REMEDIOS DEL VALLE
Por Adrián
Pignatelli
Infobae, 8 de
Noviembre de 2020
No interesa cómo
fue que el general Juan José Viamonte se enteró. La versión más difundida fue
que por 1827, al cruzar la plaza y pasar frente al Cabildo, reparó en el rostro
de una negra harapienta que pedía limosna, y que le resultaba familiar. Sus
criados le habían avisado que ella había ido a golpear la puerta de su casa en
busca de ayuda, como confesaría en una sesión en la Sala de Representantes. Lo
cierto fue que esa negra, vestida con lo que podía y que se alimentaba
gracias a las sobras de los conventos de la ciudad, había arriesgado el pellejo
como uno más en el Ejército Auxiliador primero y luego junto a los soldados que
Manuel Belgrano comandó en el norte, en los tiempos en que en estas tierras
habíamos decidido ser independientes.
Se llamaba María
Remedios del Valle, tenía el cuerpo curtido con media docena de cicatrices, y
todos la ignoraban.
La historia
oficial dice que nació en la ciudad de Buenos Aires entre 1766 y 1767 y que su
bautismo de fuego lo tuvo cuando colaboró en la lucha contra los británicos en
las invasiones.
En los campos de
batalla
Cuando a mediados
de 1810 partió el Ejército Auxiliador al norte, en el que estaban enrolados su
marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado, se les unió. Primero estuvo en
la División de Bernardo de Anzoátegui, capitán de la 6ª Compañía del Batallón
de Artillería Volante. Anzoátegui recordaría cómo María cuidaba de los
soldados, suboficiales y oficiales, les lavaba la ropa y atendía sus heridas.
Cuando el ejército
arribó a Potosí, estuvo a las órdenes del veterano coronel José Bonifacio
Bolaños. Allí recibió 20 nacionales, su primera paga. Cuando ocurrió la derrota
de Huaqui el 20 de junio de 1811, que supuso la pérdida del Alto Perú, ella
bajó a Jujuy. Allí sería la última vez que Viamonte la vio.
No se sabe en qué
batallas murieron su esposo y sus dos hijos. Ella continuó en el ejército,
donde era conocida como “la tía María”. Fue testigo del Éxodo Jujeño. Se habrá
sentido desilusionada cuando se presentó ante Manuel Belgrano antes del
enfrentamiento con el ejército realista en Tucumán, y le pidió permiso para
poder atender a los heridos.
Recibió una
rotunda negativa.
No se dio por
vencida, y se las ingenió para colarse primero en la retaguardia y luego en el
campo de batalla cumpliendo su cometido. El creador de la bandera terminaría
cediendo, y María sería la única mujer que podía seguirlo en el combate. Su
admiración por su valentía lo llevó a nombrarla capitana del ejército.
También estuvo en
Vilcapugio, y en Ayohuma Gregorio Aráoz de Lamadrid se admiró al verla, junto a
otras dos mujeres, llevando sobre sus cabezas cántaros con agua fresca,
ignorando el intenso cañoneo.
Luego de este
combate, librado el 14 de noviembre de 1813, cayó prisionera. Y aún cautiva no
se mantuvo quieta. Asistió a los maltrechos prisioneros patriotas, y a algunos
los ayudó a escaparse. Fue castigada por orden de los jefes Joaquín de la
Pezuela, Juan Ramírez Orozco y Miguel Tacón a ser azotada durante nueve días. Y
estuvo siete veces en capilla.
Cuando logró
fugarse, estuvo en las filas de Martín Miguel de Güemes y Juan Antonio Alvarez
de Arenales.
Se le perdería el
rastro hasta que años después fue descubierta en la ciudad de Buenos Aires.
Vivía en un rancho, en las afueras y alternaba los atrios de las iglesias y la
puerta del Cabildo para pedir limosna; algunos le decían “la capitana”.
El diputado
Viamonte fue el que llevó su caso a la Sala de Representantes. “Ella tiene
derecho a la gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad”,
decían. Ella había logrado que la representase Manuel Rico, un militar veterano
del Ejército del Norte. Había pedido, sin suerte, una compensación de seis mil
pesos, contando las actualizaciones desde la disolución del ejército del norte.
Víctima de la
burocracia
En 1826 comenzaron
las gestiones para otorgarle una pensión. El 24 de marzo de 1827 el ministro de
Guerra mandó su expediente a la Sala de Representantes, para que resolviese qué
hacer. Su pedido ingresó el 25 de septiembre pero recién se discutiría el 18 de
julio del año siguiente. A través de los testimonios del propio Viamonte,
Gregorio Aráoz de Lamadrid, de Tomás de Anchorena -quien fue secretario de Manuel
Belgrano en el norte- y de Hipólito Videla, quien estuvo prisionero junto a
ella, todos conocieron su historia y se asombraron de sus cicatrices, además de
las marcas de los azotes que había recibido de los españoles. “Seis cicatrices
feroces de bala y sable. Su caro esposo, un hijo y un entenado que han expirado
en las filas de los libres”.
