PRINGLES



En los fogones de América se hablaba del coronel Pringles

Jorge David Cuadrado 

La Nación, Rincón Gaucho, 16 de junio de 2018
 
Lucio V. Mancilla escribió que "...el fogón es la tribuna democrática..." y fue en ese ámbito donde se tejió la leyenda de quien fue por 45 días gobernador y capitán general de San Luis, el coronel Juan Pascual Pringles. Veamos algo de él:

Ya en Perú, una parte del ejército del general San Martín en su campaña libertadora estaba bajo las órdenes del general Alvarado, quien comisionó al teniente Pringles al frente de unos 20 granaderos para acompañar a un emisario que se conectaría con el Batallón Numancia del ejército enemigo, que pretendía pasarse a las fuerzas nuestras.

El jefe enemigo, Gerónimo Valdés, que conocía bien el terreno, advirtió el movimiento. Disponía de una fuerza de 1000 hombres y se empeñó en tomar a todo el grupo para moralizar al ejército con el primer encuentro feliz con San Martín.

El 17 de noviembre de 1820 Pringles es sorprendido por los realistas en Playa de Pescadores, cerca de Chancay. Consultó a los granaderos qué hacer y todos dispusieron atacar, aunque tenían órdenes terminantes de que, ante la presencia del enemigo, debían retirarse.
Pringles, de 25 años, tal vez menos, desenvainó su espada y aquellos bravos granaderos hicieron una carga sobre un gran grupo de enemigos pasándolos por encima, dejando el tendal. Al poco tiempo hicieron lo mismo con otro grupo, y al ver que era inútil seguir dispusieron retirarse. El jefe enemigo les cortó la retirada con una descomunal fuerza, por lo que Pringles, que había inutilizado a 26 enemigos entre heridos y muertos y a un oficial, dispuso lanzarse al mar de a caballo, antes que rendirse. Pringles tenía tres granaderos muertos y 11 heridos. Valdés fue al lugar donde estaba Pringles, que se internaba cada vez más en el mar, de a caballo, con la espada en lo alto. En ese momento, escuchó a los oficiales que le gritaban: "Ríndase, señor oficial. Le garantizamos la vida".

Pringles, que nació para ser querido y recordado, cayó muy bien a los oficiales realistas que lo visitaban y se interesaban en saber por qué había actuado así, por qué no se había rendido ante una lucha tan desigual; a lo que contestaba: "Hemos venido a pelear, no a rendirnos...". Así, los soldados enemigos supieron cómo había preparado San Martín a su gente, y esto fue muy favorable a la campaña libertadora.
San Martín salvó a Pringles del consejo de guerra por desobedecer la orden recibida y lo premió con un escudo que decía "Gloria a los vencidos en Chancay".
En el campo de batalla de las guerras intestinas fue ascendido a coronel por el general Paz, y en esos campos también, solo porque se le cansó el caballo, esperó al enemigo después de poner a salvo a su gente, fue baleado y al saber que su herida era de muerte se dejó caer sobre su espada desnuda, quebrándola, pero jamás rindiéndola a un indigno de su grandeza humana. Así empezó a morir en doloroso martirio. A las pocas horas moría, el 19 de marzo de 1831.

Durante tres cuartos de siglo se habló de Pringles en los fogones y en los salones de toda América.

EN RECUERDO DEL 25 DE MAYO




Discurso del Gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas

25-5-1836

“¡Qué grande, señores, y plausible debe ser para todo argentino este día consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía popular que ejerció este gran pueblo en Mayo del célebre 1810! ¡Y cuán glorioso es para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz de un Orden y una Dignidad sin ejemplo!

No para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para sublevarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad de que había sido despojado por un acto de perfidia. No era romper los vínculos que nos ligaban a los españoles sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de Auxiliarlos con mejor éxito en su desgracia. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella, y no ser arrastrados al abismo de males en que se hallaba sumida la España.

Esto, señores, fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo Abierto celebrado en esta ciudad el 22 de Mayo de 1810, cuya Acta debería grabarse en láminas de oro para honor y gloria eterna del pueblo porteño. Pero ¡ah!, ¡quién lo hubiera creído! Un acto heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de Lealtad y Fidelidad a la Nación Española y a su desgraciado Monarca, un acto que ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente como una rebelión disfrazada, es decir como una revolución, por los mismos que debían haber agotado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente. 

Y he aquí señores otra circunstancia que alza sobremanera la gloria del pueblo argentino, pues que ofendido con tamaña ingratitud, hostigados y perseguidos de muerte por el pueblo español, preservamos siete años en aquella noble resolución, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin y profundamente conmovidos por el triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición, anegada en nuestra sangre inocente y con ferocidad indecible por quienes debían economizar nada más que la suya propia, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita Bondad y Justicia,  tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de todo otra dominación extranjera.

