JEFE DE SAN MARTÍN



UN PRÓCER RIOPLATENSE DESCONOCIDO

Por Ogueta Ezequiel

Ex Subsecretario de Estado

Instituto de Investigaciones,
1-9-2019

Si le preguntamos a cualquier argentino -con la posible excepción de profesionales de la historia- quien fue el jefe de San Martín, Belgrano, Alvear, Brown, Pueyrredón, Rondeau, Artigas, Álvarez Thomas, Viamonte, Soler, Dorrego, en fin, la lista de próceres que le fueron subordinados puede ser larga, deben ser muy escasos quienes den la respuesta correcta. Para abreviar el suspenso, esa persona fue el Brigadier General Don Francisco Xavier de Viana y Alzaibar. Un nombre que para la mayoría es desconocido.

¿Cómo es posible que Francisco Xavier de Viana sea virtualmente ignorado? No lo recuerda ninguna calle argentina, aun cuando las hay dedicadas a personajes, en mi concepto, con muchos menos méritos. No ya un monumento: ni siquiera conocemos hoy sus rasgos, no se conserva un retrato que lo recuerde.
Tampoco en Uruguay, donde nació: solo lo recuerda una pequeña calleja de tierra de la localidad de Pajas Blancas, en las cercanías de Montevideo.

Sin embargo, con solo mencionar que fue uno de los primeros marinos rioplatenses graduados en la Escuela Naval de Cádiz, que había participado en acciones de guerra marítima, que conociese casi todos los mares del mundo. Véase que fue dos veces gobernador de las Islas Malvinas. Que ya Capitán de Fragata pide su transferencia al ejército y se le asigna la misión de proteger la frontera norte de la Banda Oriental de portugueses e indios, teniendo bajo su comando a quien fuera su condiscípulo, el héroe nacional del Uruguay, José de Artigas. 

Que es el segundo en el comando de la defensa de Montevideo frente a las invasiones inglesas. Quien tras adoptar el bando de la Revolución de Mayo es Comandante en Jefe del Ejército y quien recomienda al Primer Triunvirato nombrar al general San Martín en el ejército patriota. Que es nombrado a comienzos de 1813 Gobernador de Córdoba del Tucumán, que entonces abarcaba también el Cuyo. Que culmina su actuación pública como Ministro de Guerra y Marina del Director Supremo Posadas primero y de Alvear después.

Muy reconocido sobre todo por sus contemporáneos. Quien ha participado en batallas navales tan impresionantes y tremendas como la del Gran Sitio de Gibraltar el 13 de septiembre de 1782. Quien ha dado la vuelta al mundo y cruzado la línea ecuatorial once veces y el Cabo de Hornos tres, navegado los hielos al sur de la Tierra del Fuego y atravesado el Cabo de Hornos. El que ha soportado las condiciones extremas de dos años como Gobernador de Malvinas. El que a los cuarenta años de edad soporta las campañas en los inhóspitos bosques de la frontera luso-brasileña y las centenas de kilómetros a caballo. Que es herido como segundo comandante de la defensa de Montevideo ante las invasiones inglesas. Con una enorme capacidad de trabajo, que se trasunta en las centenas de documentos, cartas, instrucciones, directivas que se conservan en los Archivos Nacionales de Argentina y de Uruguay con su firma.

Vástago de una familia poderosa y rica, se va desprendiendo de sus bienes hasta quedar sin fortuna. Primero al servicio del Rey de España y luego independentista de las Provincias Unidas del Río de la Plata, deja de lado familia y bienestar para servir a su patria.

Las instituciones militares argentinas le deben mucho a Viana, pues intervino en la organización de los ejércitos y de los regimientos de las Provincias Unidas. Tanto con los Triunviratos, primero y con los Directores Supremos, después, el rol de Viana durante el primer lustro de la Revolución de Mayo, junto con sus compañeros, fue fundamental para afirmarla, preparar las bases para la independencia y la liberación total de España.

En efecto, Viana fue quien ambos Triunviratos eligen como Jefe del Estado Mayor Militar de las incipientes Provincias Unidas del Río de la Plata, primero y luego los dos primeros Directores Supremos designados por la Asamblea del año XIII, Gervasio de Posadas y Carlos de Alvear, lo nombrarán su Secretario de Guerra y Marina.

Viana fue nombrado Jefe del Estado Mayor Militar el 16 de noviembre de 1811 y estuvo en tal función hasta el 22 de febrero de 1813.
Cuando San Martín, en la fragata inglesa Jorge Canning llega al puerto de la Ensenada acompañado por “oficiales facultativos y de crédito, que desesperados de la suerte de España quieren salvarse y auxiliar a que se salven estos preciosos países”, entre otros Carlos de Alvear, Zapiola, Holmberg y Arellano, se presenta ante Francisco Xavier de Viana, jefe del Estado Mayor Militar “ofreciendo sus servicios en obsequio de la justa causa de la patria”. “Las noticias extrajudiciales que se tienen de este oficial -escribe Viana al elevar su solicitud al Triunvirato- lo recomiendan a ser colocado en un destino en que sus conocimientos en la carrera le faciliten ocasión de poderse emplear con la ventaja que puede producir su instrucción”.

El 17 de marzo, San Martín presenta el plan “bajo cuyo pie deberá formarse el Escuadrón, el que habría de constar de dos compañías, cada una con setenta soldados montados y seis desmontados, además de cuatro sargentos, ocho cabos y un trompeta”. Dos días después, San Martín propone el uniforme que llevarán los granaderos y ese mismo día Rivadavia le comunicaba a Viana: “Se han expedido despachos del Teniente Coronel de Caballería a don José de San Martín, de Sargento Mayor a don Carlos de Alvear y de Capitán a don Matías Zapiola, para que el primero levante un Escuadrón de Granaderos de a Caballo y al efecto se le previene a V.S. que con aquellos oficiales y extrayendo de los Dragones de la Patria diez o doce hombres y los Cabos y Sargentos sobrantes agregados al propio cuerpo, se forme la base de creación del expresado Escuadrón, bajo los principios y maniobras de la nueva técnica francesa de caballería, proponiendo Vs. S. los oficiales que crea dignos para ocupar los empleos con que ha de dotarse a aquel cuerpo”.

