DECRETO DE SUPRESIÓN DE HONORES

 


Invitación a brindar por un patriota olvidado

 

EL PRIMERO QUE SE ATREVIÓ A SER ARGENTINO

por Eduardo Rosa

Periódico El Restaurador - Año V N° 17 - Diciembre 2010 - Pag. 10

 

El 2 de diciembre de 1810 llega un jinete a Buenos Aires, Es un oficial trayendo una bandera española y la noticia de la victoria de Suipacha. Era la primera victoria militar luego de la "desobediencia" del 25 de Mayo. No hubo festejos, solo algarabía popular en la calle. Pero la noche del 5 se hizo una comida en el cuartel de Patricios que habría de tener una inesperada repercusión.

 

Se ha hecho una leyenda de esos incidentes triviales aprovechados para una derivación política. Es erróneo pensar que el centinela de la entrada le impidiese expresamente el acceso a Moreno. Moreno no asistía jamás a fiestas ni convites, y al sarao podían ir los militares en actividad o retirados con sus familias. Al volver de su trabajo en la Fortaleza, que prolongaba hasta altas horas de la noche, le chocó encontrar en las Temporalidades un centinela, y quiso averiguar por sí mismo si se le impedía la entrada. El centinela lo rechazó, porque Moreno no se dio a conocer, pues hubiera bastado que dijese ser Secretario de Guerra de la Junta para que aquél, por lo menos, entrase a pedir órdenes.

 

El 6 de diciembre de 1810 la Junta de Gobierno aprobó el “decreto de supresión de honores” redactado por Moreno.

 

Este decreto comenzaba con: “La Junta Soberana a nombre del Señor D. Fernando VII”. Y lo fundaba en que al hallarse “privada la multitud de luces necesarias para dar su verdadero valor a todas las cosas, reducida por la condición de sus tareas a no extender sus meditaciones más allá de sus primeras necesidades... confunde inciensos y homenajes con la autoridad”.

 

El decreto suprimía los honores del Presidente, se quitaban ventajas oficiales y se eliminaba a las señoras de las distinciones de sus maridos y se prohibía que a los actos oficiales se impidiese la entrada. 

 

¿A quién se debe dejar pasar a un convite? Cuando el teniente coronel Marcos Balcarce pregunta –después del decreto de supresión de honores– sobre quienes deben dejar pasar los centinelas, Moreno responde que “a los ciudadanos decentes”, y al requerir –con malicia– mayores precisiones para reconocerlos, Moreno, le responde “se reputará decente toda persona blanca que se presente vestida de fraque o levita”.

 

Y se establecía que el capitán de húsares retirado Atanasio Duarte, había incurrido en un delito por el cual debería perecer en un cadalso, al “ofender con un brindis excesivo la probidad del Presidente” (Saavedra), pero “en atención a su estado de embriaguez se le conmutaba la pena por destierro perpetuo de la ciudad, porque ningún habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener impresiones contra la libertad de su patria”.

 

¿Qué grave delito había cometido el capitán Atanasio Duarte?

 

Siempre se dijo que haber proclamado la monarquía, pues en el famoso brindis ofreció a Cornelio Saavedra la corona de Emperador de América. 

 

En 1810 reino e independencia eran sinónimos.  El mismo Himno Nacional lo repite aún hoy: “Ya su trono dignísimo abrieron...”. Lo que sí podemos asegurar es que el decreto que condenaba a Duarte no era un decreto republicano, pues estaba encabezado con la fórmula habitual: “La Junta Soberana a Nombre del Señor don Fernando VII”.

 

Pero Duarte cometió evidentemente un delito tan grave que Moreno –hombre de leyes– entendía que le correspondía “perecer en un cadalso”. Un delito mucho más grave que opinar a favor de la monarquía en un medio republicano, que de ninguna manera puede llevar al cadalso.

 

El delito que Moreno le imputaba era el de lesa majestad por conspirar contra los derechos de Fernando VII.

 

Al brindar ofreciendo la corona a Cornelio Saavedra, se la estaba quitando a Fernando VII.

 

El capitán merecía por lo tanto el “cadalso”, como lo mandaban las leyes españolas vigentes.

 

Aquello de “tener impresiones contra la libertad de su patria” no puede entenderse como contrario a la nacionalidad naciente. La patria en 1810 no era la República Argentina, pues aún no se había declarado la independencia; la patria era Fernando VII, el rey cautivo, contra cuya libertad “tenía impresiones” el capitán Duarte.

 

¿Quiere decir entonces que Duarte fue el precursor de la independencia Argentina, y Moreno no era partidario de esta independencia?

 

... Lo primero es exacto; pero no así lo segundo. Moreno también era partidario de la independencia, como Duarte y casi todo el mundo.

 

Pero Duarte dijo a gritos una verdad que no convenía decir sino en voz baja.

 

Por eso lo condenaron.

 

Tal vez la jugada de Moreno estaba basada en que Saavedra no firmaría un decreto tan notoriamente injusto. Y en ese caso Saavedra podría ser acusado de complicidad en un delito tan grave.