El Cielo, señores, oyó nuestras súplicas, el Cielo premió aquel constante Amor del Orden establecido que había exitado hasta entonces nuestro valor, animado nuestra Lealtad y fortalecido nuestra Fidelidad, para no separarnos de la dependencia de los Reyes de España, a pesar de la negra ingratitud con que estaba empeñada la Corte de Madrid en asolar nuestro país.

Sea pues nuestro regocijo tal cual lo manifestáis en las felicitaciones que acabáis de dirigir al Gobernador por tan fausto día. Pero sean renovados aquellos nobles sentimientos de Orden, de Lealtad y Fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heróico en sostén y defensa de la causa nacional de la Federación que ha proclamado toda la República; de esta causa popular, de la paz y la tranquilidad, podamos dirigir nuestras alabanzas al Todopoderoso y aclamar llenos de entusiasmo y alegría:

¡Viva el 25 de Mayo! ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los unitarios impíos!

ORIGEN DEL REGIMIENTO DE GRANADEROS A CABALLO




Gabriel Turone

Este es apenas un aporte que esbozamos acerca de los primeros tiempos de vida del Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, que cumplió  204 años de su creación. En realidad, no es que el Regimiento de Granaderos tenga 204 años de historia sino mucho menos, puesto que desde 1826 hasta 1903 el mismo estuvo disuelto. Dando crédito a la verdad histórica, Granaderos tiene al presente 127 años de vida (si sumamos sus dos etapas, 1812-1826 -14 años- y 1903-2016 -113 años-). Pero, numerología aparte, nadie puede discutir que su creador, el general José de San Martín, le ha otorgado a este cuerpo armado una mística que muy pocos han alcanzado en el mundo militar.

Origen militar francés

Una reiterada confusión etimológica se hace presente cada vez que se trata de distinguir a qué arma perteneció José de San Martín. La primera respuesta que surge, con súbita rapidez, es que el Libertador fue de Caballería, de allí que él haya comandado a los Granaderos a Caballo. Sin embargo, en sus orígenes y hasta bien entrado el año 1808, San Martín fue de Infantería. Su foja de servicio no miente.

Entonces, ¿por qué San Martín decidió armar un cuerpo de Caballería, ni bien puso un pie en Argentina? Y a este punto quería llegar, dado que muchos han dejado de lado el origen de los batallones o regimientos de Granaderos a Caballo que se formaron a lo largo de la historia del mundo, y cuya continuidad siguió, de alguna manera, con el cuerpo que creó el Libertador en 1812.

En 1667, se crean en tiempos del rey francés Luis XIV los Granaderos de Infantería, a quienes con el tiempo se los llamó “Enfants perdus” por la intrepidez de sus tareas durante las refriegas, consistentes en situarse inmediatamente por detrás de las columnas de asalto durante los sitios. Por esos años, los Granaderos (4 hombres en total) actuaban como apéndice de una compañía de Infantería de Línea, de allí la composición de su nombre: eran Granaderos de Infantería.

Cada granadero de Infantería portaba un saco al que llamaban granadera, el cual contenía 12 granadas o proyectiles huecos hechos de hierro fundido, de forma esférica, en cuyos orificios se colocaba la carga. Estas granadas eran arrojadas a mano, algunas veces con hondas. Este tipo de soldados tuvo alguna continuidad en el Río de la Plata: el Regimiento de Infantería 1 “Patricios” tuvo durante sus primeras décadas de vida una compañía de Patricios Granaderos, que unas veces fue a auxiliar a José Artigas, como cuando la batalla de Las Piedras (1811), o bien cuando los Patricios Granaderos del 1er. Batallón de Patricios de Buenos Aires defendieron las costas del río Paraná en la Vuelta de Obligado (1845).

En Francia, los Granaderos de Infantería tuvieron una valoración impresionante, más aún cuando este cuerpo de elite demostró sus formidables dotes guerreras en tiempos de Napoleón Bonaparte. Los granaderos infantes, que también portaban sable y hacha, pronto fueron imitados por otras potencias de Europa. Por ejemplo, Federico Guillermo I de Prusia llegó a formar a los Granaderos Prusianos. E incluso, la fama de los granaderos galos llegó a América: se dice que en los confines del Virreinato del Río de la Plata existió un cuerpo armado al que se lo denominó Granaderos Provinciales de Chuquisaca.

