RAMÓN CASTILLA


 el peruano que entabló una estrecha relación con San Martín y lo asistió en el exilio

 

Roberto Colimodio y Juan Marcelo Calabria *

Infobae, 31 Ago, 2024

 

Ramón Castilla y Marquesado, nació en Tarapacá el 31 de agosto de 1797. Comenzó su carrera militar en las filas del ejército español, en la lucha contra las fuerzas independentistas mandadas por José Francisco de San Martín. En 1817 en la Batalla de Chacabuco fue hecho prisionero, y trasladado a Las Bruscas (Dolores, provincia de Buenos Aires) pero consiguió escapar y regresó al Perú. En 1822 decidió abandonar el ejército español y ofrecer sus servicios al general San Martín, pasando a las filas patriotas peruanas.

 

En 1824 participó en la batalla de Ayacucho en el ejército del Libertador Simón Bolívar, combate por el que Perú consiguió la independencia definitiva. Al año siguiente Ramón Castilla fue nombrado Gobernador de la Provincia de Tarapacá, cargo desde el que impulsó un gobierno conservador y de respeto a las costumbres y tradiciones peruanas, opuesto a los criterios más progresistas del Gobierno de Bolívar y en consonancia con los reclamos de la élite criolla del lugar.

 

 

Posteriormente durante la segunda presidencia del General Agustín Gamarra (1839-1841) otrora también subordinado de San Martín, se desempeñó como Ministro de Hacienda y Tesoro, ministerio desde el que Ramón Castilla organizó las primeras exportaciones de guano, producto altamente cotizado como fertilizante en los mercados internacionales ubicando al Perú como principal exportador de ese codiciado insumo. Las exportaciones se incrementaron notablemente a partir de 1845, una de las variables que influyó para que fuera elegido como presidente de la República.

 

El primer mandato de su presidencia que se extendió hasta 1851 fue de gran prosperidad y las exportaciones de guano se multiplicaron, gracias a sus convenios con el Reino Unido y Francia. El impulso económico y la necesidad de facilitar el transporte del producto, desde los propios centros de producción, llevaron a Castilla a desarrollar destacadas obras públicas, entre las que sobresale la extensión de la red ferroviaria (primera línea de ferrocarril entre Lima y Callao en 1851) y conectar las zonas interiores del país, y en cuya construcción, se autorizó la entrada de miles de inmigrantes asiáticos al país.

 

Ramón Castilla y Marquesado nació el 31 de agosto de 1797

Ramón Castilla y Marquesado nació el 31 de agosto de 1797

 

Al mismo tiempo introdujo importantes reformas económicas y financieras. Bajo su presidencia el país experimentó también avances en el campo de la educación, la defensa nacional y la justicia. El Perú durante esos tiempos logró los primeros años de estabilidad institucional, la vigencia de la libertad de prensa, como no había ocurrido desde la época del Protectorado, y es considerado uno de los períodos constitucionales fundantes de la República, en concordancia de los años de Gobierno de San Martín entre 1820 y 1822.

 

Castilla y San Martín

Los argentinos tenemos el deber de conocer y honrar al Mariscal del Perú, personaje americano de realce continental y vinculado al General San Martín por actos de amistad y noble generosidad, producidos en la época de su ostracismo. En su oportunidad, Castilla contribuyó a hacer menos duros los días del exilio de San Martín y anticipó sus propios juicios al juicio de la historia, proclamando, con palabra autorizada, las virtudes del héroe.

 

Promediando el siglo de la Independencia americana, Castilla ascendía a las más altas posiciones públicas en medio de entusiasmos exagerados. San Martín, pobre y enfermo, terminaba sus días envuelto en un dramático silencio nacional, turbado periódicamente por amables visitantes recogedores de impresiones para la prensa o el libro. Tomaban nota de sus achaques, de su estoicismo, de su persona, de sus discretas declaraciones, preparando así documentos de interés histórico. Castilla lo invitó a vivir en el Perú para “Pasar de un modo tranquilo y en medio de verdaderos amigos el último tercio de su vida” y ordenó que los sueldos atrasados de Generalísimo peruano, se reconocieran de inmediato como deuda nacional y fueran liquidados por el Estado.

 

San Martín, que observaba con serenidad filosófica estas andanzas alrededor de su existencia, le contestaba así al Mariscal: “Un millón de gracias por sus francos ofrecimientos. Yo los creo tanto más sinceros cuanto son hechos a un hombre que, por su edad y achaques, es de una entera nulidad”. También Mariano Balcarce, el fiel yerno del General, pudo exclamar al comunicar el fallecimiento de su suegro las siguientes palabras que por sí solas dan razón para que en nuestro país se rinda homenaje a la memoria de Ramón Castilla: “Agradecemos a V. E., mi Señora y yo, la parte tan directa que ha tenido el Señor Mariscal, en que los últimos días de nuestro venerado Padre hayan sido rodeados de todas aquellas cualidades de que hasta entonces había carecido”.