 

Pero el jefe de gobierno no cayó en la trampa y firmó.

 

Moreno salió de la Junta el 18 de diciembre, precisamente por la conmoción popular producida por su decreto, que se interpretó –equivocadamente– a favor de la dependencia de España.

 

Y que además, menospreciaba la opinión pública al tenérsela como “privada de luces”.

 

¡Y ni Moreno ni nadie puede resistir la enemistad de las señoras, despojadas del derecho a ser tratadas igual que sus maridos!

 

Saavedra pudo entonces levantar la pena a Duarte; pero no lo hizo, tal vez para no comprometerse.

 

¿Qué fue de Duarte después de aquella noche famosa?...

 

Cumplió resignadamente su destierro en San Isidro, olvidado por Saavedra que nada hizo por él y también por los demás gobiernos que nunca le levantaron la injusta pena.

 

¿Quién era DUARTE?

 

Nuestro Capitán de Húsares no fue un héroe. No le cabe un gramo de bronce.

 

Era humano, valiente y transparente. Transparente como una copa de cristal. 

 

Y como una copa de cristal, para apreciar su belleza hay que llenarla de vino y mirarla al trasluz.

 

Atanasio era nada más que un hombre.

 

No un hombre de luces pero sí, definitivamente un caballero de su época.

 

Valiente hasta la temeridad, buen amigo y sobre todo un hombre enamorado de su tierra.

 

¿Y que entendía Duarte por su tierra? 

 

La historia no lo especifica, pero nos da indicios.

 

El primero y más revelador es que en el famoso Brindis corona a Saavedra "Emperador de América". Sobrepasa los límites administrativos del virreinato.

 

Y su castigo muestra la forma de pensar de los intelectuales, cuando Moreno achica la patria con su frase: "Ningún habitante de Buenos Aires....".

 

Allí tenemos enfrentados los dos conceptos de patria grande y patria chica.

 

Duarte era nacido en Maldonado (hoy Uruguay), hijo de un venezolano ("Hijo de la gloriosa independencia de Caracas") y de una brasilera ("del pueblo más inmediato a nuestros campos"). -Una gaúcha seguramente -.

 

Así es como se filiaba en sus escritos este auténtico primer iberoamericano.

 

Peleó cerca de Montevideo durante las invasiones inglesas y se lo menciona como quien trajo una vaca desde tras las líneas para mitigar el hambre de nuestros combatientes.

 

Así que lo podemos pintar como un buen soldado preocupado por sus amigos.

 

Y allí, si tejiésemos leyendas, tenemos material para no solo hacerlo el heraldo del vino, sino también el del asado.

 

¿Qué pensaba Duarte? 

 

No es mucho lo que se pide que piense un militar, y él no era una excepción.

 

Se sabe que su hermano se unió a Artigas en ese bellísimo rincón Oriental que es la Fortaleza de Santa Teresa.

 

Pero de Atanasio solo hemos podido recoger sus escritos cuando debió defenderse de la acusación de antipatriota por suponerlo incurso en la conspiración de Álzaga de 1812.

 

Del 25 de mayo nos llega este poco épico relato:

 

"... me enfermé de almorranas hasta el día lunes que se empezó a tratar la instalación de la junta, que llegó a mi casa don Agustín Talavera armado de espada y pistolas... y sin atender al cruel achaque que padecía, me tiré de la cama y abrazando al dicho Talavera no pude decirle más expresión que "Viva nuestra Feliz América del Sur.... y me dirigí al cuartel”.

 

Atanasio era amigo de Domingo Frech, y seguramente lo secundó cuando French, Berutti y "los infernales" controlaron la plaza ejerciendo presión patriótica para que "los principales y sanos" no hiciesen lo que hoy llamaríamos un "gatopardismo".

 

Atanasio, primario y de sangre caliente peleaba frecuentemente en los despachos de bebidas con los partidarios de los españoles.

 

Oigámoslo:

 

"Hallándome una noche en la trastienda del mercader gallego Rosendo al tiempo que cuatro europeos se hallaban jugando a la biscambra... uno de los cuatro, Juan Salces tenía una charretera de plata en el hombro derecho y preguntándole si lo habían hecho teniente, por haberlo visto el día anterior soldado, me contestó con una bofetada en la cara diciéndome que él merecía más esa charretera por ser español que yo las dos mías... le di tanto guantón en la boca, cara y narices que quedó hecho un monstruo... y saliendo a la calle desafíe a todos gritando que un criollo valía más que una docena de Sarracenos y ellos no se atrevieron a salir..."

 

En otra ocasión…

 

"... Entré al café de los Catalanes vestido en cuerpo de particular y con una mala varita en la mano (su forma de decir que no estaba de uniforme ni armado) y observé que todos los mozos y amos estaban vestidos de Miñones tirando cohetes e insultando a cuantos patricios estaban en él y como lo hicieron conmigo arremetí para ellos sin armas y se me presentaron siete u ocho armados con machetes sables y garrotes, y tomándoles el palo los arrollé a todos y los metí dentro de un cuarto diciéndoles que si todavía no creían que un americano valía por siete de ellos... a estas voces vino uno de los patrones llamado Desiderio, insultándome de palabra, al que de un empujón tiré patas arriba y la partí la cabeza contra el aljibe...”