O sea que es Viana quien recluta a San Martín, así como a Alvear, Zapiola, Chilabert, Arellano, Vera, Holmberg y quien establece la formación del escuadrón de Granaderos a Caballo.

En esa época Alvear, San Martín y otros constituyen la Logia Lautaro, la organización secreta creada para dar impulso a la Revolución, sostener el ideal emancipador y la independencia, organizar constitucionalmente la América, darle unidad política y militar y establecer una estrategia general para desplazar a los españoles del poder. Por supuesto, Viana también la integraba. De los dos centenares de los principales protagonistas de los sucesos de la segunda década del siglo XIX en la región del Virreynato del Rio de la Plata, una proporción muy alta, cerca del 40%, por lo menos unos 80, eran miembros de la logia.

Que los realistas continuaran dominando Montevideo era para el Triunvirato un problema mayor. La provincia Oriental era la más relevante del Virreinato, después de Buenos Aires. El Triunvirato le asignó tanta importancia a la reincorporación de la provincia Oriental a las Provincias Unidas que, en su Acuerdo del 21 de abril de 1812, en vista de la grave situación y el tremendo peligro que implicaba Montevideo en manos realistas, decide enviar a ese frente no solo la mayor parte de sus fuerzas militares, sino además poner toda la acción en la Provincia Oriental en manos del Presidente de turno del Triunvirato, que en la práctica era la cabeza del Poder Ejecutivo, en ese momento D. Miguel de Sarratea, como General en Jefe del Ejército de Oriente y Capitán General de la Banda Oriental del Paraná Para secundar al Presidente del Triunvirato -Sarratea- lo acompaña su Jefe del Estado Mayor, Viana. Ambos fueron trasladados a la bahía de Maldonado el 1 de mayo de 1812 en el queche Hiena de la flota de Buenos Aires.

La Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica, encabezadas por Alvear y San Martín –que a menos de un año de su llegada a Buenos Aires ya tenían una participación significativa- exigieron avanzar hacia la independencia y encabezaron un golpe de estado con el Batallón de Arribeños y el Regimiento de Granaderos a Caballo, comandados respectivamente por los coroneles Francisco Ortiz de Ocampo y San Martín. El 8 de octubre de 1812, a los siete meses de haber llegado a Buenos Aires, llevaron sus tropas a la plaza principal -hoy de Mayo- y exigieron a la Asamblea un cambio de gobierno.
Evidentemente los componentes de este Segundo Triunvirato tenían ideas más liberales e independentistas que el anterior, con las que Viana comulgaba plenamente, pues de otra forma no lo hubieran confirmado en un cargo de tan alta responsabilidad.

Durante todo el año 1812 Viana, en su carácter de Jefe del Estado Mayor del Ejército, primero en dependencia del Primer Triunvirato y luego del Segundo, tuvo dos tremendas responsabilidades: la organización de los ejércitos denominados Auxiliares, primero el del Norte, para efectuar la segunda campaña auxiliadora al Alto Perú y algo después, el de la Banda Oriental, para reanudar las acciones destinadas a liberar Montevideo y toda la provincia Oriental del dominio español.
A partir de junio y hasta fin de 1812 se sucede una nutrida correspondencia entre Viana y Artigas, Sarratea y otros que incluye, por ejemplo, órdenes sobre las banderas del ejército para señales, información del ramo de hacienda, estado de las fuerzas, armamento, artillería y municiones, órdenes de marcha, disposiciones sobre ganado y caballada para el ejército, sobre comisiones al personal, sobre vestimenta y útiles, sobre carretas, sobre resistencias a las órdenes, sobre deserciones, sobre traslados, ascensos, castigos y dimisiones.

Ya el 23 de junio comenzaban a manifestarse los desentendimientos de Artigas con Sarratea. En efecto, éste, en otro informe con esa fecha, señala los saqueos de ganado y caballos y la incorporación forzada de soldados que las tropas de Artigas efectuaban en todos los pueblos de Entre Rios y Corrientes, así como la desobediencia a sus órdenes, que habían desacreditado al Gobierno, que se habían entendido con el Gobierno del Paraguay (pasando por encima de sus mandos naturales) y que las tropas de Artigas estaban desquiciadas en cuanto al servicio activo –militar- y su administración económica.

Artigas reconoce a Sarratea el 16 de julio de 1812, pero simultáneamente devuelve sus despachos por los cuales le habían nombrado el 23 de octubre de 1811 Jefe del pueblo oriental en armas y el 15 de noviembre de 1811 designado, por el Triunvirato, teniente gobernador, justicia mayor y capitán de guerra del departamento de Yapeyú.
Como consecuencia de la actitud más agresiva contra los españoles en Montevideo que caracterizaría al Segundo Triunvirato, una de las primeras medidas adoptadas por aquel fue establecer el Segundo Sitio de dicha ciudad (20/10/1812) a cargo del ejército de Oriente, comandado por Rondeau y bajo supervisión directa de Sarratea y Viana.
Las fuerzas militares de Artigas no se habían sumado aún al sitio por la negativa de éste de integrarlas al ejército de Oriente, poniéndose en posición de rebeldía.
El ejército de Oriente primero expulsó a los realistas de Colonia del Sacramento y luego logró sitiar por completo Montevideo, que era abastecida por el río. El sitio continuó.
Artigas interceptaba la correspondencia enviada de Buenos Aires al ejército sitiador y le dificultaba la movilidad y subsistencia de las tropas robándoles caballos, bueyes y ganados.