Como hijos legítimos de los Granaderos de Infantería franceses, en 1676 se formaron los Granaderos a Caballo, también por orden y decreto del Rey Luis XIV. Tomando la bien ganada posición de prestigio de sus “padres”, los Granaderos a Caballo pasarían a ser un cuerpo selecto de Caballería. Lo que es innegable aquí, es que los Granaderos a Caballo nacen de sus antecesores del arma de Infantería. Y por influjo de la estirpe de los granaderos de Caballería franceses, nacerían nuestros Granaderos a Caballo a comienzos del siglo XIX. Tal es así, que en documento oficial del 19 de marzo de 1812, Bernardino Rivadavia (secretario de Guerra del Primer Triunvirato) le comunica al jefe de Estado Mayor, don Francisco Javier de Viana, que “se forme la base y creación del expresado escuadrón (de Granaderos a Caballo) bajo los principios y maniobras de la nueva táctica francesa de caballería”.

Quien sepa de la rigurosidad que ponían los oficiales del regimiento creado por San Martín para la selección de su tropa en los años del Servicio Militar, entenderá mejor por qué subyace un origen galo en todo esto. Para lanzar las granadas de mano lo más lejos posible, los soldados que formaban parte de los Granaderos de Infantería de Francia debían ser robustos, altos y ágiles. Un granadero sanmartiniano escuálido o de baja estatura directamente no era tenido en cuenta, por lo que se lo derivaba hacia otras unidades.

Fue durante la etapa imperial de Napoleón que muchos uniformes de regimientos –entre ellos, el de los Granaderos a Caballo- se parecieron al que luego lucirían nuestros criollos Granaderos a Caballo, a excepción del distinguido morrión que en Francia no lo utilizaba ningún cuerpo.

Los Granaderos a Caballo franceses se extinguieron en 1830, después de haber vivido la gloria y la decadencia del Imperio tras Waterloo, y tras haber permanecido como custodios de la Guardia Real bajo los Borbones. En Lugo, España, recién apareció un regimiento de Granaderos a Caballo el 28 de octubre de 1811, dos meses después de la partida de José de San Martín de ese país.

Creación y oficialidad

Creado el Regimiento sanmartiniano el 16 de marzo de 1812, el mismo día en que por despacho oficial el futuro Libertador era ungido con el grado de “teniente coronel efectivo de Caballería”, al día siguiente comenzaron a perfilarse los nombres de quienes lo acompañarían en la oficialidad de la Plana Mayor. El propio San Martín inspeccionó con minuciosidad de relojero a los elegidos para ocupar tales cargos:

ESCUADRON DE GRANADEROS A CABALLO

PLANA MAYOR

COMANDANTE: teniente coronel de Caballería, Don José de San Martín.
SARGENTO MAYOR: Don Carlos de Alvear.
AYUDANTE MAYOR: Don Francisco Luzuriaga.
PORTA ESTANDARTE O GUION: Don Manuel Hidalgo.

Las autoridades castrenses del 1° Escuadrón de los Granaderos a Caballo fueron seleccionadas unas semanas más tarde, a lo largo del mes de abril de 1812, también bajo la atenta mirada de San Martín. En todos los casos, “aparecen los despachos del capitán D. Pedro Zoilo Bergara (español europeo) (21-IV-1812) para la segunda compañía, el teniente Agustín Murillo (español europeo) (24-IV-1812) y del subteniente Mariano Necochea (21-IV-1812) para la misma, del teniente José Bermúdez (24-IV-1812) y subteniente Hipólito Bouchard (24-IV-1812) para la 1° compañía…”, señala el teniente coronel Camilo Anschütz.

Queda expuesto en abundante documentación que hay sobre el tema, que algunos de los cabos y sargentos que revistaron en la primera formación de Granaderos a Caballo, eran veteranos del Regimiento de Dragones de la Patria, cuerpo de Caballería de Línea organizado a la sazón por el entonces coronel Rondeau. Asimismo, el sueldo de los oficiales y suboficiales debía ser el mismo que cobraban los Dragones.

Agrega Anschütz que “La organización, disciplina, instrucción, vestuario y equipo del personal, desde oficiales a soldados, corría por cuenta del jefe del regimiento”, es decir, por José de San Martín. El Primer Triunvirato, en el caso aludido, solamente tenía ingerencia en el decreto que anunciaba la creación del regimiento, como así también en “las autorizaciones para la entrega en los diferentes depósitos, de los elementos que solicitaba el jefe”.

De la primera estructura conocida del Regimiento de Granaderos a Caballo, se sabe que 4 hombres estaban en la Plana Mayor, que otros seis se repartían en partes iguales entre capitanes, tenientes y alférez, y que también había 5 sargentos, 1 trompeta, 3 cabos y una plaza para 31 soldados Granaderos.

Los 14 Patricios

Un antiguo chascarrillo militar discurre en cada ágape de camaradería, toda vez que la charla se circunscribe al origen del Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”. “¿Los Granaderos son hijos de los Patricios?”, se mofan unos a otros. En esa escueta pregunta se esconde una historia poco conocida.