 

Con motivo de la intervención de Castilla para resolver favorablemente la situación económica del Libertador del Perú, los dos grandes hombres cambiaron correspondencia de evidente repercusión histórica. Una de ellas, la más importante, es de San Martín a Castilla, de fecha 11 de septiembre de 1848. La confianza y respeto que le despertaba este compañero de armas peruano, lo llevó a relatar lo siguiente: “Como usted, yo serví en el ejército español, en la Península, desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente coronel de caballería. Una reunión de americanos, en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar. Yo llegué a Buenos Aires, a principios de 1812: fui recibido por la Junta gubernativa de aquella época, por uno de los vocales con favor y por los dos restantes con una desconfianza muy marcada. Por otra parte, con muy pocas relaciones de familia, en mi propio país, y sin otro apoyo que mis buenos deseos de serle útil, sufrí este contraste con constancia, hasta que las circunstancias me pusieron en situación de disipar toda prevención.”

 

En estos primeros párrafos San Martín explica la trascendental decisión de retornar a América, y cuenta brevemente la sospecha que despertó su llegada, sospecha que por otra parte la acompañaría toda su carrera pública, llegando asegurar en algún momento que: “El nombre del General San Martín ha sido más considerado por los enemigos de la Independencia, que por mucho de los americanos a quienes ha arrancado las viles cadenas que arrastraban”.

 

Ramón Castilla fue electo por primera vez presidente del Perú en 1845

(Pintura de Raymond Monvoisin)

Ramón Castilla fue electo por primera vez presidente del Perú en 1845 (Pintura de Raymond Monvoisin)

En otro interesante párrafo continúa diciendo: “En el período de diez años de mi carrera pública, en diferentes mandos y estados, la política que me propuse seguir fue invariable en dos solos puntos, y que la suerte y circunstancias mías que el cálculo favorecieron mis miras, especialmente en la primera, a saber, la de no mezclarme en los partidos que alternativamente dominaron en aquella época, en Buenos Aires, a lo que contribuyó mi ausencia de aquella capital, por el espacio de nueve años. El segundo punto fue el de mirar a todos los estados americanos, en que las fuerzas de mi mando penetraron, como estados hermanos interesados todos en un santo y mismo fin. Consecuente a este justísimo principio, mi primer paso era hacer declarar la independencia y crearles una fuerza militar propia que la asegurara. He aquí, mi querido general, un corto análisis de mi vida pública seguía en América; yo hubiera tenido la más completa satisfacción habiéndose puesto fin con la terminación de la guerra de la independencia en el Perú, pero mi entrevista en Guayaquil con el general Bolívar me convenció, (no obstante sus protestas) que el solo obstáculo de su venida al Perú con el ejército de su mando, no era otro que la presencia del General San Martín, a pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme bajo sus órdenes, con todas las fuerzas que yo disponía”.

 

Escuetamente como era su costumbre San Martín explica los objetivos sobre los que asentó su misión y justifica su retirada de la escena americana a partir de la entrevista de Guayaquil. El líder de Los Andes recuerda en este párrafo el importante paso al costado que tuvo que dar para que la independencia americana pudiera ser finita. Y lo justifica exponiendo: “Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía mi honor y reputación, sino que me era tanto más sensible, cuanto que conocía que, con las fuerzas reunidas de Colombia, la guerra de la independencia hubiera sido terminada en todo el año 23. Pero este costoso sacrificio, y el no pequeño de tener que guardar un silencio absoluto (tan necesario en aquellas circunstancias) de los motivos que me obligaron a dar este paso, son esfuerzos que usted podrá calcular y que no está al alcance de todos el poderlos apreciar. Ahora sólo me resta, para terminar mi exposición, decir a usted las razones que motivaron el ostracismo voluntario de mi patria”.

 

Finalmente, San Martín explica al presidente del Perú las razones que lo motivaron a ese ostracismo cuando dice: “De regreso de Lima, fui habitar una chacra que poseo a las inmediaciones de Mendoza: y este absoluto retiro, ni el haber cortado con estudios todas mis antiguas relaciones, y sobre todo la garantía que ofrecía mi conducta desprendida de toda facción o partido, en el transcurso de mi carrera pública, no pudieron ponerme a cubierto de las desconfianzas del gobierno, que en esta época existía en Buenos Aires. Sus papeles ministeriales me hicieron una guerra sostenida, exponiendo que un soldado afortunado se proponía someter la República al Régimen militar y sustituir este sistema al orden legal y libre. Por otra parte, la oposición al gobierno se servía de mi nombre, y sin mi conocimiento, ni aprobación manifestaba en sus periódicos, que yo era el solo hombre capaz de organizar el estado y reunir las provincias, que se hallaban en disidencia con la capital. En estas circunstancias, me convencí, que por desgracia mía, había figurado en la revolución más de lo que yo había deseado, lo que me impediría poder seguir entre los partidos una línea de conducta imparcial: en su consecuencia, y para disipar toda idea de ambición a ningún género de mando, me embarqué para Europa, en donde permanecí hasta el año 29, en que incitado tanto por el gobierno, como por varios amigos, que me demostraban las garantías de orden y tranquilidad, que ofrecía el país regresé a Buenos Aires. Por desgracia mía, a mi arribo a esta ciudad, me encontré con la revolución del general Lavalle, y sin desembarcar regresé otra vez a Europa, prefiriendo este nuevo destierro a verme obligado a tomar parte en sus disidencias civiles”.