Tras recibir Artigas órdenes de marchar al sitio de Montevideo, hacia donde se dirige por un largo rodeo por el interior de la provincia, tras atravesar el rio Negro y ya en la arenosa costa del río Yí, afluente de aquel, el 25 de diciembre de 1812 o sea el mismo día –posiblemente las cartas se han cruzado- le envía a Sarratea la carta llamada por él mismo: “precisión del Yi”, que en definitiva dice que no obedecerá al Gobierno de Buenos Aires, que se niega a obedecer su mando y que se vaya, que se retire del territorio oriental.
A pesar de que la actitud de Artigas estaba clara, el Triunvirato seguía intentando no romper con él y convencerlo de que se uniera al ejército de las Provincias Unidas.
No obstante la ausencia de Artigas del sitio de Montevideo, este continuaba y tanto Sarratea como Viana estaban al pie del cañón, en el sitio mismo. O sea que tenían que lidiar al mismo tiempo con los realistas y con Artigas.
Tuvo lugar entonces la Batalla de Cerrito el 31 de diciembre de 1812 (el nombre de la batalla refiere a una loma cercana al Cerro situado en el lado oeste de la bahía de Montevideo) y fue el enfrentamiento entre el ejército de Oriente que fue victorioso ante las fuerzas realistas que resistían en Montevideo. Estas últimas superaban en número a las sitiadoras, así como en municiones y armamento.

El gran coraje exhibido por Rondeau en esta batalla le valió el ascenso a general; días después reemplazaría a Sarratea al mando del ejército sitiador y luego sería destinado a comandar el Ejército del Norte.
Artigas rechaza entonces la autoridad y exige su desplazamiento de ambos sus jefes, Sarratea y Viana. Lo inconcebible fue que el Segundo Triunvirato aceptó la renuncia de ambos y colocó en su reemplazo a Rondeau, que para peor fue famoso por ser un jefe débil. Sin duda Artígas era un jefe militar y político de la Banda Oriental fuerte, respetado por su gente –la clase rural media y media baja oriental y los indios, no por las más ilustradas y pudientes de Montevideo- y según se vería confirmado posteriormente, con pocos escrúpulos. En efecto, logró con esta maniobra desplazar a sus jefes, que claramente debían imponer orden y organización en las fuerzas militares cuya primera responsabilidad era echar a los realistas de Montevideo. No participó de la única batalla relevante, que fue la del Cerrito. Luego se incorporó al sitio supuestamente bajo las órdenes de Rondeau, no llegó a quedarse en él hasta el final, y finalmente no tuvo actuación ninguna en la derrota de los realistas y su expulsión de Montevideo por parte de Alvear.

Artigas habrá visto en la personalidad de Rondeau las características de débil carácter ya comentado que le permitirían dominarlo, fingiendo una posición subalterna.
El 22 de febrero de 1813 retornaban a Buenos Aires Manuel de Sarratea, Francisco Xavier de Viana, junto con otros oficiales que Artigas quiso sacarse de encima: cuanto oriental que tuviera alguna relevancia y osara poner en duda su autoridad y mando.

Los realistas en Montevideo, a pesar de todo, siguieron resistiendo el asedio. Contaban con las murallas y con su flotilla, que les permitían abastecer la plaza incursionando en las costas de los ríos, sin tener resistencia por cuanto el gobierno de Buenos Aires carecía de flota.
Seguramente Rondeau habría de arrepentirse y mucho de la sedición que encabezó, junto con Soler, frente a sus jefes Sarratea y Viana, pues Artigas poco después le hizo la vida difícil.
La presencia de Artigas en el Sitio de Montevideo duraría solo once meses, pues el 20 de enero de 1814 se volvió a retirar, sin que el aporte de sus tropas, estimadas en 4.000 hombres, hubiera servido de mucho para doblegar la resistencia realista.
No era ya obedecer el mando de Sarratea y Viana lo que le molestaba, sino el de Rondeau. También le debe haber incomodado que un año después Viana le estuviera nuevamente como superior en su cargo de Secretario de Estado de Guerra y Marina.
Asamblea del Año XIII
La acción más relevante que se produjo en el ámbito de la Revolución de Mayo con posterioridad a la constitución del primer gobierno patrio el 25 de mayo de 1810, fue la instalación de la Asamblea del Año XIII, por influjo principal del partido morenista, de la Logia Lautaro y el esfuerzo personal de Alvear.

Si bien la Asamblea del Año XIII no pudo cumplir en tiempo con dos cometidos, declarar la independencia y establecer la constitución –posiblemente lo hubiera logrado, de no haber sido interrumpida su labor por los sucesos de 1815-, su labor y resultados fueron extraordinarios y estableció varios objetivos fundamentales para el desarrollo institucional, social y del derecho en el Río de la Plata, tales como la teoría de la representación política; el principio de la soberanía del pueblo; la libertad de las provincias rioplatenses; el uso de varios símbolos patrios; la libertad de vientres de las esclavas; puso fin al tráfico de esclavos; eliminó los mayorazgos; suprimió los títulos de nobleza; derogó el servicio personal de los indios; abolió la Inquisición; declaró la libertad de cultos; reemplazó al poder ejecutivo colegiado, el Triunvirato, por el Directorio; promulgó el Reglamento de Justicia, creando las Cámaras de Apelaciones; suprimió la práctica de la tortura; proclamó la libertad de imprenta; ordenó realizar un censo nacional; otorgó franquicias para el comercio, etc.
Pocos días después de instalada la Asamblea, el 3 de febrero de 1813 ocurrió el Combate de San Lorenzo cuando el coronel D. José de San Martín, al comando del Regimiento de Granaderos a Caballo, recientemente creado y organizado por el por impulso inicial de Viana como Jefe del Estado Mayor.

Durante el ejercicio del Comando en Jefe del Ejército por Viana, aunque este se encontraba instalado en el frente Oriental, se obtuvieron tres grandes victorias patriotas: las de Belgrano en las importantes batallas de Tucumán (25/09/1812) y de Salta (20/02/1813) y la ya mencionada de San Martín en San Lorenzo, que sin ser una acción militar significativa, tuvo bastante trascendencia política e histórica. También se habilitó el segundo sitio de Montevideo, que llevaría –ya siendo aquel Secretario de Guerra y Marina- a su liberación de los realistas. Es llamativo hoy como las máximas autoridades civiles y militares se comprometían al máximo, en los frentes de batalla. Pensando en Napoleón, posiblemente fuera la consigna de la época. Pero también en nuestro caso, tanto Sarratea, presidente del Triunvirato, como su Comandante en Jefe del Ejército, acompañaban las acciones desde la primera línea del frente oriental.

