LA RECONQUISTA


 desde el revisionismo histórico

 

Por Pablo A. Vázquez

La Prensa, 11.08.2025

 

 

La batalla naval de Trafalgar del 21 de octubre de 1805 dio por tierra los planes de Francia y España, dejando a Gran Bretaña el señorío de los mares. Los proyectos ingleses de dominar los territorios americanos encontraron el momento propicio. Una flota naval británica surcó el Atlántico sur, primero para tomar el Cabo de Buena Esperanza, para luego enfilar para el teatro de operaciones del Río de la Plata.

 

Ya en África, Sir Home Popham, cabeza de la flota invasora, quien, a su vez, respondía al mando del mayor general Sir David Baird, pergeño la invasión a Montevideo y Buenos Aires, a fin de dominar dichas posesiones españolas y tomar los caudales reales.

 

Ante el anuncio del arribo británico el virrey Marqués Rafael de Sobre Monte tomó los aprestos para resguardar el tesoro real y trasladarse a Córdoba, la que por unas semanas fue la capital virreinal. La medida, correcta en lo formal, fue fatal para el ánimo de la población porteña.

 

DESEMBARCO

 

El 25 de junio de 1806 los ingleses desembarcaron en Quilmes, presentando, al día siguiente, batalla un grupo de criollos, los que fueron derrotados. Los invasores se hicieron con el domino de la ciudad por casi dos meses. Se mantuvieron las instituciones españolas, en tanto y en cuanto se jurase lealtad al rey Jorge, y se cumpliese el código de comercio inglés. Muchos comerciantes y parte de las familias importantes aceptaron al invasor, y, en especial, los beneficios del libre comercio, aun cuando ondease la bandera británica en el Fuerte.

 

Pero para otros se debía dar una resistencia armada para expulsar al invasor. Esa toma de conciencia popular sobre su sentido histórico y su necesidad de liberarse de todo sometimiento exterior fue interpretada, paradójicamente por un francés.

 

Santiago de Liniers organizó esas fuerzas en la Banda Oriental, con la asistencia de Martín de Álzaga en la ciudad y de Juan Martín de Pueyrredón en la campaña, batalla de Pedriel mediante, sumando a cientos de voluntarios, la futura Reconquista. Acción en la que participó un joven Juan Manuel de Rosas, con 13 años, y donde un salteño Martín Miguel de Güemes, al ver un barco inglés encallado por una bajante del río, dirigió una carga de caballería contra él, abordándolo, como hecho único en los anales de la guerra.

 

Se sumaron los paisanos de la campaña, los esclavos afro, los aborígenes -quienes llegaron tiempo después con 20.000 guerreros para resistir y, en 1807, controlarían la costa ante la nueva amenaza inglesa-, y las mujeres criollas, quienes tuvieron un rol destacado. Las familias porteñas usaban las terrazas para atacarlos. Cada casa era una fortaleza. Cada esquina era un piquete armado.

 

El 12 de agosto de 1806 Liniers, como caudillo militar, forzó la capitulación de Beresford como jefe militar de las fuerzas británicas. Fue la primera victoria española luego de Trafalgar o, visto del lado criollo, el origen de nuestra conciencia nacional a través del pueblo en armas para proyectarse como Nación.

 

REVISIONISMO

 

Los autores de la corriente historiográfica “revisionismo histórico” no sólo destacaron el triunfo militar y la figura de Liniers, sino que vieron en la Reconquista el inicio de nuestra identidad nacional.

 

Tal como lo señaló Carlos Pesado Palmieri, en “La década axial de la patria nueva” (2013):

“El alba de nuestras luchas por la soberanía territorial la retrotraemos nosotros a los episodios que finalizaron con la victoria sobre la agresión británica al Plata en 1806–1807, por lo que hemos llamado a esa triada basal de nuestra existencia: la década axial… La Patria Originada no fue unívoca hija de la Revolución, sino que nació de un parto bélico en defensa de su soberanía territorial, amenazada por potencias extranjeras enemigas de la patria Originaria”.

 

Para Ernesto Palacio en “Historia de la Argentina: 1515-1938” (1954) la figura del valeroso marino francés fue fundamental como promotor de una “democracia en armas”:

 “El júbilo de Buenos Aires fue inmenso, así como su entusiasmo por el jefe que había decidido la victoria. Liniers aparecía a los ojos de todos como el caudillo natural, como el conductor providencial y necesario. A ello contribuía, sin duda, la subsistencia del peligro. La escuadra inglesa continuaba dueña del río, esperando evidentemente refuerzos para intentar el desquite. En ausencia del Virrey, el gobierno había recaído en la Real Audiencia. Pero el 14 de agosto, un Cabildo Abierto bajo la presión popular se pronunció contra el Virrey y designó jefe militar a Liniers.