Llegado el mes de mayo de 1812, todavía no había tropa para dirigir en Granaderos, por ende, todavía no había mandamientos ni subordinaciones salvo entre los propios oficiales y suboficiales. De no haber sido por los primeros catorce soldados “Patricios” de Infantería que se ofrecieron para vestir el chaleco y el morrión, quizás nunca hubiéramos conocido a los soldados rasos de la unidad sanmartiniana.

Para mejor entender esta parte de la trama, debemos remitirnos al momento en que se produce la Revolución de las Trenzas, episodio sangriento que tuvo lugar el 7 de diciembre de 1811, cuando, en medio de las sombras, fue destituido Cornelio Saavedra de la jefatura del Regimiento “Patricios” tras una misión que le fue encomendada al norte del país.

Enrique W. Philippeaux, así explicaba el origen del malestar que cundía en los viejos cuarteles del primer regimiento criollo, en la víspera de la Revolución de las Trenzas: “Concluía el año 1811 y en Buenos Aires gobernaba el Triunvirato surgido de un golpe de estado que en el mes de septiembre dieron los elementos más liberales, con Rivadavia a la cabeza, aprovechando la ausencia de Saavedra que en esos días había partido hacia el norte del país para hacerse cargo del ejército expedicionario que yacía desalentado tras los contrastes de Huaqui y de Sipe-Sipe. Rivadavia, que se había reservado el cargo de secretario del Triunvirato, logró la destitución de Saavedra y su posterior destierro a San Juan. Esta medida y otras más que los militares consideraron lesivas le ganaron al Triunvirato la hostilidad de los principales cuerpos, sobre todo el de los famosos Patricios de Buenos Aires”.

Para suavizar o disminuir la importancia de esta revolución o motín, se ha querido emparentarlo únicamente con el hecho de que los soldados “Patricios” no deseaban que les cortasen sus trenzas, otrora símbolo de hombría de los orilleros, los principales componentes sociales de que se nutría la gloriosa unidad de Infantería. Esa orden emanó del Triunvirato, primero, y del flamante jefe “Patricio” Manuel Belgrano, después, cuando éste “dispuso que los que se presentasen el día 8 de diciembre con la trenza serían conducidos al cuartel de Dragones y allí se los raparía”.

Igualmente, “no era sólo por las trenzas que los Patricios se agitaban –añade Philippeaux-, había antes que nada un gran descontento contra el gobierno surgido en el golpe de septiembre, y de esa inquietud participaban también los otros cuerpos de guarnición en Buenos Aires y que, por cierto, no usaban la coleta”.

La alarma y el descontento crecía entre los “Patricios”, donde sus sargentos, cabos y soldados estaban dispuestos cada vez más a sublevarse. El mismo día de la revuelta, un desesperado Feliciano Chiclana –componente del Triunvirato- se acerca al lugar en son de paz, expresando que la orden del corte de las trenzas quedaba sin efecto, y que el abogado Manuel Belgrano sería removido de la jefatura de la unidad patricia. Sostuvo, además, que no se labrarían actas de sumario contra los que querían sublevarse. En verdad, los componentes del Regimiento de “Patricios” querían la renuncia completa del Triunvirato y el regreso inmediato del brigadier general Cornelio de Saavedra.

Las piezas de artillería del cuartel estaban prestas en las bocacalles, lo que era una clara señal de que la empresa no iba hacia atrás. Hubo dos intentos más para conciliar las posiciones ese 7 de diciembre de 1811, ninguno con resultados positivos para las partes. La tardanza para reprimir a los “Patricios” tenía su razón de ser, por cuanto dos de las más aguerridas unidades de combate, como los Dragones y los Húsares de Buenos Aires, también estaban a favor del reclamo de los infantes.

El ataque contra la primera unidad criolla aconteció al mediodía, cuando José Rondeau, proveniente del sitio de Montevideo, donde su guarnición se componía de Dragones de caballería y batallones de Pardos y Morenos, abrió un tremendo poder de fuego que salía de los cañones apostados en las torres de las iglesias vecinas al blanco. La unidad de los ‘Patricios’ se encontraba donde hoy yace el Colegio Nacional Buenos Aires. Al cabo de unos minutos, se contaban en cien las bajas, de las cuales la mitad correspondía a los muertos.

Rivadavia se encargó de impartir los castigos contra los sublevados sobrevivientes el día 10 de diciembre de 1811, condenándose a muerte “a once clases y soldados de la unidad, de los cuales cuatro eran sargentos, tres eran cabos y cuatro soldados”. Al día siguiente, los cadáveres fueron exhibidos para la expectación pública.

