UNA REFLEXIÓN A PARTIR DEL MARTÍN FIERRO



Martín Fierro, poema "nacional"

Jorge Bergoglio

(Buenos Aires, Pascua de 2002)

1. La "identidad nacional" en un mundo globalizado

Es curioso. Solamente viendo el título del libro, antes incluso de abrirlo, ya encuentro sugerentes motivos de reflexión acerca de los núcleos de nuestra identidad como Nación. El gaucho Martín Fierro (así se llamó el primer libro publicado, después conocido como La Ida); ¿qué tiene que ver el gaucho con nosotros? Si viviéramos en el campo, trabajando con los animales, o al menos en pueblos rurales, con un mayor contacto con la tierra sería más fácil comprender... En nuestras grandes ciudades, claramente en Buenos Aires, mucha gente recordará el caballo de la calesita o los corrales de Mataderos como lo más cercano a la experiencia ecuestre que haya pasado por su vida. Y, ¿hace falta hacer notar que más del 86 % de los argentinos viven en grandes ciudades? Para la mayoría de nuestros jóvenes y niños, el mundo del Martín Fierro es mucho más ajeno que los escenarios místico-futuristas de los comics japoneses.

Esto está muy relacionado, por supuesto, con el fenómeno de la globalización. Desde Bangkok hasta San Pablo, desde Buenos Aires hasta Los Angeles o Sydney, muchísimos jóvenes escuchan a los mismos músicos, los niños ven los mismos dibujos animados, las familias se visten, comen y se divierten en las mismas cadenas. La producción y el comercio circulan a través de las cada vez más permeables fronteras nacionales. Conceptos, religiones y formas de vida se nos hacen más próximos a través de los medios de comunicación y el turismo.

Sin embargo, esta globalización es una realidad ambigua. Muchos factores parecen llevarnos a suprimir las barreras culturales que impedían el reconocimiento de la común dignidad de los seres humanos, aceptando la diversidad de condiciones, razas, sexo o cultura. Jamás la humanidad tuvo, como ahora, la posibilidad de constituir una comunidad mundial plurifacética y solidaria. Pero, por otro lado, la indiferencia reinante ante los desequilibrios sociales crecientes, la imposición unilateral de valores y costumbres por parte de algunas culturas, la crisis ecológica y la exclusión de millones de seres humanos de los beneficios del desarrollo, cuestionan seriamente esta mundialización. La constitución de una familia humana solidaria y fraterna, en este contexto, sigue siendo una utopía.

Un verdadero crecimiento en la conciencia de la humanidad no puede fundarse en otra cosa que en la práctica del diálogo y el amor. Diálogo y amor se suponen en el reconocimiento del otro como otro, la aceptación de la diversidad. Sólo así puede fundarse el valor de la comunidad: no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades, no "absorbiendo" al otro, sino reconociendo como valioso lo que el otro es, y celebrando esa diversidad que nos enriquece a todos. Lo contrario es mero narcisismo, imperialismo, pura necedad.

Esto también debe leerse en la dirección inversa: ¿cómo puedo dialogar, cómo puedo amar, cómo puedo construir algo común si dejo diluirse, perderse, desaparecer lo que hubiera sido mi aporte? La globalización como imposición unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías va de la mano de la integración entendida como imitación y subordinación cultural, intelectual y espiritual. Entonces, ni profetas del aislamiento, ermitaños localistas en un mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del Mundo (de los otros) con la boca abierta y aplausos programados. Los pueblos, al integrarse al diálogo global, aportan los valores de su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o "síntesis de laboratorio" que los diluya en "lo común", "lo global". Y -al aportar esos valores- reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas que le son propias.

Tampoco cabe aquí un desaguisado eclecticismo porque, en este caso, los valores de un pueblo se desarraigan de la fértil tierra que les dio y les mantiene el ser para entreverarse en una suerte de mercado de curiosidades donde "todo es igual, dale que va... que allá en el horno nos vamo' a encontrar".

2. La Nación como continuidad de una historia común

Sólo podemos abrir, con provecho, nuestro "poema nacional" si caemos en la cuenta de que lo que allí se narra tiene que ver directamente con nosotros, aquí y ahora, y no porque seamos gauchos o usemos poncho, sino porque el drama que nos narra Hernández se ubica en la historia real, cuyo devenir nos trajo hasta aquí. Los hombres y mujeres reflejados en el tiempo del relato vivieron en esta tierra, y sus decisiones, producciones e ideales amasaron la realidad de la cual hoy somos parte, la que hoy nos afecta directamente. Justamente, esa "productividad", esos "efectos", esa capacidad de ser ubicado en la dinámica real de la historia, es lo que hace del Martín Fierro un "poema nacional". No la guitarra, el malón y la payada.

Y aquí se hace necesaria una apelación a la conciencia. Los argentinos tenemos una peligrosa tendencia a pensar que todo empieza hoy, a olvidarnos de que nada nace de un zapallo, ni cae del cielo como un meteorito. Esto ya es un problema: si no aprendemos a reconocer y asumir los errores y aciertos del pasado, que dieron origen a los bienes y males del presente, estaremos condenados a la eterna repetición de lo mismo, que -en realidad- no es nada eterna, pues la soga se puede estirar sólo hasta cierto límite... Pero hay más: si cortamos la relación con el pasado, lo mismo haremos con el futuro. Ya podemos empezar a mirar a nuestro alrededor... y a nuestro interior.

¿No hubo una negación del futuro, una absoluta falta de responsabilidad por las generaciones siguientes, en la ligereza con que se trataron las instituciones, los bienes y hasta las personas de nuestro país?

Lo cierto es esto: Somos personas históricas. Vivimos en el tiempo y el espacio. Cada generación necesita de las anteriores y se debe a las que la siguen. Y eso, en gran medida, es ser una Nación: entenderse como continuadores de la tarea de otros hombres y mujeres que ya dieron lo suyo, y como constructores de un ámbito común, de una casa, para los que vendrán después.

Ciudadanos "globales", la lectura del Martín Fierro nos puede ayudar a "aterrizar" y acotar esa "globalidad", reconociendo los avatares de la gente que construyó nuestra nacionalidad, haciendo propios o nuestro el andar como pueblo.

3. Ser un pueblo supone, ante todo, una actitud ética, que brota de la libertad

Ante la crisis vuelve a ser necesario respondernos a la pregunta de fondo: ¿en qué se fundamenta lo que llamamos "vínculo social"? Eso que decimos que está en serio riesgo de perderse, ¿qué es, en definitiva? ¿Qué es lo que me "vincula", me "liga", a otras personas en un lugar determinado, hasta el punto de compartir un mismo destino?

Permítanme adelantar la respuesta: se trata de una cuestión ética. El fundamento de la relación entre la moral y lo social se halla, justamente, en ese espacio (tan esquivo, por otra parte) en que el hombre es hombre en la sociedad, animal político, como dirían Aristóteles y toda la tradición republicana clásica. Es esta naturaleza social del hombre la que fundamenta la posibilidad de un contrato entre los individuos libres, como propone la tradición democrática liberal (tradiciones tantas veces opuestas, como lo demuestran multitud de enfrentamientos en nuestra historia). Entonces, plantear la crisis como un problema moral supondrá la necesidad de volver a referirse a los valores humanos, universales, que Dios ha sembrado en el corazón del hombre, y que van madurando con el crecimiento personal y comunitario. Cuando los obispos repetimos, una y otra vez, que la crisis es fundamentalmente moral, no se trata de esgrimir un moralismo barato, una reducción de lo político, lo social y lo económico a una cuestión individual de la conciencia. Eso sería "moralina".

No estamos "llevando agua para el propio molino" (dado que la conciencia y lo moral es uno de los campos donde la Iglesia tiene competencia más propiamente), sino intentando apuntar a las valoraciones colectivas que se han expresado en actitudes, acciones y procesos de tipo histórico-político y social.

Las acciones libres de los seres humanos, además de su peso en lo que hace a la responsabilidad individual, tienen consecuencias de largo alcance: generan estructuras que permanecen en el tiempo, difunden un clima en el cual determinados valores pueden ocupar un lugar central en la vida pública o quedar marginados de la cultura vigente. Y esto también cae dentro del ámbito moral. Por eso, debemos reencontrar el modo particular que nos hemos dado, en nuestra historia, para convivir, formar una comunidad.

Desde este punto de vista, retomemos el poema. Como todo relato popular, Martín Fierro comienza con una descripción del "paraíso original".

Pinta una realidad idílica, en la cual el gaucho vive con el ritmo calmo de la naturaleza, rodeado de sus afectos, trabajando con alegría y habilidad, divirtiéndose con sus compañeros, integrado en un modo de vida sencillo y humano. ¿A qué apunta este escenario?

En primer lugar, no movió al autor una especie de nostalgia por el "Edén gauchesco perdido". El recurso literario de pintar una situación ideal al comienzo no es más que una presentación inicial del mismo ideal. El valor a plasmar no está atrás, en el "origen", sino adelante, en el proyecto. En el origen está la dignidad de hijo de Dios, la vocación, el llamado a plasmar un proyecto.

Se trata de "poner el final al principio" (idea, por otro lado, profundamente bíblica y cristiana). La dirección que otorguemos a nuestra convivencia tendrá que ver con el tipo de sociedad que queramos formar: es el telostipo. Ahí está la clave del talante de un pueblo. Ello no significa ignorar los elementos biológicos, psicológicos y psicosociales que influyen en el campo de nuestras decisiones. No podemos evitar cargar (en el sentido negativo de límites, condicionamientos, lastres, pero también en el positivo de llevar con nosotros, incorporar, sumar, integrar) con la herencia recibida, las conductas, preferencias y valores que se han ido constituyendo a lo largo del tiempo. Pero una perspectiva cristiana (y éste es uno de los aportes del cristianismo a la humanidad en su conjunto) sabe valorar tanto "lo dado", lo que ya está en el hombre y no puede ser de otra forma, como lo que brota de su libertad, de su apertura a lo nuevo; en definitiva, de su espíritu como dimensión trascendente, de acuerdo siempre con la virtualidad de "lo dado".

