LA ÉPICA DEL COMBATE DE LA VUELTA DE OBLIGADO

 

 


Por Adrián Pignatelli

Infobae, 18 de Noviembre de 2019

 

Un anciano almirante Bartholomew James Sullivan, que había combatido en Obligado como capitán se presentó un día de 1883 en el consulado argentino en Londres. Deseaba devolver una bandera argentina que había tomado ese día. Aseguró que lo hacía como un homenaje y con admiración por el coraje demostrado por los defensores.

A mediados de marzo de 1997, el presidente Jacques Chirac visitó nuestro país con el propósito de afianzar el intercambio comercial entre ambos países. En el último día de su visita, en un acto en la residencia de Olivos, devolvió al país una bandera argentina, que tenía en su centro una estrella federal, que había sido capturada en la misma acción. De la ceremonia participaron Granaderos, Patricios y los famosos Colorados del Monte, que le obsequiaron al mandatario francés un cinto pampa.

 

El combate

Entre 1845 y 1850 una escuadra anglo-francesa bloqueó el Río de la Plata –los franceses habían realizado un primer bloqueo entre 1838 y 1840- impidiendo el paso de los barcos hacia Buenos Aires o a los puertos de la Confederación, con excepción de Montevideo.

 

Los europeos argumentaban que la existencia del Uruguay estaba amenazada por el sitio que sufría. En realidad estaban siendo afectados sus intereses comerciales que además ya tenían en mente navegar los ríos interiores de nuestro país para comerciar, algo que el gobernador Juan Manuel de Rosas, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, impedía.

 

Todo estallaría el 20 de noviembre de 1845 cuando la flota anglo-francesa pretendió forzar el paso navegando por el río Paraná. Habían partido de Montevideo el 17, y del imponente convoy de modernos buques de guerra, algunos a vela y otros a vapor, fuertemente artillados, iban 92 buques mercantes con un importante cargamento para comerciar.

 

La defensa estuvo a cargo del general Lucio Mansilla. Atravesó el río, a la altura del Paso del Tonelero, con 24 barcazas que estaban unidas entre sí por tres gruesas cadenas de hierro. De un extremo, las cadenas estaban amarradas al bergantín Republicano, apoyado por otras dos embarcaciones.

 

De la costa bonaerense, se habían colocado cuatro baterías, compuestas por viejos cañones, algunos de ellos de corto alcance, apoyadas por alrededor de 500 soldados de infantería. Otros tantos eran de caballería e infantes de marina. Sobre una de las costas, 10 pequeñas barcazas incendiarias estaban listas para ser lanzadas río abajo contra la flota enemiga.

 

El recodo que hacía el río obligó a la flota -que había avistado las cadenas-a detenerse. Algunos barcos, por precaución, anclaron alejados de las baterías argentinas. En la mañana del 20 los enemigos iniciaron el ataque contra las defensas, con sus poderosos cañones que disparaban proyectiles explosivos, mientras otros barcos se dirigían hacia las cadenas para cortarlas.

 

Mansilla, temprano, había arengado a sus tropas: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra república, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos!”

 

El intercambio de disparos de artillería fue muy intenso. Algunos barcos debieron alejarse por estar demasiado averiados. Cuando el Republicano agotó sus municiones, su capitán decidió volarlo.

 

Al mediodía, las cadenas aún no habían sido cortadas. Un barco a vapor intentó arrastrarlas sin éxito, hasta que de una balsa un grupo de ingleses con un martillo y un yunque las rompieron.

 

Mientras tanto, las baterías eran destruidas por el fuego enemigo. A las tres de la tarde, las fuerzas argentinas habían agotado las municiones. Entonces, desembarcaron 325 infantes de marina que fueron rechazados por los argentinos, a punta de bayoneta y a arma blanca.

 

En esa acción, cayó herido el propio Mansilla. Los infantes debieron retroceder, pero de una nave francesa desembarcaron más fusileros y los defensores comprendieron que nada más podían hacer. Quedaron en el campo 250 argentinos muertos y 400 heridos, mientras que los atacantes sufrieron 26 muertos y 86 heridos.

