QUIÉN ES

 


el historiador argentino al que López Obrador criticó públicamente por su versión de la conquista española

Claudia Peiró

Infobae, 17 de Agosto de 2021

 

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, AMLO para los mexicanos, ha hecho de la leyenda negra de la conquista española uno de los caballitos de batalla de sus discursos: en varias ocasiones ha reclamado disculpas por parte de la actual Corona española y de la Iglesia Católica.

El pasado 13 de agosto, al inaugurar una maqueta monumental del Templo Mayor de Tenochtitlán, volvió sobre esos temas. El mandatario, por cuyas venas no corre sangre precolombina, ya que es descendiente de inmigrantes españoles, trató a la conquista de “fracaso”, pero no explicó si en ello incluye la existencia de México, que no sería la nación mestiza que es, de no haber sido colonizada por España.

Luego del consabido pedido de perdón “a las víctimas de la catástrofe originada por la ocupación militar española de mesoamérica”, López Obrador agregó: “Considero ofensivo volver a la vieja polémica de que los originarios de mesoamérica eran bárbaros”.

Y fue entonces cuando criticó al historiador argentino Marcelo Gullo, a quien aludió sin nombrarlo pero del que citó textualmente declaraciones hechas a la prensa española.

“Hay asuntos que deben aclararse en la medida de lo posible -dijo AMLO-. Por ejemplo, hace unos días un escritor pro-monárquico de nuestro continente afirmaba que España no conquistó a América, sino que España liberó a América, pues Hernán Cortés, cito textualmente, ‘aglutinó a 110 naciones mexicanas que vivían oprimidas por la tiranía antropófaga de los aztecas y que lucharon con él’”.

“Si Perón hubiera sido rey, yo sería monárquico, súbdito de Juan Domingo I°”, bromeó el aludido Marcelo Gullo, en charla telefónica con Infobae.

Este profesor e historiador rosarino es autor de un libro, Madre Patria. Desmontando la leyenda negra de Bartolomé de las Casas al separatismo catalán (Espasa), que se publicó en España a fines de mayo de este año -todavía no está disponible en nuestro país- y que de inmediato se puso al tope de ventas en todas las categorías, y ahora permanece entre los best seller en la categoría historia y política.

Madre Patria tiene un prólogo de Alfonso Guerra, destacadísima figura del socialismo español, vicepresidente de Felipe González, de 1982 a 1991. “Es deslumbrante —escribe Guerra en el prólogo— que haya de ser un español de América, el profesor Marcelo Gullo Omodeo, quien asuma la defensa de la acción española en la América hispana”, decisión que califica de heroica porque, constata, “no son muchos los españoles dispuestos a dar esa batalla por la verdad.”

De hecho, la decisión de Guerra de prologar este libro causó escozor en el actual socialismo español, muy devaluado respecto a los tiempos de Felipe González, y acorralado por la izquierda extrema de Podemos con su ultracorrección política, uno de cuyos elementos es la leyenda negra sobre la conquista española de América.

En su discurso, el presidente mexicano debió de todos modos matizar su indigenismo, ya que la evidencia histórica no lo respald. “Es sabido que varios pueblos originarios como los totonacas, los tlaxcaltecas, los otomíes, los de Texcoco y otros, no 110 naciones, ayudaron a Cortés a tomar Tenochtitlan”, admitió, aunque de inmediato agregó: “Este hecho no debe servir para justificar las matanzas llevadas a cabo por los conquistadores ni le resta importancia a la grandeza cultural de los vencidos”.

También reconoció que “la idea dominante por mucho tiempo hasta nuestros días de que Moctezuma era un tirano puede ser cierta”. “Tampoco debe verse a Cortés como un demonio, era simplemente un hombre con poder”, dijo, en otro matiz.

Y aunque dijo que los españoles no trajeron civilización, luego se refirió a parte del legado español: “Se construyeron durante la colonia palacios y bellos templos, se creó la universidad, y había imprenta antes que en Estados Unidos”.

— ¿Por qué cree que López Obrador insiste tanto con este discurso antiespañol tan extemporáneo y ahistórico?, preguntó Infobae a Marcelo Gullo.

— Es como el prestidigitador que con una mano distrae de lo que está haciendo la otra: la crítica a España le sirve para no criticar al verdadero culpable del subdesarrollo mexicano que es Estados Unidos, que le sacó a México el 60 por ciento de su territorio, recordemos el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848. Casualmente ese mismo año se descubren las minas de oro en California y Estados Unidos se convierte en el primer productor de oro del mundo. Siempre existió en las élites mexicanas esa tendencia a cuestionar a España y obviar a EEUU; es un poco un síndrome de Estocolmo.

— De todos modos en este discurso, AMLO reconoce algunas cosas, que Moctezuma fue un tirano, que hubo pueblos indígenas que lucharon con Cortés…

— El está a la defensiva en ese discurso. La entrevista que cita, que me hizo el diario El Mundo, dio en la línea de flotación de su discurso y por eso salió a rebatirme. La evidencia histórica lo contradice. Está confirmado que el azteca fue un imperio antropófago. Antes se decía que el canibalismo azteca era sólo ritual, esporádico. Pero no es así. Suplían la escasez de carne animal con carne humana. Mataban entre 20 y 30 mil indígenas de otras etnias por año para alimentarse: la carne era para la clase sacerdotal y los nobles y al pueblo les daban las vísceras. Cuando empiezan a construir el subte en México, aparecen paredes y paredes de cráneos humanos. Se contaban los cráneos como ladrillos.

— O sea que la película Apocalipto, de Mel Gibson, no fue una exageración…

— En absoluto, no fue para nada exagerada. El azteca fue uno de los imperios más sanguinarios que hubo. Por eso yo digo, y es la otra frase que citó AMLO, que ‘pedir perdón por liberar a los mexicanos de los aztecas es como pedir perdón por haber derrotado a los nazis.

En su libro, Gullo señala que, a diferencia de otras leyendas negras, el problema es que la propia España ha hecho suyo este discurso inculpatorio. “España aceptó esa leyenda, esa inmensa fake news inventada por el Imperio Británico”, dijo en la entrevista con El Mundo.

“Los aztecas representaban al 10% de la población y su imperialismo ha sido el más atroz de la Historia. A los oprimidos no les quitaban la comida, como todos los imperios, sino la carne humana”, agregó.