 

José de San Martín lideró la entrada del ejército independentista a Lima.  Pintura de Juan Lepiani

José de San Martín lideró la entrada del ejército independentista a Lima. Pintura de Juan Lepiani

Además en esta carta, el Liberador muestra, a pesar de su edad y su ceguera, un interés y actualidad en las cuestiones americanas, interés que ha mantenido durante toda su vida casi como un “vicio” del que jamás ha podido apartarse. Ese que alimenta con la lectura de su correspondencia y los “papeles públicos” que le llegan de América más las noticias que publican los diarios de Europa, y que le permiten asegurar a su interlocutor: “Los cuatro años de orden y prosperidad, que bajo el mando de usted han hecho conocer a los peruanos las ventajas, que por tanto tiempo les eran desconocidas, no serán arrancados fácilmente por una minoría ambiciosa y turbulenta. Por otra parte, yo estoy convencido, que las máximas subversivas, que a imitación de la Francia quieren introducir en el país, encontrarán en todo honrado peruano, así como en el jefe que los preside, un escollo insuperable: de todos modos, es necesario que los buenos peruanos interesados en sostener un gobierno justo, no olviden la máxima que más ruido hacen diez hombres que gritan que cien mil que están callados. Por regla general los revolucionarios de profesión son hombres de acción y bullangueros; por el contrario los hombres de orden no se ponen en evidencia sino con reserva: la revolución de Febrero, en Francia, ha demostrado esta verdad muy claramente, pues una minoría imperceptible y despreciada por sus máximas subversivas de todo orden, ha impuesto por su audacia a treinta y cuatro millones de habitantes la situación crítica en que se halla este país”.

 

Concluía San Martín esta extensa misiva -que hemos recortado- con estas afectuosas palabras: “Al demostrar a usted mi agradecimiento por los sentimientos que me manifiesta en su carta, reciba usted, mi apreciable general, mis votos sinceros por que el acierto presida a todas su deliberaciones, permitiéndome, al mismo tiempo, tenga la honra de titularse amigo de Usted su servidor q.b.s.m. José de San Martín”.

 

En esta carta, que bien puede considerarse como el “Testamento Político” del Libertador o como uno de sus trazos autobiográficos, San Martín termina recomendando, como lo ha hecho en años anteriores en otros escritos a los Presidentes de Chile, Colombia, y las Provincias Unidas del Río de la Plata, el “acierto en sus deliberaciones”, lo que equivale a decir la justicia, el equilibrio y el bien general presente en las decisiones de esos altos mandatarios. Quienes durante los años de exilio del Gran Capitán recibieron siempre su palabra sencilla y clara, que sin pretender ser un consejo, jamás el Libertador se hubiera atrevido a tanto, pero que sin duda se convirtieron en una luz y guía del “primer americano”, palabras que lamentablemente muchas veces fueron ignoradas por los destinatarios de su tiempo.

 

Los últimos años del Mariscal Castilla

En 1851 traspasó la presidencia al general José Rufino Echenique, a quien el propio Castilla había elegido como sucesor, pero pronto se manifestaron las diferencias entre ambos y acabaron enfrentándose militarmente (1854-1855). Nuevamente Ramón Castilla, aliado con los liberales, en acuerdo con quienes lograron suprimir la esclavitud y el tributo indígena, fue elegido nuevamente presidente en 1855, primero con mandato provisorio y luego constitucional hasta el año de 1862, período durante el cual promulgó una nueva Constitución la que estuvo vigente hasta 1920.

 

Quien fuera tres veces presidente de Perú murió -a los 69 años- el 30 de mayo de 1867 (Hermanos Courret)

Quien fuera tres veces presidente de Perú murió -a los 69 años- el 30 de mayo de 1867 (Hermanos Courret)

En 1864 Ramón Castilla fue elegido Senador por Tarapacá, su tierra natal, y presidente de la Cámara alta; desde ese lugar condenó la política internacional del gobierno de Juan Antonio Pezet y Rodríguez de la Piedra (otro de los subordinados de San Martín) frente a la agresión de la escuadra española del Pacífico, por lo que fue apresado y desterrado hasta las playas del Peñón de Gibraltar, en febrero de 1865.

 

Tal medida no favoreció al gobierno, por el contrario avivó los ánimos de los seguidores de Castilla y de todas formas el presidente Pezet fue derrocado, entre otras cosas por la chispa revolucionaria que dejó encendida el ex presidente Castilla antes de partir al destierro. En su ausencia se produjo el Combate del Dos de Mayo, última acción de la flota española de aguas peruanas, que fue celebrado como una victoria por el Perú y sus aliados sudamericanos. De regreso al Perú, el 17 de mayo de 1866, Castilla fue objeto de homenajes en Lima, en uno de los cuales, al momento de alzar la copa, dijo: “Brindo, señores, por los viejos que conquistaron la independencia y por los jóvenes que el 2 de mayo supieron consolidarla”. Tiempo después se opuso al presidente Mariano Ignacio Prado y fue deportado a Chile; desde allí, ya septuagenario, se rebeló en defensa de la Constitución moderada de 1860, la que intentaba ser reemplazada por la Constitución liberal de 1867. Desembarcó en Pisagua (puerto de Tarapacá, entonces territorio peruano) con una pequeña escolta, regresando de este modo al Perú con el propósito de tomar por quinta vez las riendas del gobierno. Murió durante el viaje hacia la ciudad de Arica, en el valle de Tiliviche, el 30 de mayo de 1867, y sus últimas palabras fueron: «Un mes más de vida Señor y haré la felicidad de mi patria, sólo unos días más».