Gobernador de Córdoba del Tucumán
Viana fue entonces designado Gobernador de Córdoba del Tucumán, pero antes de asumir, el 25 de junio de 1813 estaba en Santa Fe, y desde allí eleva al Gobierno un preciso y coherente plan estratégico de operaciones para la defensa del territorio de las Provincias Unidas ante la posible llegada de una expedición española que contaría con el apoyo de la corte de Portugal. Ningún otro militar o político rioplatense hubiera estado entonces en capacidades técnicas para redactar un plan similar ni tampoco la clara visión de la política internacional, como lo hizo Viana.
El coronel Viana es designado Gobernador Intendente de Córdoba del Tucumán el 4 junio de 1813;  sucedió al teniente coronel don Santiago Carrera y lo ejerce durante ocho meses.

En su administración creó escuelas populares en la campaña y presentó al Ayuntamiento un plan de estudios y un reglamento para las escuelas que mereció la aprobación de los capitulares. También surgieron rivalidades entre el gobierno nacional, por él representado y las autoridades locales representadas en el cabildo cordobés. Una importante medida de Viana como gobernador fue crear el cargo de Jefe de Policía, que desempeñaría una persona de su confianza, encargado de mantener el orden, función que recaía en el Alguacil Mayor del Cabildo. La labor de esta persona se recompensaría con el pago de un sueldo que se obtenía del impuesto que se cobraba a las carretas que circulaban por el centro de la ciudad, siendo el primero en desempeñar el cargo el Gral. Pedro Nolasco Grimau, que además desempeñaba la función de gobernador sustituto cada vez que la máxima autoridad provincial salía de campaña al interior provincial.

Viana había emitido Instrucciones a los Jueces de Campaña que en su artículo 20 disponía:
“Formarán puntual Razón de todo el vecindario, haciendas, y giro que tengan del modo que crean más conveniente para adelantarlo; de los caminos mas principales, y estado en que se hallan, de los que sean de herradura, y puedan ponerse expeditos para ruedas de los terrenos y situación más análoga para formar poblaciones; de las personas más pudientes y capaces de entender en cargos, y comisiones de este Gobierno.”

En enero de 1814 una de la últimas actuaciones de Viana como Gobernador fue la fundación del pueblo de Fraile Muerto sobre las márgenes del Río Segundo -luego denominado San Jerónimo y por último, a partir de 1872, Bell Ville.
Viana ejerció la gobernación de Córdoba del Tucumán hasta su designación como Secretario de Estado en el Departamento de Guerra y Marina el 1º. de febrero de 1814.



EL EJEMPLO DE UN LIDERAZGO GENEROSO



Andrés Hatum  - Luciana Sabina 
 La Nación, 30 de agosto de 2019 


En el mes aniversario de la muerte del general don José de San Martín, es bueno rescatar algunas acciones de gobierno que hablan de un líder que evitó la grieta y siempre supo ocupar su rol sin menoscabar a quienes estaban en la vereda contraria.

Siendo gobernador de Cuyo (por entonces Mendoza, San Juan y San Luis formaban un todo administrativamente), rebajó todos los sueldos estatales a la mitad, incluido el propio. Para subsanar el estado caótico de la economía de aquel entonces, San Martín tomó varias medidas. Primero, logró que el gobierno central suprimiera los impuestos a la exportación de productos cuyanos, aunque al mismo tiempo incrementó la recaudación fiscal en todo Cuyo. También impuso contribuciones voluntarias y forzosas, contemplando la posibilidad de que se pagaran en cuotas. Secuestró bienes de los prófugos y confiscó herencias españolas sin sucesión, al mismo tiempo que tomó los diezmos eclesiásticos. En tiempos de crisis, el esfuerzo para San Martín debía ser compartido por todos.

El Santo de la Espada llevó a cabo obras de irrigación que ampliaron la superficie cultivable de Mendoza. Los nuevos terrenos fueron vendidos a bajo precio y esto produjo un crecimiento enorme en la agricultura regional. Se produjo el auge de algunas industrias cuyos productos eran útiles al Ejército, como la industria armamentística y la de fabricación de ponchos y frazadas. Es importante recalcar que durante aquellos años las provincias cuyanas tuvieron como fin primordial sostener al Ejército de los Andes y la población lo pasó bastante mal. ¿San Martín habría ganado alguna elección si hubiera existido entonces la democracia? No lo sabemos, pero el temor al ataque desde Chile era muy fuerte, más allá del sufrimiento económico.

San Martín era antiguo camarada de muchos de los españoles que capturó en Chile y procuró para ellos un trato hospitalario. Así, en vez de mantenerlos en prisiones chilenas, los envió a la ciudad de San Luis, donde llevaron una vida apacible y en libertad. Incluso uno de ellos -Juan Ruiz Ordóñez- se comprometió con Melchora Pringles, hermana del futuro coronel Juan Pringles. Lamentablemente, en 1819, Bernardo de Monteagudo los hizo fusilar, casi en su totalidad, aprovechando que San Martín no estaba en la zona.

En territorio peruano, San Martín intentó llegar a un acuerdo con el virrey José de la Serna. Dijo preferir "la gloria de la paz a los honores de la victoria". No deseaba derramar más sangre y propuso un pacto. Apostado en las afueras de Lima, se negó a ingresar como conquistador. Los peruanos debían desear la libertad que traían sus ejércitos. En un comunicado, explicó que buscaba proclamar la independencia y concederle a ese pueblo una libertad "con prudencia, pues si bien todo pueblo civilizado está en aptitud de ser libre, el grado de libertad de que goce debe ser exactamente proporcional a su civilización, porque si aquella excede a esta no hay poder que evite la anarquía, y si es inferior es consiguiente la opresión". Para los criollos fue una propuesta irresistible. Poco después, las principales personalidades limeñas se reunieron y lo invitaron a ocuparla. El 12 de julio de 1821 ingresó en Lima, el 28 proclamó la independencia del país y cinco días más tarde -con el fin de consolidar esta emancipación- se declaró protector del Perú.

