SAN MARTÍN Y BRAYER EN MAIPÚ



 Conjura y traición

Por Florencia Grosso

 Miembro de número de la Academia Sanmartiniana

El 5 de abril de 1818, el Ejército Unido de Argentina y Chile derrotaba en la batalla de Maipú el absolutismo monárquico en el sur del continente. Prestigiosos historiadores la han estudiado, mencionando un hecho conexo a la misma, que parece incidental, pero que fue producto de oscuros designios. San Martín y sus hombres dejaron testimonio escrito del episodio. Se trata de la decisión de San Martín de echar por cobardía de las filas del ejército antes de la batalla, al general francés Michel Brayer, ingresado al ejército con honorables títulos.

En 1910, conmemorando el Centenario de la instalación de nuestro Primer Gobierno Patrio, el Museo Histórico Nacional publica: “Memorias y autobiografías”. En el T. III se halla: “Exposición de la Conducta del Teniente General Brayer durante el tiempo que ha estado en la América del Sur. La publica el general San Martín con su contestación”, Buenos Aires, 1818.

Es la transcripción de las quejas y acusaciones del general Brayer contra San Martín y los Jefes del Ejército desde Buenos Aires, donde se estableció luego de la expulsión de sus filas. Contiene a su vez la contestación y refutación de San Martín y en oficio separado la de los Jefes con las firmas de todos ellos, así como una Testificación del general O´Higgins.

San Martín escribe su contestación el 7 de octubre de 1818, dirigida a Antonio González Balcarce, General en Jefe del Ejército Unido en Chile, atento a las acusaciones en su contra: “Suplico a V.S. y demás oficiales del ejército que con la imparcialidad propia de su honor , me acusen de todas las faltas cometidas desde la salida de Mendoza. Yo solo me contraeré a personalidades que el señor Brayer afirma que he tenido con él, y a los motivos que me impulsaron a separarlo del mando de la caballería”. 

Dice: “Las columnas marchaban al enemigo, en ese momento crítico se me presentó el señor Brayer cojeando y solicitando licencia para pasar a los baños de Colina. Mi contestación fue que en el término de media hora íbamos a decidir la suerte de Chile, y que dichos baños quedaban a 13 leguas y el enemigo media, podía quedarse si sus males se lo permitían, el señor Brayer me contestó que no estaba en estado de hacerlo, ya que su antigua herida no se lo permitía”. Esta respuesta me exaltó, mi primer impulso fue pasarlo por las armas, no pude contenerme en decirle públicamente: Señor general, el último tambor del ejército tiene más honor que V.S.”.

Brayer dedica a San Martín juicios ofensivos. Dice: “Se han visto hombres prostituir lo que hay de más sagrado y respetable y en quienes la bajeza de los celos han sofocado todas las ideas de decoro que a sí mismo se deben”. Lo acusa de “una ambición desenfrenada”, de tomar medidas erróneas en la estrategia de la guerra, “sin que pudiese encontrar en mí un servil admirador de sus ideas”. “Indignamente se ha esparcido la voz de que yo rehusé entrar en el asunto de Maipú ¡Mentira abominable!...Yo fui repulsado y olvidando él la dignidad de su carácter, su odio se manifestó con los acentos de la intemperancia y el furor” No menciona su pedido de retirarse para atender su antigua herida, lo que indignó al Gran Capitán.

Los oficiales del ejército sostienen la palabra del Libertador. Acusan al francés de hechos públicos de cobardía. Haberse arrojado a tierra en Talcahuano ante el silbido de una bala de cañón, abandonar al coronel Freire, a quien debía proteger a orillas del río Lontué, desaparecer después de Cancha Rayada sin intentar reunir la tropa. Expresan: “Fue reconocido por la tropa con nombres que lo honran poco. Su conducta ya está ante el público y con esta sincera exposición, será detestable el nombre del ingrato y cobarde Brayer”.

¿Pero fue cobarde? Condecorado por el ejército francés, era Conde del Imperio, Par de Francia, y su nombre está inscripto en el Arco de Triunfo de París. En realidad, su proceder pusilánime fue más forzado que intrínseco a su naturaleza, se obligó a serlo ante la necesidad de conservar su vida para el objetivo superior que se había fijado. Para él, el fin justificó los medios. 

Bonapartista acérrimo, se había infiltrado en el ejército, formando parte de una conjura armada por los enemigos de San Martín, O´Higgins, Pueyrredón y todos los que llevaban adelante la empresa libertadora. Sus integrantes eran emigrados franceses, que planeaban liberar a Napoleón de Santa Elena y establecer un imperio napoleónico en el Río de la Plata, los hermanos Carrera, chilenos, que desplazarían a O´Higgins, instalando a José Miguel Carrera o Manuel Rodríguez en el gobierno y a Brayer como Jefe del Ejército, mientras Alvear reemplazaría a Pueyrredón en Buenos Aires. Entre sus objetivos estaba el asesinato de San Martín y O’Higgins.

Descubiertos, los cabecillas fueron ejecutados, Juan y Luis Carrera en Mendoza en 1818 y los franceses en Buenos Aires en 1819. José Miguel, que huyó a Montevideo donde estaba Alvear, también lo fue en Mendoza en 1821. Brayer, involucrado, se escondió en el ejército. Huido a Montevideo, en 1821 egresó a Francia.

Cuando San Martín eleva su Exposición, sus sospechas son certidumbre. Dice de Brayer: “Finalmente se descubrió su manejo, era el más negro que se haya inventado”. No habla ya de cobardía, sino de conjura y traición.














