PAPELÓN HISTÓRICO



 el falso veterano de Los Andes que en 1862 engañó a todos y se hizo condecorar como héroe

Por Roberto Colimodio
Infobae, 31 de octubre de 2019


En 1862, y a instancias del entonces presidente, Bartolomé Mitre, ya concluidas las luchas armadas intestinas, se propuso condecorar y premiar al soldado veterano de las Guerras de la Independencia que luciera la mejor foja de servicios: el elegido recibiría una medalla alusiva y un premio de 10000 pesos.

Un jurado militar de amplia trayectoria, constituido por los brigadieres generales Enrique Martínez, José Matías Zapiola y José María Pirán, y los coroneles José María Albariño y Blas Pico, sería el encargado de evaluar los antecedentes de los aspirantes al concurso.

Además de traer documentación probatoria, los candidatos que se iban presentando eran interrogados por el jurado.

Los primeros postulantes no conformaban a tan exigente mesa examinadora… hasta que apareció el hombre que colmó las expectativas: José Obregoso, dueño de una foja de servicios impresionante y con 68 años de edad.



Granadero del Ejército de los Andes, cruzó la Cordillera junto a San Martín, combatió en Chacabuco, Talcahuano, Cancha Rayada y Maipo. También estuvo en Pichincha, Nazca, Pasco, Ayacucho y Riobamba, entre muchas jornadas históricas más. No había campo de batalla que Obregoso no hubiera pisado, blandiendo el sable o tocando el clarín.

Ante la mesa examinadora manifestó que había sido él quien con su trompeta llamó a la carga en la última batalla por la Independencia... Ayacucho. Mitre, embelesado por tales historias, lo bautizó: “Obregoso, el trompa de Ayacucho”.

Además, el aspirante a la gloria le había salvado la vida a Mariano Necochea en Junín y, de regreso al Plata, se había integrado al Ejército de Juan Lavalle en 1828, no sin antes combatir en Ituzaingó y Yerbal. A las órdenes del “León” estuvo en Matanzas, Navarro y Puente de Márquez. Emigrado a Uruguay, formó parte del ejército de Rivera y luego siguió a Lavalle en toda su campaña hasta acompañar sus restos al Potosí.

Retornó a Buenos Aires en 1854, siendo ayudante de Mitre en Cepeda, y como sargento mayor combatió en Pavón. Realizó campañas contra los indios en Bahía Blanca y Patagones.

Receloso, el Tribunal lo acribilló a preguntas... fechas, jefes, disposiciones de las fuerzas en las batallas y cómo había peleado en tantos diferentes regimientos... Obregoso tenía respuesta para todas y cada una de las dudas de los jurados. Habló además de las veces que fue prisionero, de sus fugas y de cómo se reincorporaba a las fuerzas patriotas allí donde se encontraran. Hay que decir que seguramente el aval y la recomendación de Mitre pesaron en la balanza.

Llegó el día de elegir al ganador y éste fue José Obregoso. Recibió los 10000 pesos que le sirvieron para pagar la hipoteca de su modesta casa en Belgrano (Juramento y Libertador, nada menos) sobre un terreno de 7000 m2, donde viviría con su esposa e hijos. Su minuto de gloria quedó inmortalizado en una fotografía, con flamante uniforme militar y 21 medallas en el pecho.



Durante la Guerra contra el Paraguay, el presidente Mitre no quiso privarse de contar con el “símbolo ejemplar” y llevó a Obregoso consigo para que los jóvenes soldados lo venerasen en vida, aunque también soplaría su trompeta en la batalla de Curupaytí, a más de 50 años de los inicios de su carrera militar según lo había contado en su foja de servicios.

Se descubre la verdad

De regreso a Buenos Aires, a principios de los 70, el ya teniente coronel Obregoso inició un reclamo por pago de sueldos adeudados en diversos momentos de su extenso servicio a la Patria. Pero bien sabemos que una cosa es un jurado para evaluar un premio y otra muy distinta son los burócratas contadores que deben aprobar un gasto o pensión...

Así saltó el engaño de Obregoso, al que evidentemente lo perdió la codicia. Al revisar los archivos para chequear los pagos que se le habían realizado, se encontró que José no era porteño como declaraba sino que había nacido en Trujillo, Perú; y como si esto fuera poco, su nombre figuraba en un listado de soldados prisioneros del ejército realista capturados por el capitán de granaderos Juan Isidro Quesada, ¡precisamente en Ayacucho!

Su fraude fue descubierto en 1873 por la “Comisión Liquidadora de la deuda de la guerra de la Independencia”. Así las cosas, se consultó a varios veteranos y oficiales de San Martín quienes confirmaron que jamás lo habían visto y ni siquiera habían oído hablar de él. Inmediatamente se le exigió un descargo ante un tribunal más severo; allí su historia se derrumbó, cometió gruesos errores y cayó en contradicciones en temas específicos, lo que terminó de revelar el engaño.

Participaron de este nuevo proceso el brigadier general Juan Esteban Pedernera, el coronel mayor Eustaquio Frías y los coroneles Juan Isidro Quesada y Rufino Guido y fue fundamental -y lapidario para Obregoso- el testimonio del coronel Jerónimo Espejo.

Obregoso era un tramposo
El papelón no trascendió ni fue tan publicitado como su heroicidad. Aún hoy se lo menciona en algunos diccionarios históricos y nóminas de Guerreros de la Independencia. Falleció en Belgrano el 25 de octubre de 1877. Legendario y condecorado. Una plaza en San Isidro llevó su nombre, también alguna calle.

En 1979 Héctor Daniel Viacava realizó una excelente investigación y publicación en la revista Todo es Historia que dirigía Félix Luna. “Obregoso, el granadero mentiroso”, dando a conocer la verdadera y oculta historia del héroe premiado que no fue tal.

JUAN MANUEL DE ROSAS




30 años de su repatriación

Por Julio Lagos

Infobae, 30 de septiembre de 2019

Fue el 30 de septiembre de 1989. Ese día, el autor de esta crónica participó de la transmisión que se hizo por TV y hoy evoca ese episodio con los testimonios de los grandes protagonistas
Lo primero que pienso es que muchos lectores de Infobae tienen poco más o bastante menos que 30 años de edad.
Y les confieso algo sorprendente: yo no recordaba haber hecho ese programa en 1989, cuando ustedes ni habían llegado a este mundo o eran recién nacidos. Fue en Canal 7 -entonces ATC- junto al recordado Enrique Alejandro Mancini.

Ahora observo las imágenes y es como si mirase a otra persona. Lo que está diciendo ese, el otro que era yo mismo, me suena como una absoluta novedad.
Así que estamos parejos: ustedes toman contacto con esta historia por primera vez. Y a mí me parece que es la primera vez.
Confieso que en el video me descubro una fluidez de la que hoy carezco. Pero además el experimento me permite ubicar todo el episodio en un contexto que sólo puede brindar la perspectiva de estas tres décadas transcurridas.
¿Qué pasaba en el mundo en ese momento? ¿Qué ocurría en la Argentina?