Más allá de que dejó su sable a Rosas, San Martín no era federal ni tampoco unitario. Se negó a apoyar a cualquiera de los dos bandos en diferentes momentos. En carta a Artigas, le expresó: "Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad. No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas...".


El liderazgo de San Martín puede servir como ejemplo actual para aquellos políticos que tienen en sus manos el destino y el futuro del país. San Martín nos deja el ejemplo de un liderazgo generoso, no mezquino; con visión de futuro y no solamente de corto plazo, y, fundamentalmente, pensando en la grandeza de la nación, no en el propio beneficio.

Sabina es historiadora; Hatum, PhD y Profesor de la Universidad Torcuato Di Tella

CARTA DE SAN MARTÍN DE 1816



MENCIONA A LAS MALVINAS


En un reciente artículo (*), el Arq. José Marcelino García Rozado hace referencia a esta carta; reproducimos los párrafos en que se refiere a la misma.

A tan solo 40 días de haberse declarado la Independencia el 9 de Julio de 1816, el general envió una carta al ministro de Guerra del país en la que hace mención a las Islas, dando muestras de conocimiento del territorio que la Nación recibió de lo que había sido el virreinato del Río de la Plata.

Ese documento se suma a la serie de antecedentes históricos, geográficos y políticos que respaldan el reclamo de soberanía de la Argentina sobre el archipiélago, y Télam accedió al texto al cumplirse 35 años del inicio del combate en la guerra con Gran Bretaña, el 1 de mayo de 1982.

El Libertador le escribió al ministro de Guerra, coronel Antonio Beruti, el 14 de agosto de 1816 desde Mendoza, y allí le pedía que “disponga que todos los de alta clase que se hallen presos en esa jurisdicción de su mando sentenciados a los presidios de Patagones, Malvinas u otros sean remitidos a esta capital con copias de sus respectivas condenas y a la mayor seguridad posible comprendiendo también en ellos a los desertores contumaces en este delito”.

El propósito de San Martín era reunir a la mayor cantidad posible de soldados para integrar el Ejército de Los Andes, que en cinco meses más comenzaría la epopeya del cruce de la segunda mayor cordillera del planeta, con la misión de liberar a Chile y al Perú del imperio español.
La carta de San Martín fue comprada por el gremio de los diplomáticos argentinos en 1988 en una subasta en Londres, Inglaterra, y luego donada a la Cancillería, cuyo original sigue en poder del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.

Dice San Martín en la misiva a Beruti que el interés por los condenados en Malvinas lo hace “con el objeto de hacer útiles al Estado estos individuos… retrayéndolos de sus pasados extravíos (y) los conduzcan por las sendas de la probidad y honor con provecho de la causa pública”.

Consultado por Télam, el titular del Museo Malvinas, Federico Lorenz, destacó “el conocimiento de San Martín sobre el territorio de lo que hoy es la Argentina”, pero aclaró que en las islas nunca hubo un presidio, sino “que se enviaba allá a las personas condenadas, que permanecían en condición de reclusos”.

También subrayó el hecho de que el prócer más importante del país se haya referido en una carta manuscrita a las Islas Malvinas, lo cual constituye un antecedente de gran valor a favor del reclamo de soberanía.


(*) Publicado en el Boletín del Instituto de Investigaciones del Círculo de Ministros, Secretarios y Subsecretarios del Poder Ejecutivo Nacional, el 28-8-19.


EL GENERAL SAN MARTÍN


 Y LAS DOS ARGENTINAS

Por: Fernando Romero Moreno

Los ideales, las aspiraciones y los valores de una época suelen encarnarse en personalidades eminentes, en varones y mujeres paradigmáticos, en síntesis, en arquetipos. También en falsos arquetipos, si esos ideales no lo son cabalmente y representan en realidad una contracultura.

Pues bien: lo mismo sucede con las naciones. Hay hombres ejemplares en los que se cifran las mejores virtudes de la raza. Y hay hombres pequeños – por usar un adjetivo benévolo – que suelen ir a contracorriente de la grandeza de su patria. La Argentina, o mejor dicho, las “Dos Argentinas”, tienen representadas en sus héroes auténticos y en sus “falsas superioridades”, esas dos tendencias. Hay una Argentina tradicional, hispano- criolla y latina, mestiza y americana, de raíces católicas y greco- romanas – con todos los defectos innegables que haya que reconocer – pero que ha existido y tal vez todavía exista. Es la Argentina que valora la dignidad de la persona humana con sus derechos y deberes, acordes a la ley natural; la familia como célula básica de la sociedad, la justicia como la virtud de dar a cada uno lo suyo, según méritos, capacidades y necesidades; la libertad responsable como preferencia reflexiva de lo mejor; el patriotismo y la tradición; la cultura del trabajo y del esfuerzo; el desarrollo económico con equidad social; el culto de los antepasados y de Dios. Y hay otra Argentina anclada en la Ilustración o en lo que hoy llaman la posmodernidad que quiere una autonomía absoluta para el hombre y una sociedad laicista, cosmopolita y europeizante, no en el sentido genuino de reconocernos parte de la cultura occidental, sino en el de copiar, de modo artificial, instituciones y modelos ajenos a nuestra realidad.