QUINIENTOS AÑOS DE LA PRIMERA MISA



en suelo argentino; quinientos años de la Patria

P. Christian Viña

Infocatólica– 26/03/20


Le doy gracias a Dios por haberme regalado esta ocasión de visitar, nuevamente, a nuestra querida Madre Patria, España. Y les agradezco a los hermanos de InfoCatólica por la gentileza de invitarme a este encuentro de catolicismo y de hispanidad; o sea, de lo más noble que hay en nuestras almas.
Poder rezar ante la tumba de Santiago de Liniers, caballero cristiano, aquí en Cádiz, es para mí el cumplimiento de un anhelo largamente esperado. Y es un deber de gratitud, en los umbrales de los 500 años de Argentina; porque gracias a su heroica expulsión de los ingleses, tras las invasiones que padecimos en 1806 y 1807, en nuestro país hablamos español, y somos católicos…

El 1º de Abril de 1520, Domingo de Ramos, el padre Pedro De Valderrama, nacido en Écija, a bordo de la expedición de Hernando de Magallanes –quien buscaba un paso que uniera los dos océanos, el Atlántico, y el Pacífico– celebró en el actual Puerto San Julián (Provincia de Santa Cruz), la Primera Misa en lo que es hoy es Argentina. La historia es cristocéntrica pues Jesucristo, nacido en la plenitud del tiempo (Gál 4, 4), es el Señor del Tiempo. Y, por lo tanto, dicha Misa debe ser considerada el acontecimiento fundacional de la Argentina. Como escribió el investigador Héctor Fasoli, la Argentina tuvo así el singular designio de haber nacido primero espiritualmente, y después de manera secular; ya que la Eucaristía se celebró 33 años antes de que se fundara la primera población políticamente reconocida, Santiago del Estero, en 1553. Y añade: Cristo entró a la Argentina el mismo día que entró en Jerusalén, en busca de su destino anunciado y glorioso. El Dios de todos los hombres volvió a entrar en América, pero esta vez por su extremo más alejado, estéril de riquezas, sin conquistadores, y sin conquistados. Podríamos decir, para usar una expresión actual, que Cristo vino a la Argentina por la periferia…

El padre Valderrama bautizó, luego, a algunos de los que se diera el nombre de patagones; indígenas precolombinos, mal llamados originarios, como gusta denominarlos, actualmente, la corriente indigenista, antihispánica, de raigambre marxista, y al servicio del globalismo mundialista. Bien sabido es que los primeros habitantes del que luego sería llamado el continente americano, empezaron a llegar a través del Estrecho de Bering, no antes de 14.000 años antes de Cristo, procedentes del noreste y del oriente de Asia. Entonces, puede hablarse, en América, por ejemplo, de fauna, o flora originarios; pero nunca de pueblos originarios.

La Misa de la que hablamos –acción soberana por excelencia, pues expresa la absoluta Majestad de Jesucristo sobre todo lo creado– tuvo lugar 290 años antes de la Revolución del 25 de Mayo de 1810; que terminó con el Virrey español Baltasar Hidalgo de Cisneros, y estableció en nuestras pampas el primer gobierno autóctono. Dicha Revolución, entonces, no puede tomarse como el nacimiento de la Patria Argentina; como insiste machaconamente la propaganda historiográfica oficial, de cuño liberal y masónico.

Aquella Primera Misa en nuestra actual Argentina, se celebró al comenzar el siglo XVI; el llamado Siglo de Oro español, que dio en nuestra Madre Patria a figuras de la talla de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, Fray Luis de León, y Lope de Vega, entre tantos otros. Pocos años después, el primer Adelantado, Pedro de Mendoza, fundó en 1536, el puerto de Nuestra Señora del Buen Aire, en zona habitada por indios charrúas, guaraníes, y de otras tribus. Fue la primera fundación de Buenos Aires; que debió ser fundada otra vez, en 1580, por el también español, Juan de Garay, luego de que fuera despoblada por las permanentes invasiones de los nativos. Y ya que hablamos de aquel memorable Siglo de Oro español, debemos destacar que los primeros versos escritos en el Río de la Plata pertenecen al Romance de 1542 del sacerdote Luis de Miranda, capellán de Pedro de Mendoza, y al poema del arcediano Martín del Barco Centenera, cura de Buenos Aires, que vino con el adelantado Ortíz de Zárate, en 1574, y publicó, en 1601, ‘Canto a la Argentina’, bautizando con tal nombre el suelo patrio (P. Aníbal Rottjer, Filón de Patria, Editorial Santa Catalina, Buenos Aires, 1956).

El querido padre José María Iraburu, en su muy recomendable libro Hechos de los Apóstoles de América, destaca que la evangelización del Plata se presentó desde el principio como una tarea sumamente ardua y difícil, que parecía estrellarse con lo imposible. Aparte del mosaico inextricable de pueblos hostiles entre sí, apenas conocidos, y difíciles de conocer por su agresividad, se daba otra dificultad complementaria y grave. Al carecer la tierra de riquezas mineras, el flujo inmigratorio de españoles era muy escaso, menor en cantidad y calidad que en otras zonas privilegiadas, como Perú o México. Aquí los españoles que llegaban habían de limitarse al cultivo de la tierra y a la ganadería con la ayuda, muchas veces difícil de conseguir, de los –o más bien de las– indígenas… Todo eso explica que, a finales del siglo XVI, cuando ya en Perú y México había grandes ciudades, universidades y catedrales, en el cono Sur de América apenas se había logrado una organización aceptable de lo cívico y lo religioso (Fundación Gratis Date, Pamplona, 2003, pág. 392).

Indica, también, el padre Iraburu, que todo había ido muy lento en el Plata durante los siglos XVI y XVII, por las dificultades aludidas, pero ya más tarde las dificultades iban a ser las propias del XVIII y XIX. En efecto, ‘los ministros del despotismo borbónico, que llevaban por bandera el programa de la Ilustración, se oponían a la fundación de colegios y universidades, aun sin gastos para el real erario… Ya había quedado atrás la época en que la Corona hispana apoyaba con fuerza la evangelización, y ahora el Plata hallaba para el Evangelio las mismas dificultades que en el XVIII halló en México San Junípero Serra, o en el XIX en Colombia, San Ezequiel Moreno.