La jornada del 2 de mayo de 1812, son destinados, por fin, los primeros soldados rasos para la recientemente creada unidad de Granaderos a Caballo por orden de San Martín. Así, pues, 14 ex soldados del Regimiento de Infantería “Patricios” que tomaron parte en la Revolución de las Trenzas, ya estaban dispuestos a “prestar nuevamente servicios en defensa del país en que nacieron”, por eso Rivadavia, Chiclana y el secretario Nicolás de Herrera “los declara libres de las penas a que estaban condenados, y destina al Regimiento de Granaderos a Caballo, etc.”.

El nombre de esos “Patricios” que vistieron el inmaculado uniforme de Granaderos a partir del 2 de mayo, fueron: Cosme Cruz, Juan Andrés Méndez, Pedro Antonio Vera, José Santos Ríos, Cornelio Gamboa, Toribio Páez, Ramón Salmiento, Juan Antonio Pereyra, José Pereyra, Agustín Rosales, José María Olmedo, Gregorio Arrieta, José María Portillo y Vicente Sueldo.

De este modo, a estos catorce Granaderos se les unirían los restantes soldados para completar las 31 plazas que tenía la unidad en sus albores. Sobre si los “Patricios” son los padres de los Granaderos, esa es una cuestión que sigue animando bromas castrenses y despertando la curiosidad del revisionista histórico.

Por Gabriel O. Turone

Bibliografía

Anschütz, Teniente Coronel Expedicionario al Desierto Camilo. “Historia del Regimiento de Granaderos a Caballo”, Tomo I, Círculo Militar, Buenos Aires, Agosto 1943.
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Philippeaux, Enrique Walter. “El Motín de las Trenzas”.
Ramos Pérez, Demetrio. “San Martín, el libertador del Sur”, Biblioteca Iberoamericana, Ediciones Anaya, Madrid, España, 1988.

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

ROCA NO FUE UN GENOCIDA



Por Luciana Sabina
Infobae, 29 de abril de 2018

A principios de 1878 Roca recibió una carta del presidente: "Acabo de firmar el decreto nombrándolo Ministro de la Guerra (… ) Encontrará V.S. una herencia que le impone grandes deberes. Es el plan de fronteras que el Dr. Alsina deja casi realizado, respecto a esta providencia, y a que es hoy más que nunca necesario llevar sin interrupción hasta el último término".

Adolfo Alsina -que ocupaba ese puesto- había muerto y la estrella de Julio Argentino comenzaba a brillar en el firmamento. Por entonces se encontraba en Mendoza e inmediatamente se trasladó hacia Buenos Aires. En el camino casi murió, debido a una grave intoxicación. Pero sobrevivió y siguió su marcha, como todos aquellos que tienen cita con la historia.

En agosto de ese año se dirigió al Congreso de la Nación Argentina: "Hasta nuestro propio decoro como pueblo viril nos obliga a someter cuanto antes, por la razón o por la fuerza, a un puñado de salvajes que destruyen nuestra principal riqueza (… ) La importancia política de esta ocupación se halla al alcance de todo el mundo. No hay argentino que no comprenda que en estos momentos, agredidos por la presiones chilenas, debamos tomar posesión real y efectiva de la Patagonia".

No sólo los malones afectaban a miles de pobladores sino que los aborígenes decían estar bajo la bandera de Chile, porque aquel gobierno los protegía y mandaba regalos, mientras el nuestro había dejado de hacerlo. Se plegaban así a los deseos del vecino país de avanzar por nuestro territorio.


El Congreso nacional autorizó la campaña. Desde mayo hasta diciembre de 1878 se llevaron a cabo 23 expediciones, que arrojaron la suma de 3.668 prisioneros. 150 cautivos regresaron a su hogar.


Al año siguiente, el ejército formó 5 divisiones distribuidas entre Buenos Aires y Mendoza. Las partidas contaban con médicos, ingenieros, sacerdotes y hasta las familias de muchos soldados. Parecían pueblos en éxodo. El 16 de abril Roca dejó la capital y se internó con sus hombres en el desierto, prontos a escribir un nuevo capítulo de nuestro pasado.

Las tropas trajeron muerte y vida. Cautiverio para unos, libertad para otros.

El historiador Isidoro Ruiz Moreno realiza una defensa del Ejército argentino, adjuntando documentación que descarta cualquier fin genocida. Señala la "falta de consistencia con que algunos escritores achacan a los jefes militares del Desierto el dar muerte sistemáticamente a los indios que combatían. Con tal desaprensión que revela falta de rigor científico -al no basarse en documentos fehacientes-, se procura desmerecer la acción heroica y positiva que significó concluir con un estado espantoso de la vida en la frontera, duplicando la extensión de nuestro país".