San Martín recomendaba, según contaba su amigo Gerard, “el respeto de las tradiciones y de las costumbres” y consideraba “muy culpables las impaciencias de los reformadores que, con el pretexto de corregir abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de sus países”. No se oponía al progreso ni a las legítimas libertades, basta verlo en su lucha por la Independencia o en la abolición progresiva de la esclavitud que propició en el Perú. Pero sabía que las verdaderas reformas arraigan cuando se hacen costumbre y son fruto, no de una revolución violenta, sino de la educación y del respeto a las sanas tradiciones heredadas. Rivadavia, en cambio - por poner un ejemplo de esos reformadores iluministas que tanto hemos tenido y tenemos - mereció estos conceptos del Libertador: “Sería de no acabar si se enumeraran las locuras de aquel visionario (…) creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea” 
Como decía Arturo Jauretche: “La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quién abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América, trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser un obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América” Las Dos Argentinas, como escribimos en otra oportunidad, tienen sus gestas, sus próceres, sus pensadores y hasta sus poetas. En ciertos aspectos pueden ser complementarias y no se excluyen. No se trata de contemplar la historia nacional en “blanco” y “negro”, de no advertir los “grises”, de razonar de modo maniqueo y clausurar la posibilidad de acuerdos allí donde podemos unirnos en pos de objetivos comunes. Pero en otros asuntos, las diferencias son de fondo, y eso explica buena parte de nuestra crisis.

La Argentina tradicional ha sobrevivido socialmente, aunque con graves deterioros, en el pobrerío mestizo (aunque cada día más masificado y manipulado), en los sectores “acriollados” de la clase media y en esa noble porción del viejo patriciado que no ha cedido a las tentaciones extranjerizantes. La otra se ha hecho “carne” en el conjunto mayoritario de un pueblo y de una clase dirigente, cuyas aspiraciones máximas parecen encontrarse en el dinero, en una libertad divorciada de la verdad y en una república sin ley natural, sin tradición y sin la religión de nuestros mayores. Este análisis, que puede parecer “duro” y demasiado “categórico”, lo realizó el propio General San Martín luego del poco tiempo que pasara en tierras americanas. Don Vicente López y Planes le escribía el 4 de enero de 1830 que en la Gesta de Mayo se había consagrado “el principio patriotismo sobre todo”; mientras que, a partir de 1821, con la llegada de Rivadavia y su círculo masón y pro- británico– “sin atreverse a excluir ese principio, de hecho (se) lo miró con mal ojo y (se) dijo sólo: habilidad o riqueza (…), engendrando “superioridades falsas”. 


San Martín contestó con una misiva fechada en Bruselas el 12 de mayo de 1830: “Son justísimas las observaciones que Ud. me hace”. Y haciendo una crítica del falso concepto de libertad copiado de la Revolución Francesa, en la célebre carta al General Guido de 1834, afirmó: “El foco de las revoluciones (…) ha salido de esa capital; en ellas se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, de los que no viven más que de los trastornos porque no teniendo nada que perder todo lo esperan ganar en el desorden, porque el lujo excesivo multiplicando las necesidades, se procuran satisfacer sin reparar en los medios; ahí es donde un gran número no quiere vivir sino a costa del estado, y no trabajar (…) Ya es tiempo de dejarnos de teorías, que 24 años de experiencia no han producido más que calamidades. Los hombres no viven de ilusiones, sino de hechos: ¿qué me importa que se me repita hasta la saciedad que vivo en un país de libertad si por el contrario se me oprime?... ¡Libertad! désela usted a un niño de tres años para que se entretenga por vía de diversión con un estuche de navajas de afeitar, y usted me contará los resultados. ¡Libertad! Para que un hombre de honor se vea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan y si existen se hagan ilusorias. ¡Libertad! Para que si me dedico a cualquier género de la industria, venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años y la esperanza de dejar un par de bocados a mis hijos. ¡Libertad! Para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro ambiciosos se les antoja por vía de la especulación, hacer una revolución y quedar impunes (…).Tal vez (…) dirá que esta carta está escrita por un humor bien soldadesco. Usted tendrá razón, pero convenga (…) que a los 53 años no puede uno admitir de buena fe el que le quieran dar gato por liebre. No hay una sola vez que escriba sobre nuestro país, que no sufra una irritación”. 

Esa misma facción revolucionaria (que San Martín rechazaba, como se ve, por materialista, europeizante y libertina) era, a la par, la que despreciaba al pueblo sencillo, al gaucho, al indio, al negro, exaltando no la necesidad de las legítimas jerarquías sociales, sino la “aristocracia del dinero” u oligarquía, en justas palabras recriminatorias de Don Manuel Dorrego. San Martín en cambio enseñaba a su hija Merceditas “la caridad con los pobres”, la “dulzura con los criados” y el “desprecio al lujo”, apoyando a los campesinos que seguían a sus Caudillos y dando él, ejemplo personal de una vida sobria y austera. “Experimenta por el obrero una verdadera simpatía – afirmaba Alfredo Gerard -, pero desea verlo laborioso y sobrio, y nadie como él ha hecho menos concesiones a esa despreciable popularidad que se obtiene adulando los vicios del pueblo”. Es difícil que los seguidores de mentalidades aburguesadas como las que enfrentó San Martín entiendan qué cosa es esta Argentina y esta América que él defendió. Como Rivadavia, quieren una patria “gringa”, sin “negros” (como con desprecio y falta de amor cristiano, llaman a las clases bajas), sin indios, sin criollos, sin mestizos, sin bolivianos, sin paraguayos.... No importa si se presentan como liberales o en cambio, como progresistas “elegantes”. El error es el mismo y por reacción, engendran el “populismo” del que se quejan y que el Libertador también aborrecía: el de los demagogos que quieren hacer de la “anarquía social” un sistema, y enancado en él, acelerar la revolución cultural y social contra todos nuestros valores nacionales, tradicionales y cristianos. Es que el clasismo – de los de abajo o de los de arriba, del proletario o del burgués –, tanto como la injusticia social, es la muerte de la concordia que debe reinar en toda comunidad política. Porque el bien común de la Patria se forja día a día, por encima de las diferencias de clase, de partido o de sector, según palabras del recordado Padre Alberto Ezcurra. 
Y como San Martín – que dotó de un hondo sentido católico y mariano a la Gesta emancipadora -, se lo alcanza al buscar su plenitud en el homenaje de los gobernantes a Cristo, Rey de las naciones, y en la custodia de la religión como el más unitivo de los vínculos sociales. De allí que el Gran Capitán hiciera rezar diariamente el Rosario en el Regimiento de Granaderos a Caballo y en el Ejército de los Andes, pidiera más capellanes para sus oficiales y soldados, tuviera él Capellán y Oratorio personal, honrara a la Virgen del Carmen como Patrona y Generala, declarara al catolicismo religión oficial del Perú, fundara una Orden jerárquica (la Orden del Sol) bajo el patrocinio de Santa Rosa de Lima…y proyectara una gran monarquía católica americana e independiente que mantuviera unidos al Perú con Chile y las Provincias Unidas...