Impuesto Sobremonte, que se hallaba en Córdoba, del estado del espíritu público, confirmó a regañadientes esa decisión, aunque delegando el mando político en el presidente de la Audiencia, y s e dirigió a la Banda Oriental para hacerse cargo de la defensa de Montevideo.

Liniers desplegó una extraordinaria actividad, dando muestras de sus grandes dotes de organizador. El aristócrata ligero y un poco escéptico, dado al ocio y a los placeres, se engrandecía ante la responsabilidad, como es corriente en los ejemplares de raza. En once meses convirtió a una población de comerciantes en una república militar”.

 

Salvador Ferla, en su artículo “Liniers, un líder desertor”, publicado en la revista “Todo es Historia” n° 91, diciembre 1974, profundizó el rescate del futuro Conde de Buenos Aires como “Padre de la Patria”:

 “En junio de 1809 una noticia traída por un bergantín procedente de Rio de Janeiro electrizó a la ciudad de Cádiz: Liniers se había sublevado al frente de 12.000 criollos y pasaba a degüello a la población española. Se trataba – se sabría después – de una fantástica distorsión de los hechos del 1° de enero, cuando el Cabildo porteño intentó deponer al virrey y fue reprimido por las milicias. La esencia rescatable de esta anécdota es la asociación que desde lejos se hacía entre Liniers, los criollos y la independencia. La ecuación es correcta.

A pesar de la trágica culminación de su vida en el Monte de los Papagayos, es difícil disociar a Liniers de las ideas de criollo e independencia. El historiador anglocanadiense H. S. Ferns, elige los nombres de Liniers y Rosas cuando quiere señalar a los defensores de la independencia americana. En efecto, nadie mejor que Liniers se parece a un padre de la patria ni estuvo más próximo a ser el fundador de nuestra nacionalidad, con más razón habiendo sido esta nacionalidad proyectada y consumada por esa ciudad de Buenos Aires que lo encumbró hasta la altura del mito. No obstante, el Liniers de los textos de historia es una figura cargada de ambigüedad, incluido en la lista de los “leales a la corona”, porque así el mismo lo quiso en una renuncia por incomprensión, por debilidad o por azar, a un destino de patriarca americano”.

 

Finalmente, para Vicente Sierra, en el tomo IV de su “Historia de la Argentina” (1959) los hechos de 1806 preanunciaron un cambio de sistema y el inicio de nuestra identidad nacional:

 “La invasión inglesa de 1806 provocó alteraciones en el orden político, militar y económico del Río de la Plata... Cae un virrey, pero no se puede decir que hizo crisis el régimen virreinal. No se quebró la unidad territorial del Virreinato, pero se agudizó la vieja rivalidad entre Montevideo y Buenos Aires, preludio del federalismo agresivo en que fermentó la etapa más anárquica de la historia del país. Lejos de debilitarse se fortaleció la fidelidad a la monarquía al mismo tiempo que se advertía que la tesis del absolutismo, en que ella se afirmaba, no habían formado una conciencia política y en la mayoría resurgían vitales viejos principios opuestos de honda raigambre tradicional... Es que la gran importancia histórica del episodio fue poner al descubrimiento la debilidad estructural que aquejaba al régimen vigente.

El fracaso militar abrió paso a lo que podríamos llamar ejércitos nacionales o populares, y el fracaso político testimonió que el pueblo estaba en condiciones de romper las ataduras del centralismo. Prácticamente abandonado por las autoridades, Buenos Aires sintió debilitarse su fe en el poder de la Metrópolis, sentimiento que, aparentemente no determinó ningún cambio, pero que fue a la larga provocador de rebeldías. Todo lo que se expresa en una fecha y en un hecho: El Cabildo Abierto del 14 de agosto de 1806. Acto y día en que se inició la revolución, de cuyo largo y complicado proceso histórico surgió la Nación Argentina”.

INSÓLITA DECISIÓN

 

el Gobierno removió al presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano

 

Perfil, 6-8-2025

 

Continúan los movimientos de cargos en áreas de la secretaría de Cultura de la Nación, y esta vez fue el turno del presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano (INS) que fue desplazado de su cargo. El teniente coronel retirado e historiador Claudio Morales Gorleri había sido designado el año pasado por esta gestión, pero ya no ocupará el puesto.

 

Fue la subsecretaria de Patrimonio Cultural, Liliana Barela, quien le informó por WhatsApp a Gorleri, según consigna La Nación, que la ley de creación del INS “había quedado sin efecto”, que el instituto se convertiría en el Museo Nacional Sanmartiniano (MNS) y que se designaría a un nuevo director.

 

A pesar de quedar sin dirección y en transición para pasar de ser instituto a museo, el organismo ubicado en Mariscal Castilla 2752, en Barrio Parque, continuará abierto al público al cuidado de un representante de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural.