 

Eso nos pinta a nuestro héroe, que definitivamente no es de bronce, pero es querible como un buen amigo.

 

Atanasio era primario, y como un niño, decía y hacía las cosas sin prudencia.

 

La patria le debe un desagravio a quien declaró POR PRIMERA VEZ la independencia en voz alta, y supo aguantarse el castigo orgullosamente.

 

Invitamos a todos los Argentinos a que el 5 de diciembre, fecha en la que se cumplirían 200 años de aquel primer brindis público por nuestra patria naciente, en cualquier lugar donde estemos, olvidemos nuestras diferencias y levantemos una copa en su recuerdo.

 

CAPITÁN DE HÚSARES ATANASIO DUARTE ¡BRINDAMOS A TU MEMORIA!

ENRIQUE MARTÍNEZ


un general del Plata y de los Andes


Roberto Elissalde


La Prensa, 02.12.2020

 

Se cumplieron el 30 de noviembre los 150 años del fallecimiento del general Enrique Martínez, cuya vida había comenzado en Montevideo el 15 de julio de 1789, hijo de don José Gaspar Martínez de Fontes y de María de los Ángeles Dizido y Zamudio. Su padre era un modesto oficial del ejército español que revistaba en el Regimiento de Dragones, cuya carrera se desenvolvió en la Banda Oriental como que de sus seis hijos cinco de ellos nacieron en Rocha, Maldonado y Montevideo, lo que da cuenta de sus destinos. Su madre por los Dizido y Zamudio y Echenique emparentaba con tradicionales familias cordobesas, algunos de ellos de posterior visibilidad como el Pbro. Francisco Dizido y Zamudio, párroco de La Piedad.


Ingresó como cadete en setiembre de 1801 al Regimiento de Dragones, con apenas doce años. Así continuó los años siguientes en la unidad hasta que en 1806 es enviado con sus compañeros a Montevideo. Desde allí presenciaron la pequeña flota inglesa que venía a Buenos Aires y cuando Liniers pidió su concurso al gobernador Ruiz Huidobro, éste no dudó en colaborar para reconquistar la capital del Vireinato. Martínez se unió a la expedición que desembarcó en las Conchas, y estuvo el 12 de agosto en las acciones que permitieron recuperar la ciudad. Tal fue su actuación que obtuvo por su conducta heroica el honor de ser designado portaguión del Regimiento y fue de los que luchó por título bien ganado de la “Muy Fiel y Leal Reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo” en la que había nacido.


No menor fue su actuación en las jornadas de la Defensa de Buenos Aires al año siguiente y después participó con apenas 20 años en los promotores de la Revolución de Mayo, con el grado de capitán del batallón América que organizó Domingo French. Participó en la campaña en la banda oriental que finalizó con la caída del dominio español en Montevideo cuatro años después, esfuerzos coronados con la medalla de plata con la declaración de Benemérito de la Patria en grado heroico y el ascenso a sargento mayor.


Fue el 15 de mayo de 1815 cuando llegó con el grado de teniente coronel al Ejército de los Andes, y su nombre está ligado a las acciones de Guardia Vieja, Curapaligüe, Gavilán, Talcahuano, Cancha Rayada, Maipú, y en la campaña del Perú. La medalla de oro de Chacabuco, la Legión al Mérito de Chile, miembro fundador de la Orden del Sol, fueron sólo algunas de sus condecoraciones.


El martes 17 de enero de 1826 bajo el título “Día de Gloria” la Gaceta Mercantil transcribía este artículo publicado en el Eco de los Andes de Mendoza el 25 de diciembre pasado. Anunciaba que “Tenemos el honor de haber recibido los restos del Ejército de los Andes conducidos desde el Perú por el coronel de granaderos a caballo don José Félix Bogado. Cerca de nueve años han pasado desde que estos valientes marcharon a libertar Chile. En este largo período se pueden contar los días de gloria que han dado a la Patria, por las veces que se han batido con nuestros enemigos. Nuestra gratitud será siempre demostrada a estos viejos soldados de la libertad con las más tiernas efusiones de nuestros corazones. Eternamente llenaremos de bendiciones a los héroes de Chacabuco y Maipú; sí, a esos que han conducido en triunfo el pabellón argentino hasta Quito, y que han sabido derramar su sangre por la libertad de la Patria en Junín y Ayacucho. Nosotros al verlo, siempre diremos con admiración: “He ahí esos sellaron con su sangre y sus espadas la libertad de su Patria”, y sus nombres irán de padres a hijos de generación en generación. 