Ahora bien: los condicionamientos de la sociedad y la forma que adquirieron, así como los hallazgos y creaciones del espíritu en orden a la ampliación del horizonte de lo humano siempre más allá, junto a la ley natural ínsita en nuestra conciencia se ponen en juego y se realizan concretamente en el tiempo y el espacio: en una comunidad concreta, compartiendo una tierra, proponiéndose objetivos comunes, construyendo un modo propio de ser humanos, de cultivar los múltiples vínculos, juntos, a lo largo de tantas experiencias compartidas, preferencias, decisiones y acontecimientos. Así se amasa una ética común y la apertura hacia un destino de plenitud que define al hombre como ser espiritual.

Esa ética común, esa "dimensión moral", es la que permite a la multitud desarrollarse junta, sin convertirse en enemigos unos de otros. Pensemos en una peregrinación: salir de un lugar y dirigirse al mismo destino permite a la columna mantenerse como tal, más allá del distinto ritmo o paso de cada grupo o individuo.

Sinteticemos, entonces, esta idea. ¿Qué es lo que hace que muchas personas formen un pueblo? En primer lugar, hay una ley natural y luego una herencia. En segundo lugar, hay un factor psicológico: el hombre se hace hombre (cada individuo o la especie en su evolución) en la comunicación, la relación, el amor con sus semejantes. En la palabra y el amor. Y en tercer lugar, estos factores biológicos y psicológicos-evolutivos se actualizan, se ponen realmente en juego, en las actitudes libres, en la voluntad de vincularnos con los demás de determinada manera, de construir nuestra vida con nuestros semejantes en un abanico de preferencias y prácticas compartidas (San Agustín definía al pueblo como "un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados").

Lo "natural" crece en "cultural", "ético"; el instinto gregario adquiere forma humana en la libre elección de ser un "nosotros". Elección que, como toda acción humana, tiende luego a hacerse hábito (en el mejor sentido del término), a generar sentimiento arraigado y a producir instituciones históricas, hasta el punto que cada uno de nosotros viene a este mundo en el seno de una comunidad ya constituida (la familia, la "patria") sin que eso niegue la libertad responsable de cada persona. Y todo ello tiene su sólido fundamento en los valores que Dios imprimió a nuestra naturaleza humana, en el hálito divino que nos anima desde dentro y que nos hace hijos de Dios. Esa ley natural que nos fue regalada e impresa para que "se consolide a través de las edades, se desarrolle con el correr de los años y crezca con el paso del tiempo"[2]. Esta ley natural, que —a lo largo de la historia y de la vida— ha de consolidarse, desarrollarse y crecer es la que nos salva del así llamado relativismo de los valores consensuados. Los valores no pueden consensuarse: simplemente, son.

En el juego acomodaticio de "consensuar valores" se corre siempre el riesgo, que es resultado anunciado, de "nivelar hacia abajo". Entonces, ya no se construye desde lo sólido, sino que se entra en la violencia de la degradación. Alguien dijo que nuestra civilización, además de ser una civilización del descarte es una civilización "biodegradable".
Volviendo a nuestro poema: el Martín Fierro no es la Biblia, por supuesto. Pero es un texto en el cual, por diversos motivos, los argentinos hemos podido reconocernos, un soporte para contarnos algo de nuestra historia y soñar con nuestro futuro:

"Yo he conocido esta tierra en que el paisano vivía, y su ranchito tenía y sus hijos y mujer. Era una delicia ver cómo pasaba sus días."

Ésta es, entonces, la "situación inicial", en la cual se desencadena el drama. El Martín Fierro es, ante todo, un poema incluyente. Todo se verá luego trastocado por una especie de vuelta del destino, encarnado, entre otros, en el Juez, el Alcalde, el Coronel. Sospechamos que este conflicto no es meramente literario. ¿Qué hay detrás del texto?

Martín Fierro, poema "incluyente"

1. Un país moderno, pero para todos

Antes que un "poema épico" abstracto, Martín Fierro es una obra de denuncia, con una clara intención: oponerse a la política oficial y proponer la inclusión del gaucho dentro del país que se estaba construyendo:

"Es el pobre en su orfandá de la fortuna el desecho porque naides toma a pecho el defender a su raza.

Debe el gaucho tener casa, Escuela, Iglesia y derechos."

Y Martín Fierro cobró vida más allá de la intención del autor, convirtiéndose en el prototipo del perseguido por un sistema injusto y excluyente. En los versos del poema se hizo carne cierta sabiduría popular recibida del ambiente, y así en Fierro habla no sólo la conveniencia de promover una mano de obra barata, sino la dignidad misma del hombre en su tierra, haciéndose cargo de su destino a través del trabajo, el amor, la fiesta y la fraternidad.

A partir de aquí, podemos empezar a avanzar en nuestra reflexión. Nos interesa saber dónde apoyar la esperanza, desde dónde reconstruir los vínculos sociales que se han visto tan castigados en estos tiempos. El cacerolazo fue como un chispazo autodefensivo, espontáneo y popular (aunque forzar su reiteración en el tiempo le hace perder las notas de su contenido original).

Sabemos que no alcanzó con golpear las cacerolas: hoy lo que más urge es tener con qué llenarlas. Debemos recuperar organizada y creativamente el protagonismo al que nunca debimos renunciar, y por ende, tampoco podemos ahora volver a meter la cabeza en el hoyo, dejando que los dirigentes hagan y deshagan. Y no podemos por dos motivos: porque ya vimos lo que pasa cuando el poder político y económico se desliga de la gente, y porque la reconstrucción no es tarea de algunos sino de todos, así como la Argentina no es sólo la clase dirigente, sino todos y cada uno de los que viven en esta porción del planeta.

¿Entonces, qué? Me resulta significativo el contexto histórico del Martín Fierro: una sociedad en formación, un proyecto que excluye a un importante sector de la población, condenándolo a la orfandad y a la desaparición, y una propuesta de inclusión. ¿No estamos hoy en una situación similar? ¿No hemos sufrido las consecuencias de un modelo de país armado en torno a determinados intereses económicos, excluyente de las mayorías, generador de pobreza y marginación, tolerante con todo tipo de corrupción, mientras no se tocaran los intereses del poder más concentrado? ¿No hemos formado parte de ese sistema perverso, aceptando, en parte, sus principios mientras no tocaran nuestro bolsillo, cerrando los ojos ante los que iban quedando fuera y cayendo ante la aplanadora de la injusticia, hasta que esta última, prácticamente, nos expulsó a todos?

Hoy debemos articular, sí, un programa económico y social, pero fundamentalmente un proyecto político en su sentido más amplio.

¿Qué tipo de sociedad queremos? Martín Fierro orienta nuestra mirada nuestra vocación como pueblo, como Nación. Nos invita, a darle forma a nuestro deseo de una sociedad donde todos tengan lugar: el comerciante porteño, el gaucho del litoral, el pastor del norte, el artesano del Noroeste, el aborigen y el inmigrante, en la medida en que ninguno de ellos quiera quedarse él solo con la totalidad, expulsando al otro de la tierra.

2. Debe el gaucho tener Escuela...

Durante décadas, la escuela fue un importante medio de integración social y nacional. El hijo del gaucho, el migrante del interior, que llegaba a la ciudad, y hasta el extranjero, que desembarcaba en esta tierra, encontraron, en la educación básica, los elementos que les permitieron trascender la particularidad de su origen para buscar un lugar en la construcción común de un proyecto.

También hoy, desde la pluralidad enriquecedora de propuestas educadoras, debemos volver a apostar: a la educación, todo.

Recién en los últimos años, y de la mano de una idea de país que ya no se preocupaba demasiado por incluir a todos e, incluso, no era capaz de proyectar a futuro, la institución educativa vio decaer su prestigio, debilitarse sus apoyos y recursos, y desdibujarse su lugar en el corazón de la sociedad. El conocido latiguillo de la "escuela shopping" no apunta sólo a criticar algunas iniciativas puntuales que pudimos presenciar. Pone en tela de juicio toda una concepción, según la cual la sociedad es Mercado y nada más. De este modo, la escuela tiene el mismo lugar que cualquier otro emprendimiento lucrativo. Y, debemos recordar, una y otra vez, que no ha sido ésta la idea que desarrolló nuestro sistema educativo y que, con errores y aciertos, contribuyó a la formación de una comunidad nacional.

En este punto, los cristianos hemos hecho un aporte innegable desde hace siglos. No es aquí mi intención entrar en polémicas y diferencias que suelen consumir muchos esfuerzos. Simplemente, pretendo llamar la atención de todos y, en particular, de los educadores católicos, respecto de la importantísima tarea que tenemos entre manos.

Depreciada, devaluada y hasta atacada por muchos, la tarea cotidiana de todos aquellos que mantienen en funcionamiento las escuelas, enfrentando dificultades de todo tipo, con bajos sueldos y dando mucho más de lo que reciben, sigue siendo uno de los mejores ejemplos de aquello a lo cual hay que volver a apostar, una vez más: la entrega personal a un proyecto de un país para todos. Proyecto que, desde lo educativo, lo religioso o lo social, se torna político en el sentido más alto de la palabra: construcción de la comunidad.

Este proyecto político de inclusión no es tarea sólo del partido gobernante, ni siquiera de la clase dirigente en su conjunto, sino de cada uno de nosotros.El "tiempo nuevo" se gesta desde la vida concreta y cotidiana de cada uno de los miembros de la Nación, en cada decisión ante el prójimo, ante las propias responsabilidades, en lo pequeño y en lo grande, cuanto más en el seno de las familias y en nuestra cotidianeidad escolar o laboral.
"Mas Dios ha de permitir que esto llegue a mejorar pero se ha de recordar / para hacer bien el trabajo que el fuego pa calentar debe ir siempre por abajo."