Era el año de la caída del Muro de Berlín, y no imaginábamos todo lo que eso iba a significar. George Bush padre había asumido la presidencia de los Estados Unidos, Fernando Collor de Melo hacía lo mismo en Brasil. (…)
Entre nosotros, en enero, se producía el copamiento de La Tablada. En junio, el presidente Raúl Alfonsín renunciaba a su cargo cinco meses antes de terminar su mandato. Y el 8 de julio Carlos Menem asumía la presidencia de la Nación.
Ese día, el flamante mandatario dijo:

-Se terminó el país de todos contra todos. Comienza el país de todos junto a todos. Yo quiero ser el presidente de la Argentina de Rosas y Sarmiento, de Mitre y de Facundo…
Acababa de tomar estado público un plan que se había gestado previamente y que habría de concretarse pocas semanas después: la repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas.

Hubo dos personajes fundamentales en ese operativo. Uno fue Manuel de Anchorena. El otro, Julio Mera Figueroa.
Anchorena era un hombre de campo muy vinculado a grupos nacionalistas y al revisionismo histórico. Fue miembro de los primeros grupos de adherentes a Rosas que hubo en el país. Su permanente reclamo para que Rosas estuviese enterrado en suelo argentino, ante los diversos gobiernos, no tuvo eco. 
Aunque había despertado la simpatía de Juan Domingo Perón, quien en 1970, desde Madrid, le mandó una carta en la que decía:
“En la lucha por la liberación, el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas merece ser el arquetipo que nos inspire y que nos guíe, porque a lo largo de más de un siglo y medio de colonialismo vergonzante, ha sido uno de los pocos que supieron defender honrosamente la soberanía nacional.”

No pasó mucho tiempo y en noviembre de 1973, el propio Perón -en su tercer y último mandato- le encomendó una delicada tarea: negociar oficiosamente con el gobierno británico la devolución de las Islas Malvinas y el regreso a la Argentina del cadáver de Rosas.
Para ratificar la trascendencia de esta gestión, Perón lo nombró embajador ante el Reino Unido en mayo de 1974. Anchorena logró el permiso del gobierno británico para la repatriación de los restos de Rosas y el Congreso de la Nación decretó una ley para concretar ese objetivo. En marzo de 1976, Anchorena fue destituído de su cargo de embajador por los militares, pero continuó su tarea en el “Comité pro repatriación de los restos de Rosas”.

Por su parte, Julio Mera Figueroa fue un dirigente peronista enrolado en el menemismo. Había iniciado su carrera política en la Juventud Peronista de los años 70 y ocupó una banca de diputado entre 1973 y 1976 representando a ese sector combativo. Fue encarcelado durante tres años durante el Proceso y providencialmente salvó su vida al poder exiliarse en Uruguay, hasta 1982. Fue uno de los primeros en acompañar la proyección política de Carlos Menem, quien siendo presidente le confió el manejo político de la repatriación de los restos de Rosas.
Había que salvar una dificultad mayúscula: estaba muy cercano el conflicto de Malvinas y era casi imposible lograr un acuerdo de cualquier tipo con los ingleses. La habilidad política de Mera se puso a prueba y logró su objetivo. El reconocimiento de Menem no tardó en llegar: pocas semanas después lo nombró Ministro del Interior.
El Comité que integraba Anchorena había acordado en 1974 que Rosas sería llevado a la Catedral, junto a San Martín. Pero en 1989, el Nuncio Apostólico Monseñor Ubaldo Calabresi se opuso y rechazó esa posibilidad.
Por lo tanto se decidió que fuera enterrado en el panteón familiar en la Recoleta.
El gobierno nombró una Comisión Oficial que viajó a Europa. La encabezaba Julio Mera Figueroa. Y además hubo una delegación popular, en la que -entre otros- estaba el folclorista Roberto Rimoldi Fraga, cuyo repertorio incluye canciones de marcado acento nacionalista.
Roberto, conocido como “el Tigre”, me contó cómo vivió esos días:
-Era un momento muy difícil, era un poco el hecho de tener que ir a dialogar con el enemigo, estaba muy fresco el recuerdo de Malvinas. El 21 de septiembre de 1989 llegamos al cementerio de Southampton, donde el cuerpo de Rosas fue exhumado. Fue una emoción enorme. Le pusimos una bandera argentina encima. Pensá que también vimos el cajón de Manuelita, que estaba al lado.
El féretro fue transportado a un avión, con destino a Londres. Allí hubo una reunión con funcionarios del Foreing Office, en la que Mera Figueroa presentó un escrito en el que señalaba que nuestro país deseaba reencontrarse con “un prócer de la familia argentina”. Según recuerdan algunos testigos de esa ceremonia, el funcionario inglés que leía el documento, en un momento dado levantó la vista, mordió su pipa y comentó risueñamente:
-Pero por lo que veo, con la cantidad de años que lo combatieron, ustedes no han sido muy cariñosos con el pariente…
Sirvió para descomprimir. Todo estaba ya arreglado.
Partieron rumbo a París y al entrar en el espacio aéreo francés, el avión comenzó a recibir los honores que el gobierno galo le brinda a los jefes de estado. El relato de Rimoldi Fraga cobra especial emoción:
-Cuando llegamos a Orly nos esperaba una formación militar, una alfombra roja. El presidente François Mitterrand. Estaba todo lleno de flores. Y Manolito sacó un poncho rojo con la divisa punzó que él había llevado y lo puso arriba del cajón.
La última etapa del viaje comenzó el 29 de septiembre, en un Boeing de la Fuerza Aérea que levantó vuelo rumbo a las Canarias. De allí partió a Recife, en Brasil. Más que testigo presencial, Rimoldi fue protagonista de lo que sucedió en ese tramo:
-El ataúd se había ajustado con un suncho y yo estaba sentado en una butaca, justo al lado. Y venía como quien dialoga con su tatarabuelo. Le decía “Don Juan, volvemos a Buenos Aires”, Y te cuento un episodio cortito, que pinta lo que sentíamos en ese momento: cuando el comandante, por el talk back del avión, nos dice “Señores, ingresamos al continente americano” yo desde el fondo grité “¡¡¡Mármol, la c… de tu madre!!!”.
Sin embargo, cuando el sábado 30, a las 8 y 25 de la mañana, el avión llegó finalmente al aeropuerto de Fisherton de Rosario, el ambiente no reflejaba la ruda confrontación de pasiones que siempre rodeó a Rosas, incluyendo aquella frase de José Mármol, el autor de Amalia: “Ni el polvo de sus huesos la América tendrá”.
Había un clima de ceremonia, respeto y solemnidad.
En medio de un gran despliegue de efectivos y funcionarios, el ataúd fue llevado en un helicóptero a la base de la Prefectura Naval Argentina, desde donde una cureña militar lo depositó frente al Monumento a la Bandera, junto al altar en el que el arzobispo de Rosario, Monseñor Jorge Manuel López, ofició una misa solemne. En la ceremonia estaban presentes 7 tataranietos de Rosas, uno de los cuales, Carlos Ortiz de Rosas, habló en nombre de los descendientes.
Finalmente el presidente Menem pronunció el primer discurso de su mandato y dijo:
-¿Es posible construir una patria sobre el odio entre hermanos? Al darle la bienvenida al Brigadier General don Juan Manuel de Rosas también estamos despidiendo a un país viejo, malgastado, anacrónico, absurdo.
Cuando terminó la ceremonia oficial, el féretro fue trasladado a bordo del patrullero Murature de la Armada Argentina y comenzó su navegación por el río Paraná, rumbo al puerto de Buenos Aires. Al pasar por la zona de San Pedro hubo salvas de cañones, en homenaje a la Vuelta de Obligado.
-Cuando llegamos -recuerda Rimoldi Fraga- me sorprendió la cantidad de jinetes con sus caballos que había por todas partes. En el muelle, en la avenida del Libertador. Gente de todas las provincias. Y algo que fue tocante para mí. Venía sentado detrás de la cureña y cuando llegamos a la altura de Callao, subimos contramano para ir a la Recoleta. Y era impresionante ver a la gente que desde los balcones tiraba rosas y claveles rojos. Cientos y cientos, toda la avenida Callao quedó tapada por flores rojas.
Desde ese día, los restos de Rosas están en la Recoleta.
Había sido derrocado en 1852, murió en el exilio en 1877, fue repatriado en 1989. A lo largo de los años, se disolvió el hondo desencuentro que provocaba la sola mención de su nombre.
Hoy, en Buenos Aires, los pasajeros de la línea B de subterráneos lo encuentran al final del recorrido, luego de atravesar -entre otras- estaciones que tienen los nombres de Alem, Pellegrini, Pueyrredón, Dorrego y Echeverría, en un igualitario nomenclador que archivó las diferencias históricas.
Sí, la terminal se denomina Juan Manuel de Rosas.