Propusieron
llamarla “Madre de la Patria”. Por unanimidad se le otorgó un sueldo
correspondiente al de capitán de infantería, a pagar desde el 15 de marzo de
1827, que es cuando había iniciado el largo trámite burocrático ante las
autoridades. La Sala de Representantes también dispuso que se publicase su
biografía en los diarios y se le erigiese un monumento. Nada de esto se
cumpliría. Y la paga la recibiría salteada.
Sería Juan Manuel
de Rosas quien el 16 de abril de 1835 la efectivizó como sargento mayor y se
aseguró que recibiese sus sueldos como correspondía. En agradecimiento, ella le
pidió permiso y se cambió el apellido, incorporando el de Rosas.
Su necrológica se
resumió en un registro del ejército, fechado el 8 de noviembre de 1847: “Baja.
El mayor de Caballería Doña Remedios Rosas falleció”.
Una calle, pegada
a la autopista Perito Moreno, cerca del Parque Avellaneda y un par de escuelas,
en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires llevan su nombre. En su
homenaje, desde 2013, el 8 de noviembre es el día del afroargentino y de la
cultura afro. Pobre Remedios: cuánto tuvo que esperar, aún después de su
muerte, con todo lo que había hecho en vida.
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
y la incierta
leyenda negra española
Por: Laura Martin
Crítica
revisionista, 7-10-20
A Fray Bartolomé
de las Casas se le ha bautizado como Apóstol de las Indias, el nuevo san Pablo,
y es tal su popularidad –se le considera pionero de la defensa de los Derechos
Humanos- que cuesta, a estas alturas, saber a ciencia cierta qué hay de mito y
qué hay de realidad. La extraordinaria fama internacional de De las Casas se
fundamenta en pasiones políticas y no en méritos objetivos. He aquí un análisis
punto por punto de veracidad de las bondades que le atribuyen a este personaje.
Leyenda: Fray
Bartolomé de las Casas viaja a América a defender a los indios.
Realidad:
Bartolomé de Las Casas no sólo no pretende viajar a las Indias para defender a
sus nativos sino que durante la primera década que vivirá allí llevará el mismo
estilo de vida que sus compatriotas.
Se embarca hacia
las Indias en 1502 acompañando a Nicolás de Ovando, tercer gobernador nombrado
por los reyes Católicos. La expedición llega a la isla La Española (actual
Santo Domingo), y allí permanece hasta 1512. Participa activamente en las
guerras de su gobernador contra los indios, cuya misión es organizarlos en
poblados, en convivencia con los españoles, comenzar la evangelización, y que
trabajen recibiendo un jornal por ello. Las Casas, por sus servicios como
soldado, recibe recompensas en tierras, oro y siervos.
Leyenda: Fray
Bartolomé es el pionero en denunciar la situación en Indias.
Realidad: Fueron
otros clérigos y otras órdenes quienes pidieron un trato más justo para los
nativos, a diferencia de Bartolomé de las Casas que se resistió a ello.
Cierto es que
Colón propuso la venta de esclavos a los Reyes Católicos. La reina Isabel se
indignó ante tal propuesta y ordenó poner en libertad a los indios, a los que
nombró vasallos del reino al igual que cualquier otro español. Vasallos de la
Corona, libres, con los mismos derechos y deberes que cualquier cristiano. Pese
a esto, era harto complicado controlar a algunos españoles encomendados en las
Américas que no seguían las órdenes reales.
Fray Antonio
Montesinos, respaldado por el rey Fernando, fue el primero en enfrentarse a los
que desobedecían las directrices de los reyes Católicos y pretendían a los
indios como siervos. Todo aquello que después vendería Las Casas como propio no
sería más que una repetición de las denuncias de Montesinos, solo que aderezado
por sus propios delirios, invenciones y exageraciones.
Fernando el
Católico, a instancias de Montesinos, nombró una comisión formada por personas
de la máxima confianza del fraile para que preservaran los siguientes
principios: los indios habrían de ser tratados como libres, instruidos en la
fe, que hicieran un trabajo moderado y siempre retribuido, que tuvieran casa y
hacienda propia y que vivieran en comunicación con los españoles. Conforme a
estos principios se redactaron las leyes de Burgos del 27 de diciembre de 1512.
Al año siguiente -el 28 de julio de 1513- añadieron al respecto cuatro leyes
más en las que se moderaba el trabajo de las mujeres y se prohibía el trabajo
de los niños.
Las Casas
disfrutaba durante esos años de las encomiendas recibidas por Ovando, y no
quiso, como religioso, participar de la nueva práctica de los dominicos en la
isla La Española: habían decidido negarse a confesar a cualquier español que
tuviese indios encomendados. Confesión que negaron al mismo Las Casas porque
tenía labranzas con indios.
