en la conquista española: el caso de Hernán
Cortés y la caída de Tenochtitlán
Pablo Yurman
Infobae, 12 Oct,
2024
Desde hace un
tiempo, cada 12 de octubre, la polémica sobre el significado del descubrimiento
de América por Cristóbal Colón en nombre de la Corona de Castilla se reaviva.
Este año no es la excepción a juzgar por el incidente diplomático generado a
raíz de las declaraciones del presidente saliente de México, Andrés Manuel
López Obrador, y de la actual mandataria, Claudia Sheinbaum, ceremonia a la que
no fue invitado el rey de España, Felipe VI.
A propósito de
esto, hay que tener presente que en ocasiones, la comprensión de los hechos
históricos depende mucho del hecho de formularnos preguntas que son a todas
luces razonables o de sentido común.
Y la pregunta que
se impone en este caso es: ¿cómo fue posible que Hernán Cortés lograra tomar la
ciudad de Tenochtitlán, en agosto de 1521, con apenas unos centenares de
soldados españoles? No debe perderse de vista que la capital del pueblo mexica
era por entonces una urbe con más de doscientos años de antigüedad y mucho más
poblada que algunas capitales europeas.
Lamentablemente
para dar respuesta a la pregunta suelen abundar pseudo argumentos, que
analizaremos a continuación, que llamativamente eluden ir al fondo de la
cuestión y encontrar la respuesta histórica válida. Quizás no sea simple
casualidad.
Suele afirmarse
que los pocos centenares de españoles lograron vencer a los guerreros aztecas,
que según los cálculos más conservadores se contaban por decenas de miles, por
su supuesta superioridad militar. Esto es, por contar con armas mucho más
sofisticadas que los locales. Pero esto no se sostiene. En efecto, las armas
con que contaban Cortés y sus hombres consistían básicamente en arcabuces,
espadas, armaduras y morriones de acero. Pero hay que considerar algunos
matices que sugieren que esto no representaba mucha ventaja contra los nativos.
El arcabuz utilizado a comienzos del siglo XVI no era, ni por asomo, una
ametralladora moderna, ni siquiera una escopeta a repetición. Los proyectiles
consistían en perdigones, la letalidad de éstos era harto dudosa y la tarea de
recargar con pólvora para repetir ese único tiro insumía el tiempo necesario
como para que un guerrero azteca llegara e hiriera mortalmente a su enemigo.
Las pesadas
armaduras y cascos de acero podrían ser útiles para la guerra en Europa, pero
en América, en sitios expuestos a un calor sofocante, más que una ventaja eran
lo contrario.
Las espadas
españolas suponían su uso en un combate cuerpo a cuerpo, y en esas
circunstancias no eran superiores a las armas de los indígenas, que eran un
pueblo guerrero experimentado y que pese a no conocer el acero, manejaba
hábilmente la flecha, la cerbatana, y sobre todo el temible hacha con puntas de
piedra obsidiana, tan cortante como el acero de Toledo.
De refilón digamos
que sólo algunos de los españoles contaban con caballo, que por su costo y
dificultades en los traslados, estaba reservado a unos pocos. Es posible que en
un primer momento los nativos americanos se sorprendieran al ver estos
animales, ya que eran desconocidos en América. Pero cuando comprobaron que los
caballos eran herbívoros, que no lanzaban fuego por su hocico y que con un
flechazo se desangraban y morían, el misterio y la subyugación se debe haber
desvanecido por completo.
Otra justificación
pasa por afirmar que habrían circulado leyendas orales entre los pobladores de
esa parte del continente según las cuales, algún día llegarían sujetos de
contextura similar a la europea (altos, de tez blanca, con barba), a bordo de
extrañas naves, acontecimiento que marcaría el fin de la civilización mexica.
Se infiere que el choque cultural debe haber sumido a los aztecas en una suerte
de desesperación y de una obnubilación tal que los paralizó por completo.
“Creían que los españoles eran esas deidades de las que hablaban las leyendas”
suelen repetir algunos.
Seguramente el
impacto psicológico existió en un comienzo de ese encuentro de dos mundos hasta
entonces separados entre sí. Pero convengamos que a los españoles también les
deben haber espantado algunas cosas propias de la cultura local. Por ejemplo,
el repugnante espectáculo de las pirámides utilizadas para el sacrificio humano
de los pueblos vencidos, práctica habitual entre los aztecas y que se corrobora
con nuevos y periódicos descubrimientos arqueológicos.