De la colonización española, surgió “otro imperialismo, pero no fue embrutecedor”, dijo Gullo. " España llenó América de miles de hospitales gratuitos y de 410 universidades y, fundamentalmente, fundió su sangre. El hijo de Cortés fue mestizo y fue a la corte. ¿Dónde está el racismo ahí, dónde las políticas de exterminio?”

España sale bien parada en especial en comparación con otros imperios; fue uno de los más benévolos y en absoluto puede hablarse de genocidio. “Humboldt, que odiaba todo lo que tuviese que ver con España -dice Gullo-, llegó a la Ciudad de México y dijo que nunca había visto un sitio en el que se viviese como allí por el igualitarismo y la mezcla social que había. Respecto a la América de habla inglesa, no se puede sostener la comparación. Su política era decir que el mejor indio era el indio muerto. Y resulta que la conquista que pasó la Historia como asesina fue la española”.

“España nunca consideró que América fuera un botín”, afirma. La Corona “envió a sus mejores profesores a América, mientras que Inglaterra llenó Australia de presos”. Y “mientras el Colegio Máximo de San Pablo de Lima llegó a reunir, en 1750, la increíble cifra de cuarenta y tres mil libros, la Universidad de Harvard tenía tan solo cuatro mil.”

Madre Patria busca desmontar una leyenda negra, que fue “la obra más genial del marketing político británico”, y que no sólo deforma la historia sino que tiene consecuencias en el presente porque “el fundamentalismo indigenista, que tiene su raíz en la leyenda negra amenaza con provocar una nueva fragmentación territorial”.

“La propagación de la leyenda negra y del indigenismo fue parte sustancial de la política exterior de Gran Bretaña, de Estados Unidos y, curiosamente, de la Unión Soviética —escribe Gullo—. Todos esos ‘buenos muchachos’ que cada 12 de octubre desfilan por las calles de Lima, Santiago de Chile o Buenos Aires contra la conquista española de América son al mismo tiempo la mano de obra más barata del imperialismo internacional del dinero, que utiliza el fomento del indigenismo para realizar una nueva balcanización de Hispanoamérica”.

El pensamiento políticamente correcto, uno de cuyos principales ejes es el genocidio de los pueblos originarios, forma parte de las políticas destinadas a lograr la subordinación ideológica y cultural, denominadas, elegantemente, por el politólogo estadounidense Joseph Nye como “poder blando”.

Así como Cortés no pudo derribar al Imperio Azteca sin la cooperación de otros pueblos indígenas, tampoco fueron Francisco Pizarro y “el puñado de españoles que lo acompañaban los que pusieron fin al imperialismo totalitario de los incas, sino los indios huancas, los chachapoyas y los huaylas”, dice Gullo, que también sostiene que “las masas indígenas en Colombia, Ecuador y Perú se mantuvieron fieles a la Corona española hasta el final” y que “los libertadores Simón Bolívar y José de San Martín no quisieron romper de forma absoluta los vínculos que unían a América con España, sino que buscaron con todas sus fuerzas la creación de un gran imperio constitucional hispanocriollo con capital en Madrid”.

Si esto no fue posible se debió antes que nada a la necedad y estrechez de miras de Fernando VII, “que prefirió estar preso en Europa y no libre en América”. “La ineptitud, la malicia y la crueldad de Fernando VII cuando terminó su cautiverio y recobró el trono -escribe- no dejaron a muchos españoles americanos más camino que el de la emancipación” y afirma que “si la independencia de América fue una trampa británica —como de hecho lo fue—, ningún americano habría caído en ella si en el trono de España hubiera habido un rey con un poco más de inteligencia que la que poseía Fernando VII”.

Marcelo Gullo Omodeo es doctor en Ciencia Política por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y ha hecho estudios de posgrado en Ginebra y Madrid. Es profesor de la Escuela Superior de Guerra y de la Universidad Nacional de Lanús, provincia de Buenos Aires, e investigador asociado del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro.

Es autor de varios libros, entre ellos: La insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones; Insubordinación y desarrollo. Las claves del éxito y el fracaso de las naciones y Relaciones internacionales. Una teoría crítica desde la periferia sudamericana.

Alfonso Guerra lamenta en su prólogo que hoy “no son pocos los españoles, incluso algunas instituciones públicas, que mantienen una posición que da carta de veracidad a las graves falsedades difundidas por los que se oponían a España hace ya cinco siglos”.

Y que Gullo Omodeo “señala con acierto que la leyenda negra ha pasado a formar parte del núcleo duro de lo políticamente correcto, esa nueva forma de censura que castra la libertad”.

En palabras del autor de Madre Patria: “Hoy, en las universidades que pueblan Hispanoamérica, negar la leyenda negra de la conquista española de América y afirmar que a los conquistadores españoles no solo les movía el afán de riqueza y que no fueron violadores en serie de las mujeres indígenas y asesinos de los pueblos originarios implica condenarse al ostracismo”.

AIRES DE RECONQUISTA

 


Antonio Caponnetto

 

Fue exactamente el 12 de agosto de 1806, aunque el hecho central que esa fecha memora —la rendición britana— está precedido y continuado por otros que conforman una totalidad más sustanciosa aún.

 

La educación primaria o media ha vulgarizado esta magnífica hazaña, reduciéndola a una efemérides menor en el calendario escolar. No se quiere advertir que en esta contienda justísima se aúnan providencialmente nuestras tradiciones hispánicas y criollas, así como se abrazan lo teológico con lo épico, la Fe con la milicia, la genuina política con la verdadera Religión. No se quiere ni se sabe advertir que se trató de la primera y grande epopeya del siglo XIX, ejecutada explícitamente en honor de la Cristiandad. Las Dos Ciudades se enfrentaron, y no era sólo Londres la una y Buenos Aires la otra, sino la Ciudad de los Hombres y la Ciudad de Dios.

 

Si la Argentina volviera alguna vez a valorar sus gestos fundacionales y soberanos, tendría aquí, en la Reconquista, uno de sus más claros motivos de legítimo orgullo. Lo mismo se diga para nuestra entrañable España, cuya abdicación de hoy la ciega completamente para justipreciar un episodio heroico que, al fin de cuentas, se llevó a cabo para custodiar este entonces reino suyo, tenido por lejano y desdeñable para algunos.

 

A doscientos cuatro años de la Reconquista, tanto tememos lo que pueda omitirse como lo que pueda afirmarse. Si lo primero, porque callar ante la auténtica grandeza es ruindad manifiesta e impiedad grave. Si lo segundo, porque las voces oficiales, cuando se expidan, tergiversarán el sentido real de la historia, trágica especialidad que ya vienen ejecutando impunemente.