En 1512 fray
Bartolomé emigró a Cuba, donde no había en toda la isla más clérigo que él. De
modo que será tarea suya predicar para el Gobernador, Diego Velázquez, y a su
segundo, Pánfilo de Narváez. De Velázquez recibió un repartimiento de indios,
que empleó para sacar oro de las minas y para el trabajo en granja.
Leyenda: Fue
hombre humilde y cabal que realizó su labor a la sombra.
Realidad: No es
hasta 1514 que se plantea, de golpe, sin evolución ni causa aparente, que el
trato que está dando a sus indios es injusto. Decide renunciar a los siervos y
a su hacienda. Pese a que en sus memorias afirma haber abrazado la pobreza en
silencio, en secreto, el 15 de agosto de 1514 en la fiesta de la Asunción, en
presencia de todas las autoridades, da un discurso vanagloriándose de su acto,
se impone como modelo, proclama su renuncia a la encomienda, y afirma que nadie
se salvará si no siguen su ejemplo.
Todos los
presentes quedaron admirados de su condición de bondad e incluso santidad,
según los escritos de la época, aunque ningún español de Cuba liberó a sus
indios. Pero Fray Bartolomé se mostró satisfecho pues le admiraban por su gesto
y tenían en estima. Según Menéndez Pidal, las Casas entra en un ritmo de
interpretación sistemática paranoide de todo escrito, sagrado o no. Según su
interpretación, toda norma ética resalta lo demoniaco de la naturaleza del
español. No hay grises, no hay mezcla entre el bien y el mal. Deja de
distinguir entre cristianos y decide que cualquier trato con los indios es
injusto y tiránico, fuera el que fuere el realmente ejercido. Después de
erigirse como el nuevo apóstol del rigorismo moral continúa un año más en la
isla de Cuba, sin convertir a ningún español ni lograr que emularan sus pasos.
Decide ir a
Castilla. Embarca el 6 de octubre de 1515 con Montesinos, que le da una carta
de recomendación para el Rey. Las Casas ya tiene pasaporte para entrar en la
Corte. En diciembre de 1515 llega a Plasencia. El Rey Fernando está postrado
enfermo (muere el 23 de enero de 1516) así que fray Bartolomé solo logra ser
recibido por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, presidente de los asuntos de
Indias en el Consejo Real, al que Las Casas acusa -por despecho por no haber
sido recibido por el rey- de soberbio e indiferente, y de hacer caso omiso de
sus quejas, en contradicción con la opinión de los demás religiosos con los que
se reunió para hablar de la situación de los indígenas.
La leyenda: El
plan de reforma de Cisneros está basado en las ideas de Fray Bartolomé
Realidad: Muerto
Fernando el Católico, Las Casas tuvo que entenderse con el Cardenal Cisneros.
Presentó una cada vez más larga relación de crueldades cometidas por los
españoles en Cuba, La Española, Jamaica y San Juan. Cisneros había percibido de
los dominicos su preocupación por los derechos de los indios. Los franciscanos,
por su parte, defendían una postura más paternalista de los españoles hacia los
nativos. Pese a ser franciscano también, Cisneros optó por una tercera salida,
los frailes jerónimos, y los envió en 1516 a reformar el gobierno de Indias. En
aquellas fechas Las Casas no pertenecía a ninguna de las tres órdenes, y
Cisneros le confirió un cargo de consejero, para mirar por el bien tanto de los
indios como de los españoles. Fray Bartolomé alardeará de haber proporcionado
al cardenal la base para la reforma, y añade en sus textos que recibió también
un título de Protector universal de todos los indios de las Indias. No consta.
Y tales fueron las desavenencias con los jerónimos, que fue destituido de su
puesto, hecho que Las Casas oculta, afirmando sin embargo que fue él quien
renunció.
Leyenda: Fue un
fiel cronista de lo que ocurrió en Indias
Realidad: En todos
los escritos de Fray Bartolomé no hay datos concretos, sólo descripciones
imprecisas, aderezadas de horrores que no aclara ni dónde ocurrieron, ni
cuándo, ni perpetradas por quién. Lo único que se saca en claro es que el
español –cualquiera- parece tener como labor principal en el Nuevo Mundo la
tortura y la matanza de indios.
No sólo describe
salvajadas acontecidas en las tierras adonde él viajó, sino que narra con
vehemencia las que, afirma, se perpetraron donde jamás estuvo ni fue testigo.
Inventa un genocidio indígena, que, según va escribiendo, tiene una cifra de
víctimas diferente. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el
número de víctimas a 15 millones, y finalmente asegura que se pudieron contar
hasta 24 millones de muertos. Cifras que proporciona y cambia arbitrariamente
en la misma obra. Sobra decir que es física y demográficamente imposible. Tanto
por la velocidad de la matanza como porque en la América Precolombina se estima
que la población apenas superaba los 13 millones de habitantes. Claro que
también decía Las Casas que en Santo Domingo había visto 30.000 ríos y que el
borde norte de la isla era más grande que toda Portugal.
