CUANDO LOS FRANCESES BLOQUEARON


 el Río de la Plata: prepotencia diplomática, la muerte de un litógrafo y el ofrecimiento de San Martín

 

Adrián Pignatelli

Infobae, 28 Mar, 2026

 

Las relaciones diplomáticas entre nuestro país y el reinado de Luis Felipe de Orleans, el monarca francés que había ascendido al trono en julio de 1830, empezaron con el pie izquierdo. El detonante fue una ley de 1821 que establecía que los ciudadanos extranjeros que tuvieran propiedades en el país, que ejercieran el comercio, con más de dos años de residencia, podían ser convocados, en caso de necesidad, al servicio de la milicia.

 

La leva de extranjeros no era nueva: había comenzado en 1815 y comprendía a hombres de entre 16 y 60 años con más de dos años de residencia en el país.

 

Desde tiempo atrás, la diplomacia francesa venía solicitando al gobierno que los ciudadanos galos fueran eximidos, tal como ocurría con los británicos. Era cierto: en diciembre de 1825, cuando Gran Bretaña reconoció nuestra independencia y se celebró un acuerdo comercial, por el que los ingleses gozaban de libertad de tránsito, de culto, podían disponer de sus propiedades, los comerciantes quedaron exentos del pago de derechos de tonelaje, puerto y pilotaje, también quedaron eximidos del servicio militar.

 

Durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, que comenzó en 1832, las relaciones con Francia no mejoraron. La actitud del vice cónsul francés Aimé Roger no contribuyó para nada, y su actitud iba en consonancia con las pretensiones imperialistas de Francia en América.

 

Roger evaluó que un éxito diplomático lo posicionaría de la mejor manera en la corte de Luis Felipe. Sin tener las credenciales en orden, Roger, de temperamento arrogante y agresivo, exigió el fin del servicio militar para los franceses y solicitó la libertad de Pedro Lavié, un cantinero francés enrolado en la milicia, condenado a cinco meses a la cárcel por robo. Y también puso en la mesa el proceso y muerte de César Hipólito Bacle, un ginebrino nacionalizado francés que había llegado al país por 1825.

Bacle había sido un excelente litógrafo, caricaturista, tipógrafo, crítico literario e investigador científico, y en 1829, Rosas lo nombró director de Litografía del Estado.

 

Fundó el Boletín de Comercio, le tomó cinco años elaborar la Colección General de marcas de ganado de la Provincia de Buenos Aires y editó Trajes y costumbres de la Provincia de Buenos Aires. El mismo vendía lo que exhibía en su vidriera.

 

Cuando sus finanzas declinaron probó suerte en Chile, donde se lo nombró Impresor y Litógrafo del Estado. Con el ministro de Guerra Diego Portales hablaron de política y de una cuestión delicadísima: los emigrados argentinos.

 

A su regreso de su viaje, Rosas ya estaba al tanto de sus opiniones. Bacle se condenó con una carta en la que se revelaba contenido comprometedor con el funcionario chileno. Se lo acusó de ponerse en contacto con los unitarios y de vender mapas secretos de las fronteras argentinas a Bolivia. Encarcelado, se lo condenó a muerte. Desesperado, le pidió ayuda al cónsul francés y logró que le conmutasen la pena. Luego de cinco meses preso en las peores condiciones, sometido a malos tratos, enfermó. Recuperó la libertad y falleció en su casa el 4 de enero de 1838 por una gastritis por una excesiva ingesta de opio. Su cadáver fue acompañado al cementerio por una multitud de franceses, que tomaron la muerte de su compatriota como un insulto hacia el gobierno de su país.

 

Sus bienes fueron embargados por Chile, al considerar que no había cumplido con su contrato de trabajo. La viuda y sus hijos quedaron prácticamente en la calle.

