San Martín joven

Sacando cuentas, fueron cinco años en su Corrientes natal, apenas uno en la Buenos Aires de la colonia, y el resto en la convulsionada España que lo vió crecer, primero como un aplicado escolar orgullo de la familia y más tarde como un militar de herencia, precoz entre los precoces.
De los apretados y contados datos de que se dispone, compilados ahora en un libro de edición española, surge un joven duramente entrenado en un regimiento con numerosas experiencias de combate vividas en plena adolescencia, que alcanzó su primer grado militar a los 15 años y que era, en suma, un veterano cuando se embarcó de regreso al Río de la Plata para luchar contra la dominación de sus propios ancestros, ya que era hijo de un militar de la Corona.
Madrid fue la ciudad que don Juan eligió para instalarse con la familia a la espera de alguna designación en algún solar de la patria propia. Fueron dos años de tensa espera, en medio de una apretada situación económica. Finalmente, en 1785, le fue concedido un retiro en Málaga, donde, una vez instalado, decidió llevar una vida tranquila y concentrar sus mayores esfuerzos en la educación de los hijos.
La infancia del prócer en la Málaga portuaria de influencia mora transcurrió bajo los legados paternos del amor a Dios y el respeto a un orden exacto y armónico, según testimonia el historiador militar José María Garate Córdoba en un trabajo incluido en el libro Vida española del General San Martín, editado recientemente por el Instituto Español Sanmartiniano. Las enseñanzas de don Juan tenían como complemento y contrapeso a la vez el modelo de madre cariñosa y educadora, dedicada todo en el hogar, encarnado en Gregoria Matorras.
Apenas tres cuadras debía caminar José desde su casa de la calle Pozos Dulces hasta la Escuela de las Temporalidades, donde estudió durante seis años.”
“La lectura, la escritura, la gramática, la ortografía, la artimética, el catecismo y los principios de moral integraban los curriculos de una escuela donde los exámenes eran públicos, con la intimidatoria presencia in situ de autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad, que cumplían la función de otorgarle algo más que rigidez académica a las sesiones.
El José escolar no tenía mayores dificultades. Todo lo contrario: un cóctel de inteligencia y la precocidad lo distinguían del resto. Su ortografía mereció más de una felicitación y su facilidad para el dibujo era asombrosa. Su talón de Aquiles era el latín.
Un día como otros don Juan decidió que había llegado la hora de que José se convirtiera en un cadete militar. Al menor de los hermanos no le quedó otra alternativa que aceptar los dictados de la herencia e ingresó, en julio de 1789, al regimiento de Murcia, “el leal”. Los requisitos establecían que la edad mínima para la admisión de los hijos de oficiales era de doce años, pero el peso de un padre con trayectoria posibilitó que el chico entrara a los 11 y cinco meses.
En los primeros tiempos en el regimiento, el cadete preadolescente José Francisco de San Martín recibió doctrina sobre la importancia de la subordinación y el aseo, y fue alertado sobre la conveniencia de “evitar en las modas aquellos excesos que ridiculizan a la juventud, la afeminan, y trastornan el modo sólido de pensar”, según lo establecía una ordenanza interna.
En los colegios de regimiento la vida estaba absolutamente pautada. Levantarse a las cinco y media o seis, según la estación del año. Luego aseo, oración, asistencia a misa y desayuno. De doce a tres, comer y dormir la siesta. De tardecita, merienda y rosario, y no mucho más allá de las diez de vuelta a la cama. Los reglamentos no obligaban a los cadetes a dormir en los cuarteles y justamente José era de los que por las noches optaban por la calidez de la casa paterna.
Se buscaba crear oficiales de resistencia a toda prueba. Por eso, los juegos y deportes eran obligatorios, aunque servían también como una forma de desahogo. La esgrima, el baile, la equitación y hasta los bolos y alguno que otro juego de pelota -o simplemente correr y saltar- eran las posibilidades.
Por cuestiones prácticas, José no llegó -como si lo hicieron sus hermanos- a cumplir con los cinco años estipulados para los cadetes. No tenía 13 años cuando, en setiembre de 1790, formó parte de un destacamento a Melilla, una ciudad de dominio español en el norte de África, donde 45 años antes había combatido su padre. Muley Yasid, sultán de Marruecos, había declarado la guerra, y allí fue el regimiento de Murcia con un José sin experiencia aún en los campos de batalla, pero ya preparado para entrar en combate a la par del resto. La expectativa se prolongó durante siete semanas, pero el bautismo de fuego quedó para otra oportunidad.
Bautismo de fuego (1791)
No fue en la misión a Cartagena en abril de 1791. Ni en el destacamento a Mazalquivir, en junio del mismo año. El momento tan esperado y temido a la vez llegó por fin la noche del 27 de julio, en Orán -norte de Argelia-, una ciudad devastada por un terremoto que había sido fácil presa de los moros, ocupantes de España durante ocho siglos.
La compañía que integraba José -que había solicitado ser granadero- participó en un combate dirigido a neutralizar una mina que el enemigo había colocado para dañar las murallas de un fuerte español. La operación fue exitosa. Tiempo después, ya suspendidas las hostilidades, el regimiento retornó a España, y con él José y una invalorable experiencia acumulada.
Durante la guerra entre España y la Convención Francesa -declarada en 1793- fue honrado con su primer cargo: subteniente. Estaba lejos de ser un adulto: tenía apenas 15 años. El conflicto le dejó grandes enseñanzas. En Vida española...Eduardo Fuentes y Gómez de Salazar señala “las marchas y contramarchas de cientos de kilómetros que endurecieron su resistencia física”, además de “las maniobras y combates en las alturas, que parecen el más adecuado entrenamiento para la posterior intervención en las majestuosas cumbres de los Andes”.
Ya con el grado de segundo teniente -que alcanzó a los 17 años- intervino activamente en las guerras contra Gran Bretaña y Portugal. Aunque los datos documentales de ese período no abundan, se sabe que durante 1797 anduvo caboteando por la costa norteafricana en la fragata Santa Dorotea, que finalmente fue presa del Lion, un buque inglés. Entonces, José fue hecho prisionero y trasladado a Londres.
“Si el temple de las almas, como el del acero, se consigue con dosis alternativas y violentas de calor y frío, parece claro que para el espíritu de San Martín, el período comprendido entre 1796 y 1802 debió constituir una verdadera y continuada ducha de agua helada que contrastaba con la cálida euforia de la etapa anterior”, grafica Fuentes y Gómez de Salazar. Es que entre los dieciocho y los veintitantos, el joven José vivió una etapa frustrante, luego de años en los que se había acostumbrado a los ascensos y a las distinciones.
Se embarcó en una flotilla de segunda línea que cosechó fracaso tras fracaso. Fue tomado prisionero. Tuvo una discreta participación en la guerra ante Portugal y hasta estuvo a punto de ser linchado por un grupo de bandidos que lo hirieron de gravedad. Pero los buenos tiempos retornaron. Y tiñeron la historia siguiente del hombre joven curtido de todo, que unos años más tarde respondió al llamado del terruño, se tomó el barco e hizo la América.

(Extractado de: Torresi, Leonardo, La Nación, 24-12-1994)