 

En esta ocasión el Gobierno no pudo disolver por decreto el INS, como hizo en otros casos con los decretos 345 y 346- porque la institución había sido creada por decreto en 1933 y luego refrendada por ley 14.467, en 1958. Esta es la razón por la que pasará a convertirse en museo.

 

El INS se abocaba a la investigación y divulgación del pensamiento del Libertador San Martín, su fundador y primer presidente fue el doctor José Pacífico Otero, creador también del Instituto Sanmartiniano del Perú.

 

El futuro director de la entidad convertida en museo será designado pronto, aunque no será un cargo concursado porque ya se avanzó en la primera etapa de llamados a concurso.

 

La decisión sorprendió a Morales Gorleri quien estaba en el puesto ad honorem, por lo que la decisión no puede justificarse en un achique de presupuesto.

 

El lugar ofreció una Diplomatura Virtual Sanmartiniana gratuita que tuvo este año nueve mil inscriptos, el próximo 11 se iba a inaugurar una exposición organizada con junto al Instituto Sanmartiniano británico. Además, José Berni, hijo de Antonio iba a aportar las ilustraciones de su padre para la obra El santo de la espada. Vida de San Martín, de Ricardo Rojas.

LA MUERTE DE LINIERS Y LA VISIÓN DE SOR LUCÍA


El 12 de este mes se conmemora la Reconquista de Buenos Aires, batalla donde nuestros antepasados vencieron a los ingleses. Sin ese triunfo, hoy seríamos una colonia británica; las milicias criollas, con el apoyo de los vecinos y la conducción de Santiago de Liniers, crearon las condiciones para que fuera posible el Cabildo   de Mayo y la posterior declaración de la Independencia.

 

Por esas paradojas de la historia, el héroe de la Patria moriría en Córdoba, fusilado por un pelotón de soldados ingleses, por orden de la Junta designada por el ©abildo de Buenos Aires. Resulta difícil comprender que fuese condenado sin juicio anterior, al igual que otras cuatro personalidades ilustres que, no solamente habían prestado valiosos servicios en el pasado, sino que no habían ocasionado ningún daño hasta el momento de la sentencia. Sólo pretendían restaurar la autoridad del Virrey que acababa de deponerse, y que consideraban legítima.

 

Nos parece oportuno recordar en esta ocasión, un hecho sorprendente: la visión que tuvo Sor Lucía del Santísimo Sacramento, que en la época y lugar que estamos comentando, “vivía en olor de santidad en el monasterio de las Teresas de Córdoba” (1). Esta monja se llamó en el mundo María Lucía Álvarez. En el mismo convento de Carmelitas Descalzas, vivía una hermana de Victorino Rodríguez, Sor Marcelina de los Dolores; tal vez por eso el Dr. Luque Colombres agregó como anexo a su biografía del citado profesor, una parte de las memorias de Sor Lucía. Con el título de Amores de Dios con el alma, la monja escribió su autobiografía, por mandato de su confesor, que obviamente parecía necesario hacer conocer, pese a tratarse de una revelación privada, lo que se refiere a los sucesos de 1810 (2).

 

Comienza la hermana Lucía, relatando la consternación que reinaba en el convento por la presencia en la ciudad de la tropa que había llegado para detener a los que considerados legítimos funcionarios, respetables por sus virtudes y considerando que la justicia les pertenece en el conflicto desatado. Procuraba ayudar en la emergencia con la oración continua, rezando en una ermita ubicada en la torre; al cabo de tres días dedicado a este menester, se encontró en el coro con la comunidad, cuando tuvo una visión a modo de sueño. Pero ella percibía que no se trataba de un sueño, pues ya en el pasado le había ocurrido algo similar. En esta oportunidad, vio que las personas que estaban siendo buscadas habían muerto. Menciona quienes eran: “el Sr. Dn. Santiago Liniers, el Sr. Gobernador Concha, el Sr. Coronel Dn. Santiago Allende, el Sr. Teniente Dn. Victorino Rodríguez, el Sr. Tesorero no se su nombre y apellido…”.

 

Movida por la compasión, y sabiendo que es Dios quien le notifica este suceso, le dijo que los descendientes de estos señores quedaban huérfanos, recibiendo la respuesta de que Él cuidaría de ellos. Se preocupó también por sus mujeres, destacando que quedarían en situación de riesgo ya que era jóvenes, pero el Señor le aseguró que las guardaría, añadiendo que los muertos eran mártires. Sor Lucía, sorprendida, preguntó cómo podían ser mártires si no morían por la fe, escuchando que eran mártires de la justicia, así se llamarán pues lo son de verdad.

