que dominó de esa manera a una tripulación de 120
hombres, como era el buque imperial. El fracaso de esas fuerzas fue total. No
sólo desde el punto de vista moral, sino que la pérdida de 28 cañones, 30
oficiales, 600 soldados y siete banderas fue un rudo golpe para su potencia
material.
Thorne sufrirá prisión, luego de ser herido cinco
veces, todo “por mi patria argentina”
según sus propias palabras. En prisión permaneció hasta la paz, y su
vuelta le permitió relacionarse con otro marino de su calibre: Leonardo
Rosales, que comandaba la “Sarandí”.
Entre sus muchos cargos, destinos, combates, heridas y cautiverio que cosechó y
sufrió en la agitada epopeya de su vida. Sobre estos avatares solía expresar:
“…Llevo en mi cuerpo las severas impresiones del plomo del Brasil, del plomo de
la Francia ,
del plomo de la Gran
Bretaña , y estos signos me hermosean a mi vista y estos
signos me enorgullecen al contemplarlos…”
intentaré reflejar algunos de los más destacados episodios.
De regreso en Buenos
Aires fue recibido con honores y designado 2º Comandante del famoso Bergantín
“Republicano”.
En 1833 y como
segundo al mando de la Goleta
“Margarita” hizo la campaña al desierto a las órdenes del Jefe del ala
izquierda de la expedición, Don Juan Manuel de Rosas. Thorne fue el
primero que se internó, con su nave, en
el extenso brazo del Río Colorado.
La guerra del Paraná
Luego de la Campaña al Desierto fue
condecorado y ascendido a Comandante de la Goleta “Sofía”.
En 1838 fue puesto a cargo de la defensa de
la isla Martín García, como jefe naval de la misma, y segundo del jefe de la
guarnición militar, el coronel Jerónimo Costa. Fue el jefe de la artillería en
la defensa de esa isla contra el ataque francés de octubre de 1838, en que, con
apenas un centenar de gauchos, resistieron durante varias horas el ataque de
toda una escuadra armada de cientos de cañones. Fue tomado prisionero por los
franceses junto con Costa y los demás oficiales. Pero, en premio al valor
mostrado, fueron trasladados a Buenos Aires.
El Comandante de la Armada francesa, Almte.
Hipólito Daguenet tuvo la hidalguía de destacar por escrito, en comunicación a
Rosas, el comportamiento de estos valientes. Poco tiempo después Thorne se
tomaría el desquite contra los franceses en las márgenes del río Paraná.
Se incorporó a la campaña contra Genaro Berón de Astrada en
1839. Fue el jefe de artillería del ejército vencedor en la batalla de Pago
Largo. Y también participó como jefe de la artillería en la invasión a Uruguay,
que terminó en el desastre de Cagancha,
en el que fue seriamente herido.
Combatió contra
Lavalle en las batallas de “Don Cristóbal”
donde los federales obtuvieron un rotundo triunfo en el otoño de 1840.
Volvió a chocar con la llamada “Legión Libertadora” en “Sauce Grande”, donde
fue herido de un lanzazo. Casi en convalecencia se enfrentó con contingentes
franceses en Río Seco (Santa Fe).
El 1º de noviembre de
1840 fue ascendido al grado de coronel, ya en 1841 sufrió la derrota de Echagüe
a manos de las fuerzas que comandaba José María Paz en la gravosa contienda de
“Caaguazú”, donde nuevamente fue herido.
El “Manco” Paz relata
en sus memorias dicha batalla y elogia el manejo de la artillería enemiga por
parte de un oficial extranjero cuyo nombre no recuerda.
Ese oficial
extranjero era Juan Bautista Thorne, cuya artillería apagó los fuegos de la de
Paz, y le habría desmoralizado su infantería si ésta no hubiese iniciado un
movimiento de frente, simultáneamente con las caballerías de Nuñez y Ramirez
que decidieron la retirada de Echagüe. En la retirada cuando Paz se acercaba,
Echagüe hacía alto, la artillería de Thorne recomenzaba sus fuegos y proseguía
la retirada después de haberlo contenido. Ello concretará la posibilidad de la
retirada en orden de que habla Paz, y el hecho de evitar la caída total de
Echagüe. El precio de esa acción es una herida de lanza, que le traerá
trastornos más tarde. En 1842 retornó al
servicio naval, esta vez a las órdenes del ilustre Almirante Guillermo Brown,
para apoyar el bloqueo a Montevideo.