 

Así fue como fue que Roger también apoyaba la reclamación de la viuda de Bacle y de paso en la lista incluyó al francés Pedro Gascogne a quien el gobierno le había clausurado todos sus negocios al negarse a contribuir con dinero para una fiesta en honor a Rosas. También exigía que fueran dados de baja los conciudadanos Martín Larré y Jourdan Pons, que estaban en la milicia, pero por su propia voluntad.

 

Lo primero que hizo Rosas fue pedir la lista de los franceses que permanecían detenidos. Se sorprendió al saber que había solo dos. El marinero Pedro Jusson, acusado de asesinar a Matías Cañete y Pedro Lavié.

 

Rosas ninguneó a Roger. Respondió que para atender dichos reclamos, exigió que fuera ante un diplomático con las credenciales correspondientes. Roger no las tenía porque reemplazaba al cónsul que se había ausentado de Buenos Aires.

 

A las primeras reclamaciones diplomáticas, de fines de 1837 el ministro de Relaciones Exteriores Felipe Arana respondía cuando quería y a cuentagotas. Encima le hizo saber que discutiría los términos de la ley del servicio militar con un diplomático acreditado.

 

Roger, en un informe a su gobierno, echó más leña al fuego. Que Rosas era despótico, un tirano, y que el único camino que quedaba para resolver el entuerto era el de la fuerza.

 

París lo autorizó a usar dos naves del almirante Luis Francisco Leblanc, que estaban en Río de Janeiro. Roger respondió que dos naves no alcanzaban, que era necesaria una verdadera demostración de fuerza. Nadie se detuvo entonces en Francia en analizar cómo se habían dado los hechos, le creyeron a Roger a pie juntillas, pero aun así, le pidieron que intentara un último acercamiento con Buenos Aires.

 

El 7 de marzo de 1838 Rosas recibió a Roger durante dos horas. Ninguno dio el brazo a torcer. El encuentro terminó a los gritos. Que Francia se uniría a los enemigos de Rosas, amenazó Roger y el gobernador respondió que todo el país lo apoyaría y que los unitarios desaparecerían. El 13 de marzo, Arana le devolvió los pasaportes a Roger.

 

El 24 de marzo apareció frente a Buenos Aires la flota francesa. Traían tres pretensiones: la eximición del servicio militar a franceses, indemnización a ciudadanos perjudicados y reclamaban a Lavié, para que fuese juzgado y ver si en realidad era culpable.

 

Rosas no admitió negociar en una situación de fuerza. Decía que sentaría un precedente y cualquier país, en el futuro, se sentiría con derecho a hacer lo mismo.

 

Ante la negativa, Leblanc declaró el miércoles 28 de marzo de 1838 que bloqueaba el puerto de Buenos Aires y el litoral del río perteneciente a nuestro país. Los franceses estaban convencidos de que en dos semanas la cuestión quedaría zanjada, ya que la economía local sentiría fuerte el bloqueo.

 

Rosas ajustó el cinturón. Aplicó fuertes recortes, especialmente en sueldos de funcionarios, eliminó muchos, entre ellos el suyo. Cortó el apoyo económico a la Universidad de Buenos Aires, a la Casa de Niños Expósitos, a la Sociedad de Beneficencia y a los hospitales, y que cada uno se proveyera de los fondos con colectas para pagar sueldos, porque mientras durase el bloqueo, no podría girarle un peso más.

 

Hizo del bloqueo una causa nacional y fogoneó la xenofobia entre sus seguidores al hacer correr la versión de que Francia pretendía colonizarnos.

 

Para la actividad agrícola ganadera, el bloqueo fue un mazazo letal: recién se estaban recuperando de la increíble sequía de 1836.

 

Para colmo de males, la Confederación, desde principios de ese año, mantenía una guerra con Bolivia y miraba de reojo los movimientos de los unitarios, que no demoraron en aliarse a los franceses.

 

Rosas dispuso una importante baja de la tasa de ingreso de productos importados, estimulando el contrabando. Tanto comerciantes argentinos como extranjeros contribuyeron con un empréstito voluntario.