 

La hermana quedó con una sensación de paz y de certidumbre con respecto a lo que había visto; aprovechó un momento de descanso para comunicar a sus compañeras lo que había visto y escuchado el día 6 de agosto. Ellas consideraron que era un desvario suyo y que lo relacionado, no había ocurrido; Sin embargo, el día 26 de dicho mes se supone de la muerte.

 

En otra comunicación con Dios, le mostró parte de la gloria de que gozaban las almas de los mártires fallecidos, explicándole por qué cada uno se había hecho merecedor de esa corona. De una de esas almas a quien veía con tres coronas, quiso saber la causa, recibiendo como respuesta que una era por la perfección de su vida, otra por la perfección con que había cumplido los cargos que había detentado y que le había confiado su Divina Majestad (3).

 

1)Bruno sdb, Cayetano. La Virgen Generala, Rosario, Ediciones Didascalia, 2da. Edición, 1994, págs. 188-189.

2)Luque Colombres, Carlos. El doctor Victorino Rodríguez. Córdoba, Imprenta de la Universidad, 1947, Anexo N° 7.

3)Fragmento de la Vida de Sor Lucía del Sacramento, del monasterio de Carmelitas Descalzas de Córdoba, relacionado con los sucesos de 1810, obrante en el Archivo del Monasterio y publicado en Luque Colombres, op. Cit.

SEMBLANZA

 

 de Martín Miguel de Güemes

 

Por Jorge Martín Flores

La Prensa, 16.06.2025

 

El General Martín Miguel Juan de Mata de Güemes Montero de Goyechea y la Corte nació en Salta el 8 de febrero de 1785, en el entonces Virreinato del Río de la Plata. Pertenecía a una tradicional familia de raigambre hispano católica, aristocrática, conformada por nueve hermanos, acomodada, prestigiosa y sobresaliente por sus orígenes y servicios al Rey y a la América Española. Su padre era Gabriel de Güemes Montero, oriundo de Santander España y tesorero de las Cajas Reales de España. Y su madre María Magdalena de Goyechea y la Corte, nacida en Jujuy, era descendiente directa del fundador de ésta última ciudad.

 

Su formación educativa esencial la recibió en su familia y a través de maestros particulares. Era un hombre de amplia y elevada cultura. No solamente creció vinculado a los sectores acomodados de la ciudad, sino que se codeaba con la peonada de gauchos a los que trataba de igual a igual. Aprendió a montar caballos con excelencia y ¡hasta lograba domarlos con presteza!

 

CARRERA MILITAR

 

Siguiendo el ejemplo de su abuelo materno, se abrazó a la carrera de las armas. El 13 de febrero de 1799 se incorporó como cadete a la 7ma Compañía del III Batallón del Regimiento de Infantería Fijo de Buenos Aires, que tenía su asiento en la ciudad de Salta. Tenía solamente 14 años. Y allí conoció la provincia como la palma de su mano.

 

En 1805 por disposición virreinal fue trasladado a Buenos Aires en donde tiene una distinguida participación contra las invasiones inglesas, siendo ayudante del General en Jefe de la Reconquista Don Santiago de Liniers.

 

COMBATIENDO A LOS INGLESES (1806-1807)

 

El 12 de agosto de 1806 día de la Reconquista de Buenos Aires ante las invasiones inglesas al Río de la Plata, Güemes realizó una hazaña gigantesca, conocida como “La toma del Justina” (12-8-1806). El joven Martín Miguel de Güemes, cadete de 21 años llevó a cabo su bautismo de fuego: junto con sus compañeros jinetes de los Húsares de Pueyrredón, se metieron en el Río de la Plata con el agua de sus caballos hasta el cuello, abordaron un barco ingles tripulado por más de 100 personas y armado con 26 cañones y que se había encallado en el puerto de Buenos Aires y lo obligaron a rendirse.

 

¡Ficción dirán! Para nada, historia pura… ¡Güemes a pura guapeza gaucha obligó a un barco inglés a rendirse!

 

Este hecho es reconocido por los mismos británicos. Decía el entonces capitán británico Alexander Gillespie, quien en su diario de guerra editado en Londres en 1818 como Gleanings and remarkes (traducida en 1921 bajo el título de Buenos Aires y el Interior):

 

“El Justina, de 26 cañones, tripulado con oficiales y cien marineros, de la escuadra de Popham, además de la propia dotación, que se había acercado a tierra, lo más posible, peleó bien y sus cañones impidieron todos los movimientos de los españoles, no solo por la ribera, sino también en las diferentes calles que se ocuparon, expuestas a su fuego. Y ofrece un fenómeno en los acontecimientos militares, el haber sido abordado y tomado por caballería al terminar el 12 de agosto de 1806, a causa de una bajante súbita del río.”