Y como el tiempo se encarga de dibujar las paradojas más inesperadas, hoy a nadie le sorprende. Y tampoco que esté en el corazón de un barrio entrañable que se llama Villa Urquiza, en homenaje a su enemigo de la batalla de Caseros.
Hace 30 años, en aquella mañana del 30 de septiembre de 1989, cuando presenté ese programa de televisión, yo no me hubiese atrevido a imaginarlo.

JEFE DE SAN MARTÍN



UN PRÓCER RIOPLATENSE DESCONOCIDO

Por Ogueta Ezequiel

Ex Subsecretario de Estado

Instituto de Investigaciones,
1-9-2019

Si le preguntamos a cualquier argentino -con la posible excepción de profesionales de la historia- quien fue el jefe de San Martín, Belgrano, Alvear, Brown, Pueyrredón, Rondeau, Artigas, Álvarez Thomas, Viamonte, Soler, Dorrego, en fin, la lista de próceres que le fueron subordinados puede ser larga, deben ser muy escasos quienes den la respuesta correcta. Para abreviar el suspenso, esa persona fue el Brigadier General Don Francisco Xavier de Viana y Alzaibar. Un nombre que para la mayoría es desconocido.

¿Cómo es posible que Francisco Xavier de Viana sea virtualmente ignorado? No lo recuerda ninguna calle argentina, aun cuando las hay dedicadas a personajes, en mi concepto, con muchos menos méritos. No ya un monumento: ni siquiera conocemos hoy sus rasgos, no se conserva un retrato que lo recuerde.
Tampoco en Uruguay, donde nació: solo lo recuerda una pequeña calleja de tierra de la localidad de Pajas Blancas, en las cercanías de Montevideo.

Sin embargo, con solo mencionar que fue uno de los primeros marinos rioplatenses graduados en la Escuela Naval de Cádiz, que había participado en acciones de guerra marítima, que conociese casi todos los mares del mundo. Véase que fue dos veces gobernador de las Islas Malvinas. Que ya Capitán de Fragata pide su transferencia al ejército y se le asigna la misión de proteger la frontera norte de la Banda Oriental de portugueses e indios, teniendo bajo su comando a quien fuera su condiscípulo, el héroe nacional del Uruguay, José de Artigas. 

Que es el segundo en el comando de la defensa de Montevideo frente a las invasiones inglesas. Quien tras adoptar el bando de la Revolución de Mayo es Comandante en Jefe del Ejército y quien recomienda al Primer Triunvirato nombrar al general San Martín en el ejército patriota. Que es nombrado a comienzos de 1813 Gobernador de Córdoba del Tucumán, que entonces abarcaba también el Cuyo. Que culmina su actuación pública como Ministro de Guerra y Marina del Director Supremo Posadas primero y de Alvear después.

Muy reconocido sobre todo por sus contemporáneos. Quien ha participado en batallas navales tan impresionantes y tremendas como la del Gran Sitio de Gibraltar el 13 de septiembre de 1782. Quien ha dado la vuelta al mundo y cruzado la línea ecuatorial once veces y el Cabo de Hornos tres, navegado los hielos al sur de la Tierra del Fuego y atravesado el Cabo de Hornos. El que ha soportado las condiciones extremas de dos años como Gobernador de Malvinas. El que a los cuarenta años de edad soporta las campañas en los inhóspitos bosques de la frontera luso-brasileña y las centenas de kilómetros a caballo. Que es herido como segundo comandante de la defensa de Montevideo ante las invasiones inglesas. Con una enorme capacidad de trabajo, que se trasunta en las centenas de documentos, cartas, instrucciones, directivas que se conservan en los Archivos Nacionales de Argentina y de Uruguay con su firma.

Vástago de una familia poderosa y rica, se va desprendiendo de sus bienes hasta quedar sin fortuna. Primero al servicio del Rey de España y luego independentista de las Provincias Unidas del Río de la Plata, deja de lado familia y bienestar para servir a su patria.

Las instituciones militares argentinas le deben mucho a Viana, pues intervino en la organización de los ejércitos y de los regimientos de las Provincias Unidas. Tanto con los Triunviratos, primero y con los Directores Supremos, después, el rol de Viana durante el primer lustro de la Revolución de Mayo, junto con sus compañeros, fue fundamental para afirmarla, preparar las bases para la independencia y la liberación total de España.

En efecto, Viana fue quien ambos Triunviratos eligen como Jefe del Estado Mayor Militar de las incipientes Provincias Unidas del Río de la Plata, primero y luego los dos primeros Directores Supremos designados por la Asamblea del año XIII, Gervasio de Posadas y Carlos de Alvear, lo nombrarán su Secretario de Guerra y Marina.