El mismo Roca difundió una orden a los miembros del Ejército días antes de comenzar la campaña buscando evitar una matanza: "En esta campaña no se arma vuestro brazo para herir compatriotas y hermanos extraviados por las pasiones políticas, para esclavizar o arruinar pueblos, o conquistar territorios de Naciones vecinas. Se arma para algo más grande y noble: para combatir por la seguridad y el engrandecimiento de la Patria, por la vida y fortuna de millares de argentinos, y aún por la reducción de esos mismos salvajes que tantos años librados a sus propios instintos, han pesado como un flagelo en la riqueza y bienestar de la República".

Pero los soldados estaban hartos de la vida en la frontera y odiaban profundamente a sus enemigos salvajes. Fue muy difícil que cumplieran la orden de no eliminar a quienes se rindieran.

El resto de la historia es bien conocida.

(Publicado originalmente en el Diario Los Andes)

TENIENTE CORONEL (R) JUAN CARLOS LONA


Debemos lamentar el fallecimiento del colaborador de nuestro blog, con quien compartimos muchas actividades de difusión de la historia argentina.
Juan Carlos Lona, distinguido oficial del Ejército y abogado, dedicó todo su tiempo libre a trabajar  con empeño, durante décadas, en su cargo de Secretario del Instituto Belgraniano de Córdoba, y de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Córdoba.
Pronunció centenares de conferencias en distintos ámbitos, en especial en la sede tradicional de ambas entidades mencionadas: el Club de las Fuerzas Armadas, que se convirtió en un foro de defensa de nuestra tradición histórica.
Rogamos al Señor que le conceda el descanso eterno, de acuerdo a sus merecimientos. 

CURA Y ARTILLERO


Beltrán, el franciscano de San Martín

Por Urgente 24, 8-12-17

Hijo del francés Louis Bertrand y de la argentina Manuela Bustos, Luis Beltrán nació el 07/09/1784 en la ciudad de San Juan.
A los 3 días sus padres lo anotaron con el nombre de José Luis Marcelo. Un mal entendido de quien tomó sus datos transformó su apellido paterno Bertrand en Beltrán y así trascendió para su vida y para la historia
.
A la edad de 16, decidido por la carrera eclesiástica, comenzó sus estudios en el convento de los franciscanos. Más tarde, ya ordenado clérigo, fue enviado por sus superiores a Santiago de Chile, donde continuó sus estudios.
Además de las materias eclesiásticas, Beltrán también fue un apasionado de la ciencia, la química, las matemáticas, la física y la mecánica. Y era habilidoso con todo lo que fuese manual: dibujante, bordador, carpintero y artillero.
Beltrán fue maestro vicario del coro del convento franciscano. La revolución chilena comenzó en 1810, y él se unió al movimiento independentista en 1812, sirviendo como capellán en las tropas de José Miguel Carrera. Beltrán asistió al combate de Hierbas Buenas, una derrota de los independistas.

El fraile ingresó a los talleres de maestranza del ejército de Bernardo O' Higgins, y al observar el trabajo de aquellos hombres no pudo contenerse: rápidamente comenzó a guiar a los operarios, a aconsejarlos, motivarlos, y enseñarles. El taller cambió dramáticamente, ganando en competitividad y productividad.
O'Higgins lo designó teniente, y lo puso al frente de la maestranza trasandina. Beltrán puso como condición no abandonar sus hábitos. El Comandante en Jefe chileno le habló de Beltrán al jefe del Ejército de los Andes, José de San Martín, quien carecía de armamento suficiente para la milicia que estaba organizando.

San Martín aceptó la recomendación de O'Higgins, y Beltrán fue incorporado a las tropas de San Martín, en calidad de teniente 2do. a cargo del montaje de parque y maestranza; colaboró con José Antonio Álvarez Condarco en la fábrica de pólvora y lo suplantó cuando éste realizó una misión de espionaje en Chile.
El sacerdote continuó con su forma de trabajo, en la que involucró a más de 700 artesanos, herreros y operarios, divididos por sector y por turnos rotativos, a quienes supervisaba y lideraba.

En el gran reclutamiento fue fundamental para el movimiento independentista, el aporte de muchos ingleses e irlandeses, que habían quedado en el país luego de las invasiones. Ellos habían aceptaron cumplir con una condición: convertirse al catolicismo y hasta cambiar sus nombres y apellidos por otros españoles.
En la artillería se encontraron 2 secciones que suministraban el apoyo logístico al ejército: una era la armería (dirigida por el teniente Ramón Picarte) y la otra era la maestranza (dirigida por Beltrán), todas supervisadas por el comandante Pedro Regalado de la Plaza.
La maestranza elaboraba repuestos, organizada por varias secciones en donde funcionaban carpintería, tornería, herrería, talabartería y zapatería. Todos estos empleados fueron contratados por varios años. En cambio, otros trabajadores como los pintores, plateros y hojalateros eran requeridos para tareas temporales.