 

Durante la segunda etapa de la invasión inglesa (1807) fue designado para combatir el contrabando realizado por los comerciantes criollos corruptos aliados al usurpador inglés en Montevideo. Cumpliendo con honor su misión. De regreso en Salta el gobernador de esa provincia dispuso su incorporación a la guarnición de la Plaza con el grado de teniente. Luego la Suprema Junta Gubernativa del reino en Sevilla en 1809, lo ascendió a subteniente efectivo del Regimiento de Infantería de Buenos Aires.

 

ANTE EL PRONUNCIAMIENTO DE MAYO (1810)

 

Tras el estallido de la Revolución de Mayo, se encontraba en Buenos Aires. Salta fue la primera provincia que respondió a la autonomía proclamada por la Junta Provincial Gubernativa de Mayo, la cual había jurado fidelidad al rey preso Fernando VII.

 

Güemes se incorporó a las fuerzas que la Junta de 1810 sobre el Alto Perú, para enfrentar a las tropas favorables al Consejo de Regencia Español, contribuyendo con una partida de 70 hombres a la victoria de la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810, primer triunfo de las armas patriotas.

 

COMANDANTE DE LAS AVANZADAS DE SALTA

 

En 1814, José de San Martín fue nombrado como Jefe del Ejército Auxiliador del Norte – reemplazando a Manuel Belgrano- nombró a Martín Miguel de Güemes comandante de las avanzadas de Salta, para defender la frontera norte de las invasiones realistas provenientes del Perú y del Alto Perú (actual Bolivia). Convirtiéndolo en una pieza clave para su proyecto estratégico de lucha por la independencia.

 

GOBERNADOR DE SALTA

 

El 6 de Mayo de 1815 el Cabildo de Salta, a petición del pueblo de la ciudad, designa a Güemes “Gobernador de la Intendencia de Salta”, que comprendía las actuales provincias de Salta y Jujuy y la región boliviana de Tarija.

 

El Director Interino Álvarez Thomas lo reconoce a mediados de junio de 1815.

 

LA GUERRA GAUCHA (1814-1821)

 

Es conocida la prolífica acción de nuestro héroe en la guerra por la independencia, llenándose de laureles con la denominada Guerra Gaucha (1814-1821), que manifestó su visión de estadista y militar americano. Consistió en una guerra de desgaste o guerra de guerrillas. Conocedores del terreno (sus ríos, valles y quebradas) los gauchos de Güemes atacaban por sorpresa y a gran velocidad a las tropas realistas que invadían el territorio norteño. Golpeaban y desaparecían. Causando gran descalabro en las fuerzas enemigas. Desgastándolo permanentemente, privándolos de recursos para subsistir, quitándoles el armamento y venciéndolos por el agotamiento causado con estos enfrentamientos.

 

Decía Güemes a Belgrano en 1818: “¿No he de alabar la conducta y la virtud de los gauchos? Ellos trabajan personalmente, y no exceptúan ni aún el solo caballo que tienen, cuando los que reportan ventajas de la Revolución no piensan otra cosa que engrosar sus caudales”.

 

ESPERANZA SE PRONUNCIA GÜEMES: EL RECHAZO A LA TERCERA INVASIÓN REALISTA

 

La tercera invasión realista al mando del General realista De la Serna se produjo en un momento en que América del Sur había sido reconquistada por el Ejército Español, excepto la actual República Argentina, el Uruguay que había sido ocupado por los portugueses y el Paraguay que se mantenía en su aislamiento.

 

Durante seis meses Güemes y sus milicias gauchas destrozaron un ejército que sólo controlaba el suelo que pisaba, habiendo sido acosado en no menos de 50 combates, debiendo retirarse “militarmente vencido en lucha franca, moralmente humillado y hecho materialmente pedazos en su personal y material”.

 

El 28 de mayo de 1817 el Director Supremo de las Provincias Unidas de Sudamérica Juan Martín de Pueyrredón dicta un decreto, reconociendo los excepcionales servicios prestados por Güemes; y en mérito a su brillante actuación, el gobierno lo premió con una medalla de oro y una pensión vitalicia para su primer hijo; una medalla de plata con trazos de oro para los jefes, una puramente de plata para los oficiales y para la tropa un escudo de paño con la inscripción: “A los heroicos defensores de Salta”

 

¿QUÉ IMPORTANCIA TUVO LA GUERRA GAUCHA PARA LA INDEPENDENCIA SUDAMERICANA?

 

Resistiendo con su escudo humano de montoneras de a caballo, le abrió el camino a San Martín que luego de conformar su ejército de los Andes, cruzaba las alturas de la cordillera para librar los combates por la independencia de la América del Sud. Güemes y sus gauchos infernales rechazaron sucesivamente ni más ni menos que ¡ocho invasiones de las mejores fuerzas realistas! Y ello permitió que la causa de la independencia en nuestras tierras siguiera de pie.