Liniers, héroe de la Reconquista de Buenos Aires
Santiago Antonio María de Liniers y Bremond nació en Niort, Francia, el 25 de Julio de 1753, fiesta de Santiago Apóstol; y de ahí su nombre de pila. Caballero de la Orden de San Juan y de Montesa, fue funcionario de la Corona de España; y por su heroico combate en las fallidas invasiones inglesas de 1806 y 1807 mereció el título de Reconquistador. Y fue por ello, posteriormente, virrey del Río de la Plata, en 1808 y 1809.
En 1775 luego de una breve carrera militar emigró, desde su Francia natal, rumbo a Cádiz para alistarse en la Armada española. En 1776, a bordo de la escuadra de Pedro de Ceballos, partió desde esta ciudad al Virreynato del Río de la Plata. En 1778 fue enviado nuevamente al Plata; dirigió luego la fortificación de Montevideo, y logró el grado de capitán de navío, como jefe de la escuadra española. En 1804, el virrey Sobremonte lo designó jefe de la estación naval de Buenos Aires; y luego lo destinó a la Ensenada de Barragán, en la actual jurisdicción de nuestra parroquia Sagrado Corazón de Jesús, de Ensenada. Mientras estaba allí se produjo la primera invasión inglesa, en 1806. Entró en contacto, en Buenos Aires, con los grupos liderados por Martín de Álzaga, para procurar la expulsión de los usurpadores; y luego partió a Montevideo, en busca de hombres y armas.

El 12 de agosto de 1806 inició la Reconquista de Buenos Aires, atacó la ciudad, venció a los ingleses, y obligó a su gobernador, William Beresford a rendirse. Al año siguiente, en julio, desembarcaron más de diez mil soldados ingleses, procedentes de Montevideo, en Quilmes, cerca de Buenos Aires. Liniers se enfrentó con parte de ellos en el Combate de Miserere. Posteriormente, el 5 de julio, luego de otro enfrentamiento con las tropas enemigas, se obtuvo la rendición de los ingleses, que se comprometieron, también, a devolver Montevideo.

Su acendrada fe, su servicio y lealtad a España, y su coraje para enfrentar en absoluta desproporción de fuerzas a las huestes de la Rubia Albión, lo constituyeron en un auténtico defensor de nuestra fe; honra de nuestra estirpe iberoamericana. Poco después de aquellas épicas jornadas, el padre Pantaleón Rivarola, en memorables versos, escribió:


Pero ¡oh valor español,
Superior a cuanto pueda
Referirse en las historias,
Fábulas, romances, poemas!
Cuarenta y nueve resuelven
Mantenerse en la palestra,
Y sostener el ataque
De toda la gente inglesa.
Y vos, ¡oh! gran Carlos Cuarto,
Dueño y señor de esta tierra,
Recibid los corazones,
Que con amor os presentan
Estos humildes vasallos
Que tan distante os veneran
No queremos otro Rey,
Más corona que la vuestra.
Viva España, en nuestros pechos
Nuestra lealtad nunca muera.
El General Liniers, cual bravo Marte,
Atravesó las quintas por el centro;
De sus bravas legiones, solo parte
Pudo al Anglo salir al duro encuentro,
Y en lo de Miserere, sin baluarte
Batiéndolo, le impiden entrar dentro[i]


Y en uno de mis libros, poco antes del Bicentenario de aquella gesta, escribí:

De francesa cuna y español servicio
En el Plata defendiste raíz, lengua y cristianismo.
La revancha masónica buscó tu suplicio
Intensa balacera decretó con cinismo.
No supiste de traición ni apostasía
Incólume fue en el bosque tu grandeza
Entraste de pie en la eterna melodía
Rosario en mano; esplendor de la belleza
Seguro Servidor de Dios y de María…[ii]


Liniers, tras estos contundentes triunfos militares, fue Virrey en 1808 y 1809. Pero, al ser tomado prisionero el rey Fernando VII, por las fuerzas de Napoleón, fue acusado falsamente de traicionar a España, por lo que se dispuso su reemplazo por Baltasar Hidalgo de Cisneros.
Instalado en Córdoba, y cuando se disponía a regresar a España, tomó conocimiento de la Revolución de Mayo de 1810, fogoneada por la Ilustración, y las logias; envalentonadas por el triunfo de la revolución masónica, en Francia, en 1789. Junto a Juan Gutiérrez de la Concha, gobernador intendente de Córdoba del Tucumán, el Obispo de Córdoba Rodrigo de Orellana, y el coronel Santiago Allende, entre otros, organizó entonces la contrarrevolución. Son memorables sus palabras de entonces: la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria, en la que se halla debido el atroz usurpador Bonaparte, es igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal del que probablemente se salvaría, lo asesina en la cama para heredarlo.

Capturado por Antonio González Balcarce, el 28 de julio la Junta decidió su fusilamiento, y el de sus compañeros. Únicamente, el padre Manuel Alberti, miembro de la Junta, por ser sacerdote, no firmó dicha orden.
Junto con los demás jefes de la resistencia, Juan Gutiérrez de la Concha, Victorino Rodríguez, Santiago Allende y Joaquín Moreno, Liniers fue fusilado cerca de Cabeza de Tigre, en el sudeste de Córdoba. Solo salvó su vida, in extremis, el Obispo Orellana, por su estado sacerdotal.

En 1862, el gobierno argentino, a pedido de la corona española, dispuso que los restos de Liniers y de Gutiérrez de la Concha, fueran traídos hasta la Madre Patria, donde se los recibió con grandes honores militares. Aquí, en Cádiz, en el Panteón de los Muertos Ilustres, de San Carlos, en su monumento, dice: Aquí reposan las cenizas del Excmo. S. D. Santiago de Liniers, Jefe de Escuadra y Virrey que fue de Buenos Aires y del S.D Juan Gutiérrez de la Concha, Brigadier de la Armada y Gobernador Intendente de la Provincia de Córdoba del Tucumán.

Otras invasiones de Inglaterra y Francia
Además de las dos citadas, la naciente Argentina sufrió otras invasiones de Inglaterra, y de Francia. El 3 de enero de 1833, Gran Bretaña, con dos buques de guerra, desalojó a la guarnición argentina, legítimamente establecida, en nuestras Islas Malvinas. Los invasores remplazaron a nuestros efectivos por súbditos de la potencia ocupante.
Pocos años después, el 20 de Noviembre de 1845, bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, se hizo frente a una poderosa escuadra naval de Inglaterra y de Francia; que pretendía ingresar en nuestros ríos interiores, con claros objetivos de dominación y piratería. Como si aquí, en España, una potencia extranjera quisiera navegar libremente por el Miño o el Duero… Dicha acción de defensa dio lugar al Combate de la Vuelta de Obligado; heroica resistencia de las milicias patrias, en el río Paraná, en el norte de la provincia de Buenos Aires.