Pero esto merece una reflexión más completa.

Martín Fierro, compendio de ética cívica

Seguramente, tampoco a Hernández se le escapaba que los gauchos "verdaderos", los de carne y hueso, no se iban a comportar tampoco como "señoritos ingleses" en la "nueva sociedad a fraguar".

Provenientes de otra cultura, sin alambrado, acostumbrados a décadas de resistencia y lucha, ajenos en un mundo que se iba construyendo con parámetros muy distintos a los que ellos habían vivido, también ellos deberían realizar un importante esfuerzo para integrarse, una vez que se les abrieran las puertas.

1. Los recursos de la cultura popular

La segunda parte de nuestro "poema nacional" pretendió ser una especie de "manual de virtudes cívicas" para el gaucho, una "llave" para integrarse en la nueva organización nacional.

"Y en lo que explica mi lengua todos deben tener fe.

Ansí, pues, entiéndanme, con codicias no me mancho. No se ha de llover el rancho en donde este libro esté."

Martín Fierro está repleto de los elementos que el mismo Hernández había mamado de la cultura popular, elementos que, junto con la defensa de algunos derechos concretos e inmediatos, le valieron la gran adhesión que pronto recibió. Es más: con el tiempo, generaciones y generaciones de argentinos releyeron a Fierro... y lo reescribieron, poniendo sobre sus palabras las muchas experiencias de lucha, las expectativas, las búsquedas, los sufrimientos... Martín Fierro creció para representar al país decidido, fraterno, amante de la justicia, indomable. Por eso todavía hoy tiene algo que decir. Es por eso que aquellos "consejos" para "domesticar" al gaucho trascendieron con mucho el significado con que fueron escritos y siguen hoy siendo un espejo de virtudes cívicas no abstractas, sino profundamente encarnadas en nuestra historia. A esas virtudes y valores, vamos a prestarles atención ahora.

2. Los consejos de Martín Fierro

Los invito a leer una vez más este poema. Háganlo no con un interés sólo literario, sino como una forma de dejarse hablar por la sabiduría de nuestro pueblo, que ha sido plasmada en esta obra singular. Más allá de las palabras, más allá de la historia, verán que lo que queda latiendo en nosotros es una especie de emoción, un deseo de torcerle el brazo a toda injusticia y mentira y seguir construyendo una historia de solidaridad y fraternidad, en una tierra común donde todos podamos crecer como seres humanos. Una comunidad donde la libertad no sea un pretexto para faltar a la justicia, donde la ley no obligue sólo al pobre, donde todos tengan su lugar. Ojalá sientan lo mismo que yo: que no es un libro que habla del pasado, sino, más bien, del futuro que podemos construir. No voy a prolongar este mensaje —ya muy extenso— con el desarrollo de los muchos valores que Hernández pone en boca de Fierro y otros personajes del poema. Simplemente, los invito a profundizar en ellos, a través de la reflexión y, por qué no, de un diálogo en cada una de nuestras comunidades educativas. Aquí, presentaré solamente algunas de las ideas que podemos rescatar, entre muchas.

2.1. Prudencia o "picardía": obrar desde la verdad y el bien... o por conveniencia.

"Nace el hombre con la astucia que ha de servirle de guía.

Sin ella sucumbiría, pero sigún mi experiencia

se vuelve en unos prudencia y en los otros picardía.

Hay hombres que de su cencia tienen la cabeza llena;

hay sabios de todas menas, mas digo sin ser muy ducho,

es mejor que aprender mucho el aprender cosas buenas."

Un punto de partida. "Prudencia" o "picardía" como formas de organizar los propios dones y la experiencia adquirida. Un actuar adecuado, conforme a la verdad y al bien posibles aquí y ahora, o la consabida manipulación de informaciones, situaciones e interacciones desde el propio interés.

Mera acumulación de ciencia (utilizable para cualquier fin) o verdadera sabiduría, que incluye el "saber" en su doble sentido, conocer y saborear, y que se guía tanto por la verdad como por el bien. "Todo me es permitido, pero no todo me conviene", diría San Pablo. ¿Por qué? Porque, además de mis necesidades, apetencias y preferencias, están las del otro. Y lo que satisface a uno a costa del otro termina destruyendo a uno y otro.

2.2. La jerarquía de los valores y la ética exitista del "ganador".

 "Ni el miedo ni la codicia es bueno que a uno lo asalten.

Ansí no se sobresalten por los bienes que perezcan.

Al rico nunca le ofrezcan y al pobre jamás le falten."

Lejos de invitarnos a un desprecio de los bienes materiales como tales, la sabiduría popular, que se expresa en estas palabras, considera los bienes perecederos como medio, herramienta para la realización de la persona en un nivel más alto. Por eso, prescribe no ofrecerle al rico (comportamiento interesado y servil que sí recomendaría la "picardía" del Viejo Vizcacha) y no mezquinarle al pobre (que sí necesita de nosotros y, como dice el Evangelio, no tiene nada con que pagarnos). La sociedad humana no puede ser una "ley de la selva" en la cual cada uno trate de manotear lo que pueda, cueste lo que costare. Y ya sabemos, demasiado dolorosamente, que no existe ningún mecanismo "automático" que asegure la equidad y la justicia. Sólo una opción ética convertida en prácticas concretas, con medios eficaces, es capaz de evitar que el hombre sea depredador del hombre. Pero esto es lo mismo que postular un orden de valores que es más importante que el lucro personal y, por lo tanto, un tipo de bienes que es superior a los materiales. Y no estamos hablando de cuestiones que exijan determinada creencia religiosa para ser comprendidas: nos referimos a principios como la dignidad de la persona humana, la solidaridad, el amor.

 "Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo que soy Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes."

(Juan 13,13-15)

Una comunidad que deje de arrodillarse ante la riqueza, el éxito y el prestigio y que sea capaz, por el contrario, de lavar los pies de los humildes y necesitados sería más acorde con esta enseñanza que la ética del "ganador" (a cualquier precio) que hemos malaprendido en tiempos recientes.

2.3. El trabajo y la clase de persona que queremos ser

"El trabajar es la ley porque es preciso alquirir. No se espongan a sufrir una triste situación. Sangra mucho el corazón del que tiene que pedir."

¿Hacen falta comentarios? La historia ha marcado a fuego en nuestro pueblo el sentido de la dignidad del trabajo y el trabajador. ¿Existe algo más humillante que la condena a no poder ganarse el pan? ¿Hay forma peor de decretar la inutilidad e inexistencia de un ser humano? ¿Puede una sociedad, que acepta tamaña iniquidad escudándose en abstractas consideraciones técnicas, ser camino para la realización del ser humano?

Pero este reconocimiento, que todos declamamos, no termina de hacerse carne. No sólo por las condiciones objetivas que generan el terrible desempleo actual (condiciones que, nunca hay que callarlo, tienen su origen en una forma de organizar la convivencia que pone la ganancia por encima de la justicia y el derecho), sino también por una mentalidad de "viveza" (¡también criolla!) que ha llegado a formar parte de nuestra cultura. "Salvarse" y "zafar"... por el medio más directo y fácil posible. "La plata trae la plata"... "nadie se hizo rico trabajando"... creencias que han ido abonando una cultura de la corrupción que tiene que ver, sin duda, con esos "atajos" por los cuales muchos han tratado de sustraerse a la ley de ganar el pan con el sudor de la frente.

2.4. El urgente servicio a los más débiles

"La cigüeña cuando es vieja pierde la vista, y procuran cuidarla en su edá madura todas sus hijas pequeñas. Apriendan de las cigüeñas este ejemplo de ternura."

En la ética de los "ganadores", lo que se considera inservible, se tira. Es la civilización del "descarte". En la ética de una verdadera comunidad humana, en ese país que quisiéramos tener y que podemos construir, todo ser humano es valioso, y los mayores lo son a título propio, por muchas razones: por el deber de respeto filial ya presente en el Decálogo bíblico; por el indudable derecho de descansar en el seno de su comunidad que se ha ganado aquél que ha vivido, sufrido y ofrecido lo suyo; por el aporte que sólo él puede dar todavía a su sociedad, ya que, como pronuncia el mismo Martín Fierro, "es de la boca del viejo / de ande salen las verdades".

No hay que esperar hasta que se reconstituya el sistema de seguridad social actualmente destruido por la depredación: mientras tanto, hay innumerables gestos y acciones de servicio a los mayores que estarían al alcance de nuestra mano con una pizca de creatividad y buena voluntad. Y del mismo modo, no podemos dejar de volver a considerar las posibilidades concretas que tenemos de hacer algo por los niños, los enfermos, y todos aquellos que sufren por diversos motivos. La convicción de que hay cuestiones "estructurales", que tienen que ver con la sociedad en su conjunto y con el mismo Estado, de ningún modo nos exime de nuestro aporte personal, por más pequeño que sea.

2.5. Nunca más el robo, la coima y el "no te metás"

"Ave de pico encorvado le tiene al robo afición. Pero el hombre de razón no roba jamás un cobre, pues no es vergüenza ser pobre y es vergüenza ser ladrón."

Quizás, en nuestro país, esta enseñanza haya sido de las más olvidadas. Pero más allá de ello, además de no permitir ni justificar nunca más el robo y la coima, tendríamos que dar pasos más decididos y positivos. Por ejemplo, preguntarnos no sólo qué cosas ajenas no tenemos que tomar, sino más bien qué podemos aportar. ¿Cómo podríamos formular que, también, son "vergüenza" la indiferencia, el individualismo, el sustraer (robar) el propio aporte a la sociedad para quedarse sólo con una lógica de "hacer la mía"?

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿y quién es mi prójimo?" Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió de largo. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces, se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montadura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver."¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?" "El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, procede tú de la misma manera."

(Lucas 10,29-37)

2.6. Palabras vanas, palabras verdaderas

"Procuren, si son cantores, el cantar con sentimiento. No tiemplen el estrumento por solo el gusto de hablar y acostúmbrense a cantar en cosas de jundamento."