Existían 2 categorías: los maestros y oficiales. Los primeros tenían a cargo la organización del trabajo y además de tasar las materias primas, en cambio los oficiales ejecutaban las tareas de la fabricación o reparación de los objetos de la artillería.
En su taller se fabricaban uniformes, zapatos, botas, monturas, estribos, herraduras, municiones, balas de cañón, espadas, fusiles, pistolas, puentes colgantes, granadas, lanzas, elementos de seguridad, arneses, grúas, pontones, mochilas, tiendas de campaña, cartuchos y todo tipo de pertrechos de guerra.

Beltrán fue el creador de unos carros angostos, del largo de los cañones, de 4 ruedas muy bajas que podían ser tirados por animales. Estos vehículos de tracción a sangre se utilizaron para transportar la artillería por la cordillera. Los soldados las bautizaron "zorras", arrastradas por bueyes y mulas, según el camino. Para proteger los cañones, Beltrán implementó medidas de seguridad tales como envolverlos en lana y retobarlos o forrarlos con cueros para evitar dañarlos con el movimiento. Las "zorras" eran arrastradas por bueyes y mulas, según el camino, y permitieron transportar los cañones a través de la cordillera.
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El inspector general del Ejército, José Gascón, se opuso a la carrera militar del fraile artillero por considerarla anticatólica, pero el jurista canónico Diego Estanislao Zavaleta dictaminó a favor de la continuidad de Beltrán a las órdenes de San Martín.

Beltrán participó en la batalla de Chacabuco. En el ataque español por sorpresa en Cancha Rayada, él perdió casi todo el material. Sin embargo, Beltrán se puso el taller al hombro, y envió al coronel Manuel Rodríguez, muy popular entre los chilenos, para que reclutara para la maestranza a todos los hombres, mujeres y niños que encontrara, sin reparo de condición o nivel sociocultural pero que no fueran menos de 1.000. Todos tuvieron una labor: las mujeres cosían cartuchos de cañón, los jóvenes hacían cartuchos para fusil y los hombres se encargaban de la fundición y las maniobras de fuerza. Día y noche trabajaron. El taller debió arreglar los 5 cañones que lograron rescatar del estrago en Cancha Rayada y, en el período que fue del 16/03/1818 al 05/04/1818, logró alcanzar una batería total de 22 bocas de fuego.

Gracias al excelentísimo trabajo del equipo, San Martín pudo presentar batalla a Mariano Osorio en Maipú. En 1811, Beltrán creó en Chile lo que en la actualidad son las FAMAE (Fábricas y Maestranzas del Ejército de Chile). Continuó el equipamiento del Ejército de los Andes para la Campaña del Perú, en sus talleres en Valparaíso (en la costa del Pacífico). En 1821 instaló una nueva maestranza en Lima (Perú). Cuando los españoles recuperaron el puerto de El Callao, Beltrán trasladó sus talleres a Trujillo.

En 1822 fue ascendido a sargento mayor y en 1823 llegó a teniente coronel graduado. Permaneció en su puesto hasta 1824, cuando fue reemplazado por los oficiales de Simón Bolívar. Sin embargo, a órdenes de Antonio José de Sucre participó de la batalla de Ayacucho. Instalado en el cuartel general de Trujillo, el fraile volvió al intenso ritmo de producción y a los turnos rotativos de trabajadores. Bolívar le ordenó la puesta a punto y embalaje de unos 1.000 fusiles y armas de puño en un plazo máximo de 3 días. (...)

De regreso en Buenos Aires se incorporó a las fuerzas del general Martín Rodríguez, quien le encargó el Parque y la Maestranza del Ejército de Observación, sobre el Río Uruguay. Más tarde se unió a la maestranza del ejército que marchó a la Guerra del Brasil, bajo las órdenes del general Carlos de Alvear, pero tuvo que regresar.


Beltrán murió sin un peso a los 43 años, el 08/12/1827. Su confesor dijo que él se había reconciliado con su Dios. A pesar de que llevaba 11 años de haber dejado los hábitos, fue sepultado como franciscano, con el hábito de su orden.

DESAPARICIÓN FORZADA DEL HONOR NACIONAL




por Carlos E. Viana

Informador Público, 27-10-17

“¡Provincias del Río de la Plata! El día más célebre de nuestra revolución está próximo a amanecer. Voy a dar la última respuesta a mis calumniadores: yo no puedo hacer más que comprometer mi existencia y mi honor por la causa de mi país”.
Cuartel General de Valparaíso 20 de Julio de 1820, General don José de San Martín.