Sus nombres honrarán nuestras páginas, coronel D. José Félix Bogado, sargentos mayores graduados capitanes D. José Félix Correa y D. José Cirilo Lucero; capitanes D. Francisco Olmos y D. José Rodríguez, tenientes D. J. de la Cruz Montalveo, D. Pascual Pelayes y D. Pedro Pablo Estrada; alférez D. Eusebio Castaño; porta estandartes D. Matías Vera y D. Eustoquio Frías. Agregados: sargento mayor D. Tadeo Telles, sargento mayor graduado capitán D. Pedro José Díaz, capitanes graduados de tenientes D. Tomás Muns y D. Juan Michelena; alféreces D. Melchor Gutiérrez, D. Pedro Robles y D. Francisco Cosido. Tenemos noticias que el general D. Enrique Martínez, que hace años residía en Santiago de Chile, se les ha incorporado en aquel destino. Aún no ha llegado”.


Sin duda Martínez sólo utilizó la compañía de los granaderos para cruzar la cordillera, ya que el 7 de febrero él sólo estaba en Buenos Aires, y según informaba después la Gaceta Mercantil, “se ha presentado al gobierno nacional, pidiendo se le haga Consejo de Guerra para esclarecer su conducta, con respecto a la revolución de la división de su mando, que guarnecía la fortaleza del Callao”. Algunos estudiosos se ocupan de algunas defecciones que tuvo Martínez para con el general San Martín, la documentación presentada lo prueba, sin embargo, la actitud del Libertador habla a las claras que aquellos errores propios de la condición humana no le impidieron reconocer los méritos de su oficial.


Dejemos acá su vida, omitiendo su vida en tiempos de unitarios y federales, cuando volvió a Montevideo. Alguna vez Sarmiento ante el reclama de las palmas de general de un oficial le contestó de este modo: “Lavalle, Enrique Martínez, Necochea y cien más, volvieron coroneles después de diez años de victorias, con más encuentros y batallas que pelos en la cabeza, contra enemigos de pelo en pecho, bajo las órdenes de generales, que generales San Martín y Bolívar y por nobles causas, la independencia del continente americano”.


El retrato que se reproduce lo muestra en su ancianidad vestido con su uniforme y condecoraciones, y al observarlo a la altura de esos años recordamos las palabras del general Mitre: “El brigadier Martínez era un monumento vivo de grandes recuerdos. Era uno de los últimos representantes de esa generación generosa que después de haber cumplido con su propia tarea tuvo aliento para acompañar en la suya a tres generaciones más…”.

LA ÉPICA DEL COMBATE DE LA VUELTA DE OBLIGADO

 

 


Por Adrián Pignatelli

Infobae, 18 de Noviembre de 2019

 

Un anciano almirante Bartholomew James Sullivan, que había combatido en Obligado como capitán se presentó un día de 1883 en el consulado argentino en Londres. Deseaba devolver una bandera argentina que había tomado ese día. Aseguró que lo hacía como un homenaje y con admiración por el coraje demostrado por los defensores.

A mediados de marzo de 1997, el presidente Jacques Chirac visitó nuestro país con el propósito de afianzar el intercambio comercial entre ambos países. En el último día de su visita, en un acto en la residencia de Olivos, devolvió al país una bandera argentina, que tenía en su centro una estrella federal, que había sido capturada en la misma acción. De la ceremonia participaron Granaderos, Patricios y los famosos Colorados del Monte, que le obsequiaron al mandatario francés un cinto pampa.

 

El combate

Entre 1845 y 1850 una escuadra anglo-francesa bloqueó el Río de la Plata –los franceses habían realizado un primer bloqueo entre 1838 y 1840- impidiendo el paso de los barcos hacia Buenos Aires o a los puertos de la Confederación, con excepción de Montevideo.

 

Los europeos argumentaban que la existencia del Uruguay estaba amenazada por el sitio que sufría. En realidad estaban siendo afectados sus intereses comerciales que además ya tenían en mente navegar los ríos interiores de nuestro país para comerciar, algo que el gobernador Juan Manuel de Rosas, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, impedía.

 

Todo estallaría el 20 de noviembre de 1845 cuando la flota anglo-francesa pretendió forzar el paso navegando por el río Paraná. Habían partido de Montevideo el 17, y del imponente convoy de modernos buques de guerra, algunos a vela y otros a vapor, fuertemente artillados, iban 92 buques mercantes con un importante cargamento para comerciar.

 

La defensa estuvo a cargo del general Lucio Mansilla. Atravesó el río, a la altura del Paso del Tonelero, con 24 barcazas que estaban unidas entre sí por tres gruesas cadenas de hierro. De un extremo, las cadenas estaban amarradas al bergantín Republicano, apoyado por otras dos embarcaciones.

 

De la costa bonaerense, se habían colocado cuatro baterías, compuestas por viejos cañones, algunos de ellos de corto alcance, apoyadas por alrededor de 500 soldados de infantería. Otros tantos eran de caballería e infantes de marina. Sobre una de las costas, 10 pequeñas barcazas incendiarias estaban listas para ser lanzadas río abajo contra la flota enemiga.

 

El recodo que hacía el río obligó a la flota -que había avistado las cadenas-a detenerse. Algunos barcos, por precaución, anclaron alejados de las baterías argentinas. En la mañana del 20 los enemigos iniciaron el ataque contra las defensas, con sus poderosos cañones que disparaban proyectiles explosivos, mientras otros barcos se dirigían hacia las cadenas para cortarlas.