Mucho más cercana en el tiempo tenemos la cuarta invasión inglesa, en nuestro suelo patrio, con el desembarco de todo el poderío bélico del Reino Unido, en nuestras Islas Malvinas; luego de la gesta del 2 de Abril de 1982, en el que en un heroico acto de legítima defensa, Argentina intentó recuperar esa querida porción de su territorio, usurpada desde hacía casi 150 años. La Operación de desembarco argentino fue bautizada con el nombre de Virgen del Rosario; en homenaje, precisamente, a la Madre de Dios, ante cuya imagen, en el convento de Santo Domingo, de Buenos Aires, Santiago de Liniers, había prometió solemnemente el 1º de julio de 1806 ofrecerle las banderas tomadas a los ingleses, si la reconquista tenía éxito.

Y así lo hizo, efectivamente, nuestro héroe, el 24 de agosto de ese año. En el libro de actas de la Ilustre Cofradía del Rosario de Mayores, del Convento de Santo Domingo se lee: (Liniers) obló con una solemnísima función -salva triple de artillería- concurso de la Real Audiencia, Cabildo secular e Ilustrísimo Obispo, las cuatro banderas, dos del regimiento número setenta y uno y dos de Marina que tomó a los Ingleses, confesando deberse toda la felicidad de las armas de nuestro amado soberano, al singular y visible patrocinio de Nuestra Señora del Rosario o de las Victorias… ¡Admirable fe, de un auténtico caballero cristiano!

Más de dos siglos después de la gesta de Liniers, y sus hombres, frente al poderoso invasor inglés, nuestra Argentina continúa hoy ocupada por esta potencia extranjera. La usurpación de nuestras Islas Malvinas –adonde ha instalado una poderosa base militar- por parte de Gran Bretaña es una herida sangrante en nuestra patria; y, claro está, en toda Iberoamérica.

Hoy sufrimos, de cualquier modo, una invasión mucho más extendida; no únicamente en la Capital, en nuestras islas australes, y en nuestros ríos interiores. Las logias masónicas, el globalismo mundialista, y las ideologías disolventes, promovidas por la usura financiera internacional, y sus organizaciones serviles, como las Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial, la OEA, y otras, nos invaden hasta lo más hondo de nuestro ser nacional. Claro está, con la profunda colaboración, por activa o por pasiva, de los gobernantes propios que, por derecha o por izquierda, son serviles a ese nefasto Nuevo Orden Mundial. Hoy estamos invadidos por el narco – porno – liberal – socialismo del siglo XXI; atenazados por los supuestos extremos del arco ideológico, para robarnos la fe, la patria y la familia.

Cuando el 12 de Octubre de 1492, en la fiesta de la Virgen del Pilar, Cristóbal Colón desembarcó en América, dio comienzo la mayor epopeya que conociera la humanidad; mucho más grande que cualquier otra conquista, la llegada a la luna, u otro logro de la inteligencia y el coraje humanos. Ese día glorioso comenzó a ganarse todo un continente para Cristo, gracias a los Reyes Católicos; especialmente, a Isabel de Castilla, por cuya pronta beatificación rezamos todos los días.

Manuel Sánchez Márquez, en su libro La educación católica (Buenos Aires, 1998) destaca que el término de la fe es la salvación. A eso apunta precisamente. Esto bien lo sabía la España colonizadora, y a eso apuntaba la evangelización. En efecto, con el bautismo del indígena se le otorgaba la categoría de hijo de Dios al que ya era, por la anexión a la corona, súbdito de los reyes. El fin de la evangelización era que los indios se salvaran.
Solo como muestra de ello basten estas palabras del emperador Carlos V, en 1529: Y porque la principal yntención que Nos tenemos, en el descubrimiento de las tierras nuevas, es porque a los abitadores y naturales dellas questán sin lumbre de fée e conoscimiento della se les dé a entender de nuestra Santa Fée Cathólica para que vengan en conoscimiento della y sean cristianos y se salven.

Nuestra gratitud, entonces, a España, es eterna. A ella le debemos nuestra santa religión, nuestro idioma, y nuestras hondas raíces. De la Madre Patria, nos llegaron infinidad de sacerdotes, religiosos, consagrados y seglares que, anclados en Cristo, forjaron en estos siglos una gloriosa hazaña de redención.

De la tierra de Santiago Apóstol nos llegó el gran Santiago, del que hablamos en este encuentro; que supo dar heroico testimonio de fe y de hispanidad. Hoy, más que nunca, necesitamos de varios Santiagos, de esta, y de aquella otra orilla del Atlántico, para reconquistar para Cristo, y su amadísima Iglesia, a la única España, de los dos continentes…
Las leyes y costumbres que buscan imponernos de desmemoria y hasta de revancha históricas, lejos de amilanarnos, o de recluirnos en actitudes acomplejadas, deben servirnos para dar gracias a Dios por nuestro pasado; evangelizar más y mejor, y dar testimonio heroico y hasta martirial de Jesucristo, para que la fe se haga nuevamente cultura. Hoy, con la manipulación ideológica y tuerta de la historia –y, especialmente, de la más cercana- buscan robarnos el presente, y quitarnos definitivamente el futuro. ¡Volvamos a demostrar, con valentía, a qué raza pertenecemos! 
Y, como se dijo en Argentina, en horas bien difíciles: Quien no tenga patria, o no ame la suya, que olvide su condena, y esconda su dolor. Pero yo tengo patria; la siento, y la bendigo. Su grandeza proviene de Dios, nuestro Señor, nuestro Único Señor…

Notas
[i] Padre Pantaleón Rivarola, «Romancero de las invasiones inglesas» (Escrito tras las invasiones inglesas de 1806 y 1807).
[ii] Christian Viña, «Hoy rodeados de amor». Buenos Aires, 2003.