 

*Los autores son académicos sanmartinianos y escribieron “San Martín más allá del bronce” (2017)

SAN MARTÍN

 


el proyecto que derrota a la improvisación

 

Por Claudio Morales Gorleri*

La Prensa, 17.08.2024

 

El General José Francisco de San Martín vivió sus últimos dos años en Boulogne Sur Mer. Luchaba contra el avance de la ceguera y se entretenía coloreando litografías marinas junto al mar. El mismo mar que lo trajo a Buenos Aires llevando su grado de Teniente Coronel de Caballería y su biblioteca, a la que llamaba librería, de más de 700 libros, ordenados en petacas.

 

En el verano, en la costa, habrá recordado sus grandes hazañas. Habría esbozado una sonrisa al recordar cuál fue su argumento para solicitar el retiro del ejército español en 1811: “Necesitaba arreglar sus intereses familiares abandonados en Lima”, como consta en documentos existentes en el Archivo Militar de Segovia. Sin embargo, San Martín no tenía familiares ni intereses económicos en Lima. Nunca estuvo en la Ciudad de los Reyes. Creo que el Libertador sabía desde entonces que su objetivo era Lima ya a partir de esa convicción estructuró con enorme maestría su Plan Continental.

 

Llegado a Buenos Aires y reconocido su grado militar por el Triunvirato, creó el Regimiento de Granaderos a Caballo y el 3 de febrero de 1813, en San Lorenzo, logró la confianza de los pueblos del Río de la Plata. A principios de 1814 relevó a Manuel Belgrano en el Ejército del Norte y dos meses después le escribió a Nicolás Rodríguez Peña:

 

“La patria no hará camino por este lado... ya le he dicho a Ud. Mi secreto, un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile, acabar con los godos...pasaremos por mar a tomar Lima”.

 

En cuatro renglones explicaron su plan, su proyecto para liberar la capital del Perú. Dice Bartolomé Mitre que San Martín era un hombre reservado y ese era su secreto, si se hubiera difundido sería tratado de loco. Ese mismo año pasó a gobernar Mendoza, donde desde la nada, construyó un ejército de 4.000 hombres que deberían cruzar la Cordillera de los Andes por seis pasos para sorprender a los realistas en Chile. Él cruzó por el Paso de los Patos, en San Juan, a 4.000 metros de altura, con el grueso de las tropas y el General O ́Higgins, con quien compartía sus sueños americanos. Por el Paso de Uspallata, en Mendoza lo hacían el Coronel Las Heras con Fray Luis Beltrán, la maestranza, logística y gran parte de la artillería. Los otros cuatro pasos distraerían el esfuerzo enemigo y sublevarían a las poblaciones.

 

Coordinó cada salida desde Mendoza, estudió cada paso de los Andes, organizando los ritmos de las marchas por anfractuosos caminos hasta los desemboques. Para explotar la sorpresa y antes que se unan las fuerzas realistas, dio batalla en la Cuesta de Chacabuco el 12 de febrero de 1817 obteniendo una brillante victoria. En el primer aniversario se declaró la Independencia de Chile. Independencia, emancipación, libertad. Ninguna conquista. Pero faltaba la batalla final, Maipú, el 5 de abril de 1818, en la que su genio militar sorprendió al mundo consiguiendo la victoria a lo Epaminondas o Federico el Grande.

 

EL MAR AZUL

Recordaría el Libertador el 20 de agosto de 1820 en Valparaíso, con el sol y el frío, el mar azul, el vuelo de los pelícanos y su flota de guerra en la bahía. Los chilenos en la costa y él, en una falúa con su estado mayor revistando a sus tropas en las cubiertas de sus barcos. A medida que navegaba se conmovía la bahía al grito de: ¡Viva la patria! De la tropa y de la población sobre las rocas. Levaron anclas y enfrentaron ese mar que poco tiene de Pacífico. ¡Contra viento y marea!

 

En Paracas, al sur del Perú, desembarcaron e iniciaron su campaña de las sierras el General Arenales. La escuadra continuó navegando hasta el Callao, donde maniobró para distraer a las fuerzas del virrey. Luego continuó hasta Huacho, en el Norte, donde formaron sus tropas. San Martín y Arenales, coordinadamente, dando batallas en las sierras, entre el frío y las alturas, sigilosamente sitiaron la ciudad, el último bastión de España en la América del Sur. El ejército realista abandonó Lima y el Libertador, sin sangre la conquistada y fue aclamado por los limeños. El 28 de julio de 1821 declaró la Independencia del Perú haciendo flamear en sus manos la bandera roja y blanca que él creó. Independencia, emancipación, libertad. Ninguna conquista.

 

A su “librería”, que llevó a Mendoza, cruzó los Andes y navegó el Pacífico la donó a la Biblioteca Nacional del Perú, que él creó y recordaría sus propias palabras: “La ilustración universal es más poderosa que los ejércitos para mantener la independencia ”.