Comunicación, hipercomunicación, incomunicación.

¿Cuántas palabras "sobran" entre nosotros? ¿Cuánta habladuría, cuánta difamación, cuánta calumnia? ¿Cuánta superficialidad, banalidad, pérdida de tiempo? Un don maravilloso, como es la capacidad de comunicar ideas y sentimientos, que no sabemos valorar ni aprovechar en toda su riqueza.

¿No podríamos proponernos evitar todo "canto" que sólo sea "por el gusto de hablar"? Conclusión: palabra y amistad ¿Sería posible que estuviéramos más atentos a lo que decimos de más y a lo que decimos de menos, particularmente quienes tenemos la misión de enseñar, hablar, comunicar?

Finalmente, citemos aquella estrofa en la cual hemos visto tan reflejado el mandamiento del amor en circunstancias difíciles para nuestro país. Aquella estrofa que se ha convertido en lema, en programa, en consigna, pero que debemos recordar una y otra vez:

"Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de ajuera"

Estamos en una instancia crucial de nuestra Patria. Crucial y fundante: por eso mismo, llena de esperanza. La esperanza está tan lejos del facilismo como de la pusilanimidad. Exige lo mejor de nosotros mismos en la tarea de reconstruir lo común, lo que nos hace un pueblo.

Estas reflexiones han pretendido solamente despertar un deseo: el de poner manos a la obra, animados e iluminados por nuestra propia historia, el de no dejar caer el sueño de una Patria de hermanos que guió a tantos hombres y mujeres en esta tierra.
¿Qué dirán de nosotros las generaciones venideras?

¿Estaremos a la altura de los desafíos que se nos presentan?

¿Por qué no?, es la respuesta.

Sin grandilocuencias, sin mesianismos, sin certezas imposibles, se trata de volver a bucear valientemente en nuestros ideales, en aquellos que nos guiaron en nuestra historia y de empezar, ahora mismo, a poner en marcha otras posibilidades otros valores, otras conductas.

Casi como una síntesis, me sale al paso el último verso que citaré del Martín Fierro, un verso que Hernández pone en boca del hijo mayor del gaucho en su amarga reflexión sobre la cárcel:

"Pues que de todos los bienes, en mi inorancia lo infiero, que le dio al hombre altanero Su Divina Magestá, la palabra es el primero, el segundo es la amistá."

La palabra que nos comunica y vincula, haciéndonos compartir ideas y sentimientos, siempre y cuando hablemos con la verdad, siempre, sin excepciones. La amistad, incluso la amistad social, con su "brazo largo" de la justicia, que constituye el mayor tesoro, aquel bien que no se puede sacrificar por ningún otro, lo que hay que cuidar por sobre todas las cosas.

Palabra y amistad. "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros"(Juan 1,14). No hizo rancho aparte; se hizo amigo nuestro. "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre" (Juan 15,13-15). Si empezamos, ya mismo, a valorar estos dos bienes, otra puede ser la historia de nuestro país.

Concluyamos poniendo estos deseos en las manos del Señor con la oración por la Patria que nos han ofrecido los obispos argentinos:

Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos

Nos sentimos heridos y agobiados.

Precisamos tu alivio y fortaleza.

Queremos ser una nación,

una nación, cuya identidad sea la pasión por la verdad

y el compromiso por el bien común.

Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios,

para amar a todos, sin excluir a nadie,

privilegiando a los pobres y perdonando a que nos ofenden,

aborreciendo el odio y construyendo la paz.

Concédenos la sabiduría del diálogo

y la alegría de la esperanza que no defrauda.

Tú nos convocas. Aquí estamos Señor,

cercanos a María,

que, desde Luján, nos dice:

¡Argentina! ¡Canta y camina!

Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.

Amén.
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EL ENCANTO DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS




Cristian Rodrigo Iturralde

Los aztecas ostentan tres tristísimos y lamentables récords históricos que tal vez solo puedan disputarle los comunistas con sus cien millones de ejecutados en setenta años de historia.

El primero de ellos corresponde a la cantidad de víctimas logradas en el transcurso de dos siglos, el segundo a las logradas en solamente cuatro días, y el tercero se refiere a la inmensa cantidad de niños ejecutados.

Conviene aclarar que la arqueología, la antropología y la etnología moderna se han encargado de confirmar todo cuanto decimos y aseveraron los cronistas americanos.  La ciencia ha hablado, y ya no hay lugar para presunciones o debates ideológicos.

RECORD NÚMERO 1: MAYOR CANTIDAD DE EJECUCIONES EN DOS SIGLOS

La cantidad de víctimas variaba mucho de acuerdo con la importancia de la ciudad, del pueblo y de la festividad elegida para el ritual.  Fray Juan de Zumarraga y Francisco Clavijero, en 1531, dan cuenta de que sólo en la ciudad de México se sacrifican a los ídolos más de veinte mil víctimas al año.

Fray Juan de Torquemada ubica el numero de asesinados en todo el país por año en 72.244, incluidos veinte mil niños.

El historiador mexicano, el Padre Cuevas, asegura que el número de sacrificios en lo que fue Nueva España, era de cien mil seres humanos cada año.

Varios autores citados por Gomara hablan de cincuenta mil.  Tanto Acosta como Herrera aseguran que había días en que llegaban a matarse entre cinco mil y veinte mil personas por día.

Motolinia, describiendo la fiesta del año de Tlascallan, dice que se sacrificaban ochocientos hombres en la ciudad y en la provincia.  Francisco Antonio de Lorenzana dice que en Cholula se sacrificaban seis mil niños por año.

Por su parte, Diego Duran, desde su “Historia de las Indias”, después de describir las ceremonias de la coronación de Moctezuma y los sacrificios, dice: “había días de dos mil, tres mil sacrificados, y días de ocho mil, y otros cinco mil, la cual carne se comían, y hacían fiesta con ella, después de haber ofrecido el corazón al demonio”.

Fray Pedro Simón en su “Historia de la guerra de los indios Pijaos, indígenas de Tierra Firme”, calcula que desde la fundación del Estado azteca (1325) hasta su ocupación por las tropas de Cortés (1521) se cuentan por millones —a lo largo de dos siglos— las víctimas inmoladas a estas divinidades.

Michael Harner, conocido antropólogo estadounidense, estimó en doscientas cincuenta mil personas al año el número de sacrificados. En resumen, se calcula que la cifra anual de  ejecuciones superaba con creces los cien mil.

Tomando los números mas moderados, como los cincuenta mil sugeridos por Gomara, encontramos que en un siglo, y sólo considerando la región mesoamericana del continente (excluyendo a los mayas), aztecas y aliados asesinaron más de cinco millones de personas.

RECORD NÚMERO 2: MÁXIMA CANTIDAD DE PERSONAS EJECUTADAS EN CUATRO DÍAS

El holocausto más grande conocido por la humanidad comenzó un día del año 1487, durando cuatro días. El motivo del ¨mega evento¨ era la consagración de la gran pirámide de Tenochtitlán, que había sido construida en cuatro años a base de esclavos. Prescott, protestante y antipático a España, dice que no menos de setenta mil personas fueron ejecutadas para éste solo evento.

Al respecto existe un interesentísimo trabajo de investigación bastante reciente, producido por el canal Discovery Channel, titulado Aztec: Temple of Blood. Esta investigación contó entre sus colaboradores con reputados y prestigiosos expertos de distintas áreas y disciplinas: antropólogos, cirujanos y diseñadores científicos, etc. Lo que allí se había propuesto era comprobar de una forma científica si realmente habían podido los aztecas en 1487 ejecutar a tanta gente en tan corto lapso; o sea, si era físicamente posible a los sacerdotes extraer el corazón de una persona en contados minutos, uno tras otro.

Para el experimento se habían conseguido réplicas casi exactas del cuerpo humano, con la intención de comprobar el tiempo real en el que un cirujano podía extraer un corazón. Utilizando los mismos instrumentos que los indígenas —mediante un cuchillo de obsidiana mandado especialmente a confeccionar— el cirujano logró cortar debajo de las costillas del cuerpo artificial y llegar al corazón por debajo de la caja torácica, desde donde lo extrajo. El tiempo que le tomó, en su segundo intento, fue de solamente ¡diecisiete segundos! Seguramente, si hubiera seguido probando, habría llegado a adquirir, eventualmente, el grado de habilidad y velocidad de los sacerdotes indígenas y su tiempo hubiera sido aun menor. El mentado estudio terminó por confirmar lo que ya había afirmado la antropología y la evidencia documental: los aztecas pudieron asesinar decenas de miles de personas en tan pocos días.

No existen dudas sobre la capacidad de los aztecas para procurarse esclavos y/o cautivos de guerra para sacrificar.

Sabemos que en una sola ocasión llegaban a tomar decenas de miles de prisioneros. Antes de 1487 habían tenido cientos de guerras —que incluso hicieron con el único fin de procurarse esclavos para sacrificios humanos—, especialmente con Moctezuma II.  Es posible que para esa ocasión contaran con no menos de doscientos mil prisioneros de guerra.

A esto podemos sumar los esclavos que no eran producto de guerras —a veces comprados en los mercados— y que muchas veces sacrificaban.  Las filas que formaban los esclavos hasta el altar donde habrían de ser sacrificados era interminable.

Hayan sido cien mil, cincuenta mil o incluso veinte mil víctimas en cuatro días, tratamos aquí con un record bestial, solo superado por el holocausto de Hiroshima, Nagasaki y Dresden; ambos pertenecientes a la segunda guerra mundial.

RECORD NÚMERO 3: LOS DESGRACIADOS NIÑOS

De los récords mencionados, es éste sin dudas el más repugnante e indignante. Ninguna sociedad en la historia tuvo mayor predilección por la inmolación de niños que los pueblos precolombinos, especialmente mayas,(1) aztecas y chibchas.