 

Como las fuerzas realistas no podían vencerlo con el poder de las armas. Intentaron corromperlo a través del soborno. El virrey La Serna envió tres emisarios ante don Martín Miguel, ofreciéndole dinero para abandonar la contienda. Güemes los despachó con el temple de un verdadero caballero cristiano hispanoamericano:

 

“Decid a vuestro virrey, señores -arrojando al suelo la carta con ademán suave y majestuoso-, que Martín Güemes, rico y no me por su nacimiento, ha sacrificado su fortuna entera al servicio de la Patria; y que para él, no hay títulos más hobrossos que el amor de sus soldados y la estimación de sus conciudadanos”.

 

Sintetizamos este punto, con los hermosos versos por Gustavo García Saravi en su poemario “Cómo se canta a la Patria”: "Allá en el norte, altivo, intransferible, como un torreón de furia, como un hito mágicamente eterno e infinito enarbola su muerte indestructible, iza su batallón -la fe temible- su silencio, sus lágrimas, su grito, sus oscuros caballos de granito, y este país de entonces, invisible, tierra desarrollada, madre seca, se aguanta en asombrosos y pedazos, imprecación la paz, ir la rueca. El caudillo del monte y la bravura muele en su triunfo penas y lanzazos. (Y en su sangre, la patria se inaugura).”

 

LOS ENEMIGOS DE GÜEMES

 

En palabras del Dr. Antonio Caponnetto: “Los enemigos de Güemes eran internos y externos. Los último obviamente, lo componían los llamados ejércitos realistas. Pero los primeros eran aún peores. Porque no combatían al caudillo en batalla frontal y campal abierta, sino que se aliaban secreta, reptílicamente con los enemigos. Porque no lo combatían por razones políticas, sino de oportunismo financiero, egoísta en particular. Eran en un sentido estricto de la palabra una oligarquía altiva”.

 

Güemes, servidor del bien común había ordenado su gobierno en la Intendencia de Salta hacia la causa de la libertad. Para ello perdonó las deudas de sus guachos y pidió contribuciones a los hacendados y comerciantes para que colaborasen con la lucha. En primera instancia todos habían servido a la Patria con gusto.

 

Pero con la prolongación de la guerra y con la falta de contribución económica de Buenos Aires (que había dejado a Salta a su suerte), se hizo notar el descontento de aquellos que tenían mayores riquezas y que ya no quisieron seguir colaborando con las necesidades de la Patria.

 

Tildaban a Güemes de “tirano” y “déspota” y estaban vinculados a los intereses centralistas y liberales de Buenos Aires. Crearon un Partido llamado “Patria Nueva” y aprovechando la ocasión en que el Gobernador de Salta, presionaron al cabildo y nombraron un nuevo gobernador afín a sus intereses.

Continúa nuestro maestro y amigo Don Antonio Caponnetto: “Una facción que privilegiaba la riqueza por encima de todo, cuya ideología distintiva era el liberalismo y el modernismo cultural y espiritual, esto es, el desarraigo. Por eso se llamaron a sí mismos “La Patria Nueva” por desdén a la Patria antigua y eterna, a la de la cruz y el sable, a la del poncho y la tacuara. Fue este enemigo interno el que hacía de informante de los realistas, el que propiciaba las invasiones, el que incluso las solventaba económicamente”.

 

Cuando el 29 de mayo de 1821 Güemes retornó a la ciudad de Salta, era esperado por una partida para detenerlo y enfrentarlo. Pero cuando lo vieron y escucharon su voz de mando, fue aclamado por la mayoría de los salteños bajo el grito “¡Viva Güemes!”. Era el líder indiscutido de Salta.

 

Los revolucionarios se habían ocultado o huido hacia el norte, llegando algunos hasta el cuartel general de Olañeta, jefe realista.

 

No dados por vencidos, los enemigos internos de Güemes abrieron las puertas de Salta a los realistas, traicionando a la Patria.

 

LA TRAICIÓN

 

El 7 de junio de 1821 una partida española, comandada por José María Valdés, apodado “el Barbarucho”, entró por sorpresa en la ciudad de Salta, produciendo una emboscada, en la que participan los 400 hombres de infantería. Y utilizando la información que le prestara Mariano Benítez, se cerraron todas las salidas y esquinas de la plaza, no quedando a Güemes más que montar en su caballo y saltar por sobre dos pelotones enemigos; pero al cruzar el Tagarete del Tineo (actual Avenida Belgrano), recibió un balazo. El heroico gaucho, sin apearse de su cabalgadura instigó a su caballo a que lo llevase al galope hasta el Campo de la Cruz. Allí, acompañado de un pelotón de leales e irreductibles hombres pidió ser transportado al campamento de la zona del Chamical en la Quebrada de la Horqueta, donde agonizaría sin un quejido, durante diez días, para entregar después su alma a Dios.