 

GUAYAQUIL

Pero eran 4.000 hombres que debían enfrentar a 20.000 realistas distribuidos por todo el Perú. No tenían refuerzos. Su memoria atesoraba la reunión con el Libertador del Norte, Simón Bolívar, en julio de 1822. Guayaquil frenó el ritmo, el ritmo del vendaval. Entre dos copas de plata tuvo que optar, una era su gloria personal y la otra la libertad. Regresó a Lima y convocó al Congreso. Renuncia al Protectorado del Perú. El desprendimiento es fruto de la magnanimidad. No era un conquistador, era el Libertador.

 

Su proyecto fue la derrota de la improvisación, ese mal que corroe a los argentinos desde hace años. Es la escuela del Libertador, la cultura del proyecto vence a la improvisación. El esfuerzo dará los frutos que el facilismo nos niega.

 

*Tte. Cnel. ®. Presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano.

MITOS Y VICIOS

 

 sobre la salud de San Martín

 

Juan Ignacio Provéndola

 

Página 12, 16 de agosto de 2024

 

José de San Martín murió el 17 de agosto de 1850 a los 72 años, longevidad poco frecuente para la humanidad hasta recién avanzado el siglo XX. La excepcionalidad, sin embargo, estuvo lejos de ser llevadera: el militar hispano-correntino padeció numerosos problemas de salud, algunos ni siquiera denominados en ese entonces, y la mayoría de ellos con tratamientos que hoy serían absolutamente desaconsejables. El principal, o al menos el más conocido, era a base de láudano, un preparado bebible que incluía opio y es motivo de difundidas polémicas entre quienes creen que San Martín lo consumía de manera excesiva.

 

En esa época no había historias clínicas ni tampoco eran comunes las autopsias, por lo que el resistente cuerpo de José de San Martín a tantas décadas de enfermedades y procedimientos médicos mayormente precarios sigue siendo a la fecha motivo de debates y ateneos en distintas ciencias, ya que los registros no son exhaustivos y eso abre espacio a elucubraciones.

 

La intimidad biológica de San Martín reviste interés como en cualquier otro personaje clave de la historia argentina, pero aún más imaginándolo en la gesta libertadora cabalgando miles de kilómetros con problemas de hemorroides, reuma, úlceras y severos ataques de asma, además del estrés y la tensión que generaba semejante empresa militar y política. Que haya cruzado la Cordillera en camilla no es una deshonra, sino todo lo contrario: fue un milagro que no se haya muerto en las pésimas condiciones no solo sanitarias sino también higiénicas que presentaba la América colonial.

 

Ni siquiera hay unanimidad para establecer la causa de su muerte en la absoluta precariedad de un cuarto al norte de Francia. Se habla de aneurisma, de infarto de miocardio y de insuficiencia cardíaca, aunque la que goza de mayor consenso es la generada por una hemorragia interna derivada de una úlcera. Además padecía de artritis y de cataratas, por lo que en sus últimos años ni siquiera podía hacer lo que él mismo reconocía que le encantaba como pocas otras cosas: leer.

 

El dolor crónico en su cuerpo es algo que parece presente en San Martín desde antes de regresar a Buenos Aires, ya que las primeras afecciones de las que se tienen registro datan de España, que habitó desde los 6 hasta los 34 años y donde reportó al ejército de Carlos IV: en 1801 fue víctima de un asalto en servicio con heridas en el pecho que perjudicaron su tórax para siempre, mientras que una década después recibió un sablazo en un brazo en la Batalla de La Albuera. De allí, se estima, proviene el asma agudizado tras su vuelta al Río de la Plata en 1812.

 

Las sucesivas campañas militares en Sudamérica agregaron otros problemas, varios de ellos aún no diagnosticados por la medicina de su tiempo. En distintas cartas San Martín expresaba los estragos que sufría en músculos, huesos y algunos órganos, escenario que a él y también a algunos médicos instaban a presagiar una vida mucho más corta de la que finalmente tuvo. Bartolomé Mitre aseguró, por ejemplo, que la Batalla de Chacabuco de 1917 la libró con un tremendo cuadro de gota.

 

También sobrevivió a la fiebre amarilla desatada en Lima en 1821 que arrasó a su tropa. Un año más tarde, en Chile, tuvo tifus. Y poco después, ya en Mendoza, padeció otra crisis respiratoria grave. Nuevamente en Europa, le suceden tragedias impensadas. Según una investigación de Mario Meneghini, del Instituto Sanmartiniano, un accidente de viaje le dislocó el brazo derecho, mientras que luego un vidrio lo hirió en la axila izquierda. Más adelante contrajo cólera, que en esa década de 1830 mató a un millón de personas en todo el continente. Como si todo eso fuera poco, la combinación de dolores y estrés lo expusieron a un insomnio que ni siquiera le permitían apagar la cabeza cuando intentaba descansar.

 

¿Cómo toleró San Martín todas esas campañas y todos esos viajes con semejantes padecimientos? La respuesta parece estar en el opio, que entonces era recomendado para mitigar estos escenarios debido que no había mayores avances científicos al respecto. La polémica se desprende por versiones que lo señalaban como un adicto. Mitre aseguraba que “abusaba del opio”, mientras que su amigo Tomás Guido le confesó en 1818 a Juan Martín de Pueyrredón: “He procurado con insistencia persuadir a a San Martín que abandone el uso del opio pero infructuosamente”. Por su parte, el Comodoro William Bowles, jefe de la estación naval británica en el Río de la Plata y principal informante de la región a la corona inglesa, hablaba del “uso inmoderado del opio”.