Viana fue nombrado Jefe del Estado Mayor Militar el 16 de noviembre de 1811 y estuvo en tal función hasta el 22 de febrero de 1813.
Cuando San Martín, en la fragata inglesa Jorge Canning llega al puerto de la Ensenada acompañado por “oficiales facultativos y de crédito, que desesperados de la suerte de España quieren salvarse y auxiliar a que se salven estos preciosos países”, entre otros Carlos de Alvear, Zapiola, Holmberg y Arellano, se presenta ante Francisco Xavier de Viana, jefe del Estado Mayor Militar “ofreciendo sus servicios en obsequio de la justa causa de la patria”. “Las noticias extrajudiciales que se tienen de este oficial -escribe Viana al elevar su solicitud al Triunvirato- lo recomiendan a ser colocado en un destino en que sus conocimientos en la carrera le faciliten ocasión de poderse emplear con la ventaja que puede producir su instrucción”.

El 17 de marzo, San Martín presenta el plan “bajo cuyo pie deberá formarse el Escuadrón, el que habría de constar de dos compañías, cada una con setenta soldados montados y seis desmontados, además de cuatro sargentos, ocho cabos y un trompeta”. Dos días después, San Martín propone el uniforme que llevarán los granaderos y ese mismo día Rivadavia le comunicaba a Viana: “Se han expedido despachos del Teniente Coronel de Caballería a don José de San Martín, de Sargento Mayor a don Carlos de Alvear y de Capitán a don Matías Zapiola, para que el primero levante un Escuadrón de Granaderos de a Caballo y al efecto se le previene a V.S. que con aquellos oficiales y extrayendo de los Dragones de la Patria diez o doce hombres y los Cabos y Sargentos sobrantes agregados al propio cuerpo, se forme la base de creación del expresado Escuadrón, bajo los principios y maniobras de la nueva técnica francesa de caballería, proponiendo Vs. S. los oficiales que crea dignos para ocupar los empleos con que ha de dotarse a aquel cuerpo”.

O sea que es Viana quien recluta a San Martín, así como a Alvear, Zapiola, Chilabert, Arellano, Vera, Holmberg y quien establece la formación del escuadrón de Granaderos a Caballo.

En esa época Alvear, San Martín y otros constituyen la Logia Lautaro, la organización secreta creada para dar impulso a la Revolución, sostener el ideal emancipador y la independencia, organizar constitucionalmente la América, darle unidad política y militar y establecer una estrategia general para desplazar a los españoles del poder. Por supuesto, Viana también la integraba. De los dos centenares de los principales protagonistas de los sucesos de la segunda década del siglo XIX en la región del Virreynato del Rio de la Plata, una proporción muy alta, cerca del 40%, por lo menos unos 80, eran miembros de la logia.

Que los realistas continuaran dominando Montevideo era para el Triunvirato un problema mayor. La provincia Oriental era la más relevante del Virreinato, después de Buenos Aires. El Triunvirato le asignó tanta importancia a la reincorporación de la provincia Oriental a las Provincias Unidas que, en su Acuerdo del 21 de abril de 1812, en vista de la grave situación y el tremendo peligro que implicaba Montevideo en manos realistas, decide enviar a ese frente no solo la mayor parte de sus fuerzas militares, sino además poner toda la acción en la Provincia Oriental en manos del Presidente de turno del Triunvirato, que en la práctica era la cabeza del Poder Ejecutivo, en ese momento D. Miguel de Sarratea, como General en Jefe del Ejército de Oriente y Capitán General de la Banda Oriental del Paraná Para secundar al Presidente del Triunvirato -Sarratea- lo acompaña su Jefe del Estado Mayor, Viana. Ambos fueron trasladados a la bahía de Maldonado el 1 de mayo de 1812 en el queche Hiena de la flota de Buenos Aires.

La Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica, encabezadas por Alvear y San Martín –que a menos de un año de su llegada a Buenos Aires ya tenían una participación significativa- exigieron avanzar hacia la independencia y encabezaron un golpe de estado con el Batallón de Arribeños y el Regimiento de Granaderos a Caballo, comandados respectivamente por los coroneles Francisco Ortiz de Ocampo y San Martín. El 8 de octubre de 1812, a los siete meses de haber llegado a Buenos Aires, llevaron sus tropas a la plaza principal -hoy de Mayo- y exigieron a la Asamblea un cambio de gobierno.
Evidentemente los componentes de este Segundo Triunvirato tenían ideas más liberales e independentistas que el anterior, con las que Viana comulgaba plenamente, pues de otra forma no lo hubieran confirmado en un cargo de tan alta responsabilidad.

Durante todo el año 1812 Viana, en su carácter de Jefe del Estado Mayor del Ejército, primero en dependencia del Primer Triunvirato y luego del Segundo, tuvo dos tremendas responsabilidades: la organización de los ejércitos denominados Auxiliares, primero el del Norte, para efectuar la segunda campaña auxiliadora al Alto Perú y algo después, el de la Banda Oriental, para reanudar las acciones destinadas a liberar Montevideo y toda la provincia Oriental del dominio español.
A partir de junio y hasta fin de 1812 se sucede una nutrida correspondencia entre Viana y Artigas, Sarratea y otros que incluye, por ejemplo, órdenes sobre las banderas del ejército para señales, información del ramo de hacienda, estado de las fuerzas, armamento, artillería y municiones, órdenes de marcha, disposiciones sobre ganado y caballada para el ejército, sobre comisiones al personal, sobre vestimenta y útiles, sobre carretas, sobre resistencias a las órdenes, sobre deserciones, sobre traslados, ascensos, castigos y dimisiones.

Ya el 23 de junio comenzaban a manifestarse los desentendimientos de Artigas con Sarratea. En efecto, éste, en otro informe con esa fecha, señala los saqueos de ganado y caballos y la incorporación forzada de soldados que las tropas de Artigas efectuaban en todos los pueblos de Entre Rios y Corrientes, así como la desobediencia a sus órdenes, que habían desacreditado al Gobierno, que se habían entendido con el Gobierno del Paraguay (pasando por encima de sus mandos naturales) y que las tropas de Artigas estaban desquiciadas en cuanto al servicio activo –militar- y su administración económica.

Artigas reconoce a Sarratea el 16 de julio de 1812, pero simultáneamente devuelve sus despachos por los cuales le habían nombrado el 23 de octubre de 1811 Jefe del pueblo oriental en armas y el 15 de noviembre de 1811 designado, por el Triunvirato, teniente gobernador, justicia mayor y capitán de guerra del departamento de Yapeyú.
Como consecuencia de la actitud más agresiva contra los españoles en Montevideo que caracterizaría al Segundo Triunvirato, una de las primeras medidas adoptadas por aquel fue establecer el Segundo Sitio de dicha ciudad (20/10/1812) a cargo del ejército de Oriente, comandado por Rondeau y bajo supervisión directa de Sarratea y Viana.
Las fuerzas militares de Artigas no se habían sumado aún al sitio por la negativa de éste de integrarlas al ejército de Oriente, poniéndose en posición de rebeldía.
El ejército de Oriente primero expulsó a los realistas de Colonia del Sacramento y luego logró sitiar por completo Montevideo, que era abastecida por el río. El sitio continuó.
Artigas interceptaba la correspondencia enviada de Buenos Aires al ejército sitiador y le dificultaba la movilidad y subsistencia de las tropas robándoles caballos, bueyes y ganados.

