LUIS VERNET

 GOBERNADOR DE LAS MALVINAS 


Día de la Reafirmación de los Derechos Argentinos en Malvinas


 

Adrián Pignatelli

Infobae, 10 de Junio de 2022

 

“En la proa podía divisarse a un tripulante, bajo de estatura, cuya poblada barba y cabellos castaños, zarandeaba a gusto la fresca brisa del mar. Presentaba la típica imagen de aquellos hombres del oeste americano, conquistadores de las dilatadas llanuras que baña el Misisipi; un verdadero self-made man, activo, inteligente, emprendedor, tenaz, muy tenaz, iba a demostrar en el curso de su existencia poseer una honestidad acrisolada. Aquel hombre era Luis Vernet”, escribió Ricardo Caillet-Bois

 

El último gobernador de las Malvinas, antes que los ingleses las usurparan, había sido alemán. El 10 de junio de 1829, el gobierno de Buenos Aires designó Gobernador del Archipiélago a Luis Vernet, quien estaba trabajando en la colonización del Puerto Soledad. La fecha de su nombramiento como comandante político y militar, fue la elegida para conmemorar el Día de los Derechos Argentinos sobre el archipiélago.

 

Luis Elías Vernet nació en Hamburgo el 6 de marzo de 1791. Pertenecía a una familia francesa que debió dejar el país por cuestiones religiosas. Siendo adolescente, fue enviado a Filadelfia a trabajar en una empresa química de capitales alemanes, Bucker & Krumbhaar. Con el tiempo se desempeñaría como administrador de cargas navieras.

 

Luego de realizar varios viajes en distintos buques, en 1817 se radicó en Buenos Aires. Luego de una frustrada asociación con un alemán llamado Conrado Rücker, se asoció con Luis Pacheco, un capitán de Blandengues retirado, y comenzó a navegar hacia el sur. Conoció las Islas Malvinas y decidió fundar una colonia. Si bien fracasó en un primer intento, lo lograría más tarde.

 

Incansable, interesó de su proyecto al gobierno, quien le otorgó la concesión para el aprovechamiento del ganado vacuno y lobos marinos en la Isla Soledad.

 

El 17 de agosto de 1819 se casó con la uruguaya María Sáez. La boda fue oficiada por Julián Segundo de Agüero en la Iglesia de la Merced.

 

A partir de los planes que le había presentado al gobierno para desarrollar la colonización del archipiélago austral, el 10 de junio de 1829 se oficializó su nombramiento de comandante político y militar. Tenía como atribuciones “observar por la población de dichas islas, las leyes de la República, y cuidar en sus costas de la ejecución de los reglamentos sobre pesca de anfibios”, según establecía el decreto firmado por Martín Rodríguez y Salvador María del Carril.

 

En agosto de 1829 se embarcó hacia las islas. Llevó a su esposa y a sus tres hijos, Emilio, Luisa y Sofía. Allí nacería, el 5 de febrero de 1830, la cuarta, Malvina. Tendrían tres hijos más, Gustavo, Carlos y Federico. Se dice que Malvina fue la primera persona en llevar este nombre en el país. También formarían parte de la colonia su hermano, Emilio Vernet, y su cuñado, Loreto Sáez.

 

El 15 de julio, día que Vernet y 23 familias arribaron a las islas, su esposa anotó en su diario: "Llegué a las casas y lo primero que vi fue una infinidad de negras chicas y grandes. Salieron a recibirnos haciendo las mismas demostraciones de contento que los negros".

 

Le había solicitado al gobierno que por 30 años los colonos estuvieran exentos de pagar impuestos y que debían poseer derechos exclusivos de pesca tanto en las costas de las islas como en Tierra del Fuego. El gobernador Manuel Dorrego accedió a tales peticiones.

 

Pobló el archipiélago con colonos santafecinos, entrerrianos, cordobeses, santiagueños y bonaerenses, además de franceses, ingleses y de varios países del continente americano. Se llevaron también a esclavos con la promesa de libertad luego de una década de trabajo y un grupo de tehuelches. Su guía era un ex convicto. Con el tiempo construyó un barco, llamado El Águila, que hasta llegó a Brasil transportando carne salada y cuero.

 

El pueblo no excedía la media milla. Vernet y su familia vivían en una larga casa solo de planta baja, de paredes de piedra, que incluía una huerta y cuyas ventanas de las habitaciones daban a la bahía. La casa sobrevivió por décadas. Las ruinas del fuerte español se habían adaptado como corral y en los alrededores convivían el genovés Julio Grassi, encargado de la salazón del pescado y cerca del muelle se encontraba el almacén de Guillermo Dickson. El villorrio contaba con un cirujano, un herrero y un pedrero, entre otros.

Lo que desvelaba a Vernet era no poder controlar la pesca. No disponía de buques para ello. Los loberos y los balleneros eran un problema, porque se negaban a pagar los derechos correspondientes. Vernet y los suyos hacían lo que podían, y Buenos Aires no le enviaba la ayuda que solicitaba, haciendo a la situación más apremiante.