 

Mansilla, temprano, había arengado a sus tropas: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra república, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos!”

 

El intercambio de disparos de artillería fue muy intenso. Algunos barcos debieron alejarse por estar demasiado averiados. Cuando el Republicano agotó sus municiones, su capitán decidió volarlo.

 

Al mediodía, las cadenas aún no habían sido cortadas. Un barco a vapor intentó arrastrarlas sin éxito, hasta que de una balsa un grupo de ingleses con un martillo y un yunque las rompieron.

 

Mientras tanto, las baterías eran destruidas por el fuego enemigo. A las tres de la tarde, las fuerzas argentinas habían agotado las municiones. Entonces, desembarcaron 325 infantes de marina que fueron rechazados por los argentinos, a punta de bayoneta y a arma blanca.

 

En esa acción, cayó herido el propio Mansilla. Los infantes debieron retroceder, pero de una nave francesa desembarcaron más fusileros y los defensores comprendieron que nada más podían hacer. Quedaron en el campo 250 argentinos muertos y 400 heridos, mientras que los atacantes sufrieron 26 muertos y 86 heridos.

 

Los buques debieron permanecer más de un mes en el lugar para ser reparados por el importante daño que habían sufrido.

 

Luego de muchas idas y vueltas diplomáticas, se firmó un tratado mediante el cual los ingleses reconocían la soberanía argentina sobre sus ríos interiores y su derecho a solucionar sus problemas con el Uruguay sin la intervención extranjera. Francia demoró en acordar, pero finalmente lo hizo.

 

Hasta los opositores a Juan Manuel de Rosas reconocieron y alabaron dicha acción. José de San Martín, desde su exilio de Gran Bourg, había tomado casi como una afrenta personal el bloqueo al Río de la Plata, que lo llevaría a decir “que los argentinos no somos empanadas que se comen con el solo abrir de boca”. En su testamento, le legaría el sable corvo a Juan Manuel de Rosas por la defensa de la soberanía ante el bloqueo.

 

Una bandera en París

El Hotel de Inválidos es una construcción monumental, construida por orden del rey Luis XIV en 1670 para alojar a heridos de guerra y a veteranos que no tenían ni hogar ni familia. Es una edificio de 196 metros de largo, que se alza imponente en la ciudad de París. Desde 1905, se convirtió en museo y es uno de los más importantes del mundo en lo que a historia militar se refiere.

 

En ese imponente conglomerado, se encuentra la Iglesia de San Luis. Su construcción se inició en 1677 y si se demoró en erigirla fue por la especial dedicación que el monarca francés le dedicó. En su cripta descansan, desde 1840, los restos de Napoleón Bonaparte y de algunos generales que hicieron historia en Francia.

 

En la nave central de la iglesia cuelgan distintas banderas y estandartes. Sobre el lado izquierdo, con el número 32, hay una bandera argentina, que los franceses capturaron en la histórica jornada de Obligado. Mudo testigo de semejante acontecimiento, pueden apreciarse los agujeros producidos por la metralla.

 

¿Si hubo otras? Más allá de la que devolvió Chirac, Infobae no pudo confirmar la versión de que existe otra bandera que habría sido tomada como souvenir por un soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial y una última que habría terminado desintegrándose por su deterioro.

 

A lo largo de los años, sucesivas excavaciones en el lugar de la batalla, dejaron al descubierto miles de objetos, como parte de las cadenas, proyectiles y hasta restos del bergantín Republicano. Esos objetos pueden contemplarse en el museo local. Como homenaje, el 20 de noviembre es el Día de la Soberanía Nacional.

 

La bandera que aún resta recuperar es la que se exhibe en la Iglesia de San Luis, silencioso testigo de que “los argentinos no somos empanadas que se comen con el solo abrir de boca”, como había escrito San Martín.

REMEDIOS DEL VALLE

 


 

Por Adrián Pignatelli

Infobae, 8 de Noviembre de 2020

No interesa cómo fue que el general Juan José Viamonte se enteró. La versión más difundida fue que por 1827, al cruzar la plaza y pasar frente al Cabildo, reparó en el rostro de una negra harapienta que pedía limosna, y que le resultaba familiar. Sus criados le habían avisado que ella había ido a golpear la puerta de su casa en busca de ayuda, como confesaría en una sesión en la Sala de Representantes. Lo cierto fue que esa negra, vestida con lo que podía y que se alimentaba gracias a las sobras de los conventos de la ciudad, había arriesgado el pellejo como uno más en el Ejército Auxiliador primero y luego junto a los soldados que Manuel Belgrano comandó en el norte, en los tiempos en que en estas tierras habíamos decidido ser independientes.

Se llamaba María Remedios del Valle, tenía el cuerpo curtido con media docena de cicatrices, y todos la ignoraban.

La historia oficial dice que nació en la ciudad de Buenos Aires entre 1766 y 1767 y que su bautismo de fuego lo tuvo cuando colaboró en la lucha contra los británicos en las invasiones.