Participó en la gloriosa jornada de la batalla de “Costa Brava”, en
donde las fuerzas argentinas consiguieron una trascendente victoria ante
Giuseppe Garibaldi, conocido como
“chacal pirata” a pesar de contar éste con el apoyo de galos y
sajones. Hasta diciembre de 1844 se
extenderá su vigilancia en la zona, llevará tropas o acompañará buques
mercantes con provisiones. La escuadra
federal de río, al mando de Thorne, se ve desmantelada por la necesidad de
fortificar la costa- asediada por fuerzas enemigas- con su artillería.
Combate de la Vuelta de Obligado
En el marco de la
llamada “Guerra del Paraná” descollará en
la acción bélica más importante de esa contienda y me estoy refiriendo
al “Combate de la Vuelta
de Obligado” efectuado el 20 de noviembre de 1845, fecha que es designada como
día de la “Soberanía Nacional”. En la misma actúa como jefe de la batería
“Manuelita” – una de las cuatro emplazadas por Mansilla – que es la más
expuesta por su posición, agreguemos que en todo momento se arriesgaba de manera temeraria, paseándose
por toda la batería arengando a sus tropas y dirigiendo los disparos.
Combatió heroicamente
contra las fuerzas anglo-francesas que finalmente forzaron el paso. Thorne al
permanecer, como era su costumbre, en la primera línea de batalla, sufrió
gravísimas heridas. Las esquirlas de una granada le fracturó un brazo y parte
del cráneo, derribado por el impacto del proyectil se incorporó prestamente
afirmando “…no ha sido nada…” sin embargo había quedado sordo para siempre y
con secuelas en su brazo.
Combatió también en
la batalla de Punta o Angostura del Quebracho (4 de junio de 1846) contra las
escuadras bloqueadoras.
El Expéditive
destruyó a la Batería N º
1. La poderosa artillería de dicha nave
disparó durante 3 horas a la
Batería N º 1 matando prácticamente a todos. A las 4 PM el
asistente de Alzogaray disparó su última andanada de un cañón de 24 libras. El
teniente Felipe Palacio y el teniente de Navío Eduardo Brown tenían baterías
rasantes y por ende no estuvieron involucrados en esta acción.
Juan Bautista Thorne
con no más de ocho cañones de 10 libras tuvo que combatir contra doce cañones
de 64 libras, dos de 80 libras y ocho de 33 libras. A las 5 PM se encontraba
prácticamente sin municiones. Thorne recibió dos veces la orden de retirarse
pero contestó que aún le quedaban algunos disparos por realizar. Según algunos historiadores fue sordo desde
entonces. Sin embargo, Thorne siempre
sostuvo que su sordera se debió al combate de Angostura del Quebracho. De todas formas a partir de aquí fue apodado
“el sordo de Obligado”.
Al final de su
carrera militar Thorne presentaba un eczema cicatrizal causado por una herida
de metralla, proyectiles en ambas piernas (que rehusó sacarse) y un montón de
cicatrices en su brazo, tórax y espalda. Repuesto de sus heridas fue nombrado
Comandante en Jefe de la costa del Río Paraná. Defendió esas costas en 1846,
contra la misma flota anglo-francesa que regresaba de Paraguay, participando de
las batallas y escaramuzas designadas como “San Lorenzo”; “El Quebracho”;
“Acevedo”; “El Tonelero” y otras.
El 9 de enero Mansilla participa a Manuel
Corbalán (Edecán de Rosas): “Navegaban (los enemigos) nuestro majestuoso Paraná
convoyando cincuenta transportes de infames piratas especuladores bajo
diferentes pabellones de naciones amigas, indebidamente enarbolados en un río
interior de nuestra República”. El mismo parte da cuenta de los choques entre
ambas fuerzas y luego agrega, “…El entusiasmo de nuestros artilleros, señor
General, es digno del mayor encomio, lo mismo que su destreza y ojo certero. El
teniente coronel D. Juan Bautista Thorne, capitán Santiago Maurice y mis
ayudantes de órdenes han llenado valerosamente su deber, despreciando los
peligros como verdaderos argentinos federales”.
El general Martín de
Santa Coloma eleva el parte de Thorne a Mansilla, agregando:
“Felicita y
recomienda a la consideración del General Mansilla al teniente coronel Juan B.
Thorne y a todos los denodados oficiales y tropas; todos se han disputado la
gloria de pelear y buscar los puestos más peligrosos en medio de entusiastas
aclamaciones”
Thorne fue un militar al servicio del país, y
según su propio testimonio siempre estuvo de parte del orden legal, del
gobierno a quien seguía la mayoría del país. Por ello, peleó al lado de Rosas.