 

De allí esta sencilla iniciativa. Cantar las proezas tales como fueron. Exaltar a los paradigmas que las protagonizaron, rescatar el sentido esencial de los acontecimientos, suscitar la emulación de los ejemplos nobles.

 

Importa aclarar al respecto que todos los personajes, los nombres y los hechos que aquí se retratan, gozan de documentada veracidad (…) Pero existieron —y esto es lo que queremos enfatizar— esos personajes que hoy, ganados por el prosaísmo y el espíritu de cálculo, más nos parecen salidos de la leyenda que de la historia.  Existió una mesonera que increpó la pusilanimidad de quienes entregaron la plaza invadida, una esposa tucumana que recogió el fusil del esposo muerto, un fraile que se negó a cohonestar la ubicuidad del obispo, un soldado alemán muerto en combate, que por católico se pasó a las filas gauchas, desertando de las inglesas, un librero fogoso que abandonó los anaqueles y espada e mano murió en la liza. Existió el “ejército invisible” de los conjurados patriotas reconquistadores, y el manco francés que estuvo en la primera línea de fuego, o el incontenible catalán a quien no podían frenar los piquetes herejes. Existió el pueblo, que en nada se parece a lo que hoy demagógicamente así se llama; y existió el Caudillo, su paladín y su norte.

 

Existió Buenos Aires.  A mí no se me hace cuento, como en el famoso poema borgiano. Se me hace lágrima y herida y esperanza.

 

Llanto por el bien perdido y nostálgicamente añorado. Ese “¡ay de ti!” que dijera Anzoátegui, con licencia garcilasiana para utilizar el ubi sunt. Herida porque la cicatriz me dura, del dolor patrio abierto en el costado, que diagnosticaron los versos marechalianos. Pero también y siempre, empecinadamente, la esperanza. Porque Buenos Aires se llama Ciudad de la Santísima Trinidad, y donde está Dios en su inefable triplicidad y unicidad, no puede sino caber la esperanza.

 

A veces, es cierto, recorriendo sus calles en el trajín de los días y ante la pringue intolerable que ha ganado a sus habitantes y a su paisaje todo, parecería que se desvanece completamente cualquier expectativa o promisoria espera. Sin embargo, sea por una sobreviviente esquina sin ochava, por un campanario cuya visión no empaña cablerío alguno, por un portón macizo con herrajes negros, un muro de ladrillos enormes, o un indeclinable altar vuelto al Señor, jerárquicamente, algo me hace presentir que, desde alguna azotea o desde alguna plaza, se gritará de nuevo y para siempre la voz de Reconquista.

 

Fuente: Crítica Revisionista, 7 de agosto de 2011

 

}

BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ

 


 San Martín y el Imperio de los Incas

Por la académica sanmartiniana de número profesora Florencia Grosso

 

Pocos pueblos del mundo se sienten tan fraternalmente unidos como el de Perú y Argentina. Ese noble sentimiento se lo deben en gran medida a la benéfica influencia que la obra de José de San Martín derramó en ambas tierras americanas, a quienes hermanó en su corazón y su voluntad.

 

El 28 de julio de 1821, en la plaza mayor de Lima, capital del Perú, el general San Martín declaró su independencia, proclamando al mundo: “El Perú, desde este momento, es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa, que Dios defiende”. De ese histórico y fausto día, conmemoramos hoy el glorioso acontecimiento.

 

El 13 de noviembre de 1818, desde Santiago de Chile, San Martín anuncia a los peruanos el pronto arribo a sus playas y lo hace así: “Yo no voy a entrar en ese territorio para destruir, el objeto de esta guerra es el de conservar y facilitar el aumento de la fortuna de todo hombre pacifico y honrado. Vuestra suerte feliz está ligada a la prosperidad e independencia de la América”.

 

Con la Expedición Libertadora convergiendo sobre el Perú, San Martin despliega su genio con visión humanística. De estricta formación castrense, general victorioso, llevó la guerra a tierras hermanas para darles la libertad y luego retirarse sin ser su caudillo ni su opresor. Estadista, organizador de pueblos, multiplica su acción para consolidar la independencia y conformación institucional de la nueva república, con actos de civismo, ética y justicia que ganan para siempre el corazón de los peruanos.

 

El 8 de octubre de 1820, junto a su Estado Mayor desembarca en la Bahía de Paracas. Establecido su cuartel general en Pisco, ese mismo día dicta un decreto fundamental, destinado especialmente a su ejército, en el que encontramos un verdadero código moral. Dice: ”Ya hemos llegado al lugar de nuestro destino y solo falta que el valor consuma la obra de la constancia: pero acordaos que vuestro gran deber es consolar a la América, y que no venís a hacer conquistas, sino liberar a los pueblos que han gemido 300 años bajo este bárbaro derecho. Los peruanos son nuestros hermanos y amigos, abrazadles como tales y respetad sus derechos como respetasteis los de los chilenos después de la batalla de Chacabuco.

 

La ferocidad y violencia son crímenes que no conocen los soldados de la libertad, si contra todas mis esperanzas, alguno de los nuestros olvidase sus deberes, declaro desde ahora que será inexorablemente castigado”. Seguidamente establece los castigos a administrar según los delitos y termina: “¡Desgraciado el que quebrante sus deberes.Yo lo castigaré de un modo terrible y desaparecerá de nosotros con oprobio e ignominia!"   

 

Asume su Protectorado el 3 de agosto de 1821, aclarando que lo hace: “por imperio de las circunstancias” “hasta tanto se reúnan los representantes de la Nación Peruana y determinen sobre su forma y modo de gobierno”. Desde ese momento, se erige en custodio  de la independencia del Poder Judicial con este veredicto tan determinante y de absoluta  vigencia: “Mientras existan enemigos en el país, y hasta que el pueblo forme las primeras nociones del gobierno de sí mismo, yo administraré el poder directivo, legislativo y ejecutivo, pero me abstendré  de mezclarme jamás en el solemne ejercicio de las funciones judiciarias, porque su independencia es la única y verdadera salvaguardia de  la libertad del pueblo; y nada importa que se ostenten máximas exquisitamente filantrópicas, cuando el que hace la ley o el que la ejecuta, es también el que la aplica…”.

 

El será en el Perú “el hombre del Partido Americano”, el educador lancasteriano, el que establece la libertad de vientres para hijos de esclavos y devuelve a “los indios y naturales” la dignidad de peruanos. Como humanista, es compasivo e igualitario, enemigo del despotismo y la opresión.