 

A pesar del mito que instala a San Martín como un consuetudinario fumador, distintos médicos que en lo sucesivo investigaron este consumo sostienen que en realidad no lo pitaba, sino que lo bebía a partir de un preparado de láudano, que combina el opio con azafrán, canela y vino blanco. Era el único tratamiento que la ciencia del siglo XIX encontraba para al menos mitigar los fuertes dolores que aquejaban al libertador, a quien de todos modos su cuadro clínico no le impidió llevar adelante las duras batallas que libró por el continente.

 

Probablemente el uso o abuso de este líquido le generaron consecuencias negativas en otros órganos, sobre todo los vinculados al sistema digestivo, cuyas fallas funcionales condujeron a su muerte en Boulogne-sur-Mer. Según numerosos historiadores, el primero que se lo recetó fue Juan Isidro Zapata, su asistente clínico de cabecera en Sudamérica, quien no era médico, sino un autodidacta que gozó de la confianza de San Martín en sus momentos de profundas dolencias. Lo que no queda claro es la forma en la que el militar administraba el opiáceo, si lo hacía cumpliendo la prescripción o si lo consumía de manera excesiva.

 

El debate también se alimenta por el morbo de ver a un prócer enredado en una adicción degradante, acaso la única forma de humanizar a un ilustre que la Historia no encuentra de momento otra manera de cuestionar moralmente. Quizás la clave de su longevidad resida en que nunca se hayan registrado problemas severos en el corazón ni tampoco en el cerebro, órganos fundamentales para la entereza de cualquier persona.

EL GENERAL SAN MARTÍN

 


 lucidez y coraje

 

Cnel. My.  Gabriel Camilli

La Prensa, 15.08.2024

 

El propio General San Martín, el 28 de julio de 1821 en Lima, había dicho: “Al Americano Libre corresponde trasmitir a sus hijos la gloria de los que contribuyeron a la restauración de sus derechos”; claro mandato con una absoluta e incuestionable autoridad moral.

En la misma línea, años más tarde, en 1910 se le encargó a la ilustre pluma de Don Leopoldo Lugones una frase contenedora para toda La Argentina sin que nadie quedara excluido: “La justicia con los muertos, especialmente los ilustres, que es el más alto deber de todo ciudadano de bien, consiste, sobre todo, en librarlos del olvido y ponerlos en acto”.

Se recuerda el día del fallecimiento del General Don José de San Martín. El 17 de agosto de 1850, en su casa de Boulogne-sur-Mer (Francia) y rodeado de sus seres queridos. Luego de una vida batallando, muere un arquetipo de La Patria. Un argentino criollo que demostró lucidez y coraje para conducir y gobernar.

San Martín es una pieza fundamental en la construcción de nuestra identidad nacional. Hoy queremos recordarlo, para hacerlo presente, para imitarlo.

Como conductor de ejércitos San Martín, como todos los grandes, ha sido hombre de magnos objetivos, y jamás empeñó acción alguna tras un objetivo pequeño.

Su vida misma, puesta al servicio de una gran idea, es la prueba de ello, y su renunciamiento a desviar su conducta hacia cuestiones pequeñas.

Debemos estudiar la vida y obra de este modelo a seguir, no solo para centrarnos en el pasado, sino porque nos preocupaba el presente y el futuro de la Patria. San Martín nos muestra que el camino de la recuperación pasa solamente por imitar sus virtudes.

 

PENSAMIENTOS Y FRASES

Para intentar reflexionar sobre San Martín, hoy intentaremos hacerlo en base a algunos a algunos pensamientos y frases que están extractados de las cartas y oficios que integran el "Archivo de los Documentos del General San Martín", publicado por Alejandro Rosa, la "Correspondencia del General San Martín", recopilada por Adolfo P. Carranza, documentos existentes en el Archivo General de la Nación, y otras fuentes de consulta.

Estos pensamientos representan las normas de una vida de excepción, nos permiten entender y delinear el perfil político y moral de un hombre que todavía necesitamos seguir conociendo y cuya estatura aun extraña la Patria. Hoy citaremos solo algunas:

* “La seguridad de los pueblos a mi mando es el más sagrado de mis deberes”. (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Mendoza, 26 de enero de 1815, t. II, p. 232).

* “Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas” (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Mendoza, 13 de marzo de 1819, t. VI, p. 149).

* “El mejor gobierno, no es el más liberal en sus principios sino aquel que hace la felicidad de los que obedecen empleando los medios adecuados a este fin” (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Grand Bourg, 26 de septiembre de 1846, t. IX, p. 399).

* “No se debe hacer promesa que no se pueda o no se deba cumplir” (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Santiago, 1 de enero de 1819, t. VII, p. 165).