Tras recibir Artigas órdenes de marchar al sitio de Montevideo, hacia donde se dirige por un largo rodeo por el interior de la provincia, tras atravesar el rio Negro y ya en la arenosa costa del río Yí, afluente de aquel, el 25 de diciembre de 1812 o sea el mismo día –posiblemente las cartas se han cruzado- le envía a Sarratea la carta llamada por él mismo: “precisión del Yi”, que en definitiva dice que no obedecerá al Gobierno de Buenos Aires, que se niega a obedecer su mando y que se vaya, que se retire del territorio oriental.
A pesar de que la actitud de Artigas estaba clara, el Triunvirato seguía intentando no romper con él y convencerlo de que se uniera al ejército de las Provincias Unidas.
No obstante la ausencia de Artigas del sitio de Montevideo, este continuaba y tanto Sarratea como Viana estaban al pie del cañón, en el sitio mismo. O sea que tenían que lidiar al mismo tiempo con los realistas y con Artigas.
Tuvo lugar entonces la Batalla de Cerrito el 31 de diciembre de 1812 (el nombre de la batalla refiere a una loma cercana al Cerro situado en el lado oeste de la bahía de Montevideo) y fue el enfrentamiento entre el ejército de Oriente que fue victorioso ante las fuerzas realistas que resistían en Montevideo. Estas últimas superaban en número a las sitiadoras, así como en municiones y armamento.

El gran coraje exhibido por Rondeau en esta batalla le valió el ascenso a general; días después reemplazaría a Sarratea al mando del ejército sitiador y luego sería destinado a comandar el Ejército del Norte.
Artigas rechaza entonces la autoridad y exige su desplazamiento de ambos sus jefes, Sarratea y Viana. Lo inconcebible fue que el Segundo Triunvirato aceptó la renuncia de ambos y colocó en su reemplazo a Rondeau, que para peor fue famoso por ser un jefe débil. Sin duda Artígas era un jefe militar y político de la Banda Oriental fuerte, respetado por su gente –la clase rural media y media baja oriental y los indios, no por las más ilustradas y pudientes de Montevideo- y según se vería confirmado posteriormente, con pocos escrúpulos. En efecto, logró con esta maniobra desplazar a sus jefes, que claramente debían imponer orden y organización en las fuerzas militares cuya primera responsabilidad era echar a los realistas de Montevideo. No participó de la única batalla relevante, que fue la del Cerrito. Luego se incorporó al sitio supuestamente bajo las órdenes de Rondeau, no llegó a quedarse en él hasta el final, y finalmente no tuvo actuación ninguna en la derrota de los realistas y su expulsión de Montevideo por parte de Alvear.

Artigas habrá visto en la personalidad de Rondeau las características de débil carácter ya comentado que le permitirían dominarlo, fingiendo una posición subalterna.
El 22 de febrero de 1813 retornaban a Buenos Aires Manuel de Sarratea, Francisco Xavier de Viana, junto con otros oficiales que Artigas quiso sacarse de encima: cuanto oriental que tuviera alguna relevancia y osara poner en duda su autoridad y mando.

Los realistas en Montevideo, a pesar de todo, siguieron resistiendo el asedio. Contaban con las murallas y con su flotilla, que les permitían abastecer la plaza incursionando en las costas de los ríos, sin tener resistencia por cuanto el gobierno de Buenos Aires carecía de flota.
Seguramente Rondeau habría de arrepentirse y mucho de la sedición que encabezó, junto con Soler, frente a sus jefes Sarratea y Viana, pues Artigas poco después le hizo la vida difícil.
La presencia de Artigas en el Sitio de Montevideo duraría solo once meses, pues el 20 de enero de 1814 se volvió a retirar, sin que el aporte de sus tropas, estimadas en 4.000 hombres, hubiera servido de mucho para doblegar la resistencia realista.
No era ya obedecer el mando de Sarratea y Viana lo que le molestaba, sino el de Rondeau. También le debe haber incomodado que un año después Viana le estuviera nuevamente como superior en su cargo de Secretario de Estado de Guerra y Marina.
Asamblea del Año XIII
La acción más relevante que se produjo en el ámbito de la Revolución de Mayo con posterioridad a la constitución del primer gobierno patrio el 25 de mayo de 1810, fue la instalación de la Asamblea del Año XIII, por influjo principal del partido morenista, de la Logia Lautaro y el esfuerzo personal de Alvear.

Si bien la Asamblea del Año XIII no pudo cumplir en tiempo con dos cometidos, declarar la independencia y establecer la constitución –posiblemente lo hubiera logrado, de no haber sido interrumpida su labor por los sucesos de 1815-, su labor y resultados fueron extraordinarios y estableció varios objetivos fundamentales para el desarrollo institucional, social y del derecho en el Río de la Plata, tales como la teoría de la representación política; el principio de la soberanía del pueblo; la libertad de las provincias rioplatenses; el uso de varios símbolos patrios; la libertad de vientres de las esclavas; puso fin al tráfico de esclavos; eliminó los mayorazgos; suprimió los títulos de nobleza; derogó el servicio personal de los indios; abolió la Inquisición; declaró la libertad de cultos; reemplazó al poder ejecutivo colegiado, el Triunvirato, por el Directorio; promulgó el Reglamento de Justicia, creando las Cámaras de Apelaciones; suprimió la práctica de la tortura; proclamó la libertad de imprenta; ordenó realizar un censo nacional; otorgó franquicias para el comercio, etc.
Pocos días después de instalada la Asamblea, el 3 de febrero de 1813 ocurrió el Combate de San Lorenzo cuando el coronel D. José de San Martín, al comando del Regimiento de Granaderos a Caballo, recientemente creado y organizado por el por impulso inicial de Viana como Jefe del Estado Mayor.

Durante el ejercicio del Comando en Jefe del Ejército por Viana, aunque este se encontraba instalado en el frente Oriental, se obtuvieron tres grandes victorias patriotas: las de Belgrano en las importantes batallas de Tucumán (25/09/1812) y de Salta (20/02/1813) y la ya mencionada de San Martín en San Lorenzo, que sin ser una acción militar significativa, tuvo bastante trascendencia política e histórica. También se habilitó el segundo sitio de Montevideo, que llevaría –ya siendo aquel Secretario de Guerra y Marina- a su liberación de los realistas. Es llamativo hoy como las máximas autoridades civiles y militares se comprometían al máximo, en los frentes de batalla. Pensando en Napoleón, posiblemente fuera la consigna de la época. Pero también en nuestro caso, tanto Sarratea, presidente del Triunvirato, como su Comandante en Jefe del Ejército, acompañaban las acciones desde la primera línea del frente oriental.