 

Circunstancias políticas ajenas a su voluntad lo alejarán dolorido del Perú. En 1822 renuncia al mando supremo, transfiriéndolo al Congreso General Constituyente que él mismo convoca. No claudica, se retira por el bien de América. Su mandato fue breve, intenso y de indeleble memoria..

 

A José Bernardo Tagle le escribe el 20 de septiembre de ese año: “Como lo digo en mi ultima  proclama, estoy y estaré hasta la muerte pronto a sacrificar mi vida por los intereses del Perú”.

 

Es nuestra intención en esta magna fecha para el hermano pueblo del Perú y para América, evocar su profundo sentido democrático, que le impulsó a emprender una acción educativa de carácter popular sin exclusiones, que a la vez que brindaba conocimientos universales, incorporaba como valores trascendentes los propios de América, especialmente los de las antiguas civilizaciones que en ella florecieron. Su plan de educación  no fue improvisado ni oportunista, fue meditado y coincidente con el movimiento de educación popular en la Europa del S. XIX  y la búsqueda empírica de métodos pedagógicos, acordes con las ideas de pluralidad y  libertad que habrían de reemplazar obsoletos sistemas escolásticos.

 

San Martin no solo fue Libertador, fue pedagogo y civilizador. Pedagogo, entre otros significados, tiene el de ser “conductor, el que acompaña y dirige”, civilizador, el que abre el pensamiento, enseña para crecer, cultiva para recoger. Ambos términos le caen bien a San Martin,  entre las prioridades de su acción de gobierno, estaba la de reformar la educación popular, adecuándola al nuevo régimen independiente, de manera gradual y extendida al mayor número de personas posible. Eligió para las escuelas, el para entonces moderno Método Lancaster, que fuera introducido previamente en el Río de la Plata por el pastor ingles Diego Thompson. San Martin lo invitó a trasladarse a Lima para considerar la conveniencia de aplicar el sistema en el Perú. Interpretaba que: “A los pueblos hay que facilitarles todos los medios de acrecentar el caudal de sus luces y fomentar su civilización “. “ La ignorancia es la columna más fuerte del despotismo”

 

Adolfo Espínola, en su obra “El Libertador y el Libro”, transcribe palabras del propio Thompson al conocer al Protector: “Vosotros, los que habéis llegado alguna vez ante el “hombre principal” para comunicar una iniciativa de bien público y habéis soportado la antesala, la incomprensión y la indiferencia y cosechado nueva decepción, tendréis otro motivo para admirar a este “Todo un hombre”, Don José de San Martín, “Esperaba toda clase de ayuda para nuestro objeto de su parte y no he sufrido desengaño. Todas mis esperanzas se han realizado. San Martin es un gran amigo de la educación general universal. Por haber venido al Perú a promover este objeto, he recibido de él toda clase de respetos y atenciones personales, lo mismo que alientos para proseguir mi obra”. El 6 de julio San Martin crea la primera Escuela Normal, estableciendo: “El sistema de  enseñanza mutua Lancaster, bajo la Dirección de Diego Thompson“. En Perú se celebra en esa fecha el “Día del Maestro”.

 

El sistema elegido, ágil, sencillo y rápido, consistía en la elección por parte del maestro, de los alumnos más aventajados, denominados monitores. Se los instruiría y serían enviados preferentemente a villas alejadas o aldeas andinas, de difícil acceso, con población indígena o mestiza, cuya  instrucción era de especial interés de San Martin, donde impartirían enseñanzas elementales, leer, escribir y contar. Entre estos alumnos, se elegirían a su vez  los que podrían repetir esta labor en otros pueblos, lo que multiplicaría rápida y eficazmente los agentes de enseñanza.  

 

Nunca  fue su titulo de Protector mas autentico y justiciero que cuando dicta decretos que amparan los derechos del hombre, protegiéndolo de la esclavitud y todo servicio de explotación, crueldad y abuso. San Martin sabía que su obra debía ser determinada a consolidar un nuevo sistema, por lo que resultaba fundamental establecer cambios radicales y diferencias entre las normas y leyes existentes de un pueblo sometido al absolutismo, a las de una nación de ciudadanos libres, dueños de su destino, para que tomaran conciencia que no cambiaban un amo por otro. Convocó al pueblo a apreciar la libertad obtenida, mediante sus decretos y proclamas. A la vez, nuevas normas, nuevas reglas, regidas por la equidad,  la fraternidad y una justicia independiente, deberían ser establecidas y acatadas por la nueva sociedad a constituir. Ese fue su deber histórico, y en menos de dos años lo cumpliría.

 

De alto impacto, diríamos hoy, fueron los decretos  dictados  para proteger la vida y la dignidad de los hombres que desde el momento de su asunción al poder fueron su compromiso y responsabilidad. Nunca menospreció  San Martin a individuos que aún después de los derechos proclamados por la Revolución Francesa y difundidos en el mundo, eran considerados por su raza como inferiores por pueblos ilustrados y progresistas, que de reconocer la igualdad pregonada, se verían privados de los  servicios y pingues ganancias que les generaba el inhumano comercio de la esclavitud. Es su  voluntad civilizadora la que  devuelve la dignidad a los descendientes de aquellos desdichados que fueron obligados a abandonar su tierra y su cultura para ser insertados en una ajena que los reducía a degradante servidumbre.

 

El 28 de julio de 1821, día de la solemne Declaración de la Independencia del Perú, dicta la libertad de vientres de los hijos de esclavos que nacieran a partir de ese día. El correspondiente Decreto del 12 de agosto ratifica la histórica medida, expresando: “Cuando la humanidad ha sido altamente ultrajada, y por largo tiempo violados sus derechos, es un grande acto de justicia, sino resarcirlos enteramente, al menos dar los primeros pasos al cumplimiento el mas santo de todos los deberes. Una porción numerosa de nuestra especie ha sido hasta hoy mirada como un efecto permutable y sujeto a los cálculos de un tráfico criminal: los hombres han comprado a los hombres y no se han avergonzado de degradar la familia a la que pertenecen, vendiéndose unos a otros. Las instituciones de los siglos bárbaros apoyados con el curso de ellos, han establecido el derecho de propiedad en contravención al más augusto que la naturaleza ha concedido….Por lo tanto, declaro lo siguiente  1º) Todos los hijos de esclavos que hayan nacido y nacieren en el territorio del Perú desde el 28 de julio del presente año, en que se declaró su independencia, comprendiéndose los Departamentos que se hallen ocupados por el enemigo y que pertenecen a este Estado,  serán libres y gozarán de los mismos derechos que el resto de los ciudadanos peruanos, con las modificaciones que se harán en un Reglamento separado. Era un gesto atrevido de grandeza y valentía, existían en el Perú 40. 000 esclavos cuyos dueños  reaccionarían negativamente y darían  batalla ante el audaz decreto, él lo sabía, pero sabia también que era hora de tomar decisiones osadas para cumplir con la intima promesa que se hizo a sí mismo de ser agente de libertad y justicia para los pueblos americanos. El paso dado por San Martin abrió camino a una gradual abolición de la esclavitud, que se concretó formalmente por decreto del presidente Ramón Castilla el 3 de diciembre de 1854.