 

Logró detener a dos buques norteamericanos y, si bien uno pudo escapar, dando cuenta a su gobierno del incidente, los otros dos fueron detenidos por Vernet. Este, a bordo de uno de ellos, la goleta Harriet, con la carga incautada, se dirigió a Buenos Aires, ya que pretendía someter el caso al Tribunal de Presas. Dejó a cargo a su segundo, Enrique Meteaf. No se imaginaba que ya no volvería más a las islas. El cónsul norteamericano protestó y desconoció el reclamo argentino. Hasta puso en duda la soberanía argentina del archipiélago. Exigió indemnizaciones y reparaciones del caso. Colmó la paciencia del gobernador Juan Manuel de Rosas, lo declaró persona no grata y le pidió su pasaporte.

 

Pero el gobierno de Estados Unidos no dejaría pasar la afrenta. En 1831 la corbeta Lexington, al mando de Silas Duncan, destruyó Puerto Soledad (también conocido como Puerto Luis) luego de engañar a los pobladores al enarbolar una bandera francesa. Destruyó el fuerte, mató animales, saqueó el lugar y detuvo a los pobladores.

 

El 3 de enero de 1833 las islas, siendo José María Pinedo comandante interino, fueron ocupadas por los ingleses. Vernet y su familia, luego de una estadía en Río de Janeiro, regresaron a Buenos Aires. Los apremios económicos que vivió -”esto es el infierno sobre la tierra”, afirmó- no fueron obstáculo para Vernet, que siguió adelante. Tal es así que en 1841 patentó un producto que conservaba los cueros, las pieles y las maderas durante las largas travesías.

 

Con su familia vivió en el centro porteño, en casas situadas en la calle Florida, y en 25 de Mayo. En 1846 adquirió una quinta en San Isidro, llamada Las Acacias, desde donde podía verse la cúpula de la iglesia. En 1965 la vivienda fue reconstruida y aún pertenece a sus descendientes. Está ubicada en la calle Belgrano 839.

 

En 1852 viajó a Londres para pedir una indemnización por sus pérdidas en Malvinas. Reclamaba 14.295 libras esterlinas que, con los intereses, ascendía a 28.000. Luego de cinco años de trámites, el gobierno inglés le reconoció solo 2.400 libras.

 

Aseguran que fue el promotor del establecimiento de la comunidad alemana en nuestro país. Su esposa falleció en 1858 y él, en 1871. Está enterrado en el cementerio de La Recoleta.

 

El 14 de noviembre de 1973 el Congreso estableció que el 10 de junio sea el Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico Argentino. Y que ese día, y a una misma hora, sea conmemorado en escuelas. Una forma para reafirmar que las Malvinas son argentinas.

LA FEROZ BATALLA DE MITRE


 contra Calfucurá en Sierra Chica: un futuro presidente rodeado, sin caballos y derrotado

 

Luis Furlán


Infobae, 31 de Mayo de 2022

 

Entre el 24 de mayo y el 1 de junio de 1855 se produjo una de las empresas militares más ásperas de la lucha contra los aborígenes en la Conquista del Desierto: la campaña de Sierra Chica, que tuvo lugar en torno a la localidad de Sierra Chica, actual partido de Olavarría en la provincia de Buenos Aires).

 

Hacia 1855, la frontera Sur con el aborigen se apoyaba en una línea militar que corría por el Sur de las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe, pasando por el Norte, Oeste, Centro, Sur y Costa Sur de la provincia de Buenos Aires. Al Norte, la frontera era asegurada por una línea militar contra los aborígenes del Gran Chaco.

 

Las relaciones con los aborígenes eran muy inestables. Para mantener la paz, los gobiernos debían someterse a una humillante y extorsiva política de abastecimiento y racionamiento con los aborígenes (“negocio pacífico”), a cambio de no atacar ni invadir fronteras y provincias. Durante sus gobiernos, Juan Manuel de Rosas mantuvo una relativa paz a través del “negocio pacífico” (1829-1852).

 

La caída de Rosas en la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) inició la difícil organización y unidad nacional. El Acuerdo de San Nicolás, convocado por Justo José de Urquiza para organizar el país, fue rechazado por Buenos Aires. Las relaciones con la Confederación Argentina se complicaron.

 

El 11 de septiembre de 1852 los porteños se levantaron contra Urquiza y constituyeron el Estado de Buenos Aires. Así comenzó una nueva guerra civil, que finalizó a mediados de 1853. Por ese tiempo, se aprobó la Constitución Nacional y Urquiza fue elegido presidente de la Confederación Argentina. El Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina permanecieron separados, conviviendo en cierta paz.

 

Los aborígenes aprovecharon aquella situación para olvidar los tratados, y renovaron, con mayor violencia, sus incursiones sobre fronteras y provincias, especialmente Buenos Aires. Atacaron estancias y poblaciones para apoderarse de ganado, capturar personas, saquear y depredar. Por caminos bien definidos (“rastrilladas”), arreaban el ganado desde la provincia de Buenos Aires para venderlo en Chile.

 

Aquellas acciones humillaban a los gobiernos, debilitaban la defensa fronteriza, afectaban la integridad territorial, perjudicaban el progreso económico y la ocupación del territorio y retrasaban la organización y unidad nacional.

 

El cacique más poderoso fue el mapuche-araucano Calfucurá, nacido en Chile e instalado en Salinas Grandes (hoy La Pampa) desde 1834. Formó y lideró la Confederación de Salinas Grandes, compuesta por diversos pueblos aborígenes de Pampa y Patagonia, y fue el auténtico amo y señor del desierto hasta 1873. Su prestigio ganó adhesión entre aborígenes chilenos.