 

Los buques debieron permanecer más de un mes en el lugar para ser reparados por el importante daño que habían sufrido.

 

Luego de muchas idas y vueltas diplomáticas, se firmó un tratado mediante el cual los ingleses reconocían la soberanía argentina sobre sus ríos interiores y su derecho a solucionar sus problemas con el Uruguay sin la intervención extranjera. Francia demoró en acordar, pero finalmente lo hizo.

 

Hasta los opositores a Juan Manuel de Rosas reconocieron y alabaron dicha acción. José de San Martín, desde su exilio de Gran Bourg, había tomado casi como una afrenta personal el bloqueo al Río de la Plata, que lo llevaría a decir “que los argentinos no somos empanadas que se comen con el solo abrir de boca”. En su testamento, le legaría el sable corvo a Juan Manuel de Rosas por la defensa de la soberanía ante el bloqueo.

 

Una bandera en París

El Hotel de Inválidos es una construcción monumental, construida por orden del rey Luis XIV en 1670 para alojar a heridos de guerra y a veteranos que no tenían ni hogar ni familia. Es una edificio de 196 metros de largo, que se alza imponente en la ciudad de París. Desde 1905, se convirtió en museo y es uno de los más importantes del mundo en lo que a historia militar se refiere.

 

En ese imponente conglomerado, se encuentra la Iglesia de San Luis. Su construcción se inició en 1677 y si se demoró en erigirla fue por la especial dedicación que el monarca francés le dedicó. En su cripta descansan, desde 1840, los restos de Napoleón Bonaparte y de algunos generales que hicieron historia en Francia.

 

En la nave central de la iglesia cuelgan distintas banderas y estandartes. Sobre el lado izquierdo, con el número 32, hay una bandera argentina, que los franceses capturaron en la histórica jornada de Obligado. Mudo testigo de semejante acontecimiento, pueden apreciarse los agujeros producidos por la metralla.

 

¿Si hubo otras? Más allá de la que devolvió Chirac, Infobae no pudo confirmar la versión de que existe otra bandera que habría sido tomada como souvenir por un soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial y una última que habría terminado desintegrándose por su deterioro.

 

A lo largo de los años, sucesivas excavaciones en el lugar de la batalla, dejaron al descubierto miles de objetos, como parte de las cadenas, proyectiles y hasta restos del bergantín Republicano. Esos objetos pueden contemplarse en el museo local. Como homenaje, el 20 de noviembre es el Día de la Soberanía Nacional.

 

La bandera que aún resta recuperar es la que se exhibe en la Iglesia de San Luis, silencioso testigo de que “los argentinos no somos empanadas que se comen con el solo abrir de boca”, como había escrito San Martín.

REMEDIOS DEL VALLE

 


 

Por Adrián Pignatelli

Infobae, 8 de Noviembre de 2020

No interesa cómo fue que el general Juan José Viamonte se enteró. La versión más difundida fue que por 1827, al cruzar la plaza y pasar frente al Cabildo, reparó en el rostro de una negra harapienta que pedía limosna, y que le resultaba familiar. Sus criados le habían avisado que ella había ido a golpear la puerta de su casa en busca de ayuda, como confesaría en una sesión en la Sala de Representantes. Lo cierto fue que esa negra, vestida con lo que podía y que se alimentaba gracias a las sobras de los conventos de la ciudad, había arriesgado el pellejo como uno más en el Ejército Auxiliador primero y luego junto a los soldados que Manuel Belgrano comandó en el norte, en los tiempos en que en estas tierras habíamos decidido ser independientes.

Se llamaba María Remedios del Valle, tenía el cuerpo curtido con media docena de cicatrices, y todos la ignoraban.

La historia oficial dice que nació en la ciudad de Buenos Aires entre 1766 y 1767 y que su bautismo de fuego lo tuvo cuando colaboró en la lucha contra los británicos en las invasiones.