 

El 28 de agosto de 1821 decreta la fundación de la Biblioteca Nacional de Lima, que se inauguró el 17 de septiembre de ese año, día que pronuncia estas palabras:”Todas las formas de opresión requieren una masa ignorante, manteniendo su pensamiento encadenado se impide que el hombre adquiera el conocimiento de su dignidad “… “La Biblioteca es destinada a la ilustración universal, mas poderos que nuestros ejércitos para mantener la independencia”.

 

Antes de  los actos precedentemente mencionados relacionados con la educación, San Martin se ocupó de su integridad física y moral. Entre los inhumanos castigos que se acostumbraba a impartir en la sociedad colonial, estaba  la pena de azotes, que se aplicaba tanto a delincuentes consumados  como a inocentes escolares para estimular el aprendizaje. El 16 de julio de 1821, San Martin decreta: “La humanidad, cuyos derechos han sido tanto tiempo hollados en el Perú, debe reasumirlos bajo la influencia de leyes justas, a medida que el orden social, trastornado por sus mayores enemigos, comienza a renacer. Las penas aflictivas que con tanta liberalidad se imponían sin exceptuar sexo ni edad, y cuyo solo recuerdo estremece a las almas sensibles, lejos de corregir al que las sufre, le endurece en el crimen. Por tanto  y deseando de desarraigar los abusos que degradan la dignidad del hombre,  procede a abolir la pena conocida con el nombre de azotes,  declara que será castigado severamente todo juez, maestro o cualquiera que aplique ese castigo, nadie podrá azotar a un esclavo y un juez territorial solo podrá aplicar castigos correccionales moderados como encierros, prisiones y otra clase de privaciones.

 

Condenando todo acto de tortura, ordena tapiar los sótanos de la Inquisición y demoler los calabozos y subterráneos, llamados también infiernillos, en los que se atormentaba a los presos. 

 

Por otra parte, pero con el mismo criterio humanitario, los nativos americanos merecieron del Libertador  una especial atención. Eran estos excluidos de su propia tierra de beneficios de los que gozaba el hombre blanco. Para poner fin a esta discriminación, como Protector del Perú, país que contaba con una población mayoritariamente indígena o mestiza, firma el 12 de agosto de 1821un decreto cuyo artículo 4º dice: “En adelante no se llamarán mas los aborígenes indios o naturales, ellos son ciudadanos del Perú, y con el nombre de peruanos deben ser conocidos”. El 28 de agosto de ese año dispone:” Queda extinguido el servicio que los peruanos, conocidos antes con el nombre de indios o naturales, hacían bajo la denominación de mitas, pongos, encomiendas, yanaconazgos y otras clases de servidumbre personal, y nadie podrá forzarlos a que sirvan contra su voluntad.  

 

Sin duda para San Martin el Imperio de los Incas debió ser motivo de interés desde que se propuso liberar su territorio ancestral. Su historia no le sería ajena, y hay antecedentes que lo muestran sugestionado por su pasado. Según Cesar Francisco Macera en su libro sobre San Martín en Perú, “Varios testigos han dejado testimonio de la profunda admiración de San Martin por las huellas del pasado incaico”. Hace mención al encuentro de San Martin con una dama inglesa que no fue precisamente su amiga, nos referimos a Mary Graham, confidente incondicional de Lord Cochrane, que fue oponente  declarado del Libertador, a pesar de lo cual ella dejo escrito en un  libro de memorias: “Diario de mi residencia en Chile en 1822”, en el que describe aspectos de la vida política y privada de los chilenos de esa época,  publicado en Londres en 1824, el momento en que conoce a San Martin y narra con cierta benevolencia la favorable impresión que le causa, a pesar de la innegable influencia negativa hacia su persona, recibida del Almirante. Nos ha dejado algunos datos interesantes. El 15 de octubre de 1822, Zenteno,  gobernador de Valparaíso, llega a su casa a saludarla acompañado, dice la autora, “de un hombre muy alto y de buena figura, vestido sencillamente todo de negro, a quien me presentó como el General San Martin…”.  “Sus ojos son oscuros y bellos...Su rostro es verdaderamente hermoso, animado, inteligente, pero no abierto “.

Con este último juicio, tal vez se arrepintió de tanto elogio. Tomaron te, siempre en animada conversación según afirma, alternando en su relato juicios amables con otros desfavorables, como si no quisiera dejarse vencer por la buena impresión que le causa su huésped. Hablaron de religión, de Luis XIV  y su siglo como causante verdadero de la Revolución Francesa, de filosofía, medicina,  lenguas, climas, del descubrimiento de América, “y por último, -  comenta - sobre antigüedades,  especialmente del Perú”. La admiración que muestra San Martin por las reliquias arqueológicas incas es destacada  por Mary, que prosigue: “Refirió a este respecto algunas maravillosas historias de familias de los antiguos caciques e incas que se enterraron vivas en tiempos de la invasión española y que habían sido encontradas en perfecto estado de conservación “. Por entonces, ya San Martin como Protector había expedido en Lima el 2 de abril de 1822, el siguiente decreto que se publica al día siguiente en la “Gaceta del Gobierno de Lima Independiente”. Comienza con estas consideraciones:

 

”Los monumentos que quedan de la antigüedad del Perú son una propiedad de la Nación, porque pertenecen a la gloria que  deriva de ellos. Las preciosidades de que abundan nuestros minerales, aunque puedan circular libremente en el país y mudar de dominio, el gobierno tiene un derecho a prohibir su exportación cuando felizmente ha llegado el tiempo de aplicar a un uso nacional todo  lo que nuestro suelo produzca de exquisito en los tres reinos de los naturaleza.  Con dolor se han visto vender hasta aquí objetos inapreciables y llevarse donde es conocido su valor, privándonos de las ventaja de poseer lo nuestro. En precaución de esto, se  ha resuelto lo que sigue:

 

”He acordado y decreto

 

1°) Se prohíbe absolutamente la extracción de piedras minerales, obras antiguas de alfarería, tejidos y demás objetos que se encuentren en las huacas, sin expresa y especial licencia del gobierno, dada con alguna mira de utilidad pública. Ya se anuncia además que se creará un Museo Nacional.