 

Político astuto y hábil diplomático, aprovechó las desinteligencias de nuestros gobiernos y logró beneficiosos tratados. Hasta fue aliado del presidente de la Confederación Argentina Justo José de Urquiza. Conocía perfectamente el territorio y las “rastrilladas” y, como conductor militar, apostaba a la movilidad de su caballería y a sus numerosos “guerreros de lanza”.

 

El Estado de Buenos Aires continuó la política del “negocio pacífico” con los aborígenes. Las relaciones fueron inestables, y se concretaron difusos tratados con los caciques pampas Catriel y Cachul.

 

Luego de Caseros, la frontera bonaerense sufrió ataques cada vez más violentos y constantes. Entre 1852 y 1853, Calfucurá atacó Bahía Blanca y el Sur de la provincia, mientras que Catriel y Cachul, olvidando sus tratados con Buenos Aires, depredaron Azul.

 

A principios de 1855, Calfucurá, Catriel y Cachul invadieron la provincia con 5000 aborígenes. Arrasaron el partido de Azul, se apoderaron de numeroso ganado, se llevaron varias personas cautivas y asesinaron a 300 pobladores.

 

Quien asumió el desafío de responder a aquella invasión, fue el ministro de Guerra y Marina del Estado de Buenos Aires coronel Bartolomé Mitre, veterano de la guerra contra Rosas y del conflicto contra la Confederación Argentina, destacado periodista y, anteriormente, legislador provincial, ministro de Gobierno y canciller del Estado de Buenos Aires.

 

El coronel Bartolomé Mitre decidió combatir primero a los pampas de Catriel y Cachul, aliados de Calfucurá, para luego continuar la campaña contra el líder de Salinas Grandes. Organizó una operación combinada sobre la frontera Sur bonaerense, con dos columnas que debían operar estrechamente coordinadas.

 

La columna comandada personalmente por el ministro coronel Bartolomé Mitre, operaría desde Azul sobre las tolderías de Catriel, en Sierra Chica; mientras que la columna del coronel Laureano Díaz, comandante de la Frontera Centro, partiría desde fuerte Cruz de Guerra (actual 25 de Mayo) para actuar contra las tolderías de Cachul, entre las lagunas Blanca Grande y Blanca Chica. Buscarían sorprender, acorralar y atacar por flancos y retaguardia a los pampas y, conseguido el triunfo, se reunirían en Sierra Chica para continuar las operaciones.

 

El coronel Mitre partió desde Azul en la noche del 27 de mayo de 1855. Sus fuerzas (800 hombres) se componían de tropas de coraceros, del batallón 2 de línea y de cazadores del batallón 1 de línea, más guardias nacionales y aborígenes. Un corresponsal de “La Tribuna” destacó que el ministro prometió “asegurar las fronteras, sin que lo detengan los rigores de la estación, ni las penurias de una guerra monótona y salvaje”. La marcha se realizó casi siempre de noche. El 29 se dirigió por la noche hacia Sierra Chica, para sorprender a las tolderías de Catriel en la madrugada del 30.

 

La columna atravesó territorios prácticamente desconocidos. El corresponsal de “La Tribuna” señaló el “mal estado de los caminos” y el “mal servicio de las postas”; que “el frío y el hambre atacaban muy de cerca” y que “si no faltó para comer la carne, el agua hizo gran falta”. Por errores de los baqueanos, las tolderías de Catriel se hallaban más alejadas de lo previsto, “equivocación que fue funesta para el éxito de la expedición”, según el coronel Mitre.

 

A las primeras luces del 30 de mayo, las fuerzas del coronel Mitre avanzaron sobre Sierra Chica, pero el sorpresivo ataque de madrugada ya se había frustrado: “Una línea considerable de indios se presentó a defender las tolderías. El golpe se había malogrado”, dijo el corresponsal de “La Tribuna”.

 

El coronel Mitre dispuso que la infantería debía iniciar la ofensiva, y la caballería apoyar y decidir el ataque: así se podría controlar el campo de batalla y neutralizar la rápida caballería y el orden circular de la táctica aborigen.

 

Hacia las 8 de la mañana del 30 de mayo comenzó el combate de Sierra Chica. El coronel Mitre distribuyó sus fuerzas, pero la apresurada caballería se desplegó sobre la marcha, arrastrando a guardias nacionales y aislando la infantería. Ante dos cargas de los pampas rechazadas por los coraceros, la guardia nacional retrocedió, provocando confusión y desorden.

 

Los aborígenes aliados de Buenos Aires cargaron sobre los toldos, pero la caballería atacó por su cuenta, confiada en una fácil y rápida victoria. No obstante, las fuerzas de Buenos Aires arrollaron a los pampas, los empujaron hacia sus toldos y los desalojaron, arrebatándoles numerosos caballos.

 

Pero la fuerza atacante se quebró, pues sus componentes se dispersaron y separaron en fracciones que arreaban los caballos capturados, seguían la lucha o saqueaban los toldos. El ataque se diluyó en acciones sin coordinación. Los pampas de Catriel contraatacaron, aislaron y rodearon a las fracciones, provocando encarnizado entrevero y lucha cuerpo a cuerpo.

 

La columna fue rodeada y sometida a permanentes y rápidos ataques desde todas direcciones. Los pampas impusieron la movilidad de su caballería y sus acciones de guerrilla. Mitre señaló que “los indios amagaban frente, flancos y retaguardia, en caballos de una superioridad incontestable, con los cuales corrían fácilmente por los flancos, evitando cuando les convenía el choque”.