Las piedras golpearon en el corazón de quienes nos sentimos argentinos, al romper el busto del General San Martín. Nuestra Historia y la figura de nuestro principal héroe, ejemplo de militar, político, caballero y patriota, sufría el ataque de unos niños, instados por los miembros de la Resistencia Ancestral Mapuche. Dijo Cristo: “…y al que escandalizare a unos de estos pequeñuelos, que creen en mí, más les valiera le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y lo hundieran en el fondo del mar”, San Mateo 18/6.

Traición
Más de dos meses antes, Santiago Maldonado con miembros del RAM apedreaba a un grupo de gendarmes que cumplían con su deber de despejar la estratégica Ruta 40. Lo hicieron bajo la orden de un Juez Federal, cumpliendo con su deber de defender nuestras fronteras y fueron agredidos por esta violenta organización RAM.

El RAM junto con Maldonado, que convivía con ellos, reclama casi la mitad de nuestra Patagonia, como territorio soberano propio y pretende que Argentina adopte una dictadura como la de Evo Morales.

El RAM le ha declarado la guerra a Argentina, no reconoce a sus autoridades, ataca, destruye edificios públicos y ha agredido violentamente a nuestra Embajada en Chile. Son hechos manifiestos que constituyen ataques ya no solo a Gendarmes sino a los valores de nuestra Nación con la destrucción de un busto de nuestro general San Martín, hecho que han reivindicado, llamando a nuestro prócer invasor.

Un caso evidente de traición a la Patria tal cual lo dice el artículo 119 de la Constitución Nacional: “La traición contra la Nación consistirá únicamente en tomar las armas contra ella, o en unirse a sus enemigos prestándoles ayuda y socorro”.

Además de terroristas, los miembros del RAM son ignorantes. No saben que Don José nació en la Reserva de Yapeyú, que su nodriza fue una india guaraní, a quien él quiso mucho y que tenía en su niñez amiguitos guaraníes.

El Gobernador realista de Chile, General Marco del Pont, le dijo al Coronel Álvarez Condarco, que había sido enviado en misión diplomática, “Yo firmo con mano blanca, no como la de su general, que es negra”, en alusión a San Martín a quien llamaba “el cholo”.

Trágicamente, un descendiente del General Marco del Pont y tan asesino como él, planeó también atacar Argentina, para imponerle un trapo rojo y una dictadura totalitaria, en medio de la Guerra Fría, que aquí fue caliente.

Este asesino en su manual terrorista, aconsejó precisamente lo que hicieron el RAM y Maldonado: "Uno de los puntos más débiles del enemigo es el transporte por carretera y ferrocarril. Es prácticamente imposible vigilar metro a metro un transporte, un camino, un ferrocarril". Cortaron la Ruta estratégica Ruta Nacional 40. Además habían asesinado a un policía hace dos años, quemaron en Chile a un matrimonio, como en un auto de Inquisición.

¿Estas víctimas, no tienen derechos humanos?

¿Donde están el CELS, la APDH, Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Nora Cortiña? Apoyando la traición.

La Historia vuelve a repetirse
Quizá lo que el RAM Tehuelche no le perdona a San Martín, es que el General ayudó a los Pehuenches-Tehuelches, que posteriormente en 1.825, el Cacique Mapuche Anteñir, invadiendo Argentina desde Chile, con cinco mil lanzas, asesino y mato en un cruel genocidio, a estos indígenas originarios, incluyendo a mujeres, ancianos y niños.

Apología de la Traición
Periodistas, diputados y políticos, justifican expresa o tácitamente, estos ataques a la soberanía y el Honor Nacional, a los que en otras oportunidades reivindican hipócritamente la Soberanía e ignoran la grave ofensa hecha a la Nación por el RAM (amigos de Maldonado), al atacar a pedradas y revolcar, una estatua del General San Martín.

La mayoría de los primeros, no condenan el acto, solo lo describen a veces alegremente y no solo los que ya nos traicionaron, sino otros que se oponen al kirchnerismo. Mientras, algunos diputados que juraron lealtad a la Nación y políticos entusiasmados por arrimar votos, hacen la apología de Maldonado y de sus hermanos del RAM.

El Gobierno Nacional y el desagravio a San Martín
Llama la atención, que ni el Gobierno Nacional ni los provinciales, hayan hecho ni siquiera declaraciones desagraviando la imagen del General San Martín. La Dignidad Nacional lo exige y sobre todo advirtiendo los ataques a la Soberanía Nacional, avalados cobardemente por el Juez Lleral.


Argentinos no asistamos cobardemente a la Desaparición Forzada del Honor Nacional, No reemplacemos a San Martín por Maldonado.