Cuando creían habrlo visto todo, los misioneros quedáronse perplejos al constatar la existencia de masivos sacrificios humanos de niños. Si existía una Fiesta particularmente terrorífica al respecto, esta era sin dudas la de Tlaloc, en donde los sacrificados eran exclusivamente niños. Refiriéndose a otros sacrificios que hacían los aztecas en el mes de Atcavalo, escribe Bernardino de Sahagún: “En este mes mataban muchos niños; sacrificándolos en muchos lugares, en las cumbres de los montes, sacándoles los corazones a honra de los dioses del agua, para que les diesen agua o lluvia. A los niños que mataban componíanlos con ricos atavíos para llevarlos a matar, y llevávanlos en unas literas sobre los hombros, y las literas iban adornadas con plumajes y con flores; iban tañendo, cantando y bailando delante de ellos.  Cuando llevaban a los niños a matar, si lloraban y echaban muchas lágrimas, alegrábanse los que los llevaban, porque tomaban pronóstico de que habían de tener muchas aguas ese año. (…) No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada como la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y espanto”.(2)

Comenta Morales Padrón, que era muy común en algunas tribus el ahogamiento de niños, y “que entre los chibchas se ofrecían preferentemente niños, a los que se criaba hasta los quince años en el Templo del  Sol, para ser finalmente muertos a flechazos atados a una columna”.(3)  A su vez, dice Francisco Clavijero que en la Fiesta de Tlaloc los aztecas sacrificaban exclusivamente niños de ambos sexos, que compraban para la ocasión.  Eran dos las formas de hacerlo: a unos los ahogaban en el lago y a otros, niños de seis años, los encerraban en una caverna y los dejaban morir de hambre.(4)

Tomando en consideración que, como se ha reconocido —especialmente en el caso de los aztecas—, tras un exitoso combate se obtenían de una sola vez varios millares de prisioneros y que las guerras eran constantes, cabría preguntar: ¿Qué hubiera sucedido a los  súbditos de aquel imperio de no haber llegado los españoles? Podría suponerse, sin temor a exagerar, que habrían desaparecido de la faz de la tierra sin dejar tal vez rastro alguno de su existencia. Probablemente, de no haber prohibido los españoles estas prácticas, las culturas indígenas hubieran desaparecido como lo habían hecho anteriormente los mayas, los teotihuacanos y los toltecas. Es el destino forzoso de los seguidores de falsas religiones.

Sabemos también por González Gimenes de Quesada, Lucas Fernández de Piedrahita y Fray Pedro Simón de la costumbre de varias tribus colombianas, venezolanas y brasileñas de sacrificar niños; particularmente entre panches y muiscas. En general estos niños, junto a otros esclavos, se vendían en distintos mercados de la región, siendo comprados la mayor de las veces para los sacrificios. El religioso Simon da preciso detalle de esta bestial ceremonia: “(…) tendían al muchacho sobre una manta rica en el suelo y alli lo degollaban con unos cuchillos de caña; cogían la sangre en una totuma y con ella untaban algunas peñas (…)”.(5) Fernández de Piedrahita confirma los hechos, diciendo: “(…) abriéndolo vivo y sacándole el corazón y las entrañas, mientras le cantaban sus músicos ciertos himnos que tenían compuestos para aquella bárbara función”.(6)

Por referir otros casos, también practicaron los sacrificios humanos de niños, en forma bastante frecuente, los picunches y los araucanos o mapuches;(7) incluso en épocas bastante recientes, siendo conocido el caso del niño de cinco años asesinado luego del terremoto de Valdivia de 1960; caso que tomó estado  público y que causó gran revuelo en su momento.(8)

NOTAS:
1.Esta costumbre es denunciada por la misma National Geographic, en un documental titulado, en español, “Los últimos días del imperio Maya¨, Estados Unidos, 2005.  Se halla disponible en: http://www.ivoox.com/ultimos-dias-del-imperio-maya-audios-mp3_rf_769250_ 1.htm­l?au­to­play=1  

 2.  Bernardino de Sahagún: “Historia General de las Cosas de Nueva España”, Madrid, Dastin, 2001, tomo I, págs. 17-18.
3.  Morales Padrón, Francisco: “Manual de Historia Universal”, tomo V, “Historia General de América”, Madrid, 1962, 62 (referencia al ahogamiento de niños), y 88-89 (ca­so de los Chibchas).
4.  Ob. cit., pág. 168.
5.  Fray Pedro Simón: “Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales”, Ed. Kelly, Bogotá, 1953, II, pág. 249.
6.  Lucas Fernández de Piedrahita: “Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada”, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá, 1942, I, págs. 40-41.  Consultar también el muy buen artículo “Dos Sacrificios humanos entre los muiscas”, María Lucía Sotomayor, Instituto Colombiano de Antropologia, Bogotá, “Revista Colombiana de Antropología”, vol. XX­VIII, año 1989-1990.
7.  “Revista anales”, Universidad de Chile, Séptima Serie, N° 1, mayo 2011. Consultar en: http://www.revistas.uchile.cl/index.php/ANUC/article/view­File/12347/18134 .  Tanto el P. Rosales (siglo XVII), como el gran historiador chileno José Toribio Medina y el dominico Alfonso Fernández, dieron cuenta de lo mismo.

8.  Arturo Zúñiga: “El niño inmolado”, en “El Mercurio”, Santiago de Chile, 15 de agosto de 2001.  Consultar el artículo completo en http://www.mapuche.info/news02/merc010815.html

ESTADOS UNIDOS TAMBIÉN ES HISPANOAMÉRICA





 DANIEL MARÍN Y LORENZO ESTEVE

La Gaceta - 15/10/2013

La hispanidad no sólo guarda relación con los países actualmente conocidos como iberoamericanos, su poder también llegó a extensas zonas de Norteamérica, y hoy algunas ciudades, escudos, banderas y hasta la propia moneda de allí son un reflejo vivo de esta importante influencia.

España no ha sido solamente la primera en descubrir el Nuevo Mundo, el más allá del cabo Finisterre, del “fin de la tierra”, sino también la primera en pisar norteamérica. Antes de que ningún europeo, -futuro estadounidense-, tocara aquellos terrenos, los españoles ya paseaban sus banderas por ellos.

El primer hombre en navegar el famoso río Colorado yanqui, era español y se llamaba Fernando de Alarcón. Y el primero en surcar el Mississippi tenía la misma procedencia ibérica, respondiendo al nombre de Hernando de Soto, natural con toda probabilidad de Jerez de los Caballeros, Castilla.

Asimismo, él y sus 400 hombres aguerridos hicieron primicia explorando las zonas de Tejas, Oklahoma y Arkansas, y navegando los puertos naturales de las actuales Nueva York y Virginia. Otro más, Alejandro Malaspina, fue el primero en rastrear la costa de California, y uno adicional, Vázquez de Coronado, el que atravesó el Cañón del Colorado alcanzado la hoy conocida como Kansas City.

Antes de que los ingleses comenzaran sus masacres con los indios, persiguiéndolos, esclavizándolos y hacinándolos en reservas como si fueran animales, los españoles ya pactábamos con sus tribus, como las de los sioux, navajos, cheyennes, arapahoes, e incluso como la de los comanches, de dónde viene la famosa frase que ha pasado de generación en generación por la cultura popular de “territorio comanche”.

 La ciudad más antigua

Obviamente, estos importantes hitos no podían pasar desapercibidos en unas tierras que prácticamente fueron españolas en más de la mitad de su totalidad hasta bien entrado el siglo XIX. Hay Estados como el de Arizona, el de Florida, el de Luisiana, el de California, el de Nuevo Méjico y el de Tejas, que pertenecían al por aquel entonces virreinato de la Nueva España. De hecho, Florida, que es la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América, conserva aún una antigua fortaleza española sobre la que todavía hondea el estandarte hispano.

La huella es evidente; las ciudades de Los Ángeles, de San Francisco y de San Agustín, entre otras, tienen origen ibérico, esto es, hispano y católico, ambos inseparables. Y se puede decir lo mismo de islas como la de San Juan. Nombres, todos ellos, que cabrían esperarse de los españoles que partieron rumbo hacia nuevos horizontes terrestres a bordo de una nave como la Santa María, y no de los modernos estadounidenses que hicieron lo mismo hacia lugares extraterrestres con un cohete al que apodaron Apollo, divinidad de la mitología greco-romana.

Washington ataño no era el centro político de Estados Unidos, sino un territorio perteneciente a la corona española.

La presencia de los antiguos dueños e inquilinos también subsiste en algunas banderas y escudos. Así, por ejemplo, la Confederada diseñada por el congresista William Parcher Miles y la del Estado de Alabama, lugar de procedencia del famoso personaje cinematográfico Forest Gump, guardan la simbología de la Cruz de San Andrés, emblema de la antigua bandera española que hoy siguen usando los carlistas. Y respecto a los escudos, tanto el de Alabama como el de Los Ángeles incluyen en uno de sus cuarteles el castillo y el león de los antiguos reinos peninsulares.

Otro escudo que asimismo preserva la señal de su origen es el de Tejas. En él, se incluyen las seis banderas de las seis naciones que han ejercido la soberanía sobre su territorio; entre las que está, como no podría ser de otra manera, la rojigualda española. Igualmente, en el capitolio de Tejas luce egregio el emblema de Castilla recordando, por otro lado, que aquellas zonas pertenecieron hasta fechas muy recientes al propio México.

Esa España de los grandes hombres que llegaron hasta el fin del mundo dejó también su impronta en la moneda que hoy usan cotidianamente los estadounidenses y es la divisa más demandada en los intercambios económicos internacionales: el dólar.

En efecto, el símbolo de este dinero adoptado por el Rey Fernando el Católico para la Nueva España no es otra cosa que las dos columnas de Hércules en las que se entrelaza una cinta donde se incluía la famosa frase “non plus ultra”, que se modificó por “plus ultra”, es decir, “más allá”.