Gobernador de Córdoba del Tucumán
Viana fue entonces designado Gobernador de Córdoba del Tucumán, pero antes de asumir, el 25 de junio de 1813 estaba en Santa Fe, y desde allí eleva al Gobierno un preciso y coherente plan estratégico de operaciones para la defensa del territorio de las Provincias Unidas ante la posible llegada de una expedición española que contaría con el apoyo de la corte de Portugal. Ningún otro militar o político rioplatense hubiera estado entonces en capacidades técnicas para redactar un plan similar ni tampoco la clara visión de la política internacional, como lo hizo Viana.
El coronel Viana es designado Gobernador Intendente de Córdoba del Tucumán el 4 junio de 1813;  sucedió al teniente coronel don Santiago Carrera y lo ejerce durante ocho meses.

En su administración creó escuelas populares en la campaña y presentó al Ayuntamiento un plan de estudios y un reglamento para las escuelas que mereció la aprobación de los capitulares. También surgieron rivalidades entre el gobierno nacional, por él representado y las autoridades locales representadas en el cabildo cordobés. Una importante medida de Viana como gobernador fue crear el cargo de Jefe de Policía, que desempeñaría una persona de su confianza, encargado de mantener el orden, función que recaía en el Alguacil Mayor del Cabildo. La labor de esta persona se recompensaría con el pago de un sueldo que se obtenía del impuesto que se cobraba a las carretas que circulaban por el centro de la ciudad, siendo el primero en desempeñar el cargo el Gral. Pedro Nolasco Grimau, que además desempeñaba la función de gobernador sustituto cada vez que la máxima autoridad provincial salía de campaña al interior provincial.

Viana había emitido Instrucciones a los Jueces de Campaña que en su artículo 20 disponía:
“Formarán puntual Razón de todo el vecindario, haciendas, y giro que tengan del modo que crean más conveniente para adelantarlo; de los caminos mas principales, y estado en que se hallan, de los que sean de herradura, y puedan ponerse expeditos para ruedas de los terrenos y situación más análoga para formar poblaciones; de las personas más pudientes y capaces de entender en cargos, y comisiones de este Gobierno.”

En enero de 1814 una de la últimas actuaciones de Viana como Gobernador fue la fundación del pueblo de Fraile Muerto sobre las márgenes del Río Segundo -luego denominado San Jerónimo y por último, a partir de 1872, Bell Ville.
Viana ejerció la gobernación de Córdoba del Tucumán hasta su designación como Secretario de Estado en el Departamento de Guerra y Marina el 1º. de febrero de 1814.



EL EJEMPLO DE UN LIDERAZGO GENEROSO



Andrés Hatum  - Luciana Sabina 
 La Nación, 30 de agosto de 2019 


En el mes aniversario de la muerte del general don José de San Martín, es bueno rescatar algunas acciones de gobierno que hablan de un líder que evitó la grieta y siempre supo ocupar su rol sin menoscabar a quienes estaban en la vereda contraria.

Siendo gobernador de Cuyo (por entonces Mendoza, San Juan y San Luis formaban un todo administrativamente), rebajó todos los sueldos estatales a la mitad, incluido el propio. Para subsanar el estado caótico de la economía de aquel entonces, San Martín tomó varias medidas. Primero, logró que el gobierno central suprimiera los impuestos a la exportación de productos cuyanos, aunque al mismo tiempo incrementó la recaudación fiscal en todo Cuyo. También impuso contribuciones voluntarias y forzosas, contemplando la posibilidad de que se pagaran en cuotas. Secuestró bienes de los prófugos y confiscó herencias españolas sin sucesión, al mismo tiempo que tomó los diezmos eclesiásticos. En tiempos de crisis, el esfuerzo para San Martín debía ser compartido por todos.

El Santo de la Espada llevó a cabo obras de irrigación que ampliaron la superficie cultivable de Mendoza. Los nuevos terrenos fueron vendidos a bajo precio y esto produjo un crecimiento enorme en la agricultura regional. Se produjo el auge de algunas industrias cuyos productos eran útiles al Ejército, como la industria armamentística y la de fabricación de ponchos y frazadas. Es importante recalcar que durante aquellos años las provincias cuyanas tuvieron como fin primordial sostener al Ejército de los Andes y la población lo pasó bastante mal. ¿San Martín habría ganado alguna elección si hubiera existido entonces la democracia? No lo sabemos, pero el temor al ataque desde Chile era muy fuerte, más allá del sufrimiento económico.

San Martín era antiguo camarada de muchos de los españoles que capturó en Chile y procuró para ellos un trato hospitalario. Así, en vez de mantenerlos en prisiones chilenas, los envió a la ciudad de San Luis, donde llevaron una vida apacible y en libertad. Incluso uno de ellos -Juan Ruiz Ordóñez- se comprometió con Melchora Pringles, hermana del futuro coronel Juan Pringles. Lamentablemente, en 1819, Bernardo de Monteagudo los hizo fusilar, casi en su totalidad, aprovechando que San Martín no estaba en la zona.

En territorio peruano, San Martín intentó llegar a un acuerdo con el virrey José de la Serna. Dijo preferir "la gloria de la paz a los honores de la victoria". No deseaba derramar más sangre y propuso un pacto. Apostado en las afueras de Lima, se negó a ingresar como conquistador. Los peruanos debían desear la libertad que traían sus ejércitos. En un comunicado, explicó que buscaba proclamar la independencia y concederle a ese pueblo una libertad "con prudencia, pues si bien todo pueblo civilizado está en aptitud de ser libre, el grado de libertad de que goce debe ser exactamente proporcional a su civilización, porque si aquella excede a esta no hay poder que evite la anarquía, y si es inferior es consiguiente la opresión". Para los criollos fue una propuesta irresistible. Poco después, las principales personalidades limeñas se reunieron y lo invitaron a ocuparla. El 12 de julio de 1821 ingresó en Lima, el 28 proclamó la independencia del país y cinco días más tarde -con el fin de consolidar esta emancipación- se declaró protector del Perú.

Más allá de que dejó su sable a Rosas, San Martín no era federal ni tampoco unitario. Se negó a apoyar a cualquiera de los dos bandos en diferentes momentos. En carta a Artigas, le expresó: "Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad. No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas...".


El liderazgo de San Martín puede servir como ejemplo actual para aquellos políticos que tienen en sus manos el destino y el futuro del país. San Martín nos deja el ejemplo de un liderazgo generoso, no mezquino; con visión de futuro y no solamente de corto plazo, y, fundamentalmente, pensando en la grandeza de la nación, no en el propio beneficio.

Sabina es historiadora; Hatum, PhD y Profesor de la Universidad Torcuato Di Tella

CARTA DE SAN MARTÍN DE 1816



MENCIONA A LAS MALVINAS


En un reciente artículo (*), el Arq. José Marcelino García Rozado hace referencia a esta carta; reproducimos los párrafos en que se refiere a la misma.