En los campos de batalla

Cuando a mediados de 1810 partió el Ejército Auxiliador al norte, en el que estaban enrolados su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado, se les unió. Primero estuvo en la División de Bernardo de Anzoátegui, capitán de la 6ª Compañía del Batallón de Artillería Volante. Anzoátegui recordaría cómo María cuidaba de los soldados, suboficiales y oficiales, les lavaba la ropa y atendía sus heridas.

 

Cuando el ejército arribó a Potosí, estuvo a las órdenes del veterano coronel José Bonifacio Bolaños. Allí recibió 20 nacionales, su primera paga. Cuando ocurrió la derrota de Huaqui el 20 de junio de 1811, que supuso la pérdida del Alto Perú, ella bajó a Jujuy. Allí sería la última vez que Viamonte la vio.

No se sabe en qué batallas murieron su esposo y sus dos hijos. Ella continuó en el ejército, donde era conocida como “la tía María”. Fue testigo del Éxodo Jujeño. Se habrá sentido desilusionada cuando se presentó ante Manuel Belgrano antes del enfrentamiento con el ejército realista en Tucumán, y le pidió permiso para poder atender a los heridos.

Recibió una rotunda negativa.

No se dio por vencida, y se las ingenió para colarse primero en la retaguardia y luego en el campo de batalla cumpliendo su cometido. El creador de la bandera terminaría cediendo, y María sería la única mujer que podía seguirlo en el combate. Su admiración por su valentía lo llevó a nombrarla capitana del ejército.

 

También estuvo en Vilcapugio, y en Ayohuma Gregorio Aráoz de Lamadrid se admiró al verla, junto a otras dos mujeres, llevando sobre sus cabezas cántaros con agua fresca, ignorando el intenso cañoneo.

 

Luego de este combate, librado el 14 de noviembre de 1813, cayó prisionera. Y aún cautiva no se mantuvo quieta. Asistió a los maltrechos prisioneros patriotas, y a algunos los ayudó a escaparse. Fue castigada por orden de los jefes Joaquín de la Pezuela, Juan Ramírez Orozco y Miguel Tacón a ser azotada durante nueve días. Y estuvo siete veces en capilla.

 

Cuando logró fugarse, estuvo en las filas de Martín Miguel de Güemes y Juan Antonio Alvarez de Arenales.

Se le perdería el rastro hasta que años después fue descubierta en la ciudad de Buenos Aires. Vivía en un rancho, en las afueras y alternaba los atrios de las iglesias y la puerta del Cabildo para pedir limosna; algunos le decían “la capitana”.

 

El diputado Viamonte fue el que llevó su caso a la Sala de Representantes. “Ella tiene derecho a la gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad”, decían. Ella había logrado que la representase Manuel Rico, un militar veterano del Ejército del Norte. Había pedido, sin suerte, una compensación de seis mil pesos, contando las actualizaciones desde la disolución del ejército del norte.

 

Víctima de la burocracia

 

En 1826 comenzaron las gestiones para otorgarle una pensión. El 24 de marzo de 1827 el ministro de Guerra mandó su expediente a la Sala de Representantes, para que resolviese qué hacer. Su pedido ingresó el 25 de septiembre pero recién se discutiría el 18 de julio del año siguiente. A través de los testimonios del propio Viamonte, Gregorio Aráoz de Lamadrid, de Tomás de Anchorena -quien fue secretario de Manuel Belgrano en el norte- y de Hipólito Videla, quien estuvo prisionero junto a ella, todos conocieron su historia y se asombraron de sus cicatrices, además de las marcas de los azotes que había recibido de los españoles. “Seis cicatrices feroces de bala y sable. Su caro esposo, un hijo y un entenado que han expirado en las filas de los libres”.

 

Propusieron llamarla “Madre de la Patria”. Por unanimidad se le otorgó un sueldo correspondiente al de capitán de infantería, a pagar desde el 15 de marzo de 1827, que es cuando había iniciado el largo trámite burocrático ante las autoridades. La Sala de Representantes también dispuso que se publicase su biografía en los diarios y se le erigiese un monumento. Nada de esto se cumpliría. Y la paga la recibiría salteada.