 

El 25 de mayo la ciudad apareció empapelada con carteles con la leyenda “¡Viva el 25 de mayo! ¡Muera el tirano Rosas!”. Su primo Anchorena fue a su casa a advertirle que había un plan para asesinarlo.

 

El gobernador había decidido someter a la legislatura la correspondencia oficial que mantenía con los franceses para acordar los pasos a seguir, y se conoció un plan para declararlo incapaz para gobernar y reemplazarlo por un triunvirato. Pero los legisladores no hicieron nada.

 

Desde su exilio, José de San Martín se enteró del bloqueo. En una carta del 5 de agosto de 1838 a Rosas escribió que si aquel lo creyera necesario, esperaría sus órdenes, y que tres días después dijo: “me pondré en marcha para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine”.

 

San Martín describió el bloqueo en una carta del 10 de julio como “violento abuso del poder”. Criticó la actitud de los unitarios, unidos a los franceses: “…no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

 

El 20 de octubre Rosas sufriría otro golpe, la muerte de su esposa Encarnación Ezcurra. Al regreso del entierro, el coronel Vicente González sugirió llevar un cintillo punzó en el quepi militar, arriba del crespón negro por el luto. Se popularizó tanto que su uso se generalizó y acompañó la divisa federal que se debía lucir en el pecho.

 

A comienzos de 1839 Rosas supo de un complot entre unitarios, franceses y algunos federales, que pasaría a la historia como la conjuración de Maza, que debía estallar en una acción combinada de insurrección en la ciudad y en la campaña bonaerense, al que se sumaría el desembarco de Juan Lavalle. Los conjurados terminaron derrotados en el combate de Chascomús, hubo fusilados como Ramón Maza y asesinados, como su padre Manuel Vicente, por la Mazorca.

 

El desgaste y el intríngulis político en que se vio envuelto Francia, que no veía ningún avance concreto con el bloqueo, la llevó a ser más práctica y el 29 de octubre de 1840 se firmó, a bordo del buque francés Bolonnaise un acuerdo entre el ministro de exteriores Felipe Arana y el vicealmirante Angel René Armand de Mackau. En ese acuerdo se estableció que el gobierno argentino reconocería indemnizaciones a franceses que hubieran sido perjudicados, y cada caso sería estudiado por media docena de árbitros. Francia levantaba el bloqueo, devolvía la isla Martín García, que la había tomado el 11 de octubre de 1838, y de ahí en adelante los ciudadanos franceses tendrían las mismas prerrogativas y derechos que cualquier otro extranjero.

 

Rosas salió como ganador y los unitarios, al ser ignorados por los franceses, quedaron librados a su suerte. No sería el fin de la historia. El país sufriría otro bloqueo, habría combates y mucha épica.

 

Fuentes: Historia de la Confederación Argentina, tomo II, de Adolfo Saldías; El gran bloqueo, por Antonio E. Castello; Historia Naval Argentina, de Teodoro Caillet-Bois.

UN PRÓCER FALSIFICADO


Por Franco Ricoveri

La Prensa, 14.01.2026

 

- Abuelo, ¿no estaríamos mucho mejor si San Martín nos hubiese gobernado en vez de irse del país?

 

- ¡Qué complicado lo que me preguntás! La política argentina de entonces, como la de siempre, era un asco. Hecha de mentiras, traiciones, protagonizada muchas veces por personajes incapaces pero ambiciosos. San Martín se va cansado de tanta porquería. Lo echamos con nuestras trampas, miserias, envidias…Se fue en 1824 y nunca más volvió. Lo hubiese querido y hasta lo intentó, pero al llegar al puerto, ni bajar pudo. Desde entonces creo que los argentinos tenemos el deber de “hacer una Patria sanmartiniana”, cumplir con sus sueños… Ya sabés que “naturalmente” me cuesta ser optimista, pero lo soy “sobrenaturalmente”. Y si Dios nos dio una figura tan grande es que espera de nosotros algo inmenso. Fijate lo que siempre les digo: no hay figura en la Historia contemporánea que se le compare. ¡Ni siquiera los yanquis tienen un San Martín entre sus próceres! Y, para no irme por las ramas y contestarte, remarco una sola de sus muchas virtudes: la coherencia.