Pero superado el
primer impacto visual, y con las primeras escaramuzas armadas previas a la toma
de Tenochtitlán, los mexicas pudieron comprobar que esos “dioses” o seres
extraños, se les parecían bastante en su condición humana: se desangraban por
la herida de flechas y piedras, y morían. Fin del enigma. Eran tan humanos como
ellos.
Si nos detenemos
en esta explicación, nos damos cuenta de que quienes la utilizan subestiman
llamativamente las capacidades cognitivas de los indios americanos,
suponiéndolos como niños asustadizos ante la presencia de algo que les era
desconocido. Recordemos que los aztecas eran una etnia de entre decenas que
poblaban el actual territorio mexicano y que se caracterizaban por ser un
pueblo guerrero, que había alcanzado por la fuerza su predominio sobre otros.
Cuesta creer que fuesen fáciles de atemorizar.
Otro pretendido
argumento al que se echa mano es afirmar que con los españoles llegaron
enfermedades contra las cuales las poblaciones pre-hispánicas carecían de
inmunidad biológica. Esto efectivamente ocurrió en lo que fue la paulatina
llegada de contingentes españoles a América. Pero con algunas aclaraciones. Por
más que Cortés hubiera deseado utilizar virus de enfermedades como “arma
biológica”, ello no hubiera sido posible, al menos en esa época. No se podía
aislar el transmisor de las enfermedades y guardarlo en un tubo de ensayo para
esparcirlo luego donde se quisiera. Por otra parte, si bien es cierto que los
españoles soportaban mejor algunas enfermedades, por ejemplo, la gripe, no es
menos cierto que otras (por caso, la viruela) seguían siendo mortales. A ello
hay que agregar que así como los mexicas no estaban preparados para
enfermedades europeas, los españoles no lo estaban para enfermedades que eran
endémicas en América y que solían diezmar muchos de sus contingentes,
fundamentalmente en áreas tropicales, predominantes en el continente recién
descubierto.
No obstante lo
señalado, es lógico deducir que la fulminante conquista española de un
continente inmenso, produjera posteriormente y hasta tanto no se terminara de
organizar la sociedad basada en el mestizaje -promovido desde el inicio por la
misma Corona castellana- un cierto impacto psicológico en sectores del pueblo
mexica. Al respecto refiere Alejandro Pandra a un aspecto poco estudiado,
diciendo que “Mientras el varón indígena, vencido, perseguido o sometido a
servidumbre queda aniquilado después del derrumbe de su cultura, la mujer
indígena huye de los suyos -que ancestralmente la habían sometido y explotado-,
se acerca al invasor, le sirve de intérprete, le consuela. La india sobrevive
psíquicamente.” (“Origen y destino de la Patria”).
A propósito de lo
que señala Pandra, un caso paradigmático es el de la joven nahua Malintzin,
conocida como La Malinche, originaria de la actual Veracruz, México, quien fue
pareja de Cortés y con quien tuvo un hijo, llamado Martín. Fue ella quien
ofició de intérprete y según varios historiadores, hasta de consejera del
conquistador español.
Por todo lo
anterior, la conclusión es que evidentemente la astucia y fortaleza de Cortés y
sus escasos hombres procedentes de España debió consistir en otra estrategia
para lograr vencer a un imperio de estructura jerárquica militarista que
contaba con decenas de miles de guerreros dispuestos a combatir a muerte al
invasor. Y es quizás el indagar sobre esta circunstancia la que incomode a
personas como López Obrador o Sheinbaum, por no encajar en su mirada
prejuiciosa sobre la conquista.
Los hechos
históricos documentados dan cuenta de que desde su desembarco en Yucatán y
hasta llegar a la zona central de México donde se hallaba Tenochtitlán, Cortés
fue tejiendo alianzas con los pueblos indígenas sometidos al imperialismo
mexica, entre los que destacaron los totonacas y los tlaxcaltecas, entre otros.
Esto es lo que explica que los pocos cientos de españoles fuesen acompañados
por decenas de miles de indígenas dispuestos a luchar por su liberación del
yugo mexica.
Con razón afirma
Marcelo Gullo en su libro “Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde
Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán” que “cuando se analiza la
historia sin prejuicios … se llega a la conclusión de que los aztecas llevaron
a cabo como política de estado la conquista de otros pueblos indígenas para
poder tener seres humanos para sacrificar a sus dioses. Año tras año los
aztecas arrebataban los niños y las niñas a los pueblos que habían conquistado
para asesinarlos después en sus templos”.
Al decir del
propio Gullo, para esos pueblos sometidos por los aztecas, Cortés no fue un
conquistador, sino un liberador de un yugo al que se hallaban sometidos desde
tiempo atrás.