 

Los caballos de los porteños se dispersaron, dejando las tropas a pie, mientras, según Mitre, “los indios se retiraban y volvían al combate cabalgando soberbios caballos de refresco”. En la confusión, el capitán Emilio Vidal, herido con cuatro lanzazos y dos balazos, y sin caballo, se defendió a sable contra cinco aborígenes, logrando salvarse.

 

Mitre se puso a la defensiva para salvar sus fuerzas. Sus hombres, todos a pie, se retiraron a una sierra aislada, donde los pampas los rodearon y sometieron a escaramuzas. Mitre pensó lo peor: “el número de indios que nos circundaba, sus alaridos salvajes y su ardor, hacían concebir la idea de un contraste”.

 

Al anochecer del 30 de mayo, aparecieron a la distancia las hordas de Calfucurá. Las fuerzas porteñas permanecieron, según Mitre, “en la incertidumbre y sobre las armas toda una noche opaca y lluviosa donde no cesaron los alaridos de los bárbaros que nos circundaban”.

 

El 31 de mayo continuaron las escaramuzas y las guerrillas y el avance de las fuerzas de Calfucurá, “mientras nosotros reducidos por todo alimento a carne de yegua, sin más agua que la que brotaban algunas vertientes de la sierra, resueltos a sostener el puesto hasta el último trance”, informó Mitre. En la noche la columna comenzó la retirada: la maniobra se realizó de noche y a pie, “desde el primer jefe hasta el último soldado, observando el mayor orden y silencio”, destacó.

 

Finalmente, llegaron a Azul en la mañana del 1 de junio, “después de sufrir toda clase de privaciones, y peleando con un enemigo fuerte y decididamente valeroso”, observó el corresponsal de “La Tribuna”. Las fuerzas de Buenos Aires sufrieron 16 muertos y 23 heridos y perdieron todos sus caballos y buena parte del equipo.

 

Por su parte, la columna del coronel Laureano Díaz partió el 24 de mayo de 1855 desde el fuerte Cruz de Guerra para combatir a los pampas de Cachul. Aquel jefe era veterano de la guerra contra el Imperio del Brasil (1825-1828) y de la guerra contra Rosas.

 

La columna del coronel Díaz se componía de 600 hombres, con apoyo aborigen. El 30 de mayo llegó a las tolderías de Cachul pero las encontró sin aborígenes combatientes, pues se habían retirado a Sierra Chica para reforzar a Catriel. Los días 30 y 31 de mayo fue rodeado y atacado por numerosas fuerzas del gran Calfucurá. Según el coronel Díaz, “nos dieron el ataque por los cuatro frentes donde se empeñaron fuertes guerrillas, pero no sufrían nuestras cargas”.

 

Si bien la columna del coronel Díaz logró rechazarlas, su comandante no pudo perseguirlas, ni alcanzó a unirse a las fuerzas del coronel Mitre. Se retiró y llegó a estancia del Saladillo en la madrugada del 1 de junio.

 

El coronel Mitre reconoció que la campaña no dio los resultados esperados para pacificar la frontera de Buenos Aires, pero se recuperó la iniciativa y la actitud de combatir al aborigen en sus tolderías. Destacó que ya se conocía “el olvidado camino del desierto”, y que “se adquirió en la pelea experiencia de que carecían nuestras tropas en una guerra enteramente nueva para ellas”.

 

Durante la campaña, sus comandantes destacaron la falta de caballos. Sus fuerzas y sus baqueanos desconocían el territorio, y la logística resultó deficiente. Las fuerzas porteñas fueron escasas y marcharon divididas; carecían de instrucción y disciplina; no contaron con jefes subordinados capaces de imponer autoridad en momentos críticos; y tampoco poseían suficiente experiencia para combatir aborígenes conocedores del terreno y organizados en guerrillas con una táctica móvil, evasiva y desgastante.

 

Catriel, Cachul y Calfucurá salieron fortalecidos, en tanto el Estado de Buenos Aires cedió a mayores exigencias de aquellos líderes y soportó el retroceso de su línea fronteriza. El mismo Mitre advertirá que el problema aborigen se solucionaría en 300 años…

 

Para desprestigiar al general Bartolomé Mitre, ex presidente de la Nación (1862-1868), sus adversarios políticos utilizaron, en 1875, las páginas de “El Mosquito” para burlarse de su derrota en el combate de Sierra Chica (30 y 31 de mayo de 1855) nombrándolo “Bartolo Sierra Chica”.

 

Luego de Sierra Chica, nuestros gobiernos intentarán diversas campañas contra los aborígenes, pero todas terminarán en derrota. Habrá que esperar recién a 1872 cuando, en el combate de San Carlos, se produzca un punto de inflexión en el complejo proceso de la Conquista del Desierto y en las difíciles relaciones con el mundo aborigen.

ARGENTINA ¿NACIÓ EN 1810?