 

Y justamente la falta de coherencia es lo que destruyó (y destruye) la vida política de las naciones. A nosotros nos duele especialmente la nuestra, y está bien, pero es “mal de muchos…”

 

- … consuelo de tontos”.

 

- Exacto. Voy a contarte lo que pensaba el gran José de San Martín sobre la política. No era un hombre que se metiera mucho en esas cosas; él mismo decía que de política entendía “menos que de nada” y que tenía una “espantosa antipatía a todo mando político”. Pero lo cierto es que cuando tocó juzgar nuestra política, lo hizo con una claridad impresionante, siempre poniendo por delante el bien del país y no las banderías de partido.

 

Mirá, San Martín no era ni probritánico, ni liberal, ni republicano fervoroso como muchos quieren pintarlo hoy. Él creía, con toda franqueza, que la Argentina –y las nuevas naciones americanas– solo encontrarían paz, libertad y prosperidad bajo una monarquía constitucional.

 

Lo dijo claro en 1829, cuando le ofrecieron el gobierno de Buenos Aires después del fusilamiento de Dorrego: “Es conocida mi opinión de que el país no hallará jamás quietud, libertad ni prosperidad sino bajo la forma monárquica de gobierno”. Ya lo había sostenido años antes en el Congreso de Tucumán. Y advertía que, si no se adoptaba eso, vendrían “mil desgracias” antes de llegar al mismo punto. Y fíjate, han pasado siglos y todavía andamos tropezando con muchas de esas desgracias que él vaticinó. San Martín siempre actuó no por ambición personal, sino porque entendía que lo primero era ser independientes; la política debía subordinarse a eso.

 

Y así lo hizo toda su vida: en 1819, cuando le ordenaron volver con el Ejército de los Andes para imponer la Constitución unitaria de Buenos Aires a las provincias, desobedeció. Cruzó los Andes, liberó Perú y aseguró la independencia. Muchos lo criticaron, diciendo que abandonó la patria en guerra civil, pero él sabía que imponer por la fuerza un unitarismo rechazado por las provincias solo traería más desastre. Y tenía razón: evitó que el país se desangrara.

 

EN EL EXILIO

 

Cuando estaba en el exilio, tanto unitarios como federales le ofrecieron el mando para pacificar el país, y él rechazó a ambos. En una carta al general Guido explicó por qué: el país estaba tan dividido que quien gobernara tendría que apoyarse en una facción y convertirse en “verdugo” de la otra. Predijo con exactitud lo que vendría: un gobierno militar fuerte, la necesidad de eliminar a uno de los partidos. Y eso hizo Rosas. San Martín no solo lo predijo, sino que lo comprendió y lo admiró.

 

Vio en Rosas al hombre que, con mano firme, logró la unidad nacional y defendió la soberanía contra las potencias europeas. Criticaba duramente a la oligarquía porteña, a los que sabía responsables de “inmensos males” por su “infernal conducta”: centralismo egoísta, descuido de la guerra independentista, tratados humillantes, guerra civil provocada. Decía que preferían ver el país destruido con tal de que Buenos Aires brillara.

 

Y cuando los unitarios se aliaron con Francia durante el bloqueo, San Martín los tildó de traidores: “lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

 

En 1850, poco antes de morir, expresó su orgullo por ver la paz, el orden y el honor restablecidos bajo Rosas. Y en su testamento le legó su sable corvo al “Restaurador”, reconociéndolo como el continuador de la obra de unidad nacional. La izquierda siempre lo detestó, pero el liberalismo histórico, en cambio, quiso sumarlo a sus filas y borrar estas opiniones. Preferían, “una leyenda cómoda”. Como no pudieron ocultarlo, lo “falsificaron”.