Leyenda: Predicó
con el ejemplo y actuó desinteresadamente ayudando a los indios
Realidad: Las
Casas denunció que todo el dinero originario de las Américas era fruto del robo
a los indios. Sin embargo, no dudó en aceptar 100 pesos oro al año como
procurador de los mismos. Ni medio millón de maravedíes al año por ejercer como
obispo para ellos. Ni la pensión de trescientos cincuenta mil maravedíes que se
le designaron al perder el obispado. Nunca ejerció la caridad. No aprendió su
lengua, no tenía un contacto de igual a igual con ellos, nunca hizo por
educarles ni enseñarles algo de provecho. Entre sus congéneres no tenía
especial buena fama. Fray Toribio de Motolinia, clérigo misionero, llegó a
escribir en carta al emperador Carlos V que Las Casas era un hombre bullicioso
y pleitista, injuriador, “yo conozco a De Las Casas quince años (..) y siempre
está escribiendo procesos y vidas ajenas, buscando los males y delitos”.
Leyenda: Se
postuló contra todo tipo de violencia.
Realidad: La única
violencia que denunció y generalizó -exagerando e inventando las cifras- fue la
que ejercieron algunos españoles contra algunos indios. Nunca mostró horror
ante las costumbres nativas, los sacrificios humanos de las religiones
precolombinas, las decapitaciones, la
extracción de los corazones de los niños y las prácticas antropófagas. En su
visión del mundo, los indios eran ángeles pacíficos y los cristianos demonios
destructores.
No sólo eso. En
1531 propone ante el Consejo de Indias que para liberar a los indios de sus
trabajos deberían traerse, desde áfrica, a 4000 negros. Tan buena idea le
parece que en 1542 vuelve a insistir en la introducción de esclavos negros en
las Indias.
En definitiva, no
hay que despreciar la labor de defensa a los indios en las Américas y el
intento de que se aplicaran las justas leyes contra la esclavitud que habían
promulgado los Reyes Católicos. Pero ni fue el único español que procuró el
bienestar de los indios, ni fue un ejemplo de humildad y caridad, ni son
ciertas las barbaridades relatadas, ni es justo que un hombre tan polémico y
unos datos tan inexactos generaran una leyenda negra que España lleva siglos
arrastrando en su historia.
MARCHA DE SAN LORENZO
Por Adrián Pignatelli
Infobae, 22 de Agosto de
2020
Cuando el ministro de Guerra
Pablo Riccheri, que pasaría a la historia como el creador del servicio militar
obligatorio, tuvo en sus manos la partitura de una marcha militar cuyo título
era su propio apellido, se sorprendió. El autor era el uruguayo nacionalizado
argentino Cayetano Alberto Silva, un músico que aún no había llegado a los
treinta años. Silva se desempeñaba en bandas militares, además de haber sido
músico del Teatro Colón y que por cuestiones laborales se había radicado en
Venado Tuerto.
“No le ponga mi nombre”,
respondió Ricchieri, posiblemente por una cuestión de recato y pudor. (…) “Póngale
el lugar donde nací”, pidió. “¿Y dónde nació?”, preguntó el músico. “En San
Lorenzo”.
Así nacería la famosa Marcha
de San Lorenzo.
El
28 de octubre de 1902 fue estrenada oficialmente en el Convento de San Carlos,
testigo del combate de San Lorenzo, con la presencia de las más altas
autoridades oficiales. Y el Ejército Argentino la adoptó como marcha oficial.
El mendocino Carlos Javier
Benielli, amigo de Silva, fue el que el 27 de abril de 1907 le puso la letra.
Cayetano Alberto Silva había
nacido el 7 de agosto de 1873 en San Carlos, Uruguay. En 1898, se estableció en
Venado Tuerto, ya que había sido contratado por la Sociedad Italiana de dicha
ciudad para desarrollar actividades musicales. El 20 de septiembre de ese año
haría su presentación oficial y en 1903 obtuvo la carta de ciudadanía
argentina. Fue en esa ciudad santafecina que compuso, en 1901, la famosa
marcha.
Estaba casado con Filomena
Santanelli y tuvo ocho hijos. Fue músico en el Teatro Colón y director de la
banda de distintos regimientos. Luego se desempeñó como director de la Banda de
Policía de la provincia de San Juan. La de San Lorenzo no fue la única marcha
que compuso; hubo otras, como Curupaytí, Río Negro, 22 de julio y Tuyutí.
Lamentablemente, por
apremios económicos había vendido por 50 pesos sus derechos sobre la Marcha de
San Lorenzo. Empleado policial, para hacer frente a la difícil situación
económica que pasaba, esperaba ser aceptado en la banda de música de la ciudad
de Rosario, mientras tramitaba su reincorporación al Ejército. Agobiado y
deprimido porque no obtuvo ninguno de los dos nombramientos, falleció en
Rosario el 12 de enero de 1920.
Ni aún muerto sería entonces
reconocido. Por ser de raza negra, su madre había sido esclava, la policía de
Santa Fe le negó la sepultura en el panteón policial, y fue inhumado en una
fosa común.