 

Sería Juan Manuel de Rosas quien el 16 de abril de 1835 la efectivizó como sargento mayor y se aseguró que recibiese sus sueldos como correspondía. En agradecimiento, ella le pidió permiso y se cambió el apellido, incorporando el de Rosas.

 

Su necrológica se resumió en un registro del ejército, fechado el 8 de noviembre de 1847: “Baja. El mayor de Caballería Doña Remedios Rosas falleció”.

 

Una calle, pegada a la autopista Perito Moreno, cerca del Parque Avellaneda y un par de escuelas, en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires llevan su nombre. En su homenaje, desde 2013, el 8 de noviembre es el día del afroargentino y de la cultura afro. Pobre Remedios: cuánto tuvo que esperar, aún después de su muerte, con todo lo que había hecho en vida.

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

 


y la incierta leyenda negra española


 Por: Laura Martin

Crítica revisionista, 7-10-20

A Fray Bartolomé de las Casas se le ha bautizado como Apóstol de las Indias, el nuevo san Pablo, y es tal su popularidad –se le considera pionero de la defensa de los Derechos Humanos- que cuesta, a estas alturas, saber a ciencia cierta qué hay de mito y qué hay de realidad. La extraordinaria fama internacional de De las Casas se fundamenta en pasiones políticas y no en méritos objetivos. He aquí un análisis punto por punto de veracidad de las bondades que le atribuyen a este personaje.

 

Leyenda: Fray Bartolomé de las Casas viaja a América a defender a los indios.

 

Realidad: Bartolomé de Las Casas no sólo no pretende viajar a las Indias para defender a sus nativos sino que durante la primera década que vivirá allí llevará el mismo estilo de vida que sus compatriotas.

Se embarca hacia las Indias en 1502 acompañando a Nicolás de Ovando, tercer gobernador nombrado por los reyes Católicos. La expedición llega a la isla La Española (actual Santo Domingo), y allí permanece hasta 1512. Participa activamente en las guerras de su gobernador contra los indios, cuya misión es organizarlos en poblados, en convivencia con los españoles, comenzar la evangelización, y que trabajen recibiendo un jornal por ello. Las Casas, por sus servicios como soldado, recibe recompensas en tierras, oro y siervos.

 

Leyenda: Fray Bartolomé es el pionero en denunciar la situación en Indias.

 

Realidad: Fueron otros clérigos y otras órdenes quienes pidieron un trato más justo para los nativos, a diferencia de Bartolomé de las Casas que se resistió a ello.

Cierto es que Colón propuso la venta de esclavos a los Reyes Católicos. La reina Isabel se indignó ante tal propuesta y ordenó poner en libertad a los indios, a los que nombró vasallos del reino al igual que cualquier otro español. Vasallos de la Corona, libres, con los mismos derechos y deberes que cualquier cristiano. Pese a esto, era harto complicado controlar a algunos españoles encomendados en las Américas que no seguían las órdenes reales.

Fray Antonio Montesinos, respaldado por el rey Fernando, fue el primero en enfrentarse a los que desobedecían las directrices de los reyes Católicos y pretendían a los indios como siervos. Todo aquello que después vendería Las Casas como propio no sería más que una repetición de las denuncias de Montesinos, solo que aderezado por sus propios delirios, invenciones y exageraciones.

Fernando el Católico, a instancias de Montesinos, nombró una comisión formada por personas de la máxima confianza del fraile para que preservaran los siguientes principios: los indios habrían de ser tratados como libres, instruidos en la fe, que hicieran un trabajo moderado y siempre retribuido, que tuvieran casa y hacienda propia y que vivieran en comunicación con los españoles. Conforme a estos principios se redactaron las leyes de Burgos del 27 de diciembre de 1512. Al año siguiente -el 28 de julio de 1513- añadieron al respecto cuatro leyes más en las que se moderaba el trabajo de las mujeres y se prohibía el trabajo de los niños.