 

- ¿Cómo?

 

- Los liberales argentinos –esos que empezaron con Moreno y Rivadavia y siguen vivos y vivillos– han “pegado” a San Martín a su ideología como si fuera parte de ella, pero en realidad lo persiguieron, calumniaron y después, cuando ya no podían borrarlo, lo falsificaron para justificar sus propios fines. Lo recibieron en 1812 llegando de Londres en un barco inglés, le dieron mando rápido porque servía a sus planes, pero después lo hostigaron hasta obligarlo a irse a Europa “como a un facineroso”, según las propias palabras. Y tras su muerte, lo elevaron a los altares cívicos, inventándole una historia a medida: un San Martín liberal, masón, amigo de los ingleses, que “renunció” noblemente al poder para no entrometerse en la política. Pero todo eso es pura mentira…

 

Escribieron una historia falsa en donde ellos eran la “civilización” y el interior la “barbarie”, justificando así traiciones y entregas territoriales. Esa historia oficial ocultó al San Martín real. Y falsificándolo nos alejó de nuestro pasado heroico: las victorias de Rosas contra Brasil, Francia e Inglaterra que salvaron la integridad americana. Nos hizo perder territorio (Patagonia, Misiones) y nos dejó con problemas de ayer que son los de hoy. ¡Hasta nos alejó de la heroica derrota de nuestros guerreros de Malvinas!

 

No hay que inventar un San Martín liberal, sino reconocer al real: patriota hispánico, católico en lo profundo, enemigo de la secta liberal-masónica-inglesa y “algo más” que nos dominó y sigue dominando.

 

Y reencontrándonos con el Libertador, haremos lo que se espera: una Patria sanmartiniana.

JUAN MANUEL DE ROSAS

 


¿intentó vender o canjear las Malvinas a Inglaterra por la deuda externa?

 

Por Pablo A. Vázquez


La Prensa, 11.01.2026

 

Ante un nuevo aniversario de la usurpación británica de nuestro territorio austral, acaecida el 3 de enero de 1833, los reclamos en la época del Restaurador fueron constantes.

 

Pero habría existido un hecho discordante: la supuesta propuesta de venta o canje de las Islas Malvinas a Gran Bretaña, dado el desinterés por esas tierras de Rosas, como modo de saldar nuestra deuda externa adquirida por Bernardino Rivadavia.

 

LOS DERECHOS SOBRE LAS ISLAS

Los derechos sobre Malvinas y el territorio austral, fueron heredados por nuestra nación por herencia española, ejerciendo dicha potestad luego de la Revolución de Mayo. Esto se corroboró al designarse comandante Político y Militar a Luis Vernet por decreto del 10 de junio de 1829, bajo la firma del gobernador interino general Martín Rodríguez.

 

Luego Juan José Viamonte dictó un decreto el 29 de octubre de 1829 prohibiendo la “pesca de anfibios”, dada la proliferación de balleneros ingleses y norteamericanos en la zona. Dicha medida se sustituyó el 6 de julio de 1831, durante la gobernación bonaerense de Juan Manuel de Rosas, con un impuesto de cinco pesos por tonelada del buque pesquero. Al tiempo, Vernet apresó balleneros estadounidenses que incumplieron la norma, lo que motivó que el cónsul norteamericano en Buenos Aires, Jorge W. Slacum reclame al gobierno y mande a la corbeta Lexington a rescatar las presas y efectuar represalias contra las autoridades argentinas de las islas.

 

El 28 de diciembre de 1831 fue el ataque a Puerto Luis, destruyendo el poblado y llevando a los habitantes a Montevideo.

 

Laurio Destefani, en Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur ante el conflicto con Gran Bretaña (1982) señaló:

 

“El 8 de febrero el Gobierno Argentino tomaba conocimiento del ultraje recibido. La indignación fue unánime y La Gaceta Mercantil calificaba el atentado de ´infracción al derecho de gentes´ y de ´ultraje al pabellón argentino´. Nuestro gobierno suspendió toda relación con Slacum, por considerarlo el principal causante del atropello”.