Fama mundial
Lo
que su autor no alcanzó a dimensionar fue la espectacular trascendencia mundial
que logró su composición musical. Permiso mediante, fue ejecutada el 22 de
junio de 1911 en la coronación del rey Jorge V de Inglaterra y es ejecutada en
el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, costumbre que solo se
interrumpió durante la guerra de Malvinas.
Por las estrechas relaciones
que mantenían los ejércitos argentino y alemán a comienzos del siglo XX, la
Argentina le había obsequiado al gobierno alemán la marcha. En cortesía,
Alemania nos obsequió la marcha Viejos camaradas. Cuando las tropas nazis
entraron a París, el 14 de junio de 1940, lo hicieron al compás de la marcha de
San Lorenzo. En desagravio, el general Eisenhower la hizo ejecutar cuando los
aliados entraron a París en agosto de 1944.
Asimismo, la marcha está en
el repertorio de las bandas militares de países de todos los lugares del mundo.
Con respecto al autor de la
letra, Benielli, dedicó su vida a la docencia. Tres escuelas llevan su nombre,
una en la Ciudad de Buenos Aires y dos en Santa Fe. Falleció en 1934 y en el
2005 sus restos fueron trasladados al cementerio de los franciscanos, en el
paraje donde tuvo lugar la histórica batalla de los Granaderos de San Martín.
Para Silva, debieron pasar
más de setenta años para ser debidamente homenajeado. En 1997, sus restos
fueron trasladados al cementerio municipal de Venado Tuerto. La casa que habitó
se transformó en un museo regional. Fue en esa casa donde, por primera vez,
ejecutara en violín la histórica marcha ante una calificada audiencia: su hija
menor.
La escuela en Rosario que
lleva su nombre y su estatua en Venado Tuerto demuestran que, por más que la
historia pueda ser injusta, finalmente el reconocimiento llega.
GUILLERMO MILLER
la vida heroica y olvidada del primer biógrafo
y amigo de San Martín
Por Omar López Mato
Infobae, 7 de Agosto de 2020
Cuando William Miller
(Guillermo Miller) llegó a Buenos Aires en agosto de 1817 era un capitán de
larga trayectoria a pesar de su corta edad. Había peleado junto a Wellington
durante la campaña de España en la Batalla de la Victoria y el asalto de
Bayona. En 1814 participó en el ataque a New Orleans durante el conflicto entre
Inglaterra y Estados Unidos. Volvió a Europa justo a tiempo para combatir junto
al Duque de Hierro en Waterloo. Terminadas las guerras napoleónicas el joven
capitán, que por entonces tenía 20 años y había pasado los últimos 5 años de su
vida peleando, decidió poner sus habilidades de artillero al servicio de la
causa emancipadora.
Llegó a Buenos Aires en 1816
y fue destinado al Ejército de los Andes. En Chile asistió al desastre de
Cancha Rayada donde, gracias a su sangre fría, logró salvar las piezas de
artillería asignadas. Su abnegación le ganó el puesto de Edecán del Libertador.
Como infante de marina participó de la captura de Talcahuano y posteriormente
acompañó a Cochrane en su primera expedición al Callao, donde sufrió quemaduras
a raíz de una explosión. Esta será la primera de las muchas heridas que
surcarán su cuerpo. En Pisco y Valdivia recibió 6 heridas de bala al dirigir
personalmente sus hombres al ataque. Su coraje indómito llamó la atención del
General José de San Martín, quien lo ascendió y lo señaló como segundo al mando
del Regimiento 8 de infantería.
Hombre de mar y tierra, jefe
de caballería, infantería y artillería, su versatilidad guerrera fue de gran
utilidad a la causa americana. Premiado con la Legión al Mérito de Chile y la
Orden del Sol en Perú, Miller continuó prestando servicios en la legión peruana
durante las guerras de independencia. Fue nombrado General y con ese grado
participó en las batallas de Junín y Ayacucho, dónde se selló la libertad
americana.
En 1826, Miller volvió a
Londres donde fue recibido con honores. De allí viajó a Bruselas para
entrevistarse con San Martín, a fin de recabar datos sobre la gesta de la
Independencia americana y poder así terminar sus memorias, que por carácter
transitivo son, en parte, las del Libertador.
Luego de ese viaje regresó a
Perú pero las controversias políticas entre los criollos lo obligaron a
desterrarse. Sin embargo, el general Luis Orbegoso lo convocó a su lado, y
compensó los esfuerzos de Miller confiriéndole el grado de Gran Mariscal. Los
conflictos dentro del ejército y las retaliaciones amargaron al inglés, que
partió hacia Ecuador como Ministro plenipotenciario ante el novel país. En 1837
fue nombrado gobernador político del Callao donde, una vez más, demostró sus
dotes como administrador. Sin embargo, las habladurías y conspiraciones
pudieron más y Miller fue borrado del escalafón militar. Durante años actuó
como cónsul británico en Hawaii.