Conferencia del padre Christian Viña. Parroquia Santo Cristo, de San Fernando, Cádiz, miércoles 15 de enero de 2020

JUAN BAUTISTA BUSTOS



el primer gobernador constitucional de Córdoba

Por: Cultura Cba,  25 de Marzo de 2020

Con motivo del Bicentenario del primer Gobierno Provincial, desde la Agencia Córdoba Cultura hacemos un repaso por la vida de este prócer que luchó contra la invasión británica, forjó la Independencia nacional y encabezó una etapa crucial en la construcción de la soberanía de Córdoba.

Juan Bautista Bustos nace en el Valle de Punilla, en Córdoba, el 29 de agosto de 1779 y muere el 18 de septiembre de 1830 en Santa Fe.

1ra parte: Provincia de Córdoba, libre y soberana

 “Su aparición en el escenario público data de la época en que tuvo lugar la primera invasión inglesa (1806), en que nuestro prócer tenía 25 años de edad. Conocida en Córdoba la audaz agresión británica, que tan vivamente hería los sentimientos de fidelidad hacia la monarquía y las creencias religiosas de todos los pueblos del virreinato, el cabildo resolvió el reclutamiento y envío de tropas hacia la metrópoli”, narra Leopoldo Velasco en “Juan Bautista Bustos y los comienzos del Federalismo”.

Poco falta para el período de la emancipación en el que Bustos tendrá una actuación sobresaliente en el orden político y militar. En reconocimiento a su desempeño, el virrey Santiago de Liniers certificará que Juan Bautista Bustos se ha distinguido “tanto en las fatigas y esmero por disciplinar e instruir militarmente a la compañía de su mando cuanto a la liberalidad y erogaciones que impendió de su peculio y con ahorro de los Reales intereses para uniformarla; todo ello en fuerza de su amor al Real Servicio y a la Patria”, según una carta reproducida en el libro “Juan Bautista Bustos. Una aproximación a su obra a través de los documentos”, una publicación de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Córdoba que reproduce documentos de Bustos.

Desobediencia anunciada
En septiembre de 1819, el general Manuel Belgrano cede a Francisco Fernández de la Cruz el cargo de general del Ejército Auxiliar del Perú. Luego visita a su pequeña hija, Manuela del Corazón de Jesús, nacida en Tucumán en mayo de ese año, y regresa a Buenos Aires, donde fallecerá el 20 de junio de 1820.
La entrega del mando del Ejército Auxiliar tiene lugar en un sitio histórico muy importante para Córdoba, como es la Capilla de Pilar. El oratorio es uno de los lugares que integran el conjunto de bienes culturales de la provincia. Recientemente, la capilla fue objeto de una profunda obra de restauración a cargo del Gobierno de Córdoba.

Un paso hacia la autonomía
Un acendrado sentimiento nacionalista congenia con un encendido afán por la liberación de los dominios españoles en América. Con el mismo patriotismo que Bustos combate la sombra del imperialismo británico, participa en el Cabildo Abierto de 1810, que destituye al virrey Cisneros y crea la Primera Junta de Gobierno.
La postura de Bustos en favor de la unidad nacional choca con la intensión del  poder central con asiento en Buenos Aires de utilizar el Ejército Auxiliar del Perú para reprimir conflictos con provincias hermanas, Santa Fe y Entre Ríos. En ese trance, el oficial del Ejército del Norte es capaz de desobedecer una orden del Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, José Rondeau, en el sentido de defender a Buenos Aires de un ataque de Estanislao López y Francisco Ramírez, caudillos de Santa Fe y Entre Ríos, respectivamente.

En efecto, la noche del 7 de enero de 1820, el Ejército Auxiliar vive las horas previas al motín. Bustos, José María Paz, su comprovinciano, y el tucumano, Alejandro Heredia, están a punto de asestar un golpe contra el centralismo porteño.

Arequito, un hecho significativo
El descontento estalla en la Posta de Arequito, provincia de Santa Fe. “Las facciones que se han alternado en Buenos Aires desde el 25  de mayo de 1810, arrebatándose el gobierno las unas a las otras, se creyeron todas sucesoras legítimas del trono español, respecto de nosotros y con un derecho ilimitado para mandarnos sin escuchar jamás nuestra voluntad”, expresa Bustos en un oficio del 3 de febrero de 1820, dirigido a los gobernadores de Tucumán y Salta sobre las razones del motín.

“Las armas de la Patria distraídas del todo de su objeto principal ya no se empleaban sino en derramar la sangre de sus conciudadanos, de los mismos  cuyo  sudor y trabajo les aseguraba la subsistencia”, continúa Bustos en el documento citado, transcripto en “Juan Bautista Bustos. Una aproximación a  su figura a través de sus documentos” (Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba (Sección Gobierno, año 1820, tomo 69, folio 62).

“Una revolución federal”
“El gobierno central, después de conquistar la Independencia, se había mostrado inhábil para constituir la república democrática y hacer concurrir las fuerzas populares al sostén de la autoridad, que nace de la ley libremente consentida”, afirma Roberto Peña en el artículo “Juan  Bautista Bustos y el Federalismo doctrinario de Córdoba”.
Los cambios políticos también se precipitan en Córdoba. Tras la renuncia del gobernador José Antonio Castro, su sucesor, José Javier Díaz, un precursor de las ideas federales en Córdoba, asume el cargo provisoriamente entre el 19 de enero y el 19 de marzo de 1820.

En “Juan Bautista Bustos en el escenario nacional y provincial”, Carlos Segreti interpreta que en Córdoba se produce una “revolución federal”. Segreti continúa: “El 15 de febrero (1820), Díaz se dirige a los habitantes de la campaña convocándoles para que se reúnan en las respectivas pedanías y elijan un compromisario (delegado) por cada una de ellas; los compromisarios, a su vez, se reunirán en los respectivos curatos y, en elección presidida por el juez, el cura y un vecino honrado elegirán al representante que deberá dirigirse a la ciudad para declarar solemnemente la independencia, designar gobernador titular y a los miembros de la asamblea constituyente y legislativa, porque esta será la encargada de dictar las leyes fundamentales y ordinarias”.