 

EL PASO A LA INMORTALIDAD

 

Así lo ha cantado el gran poeta e historiador Don Antonio Caponnetto: “Ha salido Güemes de la casa de Macacha. La oscuridad es casi total Monta de un salto y de memoria su caballo. Desenvaina el sable, viva dos veces a la Patria ¡Y carga! Carga solo contra las sombras. Un tiro del infierno le parte la espalda. Sus gauchos lo ven recostado sobre el cuello del caballo. Observan el gesto mudo de sus labios sellados por el dolor. ¿Puede seguir General? ¡Claro que puedo! -Dice Güemes- Penosa marcha que dura la noche y la mañana del día siguiente. Hasta que su cuerpo desangrado reposa en un modesto catre de campamento gaucho. Lloraron los hombres y las cosas de Salta aquella noche. Las lágrimas de las cosas, las cosas que tienen lágrimas. Lloraron los rostros desgajados y negros de sus infernales. Los ponchos empezaban a cruzar sus bandas negras. Y toda Salta la lloró en vidalas y entró en el ámbito triunfal de la leyenda. Y entre el sollozo de su gente, Salta lo devolvió a la tierra. En mineral visión surgió la luna por el azul sendero de la noche. Y en caminos de sangre fue corriendo por la fibra al hombre. Y palpitó la caja su mensaje y la quena se alzó redonda y alta. Y hasta el fondo mineral del cerro esa noche el dolor se llamó Salta.”

 

En la Cañada de la Horqueta, Salta, el 17 de junio de 1821 moría con honor Martín Miguel de Güemes en la Cañada de la Horqueta. Cumpliendo su palabra: “A nada temo, porque he jurado defender la Independencia de América, y sellarla con mi sangre.” (21-10-1816). Luego de agonizar durante 10 días.

 

Durante su agonía, nuevamente sobornado por emisarios realistas, quienes les ofrecían asistencia médica para retrasar su muerte con la condición de entregar las armas, pero su respuesta, nuevamente fue lacónica: “No quiero favores con perjuicio para mi país: éste ha de ser libre a pesar del mundo entero.” Clavó en cruz su sable en el suelo y pidió juramento a sus oficiales para que continúen librando batalla hasta que Salta se vea libre de todos sus enemigo, cual bastión de la libertad en América: “Voy a dejarlos, pero me voy tranquilo, porque sé que tras de mí quedan ustedes, que sabrán defender la patria con el valor del que han dado pruebas”.

 

Había dado hasta la última gota de su sangre por la Patria. Tenía 36 años.

 

LEGADO

 

A 204 años de su paso a la eternidad, su legado sigue vigente y es un llamado de atención a nuestra generación para ser líderes, es decir, los primeros en el sacrificio y los últimos en las comodidades, sirviendo al bien común con el ejemplo personal:

 

"Trabajemos con empeño y tesón, que si las generaciones presentes nos son ingratas las futuras venerarán nuestra memoria, que es la recompensa a que deben aspirar los patriotas desinteresados". (Carta de Güemes a Belgrano)

 

"¡Venid todos! Que yo en la escuela de los trabajos donde aprendieron mis bravas legiones el arte de la pelea, os enseñaré la ruta del honor y de la gloria" (Manifiesto del Gral Martín Miguel de Güemes a los jujeños – 1819).

 

 

Jorge Martín Flores

Profesor de Historia. Diplomado en Conducción y Liderazgo Sanmartiniano por la Escuela Superior de Guerra Conjunta. Vicepresidente del Movimiento Jóvenes por Malvinas.

LA CIUDAD Y SUS HABITANTES


en la época de las Invasiones Inglesas

 

POR JULIO C. BORDA *

La Prensa, 02.06.2025

 

Durante sus dos primeros siglos de existencia, Buenos Aires (fundada por segunda vez en 1580 por Juan de Garay) fue una ciudad pequeña y austera que no ofrecía grandes expectativas desde el punto de vista cultural, político ni económico, pues los grandes centros de poder se encontraban en Méjico, Lima y Quito; la Capital del Virreinato del Río de la Plata por lo tanto, fue una de las últimas fundaciones coloniales pues en el territorio argentino ya habían sido fundadas en Santiago del Estero, Corrientes, Córdoba y Santa Fe.

 

BOTÍN CODICIADO

 

Buenos Aires se convirtió desde sus primeros años de su existencia, en un botón codiciado tanto por ingleses, como así también por holandeses y franceses, la que comienza a tomar importancia a del S. XVIII cuando la extensa pampa se puebla de ganado vacuno y equino, cuya proliferación resulta sorprendente debido a la calidad de pastos que abundaban en sus campos, transformando la actividad económica de esas tierras, pues ayudó al desarrollo del comercio que comienza a crecer con la matanza de numerosos vacunos a los que sólo se les extraía el cuero para cambiarlo por artículos de acero, tejidos y yerba mate. El cuero se convirtió así, en un producto codiciado en Europa, por lo que empezó a importar a distintas ciudades del Viejo continente, ente ellas Londres, París y Roma.