 La antigua mitología griega decía que Hércules limitó el mundo de Zeus en dos pilares, esto es, en dos extremos, uno de los cuales era Gibraltar. Así, en aquel entonces se pensaba que tras el peñón no había nada; hasta que Colón demostró que sí, que “más allá” estaba América aguardando ser descubierta por él bajo el amparo de España.

 El tálero de Carlos V

Por otro lado, el mismo nombre de “dólar” tiene relación con el Sacro Imperio Romano del que fue Rey Carlos V. En el siglo XVI el conde Schlick ordenó acuñar en la ciudad de Joachimsthal (valle de Joaquín) unas monedas a las que denominó “Joachims Thaler”, abreviándose “Thaller”, y que con el uso pasó a “Tholler” hasta llegar a “Dollar”. De hecho, el dólar español fue adoptado en 1785 como moneda oficial de los Estados Unidos a cuyas colonias España ayudó a independizarse de Inglaterra, y en 1787 se creó el dólar estadounidense fijado en paridad con el duro español con valor de 8 reales también españoles y cuya simbología tomó y que hoy se representa como una “S” atravesada por dos erguidos palos: $.

Pero existe otro tipo de huella de España en los actuales Estados Unidos: la cultural y humana. El sur y el oeste de aquella nación está indeleblemente marcado por esas constantes, a través de México,sobre todo después de que, con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, Norteamérica se quedó con inmensas extensiones que ahora son los estados de Texas, Arizona, California, Nuevo México y Colorado.

Ahí dejó España una marcada huella que ha fructificado tres siglos después en grandes metrópolis como San Francisco o Los Angeles. Franciscanos y jesuitas fueron creando en los siglos XVII y XVIII , las misiones y los presidios, unas veces en forma de ranchos desperdigados y otras de pequeños pueblos, que en muchos casos constituyeron el germen de grandes ciudades como San Francisco.

No fue fácil someter a las tribus indias, sobre todo a las nómadas, (comanches, navajos y apaches)... les fue mejor con las tribus sedentarias que se dedicaban a la agricultura.

 Esclavos, no meras mercancias

Como explicaba Ramiro de Maeztu en su obra más emblemática Defensa de la Hispanidad, la religión marcó la impronta de la forma de colonizar España. A diferencia de Inglaterra o de Francia, la Corona española fue mucho más respetuosa con los derechos humanos, tanto con la población indigena, a la que integraron, como a los esclavos.

Esta cuestión supuso uno de los grandes motivos de fricción con Gran Bretaña, ya que los principios católicos españoles hacían que trataran a éstos de una forma más humanitaria, considerándolos “no como meras mercancías, sino sujetos de derechos como la religión, la propiedad y la familia”.

Pero la cultura del sudoeste americano es, en general, hija directa de España. Religión, folclore, costumbres, e incluso elementos materiales (como la cría del ganado, que los famosos cowboys de los western heredan de los vaqueros españoles; o como la arquitectura colonial) proceden de los primeros pobladores, castellanos, andaluces, vascos de aquellas grandes extensiones. Aunque en el siglo XIX, tras ceder todo eso México, el Oeste se pobló primero de elementos anglosajones y posteriormente de inmigrantes europeos (fundamentalmentes irlandeses y nórdicos).

Los Estados Unidos actuales serían, en cualquier caso, irreconocibles tal como hoy las conocemos sin el legado español, desde el dólar hasta algo tan representativo de su cultura y su paisaje como el caballo: los primeros que llegaron al Continente fueron dieciseis equinos andaluces llevados en una de las expediciones de Hernán Cortes.


Fuente: El Manifiesto

TAMBIÉN SOBRE BROWN, FELIPE PIGNA DIFUNDE ERRORES

INSTITUTO NACIONAL BROWNIANO


"Bouchard, el corsario de la Patria"
Por Felipe Pigna.

La comisión de Estudios Históricos ha analizado el texto de “Bouchard, el corsario de la patria”, de Felipe Pigna; considera que deben señalarse los siguientes errores históricos y pone al alcance de los interesados la bibliografía correspondiente.

1.- El reglamento español de Corso de 1801, no fue un “mamotreto” como escribe Pigna, sino “una completa legislación de larga aplicación en el Plata a partir de mayo de 1810” – Ver Rodríguez – Arguindeguy: El corso rioplatense, página 53.

2.- El hermano de Guillermo Brown, integrante de la expedición corsaria al Pacífico, se llamaba Miguel y no Luis como figura en dos oportunidades en el texto, lo que no es error de imprenta sino del autor.

3.- Felipe Pigna menciona al duque de Florida Blanca como Gobernador de Guayaquil y a su sobrina, la condesa de Camargo, ambos prisioneros en la fragata “Consecuencia”, nombres que no figuran en la Bibliografía responsable. En “Guillermo Brown. Apostillas a su vida” y en “El Corso rioplatense” de P. Arguindeguy y H. Rodríguez, páginas 111 y 177 respectivamente, leemos la lista de prisioneros de la fragata “Consecuencia”: (...) se hallan a bordo actualmente de la fragata Comandante nombrada el Hércules: Señor Brigadier D. Manuel de Mendiburu, Señor D. León Altolaguirre de la Orden de Carlos III, Intendente de Provincia y Contador Mayor del Real Tribunal de Cuentas de Lima; Señor D. Andrés Ximenes, juez subdelegado de la Provincia de Jauja; Señor José Antonio Navarrete, Diputado que fue en Cortes de la Provincia de Piura y hoy electo Fiscal de la Real Audiencia de Chile; Señor D. Francisco Iriarte, Teniente Coronel del Real Cuerpo de Ingenieros, destinado al Virreinatos del Perú, Manuel de Mendiburu era el Gobernador designado para Guayaquil. En ninguno de los textos se lo menciona como duque de Florida Blanca y menos aún figura la condesa de Camargo entre los prisioneros.

4.- Guillermo Brown no usó el pabellón nacional como poncho o chalina como se observa en los dibujos del libro sino que, como leemos en las “Memorias del Almirante Brown”, publicación de la Comisión Nacional de Homenaje al Almirante Brown en el centenario de su muerte, habiendo perdido todo la ropa en el saqueo, el comodoro Brown se vio obligado, para ir a tierra, a envolverse, nada menos que en el pabellón patriota que encontró en cubierta” – página 52.

5.- En cuanto el trato que recibió Brown, al que el dibujante representa en una celda, sentado en el suelo, leemos en su “Memoria” escrita en 3° persona, “Desde la playa donde el gobernador permanecía a caballo (...) fue conducido a la guardia por algunos oficiales de confianza y principales habitantes de la ciudad. Inmediatamente se le remitieron ropas y el Gobernador le invitó a comer. La calma que desplegó ante tal revés de fortuna, le mereció el respeto de todos los que se hallaban allí reunidos, así como la temeraria intrepidez que demostrara muy poco antes, había excitado su admiración, sobre todo la del Gobernador y del Obispo, quienes lo cumplimentaron de la manera más honrosa”, página 52.

En cuanto a los demás prisioneros, dice el Almirante: “Los oficiales y tripulación restantes fueron confinados con menos restricciones y el pueblo, al conversar con los prisioneros, se dio cuenta de la naturaleza de la revolución y del objeto de la expedición y deploró sobremanera haber cooperado en la defensa de la ciudad.” Página 53.

6.- Pigna describe un ataque demoledor a la ciudad por Bouchard y su tripulación quienes, por las armas, obligan a las autoridades, tras someterlas en la residencia oficial, a liberar a los prisioneros y especialmente, al Almirante Brown. La documentación histórica establece, sin dar lugar a dudas, que esa liberación se logró por tratativas entre Miguel Brown y Vasco Pascual.

Leemos en la “Memoria” del Almirante Brown: “Tan pronto como la pérdida del “Trinidad” se supo en la escuadrilla que estaba todavía en La Puna, la Hércules que había quedado al mando del capitán Miguel Brown y el Halcón zarparon y procedieron a remontar el río, resueltos a destruir la ciudad, si su jefe y compañeros de armas no eran tratados como prisioneros de guerra. Antes de que ellos estuvieran a la vista, el Gobernador despachó un parlamento proponiendo canje de prisioneros con tal de que retrocedieran a determinado punto. Esta propuesta se debió, evidentemente, al temor de que se alzaran los criollos y la negociación terminó en un intercambio de prisioneros a satisfacción de ambas partes”. Página 52.

En la carta de Guillermo Brown a su hermano Miguel y a Walter Chitty leemos: “Queridos Walter y Miguel: me hallo prisionero sin lesión en mi persona. El Gobernador es un hombre de un espíritu amable y militar. Ustedes no tratarán de subir; antes al contrario se retirarán. Yo he propuesto desechar a todos los prisioneros en tierra si me dan libertad pero temo no lograrlo. Yo he dicho que ustedes no se quedarán más que dos o tres días y que seguirán con sus prisioneros a Buenos Aires abandonándome a mi suerte (...). Página 111.

7.- Lenguaje inadecuado en un texto que pretende ser escrito para escolares. Nuestro idioma posee un riquísimo material sin necesidad de utilizar expresiones procaces que desvirtúan la finalidad educativa de la obra.

8.- Tras Guayaquil, Buenaventura y Galápagos Brown navegó hacia el Atlántico por la ruta del Cabo de Hornos. Noticias sobre la presencia portuguesa en el Plata, lo obligaron a dirigirse a la isla Barbados para reparar su nave. La insidiosa intervención del capitán Stirling lo llevó a la Antigua donde fue juzgado por la Corte del Adelantazgo local.

Estos hechos aclaran que Brown no continuó la guerra de Corso en las Antillas como especifica Pigna.
Ver: Apostillas ..., ob.cit. Página 111 y Ratto; ob.cit, Página 120.

9.- El lugre mencionado como San José se denominaba Neptuno.

10.- Bouchard fue muy severo en su propiedad económica peruana, pero ello no debe llevar al lector al concepto de inhumanidad. No puede presentarse su imagen con trabajadores encadenados y engrillados como en épocas de dura esclavitud, sobre todo en un trabajo para escolares fácilmente influenciables.