 

PALABRAS DE ROSAS

Ante la apertura de sesiones de la Legislatura de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1832, el gobernador Rosas refirió: “No obstante la buena inteligencia que el Gobierno procura conservar con los Estados amigos ha incurrido en la Isla Soledad en Malvinas un desgraciado suceso que excitó la indignación del Gobierno y de los ciudadanos de esta República. El comandante de la barca de guerra Lexington… destruyó a mano armada nuestro establecimiento.

 

Aunque el Gobierno ha estado, y está resuelto a sostener con firmeza sus derechos, bien persuadido que el de Washington no es capaz de aprobar tan escandaloso atentado, y que su moderación y justicia lo impulsarán a dar satisfacción correspondiente a la dignidad de las dos Repúblicas, ha resuelto esperar un Ministro, que según noticias ciertas, debe llegar pronto a esta ciudad, para tratar de este importante negocio; y se propone obtener la reparación de tamaño agravio por los medios pacíficos que sugiere la probidad, la buena fe, y la sana razón”.

 

Rosas, en tanto, nombró, por decreto del 10 de septiembre de 1832, al mayor Esteban Mestivier como comandante civil y militar interino de Malvinas, sumándole una fuerza militar a cargo del teniente coronel José María Pinedo, quienes embarcaron en la goleta Sarandí, junto a 25 hombres del Regimiento de Patricios, al mando del teniente primero José Antonio Gomila, colonos y reclusos, ya que se iba a establecer un penal, se impulsarían actividades agrícolas y realizar preparativos en caso de una nueva agresión extranjera.

 

Pero, al zarpar Pinedo en la Sarandí para examinar la zona, se produjo el 30 de noviembre un motín donde se asesinó a Mestivier. Al tiempo, Pinedoapresó a los sublevados e intentó restablecer el orden.

 

Un día antes, el capitán John James Onslow con la nave británica Clío levó anclas en Río de Janeiro rumbo a las islas. El inicio del 1833 encuentra a los ingleses frente a las islas, consumando la invasión y posesión ilegal del archipiélago el 3 de enero de 1833.

 

PROTESTAS LOCALES

Las protestas locales no demoraron, siendo el ministro Maza, encargado de las relaciones exteriores, al no recibir explicaciones del ministro británico Gore, quien envió nota sobre el abuso inglés a los gobiernos provinciales y regionales, amén de instruir a Manuel Moreno, ministro argentino en Londres, el 14 de febrero, de efectuar una protesta ante el gobierno de Su Majestad. Ya Moreno, enteraron por los periódicos ingleses, emitió una nota el 24 de abril y, con el pedido formal de Maza, presentó un Memorial el 17 de julio, el cual publicó en el “Times” de Londres con la nota oficial argentina.

 

Pero algo más sucedió en las Malvinas. El 26 de agosto de ese año, Antonio Rivero y sus hombres se sublevaron, por problemas de pagos, matando a 5 empleados de Vernet, desplegando el pabellón argentino. Juzgados por los ingleses, para un sector de los estudiosos son meros criminales, mientras que para el revisionismo y otros sectores nacionalistas el gaucho Rivero y sus acompañantes ejercieron una acción soberana.

 

Con la vuelta de Rosas a la primera magistratura bonaerense se mantuvo su preocupación por las Malvinas. El 31 de diciembre de 1835, al abrir las sesiones de la Legislatura de Buenos Aires, el 31 de diciembre de 1835, reafirmó su pedido al “gobierno de Washington repare los agravios y perjuicios que infringió a la República el comandante de la corbeta Lexington, que, en medio de la más profunda paz, invadió de un modo atroz nuestra colonia en las islas Malvinas”.