 


POR GERMÁN MASSERDOTTI


La Prensa, 01.05.2022

 

Hace unos meses, salió publicado un libro titulado `Derecho, cultura jurídica e instituciones argentinas, siglos XVI a XIX. Los tres siglos monárquicos de nuestro pasado' (Buenos Aires, Educa, 2021). Sus autores son Alejandro A. Domínguez Benavides y Eduardo P. M. Ventura. La publicación merecería una reseña aparte. Lo que ahora nos importa destacar es un texto que ellos rescatan y que oficia a modo de proemio.­

 

Domínguez Benavides y Ventura citan un fragmento del discurso pronunciado por el académico Miguel Angel Cárcano en la sesión del 9 de septiembre de 1969 a propósito de la recepción pública del académico de número D. Raúl de Labougle. Dice Cárcano en la cita evocada por los autores: "A través de España hemos heredado la cultura del Mediterráneo, creada por las naciones más inteligentes, ingeniosas y sensibles de Europa. El pensamiento griego, las instituciones romanas, la religión cristiana, la industria y la ganadería árabe, el régimen jurídico y las especulaciones del espíritu, son sus mejores realizaciones (...) La historia de la conquista, la colonización y el virreinato, son trescientos años de historia argentina (...) Ningún historiador serio pretende que la historia comience en 1810".­

 

CONCEPTO DE HERENCIA­

 

El texto anterior, para ser exprimido, requeriría una nota más extensa. Apuntemos, ahora, algunas ideas. En primer lugar, el concepto de herencia. Los argentinos somos herederos de España. Así es, señores. Argentina no se explicaría sin la presencia de España en América. Es un hecho e información histórica. Resulta un dato inconmovible. Podrá ser timbre de gloria para los hispanistas como quien escribe esta nota o motivo de odio, de indiferencia o de lo que fuera para los que quieren sacudir los orígenes de la historia patria. Facts are facts, dicen los yankees. En este caso, no meras factualidades porque, a su vez, este hecho está preñado de riquísimas virtualidades que, con el correr del tiempo, fue dando frutos de civilización. Los argentinos no descendemos de los barcos del siglo XX, por favor. En todo caso, sí de los del siglo XVI. Por considerar un hecho, tanto histórico como, a la vez, simbólico, podríamos apuntar el 1º de abril de 1520, fecha en la que, en el contexto de la expedición de Hernando de Magallanes y de Sebastián Elcano con el apoyo de la Corona Castellana, fray Pedro de Valderrama, capellán de la expedición, celebró en San Julián (nuestra actual provincia de Santa Cruz), la primera misa en territorio patrio. Lo hizo en la Solemnidad del Domingo de Ramos.­

 

CULTURA FUNDACIONAL­

 

En segundo lugar, a partir de esta herencia hispánica se configura nuestra cultura fundacional. Bastaría recordar que, a contrapelo del orgullo porteño que se cree el ombligo de la Argentina, ella se vincula, estrechamente, con la corriente de población proveniente del Perú. Como señala el P. Cayetano Bruno en su Historia Argentina: la segunda corriente civilizadora -antes había mencionado a la del Río de la Plata y Paraná- es "la de la región así llamada del Tucumán, proveniente del Perú. Como descubrimiento reconoce su origen en 1536 con la expedición de Diego de Almagro a Chile. La ocupación comenzada por Diego de Rojas en 1543 y la efímera fundación de Medellín a principios del siguiente año, se consuman con Juan Nuñez de Prado y la fundación de la ciudad viajera del Barco de Avila, que sólo llega a estabilizarse en 1553 con Santiago del Estero y el conquistador Francisco de Aguirre".­

 

Gracias a España heredamos, como afirma Miguel Angel Cárcano en el texto que citan Alejandro A. Domínguez Benavides y Eduardo P. M. Ventura, a Grecia, a Roma y al Cristianismo. Resulta llamativo -agrego de mi parte- que algunos puedan sostener que la Argentina nació en 1810 o que haya habido un exjefe de gabinete de una administración nacional fracasada que haya dicho que era una de las cosas chiquitas pero simbólicas más lindas haber cambiado los próceres con animales porque "es la primera vez en la historia argentina que hay seres vivos en nuestra moneda nacional".­

 

En realidad, además de otros patriotas como San Martín y Belgrano, deberían figurar otros como Hernandarias. A decir verdad, resultaría un acto de justicia con nuestra cultura fundacional, por cierto, también a contrapelo de lo "políticamente incorrecto".­

 

Nuestra Patria, bautizada un Domingo de Ramos y que padece un Viernes Santo sin fin aparente, espera su Resurrección. La falsa solución de la presente crisis es la promesa de un futuro que no llega porque se busca remediarla olvidando nuestro pasado. Volvamos los ojos a nuestra historia que no comienza, por cierto, en 1810 sino mucho antes.­

CAMPAÑA AL DESIERTO

 


el plan de Roca y el trágico destino de los indígenas que lucharon como “demonios en las tinieblas”

 

Adrián Pignatelli


Infobae, 16 de Abril de 2022

 

“Esa zanja era un disparate”. Así evaluaba el tucumano Julio A. Roca ese larguísimo foso de dos metros de profundidad y tres de ancho que el ministro de Guerra y Marina Adolfo Alsina había mandado a cavar para frenar los malones indígenas, cuya obra estuvo en manos del ingeniero francés Alfredo Ebelot. El destino quiso que en unos de los viajes que Alsina hizo a Carhué, contrajo una enfermedad que lo mató el 29 de diciembre de 1877. El 4 de enero, el día que el ministro fallecido hubiese cumplido 48 años, el presidente Nicolás Avellaneda le comunicó a Roca que iba a ser el nuevo ministro de guerra. Estaba en el interior y viajó a la capital a pesar de estar atacado de fiebre tifoidea.