La asamblea soberana
El gobernador Díaz convoca a una Asamblea de Representantes, la que queda conformada por diputados de la Capital, Villa del Rosario, La Carlota y Río Cuarto, Río Tercero, Tercero Arriba, Pocho, Tulumba, Río Seco, Santa Rosa de Calamuchita, Ischilín, San Javier y Anejos, detalla Efraín U. Bischoff en “Autonomía de Córdoba”.
“José Javier Díaz incorpora así al derecho público provincial cordobés el sufragio universal y obligatorio, casi dos años antes que en Buenos Aires. Sufragio universal, porque puede votar todo hombre de 20 años; obligatorio porque debía hacerse saber a todos”, subraya Segreti.

Córdoba se declara independiente
En efecto, la Asamblea declara, el 18 de  enero de 1820, el nacimiento de un nuevo orden institucional: “la soberanía de esta provincia reside en ella misma y por su representación en esta asamblea, entre tanto se arregla su constitución; que como tal provincia libre y soberana, no reconoce dependencia ni debe subordinación a otra; que mira como uno de sus principales deberes la fraternidad y unión con todas y las más estrechas relaciones de amistad con ellas, entre tanto reunidas todas en un congreso general, ajustan los tratados de una verdadera federación, en paz y en guerra, a que aspira, de conformidad con las demás; que concurrirá con todos  sus esfuerzos y cuanto penda de sus recursos a la guerra del enemigo de la libertad común, aun cuando no se haya organizado la federación de las provincias, sirviéndole de bastante pacto obligatorio a sostenerla por su parte, el honor de toda América, el suyo propio, la fraternidad y más íntima unión que profesa a las provincias hermanas”.

El siguiente paso en la consolidación de la autonomía de Córdoba acontecerá el 21 de marzo de 1820, cuando la Asamblea Provincial elige por mayoría de votos a Juan Bautista Bustos como gobernador de la provincia, cargo que el caudillo asumirá el 24 de marzo de ese año.
El siguiente paso trascendente en la vida institucional será dado en 1821, con la proclamación de la primera constitución provincial. Bustos se convertirá entonces en el primer gobernador constitucional de la provincia.

2da parte: Córdoba construye su destino

“Di el paso que ha sellado la libertad de las provincias de ese yugo ignominioso a que las tenían sujetas las facciones de Buenos Aires”, Juan Bautista Busto en carta a Martín Miguel de Güemes, año 1820.
Alfredo Terzaga, el historiador nacido en Río Cuarto, sintetiza de esta forma el perfil del oficial del ejército convertido en líder político: “Guerrero distinguido en la defensa contra las Invasiones Inglesas, y durante las campañas de la Independencia, Juan Bautista Bustos es también una de las figuras más representativas del auténtico federalismo argentino. Durante su gobierno de Córdoba, que duró desde 1820 a fines de 1829, la provincia adquirió una definida personalidad política”.

Una vez declarada su autonomía, Córdoba da otro paso hacia un nuevo orden institucional, que va dejando atrás definitivamente la herencia colonial, y se encamina a un destino soberano.
La Asamblea de Representantes elige por mayoría de votos, el 21 de marzo de 1820, a Juan Bautista Bustos como primer gobernador constitucional de la provincia. Asumirá el cargo días después, el 24 de marzo de ese año.
“El principio federativo imponía la necesidad de intentar una organización constitucional; ésta fue una de las grandes preocupaciones del gobierno”, afirma Enrique Martínez Paz en “La misión histórica de Córdoba”.

En 1821, cuando Bustos transita los primeros días de gobierno de Córdoba autónoma de las otras provincias, José Gregorio Baigorrí y José Norberto de Allende presentan el texto del Reglamento Provisorio para el Régimen y Administración de la Provincia de Córdoba.

Derechos individuales
La primera constitución “organizó los poderes públicos de la Provincia (…) Reconoció y aseguró los derechos de la personalidad humana, organizó la fuerza militar, se preocupó de la cultura pública y particularmente de proteger la antigua Universidad de la ciudad capital, y dispuso que el Congreso de la Provincia nombrara una comisión de tres individuos de su seno para que velara sobre la observancia del Reglamento”, repasa Carlos Melo en “Constituciones de la Provincia de Córdoba”.

Para Efraín U. Bischoff, el Reglamento es un “instrumento legal de valía, entre sus normas se dispone el funcionamiento de dos cámaras -Representantes y Senadores-; el sufragio universal; debía ser de cuatro años el período gubernativo; ser la religión católica la del estado; asegurar los derechos del hombre como “la vida, la honra, la libertad, la igualdad, la propiedad y la seguridad”.
En su “Historia de Córdoba”, el mismo Bischoff pondera el énfasis que los redactores del reglamento ponen en la libertad de “publicar las ideas por la prensa, el impulso a la educación tanto en el orden primario, como en la esfera universitaria, como así también la decisión de afirmar el orden social”.

En “El gobernador Juan Bautista Bustos y su lucha por la Constitución”, Prudencio Bustos Argañaraz subraya el período de paz y de estabilidad institucional que se abre en Córdoba con el gobierno de Bustos: “Esa estabilidad tuvo su piedra angular en la sanción de la primera Constitución. A su amparo, Córdoba vivió una década de armonía y prosperidad, en la que los derechos de los ciudadanos fueron rigurosamente respetados. El sistema republicano de gobierno y la democracia  participativa  rigieron por primera vez entre nosotros y sus bases quedaron firmemente establecidas”, concluye.

En “Breve historia de Córdoba”, Roberto Ferrero analiza la obra de gobierno de Bustos: “Realizó una administración progresista e ilustrada, de dimensiones civilizatorias notables, dada la época convulsionada en que vivía”.



LA EPIDEMIA DE CÓLERA EN EUROPA



que puso a San Martín al borde del sepulcro


Esta epidemia de cólera, en la década de 1830, casi acaba con la vida de José de San Martín y de su hija Mercedes. Así lo contó el propio Libertador, en carta a su amigo Bernardo de O’Higgins: 
“El cólera nos invadió a fines de marzo y mi hija fue atacada del modo más terrible. Yo caí enfermo de la misma epidemia tres días después; figúrese Ud. cual sería nuestra situación, no teniendo por toda compañía más que una criada; afortunadamente, el día antes de la enfermedad de Mercedes, el hijo mayor de nuestro amigo, el difunto general Balcarce, había llegado de Londres (se hallaba en nuestra compañía y para en nuestra casita de campo, en que estábamos a dos leguas y media de París) y éste fue nuestro redentor y sin sus esmeros cuidadosos hubiéramos sucumbido.