Afectado por sus viejas
heridas -especialmente por una bala que había comprometido su hígado- intentó
viajar a Inglaterra, pero el antiguo guerrero, el valiente inglés, finalmente
murió antes de partir. El mariscal Ramón Castilla repuso sus títulos y honores.
Su cuerpo fue enterrado en el cementerio británico de Lima y posteriormente
trasladado al Panteón de los próceres de dicha ciudad.
Sus Memorias -Memoirs of
general Miller: In the service of the republic of Peru- fueron publicadas en
Londres en 1829 y traducidas al castellano por el General español José María
Torrijos. La obra recibió críticas por algunas afirmaciones controvertidas en
su relato de los acontecimientos. Varios compañeros de armas expresaron sus
disensos, entre los que se contaba el coronel O´Brien quien, sintiéndose
agraviado, quemó en público las Memorias.
Los originales fueron
cedidos por la viuda de Miller al Dr. Ángel Carranza, quien los atesoró en la
Biblioteca Nacional de Argentina. Miller fue amigo y confidente del Padre de la
Patria, valiente hasta lo temerario, leal defensor de la libertad de los
pueblos. Sus imprecisiones como narrador no le restan en absoluto la gloria que
supo ganarse en el campo de batalla.
*Omar López Mato es
historiador y autor del sitio Historia Hoy
EL DÍA QUE SAN MARTÍN CASI MUERE LINCHADO
y cómo ese episodio marcó su
pensamiento político
Por Claudia Peiró
17 de Agosto de 2020
Era el año 1808. Francia y
España habían sido aliadas por muchos años frente al común enemigo inglés. Pero
cuando Napoleón forzó la abdicación tanto de Fernando VII como de su padre,
Carlos IV, y puso a su hermano, José Bonaparte, en el trono español, se produjo
un levantamiento popular masivo en toda la península en defensa de la
independencia y de la corona. Fue tal la dimensión de la reacción española, que
Napoleón en persona tuvo que ponerse al frente de su ejército y entrar a España
para enfrentarla. Siguieron años de luchas encarnizadas, de cuya crueldad y
salvajismo -por ambos lados- dejó testimonio el gran pintor Goya, y que
culminaron con la retirada de los franceses en 1813.
Los primeros momentos de ese
levantamiento fueron confusos. Por años los ejércitos españoles y franceses
habían sido aliados y muchos militares españoles se habían formado profesional
e intelectualmente bajo la influencia francesa. Cuando José de San Martín llegó
a Buenos Aires, en sus baúles había unos 3.000 libros, la mayoría en francés,
idioma que dominaba.
En el momento en que España
se levanta contra Francia, los políticos y militares españoles más ilustrados y
moderados fueron acusados de “afrancesados”, lo que en el marco de la violencia
que se vivía podía costar la vida.
Amigos de San Martín han
sido testigos de que el General llevaba siempre consigo una miniatura con el
retrato de un hombre al que apreció y admiró: se trataba del general Francisco
María Solano Ortiz de Rozas, Marqués del Socorro y Marqués de la Solana, muerto
en ese tumultuoso año de 1808, en horribles circunstancias que San Martín jamás
olvidaría.
Militar de origen noble,
nacido en Caracas en el año 1768, Solano pertenecía al arma de Caballería y era
uno de los jefes militares españoles más experimentados y reconocidos. Se había
destacado en muchas campañas. Había servido como voluntario en el ejército
francés del Rin a las órdenes del general Moreau y había participado de la
guerra contra Portugal con los franceses como aliados. Ahora le tocaría
enfrentarlos.
A fines de mayo de 1808,
Solano era gobernador de Cádiz y José de San Martín, que por entonces tenía 30
años, era su edecán.
Cuando llega la noticia del
alzamiento de Madrid contra los franceses, que se iba extendiendo a toda la
península, al gobernador Francisco María Solano se lo creyó en connivencia con
los franceses porque no quiso llamar de inmediato a la insurrección y publicó
un bando aconsejando prudencia y moderación. Conocedor de la situación y de la
correlación de fuerzas, argumentaba que era necesario prepararse pues una
guerra contra los franceses no sería una campaña corta. Estas consideraciones
que pesaban en su decisión eran sutilezas difíciles de transmitir a un pueblo
exacerbado.
Y mientras Solano evaluaba
que era “aventurado” declararse “abiertamente contra Francia”, sin medios
suficientes para vencer, los ánimos se iban exaltando al calor de la prédica de
los más furibundos antifranceses, en especial de enviados que la Junta formada
en Sevilla había despachado para incitar al pueblo de Cádiz al levantamiento.