 

De modo tal que Buenos Aires, comienza a tener un desarrollo económico y comercial impeensado; a todo ello se unía la abundancia de sus pastos -como ya se apuntó- el poderoso caudal de sus ríos y la riqueza de sus bosques, transformando esa tierra privilegiada, en un valioso botón que muchos países europeos codiciaban.

 

LA POBLACIÓN

 

Respecto a los porteños, es de destacar que durante los primeros años del S. XIX, Buenos Aires tenía una población que rondaba entre 40.000 y 50.000 habitantes, de los cuales la mayor parte eran españoles y luego los portugueses, predominando los blancos, y luego los mestizos, negros, indígenas y mulatos.

 

También se podrían encontrar familias francesas, napolitanas, genovesas, inglesas, holandesas, alemanas y norteamericanas que se fueron autorizadas a vivir en Buenos Aires.

 

En cuanto a los españoles, se decía que éstos eran orgullosos en demasía; tan es así que consideraron que algunos oficios como el de zapatero, pulpero, carpintero o peluquero, entre otros, eran de rango inferior, razón por la cual esas actividades estaban destinadas a los criollos de baja condición social y económica.

 

La mayoría de la población era muy religiosa, pues las familias de clase alta como las de clase media y baja, eran católicas, religión heredada de la Madre Patria.

 

Ese fervor religioso se reflejaba sobre todo, en el nombre de las principales calles de Buenos Aires, pues muchos llevaban nombre de santos; Así, la actual 25 de Mayo era la calle Santo Cristo; Florida se llamaba San José; la actual San Martín llevaba el nombre de Santísima Trinidad, etc.

 

La religión fue un duro obstáculo que los ingleses subestimaron cuando intentaron conquistar Buenos Aires, lo que les costó caro, pues nunca imaginaron que uno de los soportes que hubo para organizar la férrea defensa de la ciudad porteña, iba a estar inspirada en la Fe que el pueblo profesaba de manera tan intensa.

 

Un gran investigador, César García Belsunce, señala en relación a esta cuestión que "el pueblo de Buenos Aires, revoltoso y amigo del dinero, vociferador y pendenciero en la plebe, era en todos los casos un pueblo profundamente religioso. Los ingleses no eran simplemente contrincantes, eran los herejes, en el lenguaje de la época. Su presencia triunfante era no sólo un desafío al Reino, sinio también un agravio a la Iglesia. La Fe católica resultó un elemento de convocatoria para la resistencia y fue la causa también de la deserción de los soldados británicos de origen irlandés, ellos también católicos"´.

 

Numerosas iglesias se hallaban en Buenos Aires, siendo los más importantes el convento de San Francisco, Santo Domingo, del Socorro, la Parroquia de San Nicolás, entre otras.

 

La clase adinerada vivía en la zona de San Telmo, siendo las casas que habitaban de una sola planta con una gran azotea y enormes ventanales enrejados.

 

La Ciudad contaba con un colegio secundario, el San Carlos, pero no tenía universidades; los hijos de las familias acomodadas por lo tanto, debían ir a estudiar a la Universidad de Charcas oa la prestigiosa Universidad de Córdoba.

 

Los hombres interesados ​​en informarse acerca de la actividad política, social o cultural, asistían al café Los Tres Reyes, ubicado en la calle Santo Cristo; allí se dedicaban a discutir y analizar todos los acontecimientos de tipo político.

 

Muchos de los oficiales ingleses que participaron de las invasiones, quedaron maravillados por la inmensidad de los campos cercanos a Buenos Aires, y se sorprendieron de la abundancia de caballos, como así también de la gran cantidad de ganado vacuno, como ya se apuntó.

 

LAS COSTUMBRES

 

En cuanto a las costumbres de los habitantes porteños un autor inglés, John Bent, decía que "dormir, conversar, fumar cigarros y andar a caballo son las ocupaciones en que pasan tes cuartas partes del día. La gran abundancia de provisiones facilita su pereza, además de lo cual hay muchos propietarios, de manera que todos ellos parecen vivir en gran estilo y no tienen nada que hacer".

 

¡Pero quién iba a imaginar que en poco tiempo más ese hombre indiferente, abúlico, esclavo de la comodidad se iba a convertir de la noche a la mañana en una fiera brutal, indómita e implacable!

 

Esa es a grandes rasgos, la Ciudad que los ingleses pretendían invadir; lo que no imaginaban era la reacción de aquellos porteños que, de mansos corderos se convirtieron de pronto, en temibles leones.

 

* Abogado e historiador.