 Mercedes se repuso al mes, pero yo, atacado al principio de la convalecencia de una enfermedad gástrica-intestinal, me ha tenido al borde del sepulcro y que me ha hecho sufrir innumerables padecimientos por el espacio de siete meses”.
La enfermedad fue la ocasión para estrechar lazos con Mariano Balcarce, con quien más tarde San Martín casaría a su hija.


Fuente: Claudia Peyró, Infobae, 21-3-20.



LA NIETA DE SAN MARTÍN



Heroína de guerra en Francia

Adrián Pignatelli

Infobae, 7 de Marzo de 2020

En la noche del 13 de diciembre de 1832, en Chez Grignon, el restorán de moda de la burguesía parisina, todo era alegría. El general José de San Martín había invitado a una cena para celebrar el casamiento de su hija, Mercedes Tomasa, de 17 años con Mariano Severo Balcarce, de 24.

San Martín vivía con su hija en una casa de la calle Provence nº 32, en la ciudad capital. Cuando estalló una epidemia del cólera, estimaron conveniente tomar distancia y se establecieron en Montmorency, un pueblito de 1600 habitantes, a veinte kilómetros al norte de París. A pesar de todo, en marzo de 1832, Mercedes contrajo el cólera y San Martín, tres días después. Al mes, ambos estaban repuestos, pero a su papá lo atacó una enfermedad gástrica intestinal que lo tuvo a maltraer.

Quien los cuidó y se ocupó de los trámites fue Mariano Severo Balcarce, un joven argentino, hijo del general Antonio González Balcarce, que había fallecido en 1819. Mariano se desempeñaba en la legación argentina en París. Sobre su yerno -le contaba por carta a su amigo O’Higgins- que “su juiciosidad no guarda proporción con su edad de 24 años; amable, instruido, aplicado, ha sabido hacerse amar y respetar de cuantos lo han tratado”,
Entre cuidados y atenciones nació el amor entre la pareja, se casaron y se embarcaron hacia Buenos Aires. El propio San Martín estuvo por acompañarlos, pero no se sentía del todo bien.

San Martín había abandonado Buenos Aires en compañía de su pequeña hija, a quien criaba su suegra Tomasa de la Quintanilla desde que había fallecido Remedios, y el 23 de abril de 1824 desembarcó en El Havre con ella. Como le encontraron paquetes de diarios anti monárquicos destinados a distintos amigos y conocidos que vivían en Europa, no lo dejaron ingresar, y debió seguir viaje a Inglaterra. En Londres, su hija permaneció como pupila primero en el Hampstead College y luego en un colegio de monjas, mientras su papá se estableció en Bélgica, donde escribiría en 1825 las famosas máximas para su hija.
Luego de un frustrado retorno a Buenos Aires en 1829, en el que no quiso desembarcar, volvió a Europa. En Francia adquirió una casa en la calle Provence nº32, donde vivió con su hija y con su fiel criado, Eusebio Soto. En 1834 adquirió una casa de campo de tres plantas en un terreno de una hectárea, en Gran Bourg, a treinta kilómetros de París. Allí solía pasar desde Semana Santa hasta el día de los difuntos.

En 1836 volvieron Mercedes y Mariano y el 14 de julio de ese mismo año nacería la protagonista de esta historia: Josefa Dominga. Su primer nombre fue en honor a su abuelo materno; el segundo, por su abuela paterna. En la familia le decían Pepita.

Desde el día mismo de su nacimiento, abuelo y nieta tuvieron un vínculo especial. Fue San Martín el que personalmente la inscribió en el registro civil de Evry-sur-Seine. Y quien la dejaba jugar, a gusto y placer, con las medallas que había ganado, en la época que combatía a Napoleón, en las filas del ejército español.
La revolución que estalló en 1848, que provocó la renuncia del rey Luis Felipe I y que dio paso a la Segunda República, lo convenció a San Martín de buscar ámbitos más tranquilos. Ese lugar fue Boulogne sur Mer, una población costera frente al Canal de la Mancha. Alquiló un segundo piso de una vivienda en el número 5 de la rue Grande en Boulogne-sur-Mer, propiedad de Henry Adolphe Gerard, abogado, periodista y además el bibliotecario del pueblo. Se haría amigo de San Martín.

Cuatro años más tarde, Mariano Balcarce adquirió, en el pueblo de Brunoy, a veinte kilómetros de París, una mansión que había pertenecido, entre otros, al conde de Provenza, hermano de Luis XVI y quien luego sería el rey Luis XVIII. Desde tiempos inmemoriales, era el “Petit Chateau”. A lo largo del tiempo, había sufrido varias modificaciones, especialmente cuando fue parcialmente destruida durante la Revolución Francesa.

En 1861, a los 27 años, murió la otra nieta de San Martín, María Mercedes. La sepultaron en una bóveda en el cementerio de Brunoy y también llevaron los restos de su abuelo. Ese mismo año, Josefa se casó con Eduardo María de los Dolores Gutiérrez de Estrada y Gómez de la Cortina, embajador de México en Francia. No tendrían hijos.
Mercedes, la hija de San Martín, que había nacido en Mendoza en 1816 cuando su papá era gobernador de Cuyo, que fue testigo de la enfermedad y agonía de su mamá Remedios y que fuera cariñosamente malcriada por su abuela, falleció en 1875; su esposo Mariano lo haría diez años después.

La memoria de San Martín
Josefa y su marido estuvieron el 21 de abril de 1880 en El Havre, despidiendo los restos del Libertador, que el vapor Villarino llevaría a Buenos Aires. Lo primero que hizo Josefa fue donar la valiosa correspondencia de su abuelo a Bartolomé Mitre, y cedió el mobiliario que le había pertenecido al Museo Histórico Nacional. Lo hizo junto con un croquis, en el que detallaba la disposición de los muebles de la habitación donde había fallecido. Eso permitió recrear el ambiente, tal como se lo puede contemplar en la actualidad.