 

Su primera orden fue la suspensión de los trabajos de la zanja, que ya contaba con 370 kilómetros de largo. Dejaría de lado la estrategia defensiva para solucionar, de una vez por todas, el problema de los malones indígenas. Consideraba que la estrategia de Alsina dilataba la solución al problema. Roca se propuso desalojar a los indígenas del territorio al norte de los ríos Negro y Neuquén, adelantar la frontera, y asegurar los pasos de Choele Choel, Chichinal y Confluencia.

 

Entre los principales caciques a derrotar -muchos de ellos hacía rato que estaban en franca retirada- estaban los ranqueles Manuel Baigorrita, Ramón Cabral y Epumer Rosas; los araucanos Marcelo Nahuel y Tracaleu; los tehuelches Sayhueque y Juan Selpú y el célebre Namuncurá, el de la dinastía de los piedra, que terminaría rindiéndose en 1884. “Si ellos son de piedra, yo soy Roca”, advirtió el ministro.

 

Desde aquel lejano mayo de 1770 cuando el gobernador Francisco Bucarelli mandó a parlamentar con una docena de caciques pehuelches, fue arduo el camino transitado en la difícil convivencia con los pueblos indígenas. El refuerzo de las precarias fortificaciones y los planes de expandir la frontera con el indio que planeó la Primera Junta, quedaron en la nada. Por años, el río Salado fue la frontera natural. En 1833 Juan Manuel de Rosas planeó su propia conquista: se propuso correr al indígena hacia la cordillera. Al finalizar había recuperado un buen número de cautivos y de tierras y estableció relaciones amistosas con varios caciques, entre ellos Calfucurá.

 

En agosto de 1878 el gobierno envió un proyecto al Congreso en el que solicitaba 1.600.000 pesos fuertes para hacer cumplir la ley N° 215, de 1865, que establecía una frontera sobre la margen norte de los ríos Negro y Neuquén. Y el 11 de octubre de 1878 se promulgó la ley 954 de creación de la gobernación de la Patagonia. Las autoridades tendrían asiento en Mercedes de Patagones, hoy Viedma.

 

Roca movilizó al ejército, cuyos soldados iban armados con los modernos fusiles Remington que podían realizar seis disparos por minuto. Enfrente los indígenas iban a la pelea muñidos de una lanza tacuara, de unos cuatro metros de largo, que en su punta tenía asida una tijera de esquilar. También llevaban dos o tres boleadoras y cuchillo. Cabalgaban, en medio de una gritería infernal, como “demonios en las tinieblas”.

 

Roca pretendió formar una fuerza numerosa pero dividida en pequeños cuerpos que se moviera rápido. “El mayor fuerte para guerrear contra los indios y reducirlos de una vez, es un regimiento o una fracción de tropas de las dos armas, bien montadas, que anden constantemente recorriendo las guaridas de los indios y apareciéndoseles por donde menos lo piensen”.

 

En total serían 23 expediciones, cada una de ellas de 300 hombres. En tiempo récord, se logró movilizar a 6 mil soldados, 800 indios amigos, y se reunió 7 mil caballos y ganado vacuno para alimentación. En el medio de la campaña cuando se terminaron las vacas, lo que se consumió fue carne de yegua. No solo iban soldados, sino también un grupo de curas para evangelizar a los indígenas; incorporó a científicos extranjeros que estaban en el país desde la época de Sarmiento y cubrió la expedición el retratista Antonio Pozzo, que dejó un valioso testimonio fotográfico.

 

Entre los caciques que cedieron guerreros para el ejército se cuentan al borogano Coliqueo, al pampa Catriel y a los tehuelches Juan Sacamata y Manuel Quilchamal.

 

La expedición tuvo cinco divisiones operativas: la 1ª con Roca y su jefe de estado mayor coronel Conrado Villegas; la 2ª, a órdenes del coronel Nicolás Levalle; la 3ª, con el coronel Eduardo Racedo al frente; la 4ª bajo la dirección del teniente coronel Napoleón Uriburu y la 5ª con el coronel Hilario Lagos. De esta última se desprendieron dos columnas, una con Lagos y otra con el teniente coronel Enrique Godoy. Cada una debía llegar a un punto preciso.

 

Así como lo había hecho Rosas, en esta operación también se dispuso de columnas que salieron de distintos puntos. La del salteño Napoleón Uriburu salió desde San Rafael, Mendoza, al frente de la 4ª División y debía dirigirse a Neuquén. Fue la que se llevó la peor parte, porque además de las bajas temperaturas y el extenso territorio que debió cubrir, luchó contra indígenas armados con Remington provistos por chilenos a cambio de ganado. En el camino fundaron un fortín que dio origen a la ciudad de Chos Malal.

 

La que comandaba Roca partió de Carhué hacia la isla de Choele Choel. Racedo, futuro gobernador de Entre Ríos, partió de Villa Mercedes, en San Luis. Hacía dos años que luchaba contra los ranqueles y eliminó toda resistencia en esa zona. Cayó de sorpresa sobre los toldos de Epumer Rosas y tomó centenares de prisioneros. Levalle salió de Carhué hacia las tolderías de Namuncurá, que debieron correrse unos cien kilómetros más al oeste. Lagos, desde Trenque Lauquen debía dirigirse a Toay. También salió del mismo lugar Villegas con 300 hombres y con varios baqueanos, en busca de Pincén, a quien capturó en Malal, con otros 33 indios, aparte del rescate de cautivos y de hacienda.