Las Casas disfrutaba durante esos años de las encomiendas recibidas por Ovando, y no quiso, como religioso, participar de la nueva práctica de los dominicos en la isla La Española: habían decidido negarse a confesar a cualquier español que tuviese indios encomendados. Confesión que negaron al mismo Las Casas porque tenía labranzas con indios.

En 1512 fray Bartolomé emigró a Cuba, donde no había en toda la isla más clérigo que él. De modo que será tarea suya predicar para el Gobernador, Diego Velázquez, y a su segundo, Pánfilo de Narváez. De Velázquez recibió un repartimiento de indios, que empleó para sacar oro de las minas y para el trabajo en granja.

 

Leyenda: Fue hombre humilde y cabal que realizó su labor a la sombra.

 

Realidad: No es hasta 1514 que se plantea, de golpe, sin evolución ni causa aparente, que el trato que está dando a sus indios es injusto. Decide renunciar a los siervos y a su hacienda. Pese a que en sus memorias afirma haber abrazado la pobreza en silencio, en secreto, el 15 de agosto de 1514 en la fiesta de la Asunción, en presencia de todas las autoridades, da un discurso vanagloriándose de su acto, se impone como modelo, proclama su renuncia a la encomienda, y afirma que nadie se salvará si no siguen su ejemplo.

 

Todos los presentes quedaron admirados de su condición de bondad e incluso santidad, según los escritos de la época, aunque ningún español de Cuba liberó a sus indios. Pero Fray Bartolomé se mostró satisfecho pues le admiraban por su gesto y tenían en estima. Según Menéndez Pidal, las Casas entra en un ritmo de interpretación sistemática paranoide de todo escrito, sagrado o no. Según su interpretación, toda norma ética resalta lo demoniaco de la naturaleza del español. No hay grises, no hay mezcla entre el bien y el mal. Deja de distinguir entre cristianos y decide que cualquier trato con los indios es injusto y tiránico, fuera el que fuere el realmente ejercido. Después de erigirse como el nuevo apóstol del rigorismo moral continúa un año más en la isla de Cuba, sin convertir a ningún español ni lograr que emularan sus pasos.

 

Decide ir a Castilla. Embarca el 6 de octubre de 1515 con Montesinos, que le da una carta de recomendación para el Rey. Las Casas ya tiene pasaporte para entrar en la Corte. En diciembre de 1515 llega a Plasencia. El Rey Fernando está postrado enfermo (muere el 23 de enero de 1516) así que fray Bartolomé solo logra ser recibido por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, presidente de los asuntos de Indias en el Consejo Real, al que Las Casas acusa -por despecho por no haber sido recibido por el rey- de soberbio e indiferente, y de hacer caso omiso de sus quejas, en contradicción con la opinión de los demás religiosos con los que se reunió para hablar de la situación de los indígenas.

 

La leyenda: El plan de reforma de Cisneros está basado en las ideas de Fray Bartolomé

Realidad: Muerto Fernando el Católico, Las Casas tuvo que entenderse con el Cardenal Cisneros. Presentó una cada vez más larga relación de crueldades cometidas por los españoles en Cuba, La Española, Jamaica y San Juan. Cisneros había percibido de los dominicos su preocupación por los derechos de los indios. Los franciscanos, por su parte, defendían una postura más paternalista de los españoles hacia los nativos. Pese a ser franciscano también, Cisneros optó por una tercera salida, los frailes jerónimos, y los envió en 1516 a reformar el gobierno de Indias. En aquellas fechas Las Casas no pertenecía a ninguna de las tres órdenes, y Cisneros le confirió un cargo de consejero, para mirar por el bien tanto de los indios como de los españoles. Fray Bartolomé alardeará de haber proporcionado al cardenal la base para la reforma, y añade en sus textos que recibió también un título de Protector universal de todos los indios de las Indias. No consta. Y tales fueron las desavenencias con los jerónimos, que fue destituido de su puesto, hecho que Las Casas oculta, afirmando sin embargo que fue él quien renunció.