Cuando Josefa enviudó en 1904, modificó el Petit Chateau, donde vivía. Había creado, a fines del año anterior, la “Fundación Balcarce y Gutiérrez de Estrada”, que llevaría adelante un hogar de ancianos y un centro asistencial para los más necesitados. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, transformó su casa y asilo en un hospital. La asistieron en esta tarea las hermanas de la Congregación de la Sagresse.

Trabajaba a la par que todos. Hablaba varios idiomas, como el inglés, italiano, alemán, griego y latín. Y por supuesto el español, a pesar de que nunca conocería Argentina, al que se refería como “nuestro amado país”.
La dirección médica de lo que durante la guerra fue el Hospital Auxiliar Nº 89, empezó a funcionar el 14 de octubre de 1914, y estuvo a cargo del cirujano jefe Dr. Jules León Ladroitte.

Constaba de 50 camas, dos modernos quirófanos, y salas de esterilización, laboratorio y radiología. Por la proximidad con el frente de batalla, atendían tanto a heridos franceses como alemanes. Lo único que Josefa preguntaba era “¿Están heridos? Entonces, ¡éntrelos!”

El problema fue cuando Alemania inició la segunda gran ofensiva del Marne, entre julio y agosto de 1918. Los franceses evacuaron toda el área, que comprendía a Brunoy. Aun así, Josefa no quiso irse.

Cuando la guerra terminó, recibió del gobierno francés la condecoración de la Legión de Honor y además fue distinguida por la Cruz Roja. Se había ganado la admiración de los soldados que se habían atendido en ese hospital, que volvió a ser asilo de ancianos. En su testamento, lo cedió a la Sociedad Filantrópica de París. La casa de su bisabuelo, que estaba en la esquina de las actuales Perón y San Martín en el microcentro porteño, la donó al Patronato de la Infancia. Josefa murió en Brunoy el 17 de abril de 1924. Tenía 87 años. Tanto ella como su abuelo son ciudadanos ilustres de la ciudad y una calle lleva el nombre de ella.

Cuando se trasladaron los restos de sus padres y hermana a Mendoza, en 1951, el gobierno francés se negó a la repatriación de los de Josefa. Porque ellos consideran que es un heroína nacional que merece descansar en la tierra en la que nació y vivió. Ese mismo suelo que había sido refugio de su ilustre abuelo que, de chica, la dejaba jugar con sus medallas.

EL DIARIO DE UNA MARCHA HISTÓRICA BAJO UN SOL FURIOSO




Roque A. Sanguinetti 

La Nación, 15 de febrero de 2020
 
El señor alto y con boina descubrió y compró en un remate de escritos antiguos esas ocho carillas escritas a mano. Era el famoso locutor Antonio Carrizo, hombre culto y bibliófilo. En el manuscrito, un jefe militar narra la marcha de 800 soldados en el tórrido verano de 1812.

El militar que escribió día tras día esas ignotas crónicas que descubrió Carrizo, creó y alzó en "el Rosario" el 27 de febrero la bandera argentina. Se llamaba Manuel Belgrano.

"24 de enero. Se cargaron las 16 carretas. Se puso en marcha el Regimiento a las 5 y media (de la tarde) con destino a San José de Flores". 
La narración sigue hasta el 7 de febrero, en que se corta. Resumimos párrafos:

"25 de enero: Escasez de leña y lodo líquido por agua. 26 de enero: A las 5 de la mañana se tocó a Misa. A las 3 de la tarde nos pusimos en marcha. Por la noche hubo retreta con música y se cantó el himno patriótico y todos se retiraron después de un ¡Viva! por la Patria. 27 de enero: A las 4 de la mañana se tocó la diana. Caminamos hasta la estancia de Alvarez donde llegamos a las 9. No había más agua que la del pozo, que se había secado. 28 de enero: Caminos cubiertos de espinares. Entramos a la Villa de Luján a las 9 de la mañana con banderas desplegadas. La Iglesia es un edificio de regular arquitectura. El Cabildo es una casa de alto con arquería. A las tres cayó un fuerte chubasco que anegó mi carpa. Se rezó el Rosario. A las 9 se tocó retreta. He convocado para mejor disciplina, desterrar las inicuas voces de los Oficiales como de los Soldados que ofenden los oídos, y sujetar a los cadetes, que son los jóvenes más pillos y más maleducados que he visto".

"29 de enero: El sol ha sido furioso. Llanuras sin árboles. Se rezó el Rosario. A las 8 y media, retreta. 31 de enero: Salimos del Campamento a las 2 y media para aprovechar el fresco que corre. Felizmente se encontró un manantial de agua regular. Esta gente sufrirá 20 leguas a caballo y no puede andar 4 a pie sin grandes descansos. El descuido es propio de su educación y miran con desprecio hasta lo que les es más necesario para vestirse y cuanta otra incomodidad trae consigo el andar con el pie desnudo".

"2 de febrero: Se fueron algunos bueyes en la noche. El pozo de la Posta de Lirio nos ha surtido de agua muy buena. Con huesos y leña del camino se ha cocinado. Los animales se ataron para estar prontos al salir la luna. Llegamos a la Rivera de Arrecifes a las 2 de la mañana".

"4 de febrero: Posta de Fontezuelas. Terrenos abundantes de pasto. El tiempo era fresco y se llegó a la Posta de Don Laureano Olmos a las doce de la noche. 

5 de febrero: Desde las 2 y media de la mañana hemos caminado hasta cerca de las 8 a inmediaciones del Arroyo del Medio. Multitud de ganados. Campos áridos por falta de agua. Hemos andado hasta las 12 de la noche. 

6 de febrero: Campados a inmediaciones del arroyo Pavón. Grande huracán que echó por tierra algunas tiendas. Agua abundante y fuerte. Continuamos hasta el Arroyo Seco, donde campamos a las 9 de la noche en casa de Doña María Gómez.

 7 de febrero: Hallándonos a distancia del Rosario de cerca de una legua se formó la tropa, sacaron las banderas y seguimos hasta ese pueblo. Llegados a la Plaza Mayor se formó en batalla."