 

2°) El que contraviniere el artículo anterior, incurrirá en las penas de perdimiento de la especie, sea poco o mucho su valor, la que se aplicará al Museo Nacional, y a más mil pesos de multa aplicados a los fondos destinados a la instrucción pública. Los administradores de aduana y comandantes de resguardo, quedan encargados de velar la observancia de este  decreto  bajo su responsabilidad. 

 

El 16 de mayo del mismo año, la Gaceta anuncia la fundación del Museo, al que, expresa: “Todos los ciudadanos amantes de la honra de su país contribuirán a enriquecer con cuantos objetos posean dignos de rareza…los venerables restos que nos han quedado de las artes que poseían los súbditos del antiguo gobierno de los Incas, merecen reunirse en aquel establecimiento, antes de que acaben de ser exportados fuera de nuestro territorio“. Con este decreto, creemos que San Martin se convierte en América en temprano precursor de la preservación de sus patrimonios nacionales, no conociendo una actitud similar anterior en territorio americano, al tiempo que  restituye al pueblo la conciencia de la dignidad y grandeza de su cultura ancestral, fundada sobre las bases del antiguo incario. Este Museo fue el origen del que hoy es el más importante del Perú en arqueología, no solo por su desbordante y refinada exhibición de  plata, oro, piedras y expresiones artísticas, sino  por su poderosa impronta en riqueza identitaria.

 

En el vasto imperio de los Incas, las maravillas se sucederían en profusión para quienes  transitaban entre fecundas terrazas de cultivo. Era un mundo de edificios colosales, de enormes piedras esculpidas que se amoldan aun hoy a la perfección sin asistencia de mortero, y monumentos representativos de  reyes y dioses. Han quedado para la admiración sus templos y palacios, sus pirámides truncas y espacios ceremoniales, sus carreteras de perfecto trazado y como joya perdurable, el majestuoso Cuzco o Cosco, al que llamaron ombligo del mundo, aunque hoy su significado lo discutan los lingüistas por su posible origen pukuina, el misterioso y elusivo idioma  que es tema de estudios eruditos.

Cuzco era el corazón del Tawantinsuyo de las cuatro regiones, civilización avanzada de prolija administración que dominó gran parte de América del Sur, territorio conquistado por tenaces guerreros, al que el Inca  impuso su cultura, religión y política. A la monumentalidad y contundencia edilicia de sus grandes arquitectos, se contraponen con elegancia minuciosa, las obras de sus artesanos, artífices de deliciosas obras de arte, que trabajaban maravillosamente los metales, los textiles, las piedras, los corales, los spondylus o mullu. Eran poblaciones enteras de  orfebres exquisitos, denominados mitmas,  la mayoría instaladas cercanas al Cuzco, de las que existen evidencias probadas de haber sido trasladadas desde la costa central por la excelencia de sus trabajos, para ser los  proveedores de los objetos requeridos por una elite de nobles, generales y sacerdotes por  originales y valiosos. Los teleros eran  artífices refinados, autores de mantas, camisas, tapices, algunos adornados por plumas multicolores y diseños geométricos policromos denominados tocapus, de gran calidad y belleza..   

 

En época del Imperio, los plateros se establecían en las cercanías de Potosí, fabricando  vasos,  vasijas y toda clase de vajilla de oro y plata, ornato de templos y aposentos del Inga o Inca, ámbitos que  le servían de alojamiento en sus viaje por sus dominios y que estaban alhajados para recibirlo. Eran especialmente estos preciosos objetos, fáciles de manipular y sustraer los que San Martin desea proteger como bien patrimonial de los peruanos. (Bolletin de l’Institute dÈtudes  Francais Andines)

 

¡Cuánto de todo este mundo fantástico habrá disfrutado San Martin allá en el Perú y cuanto debió lamentar no conocer el Cuzco, convertido en baluarte realista! Es evidente que el tema le interesaba vivamente, lo demuestran la conversación mantenida con Mary Graham y sobre todo el extraordinario decreto acerca de la protección de esos bienes deslumbrantes que despertaban la codicia o el deseo de posesión de los europeos, sentimiento que él conocía y cuyo comercio deseaba erradicar en beneficio de la nación que estaba construyendo y cuya identidad tanto lo preocupaba, a la que otorgó  sus primeros símbolos soberanos, la bandera, el escudo, el himno. Y con esta remembranza del legendario incario, retrocedamos en el tiempo y viajemos idealmente a encontrar a San Martin en la provincia de Córdoba, donde  ha ido a curar sus males desde junio a agosto de 1814.

Mientras se repone, diseña planes de liberación americana, con Perú como meta estratégica. Vive en Saldán en la estancia de su amigo Eduardo Pérez Bulnes, que sería diputado al Congreso de Tucumán en 1816. Lo acompaña como edecán el Capitán de Granaderos Juan Miguel del Río. Su presencia atrae a las figuras más representativas de la intelectualidad de Córdoba, ciudad prolífica en personalidades ilustres, togadas o tonsuradas. Buen contertulio cuando el tema lo amerita, San Martin las recibe con placer. Un bálsamo debían ser esas conversaciones intelectuales para el hombre que leía a los clásicos y conocía de filosofía, saberes adquiridos por propia voluntad y esfuerzo. Se debatían proyectos trascendentes para el destino de la patria, no solo referidos a la guerra, sino a las ideas que favorecieran la construcción de una nueva y mejor sociedad.

 

En uno de esos encuentros, el nombre de Garcilaso de la Vega, el Inca y su renombrado libro “Los Comentarios Reales”,  cuya denominación Reales no tiene connotación de Realeza, sino de realidad, de verdad, surge, con su mágica evocación de la América antigua, desde la Córdoba andalusí a la Córdoba rioplatense. Se comentan pasajes de la obra y debaten, a la par que el literario, su gran un interés político, sobre todo como reacción a la censura que España ejerció sobre la misma, prohibiendo su lectura en el Río de la Plata en 1782, temerosa que los recuerdos infantiles que publica el autor en el S. XVII,  exaltando las hazañas de sus ancestros incas, movieran a los pueblos de etnia americana a una rebelión emancipadora. Recordemos que San Martin decretaría el 13 de octubre de 1821 la Libertad de Imprenta en el Perú.