 

Y agregó que “Sobre esta misma colonia, el gobierno debe añadir, que después de haber replicado nuestro ministro en Londres satisfactoriamente el año de 1834 la contestación que dio el ministerio de S.M.B. con respeto a la protesta que le fue dirigida contra la ocupación violenta de las islas Malvinas por fuerzas inglesas, no ha continuado aquella negociación, y el gobierno jamás desistirá en su empeño de reclamar también de la justicia del gabinete británico el reconocimiento de los claros e incuestionables derechos de la República Argentina a aquellas islas y la competente reparación.”

Rosas, en todos los mensajes de apertura de sesiones de la Legislatura de Buenos Aires, insistirá sobre su reclamo a Gran Bretaña sobre nuestra soberanía sobre Malvinas y una consecuente reparación.

 

EMPRESTITO DE 1824

Pedro Agote, en su informe La Deuda Pública, Bancos y Emisiones de Papel Moneda y Acuñación de Monedas (1881), aseveró: “A los catorce años de esta fecha, en febrero de 1842, los señores Baring Brothers y Ca. comisionaron al Sr. Palicieu Falconet, para proponer al dictador Rosas, algún arreglo para el pago de los intereses atrasados del empréstito. Propuesto el arreglo, aquel comisionó al ministro doctor Isiarte, para que se entendiese con el señor Falconet. En desempeño de su encargo, el ministro lnsiarte manifestó a aquel señor, en nota de 17 de febrero de 1843, las dificultades con que había tropezado el gobierno para hacer este servicio, y le anunció, en testimonio del deseo que le asistía de hacer un arreglo con los acreedores, haber autorizado al Ministro argentino en Londres, para hacer al gobierno de Su Majestad Británica la proposición de ceder a aquellos las islas Malvinas en pago de la deuda. Esta nota abunda en consideraciones acerca de los derechos de la República a aquellas islas, y la confianza que tiene de que ellos sean reconocidos por el gobierno británico. Al mismo tiempo que se discutían estas proposiciones de arreglo, el señor Falconet reclamó del gobierno, con fecha 14 de febrero de 1844, para los acreedores ingleses, la misma cantidad que pagaba a los franceses por indemnizaciones. El mismo señor contestó en nota de 21 de febrero de 1844, que no aceptaba el medio de arreglo propuesto por el gobierno, por no ofrecer la cuestión pendiente de las islas Malvinas un resultado pronto y favorable, habiendo el ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra, Lord Aberdem, rechazado todo reclamo a este respecto. El ministro doctor Insiarte en nota de 20 de marzo de 1844, reitera el ofrecimiento de las islas Malvinas, e insiste en la legitimidad de los derechos de la República Argentina al territorio de dichas islas, cuya cesión a los prestamistas ingleses era el medio más pronto y eficaz para cubrir esta deuda”.

 

Refutando lo anterior, Roberto de Laferrere en El nacionalismo de Rosas (1939) afirmó que la Baring Brothers “insinúan, según Saldías, la entrega en pago, de las islas Malvinas… Rosas hace frente a la situación y desbarata la maniobra. Su ministro Insiarte, en nota de febrero 17 de 1843, comunica a Falconet, que ha asumido oficialmente la iniciativa por medio de su ministro en Londres. ¿En qué consiste ella? Reconozca el gobierno inglés los derechos argentinos a las Malvinas y podrá entonces el gobierno responder con esa parte de nuestro territorio a los compromisos contraídos insensatamente por Rivadavia y del Carril… la respuesta inglesa es dada indirectamente por el almirante Purvis. El 13 de abril “arresta” a la escuadra argentina y la extorsión prosigue escandalosamente a lo largo del año 43. El ministro doctor Insiarte… en nota de 20 de marzo de 1844 reitera el ofrecimiento… La condición previa impuesta por Rosas significa en el orden de los principios una afirmación rotunda de los derechos argentinos y en la práctica era de realización imposible, porque proponía lo que los ingleses no podían aceptar. Ganó tiempo, entre tato; paralizó los apremios de Falconet y le quitó al enemigo uno de los pretextos que utilizaba…Inglaterra no aceptó”.