 

Leyenda: Fue un fiel cronista de lo que ocurrió en Indias

 

Realidad: En todos los escritos de Fray Bartolomé no hay datos concretos, sólo descripciones imprecisas, aderezadas de horrores que no aclara ni dónde ocurrieron, ni cuándo, ni perpetradas por quién. Lo único que se saca en claro es que el español –cualquiera- parece tener como labor principal en el Nuevo Mundo la tortura y la matanza de indios.

 

No sólo describe salvajadas acontecidas en las tierras adonde él viajó, sino que narra con vehemencia las que, afirma, se perpetraron donde jamás estuvo ni fue testigo. Inventa un genocidio indígena, que, según va escribiendo, tiene una cifra de víctimas diferente. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el número de víctimas a 15 millones, y finalmente asegura que se pudieron contar hasta 24 millones de muertos. Cifras que proporciona y cambia arbitrariamente en la misma obra. Sobra decir que es física y demográficamente imposible. Tanto por la velocidad de la matanza como porque en la América Precolombina se estima que la población apenas superaba los 13 millones de habitantes. Claro que también decía Las Casas que en Santo Domingo había visto 30.000 ríos y que el borde norte de la isla era más grande que toda Portugal.

Leyenda: Predicó con el ejemplo y actuó desinteresadamente ayudando a los indios

 

Realidad: Las Casas denunció que todo el dinero originario de las Américas era fruto del robo a los indios. Sin embargo, no dudó en aceptar 100 pesos oro al año como procurador de los mismos. Ni medio millón de maravedíes al año por ejercer como obispo para ellos. Ni la pensión de trescientos cincuenta mil maravedíes que se le designaron al perder el obispado. Nunca ejerció la caridad. No aprendió su lengua, no tenía un contacto de igual a igual con ellos, nunca hizo por educarles ni enseñarles algo de provecho. Entre sus congéneres no tenía especial buena fama. Fray Toribio de Motolinia, clérigo misionero, llegó a escribir en carta al emperador Carlos V que Las Casas era un hombre bullicioso y pleitista, injuriador, “yo conozco a De Las Casas quince años (..) y siempre está escribiendo procesos y vidas ajenas, buscando los males y delitos”.

 

Leyenda: Se postuló contra todo tipo de violencia.

 

Realidad: La única violencia que denunció y generalizó -exagerando e inventando las cifras- fue la que ejercieron algunos españoles contra algunos indios. Nunca mostró horror ante las costumbres nativas, los sacrificios humanos de las religiones precolombinas,  las decapitaciones, la extracción de los corazones de los niños y las prácticas antropófagas. En su visión del mundo, los indios eran ángeles pacíficos y los cristianos demonios destructores.

No sólo eso. En 1531 propone ante el Consejo de Indias que para liberar a los indios de sus trabajos deberían traerse, desde áfrica, a 4000 negros. Tan buena idea le parece que en 1542 vuelve a insistir en la introducción de esclavos negros en las Indias.

En definitiva, no hay que despreciar la labor de defensa a los indios en las Américas y el intento de que se aplicaran las justas leyes contra la esclavitud que habían promulgado los Reyes Católicos. Pero ni fue el único español que procuró el bienestar de los indios, ni fue un ejemplo de humildad y caridad, ni son ciertas las barbaridades relatadas, ni es justo que un hombre tan polémico y unos datos tan inexactos generaran una leyenda negra que España lleva siglos arrastrando en su historia.

MARCHA DE SAN LORENZO

 

 


Por Adrián Pignatelli

Infobae, 22 de Agosto de 2020

Cuando el ministro de Guerra Pablo Riccheri, que pasaría a la historia como el creador del servicio militar obligatorio, tuvo en sus manos la partitura de una marcha militar cuyo título era su propio apellido, se sorprendió. El autor era el uruguayo nacionalizado argentino Cayetano Alberto Silva, un músico que aún no había llegado a los treinta años. Silva se desempeñaba en bandas militares, además de haber sido músico del Teatro Colón y que por cuestiones laborales se había radicado en Venado Tuerto.

 

“No le ponga mi nombre”, respondió Ricchieri, posiblemente por una cuestión de recato y pudor. (…) “Póngale el lugar donde nací”, pidió. “¿Y dónde nació?”, preguntó el músico. “En San Lorenzo”.