A tan solo 40 días de haberse declarado la Independencia el 9 de Julio de 1816, el general envió una carta al ministro de Guerra del país en la que hace mención a las Islas, dando muestras de conocimiento del territorio que la Nación recibió de lo que había sido el virreinato del Río de la Plata.

Ese documento se suma a la serie de antecedentes históricos, geográficos y políticos que respaldan el reclamo de soberanía de la Argentina sobre el archipiélago, y Télam accedió al texto al cumplirse 35 años del inicio del combate en la guerra con Gran Bretaña, el 1 de mayo de 1982.

El Libertador le escribió al ministro de Guerra, coronel Antonio Beruti, el 14 de agosto de 1816 desde Mendoza, y allí le pedía que “disponga que todos los de alta clase que se hallen presos en esa jurisdicción de su mando sentenciados a los presidios de Patagones, Malvinas u otros sean remitidos a esta capital con copias de sus respectivas condenas y a la mayor seguridad posible comprendiendo también en ellos a los desertores contumaces en este delito”.

El propósito de San Martín era reunir a la mayor cantidad posible de soldados para integrar el Ejército de Los Andes, que en cinco meses más comenzaría la epopeya del cruce de la segunda mayor cordillera del planeta, con la misión de liberar a Chile y al Perú del imperio español.
La carta de San Martín fue comprada por el gremio de los diplomáticos argentinos en 1988 en una subasta en Londres, Inglaterra, y luego donada a la Cancillería, cuyo original sigue en poder del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.

Dice San Martín en la misiva a Beruti que el interés por los condenados en Malvinas lo hace “con el objeto de hacer útiles al Estado estos individuos… retrayéndolos de sus pasados extravíos (y) los conduzcan por las sendas de la probidad y honor con provecho de la causa pública”.

Consultado por Télam, el titular del Museo Malvinas, Federico Lorenz, destacó “el conocimiento de San Martín sobre el territorio de lo que hoy es la Argentina”, pero aclaró que en las islas nunca hubo un presidio, sino “que se enviaba allá a las personas condenadas, que permanecían en condición de reclusos”.

También subrayó el hecho de que el prócer más importante del país se haya referido en una carta manuscrita a las Islas Malvinas, lo cual constituye un antecedente de gran valor a favor del reclamo de soberanía.


(*) Publicado en el Boletín del Instituto de Investigaciones del Círculo de Ministros, Secretarios y Subsecretarios del Poder Ejecutivo Nacional, el 28-8-19.


EL GENERAL SAN MARTÍN


 Y LAS DOS ARGENTINAS

Por: Fernando Romero Moreno

Los ideales, las aspiraciones y los valores de una época suelen encarnarse en personalidades eminentes, en varones y mujeres paradigmáticos, en síntesis, en arquetipos. También en falsos arquetipos, si esos ideales no lo son cabalmente y representan en realidad una contracultura.

Pues bien: lo mismo sucede con las naciones. Hay hombres ejemplares en los que se cifran las mejores virtudes de la raza. Y hay hombres pequeños – por usar un adjetivo benévolo – que suelen ir a contracorriente de la grandeza de su patria. La Argentina, o mejor dicho, las “Dos Argentinas”, tienen representadas en sus héroes auténticos y en sus “falsas superioridades”, esas dos tendencias. Hay una Argentina tradicional, hispano- criolla y latina, mestiza y americana, de raíces católicas y greco- romanas – con todos los defectos innegables que haya que reconocer – pero que ha existido y tal vez todavía exista. Es la Argentina que valora la dignidad de la persona humana con sus derechos y deberes, acordes a la ley natural; la familia como célula básica de la sociedad, la justicia como la virtud de dar a cada uno lo suyo, según méritos, capacidades y necesidades; la libertad responsable como preferencia reflexiva de lo mejor; el patriotismo y la tradición; la cultura del trabajo y del esfuerzo; el desarrollo económico con equidad social; el culto de los antepasados y de Dios. Y hay otra Argentina anclada en la Ilustración o en lo que hoy llaman la posmodernidad que quiere una autonomía absoluta para el hombre y una sociedad laicista, cosmopolita y europeizante, no en el sentido genuino de reconocernos parte de la cultura occidental, sino en el de copiar, de modo artificial, instituciones y modelos ajenos a nuestra realidad.

San Martín recomendaba, según contaba su amigo Gerard, “el respeto de las tradiciones y de las costumbres” y consideraba “muy culpables las impaciencias de los reformadores que, con el pretexto de corregir abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de sus países”. No se oponía al progreso ni a las legítimas libertades, basta verlo en su lucha por la Independencia o en la abolición progresiva de la esclavitud que propició en el Perú. Pero sabía que las verdaderas reformas arraigan cuando se hacen costumbre y son fruto, no de una revolución violenta, sino de la educación y del respeto a las sanas tradiciones heredadas. Rivadavia, en cambio - por poner un ejemplo de esos reformadores iluministas que tanto hemos tenido y tenemos - mereció estos conceptos del Libertador: “Sería de no acabar si se enumeraran las locuras de aquel visionario (…) creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea” 
Como decía Arturo Jauretche: “La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quién abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América, trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser un obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América” Las Dos Argentinas, como escribimos en otra oportunidad, tienen sus gestas, sus próceres, sus pensadores y hasta sus poetas. En ciertos aspectos pueden ser complementarias y no se excluyen. No se trata de contemplar la historia nacional en “blanco” y “negro”, de no advertir los “grises”, de razonar de modo maniqueo y clausurar la posibilidad de acuerdos allí donde podemos unirnos en pos de objetivos comunes. Pero en otros asuntos, las diferencias son de fondo, y eso explica buena parte de nuestra crisis.

La Argentina tradicional ha sobrevivido socialmente, aunque con graves deterioros, en el pobrerío mestizo (aunque cada día más masificado y manipulado), en los sectores “acriollados” de la clase media y en esa noble porción del viejo patriciado que no ha cedido a las tentaciones extranjerizantes. La otra se ha hecho “carne” en el conjunto mayoritario de un pueblo y de una clase dirigente, cuyas aspiraciones máximas parecen encontrarse en el dinero, en una libertad divorciada de la verdad y en una república sin ley natural, sin tradición y sin la religión de nuestros mayores. Este análisis, que puede parecer “duro” y demasiado “categórico”, lo realizó el propio General San Martín luego del poco tiempo que pasara en tierras americanas. Don Vicente López y Planes le escribía el 4 de enero de 1830 que en la Gesta de Mayo se había consagrado “el principio patriotismo sobre todo”; mientras que, a partir de 1821, con la llegada de Rivadavia y su círculo masón y pro- británico– “sin atreverse a excluir ese principio, de hecho (se) lo miró con mal ojo y (se) dijo sólo: habilidad o riqueza (…), engendrando “superioridades falsas”. 