La Comisión de Estudios Históricos no recomienda la difusión de este texto como bibliografía a nivel escolar.

(Publicado en la página www.inb.gov.ar )






SAN MARTÍN, DOS VECES TRAICIONADO DESDE LA HISTORIA



 Pablo Yurman



El 28 de julio de 1821 se declaraba, en Lima, la independencia del Perú, designándose al General José de San Martín Protector de su pueblo.

Resuenan aún en mis oídos las esclarecedoras palabras del pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, fallecido hace pocos años, quien al sintetizar el proceso histórico de emancipación política de las ex colonias españolas decía más o menos lo que sigue: “Con el colapso definitivo del Imperio Español, abiertos los procesos emancipatorios desde México a Chile y Argentina, hubo dos grandes líneas: la que liderarían, entre nosotros, José Gervasio de Artigas y José de San Martín, que apostó siempre a mantener la unidad de las ex colonias para formar una Patria Grande que no se desmembrara en minúsculos estados insignificantes; y otra, la comandada por Carlos María de Alvear y luego por Bernardino Rivadavia, que siguiendo dócilmente los dictados del Foreign Office apostó a pequeñas unidades políticas ligadas al comercio de los puertos del continente.”

En efecto, puede afirmarse que aquel 28 de julio fue casi la culminación del plan geoestratégico que San Martín, en combinación con Bolívar desde el norte, había ideado años antes: liberar las distintas ex colonias pero no para formar luego micro-estados, o como decía Methol Ferré, estados enanos que nada o muy poco podrían hacer ante la nueva potencia hegemónica mundial, es decir, Inglaterra, dueña de océanos y en avanzado proceso de industrialización. San Martín veía claramente lo que los unitarios porteños con su cortedad parroquiana no podían o no querían apreciar.

Seguramente por tal visión continental de conjunto, con base en diversas realidades políticas pero que habrían de formar una Patria Grande que conservara la unidad tras el colapso español, el ejército que cruzó Los Andes no fue un ejército nacional argentino, sino que se lo llamó, precisamente, Ejército de los Andes, teniendo por bandera no el pabellón de uno de los países a liberar primero para federar luego, sino un estandarte propio, capaz de cobijar a todos los pueblos americanos.

Esa misma visión continental es la que, si se me permite la extrapolación cronológica, yendo contracorriente inspiraría al Presidente peruano Fernando Belaúnde Terry a intervenir decididamente, como si de una reciprocidad con 1821 se tratara, a favor de la Argentina en pleno conflicto con Inglaterra y contra la OTAN en 1982, gesto que dice mucho, muchísimo, sobre la hidalguía con la que los peruanos siempre se han tomado los vínculos históricos que hermanan ambos pueblos, pese a que nuestra diplomacia no haya demostrado estar siempre a esa misma altura.

DOBLE MANIPULACIÓN HISTÓRICA

Derrotado definitivamente el proyecto de integración continental y triunfante la mirada atomizadora, que en Argentina se dio definitivamente a partir de la batalla de Pavón de 1861, era inevitable que la figura del Padre de la Patria se presentara de manera parcial y mezquina a las futuras generaciones, siendo la “Historia de San Martín” de Bartolomé Mitre paradigma de lo antes afirmado. Vino luego el revisionismo de primera generación a intentar corregir esos defectos, a través de una vasta bibliografía que no hace al presente trabajo aquí citar, y ahora, con el post-revisionismo, se corre el riesgo cierto de caer en una nueva manipulación, tal como la que consciente o inconscientemente realiza Norberto Galasso en su obra “Seamos libres, que lo demás no importa nada”, texto que inspiró el guión de la producción fílmica gubernamental llevada a la pantalla grande poco tiempo atrás.

Galasso, pese a su acierto en reafirmar la visión continentalista que atribuye documentadamente al Libertador, la cual no es, ciertamente, originaria del nombrado, se manca por otro costado no menos importante, incurriendo así en una suerte de “mitrismo” a la inversa, intentado presentar un San Martín “progre” y anticatólico infiriendo dicho autor poco menos que si aquél viviera entre nosotros podría confundírselo en una marcha por la legalización del aborto o que bien podría haber elegido como lugartenientes para sus campañas a Alex Freyre (plantitas incluidas) y los activistas de la FLGBT. Se parece mucho al viejo truco mitrista de pretender apropiarse del héroe mítico, del icono colectivo por antonomasia, para convalidar desde ese sitial las preferencias ideológicas actuales.

Pero al igual que la historia oficial fundada por Mitre, este pseudo-revisionismo de ceño adusto y en clave deprimente que pareciera representar Galasso, incurre en una falsificación, menos grosera y ramplona que aquella, pero falsificación al fin. Si Mitre presentó un San Martín como genio militar pero lavado en términos políticos, que no habría tenido nunca definiciones respecto de los actores políticos nacionales, Galasso en cambio nos ofrece un San Martín abanderado del liberalismo político y, fundamentalmente, cultural dispuesto a desmontar uno por uno los valores y costumbres identitarios de los pueblos iberoamericanos, un quijote volteriano cuyo combustible habría sido, siguiendo ese revisionismo en su lógica sesgada e interesada, dirimir más una contienda entre “progresistas” y “oscurantistas” que la que realmente se libró entre, por un lado, disgregacionistas funcionales a Gran Bretaña y, por otra parte, americanistas en defensa de la unidad política de las ex colonias.

En su ya mencionado libro, Galasso incurre, sin perjuicio de su gran acierto en desbaratar al San Martín a-político y padre de una nacionalidad sólo argentina, tal como nos fuera presentado por Mitre, en contradicciones, o inferencias que obedecen acaso más a un deseo por apropiarse del Libertador para justificar preferencias ideológicas actuales, pero que carecen de adecuada documentación que las convalide.

Así, respecto de la afinidad entre el prócer y los caudillos federales que durante la década de 1820 se opondrían tenazmente a las ideas rivadavianas, nos dice: “Esta confluencia de los caudillos federales alrededor del General parece residir en que hallen en él una política nacional progresista y popular que cada uno de ellos, por sí solos, no alcanzan a formular. En este sentido conviene recordar las apreciaciones de Enrique Rivera, quien señala que los caudillos federales de las provincias interiores desarrollaron, frente a la prepotencia oligárquica porteña, una política defensiva, dirigida a proteger intereses locales que, incluso, a menudo recurría a formulaciones ideológicas reaccionarias, como lo sería, por ejemplo, el ‘Religión o muerte’  levantado en un momento por Facundo. Atacados por el librecambio porteño, que desintegra sus modestas economías -liquidando artesanías y gérmenes de manufacturas- así como por el monopolio de la aduana por parte de la oligarquía de Buenos Aires que le quitan medios de financiación, las provincias reaccionan con enorme debilidad y primitivismo.”

La afirmación de que los caudillos se referenciaban en San Martín por hallar en él una política que además de nacional y popular fuera “progresista” (con todo lo ambiguo de este último término) corre por cuenta del autor citado toda vez que tal palabra ni siquiera era parte del léxico de la época, aunque se vislumbra que la extrapolación no resulta ingenua por el sentido que dicho término tiene en la actualidad.

Pero quizás lo más de fondo en el planteo sea, por un lado, considerar “primitivismo” (lo que por cierto nada tiene que envidiarle a Sarmiento y Mitre) la defensa de los valores religiosos que eran expresión genuina de un pueblo que sabía que la independencia política de España no suponía desvincularse de las tradiciones y, por otro lado, omitir en el análisis que la reacción provincial, con obedecer a causas políticas (el unitarismo de las constituciones de 1819 y 1826, rechazadas airadamente por las provincias) y económicas vinculadas al librecambio preconizado desde el puerto de Buenos Aires (sustituido por Rosas en 1835 con la ley de aduana que fue aplaudida en el interior) no quedaba sólo en esos aspectos. En efecto, la bandera de Quiroga y sus gauchos, es decir, del pueblo, que rezaba “Religión o muerte” no se levantó sólo por redistribución de renta pública o por una constitución escrita más o menos federal o unitaria, sino en reacción contra la politica laicista desarrollada por Rivadavia y su círculo volteriano de amigos, primero en el ámbito de la provincia de Buenos Aires y luego con pretensiones de extenderla a todo el país.

Por ello, la visión de Galasso según la cual nos ofrece un San Martín, con visión continental, sí, pero liberal o “progresista” no logra explicar por qué motivos entonces no existe un solo documento firmado por él en el que avalara explícitamente las políticas de Rivadavia en temas tan sensibles y de tanta trascendencia estratégica, campo en el que, como en el militar, también se libraba y se seguiría librando una batalla contra el enemigo.

Al respecto, cabe recordar que en carta dirigida por San Martín a O’Higgins, luego del derrocamiento y fusilamiento de Manuel Dorrego, se lee con total claridad: “Por otra parte, los autores del movimiento de diciembre, son Rivadavia y sus satélites y a Ud. le constan los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo al país, sino al resto de América con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honra ha sufrido de estos hombres, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado.” Es difícil encontrar en la correspondencia del héroe conceptos tan fuertes dirigidos a destinatarios con nombre y apellido. El prestigio y la coherencia de vida del Libertador confieren a sus expresiones el valor de una trascendental definición.

Menos aún explica Galasso que cuando tras la firma del Pacto Federal de 1831, y su adhesión por parte del resto de las provincias, se iniciara entre nosotros la experiencia confederal, delegando las provincias en Juan Manuel de Rosas el manejo de las relaciones exteriores, no hubiera ocultado San Martín desde Europa su constante adhesión a la política llevada a cabo por el Restaurador, fundamentalmente en lo que a la defensa de la soberanía territorial refiere, teniendo un gesto que para un militar de sus quilates constituye un símbolo que ahorra miles de párrafos: legarle a Rosas nada menos que el sable que lo acompañó durante la guerra de la independencia. Salvo que Galasso lo atribuya, como hizo Sarmiento, a una “chochera” sanmartiniana.