Hoy como ayer los problemas no han cambiado: un Nuevo Orden Mundial, diseñado desde conocidos organismos internacionales como la ONU (entre otros), está sometiendo a un neocolonialismo al pueblo argentino: mediante el control demográfico, la ideología de género, el fomento de una nueva religión universal y sincretista, el endeudamiento externo, un falso concepto de desarrollo sustentable y salud reproductiva, la falsificación de la historia reciente, la reinterpretación de los “derechos humanos”, la alianza entre democracia y relativismo y el ataque a las instituciones fundacionales de la Argentina… todo con el apoyo de fundaciones y multinacionales de gran poder económico. Y mientras tanto, siguen ocupadas por fuerzas inglesas las Islas Malvinas (con las proyecciones que esto tiene sobre la Patagonia y la Antártida), que hoy han pasado a ser intereses de ultramar de la Unión Europea… En muchas cuestiones prudenciales y opinables, es justo un sano pluralismo. Pero cuando están en juego, frente a tales desafíos, los bienes más importantes de la Nación, no podemos desconocer o hacer “oídos sordos” a tan lúcidas enseñanzas del Padre de la Patria. 
Quien, sin embargo, no desconfiaba, desesperanzado, de las virtudes de nuestro pueblo, cuando lo veía viril, enérgico y bien gobernado, enfrentando en Guerras victoriosas a Francia e Inglaterra, las Grandes Potencias del momento: “los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca – decía en carta a Guido de 1846- : a un tal proceder, no nos queda otro partido que el de (…) cumplir con el deber de hombres libres”. Eran tiempos que en los valores principales que se inculcaban en la vida pública, más allá de errores y abusos, eran precisamente, la religión, la ley natural, el orden, una república anclada en las virtudes, el federalismo, la armonía entre las clases sociales y la soberanía nacional. Ni dejaba de reconocer que la Argentina podía ordenarse y salir adelante, cuando se hacían las cosas como corresponde. Y así, pudo enviar una última carta a Rosas en 1850, tres meses antes de morir, en la que afirmó que “como argentino me llena de verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente, como igualmente a toda la Confederación Argentina”. 

Que los argentinos del siglo XXI podamos hacernos acreedores de elogios como éste y que le devolvamos a la Argentina la grandeza por la que el Padre de la Patria batalló con heroísmo hasta el fin de sus días.
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Fuente: Crítica Revisionista, 19 de mayo de 2015



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SAN MARTÍN: ¿CATÓLICO O MASÓN?



Documentos recopilados por un historiador confirman la religiosidad cristiana del gran prócer.

Roberto Colimodio *
 Clarín, 09/07/2019
La figura del General Don José de San Martín en el colectivo imaginario tiene numerosos “misterios” para desentrañar o aclarar. Su rica historia está teñida de versiones bien y mal intencionadas que no se condicen con los hechos veraces y documentados. Uno de esos “misterios” corresponde a su fe. ¿Era San Martín un católico practicante? ¿Era masón?
Brevemente, y respecto a su supuesta pertenencia a la masonería diré que no hay documento o testimonio alguno que así lo demuestre. Ni siquiera, dos famosos masones como Mitre y Sarmiento lo reconocen como par, como tampoco reconocen a la Logia Lautaro, de la cual San Martín fue fundador en América, como masónica.
Pero respondamos sobre su fe, sus ideas y prácticas religiosas, apreciadas en su correspondencia privada, sus disposiciones gubernamentales y reglamentaciones internas de sus ejércitos.

Prácticas religiosas y militares
En el motín de Cádiz de 1808, siendo edecán del linchado general Solano, buscó asilo en una ermita de la Virgen. La turba, enfurecida, perdonó su vida, al ampararse en la Madre de Dios.

En el Regimiento de Granaderos a Caballo creado en 1812 por San Martín, dictó los reglamentos internos y estuvo en los detalles de su organización, incluyendo diaria y semanalmente las prácticas del buen cristiano: “Rezo de oraciones por la mañana luego de tocar diana y el Rosario todas las noches. Domingos y días festivos Santo Oficio de la misa por el capellán del Regimiento en la Parroquia del Socorro”.
En Mendoza, en el Ejército de los Andes, se oficiaba la misa en el campamento con un altar portátil que el propio San Martín solicitó a Buenos Aires en 1815. Frente al altar, el General y su Estado Mayor asistían al oficio y a la plática del Capellán Güiraldes.

“Todas estas prácticas religiosas se han observado siempre en el regimiento, aún mismo en campaña. Cuando no había una iglesia o casa adecuada, se improvisaba un altar en el campo, colocándolo en alto para que todos pudiesen ver al oficiante”. – Memorias del Cnel. Carlos A. Pueyrredón.