 

ALCANZAR LA GLORIA

Así nos recordaba, nuestro camarada y superior el Mayor Jorge P. Mones Ruiz, en La Prensa (14.02.2021) “Sea el honor, quizás, el mayor capital moral o propiedad ética que debe caracterizar y adornar a las personas de bien, cualquiera sea su profesión, actividad o forma de proceder en la vida. El Padre de la Patria supo hacer gala del mismo, sellando en sus hombres, tanto en el Regimiento de Granaderos a Caballo, como en el Ejército de los Andes, esa cualidad trascendente para alcanzar la gloria”.

Este es el ejemplo que nos legó, al decir de Pedro Calderón de la Barca en estos magníficos versos de "El Alcalde de Zalamea":

"...fama, honor y vida son,

caudal de pobres soldados;

que en buena o mala fortuna,

la milicia no es más que una

religión de hombres honrados".

 

MARTIN FIERRO

“Divididos seremos esclavos: unidos estoy seguro que los batiremos: hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor” (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Mendoza, 13 de marzo de 1819, t. VI, p. 148).

Como decíamos anteriormente en La Prensa Tomemos el ejemplo del “Gran Capitán” y para ello nos referimos al canto XII de la primera parte de nuestro Martín Fierro, donde el protagonista resume los males que padece el argentino cuando falta lucidez, corazón y coraje para gobernar y conducir:

“Y dejo rodar la bola,

que algún día se ha de parar

tiene el gaucho que aguantar

hasta que lo trague el hoyo,

o hasta que venga algún criollo

en esta tierra a mandar”.

 

VALORES Y ESPIRITU

Con el mismo espíritu y con la esperanza de que logremos aprender de nuestros arquetipos, en particular del General Don José de San Martín y ese aporte llegue a ser capilar y significativo con el tiempo en nuestra Patria, debemos formarnos en los valores y el espíritu Sanmartiniano e indudablemente para imitarlo, la única forma es estudiando su vida a fondo, porque no se ama lo que no se conoce y no se conoce lo que no se busca con todo el corazón.

Desde el Instituto ELEVAN deseamos rescatarlo del olvido y ponerlo en nuestro siglo XXI para modelo de los argentinos, por ello dictamos la diplomatura universitaria “Liderazgo Sanmartiniano: Lucidez y Coraje”. (Ver www.elevanargentina.com)

LOS INDIOS

 


 en las invasiones inglesas

 

Por Roberto L. Elissalde

La Prensa, 10.08.2024

 

Desde antes de las invasiones inglesas, los indios visitaban pacíficamente la ciudad de Buenos Aires. Un testimonio de 1803, dice: “Es tanto lo que va incrementando el comercio de los indios pampas, que apenas pasa día en que no los veamos entrar a esta ciudad con cargas de pieles, plumeros, tejidos y otras varias cosas apreciables”.

 

En el momento en que los ingleses invadieron la ciudad, había de visita 27 indios que vendían sus productos; inmediatamente huyeron a sus tolderías y según manifestaron buscaron organizarse para colaborar en la reconquista.

 

El 17 de agosto de 1806 pesar de ser domingo, día en que se guardaba la observancia del descanso y el culto a Dios; los miembros del Cabildo decidieron reunirse para seguir tratando los numerosos asuntos, que la ocupación inglesa y reciente desalojo les había complicado la rutinaria tranquilidad a que estaban acostumbrados.

 

Se apersonó en el Cabildo el indio pampa Felipe, acompañado por don Manuel Martín de la Calleja y, por medio de un intérprete, ofreció en nombre propio y de dieciséis caciques gente, caballos y cuanto fuese necesario “contra los Colorados, cuyo nombre dio a los ingleses”.

 

Para el traslado de los prisioneros al interior disponía de gente “que con mucho gusto se ocuparía contra unos hombres tan malos”. El Cabildo se mostró agradecido por la oferta y obsequio al cacique con tres barriles y un tercio de yerba.

 

La Plaza Mayor, que en esos días se encontraba poblada por muchos esperando novedades, sin duda tenía mayor afluencia de público por tratarse de un domingo. Los porteños debieron observar con interés la presencia de tan importante comitiva de indios, con sus vistosos atavíos y ponchos. El 29 esta noticia ya se conocía en Montevideo y el cronista precisaba que el cacique había ofrecido “mil hombres armados con... y 211 caballos para auxiliar a los españoles en defensa de la patria y si era preciso de otras naciones de Chile con quienes estaban en paz”.

 

El 15 de septiembre se presentó ante el Cabildo el cacique pampa Catemilla, acompañado por el indio Felipe en calidad de intérprete, y mediante los servicios de don Manuel Martín de la Calleja que ofició de introductor. Expresó el cacique el dolor que habían tenido por la pérdida de la ciudad y el regocijo por su recuperación y ofreció en su nombre y en el otros dieciséis caciques, gente y caballada para combatir a “los colorados”. También manifestó que habían hecho la paz con los ranqueles los que se ofrecían a cuidar los terrenos desde las Salinas hasta Mendoza, ante una eventual invasión. Él por su parte se disponía a hacer lo mismo por las costas del sur hasta Patagones. La visita fue retribuida por el Cabildo con los presentes acostumbrados.