En el puerto de Cádiz se
encontraba además estacionada la escuadra francesa, cuyo jefe, en previsión,
había intercalado sus naves con las de España, hasta ayer su aliada. Un ataque
contra los barcos franceses sería imposible sin dañar la propia flota. “El
escenario por la cercanía de las tropas francesas, hasta hacía poco supuestas
aliadas -escriben José Carlos Macía Arce y José Martín Brocos Fernández en una
reseña sobre el Marqués de la Solana para la Real Academia de Historia de
España-, era delicado, incómodo y confuso, incomodidad acrecentada por las
sutiles maniobras del almirante francés F. E. Rosilly-Mesros, mezclando los
barcos fondeados y teniendo los navíos franceses siempre bajo tiro de cañón a
los navíos españoles”.
Y, como lo describe el
historiador gaditano Ángel Mozo -citado en el mismo artículo, “la plebe fue
confundida en sus ideales por los emisarios llegados de Sevilla y las voces de
traición dirigidas contra Solano se escucharon con demasiada insistencia en la
noche gaditana. La muchedumbre acoge bien la calumnia, la adoba y la engorda a
sus anchas”.
El resultado fue la tragedia
que se cobró la vida de Solano y por poco la de nuestro San Martín.
El día 29 un ayudante de
Solano anuncia al pueblo que no era posible atacar a la escuadra francesa sin
dañar la propia. Pero el aviso sólo caldeó aún más los ánimos. Convencida de que
había una complicidad del General con los franceses, la muchedumbre no se
dispersaba. El general Solano salió al balcón. Sus explicaciones fueron
ahogadas por el griterío de la gente que del reclamo verbal pasó a la acción
atacando la Capitanía. La puerta fue derribada y la guardia superada por una
horda exaltada y furiosa a la que ni los disparos al aire pudieron frenar.
Juan García del Río describe
así lo que pasó: “Se hallaba (San Martín) en Cádiz de Edecán del Marqués de la
Solana, que le apreciaba sobremanera, y le trataba con la última intimidad,
cuando este general fue asesinado por el populacho gaditano el 30 de Mayo de
1808. En aquella ocasión confundieron a San Martín con La Solana, a causa de la
semejanza personal que entre ambos había; y poco faltó para que fuese víctima
de semejante error”.
Hay dos vías por las que
García del Río pudo conocer el episodio: una confidencia del propio San Martín,
de quien fue amigo y ministro durante el Protectorado en Perú y antes
colaborador en Chile; o bien fue testigo de los hechos, pues García del Río se
encontraba cursando sus estudios en Cádiz en esos años.
El artículo de la Real
Academia de Historia da más detalles sobre el episodio: “Inicialmente, dado el
parecido físico, confundieron al general Solano con el capitán José de San
Martín, a la sazón oficial de guardia, ayudante de campo, del general Solano y
años más tarde uno de los principales próceres de la secesión de los
territorios españoles en Hispanoamérica. San Martín resultó herido mientras el
general Solano logró escapar y refugiarse en la casa de una amiga irlandesa, la
señora María Tucker, viuda de Strange. Un grupo armado irrumpió en la casa y lo
encontró. Solano se resistió a su detención matando a uno de los atacantes,
pero, superado numéricamente, lograron reducirlo, lo maniataron y a empellones
lo condujeron hacia la plaza de San Juan de Dios. La masa exaltada, creyéndole
colaboracionista con el francés, exigía su inmediata muerte, e improvisó un
patíbulo para ahorcarle. En ese momento, una mano le apuñaló por la espalda
causándole la muerte instantánea. Aquí las crónicas históricas presentan dos
versiones: hay quien asigna el hecho a una mano amiga que quiso ahorrarle la
humillación de morir como un reo común, contando la acción asesina con la
aquiescencia del propio general Solano, y hay quienes, por el contrario, lo
atribuyen a una mano enemiga conducida por el odio y la ira.”
En 1817, la Corona española
rehabilitó al malogrado jefe español de San Martín, ordenando “que se anuncie y
publique [...] la inocencia del Teniente General D. Francisco Solano, y que [el
Rey] se halla muy satisfecho de sus buenos servicios, sin que de manera alguna
pueda ofender y perjudicar la memoria de tan digno Jefe, ni la de su familia,
la desastrosa muerte que sufrió en la plaza de Cádiz, la tarde del 29 de mayo
de 1808”.
El Libertador por su parte
conservó siempre como reliquia el retrato de Solano. Conociendo las calidades
de ese jefe, no sólo en lo militar sino como administrador, es posible medir el
dolor que su horrible muerte habrá causado a San Martín. Como gobernador de
Cádiz, Solano había sido muy apreciado. No sólo había fortificado la ciudad
sino que la había modernizado y fundado escuelas gratuitas basadas en el método
del célebre pedagogo suizo Johann H. Pestalozzi. Una administración en la que
posiblemente San Martín se haya inspirado para su gobernación en Cuyo.
Del traumático episodio de
ser testigo de la muerte violenta de un hombre por él tan apreciado, le quedó a
San Martín una profunda aversión a la anarquía y al desorden social. Claro que
también influían en ello su formación y su carácter.
Durante todo su periplo
americano rechazó siempre intervenir en las luchas fratricidas y promovió
gobiernos de unidad y orden. Hasta respaldó los proyectos monárquicos por
considerarlos más adecuados para frenar la dispersión geográfica y política de
los pueblos americanos.