San Martín contestó con una misiva fechada en Bruselas el 12 de mayo de 1830: “Son justísimas las observaciones que Ud. me hace”. Y haciendo una crítica del falso concepto de libertad copiado de la Revolución Francesa, en la célebre carta al General Guido de 1834, afirmó: “El foco de las revoluciones (…) ha salido de esa capital; en ellas se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, de los que no viven más que de los trastornos porque no teniendo nada que perder todo lo esperan ganar en el desorden, porque el lujo excesivo multiplicando las necesidades, se procuran satisfacer sin reparar en los medios; ahí es donde un gran número no quiere vivir sino a costa del estado, y no trabajar (…) Ya es tiempo de dejarnos de teorías, que 24 años de experiencia no han producido más que calamidades. Los hombres no viven de ilusiones, sino de hechos: ¿qué me importa que se me repita hasta la saciedad que vivo en un país de libertad si por el contrario se me oprime?... ¡Libertad! désela usted a un niño de tres años para que se entretenga por vía de diversión con un estuche de navajas de afeitar, y usted me contará los resultados. ¡Libertad! Para que un hombre de honor se vea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan y si existen se hagan ilusorias. ¡Libertad! Para que si me dedico a cualquier género de la industria, venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años y la esperanza de dejar un par de bocados a mis hijos. ¡Libertad! Para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro ambiciosos se les antoja por vía de la especulación, hacer una revolución y quedar impunes (…).Tal vez (…) dirá que esta carta está escrita por un humor bien soldadesco. Usted tendrá razón, pero convenga (…) que a los 53 años no puede uno admitir de buena fe el que le quieran dar gato por liebre. No hay una sola vez que escriba sobre nuestro país, que no sufra una irritación”. 

Esa misma facción revolucionaria (que San Martín rechazaba, como se ve, por materialista, europeizante y libertina) era, a la par, la que despreciaba al pueblo sencillo, al gaucho, al indio, al negro, exaltando no la necesidad de las legítimas jerarquías sociales, sino la “aristocracia del dinero” u oligarquía, en justas palabras recriminatorias de Don Manuel Dorrego. San Martín en cambio enseñaba a su hija Merceditas “la caridad con los pobres”, la “dulzura con los criados” y el “desprecio al lujo”, apoyando a los campesinos que seguían a sus Caudillos y dando él, ejemplo personal de una vida sobria y austera. “Experimenta por el obrero una verdadera simpatía – afirmaba Alfredo Gerard -, pero desea verlo laborioso y sobrio, y nadie como él ha hecho menos concesiones a esa despreciable popularidad que se obtiene adulando los vicios del pueblo”. Es difícil que los seguidores de mentalidades aburguesadas como las que enfrentó San Martín entiendan qué cosa es esta Argentina y esta América que él defendió. Como Rivadavia, quieren una patria “gringa”, sin “negros” (como con desprecio y falta de amor cristiano, llaman a las clases bajas), sin indios, sin criollos, sin mestizos, sin bolivianos, sin paraguayos.... No importa si se presentan como liberales o en cambio, como progresistas “elegantes”. El error es el mismo y por reacción, engendran el “populismo” del que se quejan y que el Libertador también aborrecía: el de los demagogos que quieren hacer de la “anarquía social” un sistema, y enancado en él, acelerar la revolución cultural y social contra todos nuestros valores nacionales, tradicionales y cristianos. Es que el clasismo – de los de abajo o de los de arriba, del proletario o del burgués –, tanto como la injusticia social, es la muerte de la concordia que debe reinar en toda comunidad política. Porque el bien común de la Patria se forja día a día, por encima de las diferencias de clase, de partido o de sector, según palabras del recordado Padre Alberto Ezcurra. 
Y como San Martín – que dotó de un hondo sentido católico y mariano a la Gesta emancipadora -, se lo alcanza al buscar su plenitud en el homenaje de los gobernantes a Cristo, Rey de las naciones, y en la custodia de la religión como el más unitivo de los vínculos sociales. De allí que el Gran Capitán hiciera rezar diariamente el Rosario en el Regimiento de Granaderos a Caballo y en el Ejército de los Andes, pidiera más capellanes para sus oficiales y soldados, tuviera él Capellán y Oratorio personal, honrara a la Virgen del Carmen como Patrona y Generala, declarara al catolicismo religión oficial del Perú, fundara una Orden jerárquica (la Orden del Sol) bajo el patrocinio de Santa Rosa de Lima…y proyectara una gran monarquía católica americana e independiente que mantuviera unidos al Perú con Chile y las Provincias Unidas...

Hoy como ayer los problemas no han cambiado: un Nuevo Orden Mundial, diseñado desde conocidos organismos internacionales como la ONU (entre otros), está sometiendo a un neocolonialismo al pueblo argentino: mediante el control demográfico, la ideología de género, el fomento de una nueva religión universal y sincretista, el endeudamiento externo, un falso concepto de desarrollo sustentable y salud reproductiva, la falsificación de la historia reciente, la reinterpretación de los “derechos humanos”, la alianza entre democracia y relativismo y el ataque a las instituciones fundacionales de la Argentina… todo con el apoyo de fundaciones y multinacionales de gran poder económico. Y mientras tanto, siguen ocupadas por fuerzas inglesas las Islas Malvinas (con las proyecciones que esto tiene sobre la Patagonia y la Antártida), que hoy han pasado a ser intereses de ultramar de la Unión Europea… En muchas cuestiones prudenciales y opinables, es justo un sano pluralismo. Pero cuando están en juego, frente a tales desafíos, los bienes más importantes de la Nación, no podemos desconocer o hacer “oídos sordos” a tan lúcidas enseñanzas del Padre de la Patria. 
Quien, sin embargo, no desconfiaba, desesperanzado, de las virtudes de nuestro pueblo, cuando lo veía viril, enérgico y bien gobernado, enfrentando en Guerras victoriosas a Francia e Inglaterra, las Grandes Potencias del momento: “los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca – decía en carta a Guido de 1846- : a un tal proceder, no nos queda otro partido que el de (…) cumplir con el deber de hombres libres”. Eran tiempos que en los valores principales que se inculcaban en la vida pública, más allá de errores y abusos, eran precisamente, la religión, la ley natural, el orden, una república anclada en las virtudes, el federalismo, la armonía entre las clases sociales y la soberanía nacional. Ni dejaba de reconocer que la Argentina podía ordenarse y salir adelante, cuando se hacían las cosas como corresponde. Y así, pudo enviar una última carta a Rosas en 1850, tres meses antes de morir, en la que afirmó que “como argentino me llena de verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente, como igualmente a toda la Confederación Argentina”. 

Que los argentinos del siglo XXI podamos hacernos acreedores de elogios como éste y que le devolvamos a la Argentina la grandeza por la que el Padre de la Patria batalló con heroísmo hasta el fin de sus días.
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Fuente: Crítica Revisionista, 19 de mayo de 2015