 

Pozzo publicada en Caras y Caretas

De la campaña participó Rudecindo, el hermano menor de Roca. Se dedicó a transitar los territorios bañados por los ríos Atuel y Chapaleufú. A fines de 1878 hizo fusilar a unos 50 ranqueles enviados por los caciques Baigorrita, Namuncurá y Rosas que buscaban parlamentar, quienes habían ido confiados por un tratado de paz que habían firmado meses atrás. Finalizada la campaña, fue ascendido a coronel graduado.

 

El 25 en Choele Choel

La meta que Roca se impuso y que mantuvo en secreto era que el 25 de mayo de 1879 debía celebrarlo en Choele Choel. En Buenos Aires tomó el tren a Azul y de ahí se dirigió a Carhué, de donde partió el 29 de abril. Se transportaba en una berlina, donde le era más cómodo para trabajar con los mapas, documentos y libros. Cuando el 14 de mayo cruzó el río Colorado, homenajeó a su antecesor y bautizó el lugar como Paso Alsina, en el actual partido de Patagones.

 

Tal como lo había planeado, el 24 de mayo de 1879 llegó a Choele Choel. A las 6 de la mañana del 25, se tocó diana, se izó la bandera, hubo banda militar y misa. Estuvieron en el lugar una semana.

 

Estaba acompañado por Ignacio Hamilton Fotheringham, un inglés que había sido dado de baja de la marina de su país, veterano en todas las batallas de la guerra del Paraguay y que fuera amigo personal de Dominguito Sarmiento. En la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, hubo una bienvenida con clarines y tambores del Regimiento 6 de Infantería de Línea. En un telegrama al presidente Avellaneda, el jefe militar destacó que “en ninguna parte se siente uno tan cerca de Dios como en el desierto”.

 

Contemplando la fuerte corriente del río, Roca ofreció un premio a quien cruzase a la otra orilla. Los que lograron atravesar las turbulentas y por demás heladas aguas fueron Fotheringham y el mayor Fábregas. El premio se lo llevó el inglés por ser de mayor graduación. Ese lugar es hoy conocido como Paso Fotheringham.

 

Al no encontrar indígenas, cuatro días después estaban de regreso en Choele Choel. En el vapor “Triunfo” se dirigió a Carmen de Patagones donde fue recibido por los vecinos como un héroe. Y en la cañonera “Paraná” arribó el 8 de julio por la mañana al puerto de Buenos Aires. Era la primera vez que navegaba. Dejó el mando de las tropas a Conrado Villegas.

 

Trágico fin

La campaña dejó un saldo de por lo menos 14 mil indígenas muertos, producto de combates en campo abierto o en ataques sorpresivos a tolderías. Hombres y mujeres fueron separados para evitar la descendencia. Miles de mujeres y niños fueron condenados a una vida de semi esclavitud como servicio doméstico con familias porteñas. Los chicos también eran apartados para siempre de sus madres, en medio de escenas desgarradoras, y su destino era decidido por la Sociedad de Beneficencia.

 

Los guerreros prisioneros fueron empleados como mano de obra barata en estancias, en trabajos agrícolas en el oeste, en yerbatales y en algodonales en el noreste, en obrajes madereros o en ingenios azucareros en el norte. Otros fueron enrolados en las filas del ejército y la marina. Los que el gobierno consideraba más peligrosos, fueron confinados a la isla Martín García donde rompían piedras para el empedrado de la ciudad de Buenos Aires. Muchos murieron por la mala alimentación y las enfermedades.

 

Los caciques sobrevivientes no tuvieron más remedio que someterse y pudieron vivir tranquilos en parcelas asignadas por el gobierno.

 

Se recuperaron centenares de cautivos y el Estado tomó posesión de 500 mil kilómetros cuadrados de territorio, mucho del cual fue repartido entre políticos, hacendados y militares.

 

Las operaciones continuarían algunos años más. Los caciques Namuncurá y Baigorrita, aunque debilitados, aún no habían sido sometidos. Los malones, que se habían convertido en una pesadilla durante los gobiernos de Mitre y Sarmiento, terminaron. Pero a esa altura Roca, a sus 35 años, preparaba su siguiente empresa: la de ser presidente.

"DAR UN DÍA DE GLORIA A LA AMÉRICA DEL SUR"

 

Maipú:  la batalla que aseguró la independencia de Chile y consagró a San Martín

 

Juan Marcelo Calabria y Roberto Colimodio


Infobae, 6 de Abril de 2022

 

Las bajas patriotas ascendieron a unos 1000 hombres y las realistas, al doble, con 3000 prisioneros y una cantidad significativa de armamento capturado

 

El 25 de marzo de 1818 el Libertador de América José Francisco de San Martín ingresaba en la ciudad de Santiago de Chile, luego de trabajosas jornadas a partir de la derrota sufrida por el ejército patriota en Cancha Rayada. Una vez en la capital ante la multitud expectante y temerosa proclamaba: “El ejército de la Patria se sostiene con gloria al frente del enemigo. Los tiranos no han avanzado un punto de su atrincheramiento. La Patria existe y triunfará, y yo empeño mi palabra de honor de dar un día de gloria a la América del Sur”.