En los campos de batalla

Cuando a mediados de 1810 partió el Ejército Auxiliador al norte, en el que estaban enrolados su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado, se les unió. Primero estuvo en la División de Bernardo de Anzoátegui, capitán de la 6ª Compañía del Batallón de Artillería Volante. Anzoátegui recordaría cómo María cuidaba de los soldados, suboficiales y oficiales, les lavaba la ropa y atendía sus heridas.

 

Cuando el ejército arribó a Potosí, estuvo a las órdenes del veterano coronel José Bonifacio Bolaños. Allí recibió 20 nacionales, su primera paga. Cuando ocurrió la derrota de Huaqui el 20 de junio de 1811, que supuso la pérdida del Alto Perú, ella bajó a Jujuy. Allí sería la última vez que Viamonte la vio.

No se sabe en qué batallas murieron su esposo y sus dos hijos. Ella continuó en el ejército, donde era conocida como “la tía María”. Fue testigo del Éxodo Jujeño. Se habrá sentido desilusionada cuando se presentó ante Manuel Belgrano antes del enfrentamiento con el ejército realista en Tucumán, y le pidió permiso para poder atender a los heridos.

Recibió una rotunda negativa.

No se dio por vencida, y se las ingenió para colarse primero en la retaguardia y luego en el campo de batalla cumpliendo su cometido. El creador de la bandera terminaría cediendo, y María sería la única mujer que podía seguirlo en el combate. Su admiración por su valentía lo llevó a nombrarla capitana del ejército.

 

También estuvo en Vilcapugio, y en Ayohuma Gregorio Aráoz de Lamadrid se admiró al verla, junto a otras dos mujeres, llevando sobre sus cabezas cántaros con agua fresca, ignorando el intenso cañoneo.

 

Luego de este combate, librado el 14 de noviembre de 1813, cayó prisionera. Y aún cautiva no se mantuvo quieta. Asistió a los maltrechos prisioneros patriotas, y a algunos los ayudó a escaparse. Fue castigada por orden de los jefes Joaquín de la Pezuela, Juan Ramírez Orozco y Miguel Tacón a ser azotada durante nueve días. Y estuvo siete veces en capilla.

 

Cuando logró fugarse, estuvo en las filas de Martín Miguel de Güemes y Juan Antonio Alvarez de Arenales.

Se le perdería el rastro hasta que años después fue descubierta en la ciudad de Buenos Aires. Vivía en un rancho, en las afueras y alternaba los atrios de las iglesias y la puerta del Cabildo para pedir limosna; algunos le decían “la capitana”.

 

El diputado Viamonte fue el que llevó su caso a la Sala de Representantes. “Ella tiene derecho a la gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad”, decían. Ella había logrado que la representase Manuel Rico, un militar veterano del Ejército del Norte. Había pedido, sin suerte, una compensación de seis mil pesos, contando las actualizaciones desde la disolución del ejército del norte.

 

Víctima de la burocracia

 

En 1826 comenzaron las gestiones para otorgarle una pensión. El 24 de marzo de 1827 el ministro de Guerra mandó su expediente a la Sala de Representantes, para que resolviese qué hacer. Su pedido ingresó el 25 de septiembre pero recién se discutiría el 18 de julio del año siguiente. A través de los testimonios del propio Viamonte, Gregorio Aráoz de Lamadrid, de Tomás de Anchorena -quien fue secretario de Manuel Belgrano en el norte- y de Hipólito Videla, quien estuvo prisionero junto a ella, todos conocieron su historia y se asombraron de sus cicatrices, además de las marcas de los azotes que había recibido de los españoles. “Seis cicatrices feroces de bala y sable. Su caro esposo, un hijo y un entenado que han expirado en las filas de los libres”.

 

Propusieron llamarla “Madre de la Patria”. Por unanimidad se le otorgó un sueldo correspondiente al de capitán de infantería, a pagar desde el 15 de marzo de 1827, que es cuando había iniciado el largo trámite burocrático ante las autoridades. La Sala de Representantes también dispuso que se publicase su biografía en los diarios y se le erigiese un monumento. Nada de esto se cumpliría. Y la paga la recibiría salteada.

 

Sería Juan Manuel de Rosas quien el 16 de abril de 1835 la efectivizó como sargento mayor y se aseguró que recibiese sus sueldos como correspondía. En agradecimiento, ella le pidió permiso y se cambió el apellido, incorporando el de Rosas.

 

Su necrológica se resumió en un registro del ejército, fechado el 8 de noviembre de 1847: “Baja. El mayor de Caballería Doña Remedios Rosas falleció”.

 

Una calle, pegada a la autopista Perito Moreno, cerca del Parque Avellaneda y un par de escuelas, en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires llevan su nombre. En su homenaje, desde 2013, el 8 de noviembre es el día del afroargentino y de la cultura afro. Pobre Remedios: cuánto tuvo que esperar, aún después de su muerte, con todo lo que había hecho en vida.

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

 


y la incierta leyenda negra española


 Por: Laura Martin

Crítica revisionista, 7-10-20

A Fray Bartolomé de las Casas se le ha bautizado como Apóstol de las Indias, el nuevo san Pablo, y es tal su popularidad –se le considera pionero de la defensa de los Derechos Humanos- que cuesta, a estas alturas, saber a ciencia cierta qué hay de mito y qué hay de realidad. La extraordinaria fama internacional de De las Casas se fundamenta en pasiones políticas y no en méritos objetivos. He aquí un análisis punto por punto de veracidad de las bondades que le atribuyen a este personaje.