Así nacería la famosa Marcha de San Lorenzo.

 

El 28 de octubre de 1902 fue estrenada oficialmente en el Convento de San Carlos, testigo del combate de San Lorenzo, con la presencia de las más altas autoridades oficiales. Y el Ejército Argentino la adoptó como marcha oficial.

 

El mendocino Carlos Javier Benielli, amigo de Silva, fue el que el 27 de abril de 1907 le puso la letra.

Cayetano Alberto Silva había nacido el 7 de agosto de 1873 en San Carlos, Uruguay. En 1898, se estableció en Venado Tuerto, ya que había sido contratado por la Sociedad Italiana de dicha ciudad para desarrollar actividades musicales. El 20 de septiembre de ese año haría su presentación oficial y en 1903 obtuvo la carta de ciudadanía argentina. Fue en esa ciudad santafecina que compuso, en 1901, la famosa marcha.

 

Estaba casado con Filomena Santanelli y tuvo ocho hijos. Fue músico en el Teatro Colón y director de la banda de distintos regimientos. Luego se desempeñó como director de la Banda de Policía de la provincia de San Juan. La de San Lorenzo no fue la única marcha que compuso; hubo otras, como Curupaytí, Río Negro, 22 de julio y Tuyutí.

 

Lamentablemente, por apremios económicos había vendido por 50 pesos sus derechos sobre la Marcha de San Lorenzo. Empleado policial, para hacer frente a la difícil situación económica que pasaba, esperaba ser aceptado en la banda de música de la ciudad de Rosario, mientras tramitaba su reincorporación al Ejército. Agobiado y deprimido porque no obtuvo ninguno de los dos nombramientos, falleció en Rosario el 12 de enero de 1920.

 

Ni aún muerto sería entonces reconocido. Por ser de raza negra, su madre había sido esclava, la policía de Santa Fe le negó la sepultura en el panteón policial, y fue inhumado en una fosa común.

 

Fama mundial

 

Lo que su autor no alcanzó a dimensionar fue la espectacular trascendencia mundial que logró su composición musical. Permiso mediante, fue ejecutada el 22 de junio de 1911 en la coronación del rey Jorge V de Inglaterra y es ejecutada en el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, costumbre que solo se interrumpió durante la guerra de Malvinas.

 

Por las estrechas relaciones que mantenían los ejércitos argentino y alemán a comienzos del siglo XX, la Argentina le había obsequiado al gobierno alemán la marcha. En cortesía, Alemania nos obsequió la marcha Viejos camaradas. Cuando las tropas nazis entraron a París, el 14 de junio de 1940, lo hicieron al compás de la marcha de San Lorenzo. En desagravio, el general Eisenhower la hizo ejecutar cuando los aliados entraron a París en agosto de 1944.

 

Asimismo, la marcha está en el repertorio de las bandas militares de países de todos los lugares del mundo.

 

Con respecto al autor de la letra, Benielli, dedicó su vida a la docencia. Tres escuelas llevan su nombre, una en la Ciudad de Buenos Aires y dos en Santa Fe. Falleció en 1934 y en el 2005 sus restos fueron trasladados al cementerio de los franciscanos, en el paraje donde tuvo lugar la histórica batalla de los Granaderos de San Martín.

 

Para Silva, debieron pasar más de setenta años para ser debidamente homenajeado. En 1997, sus restos fueron trasladados al cementerio municipal de Venado Tuerto. La casa que habitó se transformó en un museo regional. Fue en esa casa donde, por primera vez, ejecutara en violín la histórica marcha ante una calificada audiencia: su hija menor.

 

La escuela en Rosario que lleva su nombre y su estatua en Venado Tuerto demuestran que, por más que la historia pueda ser injusta, finalmente el reconocimiento llega.