Es indiscutible, no obstante, la simpatía por el partido federal, y parece que
ello lo llevaba a pintar sus mástiles de color rojo. Su unión con el gobernante
argentino fue muy estrecha, y éste lo condecoró varias veces. CASEROS lo encuentra en servicio, que sólo
interrumpió por cortos períodos de tiempo, según vimos. Luego de varios
destinos se hallaba empeñado, en ese entonces en la formación de una escuadra
con el objeto de impedir el paso de Urquiza por el Paraná. Luego del
derrocamiento de Rosas, Thorne no escapó a la revancha unitaria y quedó
separado del servicio, sin explicaciones de ninguna especie, por superior
decreto del gobierno provincial. Thorne solicitó a Valentín Alsina su pase a
inválidos, para recibir una pensión que entiende merecer. ¡Vaya si la merecía!
Sin embargo le fue dada la baja absoluta de las fuerzas militares. A Thorne, lo
hicieron pasar por las “Horcas caudinas”
degradándolo públicamente.
A fines de 1852 (con 45 años de edad) se unió
a las fuerzas del general Hilario Lagos en su lucha contra el gobierno unitario
de Buenos Aires. Participó en el sitio contra Buenos Aires al año
siguiente. Una comisión constituida
por el general Zapiola, Goyena y Manuel Lynch le dio de baja según el decreto
emitido por el Gobierno de la
Provincia de Buenos Aires del 23 de Febrero.
En su libro Ratto
transcribe la emotiva carta escrita por Thorne el 29 de mayo de 1852 donde
solicita se lo retire a inválidos con el sueldo de tal. Recién en 1861 se le
otorgo una pensión vitalicia como teniente coronel.
Así les pagamos a
nuestros héroes
Sus últimos días
Los porteños no le perdonarían su adhesión a la revuelta federal
y sin condenas le aplicarían un ostracismo encubierto y lo sumirían en la
miseria desconociendo los servicios prestados al país. Como capitán de un barco
mercante, viajó varias veces a la
India ; trabajó en variadas tareas como perito naval en ese
país. Pero había formado su familia en la Argentina , por lo que quiso regresar.
Thorne en la
senectud
En Septiembre de 1868
(con 61 años de edad) fue indultado por ley y reinscripto con su grado de
coronel. Pero no volvió a tener mando de buques de guerra. El Coronel Juan
Bautista Thorne falleció pobre y olvidado en Buenos Aires el 1º de agosto de
1885, a los 78 años de edad, en su casa de calle Tucumán 1482, en Buenos Aires,
siendo las 7 de la mañana del mencionado día. Dejando viuda a Doña María Abad
que lo sobrevivió hasta 1929, casi nonagenaria. Thorne, según Ratto, falleció
de un ataque de broconeumonía, quien cuenta además el Dr. Castillo, su médico,
necesitando hacerle una cura de ventosas, no pudo hacerlo, porque se lo impedían las cicatrices del
guerrero.
“Tribuna Nacional”,
en su edición del día siguiente, manifestó, por su parte, que el fallecimiento
se produjo por falla del corazón. En aquella edición del 2 de agosto, el diario
mencionado, dice textualmente: “Juan Bautista Thorne. Ayer a las 7 de la mañana
dejo de existir, victima de un ataque al corazón, el anciano jefe de la Armada , coronel D. Juan
Bautista Thorne, el cual sirvió a las órdenes del almirante Brown en diferentes
combates navales. Por el ministerio respectivo se decretaron los honores
militares que corresponden a su rango.
Hoy a las 4 de la
tarde serán conducidos sus restos mortales al cementerio del Norte. Paz en la
tumba de ese buen servidor de la
Patria ”.
El eximio poeta
Héctor Pedro Blomberg en su brillante
obra “Cantos Navales Argentinos”, le dedicó un poema a Juan Bautista Thorne que
tituló:
LAS NAVES
ROJAS DE LA FEDERACIÓN
Rojos son las mesanas
y los trinquetes,
Las cureñas, las
bandas; rojas, sangrantes,
Las camisas que
llevan los tripulantes,
Desde los
condestables a los grumetes,
Y usan galones rojos
los comandantes,
Allá van por las
aguas del patrio río,
Clavados en el mástil
los pabellones:
En el puente de cada
rojo navío
Se oye la voz de un
“cielo” ronco y bravío,
Junto a la negra boca
de los cañones.
Son las goletas rojas
de Costa Brava,
Son las que
respondieron en Obligado
Al clamor iracundo
que las llamaba
Para batir la flota
que navegaba
El Paraná invadido y
ensangrentado.
¡Bergantines de
Thorne! La voz del viento
Dice en la arboladura
la copla errante
Que recuerda en su
recio y extraño acento
Aquellas que en el
viejo puente sangriento
Se oían en los
tiempos del Almirante.
Con sus rojas
banderas en la mesana,
Allá van sus bravías
tripulaciones:
“Federación o
Muerte”, se oye, lejana,
La canción que
cantaban en la mañana
Junto a la negra boca
de los cañones.
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