 

Leyenda: Fray Bartolomé de las Casas viaja a América a defender a los indios.

 

Realidad: Bartolomé de Las Casas no sólo no pretende viajar a las Indias para defender a sus nativos sino que durante la primera década que vivirá allí llevará el mismo estilo de vida que sus compatriotas.

Se embarca hacia las Indias en 1502 acompañando a Nicolás de Ovando, tercer gobernador nombrado por los reyes Católicos. La expedición llega a la isla La Española (actual Santo Domingo), y allí permanece hasta 1512. Participa activamente en las guerras de su gobernador contra los indios, cuya misión es organizarlos en poblados, en convivencia con los españoles, comenzar la evangelización, y que trabajen recibiendo un jornal por ello. Las Casas, por sus servicios como soldado, recibe recompensas en tierras, oro y siervos.

 

Leyenda: Fray Bartolomé es el pionero en denunciar la situación en Indias.

 

Realidad: Fueron otros clérigos y otras órdenes quienes pidieron un trato más justo para los nativos, a diferencia de Bartolomé de las Casas que se resistió a ello.

Cierto es que Colón propuso la venta de esclavos a los Reyes Católicos. La reina Isabel se indignó ante tal propuesta y ordenó poner en libertad a los indios, a los que nombró vasallos del reino al igual que cualquier otro español. Vasallos de la Corona, libres, con los mismos derechos y deberes que cualquier cristiano. Pese a esto, era harto complicado controlar a algunos españoles encomendados en las Américas que no seguían las órdenes reales.

Fray Antonio Montesinos, respaldado por el rey Fernando, fue el primero en enfrentarse a los que desobedecían las directrices de los reyes Católicos y pretendían a los indios como siervos. Todo aquello que después vendería Las Casas como propio no sería más que una repetición de las denuncias de Montesinos, solo que aderezado por sus propios delirios, invenciones y exageraciones.

Fernando el Católico, a instancias de Montesinos, nombró una comisión formada por personas de la máxima confianza del fraile para que preservaran los siguientes principios: los indios habrían de ser tratados como libres, instruidos en la fe, que hicieran un trabajo moderado y siempre retribuido, que tuvieran casa y hacienda propia y que vivieran en comunicación con los españoles. Conforme a estos principios se redactaron las leyes de Burgos del 27 de diciembre de 1512. Al año siguiente -el 28 de julio de 1513- añadieron al respecto cuatro leyes más en las que se moderaba el trabajo de las mujeres y se prohibía el trabajo de los niños.

Las Casas disfrutaba durante esos años de las encomiendas recibidas por Ovando, y no quiso, como religioso, participar de la nueva práctica de los dominicos en la isla La Española: habían decidido negarse a confesar a cualquier español que tuviese indios encomendados. Confesión que negaron al mismo Las Casas porque tenía labranzas con indios.

En 1512 fray Bartolomé emigró a Cuba, donde no había en toda la isla más clérigo que él. De modo que será tarea suya predicar para el Gobernador, Diego Velázquez, y a su segundo, Pánfilo de Narváez. De Velázquez recibió un repartimiento de indios, que empleó para sacar oro de las minas y para el trabajo en granja.

 

Leyenda: Fue hombre humilde y cabal que realizó su labor a la sombra.

 

Realidad: No es hasta 1514 que se plantea, de golpe, sin evolución ni causa aparente, que el trato que está dando a sus indios es injusto. Decide renunciar a los siervos y a su hacienda. Pese a que en sus memorias afirma haber abrazado la pobreza en silencio, en secreto, el 15 de agosto de 1514 en la fiesta de la Asunción, en presencia de todas las autoridades, da un discurso vanagloriándose de su acto, se impone como modelo, proclama su renuncia a la encomienda, y afirma que nadie se salvará si no siguen su ejemplo.

 

Todos los presentes quedaron admirados de su condición de bondad e incluso santidad, según los escritos de la época, aunque ningún español de Cuba liberó a sus indios. Pero Fray Bartolomé se mostró satisfecho pues le admiraban por su gesto y tenían en estima. Según Menéndez Pidal, las Casas entra en un ritmo de interpretación sistemática paranoide de todo escrito, sagrado o no. Según su interpretación, toda norma ética resalta lo demoniaco de la naturaleza del español. No hay grises, no hay mezcla entre el bien y el mal. Deja de distinguir entre cristianos y decide que cualquier trato con los indios es injusto y tiránico, fuera el que fuere el realmente ejercido. Después de erigirse como el nuevo apóstol del rigorismo moral continúa un año más en la isla de Cuba, sin convertir a ningún español ni lograr que emularan sus pasos.