 

Garcilaso había nacido en el Cuzco en 1539, con el nombre de Gómez Suarez Figueroa,  provenía de  progenie noble por su madre, la Ñusta o princesa, Isabel Chimpú Ocllo Palla, sobrina carnal del Inca Huayna Capac y por lo tanto, prima hermana de Atahualpa y Huáscar, los últimos gobernantes incas del Perú. Por su padre, el Capitán Sebastián Garcilaso de la Vega, tenía sangre española, de la que no renegó. Por el contrario, se reconocía vasallo de la corona española y practicaba activamente la fe católica.  Estaba emparentado con el Marqués de Santillana, con  Garcilaso de la Vega, su homónimo,  representante del Siglo de Oro Español y con el gran  Jorge Manrique, por lo que es fácil saber de que rama heredó su don de literato. Con orgullo se llamaba a sí mismo mestizo, hombre de dos mundos y culturas. Vivió en España muchos años y en ella falleció en 1616. Allí tomó el nombre que lo haría famoso, el de su padre, pero con jerarquía de Inca, el Inca Garcilaso de la Vega, que lo diferencia también de su pariente el poeta.

 En lengua castellana, que era también suya, escribió su libro inmortal. De prosa elegante, erudito en humanidades, historia y filosofía, el autor es un autentico representante del renacimiento español. En su obra, que es una exaltación de la sangre que corre por sus venas, las dos mitades de su yo se complementan en un armónico todo histórico, social y cultural. Sin embargo, tal vez sin advertirlo, revela también el drama íntimo que significaba en su época ser hijo natural y mestizo a pesar de los altos estratos de su nacimiento, pues su padre, aunque lo reconoció, educó y cuidó de él, no estaba casado con la Ñusta Isabel. Por otra parte, su ascendencia de nobleza incaica, le confería cierto exotismo y fue carta de presentación  prestigiosa en el mundo de las letras  hispanas.

 

Con el obsesivo y legítimo propósito de afirmar identidad, escribe un extenso y curioso epitafio destinado a precisar su tumba, elegida por él en la Capilla de las Animas de la Catedral de Córdoba,  que es  exaltación de su propia grandeza.  Dice así: “El Inca Garcilaso de la Vega, varón insigne, digno de perpetua memoria, ilustre de sangre, perito en letras, valiente en armas, hijo de Garcilaso de la Vega de casas ducales de Feria e Infantado, y de Isabel Palla, sobrina de Huayna Capac, último Emperador de Indias. Comentó La Florida, tradujo a León Hebreo y compuso los Comentarios Reales. Vivió en Córdoba con mucha religión, murió ejemplar, dotó esta capilla, enterróse en ella, vinculó sus bienes al sufragio de las ánimas del Purgatorio. (“El Inca Garcilaso “Remedios Mataix. Universidad de Alicante.) 

 

Su obra testimonial fue planteada en dos partes. En la primera describe el mundo inca, que fuera el suyo por nacimiento, en el que vivió sus primeros años, a cuya historia ancestral accedió por relatos de su madre y parientes, que recordaban por tradición las prodigiosas hazañas y las memorias de las conquistas que permitieron a sus antepasados crear su inmenso imperio. José de la Riva Agüero, en su “Elogio de Garcilaso“, extracta de la obra textualmente estas palabras: “de las grandezas y prosperidades pasadas venían a las cosas presentes: lloraban a sus reyes muertos, enajenado su imperio y su acabada república. Y con la memoria del bien perdido, siempre acababan con lagrimas y llantos, exclamando: trocòsenos el reinar en vasallaje”.

 

En la segunda parte, según el peruano Aurelio Miró Quesada, Garcilaso relata; “las hazañas del descubrimiento del Perú y el épico resonar de su conquista, como un tributo a su padre el capitán y a la voces lejanas y gallardas de sus ancestros españoles”.

 

En la asamblea mencionada, es San Martin quien propone una idea que le parece un acto justiciero luego de escuchar a los asistentes debatir con entusiasmo, la de reeditar la obra del egregio mestizo que honró en sus crónicas la gloria del incario. Puesto a consideración, todos los asistentes adhieren con entusiasmo, levantándose un Acta Prospecto, en la que se testimonia lo tratado en dicha reunión, elogiando la calidad literaria y la riqueza del contenido de la obra, deplorando a la vez la censura impuesta por España a su lectura y difusión y  mencionando  la escasez de ejemplares que existían de la misma. Son 38 los firmantes, cuyos nombres honran la tradición doctoral cordobesa. La única fuente documental de esta reunión se debe al historiador cordobés Monseñor Pablo Cabrera, en su obra:”La Segunda Imprenta de la Ciudad de Córdoba “de 1930. Los presentes se distribuyeron las tareas a realizar y deciden su reedición en Londres, por no contar con una imprenta en condiciones de hacer un buen trabajo, ya que querían que este fuese “del mayor lujo posible”. Sería costeada con una contribución de tres pesos por suscriptor. El  magnífico proyecto, sin embargo, no se llevó a cabo, no han quedado testimonios de la  razón por la que no se realizó. Tal vez por resultar muy cara la reedición, en tiempos en que se necesitaba todo el dinero posible para la formación de los ejércitos, o porque al marcharse San Martin a Mendoza, el proyecto murió con su partida.

 

El mencionado historiador manifiesta que: “la obra del Inca Garcilaso no era de ataque, sino de integración y  creación”. Este debió ser precisamente el objetivo de San Martin al proponer su  reedición.  Como estadista y civilizador, comprendía que era necesario unir a la nueva sociedad conformada por el mestizaje de la cultura americana con la greco latina, preparándolo para circunstancias más homogéneas, que permitieran a las generaciones futuras una gobernabilidad política fluida y sin escollos.  Fue significativa muestra de la autentica vocación americanista de fusión y encuentro que inspiraba a San Martin y los suyos.

 

No olvidemos que en el Congreso que declaró la Independencia el 9 de julio en Tucumán, el General Manuel Belgrano propuso como forma de gobierno una monarquía temperada ejercida por un descendiente de los Incas. San Martin escribió a Godoy Cruz en la ocasión: “Soy un americano republicano por principios e inclinación, pero sacrificaría esto mismo en bien de la patria”. Apoyó el proyecto, considerando que debía postergar su intención republicana, hasta que las nuevas naciones, mediante una monarquía constitucional no absolutista, establecieran un gobierno sólido, con garantía de estabilidad para decidir su futuro.