 

MANUEL MORENO

Julio Irazusta profundiza el tema en Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. En el tomo 5 de la edición de 1975, agregó una nota de Manuel Moreno desde Londres: “Respecto de la importante diligencia que se me encarga de procurar de este gobierno una indemnización por el derecho que tiene la república a las Islas Malvinas, y que en esta sazón tomase aquél a su cargo nuestra deuda en Londres, con las rentas vencidas, hemos conferenciado con Mr. Dickson (cónsul general argentino en Londres) antes de dar los pasos necesarios al efecto; y hallamos tantas dificultades, que, en verdad nos hace pensar que aunque la idea de la transacción es absolutamente justa y razonable en el fondo, no hay al presente ninguna probabilidad de hacerla practicable. Mientras este gobierno niegue la soberanía de las islas en la República como lo ha hecho hasta ahora, no hay medio de inducirlo a indemnizaciones por la cesión de aquel dominio”.

 

Se preguntó Irazusta: “¿Cómo es que, sin abandonar las reclamaciones argentinas, el gobierno Encargado de las Relaciones Exteriores hizo la propuesta a que Moreno veía con razón tantas dificultades? Evidentemente, como golpe político, según ya lo han señalado Roberto de Laferrrere, y Raúl Scalabrini Ortiz.” Si de estos autores citados ya explicité al primero, el segundo, en el Cuaderno de FORJA: “Historia del primer empréstito” (1939), incluido al año siguiente en “Política Británica en el Río de la Plata”, luego ampliado en formato libro años después, formuló: “La habilidad de don Juan Manuel de Rosas supo volver contra las pretensiones inglesas el arma del empréstito, interesando a los tenedores de bonos y banqueros ingleses en el levantamiento del bloqueo establecido en el Río de la Plata por la flota de Gran Bretaña”.

 

Volviendo a Irazusta, acotó: “Era mucho más fácil formulársela a quien no podía entender en ella, porque era un simple particular, y luego hacerla discutir en la Sala de Representantes, para sacarle con la propaganda todo el provecho posible, que emplear el mismo procedimiento con el hostil (secretario de Relaciones Exteriores) Aberdeen”.

 

Fue, para Irazusta, una estrategia política, “no una cesión consumada, sino de una negociación esbozada sobre aquella base para redimir la economía argentina de la hipoteca que la embargaba por obra d ellos unitarios, quienes había dado el territorio nacional en garantía del empréstito Baring y otorgado a Inglaterra en el tratado de 1825 cláusulas de una liberalidad excesiva, sin reciprocidad en los hechos”.

 

Resulta sorprendente que Rosas siga recibiendo críticas, especialmente por parte de quienes apoyaron la misión de Florencio Varela, ya que este grupo no veía con malos ojos una intervención militar europea en el Plata ni la separación de las provincias mesopotámicas. Además, la gente cercana a Rivadavia impulsó la separación de las provincias del Alto Perú y consintió la entrega de la Banda Oriental mediante la gestión del ministro García; del mismo modo, Sarmiento promovió que la Patagonia pasara a manos chilenas y Urquiza reconociese la independencia del Paraguay y haya cedido las Misiones Orientales al Brasil.

 

Las acciones navales del comodoro John Bret Purvis, al mando de la escuadra británica de la costa sudeste de Suramérica a favor de los enemigos de Rosas, los hechos armados de Obligado y la guerra del Paraná de 1845-1846 marcaron la respuesta anglosajona, y mostraron la resistencia de Rosas contra el invasor.

 

ARDID POLITICO

Durante la época de Rosas, la Confederación Argentina reclamó sin interrupciones a Gran Bretaña sobre su soberanía sobre las Islas Malvinas. El ofrecimiento o “cesión” de las mismas a Inglaterra fue un ardid político -tergiversado por malintencionados opositores al Restaurador- en un marco de una dura negociación, donde se mezclaba el pago del empréstito rivadaviano y la expansión colonialista de Albión.