Durante su exilio en Europa,
buscó siempre alejarse de las convulsiones sociales. En 1830 abandonó una
Bélgica sublevada que buscaba su independencia de Holanda.
Más tarde, en 1848, dejará
París, la ciudad donde había transcurrido la mayor parte de su exilio, cuando
un estallido popular causó la abdicación de Luis Felipe y el fin de la
Monarquía de Julio -una monarquía temperada que San Martín valoraba- dando paso
a una República muy inestable.
En carta a Juan Manuel de
Rosas, fechada en noviembre de 1848, ya desde Boulogne-sur-mer, San Martín
expone claramente sus motivos:
“Para evitar que mi familia
volviese á presenciar las trágicas escenas que desde la revolución de febrero
se han sucedido en París, resolví transportarla a este punto
[Boulogne-sur-mer], y esperar en él, no el término de una revolución cuyas
consecuencias y duración no hay precisión humana capaz de calcular (...); mi
resolución es la de ver si el gobierno que va a establecerse según la nueva
constitución de este país ofrece algunas garantías de orden para regresar a mi
retiro campestre [N.de la R: se refiere a su casa de Grand Bourg, en las
afueras de París], y en el caso contrario, es decir, el de una guerra civil
(que es lo más probable), pasar a Inglaterra, y desde este punto tomar un
partido definitivo”.
Y agrega: “En cuanto a la
situación de este viejo continente, es menester no hacerse la menor ilusión: la
verdadera contienda que divide su población es puramente social; en una
palabra, la del que nada tiene, tratar de despojar al que posee; calcule lo que
arroja de sí un tal principio, infiltrado en la gran masa del bajo pueblo, por
las predicaciones diarias de los clubs y la lectura de miles de panfletos; si a
estas ideas se agrega la miseria espantosa de millones de proletarios, agravada
en el día con la paralización de la industria, el retiro de los capitales en
vista de un porvenir incierto, la probabilidad de una guerra civil por el
choque de las ideas y partidos. ... (...)”
En coincidencia con estas
expresiones, tenemos el testimonio de Alfred Gérard, escritor y periodista, uno
de los últimos amigos de San Martín -era su anfitrión en Boulogne-sur-mer-, que
tras la muerte del Libertador escribió un largo artículo, publicado el 22 de
agosto de 1850, donde dice: “Por encima de todo, la increíble debilidad de esta
burguesía parisina que quería una reforma y se dejaba imponer la República por
un puñado de facciosos, todo ese espectáculo afligió de nuevo su alma. Hizo
revivir en él los amargos recuerdos de escenas de desorden a las que tantas
veces lo expuso su vida aventurera”.
Esta reflexión de Gérard
hace pensar que posiblemente él también conocía el episodio gaditano de 1808.
Horror a la anarquía, pero
también a la demagogia y a un igualitarismo social que, al realista y
pragmático que era San Martín, debía resultarle peligrosamente utópico. Así lo
explica Gérard: “(San Martín) Tenía por el obrero una verdadera simpatía; pero
lo quería laborioso y sobrio; y nunca hombre alguno hizo menos concesiones que
él a esa popularidad despreciable que se quiere obsequiosa con los vicios de
los pueblos”.
Otro de los dibujos de Goya
sobe la llamada Guerra de Independencia de España
Otro de los dibujos de Goya
sobe la llamada Guerra de Independencia de España
Y agrega: “(El general San
Martín) no concebía nada más culpable que las impaciencias de reformadores que,
bajo pretexto de corregir los abusos, trastornan en un día el estado político y
religioso de sus países. ‘Todo progreso, decía, es hijo del tiempo’(…) ...la
libertad es el más preciado de los bienes, pero no hay que prodigarla a los
pueblos nuevos. La libertad debe estar en relación con la civilización. ¿No la
iguala? Es la esclavitud. ¿La supera? Es la anarquía”.
En las instrucciones que San
Martín redacta el 1° de enero de 1819 para una misión de espionaje a Lima, se
puede leer: “Toda conmoción popular tiene tres tiempos difíciles [antes,
durante y después de la ejecución] (...) [La multitud] no debe tener más parte
que en el acto indivisible de la ejecución (...) La multitud, y principalmente
la esclavatura no pueden ser movidas sino magnificando sus temores o abriendo
sus esperanzas. Lo primero puede hacerse fácilmente [pero] lo segundo exige un
gran tino y habilidad. No se debe hacer promesa que no se pueda o no se deba
cumplir. El objeto de la Revolución es el de la felicidad de todos: una
repentina emancipación de los Esclavos, y un saqueo indistinto de las propiedades
precipitarían el país en la más espantosa anarquía, de modo que aún la multitud
misma y los esclavos serían víctimas de la disolución general. Así pues, todos
deben creer que serán gradualmente libres, gradualmente ricos, gradualmente
felices...”