 

Decide ir a Castilla. Embarca el 6 de octubre de 1515 con Montesinos, que le da una carta de recomendación para el Rey. Las Casas ya tiene pasaporte para entrar en la Corte. En diciembre de 1515 llega a Plasencia. El Rey Fernando está postrado enfermo (muere el 23 de enero de 1516) así que fray Bartolomé solo logra ser recibido por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, presidente de los asuntos de Indias en el Consejo Real, al que Las Casas acusa -por despecho por no haber sido recibido por el rey- de soberbio e indiferente, y de hacer caso omiso de sus quejas, en contradicción con la opinión de los demás religiosos con los que se reunió para hablar de la situación de los indígenas.

 

La leyenda: El plan de reforma de Cisneros está basado en las ideas de Fray Bartolomé

Realidad: Muerto Fernando el Católico, Las Casas tuvo que entenderse con el Cardenal Cisneros. Presentó una cada vez más larga relación de crueldades cometidas por los españoles en Cuba, La Española, Jamaica y San Juan. Cisneros había percibido de los dominicos su preocupación por los derechos de los indios. Los franciscanos, por su parte, defendían una postura más paternalista de los españoles hacia los nativos. Pese a ser franciscano también, Cisneros optó por una tercera salida, los frailes jerónimos, y los envió en 1516 a reformar el gobierno de Indias. En aquellas fechas Las Casas no pertenecía a ninguna de las tres órdenes, y Cisneros le confirió un cargo de consejero, para mirar por el bien tanto de los indios como de los españoles. Fray Bartolomé alardeará de haber proporcionado al cardenal la base para la reforma, y añade en sus textos que recibió también un título de Protector universal de todos los indios de las Indias. No consta. Y tales fueron las desavenencias con los jerónimos, que fue destituido de su puesto, hecho que Las Casas oculta, afirmando sin embargo que fue él quien renunció.

 

Leyenda: Fue un fiel cronista de lo que ocurrió en Indias

 

Realidad: En todos los escritos de Fray Bartolomé no hay datos concretos, sólo descripciones imprecisas, aderezadas de horrores que no aclara ni dónde ocurrieron, ni cuándo, ni perpetradas por quién. Lo único que se saca en claro es que el español –cualquiera- parece tener como labor principal en el Nuevo Mundo la tortura y la matanza de indios.

 

No sólo describe salvajadas acontecidas en las tierras adonde él viajó, sino que narra con vehemencia las que, afirma, se perpetraron donde jamás estuvo ni fue testigo. Inventa un genocidio indígena, que, según va escribiendo, tiene una cifra de víctimas diferente. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el número de víctimas a 15 millones, y finalmente asegura que se pudieron contar hasta 24 millones de muertos. Cifras que proporciona y cambia arbitrariamente en la misma obra. Sobra decir que es física y demográficamente imposible. Tanto por la velocidad de la matanza como porque en la América Precolombina se estima que la población apenas superaba los 13 millones de habitantes. Claro que también decía Las Casas que en Santo Domingo había visto 30.000 ríos y que el borde norte de la isla era más grande que toda Portugal.

Leyenda: Predicó con el ejemplo y actuó desinteresadamente ayudando a los indios

 

Realidad: Las Casas denunció que todo el dinero originario de las Américas era fruto del robo a los indios. Sin embargo, no dudó en aceptar 100 pesos oro al año como procurador de los mismos. Ni medio millón de maravedíes al año por ejercer como obispo para ellos. Ni la pensión de trescientos cincuenta mil maravedíes que se le designaron al perder el obispado. Nunca ejerció la caridad. No aprendió su lengua, no tenía un contacto de igual a igual con ellos, nunca hizo por educarles ni enseñarles algo de provecho. Entre sus congéneres no tenía especial buena fama. Fray Toribio de Motolinia, clérigo misionero, llegó a escribir en carta al emperador Carlos V que Las Casas era un hombre bullicioso y pleitista, injuriador, “yo conozco a De Las Casas quince años (..) y siempre está escribiendo procesos y vidas ajenas, buscando los males y delitos”.

 

Leyenda: Se postuló contra todo tipo de violencia.

 

Realidad: La única violencia que denunció y generalizó -exagerando e inventando las cifras- fue la que ejercieron algunos españoles contra algunos indios. Nunca mostró horror ante las costumbres nativas, los sacrificios humanos de las religiones precolombinas,  las decapitaciones, la extracción de los corazones de los niños y las prácticas antropófagas. En su visión del mundo, los indios eran ángeles pacíficos y los cristianos demonios destructores.

No sólo eso. En 1531 propone ante el Consejo de Indias que para liberar a los indios de sus trabajos deberían traerse, desde áfrica, a 4000 negros. Tan buena idea le parece que en 1542 vuelve a insistir en la introducción de esclavos negros en las Indias.

En definitiva, no hay que despreciar la labor de defensa a los indios en las Américas y el intento de que se aplicaran las justas leyes contra la esclavitud que habían promulgado los Reyes Católicos. Pero ni fue el único español que procuró el bienestar de los indios, ni fue un ejemplo de humildad y caridad, ni son ciertas las barbaridades relatadas, ni es justo que un hombre tan polémico y unos datos tan inexactos generaran una leyenda negra que España lleva siglos arrastrando en su historia.