 

Pasaron los años, gobernaba el Perú el Gran Mariscal Ramón Castilla, soldado de la independencia, artífice de la Constitución de 1860. Esta ilustre figura alivió económica y moralmente el exilio del héroe, ordenando que sus sueldos atrasados de Generalísimo peruano sean reconocidos como deuda nacional, remitiéndole además regularmente los que le fueron asignados por el Congreso Constituyente de 1822. En agradecimiento, San Martín le escribe una carta el 11 de septiembre de 1848 que es el inicio de una franca amistad, valiosa porque en ella el Libertador entrega a su destinatario lo que él llama un: “extracto” autobiográfico que aclara puntos de interés no manifestados hasta entonces. En respuesta, el gobernante le diría: “Con gusto vería la elección que hiciera usted del Perú para pasar en él, de un modo tranquilo y en medio de verdaderos amigos, el último tercio de su vida, si se resolviese a dejar la Europa…”.      

 

Las cartas intercambiadas entre ambos constituyen un sólido corpus documental de gran valor histórico y simbólico. La amistad verdadera no obliga, no negocia, no condiciona, nace espontánea en el alma de los hombres y de los pueblos. Entre argentinos y peruanos, este singular sentimiento surge desde el fondo de la historia común, el eco del pasado nos manda a perpetuarla y el futuro a acrecentarla. El 28 de julio de 1821desde Lima y al mundo, José de San Martin proclamó la independencia del Perú cimentando nuestra hermandad.  Hagamos votos porque esta entrañable e infrecuente relación fraterna perdure para siempre, cumpliendo así el mandato moral del Libertador de ambas naciones.

 

Fuente: Instituto Nacional Sanmartiniano, 29-7-2021

POR QUÉ FRACASARON

 


las ofensivas contra la imagen de Julio A. Roca

Rosendo Fraga

Infobae, 25 de Julio de 2021

 

A fines del año pasado, el intendente de Río Gallegos, Pablo Grasso, del Frente de Todos, hizo retirar el monumento que recordaba a Julio A. Roca en una avenida central de la ciudad.

 

Se encontraba allí desde 1941 y conmemoraba cuando, a comienzos de 1899, ejerciendo la Presidencia de la Nación por segunda vez, visitó la ciudad en su viaje para encontrarse con el presidente chileno, Federico Errázuriz, en el Estrecho de Magallanes. El objetivo era crear un canal directo de comunicación y generar un gesto simbólico para neutralizar el riesgo de guerra entre los dos países, que entonces planteaban los conflictos limítrofes no resueltos.

 

En el monumento está la efigie de cuerpo entero de Roca, vestido de civil, con imágenes esculpidas del encuentro y de símbolos de la paz a sus espaldas. Ante las protestas que generó la remoción del monumento en concejales opositores y vecinos, la Intendencia primero dijo que había sido para repararlo. Frente a la reiteración de las críticas, luego sostuvo que era un retiro transitorio para permitir la ampliación de la avenida donde estaba ubicado el monumento. La escultura habría quedado en un depósito municipal, sin más explicaciones.

 

Néstor Kirchner llegó a la Intendencia de Río Gallegos en 1987 y ejerció la gobernación entre 1995 y 2003, y luego, a partir de ese año, la presidencia. Su esposa lo hizo luego dos períodos consecutivos, entre 2007 y 2015. Durante este largo periodo, nunca intentaron remover la estatua de Roca, aunque en la primera década del siglo XXI se intensificó la campaña para sacar nombres e imágenes que simbolizaran y recordaran al dos veces presidente electo de la Nación, quien estableció las bases del Estado nacional, en lo político, educativo, económico, territorial y militar.

 

Meses después, el intendente de Bahía Blanca, Héctor Gay, del PRO, dispuso quitar el nombre de “Conquista del Desierto” a un parque de la ciudad, que tiene 74 hectáreas. Estableció para ello que el nuevo nombre fuera elegido en una consulta popular por los vecinos de la zona, la que tuvo lugar en julio. El nombre más votado fue el de “Julio A. Roca” y el segundo “Conquista del Desierto”, es decir, que siga como está. Por orden decreciente, los siguientes nombres fueron Raúl Alfonsín, Barranca de los Loros y César Milstein.

El intendente, en principio, se ha negado a aceptar el resultado de la consulta popular que él mismo convocó. El 16 de julio no llegó a reunirse el jurado, integrado por cuatro funcionarios, tres de Juntos por el Cambio y uno del Frente de Todos, para reconocer el resultado. El representante de esta última fuerza política decidió retirarse por no estar de acuerdo con la metodología utilizada. El concejal de Juntos por el Cambio, Marcos Streitenberg, dijo que el proyecto volvía al Concejo Deliberante para que se revean algunas cuestiones y así seguir avanzando.

 

La extensión del Estado nacional a la Patagonia fue obra del primer gobierno de Roca, así como el inicio de la presencia nacional en la Antártida, al finalizar el segundo. Desde esta perspectiva, no tendría lógica el cuestionamiento a su figura en esta amplia región. Ni en Bahía Blanca ni en Río Gallegos hay grupos de pueblos originarios que reclamen la propiedad de tierras.

 

Los dos hechos no parecen conectados entre sí en cuanto a su origen, pero en alguna medida reflejan la vigencia de una campaña que en realidad apunta a cuestionar la creación del Estado argentino.

 

La decisión del intendente de Río Gallegos ha sido argumentada con planteos contradictorios y formalmente carentes de intencionalidad política, los que han sido poco claros. En cambio, el proyecto del intendente de Bahía Blanca -que paradójicamente pertenece a una fuerza de centroderecha y gobierna una ciudad socialmente conservadora- sí tuvo argumentos de tipo político.

 

Pero lo más importante es que en ambos casos hubo críticas de los vecinos, que en Bahía Blanca se manifestaron concretamente a través de una consulta popular que expresó la voluntad de optar por el nombre de Roca. En los dos casos, las respectivas autoridades municipales están a tiempo de corregir lo hecho hasta ahora, y sería bueno que lo hagan.

 

La Historia puede generar interpretaciones diferentes, pero remover nombres o monumentos no es una forma de discutirlo, sino al contrario, es la manera de intentar imponer un relato hegemónico.