Acaso José Pablo Feinmann interprete fielmente el sentido más profundo que el federalismo asumiría con Rosas, con estas palabras: “Crearlo todo de nuevo proponía Rosas. Crearlo todo, era la tarea de Alberdi. Y en eso de nuevo que exige el caudillo y omite el escritor, está la secreta causa que los llevó a enfrentarse. Porque crearlo todo de nuevo no es crearlo todo sino restaurarlo todo (…). El fracaso del unitarismo había terminado por aclararle las cosas a Rosas. Los ‘doctores’, dedujo, no entendían nada. Obtenida esta certeza su aplicada lectura de los hechos le hizo concebir la idea de fortalecer las estructuras tradicionales del país (…). Aún estaba fuerte el recuerdo de Rivadavia. El laicismo impuesto por las exigencias inglesas, la Constitución antipopular, los empréstitos y el liberalismo ruinoso para las provincias. Para acabar con eso y, más aún, para erigir al país como una entidad autónoma, era necesario reconquistar una nacionalidad amenazada por un doble frente externo e interno. Y nada de proponerse buscar esa nacionalidad en Mayo, pues no era allí donde estaba, sino en las profundas y lejanas creaciones del pueblo: en sus instituciones jurídicas, en sus modalidades idiomáticas, artísticas y técnicas. No se trataba aquí de algo surgido apenas veintisiete años atrás, sino de una pretérita cultura de siglo. El españolismo de Rosas, que muchos liberales de izquierda y de derecha han entendido como restauración de la colonia, feudalismo o meramente barbarie, significa la clara percepción de un problema político: desligar a un pueblo de su pasado es debilitarlo como nación.”

UN CONDUCTOR CONSUSTANCIADO CON SU PUEBLO

Pero, ya que tocamos ese tema que constituye un clásico histórico entre nosotros y que vincula a caudillos y pueblos que ven en ellos la encarnación de sus anhelos colectivos, Galasso también opina lo siguiente: “…no bien aparece Juan Manuel de Rosas como importante figura de nuestras luchas políticas, San Martín lo observa con expectación, suponiendo que ese estanciero con poder económico y militar podría jugar un rol decisivo como fuerza integradora. Así, por lo menos, lo ve hacia 1830. Pero, al mismo tiempo, su liberalismo se disgusta ante la carga de valores tradicionales que sustenta el futuro Restaurador, especialmente en lo que se refiere al tema religioso.”

Decíamos más arriba que acaso el neo-revisionismo de nuevo cuño se asemeje al mitrismo histórico en esto de intentar acomodar los héroes del pasado a las preferencias políticas que se tienen.

Detengámonos un poco en el párrafo transcripto: en primer lugar, San Martín, y no sólo en base a lo ya dicho sobre su sable de militar, sino a partir de abundante correspondencia epistolar, no se limitaría a observar a la distancia la política rosista, sino que la aplaudiría en cuanta ocasión se le presentara. En todo caso, la expectativa de 1830 mutaría en decidido apoyo en los años posteriores.

En segundo lugar, el alegado “disgusto” del “progresista” Libertador ante la política de restauración en materia de moral pública (”temas religiosos” según Galasso) llevada a cabo por Rosas es, a lo sumo, una conjetura del autor citado, no convalidada con carta o nota alguna firmada por la pluma de San Martín. Acaso el disgusto acerca de esa temática, omnipresente en su obra ciertamente, corresponda a Galasso, y no tanto a San Martín. Y de nada sirve que el historiador abunde relatando actos ejecutivos llevados a cabo por San Martín una vez instalado en el gobierno de Lima destituyendo frailes o apercibiendo a algún que otro obispo del lugar, puesto que ello obedeció más a que la Iglesia se había vuelto rehén del Estado Español, es decir, regalista, en el último siglo, bajo el gobierno de los borbones. Ergo, tratándose de una Revolución, aquél que estuviera con el enemigo, fuese laico o sacerdote, podría ser tratado como un traidor a la causa de América, como efectivamente hizo San Martín. Pero eso no lo vuelve anticatólico. Semejante deducción sería como afirmar que Carlos V era también anticatólico porque sus tropas entraron a sangre y fuego en Roma en el famoso Gran Sacco de mayo de 1527. En ambos casos se trataba de disputas políticas y no religiosas de fondo.

Volviendo a San Martín, es posible afirmar que su visión de conjunto le permitiera vislumbrar, al decir de Feinmann, que cortar las raíces culturales de los pueblos fuese una forma más, junto con la militar y económica, de debilitarlo como nación.

Alejandro Pandra matiza recordándonos una anécdota que vincula a Belgrano con San Martín diciendo que “en carta a San Martín de 1814, el creador de la bandera aconsejaba: ‘Son muy respetables las preocupaciones de los pueblos, y mucho más aquellas que se apoyan, por poco que sea, en cosa que huela a religión. [...] La guerra no la ha de hacer usted allí [en el interior] con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes morales cristianas y religiosas. [...] Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico romano; cele usted de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto en cuanto diga nuestra santa religión; tenga presente no sólo a los generales del pueblo de Israel sino a los gentiles, y al gran Julio César que jamás dejó de invocar a los dioses inmortales’”

¿Fue lo de San Martín genuino o impostado en cuestiones como las que aquí analizamos? Las fuentes ideológicas que alimentaban y los intereses a quienes resultaban funcionales sus enemigos declarados por una parte, pero también la conducta que asumiría a lo largo de su carrera y vida, por otro lado, parecieran sugerir que lo suyo estaba guiado por un genuino convencimiento más que por mero cálculo o interés. Algunos ejemplos que confirman tal aseveración, entre muchos otros pero que se omiten para no aburrir al lector.

En vísperas de enfrentar acaso su mayor desafío como estratega militar que fue el cruce de Los Andes, habiendo establecido su campamento en El Plumerillo en las afueras de la ciudad de Mendoza, conciente de la disciplina y destreza que debían demostrar sus granaderos, el Libertador no descuidó la moral de su tropa. Se ha dicho que “Algunos días se hacían simulacros de combate y guerrillas, para acostumbrar al soldado a estar preparado para esos actos. Por la tarde volvía a comenzar el ejercicio de armas y de maniobras, hasta la oración, en que se pasaba lista, se rezaba el Rosario a la retreta, y entonces solamente iban a descansar.”

Según el historiador Pueyrredón, San Martín dio al ejército un cuaderno de leyes penales escrito por él mismo, de las que sólo se han conservado el principio y el fin, como se puede apreciar en el fragmento que sigue:

“LEYES PENALES DEL EJÉRCITO DE LOS ANDES PARA LEER EN LOS CUERPOS A LA TROPA; La Patria no

hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de esta ventaja, ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene.

La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta, cuando es creada para conservar el bueno orden de los pueblos, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al Gobierno para ejecutarlas y hacerse respetar de los malvados, que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares.

A proporción de estos grandes fines se dictaron las penas para sus delitos; y para que ninguno alegue ignorancia, se manda notificar a los cuerpos en los términos siguientes:

Art. 1º - Todo el que blasfemase contra el Santo Nombre de Dios, etc…

Las penas aquí establecidas y las que se dictasen según la ley serán aplicadas irremisiblemente: sea honrado el que no quiera sufrirlas: la Patria no es abrigadora de crímenes. Cuartel General en Mendoza: José de San Martín”.

En lo que son las ruinas de la antigua Iglesia Matriz de la ciudad de Mendoza, se lee que allí mismo “el 5 de enero de 1817, frente a esta iglesia, se alzó el altar con la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, donde San Martín la proclamó ‘Patrona y Generala del Ejército de los Andes’. En el acto litúrgico se bendijo a la Bandera del Ejército de los Andes y el bastón de mando.”

Asimismo, al ingresar al atrio del famoso Convento de San Carlos, en la ciudad de San Lorenzo, Provincia de Santa Fe, en una enorme placa de mármol se reproduce parte de la carta enviada al prior del convento tras el Combate que tuviera lugar el 3 de febrero de 1813 y que constituyera el bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos a Caballo por él creado. En esa carta el Libertador expresa su profunda gratitud a toda la comunidad franciscana no sólo por la ayuda que le prestara antes del combate sino también con posterioridad, fundamentalmente en lo que refiere a la atención de los heridos y las exequias por los muertos de ambos bandos. Esa carta, para quien la lea con un mínimo de objetividad, trasunta reconocimiento sincero, lo que no se condice, lamentablemente, con el guión de la película “San Martín: el combate de San Lorenzo” de 2008, que presenta un héroe recelando permanentemente del los frailes por sospecharlos en connivencia con el enemigo. Un desatino completo, a juzgar por la misiva a la que se hiciera referencia.

Por su parte, Cayetano Bruno nos ilustra documentadamente que San Martín tomó muy en serio la preparación espiritual de su tropa, citando una carta dirigida por él al Secretario de Guerra del Directorio, Marcos González Balcarce, en la que expresa: “se hace ya sensible la falta de un vicario castrense que, contraído por su carácter al servicio exclusivo del ejército, se halle éste mejor atendido en sus necesidades espirituales y religiosas… Conforme a ello, propongo para el vicario general castrense el Pbro. Dr. José Lorenzo Güiraldes. Este eclesiástico, que al buen desempeño de su ministerio reúne un patriotismo decidido, ejercerá aquel con la piedad y circunspección apetecibles.”

En síntesis, lo emblemático de la figura de San Martín constituye acaso siempre una tentación para acomodarla según las preferencias ideológicas del momento. Está muy bien abundar en lecturas históricas y escribir sobre historia, pero acaso ayude a comprender mejor la misma el tomar contacto directo con los sitios en los que la historia tuvo lugar, para así tener la oportunidad de, con tan sólo leer una placa, advertir posibles tergiversaciones de la misma.

Pablo Yurman
[Profesor Adjunto de la Cátedra de Historia Constitucional Argentina, Facultad de Derecho, Universidad Nacional de Rosario. Texto publicado en Pensamiento Nacional]