En carta que Belgrano le envió a Tucumán le aconsejaba: “La guerra no debe usted hacerla solo con las armas, sino afianzándose siempre, en las virtudes naturales cristianas y religiosas en la fe católica que profesamos, implorando a Nuestra Señora de la Merced nombrándola generala”.
Su devoción por la Virgen
Pocos días antes de iniciar el cruce de los Andes proclamó a la Virgen del Carmen patrona del ejército; ceremonia que describieron Gerónimo Espejo y Damián Hudson. A las 10 junto a la iglesia de San Francisco se formó la procesión. Marchaban “San Martín, de gran uniforme, con su brillante Estado Mayor y lo más granado de la sociedad mendocina. Hubo misa solemne, panegírico y tedeum. Al asomar la bandera junto con la Virgen, el general San Martín le puso su bastón de mando en la mano derecha”.
Ratificó su devoción el 12 de agosto de 1818. “La decidida protección que ha presentado al ejército su patrona y generala, nuestra Madre y Señora del Carmen, son demasiado visibles. Un cristiano reconocimiento me estimula a presentar a dicha Señora el adjunto bastón como propiedad suya, y como distintivo del mando supremo que tiene sobre dicho ejército”.
Acciones de Gobierno
En Perú también demostró su catolicismo con disposiciones acordes, por ejemplo el primer artículo del Estatuto del 8 de octubre de 1821 que regulaba los actos de su propio gobierno: “La religión católica, apostólica, romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o en privado sus dogmas y principios, será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiere dado”.
Después de la entrevista de Guayaquil se despidió de Perú con actos que llevan el sello de sentida religiosidad. El 22 de agosto de 1822, ordenó grandes vísperas en honor de Santa Rosa y el 30 solemne misa y procesión. San Martín publicó un decreto para la instalación del Congreso y las funciones religiosas, sobre la protestación de la fe y juramento que debían prestar sus integrantes.
Decía:  “¿Juráis conservar la santa religión católica, apostólica, romana como propia del Estado y conservar en su integridad el Perú?”

Vida Personal
Las ideas católicas de los padres del Libertador, ambos terciarios dominicos y cofrades de Nuestra Señora de la Blanca, hablan de tradición familiar auténticamente cristiana.

Conoció a su futura esposa durante una misa de Gloria, en el templo San Miguel Arcángel. Contrajo matrimonio con Remedios de Escalada, con misa de esponsales, recibiendo la bendición y comunión como verdadero cristiano. “No era muy común entonces el comulgar en días de bodas”, dice el historiador Guillermo Furlong; pero San Martín, como buen católico, oye misa, confiesa y comulga al construir su cristiano hogar”.

Correspondencia privada
Conservó durante muchos años un rosario de madera del monte de los Olivos, obsequiado por una hermana de caridad que cuidó de él después de Bailén, en 1808. Dicho rosario, hoy en el Museo de Granaderos, fue donado por la familia de Manuel de Olazábal a quien San Martín se lo regaló en 1820 “para que le trajera suerte y se recuperara de sus heridas. Lo usó siempre y se lo vi suspendido del cuello debajo de la casaca a manera de escapulario”.

“¡Gran Dios! Echad una mirada de misericordia sobre las Provincias Unidas. Sí amigo mío, toda la protección del Ser Supremo se necesita para que ellas no se arrepientan de tal elección. Él lo dirá”. A Tomás Guido, Bruselas, 6 de enero de 1827.

A Dominga Buchardo de Balcarce, su futura consuegra: París, 15.de diciembre de1831. “Dios ha escuchado mis votos, no solo encontrando reunidas estas cualidades en su virtuoso hijo, don Mariano, sino también coincidir el serlo de un amigo y compañero de armas”.
A Tomás Guido el 15 de abril de 1843: “Quiera Dios oír mis votos, en su favor, ellos serán siempre porque terminen nuestras disensiones y renazcan los días de Paz y unión de que tanto necesita nuestra patria para su felicidad”.

“En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo”: testamento del 23 de enero de 1844.
Su muerte
San Martín falleció con un crucifijo en el pecho, no recibió los últimos sacramentos por su muerte repentina. Su responso se rezó en la iglesia de San Nicolás y sus restos embalsamados fueron depositados por 11 años en la cripta subterránea de la catedral de Boulogne, no en algún templo o cementerio masónico. Desde 1880 descansa en la catedral de Buenos Aires.

El mausoleo en la catedral
En el largo viaje de 30 años que demoró la repatriación de los restos de San Martín por diversos motivos políticos y personales que afectaron a la familia, recién en 1876 y a propuesta de José Prudencio Guerrico se presentó al arzobispo León Federico Aneiros una solicitud.

 “La Comisión encargada por la municipalidad de la traslación de los restos del General D. José de San Martín, solicita de S.S. Ilustrísima y del Honorable Cabildo Metropolitano, la antigua Capilla Baptisterio de nuestra Catedral, para dar en ella digno lugar de descanso…”. Justificaba su pedido con antecedentes de grandes hombres sepultados en catedrales europeas.

Mucho se ha hablado y escrito sobre las condiciones impuestas por la Iglesia para aceptarlo. Sin embargo, los primitivos documentos consultados junto al colega Martín F. Blanco no dan señales de disconformidad alguna, resolviendo el acuerdo en sólo 15 minutos como consta en el acta.

 “En 17 de Abril de 1876, reunidos en su Sala de Acuerdos, en Cabildo extraordinario, los cuatro señores dignidades y los cuatro señores canónigos, al margen inscriptos, bajo la presidencia del primero, el Secretario hizo lectura de una Nota del Ilustríisimo y Reverendísimo Señor Arzobispo acompañando las de la Comisión de la Municipalidad encargada de la traslación de los restos del General Argentino Don José de San Martín.

Allí se pedía al Honorable Cabildo la Capilla de esta Iglesia que anteriormente sirvió de bautisterio y que estaba vacía, para en el frente oeste de ella levantar un altar a Santa Rosa de Lima y en el frente Sud un sarcófago que contuviera las cenizas de ilustre guerrero de la Independencia; y acabada su lectura, el Cabildo acordó unánimemente cuanto se pedía en la precitada Nota, dando cuenta en otra al Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo de este en Acuerdo, con lo que se levantó el Acuerdo a las diez y un cuarto de la mañana habiendo empezado a las diez”.

El mismo día el Dean Dr. Ángel Brid, informaba al Arzobispo: “Que reunido el cabildo que presido en acuerdo extraordinario, se ha expresado unánimemente conforme con el proyecto de dicha comisión, mirando como una de las preeminencias y de las glorias de la iglesia metropolitana ser la depositaría de los restos de tan ilustre varón”.

Una vez más, la luz de los documentos recorta las alas de la fantasía. Como se ve, aceptación plena y sin condiciones, como también lo fue con la permuta de la Capilla Baptisterio por la de Nuestra Señora de la Paz solicitada por la municipalidad en 1877.

Por Roberto Colimodio, miembro de la Academia Argentina de la Historia y de la Academia Sanmartiniana.