 

Con la mirada en el horizonte de la libertad, el líder americano inspiraba a los pueblos tras sus pasos y empeña su palabra de honor en la culminación de la obra que había comenzado al dar inicio a “la gran empresa cuyana” desde Mendoza y a la que ha decidido consagrar su vida.

 

Luego del 19 de marzo los días se volvieron febriles y los preparativos para un enfrentamiento decisivo se aceleraron. El Ejército Unido logró rehacerse y gracias a los esfuerzos desplegados por el propio San Martín, O’Higgins, Las Heras, Freire, Guido, Rodríguez y demás jefes, oficiales y tropa consiguieron reunir una fuerza de más de 5.000 hombres y 21 cañones con la que el General en Jefe planeaba avanzar sobre el enemigo y librar la batalla decisiva. El libertador consideraba que no se debía dar tiempo al enemigo de capitalizar el triunfo obtenido en Cancha Rayada.

 

Al decir de Mitre: “Contando con el triunfo, el general de los Andes supo infundir a todos su confianza, dio instrucciones detalladas a sus jefes en vísperas de la batalla. Entre ellas, recomendaba a los jefes de caballería tomar siempre la ofensiva, por ser esta la índole del soldado americano, y llevar a su retaguardia un pelotón de veinticinco hombres para sablear a los que volvieran la cara y perseguir al enemigo”.

 

Por último les decía: “Esta batalla va a decidir la suerte de toda América, y es preferible una muerte honrosa en el campo del honor a sufrirla por manos de nuestros verdugos. Yo estoy seguro de la victoria con la ayuda de los jefes del ejército, a los que encargo tengan presente estas observaciones”.

 

Al amanecer del 5 de abril, San Martín, informado de las tácticas enemigas, quiso “cerciorarse por sus propios ojos del error estratégico y concertar sus movimientos tácticos, (para ello) se vistió con un poncho y un sombrero de campesino y, acompañado por su inseparable ayudante O’Brien y el ingeniero D’Albe, seguido de una pequeña escolta, se dirigió a gran galope al ángulo truncado de la Loma Blanca. Desde allí, pudo observar a la distancia de 400 metros con el auxilio de su catalejo, la marcha de flanco que en perfecto orden ejecutaban las columnas españolas a tambor batiente y banderas desplegadas, al posesionarse de la lomada triangular fronteriza prolongando su izquierda sobre el camino de Valparaíso. ‘¡Qué brutos son estos godos!’”, exclamó con esa mezcla de resolución y buen humor que lo caracterizaba.

 

Y agregó: “Osorio es más torpe de lo que yo pensaba”. Dirigiéndose luego a sus acompañantes, les dijo: “El triunfo de este día es nuestro. ¡El Sol por testigo!”, según relató el mismo Mitre.

 

A media mañana el ejército argentino - chileno rompió marcha y poco antes del medio día la artillería patriota rompió fuego y poco después se inició el ataque. La lucha duró varias horas y finalmente el ejército realista fue diezmado por completo. Maipú significó la primera victoria decisiva de la lucha por la Independencia, y así como la Batalla de Tucumán del 24 de septiembre de 1812 salvó la Revolución de Mayo, sin duda Maipú abrió la puerta a los futuros triunfos patriotas en todo el continente. En ese momento, la figura de estratega de San Martín alcanzaba uno de sus instantes sublimes, pero sobre todo resaltaban las condiciones de líder: aquel que logra capitalizar las vicisitudes y ve en los obstáculos y crisis la oportunidad de resurgir y jugar el todo por el todo. Recordemos que este triunfo se logró a tan sólo dos semanas de la sorpresa de Cancha Rayada donde el ejército patriota quedó reducido a casi la mitad de su fuerza y sin embargo la decisión, actividad y trabajo desplegados en los días posteriores permitieron obtener los resultados de ese 5 de abril de 1818.

 

Las dificultades y vicisitudes golpearon al Libertador, sin embargo su preparación, ímpetu, valentía, habilidades y competencias desarrolladas durante los años de preparación en España y los de liderazgo en América forjaron su carácter y dispusieron su mente para tomar decisiones claves, en el tiempo justo, con la claridad y visión que las circunstancias demandaban. Así San Martín demostró ser “el hombre justo en el momento indicado”.

 

El 27 de abril, desde Salta, Martín Miguel de Güemes, como muchos otros, al conocer el triunfo de Maipú, le escribía a José Francisco en los siguientes términos: “No es esta la primera vez que dirijo mis justos respetos a V.E., aunque con el desconsuelo de que la pluma y no la lengua sea el intérprete, cuando aquella no es bastante a explicar los conceptos de un alma agradecida. Las armas de la nueva Nación manejadas por la diestra mano de V.E., repiten sus triunfos dando mayor timbre al valor americano, y sirviendo de terror y espanto al orgulloso peninsular. Muy pronto verá este que el estandarte de la libertad flamea aún en sus mismos muros, que supone impenetrables. Ya, pues, que la suerte no ha querido que al lado de V.E. tenga mi espada una pequeña parte en la venturosa gloria del día 5 del actual, quiera al menos dar acogida al amor y respeto con que tengo el honor de felicitar a V.E. y acompañarle desde aquí, en el objeto de sus complacencias, Dios guarde a V.E. muchos años”.