GUILLERMO MILLER

 


 la vida heroica y olvidada del primer biógrafo y amigo de San Martín

Por Omar López Mato

Infobae, 7 de Agosto de 2020

Cuando William Miller (Guillermo Miller) llegó a Buenos Aires en agosto de 1817 era un capitán de larga trayectoria a pesar de su corta edad. Había peleado junto a Wellington durante la campaña de España en la Batalla de la Victoria y el asalto de Bayona. En 1814 participó en el ataque a New Orleans durante el conflicto entre Inglaterra y Estados Unidos. Volvió a Europa justo a tiempo para combatir junto al Duque de Hierro en Waterloo. Terminadas las guerras napoleónicas el joven capitán, que por entonces tenía 20 años y había pasado los últimos 5 años de su vida peleando, decidió poner sus habilidades de artillero al servicio de la causa emancipadora.

 

Llegó a Buenos Aires en 1816 y fue destinado al Ejército de los Andes. En Chile asistió al desastre de Cancha Rayada donde, gracias a su sangre fría, logró salvar las piezas de artillería asignadas. Su abnegación le ganó el puesto de Edecán del Libertador. Como infante de marina participó de la captura de Talcahuano y posteriormente acompañó a Cochrane en su primera expedición al Callao, donde sufrió quemaduras a raíz de una explosión. Esta será la primera de las muchas heridas que surcarán su cuerpo. En Pisco y Valdivia recibió 6 heridas de bala al dirigir personalmente sus hombres al ataque. Su coraje indómito llamó la atención del General José de San Martín, quien lo ascendió y lo señaló como segundo al mando del Regimiento 8 de infantería.

 

Hombre de mar y tierra, jefe de caballería, infantería y artillería, su versatilidad guerrera fue de gran utilidad a la causa americana. Premiado con la Legión al Mérito de Chile y la Orden del Sol en Perú, Miller continuó prestando servicios en la legión peruana durante las guerras de independencia. Fue nombrado General y con ese grado participó en las batallas de Junín y Ayacucho, dónde se selló la libertad americana.

 

En 1826, Miller volvió a Londres donde fue recibido con honores. De allí viajó a Bruselas para entrevistarse con San Martín, a fin de recabar datos sobre la gesta de la Independencia americana y poder así terminar sus memorias, que por carácter transitivo son, en parte, las del Libertador.

 

Luego de ese viaje regresó a Perú pero las controversias políticas entre los criollos lo obligaron a desterrarse. Sin embargo, el general Luis Orbegoso lo convocó a su lado, y compensó los esfuerzos de Miller confiriéndole el grado de Gran Mariscal. Los conflictos dentro del ejército y las retaliaciones amargaron al inglés, que partió hacia Ecuador como Ministro plenipotenciario ante el novel país. En 1837 fue nombrado gobernador político del Callao donde, una vez más, demostró sus dotes como administrador. Sin embargo, las habladurías y conspiraciones pudieron más y Miller fue borrado del escalafón militar. Durante años actuó como cónsul británico en Hawaii.

 

Afectado por sus viejas heridas -especialmente por una bala que había comprometido su hígado- intentó viajar a Inglaterra, pero el antiguo guerrero, el valiente inglés, finalmente murió antes de partir. El mariscal Ramón Castilla repuso sus títulos y honores. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio británico de Lima y posteriormente trasladado al Panteón de los próceres de dicha ciudad.

 

Sus Memorias -Memoirs of general Miller: In the service of the republic of Peru- fueron publicadas en Londres en 1829 y traducidas al castellano por el General español José María Torrijos. La obra recibió críticas por algunas afirmaciones controvertidas en su relato de los acontecimientos. Varios compañeros de armas expresaron sus disensos, entre los que se contaba el coronel O´Brien quien, sintiéndose agraviado, quemó en público las Memorias.

 

Los originales fueron cedidos por la viuda de Miller al Dr. Ángel Carranza, quien los atesoró en la Biblioteca Nacional de Argentina. Miller fue amigo y confidente del Padre de la Patria, valiente hasta lo temerario, leal defensor de la libertad de los pueblos. Sus imprecisiones como narrador no le restan en absoluto la gloria que supo ganarse en el campo de batalla.

 

*Omar López Mato es historiador y autor del sitio Historia Hoy