 

Un anónimo soldado, que llevaba un diario de los sucesos más importantes, el 8 de octubre de 1806 escribió: “Los caciques de los indios de la costa del sur y medianías de la punta de San Luis, se han presentado a ofrecer seis mil indios y varios lotes de caballos en caso de necesitar auxilio para contrastar al enemigo de la casaca colorada, que les temen mucho; vendrán con sus armas que son lazos, bolas, chuzas, flechas envenenadas. Creo que mucho se le ha agradecido admitiendo solo la caballada y el ganado para comer, que también han ofrecido traerlo y se le comprará”.

 

El 4 de noviembre llegaron 15 indios de Carmen de Patagones, acompañando a un soldado dragón que trajo un pliego de parte del comandante del lugar, que informaba haber entrado a ese puerto un buque inglés “todo estropeado. Dijo era americano pero parece ser inglés y el comandante sospecha que dicho buque se había empleado en sondear y reconocer aquellas costas y haber entrado en el puerto a reconocerlo. El caso es muy sospechoso a lo que el comandante determinó quitarle el timón y hacerlo prisionero”. El soldado comentó que los “indios lo habían conducido por unos caminos que ellos solos podían salir de semejantes desiertos, no hay duda que los indios quieren mal a los ingleses, y están furiosos por ayudarnos”.

 

El 22 de diciembre, cuando los ingleses habían enviado un nuevo contingente de efectivos, volvieron diez caciques al Cabildo. Según se lee en el acta respectiva les recomendaron la “vigilancia de nuestras costas, para que los ingleses nuestros enemigos y vuestros a quienes llamáis colorados, no os opriman ni priven de vivir con la tranquilidad que disfrutáis, y os ha proporcionado el Superior Gobierno conforme a la sensibilidad y amor que os profesan”.

 

El 29 de diciembre, concurrieron al Cabildo los caciques capitanes Epugner, Errepunto y Turuñanqun, quienes enterados de lo tratado por los indios que ya habían concurrido a la Sala Capitular, capitanes Chuli, Laguini, Paylaguan, Cateremilla, Negro y los caciques Marciuris, Lorenzo, Guacalam, Peñascal, Luna, Quintay, presentaban el siguiente ofrecimiento: “Epugner dos mil ochocientos sesenta y dos de sus soldados, gente de guerra bien armados de chuza, espada, bolas y honda con sus coletos de cuero, que mantenían en la Cabeza del Buey, donde los sostendría a su costa hasta el primer choque, o hasta que le avisasen ya no ser precisos, pues querían pelear unidos con los nuestros; y los otros dos caciques Errepunto y Turuñaqun hicieron igual oferta por siete mil soldados que mantenían en Tapalque armados como los anteriores. Los S.S. admitieron la oferta, los abrazaron como lo habían ejecutado con los anteriores, les hicieron varias demostraciones de cariño y gratitud, y comisionaron al Caballero Síndico Procurador General para que los gratificase y obsequiase a satisfacción y a todos los de su comitiva, mandando se les diese a los caciques un escudo con las armas de la ciudad en fe de la unión que les juran, y en señal de haberla admitido, cuyo escudo se dé también a los anteriores caciques”.

 

Cuando los británicos habían tomado la Banda Oriental, se presentó al Cabildo el 18 de febrero de 1807, el cacique Loncoy, ofreció gente y caballos para la defensa de la ciudad. Fue gratificado con 87 pesos y 7 reales. En la misma sesión de ordenó pagar 36 pesos “importe de unas medallas de plata con las armas de la ciudad, para dar y estimular a los indios caciques que cumpliesen sus ofertas y subsistiesen en unión”. Esta medalla indudablemente fue acuñada más no se conoce ningún ejemplar, es de suponer que era semejante a la acuñada para los que actuaron en Perdriel.

 

DESCONFIANZA

Corresponde señalar que la cantidad de efectivos que podían aportar los caciques era muy importante, pero también implicaba el riesgo de la imposibilidad de contenerlos, tanto en el triunfo como en la derrota. Por esa circunstancia no fueron empleados en las jornadas de 1807, y se habría guardado esa reserva para el caso de una tercera invasión. Otro factor era la poca confianza que se podía tener en ellos, en la sesión del 4 de mayo de 1807 se trató un oficio de la Real Audiencia, en el que informaba “que dos caciques pampas intentan asaltar dos guardias en la frontera, y que ese Cabildo ha procurado atraerlos con dádivas y gratificaciones y han prometido auxiliarnos. Solicita aquietar esos movimientos, excitándolos al cumplimiento de su palabra”. José Bernabé del Mármol fue designado para que sin pérdida de tiempo pasara a tratar con los caciques “y les haga entender que en la ocasión necesita su auxilio y espera cumplan su palabra contra los otros verdaderamente enemigos, de este Cabildo, a quien han prometido su amistad y ayuda”.

 

Reiteradamente se presentaron durante el año 1807 al Cabildo distintos caciques, que siempre fueron recompensados. Miguel de Belgrano dio a conocer una composición titulada: Rasgo poético a los habitantes de Buenos Aires en obsequio del valor y lealtad con que expelieron a los ingleses de la América Meridional, el 5 de Julio de 1807. La obra fue publicada en 1808 por la imprenta de los Niños Expósitos. En la misma alude a los “bravos querandíes” y en una nota, al final, que corresponde a una llamada informa, que tales eran “una de las naciones más feroces de los indios conocidos vulgarmente bajo el nombre de Pampas”.